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Español
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2024-05-27
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Naturaleza salvaje

Summary:

En su temporada de caza debía ser listo, rápido y observador, ya que tenía una fuerte competencia contra los lobos, criaturas magníficas que eran el completo significado de lo que era un cazador y, a diferencia de él, siempre estaban en manadas. Por suerte, ese sentido de alerta era el estado natural del conde.

Hannibal no creyó que su destino lo ligara a ellos de alguna manera. Sin embargo, esa fría noche, donde los lobos aullaban muy lejos de él, las cosas comenzaron a cambiar.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Hannibal Lecter quedó en la ruina, antes de ser consciente de lo que eso significaba.

El que pudo ser el elegante y soberbio conde Lecter, se convirtió en un miserable fugitivo desde temprana edad. Después de la guerra con las tierras del sur, su familia cayó y, posteriormente, fue asesinada ante sus ojos. Él apenas pudo escapar de sus captores en un caballo sin poder mirar atrás y, aunque hubiera tenido la oportunidad, tampoco lo hubiera hecho, ya no le debía a nadie su destino a partir de ese día.

Hannibal se labró su propio camino, convirtiéndose en un importante doctor, lo suficientemente bueno para que su nombre fuera pronunciado con admiración y no lástima.

Con el tiempo, también pude recuperar la que fue la mansión de su familia aunque no deseara estar ahí, sólo tenía malos recuerdos de ese lugar. Sin embargo, la conservaba porque tenía el derecho a tenerla, era suya y nadie le quitaría lo que le pertenecía.

Aún así, los recuerdos son intensos y dolorosos, te hacen fuerte y te destruyen a la vez. Por lo que prefería pasar su tiempo fuera, en reuniones de la alta sociedad y como un filántropo que ayudaba en los pueblos y realizaba consultas a aristócratas, ganándose su confianza para volver a ser parte de ellos, tomando el lugar que le correspondía, aunque seguía prefiriendo la soledad, solamente quebrada por las páginas de los libros en los que tan apasionadamente se perdía, consiguiendo todos los posibles, escapando de este insípido, banal y grosero mundo.

En sus peores épocas, Hannibal tuvo que aprender muchos oficios para poder sobrevivir pero uno de los que conservaba con el placer del poder que le otorgaba, era cazar.

Cada cierto tiempo, salía al bosque por días para obtener un par de buenas presas y también para alejarse un poco de su papel de persona, dejando a flote sus verdaderos instintos. En su temporada de caza debía ser listo, rápido y observador, ya que tenía una fuerte competencia contra los lobos, criaturas magníficas que eran el completo significado de lo que era un cazador y, a diferencia de él, siempre estaban en manadas. Por suerte, ese sentido de alerta era el estado natural del conde. Debido a su innegable admiración, varios bocetos de Hannibal estaban dedicados a estas criaturas salvajes mientras esperaban por las noches, a la luz del fuego, una oportunidad para descansar, alejado de los dueños del bosque.

No creyó que su destino lo ligara a ellos de alguna manera. Sin embargo, esa fría noche, donde los lobos aullaban muy lejos de él, las cosas comenzaron a cambiar. 

Oculto entre las sombras de los árboles, Lecter pudo visualizar la silueta de un hombre en la zona en la que él solía acampar. El tipo en cuestión tenía cara de loco, murmurando a la nada, acelerado y nervioso, tomando su espada por momentos, mirando hacia abajo para después a su mirar alrededor con pánico, como si esperara a que alguien lo atacara, pero no parecía percatarse de su presencia, sólo era una paranoia inquietante y no verdadero conocimiento de lo que lo tenía en ese estado.

De lejos, aunque inusual, no parecía haber nada de malo, pero algo no estaba bien con esa escena; el doctor lo supo al oler la sangre en el aire, por lo que se acercó con sigilo para por fin encontrarse con lo que desencajaba: Su particular neurótico estaba acompañado por alguien recostado a su lado.

La persona recostada en el suelo, por la forma de su cuerpo, aunque esbelta y poco tosca, podía deducir que se trataba de un hombre joven, con la cabeza oculta desde donde los observaba, se veía en una posición sumamente incómoda, con manos y piernas atadas.

Al observarlo mejor, con los ojos castaños de Hannibal oscurecidos por la noche, se acercó para analizar al hombre sometido junto a la fogata, que llevaba una capucha en el rostro y, en cuanto la distancia era mínima, a pesar de su silencioso andar, El, hasta entonces inmóvil cuerpo, comenzó a removerse, como si supiera que Hannibal estaba ahí.

Interesante.

—A'uda... —Por la forma en la que fue pronunciado aquello, era probable que estuviera amordazado pero aunque estuviera imposibilitado de la mayoría de sus sentidos, dirigiéndose el rostro hacia el recién llegado, pareciendo dirigir toda su energía directamente a él , lo que disipó cualquier duda del conde sobre ayudar al desconocido, intrigado por esta situación más por curiosidad de lo consecuente a esta decisión que por repentina compasión.

El nervioso hombre frente al fuego apenas giró para saber lo que ocurría y recibió el impacto de un puño en su rostro, cayendo muy cerca de donde descansaba su propia espada y se puso rápidamente en guardia, aunque su postura flaqueó al reconocer quién lo enfrentaba. 

Ese rostro era reconocido entre los más importantes de los reinos cercanos, a pesar de ya no consideración de la aristocracia y se le debía tratar con ese mismo respeto.

—Doctor Lecter, ¿Qué hace aquí?

— ¿Qué piensa hacer con ese chico? Liberelo. —Ordenó Hannibal de inmediato, sin amedrentarse por la evidente desventaja ante el filo del arma, además de lograr distinguir el uniforme de la guardia real, lo que agregaba un inconveniente a su plan de atacarlo, sin contar del peligro que representaba la locura irracional evidente. . en las facciones de un hombre desesperado; pero nada de eso le importó, él era rápido, astuto y despiadado.

—No podemos liberar a esta bestia, señor... Salve su vida y váyase de aquí. Lo asesinaré al amanecer, cuando no esté ni un poco protegido por su madre.

Ante los oídos del doctor, no había ninguna explicación para lo ocurrido, tenía la oportunidad de dar la media vuelta y sólo observar en la sombra lo que pasaría pero algo lo impulsaba a no abandonar al desconocido.

—Al menos dígame porqué está condenado.

—Es un monstruo.

Un monstruo... ¿Quién determinaba eso? Estaba seguro de que ese hombre aún no había visto lo que era un verdadero monstruo, pero Lecter se lo mostraría.

Sin previo aviso y con calculada destreza, Hannibal se lanzó con fuerza hacia delante, con los puños como única arma, logrando desarmar al confundido hombre que no sabía lo que estaba pasando. El exquisito aroma del miedo se adhirió al rostro desconocido, identificando el cambio de desventaja y reconociendo lo que es un monstruo, que sonríe al estar a punto de tomar una vida y deleitarse con la muerte; cuando la espada atravesó su corazón, con Hannibal sudando y la sangre fresca salpicando su cuerpo, comprendió su error al no ver el otro peligro con forma de humano.

El doctor no perdió más que unos segundos para disfrutar cómo una vida se deslizaba entre sus manos, se acercó hasta el joven amarrado y le quitó la capucha; encontrándose frente a él, la criatura más bella que había podido ver en este plano astral.

Si Hannibal fuera un hombre creyente de los mitos y supersticiones, creería que tenía frente a él una de esas hadas que seducían y se convertían en la perdición de los hombres. Pero no, ni él era supersticioso, ni la persona frente a él era un hada o cualquier ser mitológico, se trataba de un chico joven, al menos 10 años menor a él, el cabello azabache en rizos desordenados, piel pálida que brillaba con la ligera capa de sudor que lo envolvía y los ojos verde-azulado que querían mostrar miedo pero, a la luz de la fogata, simplemente se veía feroz y salvaje; sumamente semejantes a aquellos que retrató millas de veces con admiración.

Era simplemente irreal.

— ¿Estás bien, chico?

-Si.

—Soy Hannibal Lecter, ¿cuál es tu nombre? —El hizo mencionado lo posible porque su tono fuera suave para no asustar al otro, aún manchado de sangre, bebiendo cada segundo de ese mar tempestuoso, estirando la mano para ayudarle a ponerse de pie, para tocarlo y saber que era real.

Sin embargo, el contacto visual se perdió con rapidez, en cuanto el chico fue liberado de sus amarres, no parecía sentirse cómodo con ser observado y menos por unos ojos tan analíticos y perspicaces. Cazadores. Mucho menos se dejó tocar. Un cordero con hambre de lobo.

—Will Graham —A pesar de todo, le gruñó su respuesta con tosquedad, sin un gramo de agradecimiento por ser salvado, ni la cortesía de devolverle la mirada más tiempo.

El silencio parecía lo adecuado cuando Will se puso de pie, caminando lejos del mayor pero sin irse de ahí.

El camino de noche era imposible de andar ya que la luna estaba casi completamente oculta así que, por hoy, sería peligroso andar en la oscuridad, aunque fuera el estado en el que ambos hombres se sintieran más cómodos, así que debían quedarse y acampar ahí. . En cuanto Lecter le hizo saber esto al otro, el de rizos avanzando y fue hacia el bosque, por alguna inexplicable razón, haciéndole creer al mayor que simplemente había huido y, con un extraño pesar, continuó lo que hacía.

A Will podría molestarle la presencia de Hannibal, tenía todo para odiarlo; ese porte tan soberbio y una sonrisa engreída que quería pasar por amable, creyendo que era superior al resto pero, por el contrario, no le molestaba del todo, era tolerable, para ser humano y, de alguna manera, también tenía impregnado el aroma de la sangre humana en su ser, demasiado intensa para ser solo de esta noche, por lo recién ocurrido. La mezcla de la tierra, la sangre y el propio aroma del desconocido era embriagante para el chico y, por eso mismo, sabía que debía huir, sin embargo, no lo hizo.

Después de unas cuantas horas, el pelinegro llegó a donde había abandonado a "su salvador", con un par de conejos cazados, el otro ya había hecho una fogata y cocinó los animales, que ambos comieron en cómodo silencio.

Hannibal se ofreció a hacer guardia para que el otro pudiera dormir y, a pesar de que Will le había dicho que lo haría, pronto estuvo a su lado en su vigilia.

—¿No puedes dormir, Will?

—Fue una noche difícil... Además suelo tener pesadillas... No quiero tener esos sueños junto a...

"Un asesino. Un monstruo. Un peligroso desconocido". Hannibal no tuvo que escucharlo para saber que eso era lo que el chico de cabello rizado vería en él, no un salvador, no un posible amigo, sólo un hombre que había matado frente a él, por liberarlo de sus cadenas pero lo llevó a un nuevo tipo de prisión. La gratitud obligada.

Inesperadamente, Will se sentó en el suelo, frente a él, mirándolo fijamente, como si esperara algo de Hannibal, al igual que el conde aguardaba por él.

—Porqué dijo que tu madre te protegía? —La ronca voz del doctor fue un susurro suave que se confundía entre el crepitar del fuego, pero aún así, llegó a oídos de Graham.

—A los lobos los protege la luna, aunque esta noche reposará por completo. —El asomo de una sonrisa ladeada se posó en los labios del mayor.

—Tú no pareces un lobo... Si lo fueras lo hubieras destripado tú mismo, antes de que te atrapara.

—Supongo que esperé demasiado.

El conde no podía estar seguro de si tomar las palabras del chico como una broma, debido a la seriedad con la que eran dichas pero le gustó la comodidad de tenerlo cerca. También, sintió la necesidad de alargar su mano para tocar los rizos salvajes del contrario pero no pudo hacerlo, ya estaba demasiado a la defensiva con él como para asustarlo más con el contacto físico.

Will, sin aparente razón, se puso de pie de golpe y se alejó, alegando que necesitaba despejarse un poco antes de dormir.

Esa noche, Lecter no dormiría pero juraría que sus ojos, quizás porque estaban cansados, las cenizas de la fogata habían afectado su vista o engañados por la presencia y belleza irreal del menor, habían visto a Will recorrer los árboles a su alrededor en cuatro patas. pero, en cuanto él desapareció de su campo de visión, los aullidos, no tan lejanos, de los lobos le indicaron que debían permanecer alerta; permitiéndole sólo dormir un par de horas.

Sorpresivamente, al día siguiente, Will estaba a su lado, velando su sueño. No se había ido.

La aparición del muchacho, aunque muy grata, había cambiado los planos del conde y este ya no era buen momento para cazar de la forma que había planeado, debía resguardar a ese chico, regresarlo a su hogar o encaminarlo a él; ya que lo había salvado, debía hacerse responsable de ese desliz. Aún así, se encontraba satisfecho por cómo le estaban resultando las cosas.

Al llegar la mañana, caminaron en silenciosa calma, hasta una granja cercana, donde Hannibal tenía su caballo a cuidado de Margot Verger, una mujer lista y hermosa pero sobajada por un hermano asqueroso y vulgar. Lecter deseaba ayudarla y por eso hablaba con ella, seguro de que la convencería de salvarse a sí misma; aunque esta visita sería mucho más corta que sus charlas habituales.

En cuanto llegaron, la elegante castaña salió personalmente a recibir al doctor, el único hombre que consideraba su amigo, ya que era el único que no la juzgaba ni menospreciaba por el simple hecho de ser mujer. Margot, vio al inusual hombre que lo acompañaba y notó que había algo en el chico de rizos, algo que le decía que no eran tan diferentes, él la miraba como su igual, aunque fuera unos segundos, distinguiendo su soledad.

Margot se ofreció a regalarles un caballo, para que ambos partieran con comodidad, no sin antes desearles un buen viaje y una sonrisa a Will, el cuál, con completa incomodidad, le agradeció en voz baja, mientras Lecter miraba de mala manera el intercambio y tomaba al chico del brazo.

A pesar de la molestia que provocó en el mayor el interés que la chica tuvo por el desconocido, le agradeció el gesto y partieron rumbo al pueblo, donde Hannibal pudo ubicar a Will sin problemas, ya que el nombrado se negaba a decirle dónde estaba su. hogar.

Mientras cabalgaban por el bosque, el mayor supo que ese era el sitio de Will, entre los árboles, el arroyo, las hojas cayendo y, si la luna estuviera presente, abrazándolo, protegiéndolo, iluminándolo. Esos eran los dueños del chico, sus instintos.

De pronto, con mucha más calma y confianza en medio de ese ambiente natural, se vieron envueltos en conversaciones sobre el río guiando a los viajeros y el viento susurrando secretos. Hablar con Will era tan refrescante, sabio en su propio ámbito sin ser petulante y franco hasta ser grosero, inesperadamente, Hannibal lo adoró. A pesar de eso, sabía que el otro le escondía algo grave, que evitaba deliberadamente hablar de sí mismo, incluso más que el propio Lecter.

—No miras a la gente a los ojos. —Comentó el mayor una mañana, sin rodeos, después de cruzarse con un viajero que le pidió indicaciones.

—Me analizan y me juzgan. No me gusta que me analicen y no les gustaré cuando lo hagan. No necesito ver eso, la gente cree que sabe lo que mira pero no saben nada. Hijos idiotas.

A pesar de desear sentirse ofendido, por ser parte del terrible gremio de "la gente", el doctor de ojos castaños sólo pudo sonreír con diversión.

—Hay quienes desean ser vistos, mi estimado Will.

Sin importar lo cómodo, casi divertido que había sido el ambiente hasta ahora, Will se tensó y miró con furia a su acompañante como si le hubiera ofendido gravemente.

—¿Qué quiere de mí, doctor Lecter?

—Quiero verte, Will. Descubrir lo que los demás no ven.

—Yo no quiero verlo... Pero parece que ya no puedo apartar mi vista de usted. —Finalizó el castaño con un murmullo fúnebre, antes de alejarse, dentro de su mente aunque aparentemente estaba al lado de él.

Luego de eso, volvió el ahora inusual, silencio. Will se volvió frío y distante con Hannibal, como si le ofendiera tener que acompañarlo y verlo, cualquier intento de acercamiento fue mal recibido para pesar del doctor.

Durante días, la tensión se respiró, por mucho que Hannibal intentara volver a hablar con Will hasta que decidió dejarlo en paz, él no necesitaba la atención de ese chico grosero y se desharía de él tan pronto como fuera posible, de una forma u otra. .

—Hablaré con un viejo amigo, él te podrá ayudar más que yo. —Sentencia el mayor, lo que esperaba que fuera el último día de viaje.

El de ojos verde-azulado, gruñó en respuesta. Ese silencio que antes era tan apreciado por Lecter, ahora le molestaba porque significaba que Will seguía ignorándolo.

Al llegar a la residencia Crawford, el doctor desmontó su caballo y reprimió el impulso de ayudarlo al contrario a hacer lo mismo, anticipando su rechazo.

Por su parte, Will podría seguir con su semblante gruñón eternamente contra el otro, si no fuera porque una bella chica, de su aparente edad, con el largo y sedoso cabello negro y ojos verdes, corrió al encuentro de los recién llegados, abrazando con fuerza al mayor. La protegida de Jack Crawford, que un par de veces le menciona a Lecter a Will de manera superficial aunque con reconocimiento y respeto, era preciosa y parecía tener demasiada confianza con el doctor. Eso no mejoró el humor del chico.

—Hannibal, ¿estás bien? Escuché que hubo un ataque en el bosque y temía que te hubiera ocurrido algo. —Ella tocó su rostro con preocupación palpable, revisando que el hombre estaba intacto, hasta que fue consciente de que no estaban solos—. ¿Quién es él? —Preguntó ella con un poco de vergüenza por ser descubierta, apenas forzándose a sí misma a quitar las manos de Lecter, deslizándoselas por su vestido, sonrojada y tratando de obviar su comportamiento.

—Soy el compañero de Hannibal Lecter.

Los presentes se sorprendieron por la manera en la que fueron dichas esas palabras; el conde con una oscura satisfacción al poder apreciar lo territorial que repentinamente se mostró Will y la chica, confundida por el tono tan brusco del extraño, pareciendo un salvaje a punto de atacarla.

—Mi querida Alana, te presento a Will Graham y, como bien ha dicho, es mi compañero de viaje, hasta que pueda encontrar un buen lugar para asentarse. De hecho, esperaba hablar con Jack al respecto. Will, esta hermosa mujer, es Alana Bloom, una muy brillante aprendiz.

Un casi imperceptible gruñido inconforme delató la molestia de los ojos azules por dicha presentación pero fue suficiente explicación para la tal Alana, que después de una rápida evaluación a la que, a sus ojos, era una patética y pobre criatura, rescatada por el noble caballero. , volvió a centrar su atención en Hannibal.

—Eres muy bueno por ayudar a este chico, Hannibal ¿por qué no se quedan esta noche en casa? A Jack le encantará tenerte.

Con la grata sorpresa de que Will por fin mostró sus emociones, con la interacción de alguien más entre ellos, el mayor se decidió a continuar, coqueteando con los límites. Estaba cansado de esa indiferencia de Graham para con él y le demostraría que no estaba despreciando a ninguna persona.

—Será un placer compartir mesa con ustedes, mi bella Alana. —Besó su mano con galantería y la mencionada se sonrojó mientras los hacía pasar y se dirigió con premura a buscar a su tutor.

Solos, en la sala de estar, fue cuando por fin Will se dignó a hablar directamente con Hannibal, sin bajar la mirada, enfrentándolo.

—Le gusta.

—Puede ser pero desafortunadamente, ya no cuento con la posición adecuada para poder cortar y aspirar a la señorita Bloom. Sin importar lo que ella sienta por mí.

Una sonrisa canina se dibujó en los labios de Graham, leyendo perfectamente al mayor, aquella verdad con la que jugaba, disfrazandola de pena.

—Y tampoco te interesa. —Hannibal se lamió los labios saboreando la burla y el placer que le ocasionaba esa declaración a su acompañante.

—A pesar de su belleza, educación e inteligencia, me es imposible verme en un futuro con Alana, eso es cierto. Además, el concepto de familia que ella podría desear, me es completamente ajeno.

—Como una prenda que no calza bien... —Confirmó el de ojos azules, complementando su idea.

Después de dejar las palabras reposar como un buen vino y reflexionar lo suficiente, Will pareció tomar una decisión—. No puedes ser suyo. No le puedes pertenecer a ella.

—El único al que le pertenezco es a mí mismo, Will.

Eso sonaba muy bien pero ambos sabían que se había vuelto una mentira, ya no era sólo suyo, le pertenecía a esos ojos que se oscurecían al verlo mentir y esos labios que sonreían, burlándose de él, de que su educación y fuerza no le sirvieran para defenderse de la atracción que sentía por él. No había nada que Hannibal pudiera hacer para alejarse de Will Graham y su respuesta le dejaría más que claro respecto a eso.

—Eso es muy egoísta, doctor Lecter pero le diré que yo tampoco le pertenezco a nadie, sólo yo decido dónde iré... Y no me voy a quedar con nadie que no sea usted.

El mencionado no podría estar más que satisfecho por esa sentencia, incluso al ser llevado al comedor y recordarle que no estaban del todo solos.

A pesar de todo, la imprevista cena fue agradable. Jack Crawford era un hombre inteligente y franco, que se interesó sinceramente en el extraño, además de apreciar los comentarios del doctor. Los hombres pudieron llevar una conversación enriquecedora y, aunque la chica normalmente podría seguir el ritmo sin problemas, estaba inusualmente callada, esperando ansiosa el final de la cena.

—Hannibal vino para pedir ayuda para su amigo... Quizá debamos escuchar su petición.—Por fin llegaron las palabras "casuales" de Alana, casi al final de la velada, al ver que el mayor no sacaba el tema, aunque fueron cortadas, por un firme Hannibal que aún así pretendía ser cortés.

—Siento la confusión y la molestia de la cena sin anunciar. Es cierto que mi intención era pedirles que por favor tomaran a Will bajo su protección pero hemos hablado y se quedará conmigo, yo lo apoyaré, así que vivirá en mi hogar y me hará compañía. —Al decir esto, acercó su mano al rostro del chico dando una suave caricia con el pulgar el pómulo de Will, preguntándose si, aún frente a desconocidos, rehuiria violentamente su tacto pero, contrario a lo que esperaba, el menor cerró los ojos un momento y se dejó acariciar por un instante, disfrutando la cercanía; marcando su propio lugar. —Al menos esto se convirtió en una inesperada visita social y pude disfrutar de su compañía, Jack.

El mencionado soltó una carcajada por el inesperado giro de los acontecimientos pero no se tomó a mal las excéntricas decisiones del mayor. Sólo le quedaba ser un buen anfitrión, dándoles habitaciones por esa noche.

—Bueno doctor, es bueno saber que aún así se quedó para acompañarnos y pude conocer a su nuevo pupilo.

—No sé si esa es la palabra que utilizaría...

A la mañana siguiente, partieron rumbo a la mansión Lecter, sin la despedida de Alana, que argumentó estar indispuesta esa mañana pero con una invitación a futuro del dueño de la casa. Desde entonces, Will ya no estaba tan distante ni a la defensiva, aprovechando que tenían un día de viaje por delante, volviendo al conversador, sarcástico y sonriente Graham, el que más le gustaba a Hannibal.

Al caer la noche, llegaron a su destino.

Aunque el conde conservara su dignidad y porte aristócrata, él sentía como si no poseyera nada, incluso recuperando su mansión, casi siempre abandonada y triste, pero que en esta ocasión serviría de refugio para ellos; pensando que esto le daría seguridad a Will por no pasar la noche a la intemperie, por el contrario, sólo lo vio mucho más ansioso que en medio de la nada.

Después de una fastuosa cena hecha por las propias manos del anfitrión y tomar un largo y necesitado baño, Hannibal le dijo a Graham dónde podría dormir, mientras él acallaba sus pensamientos con un buen libro, esperando que el sueño llegara a él.

La chimenea calentaba con placidez la estancia y el doctor trataba de leer frente a ella, fingiendo que no le importaba el joven que lo miraba a la distancia y se acercaba con pasos imperceptibles hasta él, acechándolo, hasta que quedaron frente a frente y, contrario a otras ocasiones, Lecter podía ver directamente a los ojos verdes, oscuros y hambrientos que lo consumían, sin ocultar nada.

—Creí que nadie podía verme, no era necesario porque no lo quería pero tú... —Will susurraba, con voz grave, acusadora y apenas controlada.

Antes de que Hannibal pudiera reflexionar a qué se debía ese comentario o lo que significaba, Will gateo hacia él, suave, seductor, cazador; respirando con lentitud, a un par de pasos de él, sosteniendo las pesadas miradas llenas de intención.

—Ahora que me viste, que me salvaste y me cuidas; quisiera agradecerle todo lo que ha hecho por mí, doctor Lecter.

Hannibal, que pensó que ya había abandonado su humanidad hace mucho y los placeres mundanos de los hombres; que él era únicamente un monstruo... Con Will, que parecía tan humano y a la vez tan sobrenatural, dispuesto a entregar y arrebatar, deseaba caer en ese placer prometido entre susurros callados, como un simple mortal.

El chico actuaba como si desconociera esa seducción que emanaba, pero él lo sabía, sabía que tenía al doctor, al preciado y cotizado conde Hannibal Lecter a sus pies y se aprovechaba de ello.

—Si me dejas cobrar, Will, podrías arrepentirte.

La voz ronca, las manos en puños sobre su lugar y los ojos ardiendo como las llamas que se reflejaban, más hambriento de lo que recordaba haber estado antes. Todo explotó cuando Will sonrió con arrogancia.

Casi siempre, el mayor tenía un autocontrol envidiable pero esos labios desconocidos lo llamaban y no pudo soportar más los gritos del deseo, cayendo en la tentación y la sed necesitando ser saciada; lo que le obligó a impulsarse para tomar a ese bello ser que lo había capturado, aún estando aparentemente vulnerable.

Sus bocas se acariciaron, primero en besos suaves, tentativos que a cada segundo eran más bruscos e intensos. Will permitió que lo tomara, que las manos fuertes y callosas lo exploraran mientras era idolatrado como un dios, a la vez que se deslizaban por el suelo, con el peso adicional de un hombre solo y hambriento de amor, un hambre en la que podía verse reflejado.

En otras circunstancias, para el de ojos castaños parecería vulgar estar en el suelo como animales, retozando mientras las exhalaciones se perdían entre labios ajenos. Probando la piel de la mandíbula, respirando y mordiendo la blancura de su cuello, sintiendo el calor interno extenderse, queriendo ver y sentir todo lo que ese desconocido quisiera entregarle.

Su piel tenía el aroma del bosque, los árboles, la tierra, el sol y el arroyo; además del propio almizcle masculino, todo en la envoltura que se acaloraba al roce y comenzaba a transpirar esa ansiedad y deseo de la que Hannibal se contagiaba mientras sus manos desnudaban a Will Graham.

El doctor no sabía qué tanto estuvo deseando este momento hasta que su piel quemó por no detenerse, que su mente gritaba por descubrir los misterios tras los ojos que se veían más verdes que nunca y su boca se llenaba con el cuerpo tan intoxicante, descubriendo qué era lo que explotaba su placer.

—Eres mío, Hannibal, no de ella, no tuyo. Eres mío. —Entre jadeos, el de rizos reclamaba y exigía mientras lo llevaba de nuevo a sus labios para intoxicarse con ellos.

Era la primera vez que el mayor escuchaba su nombre así, tan directo, tan personal, con tanta posesividad y esperaba que no fuera la única vez que la escuchara así, de esos labios maltratados, respondiendo sin separarse mucho de ellos.

—¿Tú eres mío, Will?

—No... no lo sé... Se supone que no... Sólo puedo pertenecerle a uno...

—Yo seré de quien tú quieras, mi chico. —Una ternura irracional se escondió tras esas palabras, que hicieron estremecer al de rizos.

Las palabras comenzaron a sobrar, no había nada más que decir.

Los dedos cuál garras del castaño, desgarraban la fina ropa del otro, exigiendo igualdad de condiciones para poder devorar y ser devorado en una lucha sin fin en la que la dominación es diferente para ambos, uno invadiendo, penetrando la piel blanca y joven, el otro entregado, subiendo y bajando buscando el placer en la unión. 

Al tenerlo tan cerca, el aliento de Will sobre su hombro y sus manos, con las uñas aferrándose a él, Hannibal tuvo el impulso de pedirle que lo mordiera, lo rasguñara e hiciera todo lo que quisiera para marcarlo, para hacerlo suyo tan visiblemente como lo había hecho internamente pero lo reprimió, tenía el presentimiento de que el chico de rizos, tan bello y salvaje, haría lo que quería y, si no tomaba más del mayor, es porque ese era su deseo.

Hannibal ve a Will arquearse, lo siente más propio y necesitado, aullando de placer y es arrastrado sin freno a su propio culmino del éxtasis.

Al pasar los segundos, al recuperar el aliento, el mayor acarició el rostro de su compañero, sabiendo que, contra toda lógica, estaba perdidamente enamorado.

—Si pudiera verte todos los días de mi vida, Will, aún así recordaría este momento. —El otro sólo le dedicó una sonrisa y lo besó con calma, acurrucándose en su pecho.

—Recordemos este momento juntos.

Durante días sí fue así.

De día educaba a Will sobre la alta sociedad y la cultura, más emocionado que nunca al verlo acercarse por voluntad propia y con la admiración palpable a su biblioteca, encontrando mundos que no cualquiera se atrevía a explorar y, en la noche, ambos perdían cualquier rastro de educación y se volvían animales, bestias hambrientas de carne y placer.

Era adictivo ser visto, por lo que el doctor ignoraba conscientemente los comportamientos extraños del menor y sus salidas de noche porque siempre volvía a él sin rastro de haber estado acompañado.

Hasta que un día, que coincidió con la luna llena, al amanecer, en cuanto despertó, Hannibal encontró su cama vacía. Will por fin se había ido dejando un vacío tanto en su enorme mansión como en su corazón. Ese vacío que siempre sospechó que llegaría pero, por primera vez, deseó estar equivocado... No fue el caso.

Lo que antes era rutina, se volvió monotonía para Lecter que ahora cazaba, con frialdad, con odio, porque un desconocido lo había usado a su antojo hasta que se cansó de él. Will no le había robado, no se llevó nada de valor, excepto quizás lo más importante para el conde, su independencia y calma.

En unas semanas, llenas de soledad y desprecio por la humanidad, ocurrió algo que Hannibal no creyó que pasaría: Fue acusado de traición y arrestado para ser llevado a la horca.

En realidad, había sido por una mala y absurda razón. Habían encontrado el cuerpo de un hombre del rey, enviado para asesinar a un supuesto lobo que asesinaba a diversos comerciantes y hombres del rey, principalmente ladrones. La víctima por la que se le acusó era el mismo hombre que Hannibal había asesinado por salvar a Will, la evidencia los dirigió directamente a él, había sido descuidado al dejar objetos de su propiedad que no extrañó mientras Will estuvo a su lado.

El doctor se encontraba cansado de esperar y huir, quizá su hora había llegado, por lo que no puso resistencia a la hora de ser arrestado. No tuvieron mucha consideración al llevárselo, si algo disfrutaban los mediocres era ver caer a los que alguna vez estuvieron encima de ellos pero Hannibal no les daría la satisfacción de sentirse humillado aunque estuviera encadenado de manos y llevado del cuello como un animal.

Al llegar entre los lindes del bosque y el castillo, apareció un enorme lobo negro que, de inmediato, les gruñó a los hombres que llevaban amarrado a Lecter, atacándolos con esos claros ojos verde-azulado que lo miraron con fiereza.

Los soldados estaban tan sorprendidos por esta repentina aparición que les hizo dudar antes de sacar su espada para defenderse.

Hannibal había escuchado que criaturas así eran posibles pero nunca creyó realmente en su existencia del todo... Ahora sentía que era lo más lógico que había escuchado. Sonreía al observar, sin miedo, apreciando al cazador frente a él.

—Salvate a ti mismo. Mátalos a todos.

El lobo se lanzó y desgarró a uno de ellos, desgarrando la piel, dejándola en jirones mientras otro, lleno de sorpresa al mirar al hombre hablar con el animal como si pudiera entenderle, era agredido por el conde, golpeando directo a su rostro, utilizando las pesadas esposas, que en movimientos ágiles, permitió que sus ataduras sirvieran para ahorcar hasta la muerte.

En unos instantes, Will Graham apareció, lleno de sangre, hermoso y poderoso como la vida lo hizo, sobrenatural y perfecto para él.

—Quería ya no depender de ti pero es tarde. Estamos unidos y creo que ninguno sobrevivirá a la separación. —Hablaba con el ceño fruncido, pensando pero buscando con una preocupación notable la reacción del contrario mientras lo liberaba.

El lobo sentía como a cada segundo perdía su independencia, su libertad y todos sus secretos por un humano que no sabía si estaba dispuesto a entregarle lo mismo, por eso huyó.

Will Graham era un lobo solitario, diferente incluso entre sus iguales, que acechaba a un humano, no para cazarlo, sino para observarlo, admirar su obra y esperar el momento del encuentro aunque fue atrapado mientras merodeaba en la zona donde el aroma de "su humano" era más fuerte. Sin embargo, eso jugó a su favor para encontrar de frente esos ojos, negros en la noche, que lo observaban con fuerza y admiración.

Cada día vivido juntos fue una mezcla de extrañeza e interés. Todos esos aspectos que no le importaban en los humanos parecían divertidos al ser mostrados por Hannibal casi parecía ideal para él vivir así pero no podría dejar atrás lo que era, ¿Sería capaz de dejar a un lado su naturaleza salvaje para servirle de la dependencia a un ser de esa raza que tanto despreciaba? ¿Cuando Hannibal supiera quién era él, lo que era él, se horrorizaria al punto de crear una batalla en la que sólo uno sobreviviría?

No lo sabía pero si tiempo para decidir se le terminaba.

La luna lo observó ser reclamado, se estaba ligando a él para siempre y se asustó porque, como ser monogamo sabía que estaba condenandose a la dependencia eterna por alguien que podría abandonarlo en cualquier momento, pero ya estaban unidos, no dejaría que le hicieran daño.

—Siempre fuiste un lobo, no un cordero.

Actualmente, Hannibal sólo se acercó para besar sus labios, sintiendo el sabor metálico de la sangre derramada, aún sobre ellos, suspirando en medio del contacto, entregado en dejar claro que no lo quería lejos ni un segundo más y, felizmente, el sentimiento era mutuo.

Fue en ese momento que decidieron irse lejos fuera de esas tierras, siendo fugitivos.

En esa excursión de buscar un lugar, ahora desnudos de cualquier secreto, llegaron a una pequeña aldea, pobre e ignorante, lejos de la educación del reino, y con una mente que nunca se abriría a algo diferente. Eso quedó rápidamente confirmado al llegar al gran alboroto que reunía a todos los habitantes en la plaza principal.

Una chica —una niña que apenas dejaba de serlo para entrar en el límite de considerarse mujer— de ojos verdes, intensos, largo cabello castaño y hermosas pecas adornando su pálida piel; sería una belleza dulce si no estuviera sobre una hoguera. Estaba acusada de brujería, de inducir a otras mujeres hacia el mal camino y, finalmente, asesinarlas para absorberlas porque desaparecían del todo.

Ninguno tendría problema en girar el rostro, fingir que lo que sentían era indignación y no su desprecio general a la humanidad pero ambos olieron la sangre en ella, que suplicaba ayuda con la mirada, no era inocente aunque lo pareciera y daba la impresión de querer continuar con esa imagen hasta el final, quizás por eso hicieron lo que hicieron.

Al mirarse, ocurrió como un acuerdo tácito. Ellos se decidieron a actuar.

El enorme lobo negro, apareciendo de la nada, devoró a los atacantes más cercanos mientras el doctor apuñalaba a otros tantos hasta llegar a la niña para liberarla, cargándola con facilidad y ayudándole a respirar para sacar el humo que posiblemente había inhalado, revisando con profesionalismo. , sin preocuparse por los gritos de la gente y sonriendo sutilmente al sentir que el chico de ojos verdes llegaba junto a ellos.

—¿Cuál es tu nombre, niña? —Preguntó Hannibal con ese tono suave e hipnotizante, tan amable que no parecía alguien que acababa de asesinar a sangre fría.

—Abigail Hobbs.

— ¿Tienes padres? ¿Estaban entre la multitud? —Ella negó con la cabeza.

—Mi madre fue asesinada por mi padre y él fue atacado por los lobos. —Su voz se quebró un poco, bajando la mirada, sin poder ver cómo sus salvadores se miraban de reojo, con entendimiento mutuo.

—Nosotros cuidaremos de ti.

Nicholas Boyle, aquel que la había acusado tan abiertamente, y que estuvo oculto durante la trifulca, se acercó para justiciar a su pueblo comenzando con la que, a su parecer, fue la causante de todo aquello, incluso llamando demonios para que fueran a salvarlo. pero no tuvo tiempo de nada, ya que fue apuñalado una y otra vez con un cuchillo de caza escondido en el vestido de la acusada, que se defendió con certeza y frialdad; hasta que recordó que estaba siendo observada.

Sin embargo, a pesar del pánico que invadió a la niña, no encontró horror en el rostro de sus salvadores ni ella lo tuvo al ser testigo de la violencia y lo sobrenatural, sólo un oscuro entendimiento... Ellos, de alguna manera, eran como ella.

—De acuerdo. —Una sonrisa aún tímida, adornada con las pecas de Abigail los acompañó sin preguntar a dónde irían porque sabía que ahora estaba a salvo.

Tres almas solitarias, manchadas y sobrenaturales que sólo podían ser ellos mismos cuando dejaban que los dominarían su naturaleza salvaje, se habían convertido en familia y, por primera vez, esa palabra les calzaba bien.

 

Aleta.

Notes:

Ví un vídeo fic con esta temática y me encantó, no sé si terminé de estar satisfecha con el resultado por muchas razones pero espero que ustedes lo disfruten. Nos seguimos leyendo.