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𝐌𝐄𝐌𝐎𝐑𝐈𝐄𝐒 " 𝘩𝘺𝘶𝘯𝘪𝘯 ''

Summary:

❛MEMORIES❜ (hyunin)

˗ ˏˋDesearía que te quedaras en mis recuerdos, pero apareciste hoy, sólo para arruinar las cosasˎˊ -

• song-fic/one-shot.
• "chase two boys" universe.
• stray kids.
• hyunjin x jeongin.

Notes:

Hola<3
Aquí Roussie, después de procrastinar durante décadas para subir la última parte del CTB Universe. Y, como siempre, vengo con un par de aclaraciones:

• Este one-shot está basado en la canción “Memories” de Conan Gray.

• Además, forma parte del universo de “Chase Two Boys”, que cuenta con el fanfic homónimo y el one-shot “Wish You Were Sober”.

• No considero estrictamente necesario leer “Chase Two Boys” para entender este one-shot, pero sí les recomiendo leer primero Wish You Were Sober, ya que podríamos decir que Memories es una especie de segunda parte del mismo. De todos modos, si les interesa, “Memories” tiene lugar antes del capítulo 17 de “Chase Two Boys”.

• Por otro lado, quiero aclarar que no busco afirmar la sexualidad de ninguno de los idols mencionados. Ese es un tema que sólo les incumbe a ellos, yo sólo escribo historias boludas. Para mí, es más bien como si los chicos fueran actores interpretando mis historias.

Eso es todo, así que, sin más que aclarar... ¡Disfruten la lectura!

Work Text:

Era tarde, alrededor de las tres de la mañana, y Jeongin sentía los ojos secos y el cuerpo adolorido por haber pasado tanto tiempo sentado frente al escritorio, leyendo una y otra vez sobre Nietzsche, Descartes, Kant y otro montón de personas que no le interesaban para nada. Tal vez, si le hubieran interesado un poco más durante el año, no habría reprobado Filosofía. Tal vez si no hubiera pasado las clases durmiendo, jugando con su teléfono o gastando sus datos móviles para ver anime en sitios web de dudosa legalidad... Ya era tarde para arrepentirse, reprobó y sus padres lo condenaron con arresto domiciliario. Era un fastidio, apenas podía salir de casa y se estaba perdiendo de las vacaciones, de salir con sus amigos, con suerte le dieron permiso para visitar a Felix cuando se enteró de que había terminado con el imbécil de Minho.

Sencillamente, era una tortura.

Peor que una tortura: no solo estaba prisionero en su propia casa, sino que tenía que pasarse el día estudiando sobre la materia que más odiaba. Había repasado cada hoja de su carpeta y cada capítulo del libro de texto, había hecho resúmenes y cuadros, había hecho todo lo posible para que el contenido de toda la materia entrara en su cerebro en solo unas semanas.
Le quedaban un par de días más antes del examen final y necesitaba aprobarlo a toda costa si quería recuperar su vida. Además, se acercaba el cumpleaños de Felix y no podía faltar, mucho menos cuando al fin había decidido celebrarlo en lugar de quedarse en casa llorando por Minho. Era importante.

—Esto es ridículo... —murmuró el chico, mientras sus ojos recorrían el texto—. ¿Cómo no va a existir la verdad? No tiene...

Tap.

Algo golpeó su ventana. Pensó que tal vez sería una mosca, así que volvió a la lectura, pero entonces el ruido se escuchó otra vez.

Tap.

Y una vez más.

Tap.

Frunció el ceño.

—¿Qué diablos?

Se levantó de la silla y caminó, descalzo, hasta la ventana. Daba hacia la calle, así que creyó que se trataba de algún grupo de niños molestos que pensaban que tirar piedritas a las ventanas de la gente era divertido, pero al mirar se encontró con algo peor. Algo, alguien, que no debería estar allí.
No podía decir si verlo le helaba la sangre o si, por el contrario, la hacía hervir, pero en definitiva lo afectaba. Le revolvía el estómago con recuerdos y sentimientos que hacía mucho estaban enterrados.

Era una historia que ya había llegado a su fin y que no quería volver a leer.

Y sin embargo, ahí estaba.

Hwang Hyunjin.

El mismísimo Hwang Hyunjin, de pie en el jardín, pisando el preciado césped de la señora Yang, con un puñado de piedritas en una mano. Miraba hacia arriba, hacia la ventana, y Jeongin deseaba con todas sus fuerzas que no lo hubiera visto. Pero claro que lo había hecho: levantó la mano libre para agitarla en el aire, a modo de saludo.
Pensó en alejarse de la ventana, ignorarlo, pero sabía que seguiría insistiendo hasta que él le respondiera, cuando se le acabaran las piedras, lo llamaría. Y era capaz de quedarse parado allí toda la madrugada, con tal de que Jeongin le hiciera caso.

Así que suspiró y lo miró una vez más, haciéndole una seña: «Ya bajo».
Salió de su cuarto con todo el sigilo posible, el suelo helado del pasillo congelando sus pies, y bajó las escaleras rezando por que los escalones no crujieran bajo su peso. No quería despertar a sus padres y meterse en problemas por él.

Ni siquiera quería verlo.

Y aún así, tomó las llaves de la mesita y abrió la puerta.

Y de nuevo, allí estaba él, ahora a tan solo dos pasos de distancia. Jeongin se sorprendió, casi como si esperara que todo hubiera sido una alucinación por la falta de descanso. Era real, lo sabía con solo verlo y aún así sentía que debía tocarlo para comprobarlo, pero sería ridículo, era él.
El mismo pelo un poco más largo de lo que recordaba, los mismos lunares que en algún momento tan bonitos le habían parecido, y lo más importante: los mismos ojos enrojecidos, las bolsas oscuras bajo estos, la mirada perdida como si no supiera bien a dónde debía mirar.
Estaba borracho.
Era Hyunjin.

—Bonito... pijama —dijo, sonriendo, aunque se notaba que le costaba pronunciar las palabras; hablaba más lento de lo normal, haciendo extrañas pausas—, aunque... creo que estás... algo grande para Cars.

Las mejillas de Jeongin enrojecieron violentamente.

—¡Mi abuela me lo regaló! —exclamó, tratando de mantener el tono lo más bajo posible.

Hyunjin rió. Su risa era tal y como Jeongin la recordaba: ligeramente tonta, te daba la sensación de que se suponía que era agradable pero había sido arruinada por el estado constante de ebriedad de su dueño. Era verdad, de hecho. Jeongin vivió días en los que Hyunjin aún podía estar sobrio por más de una semana y su risa sonaba como una melodía.

—Da igual, ¿qué hacés aquí? —dijo, cruzándose de brazos para combatir el frío, que le erizaba el vello de los brazos desnudos.

—¿No puedo visitarte? —preguntó Hyunjin y su voz, más juvenil, más clara, resonó en la mente de Jeongin.

«¿No puedo regalarle flores a mi novio?»

Era así cada vez que volvía a ver a Hyunjin: los recuerdos de lo que alguna vez fue su relación lo atacaban de repente, y parecía peor cuando Hyunjin se parecía tanto al “viejo él” que lo lastimaba e incomodaba a partes iguales.

—No, no puedes —respondió Jeongin, tratando de apartar todos los recuerdos de su cabeza—. Son las tres de la mañana y ya no somos pareja.

Hyunjin hizo una mueca, como si le doliera escuchar aquello, como si por un instante hubiera olvidado que hace casi dos años que no eran pareja.

—No tengo... No tengo a dónde ir —murmuró, sin poder mirar a Jeongin a los ojos. Este se preguntó si era por vergüenza o porque estaba tan borracho que no podía fijar la vista, tal vez veía doble.

—¿Qué hay de tus amigos? ¿Qué hay de Minho, de Chris?

—Minho está... insoportable —renegó, haciendo gestos exagerados con las manos —, ya sabes... uh... Felix.

A Jeongin le desagradó oír el nombre de su mejor amigo en boca del borracho de Hyunjin, que, además de ser un idiota por su propia cuenta, era amigo del infame Lee Minho: infiel de primera clase y con la misma responsabilidad afectiva que una piedra.

—¿Y Chris? —repitió. Se negaba a llamar al chico por el tonto apodo que se había elegido en tercero de secundaria: “Chan”. Simplemente jamás se había acostumbrado a usarlo, no tenía sentido, sólo se lo había puesto porque creía que era genial, sexy, una nueva identidad que adoptar en su tercer paso por el mismo salón.

Hyunjin se encogió de hombros. Jeongin aguardó un tiempo a que respondiera algo más, pero no lo hizo, solo se quedó mirándolo fijamente (o tan fijo como podía en su estado de ebriedad). Parecía estar esperando una invitación a entrar.

—¿Sabés qué? —dijo Jeongin, desesperado por romper el silencio y acabar con esa situación. La noche era fresca y el frío le recorría el cuerpo entero desde la planta de los pies—. No me importa lo que te haya pasado, no puedes venir aquí.

Hyunjin pasó el peso de una pierna a la otra. Llevaba tan solo una fina camiseta de manga larga y unos pantalones vaqueros, pero no parecía tener frío.

—Puedo ir... a dónde quiera —repuso, cruzando los brazos de forma más infantil que ofendida. Ni siquiera sonaba enfadado o desafiante, sino más bien inseguro, como si no terminara de creerse sus propias palabras.

Como si de verdad no tuviera a dónde ir.

Como si Jeongin fuera la única persona a quien podía acudir.

Daba lástima, pero Jeongin debía mantenerse firme esta vez.

—No, esta es mi casa y ya no somos pareja. Supéralo, Hwang.

Jeongin ya comenzaba a retirarse, listo para cerrar la puerta sin importarle lo afectado que pareciera Hyunjin por lo impersonal de llamarlo por su apellido, como si fueran completos desconocidos y no dos chicos que en algún momento habían compartido una historia.
Pero Hyunjin lo detuvo, poniendo una mano en la puerta y otra en el marco de la misma, su rostro demasiado cerca del de Jeongin, tanto que este podía sentir su perfume por debajo del desagradable olor del alcohol. Era un aroma dulce, delicado pero embriagador, como la nostalgia que invadió a Jeongin al pensar que la fragancia era «más del viejo Hyunjin que del actual». Había adquirido esa terrible tendencia a comparar ambas versiones como si se tratara de dos personas diferentes y no dos caras de la misma moneda, el antes y el después de alguien que fue afectado por su entorno.

—¿Entonces por qué... sigues abriéndome? —dijo Hyunjin, con su aliento apestoso formando una nubecita en el gélido aire.

A pesar del frío, las mejillas de Jeongin ardieron violentamente.

—No sé de qué hablas —dijo este, paralizado ante la cercanía. Casi parecía que Hyunjin iba a besarlo y por un instante esperó que lo hiciera, luego se recordó que habían terminado.

No sería correcto.

No sería correcto y aún así... los labios de Hyunjin nunca perdían el atractivo.
Jeongin se preguntó si así era para el chico su adicción con el alcohol: saber que la bebida lo destruía poco a poco y aún así encontrarla encantadora, saber que debía alejarse y aún así no poder. Desearla aunque fuera mala para él.

Hyunjin rió, más un suspiro que una risa, y eso fue suficiente para sacarlo de su ensoñación.

—Te ves... bonito... —Se mordió el labio como si intentara evitar que más palabras salieran de su boca—. Tan bonito... cuando finges que... nada pasó entre nosotros...

—Te equivocas —dijo Jeongin, luchando por no bajar la cabeza, por mostrarse fuerte—, no finjo que... lo nuestro no existió, es solo que, a diferencia de ti, yo sí intento avanzar. Intento dejarlo dónde debe estar: en el pasado.

Jeongin no sabía qué esperaba recibir como respuesta, pero no obtuvo nada más que silencio. Hyunjin lo miraba directamente a los ojos, como buscando algo más en el fondo de ellos... o quizás solo se había perdido, un simple borracho viendo un punto fijo cuando sus pensamientos eran un revoltijo sin sentido.
Daba igual, por una razón o por otra, Hyunjin no apartaba la vista. Y Jeongin tampoco podía hacerlo, como si se encontraran en medio de un accidental duelo de miradas.
¿Qué obtendría el que ganara? Hyunjin podría pedirle cualquier cosa: asilo, un beso, una segunda oportunidad, dinero para el taxi o un vaso de agua. Jeongin tal vez le pediría que se fuera.

Pero perdió.

Desvió la vista, incapaz de seguir con ese juego absurdo que de todos modos no tendría resolución.

—¿Por qué sigues haciendo esto? —preguntó, sabiendo que en cualquier momento la frustración se convertiría en un montón de lágrimas.

—¿Qué cosa?

Hyunjin sonaba tan confundido que hasta parecía inocente, si estuvieran en otra situación podría haberlo imaginado como un niño pequeño de esos que preguntan «¿Por qué?» a todo, incluso a las respuestas.
Pero no era un niño ni mucho menos un inocente. Incluso en su estado debería saber de qué hablaba.

—Esto —dijo Jeongin, haciendo un gesto con las manos, como si quisiera sostener en ellas toda la situación. Su voz salió tan desesperada que tuvo que recordarse que sus padres estaban durmiendo en el piso de arriba—. Esta cosa extraña en la que... te emborrachas y me extrañas... y vienes a buscarme y yo no puedo... no puedo negarme.

Hyunjin lo había visto llorar más de una vez, pero de todos modos se cubrió el rostro con las manos, avergonzado.
Ya le había abierto demasiadas veces su corazón.
Y la puerta también.

¿Cuántas veces iban ya?
¿Cuántas veces había respondido a sus llamadas a altas horas de la noche?
¿Y cuántas otras lo había recibido en su casa, totalmente corrompido por los excesos?

Y todo por lástima.
Ni siquiera era amor, aunque a veces le costara separar ambos sentimientos.
Era lástima, porque Hyunjin en realidad no era más que un chico dulce bajo toda esa capa asquerosa que se había ido construyendo a su alrededor con el tiempo, con la ayuda de Chris, de Minho y del alcohol. El maldito alcohol.
¿Cómo podría no sentir lástima de alguien que se estaba arruinando a sí mismo y no lo sabía? Y si lo sabía, entonces ¿cómo podría no sentir lástima de alguien que sabía que se estaba destruyendo y aún así no podía parar?

Hwang Hyunjin, alguna vez uno de los chicos más bonitos y populares del salón, daba lástima.

Y no tenía a dónde ir.

Jeongin sabía que sus amigos no eran amigos de verdad, al menos no como debían serlo.
Chris no movería un pie para ayudarlo, aún cuando gracias a su influencia había terminado convirtiéndose en lo que era.
Y Minho era demasiado egocéntrico como para preocuparse por él, a menos que “ayudarlo” le hiciera sentir mejor, especial.

¿Cómo podía no abrirle la puerta, aunque sea para pedirle que se fuera? Que se fuera porque no lo quería allí, porque habían terminado, pero también porque no soportaba verlo de aquella forma.

—Me haces daño, Hyunjin —susurró con voz quebrada.

—Lo siento.

—No mientas.

—Lo siento —repitió, y Jeongin no supo si todavía se disculpaba por lastimarlo o por mentirle.

Tampoco sabía si de verdad mentía, pero era difícil imaginar que Hyunjin fuese honesto, que de verdad sintiera todo el daño que le había causado.
Porque si lo hiciera no seguiría bebiendo ni apareciendo en su casa a las tres... tal vez cuatro de la mañana.

El sol saldría en unas horas y ellos seguían allí, congelándose, llevando una discusión sin sentido, abriendo la misma herida una y otra vez.

Porque Hyunjin era un idiota y Jeongin sentía lástima.

Porque Jeongin sabía que no podía llamar a los padres de Hyunjin, no cuando ellos ni siquiera sabían que habían estado juntos, ni siquiera conocían a Jeongin. O a su propio hijo.
«Puedo ser quien quiera en cualquier lugar, menos en mi casa» le había dicho Hyunjin en una ocasión.

De todos modos, ¿de qué serviría llamarlos si nunca habían hecho nada por ayudarlo?

—Estás... temblando —dijo de repente Hyunjin, acercándose a él, como si quisiera abrazarlo.

Jeongin se apartó. Ahora podría cerrar la puerta en su cara y darse la vuelta, subir a su habitación y ocultarse bajo las mantas para olvidarse de que todo eso había ocurrido. Como siempre. Olvidar y repetir. Hyunjin se iba y luego volvía.
Pero en cambio se quedó de pie, mirando sus ojos vidriosos ¿o eran los suyos los que se cristalizaban? Tal vez ambos lloraban.

—Tienes que irte, Hyunjin. Por favor.

—No quiero.

Jeongin se abrazó a sí mismo tratando de contener un sollozo que igualmente logró escapar de entre sus labios.

—Basta, por favor —dijo, desesperado como un animal herido—, deja de venir aquí y... ser un idiota, de darme pena y decir que me extrañas, y luego... y... decirme que soy bonito y estar tan cerca que quiero besarte...

—¿Quieres besarme?

—¿Eso es todo lo que te interesa?

Hyunjin no le contestó y su silencio fue como un puñal.

—Lo digo en serio, Hyunjin —se esforzó por continuar—, deja de hacer esto. Quiero... dejar de pensar en ti, quiero enterrar lo que tuvimos... pero no puedo... ¡No puedo hacerlo si sigues apareciendo!

Hyunjin dió un paso adelante y apoyó una mano en su hombro, un torpe intento de consuelo.

—Lo siento.

—¡No lo sientes! ¡No me mientas! —explotó empujándolo con todas sus fuerzas, hasta que ambos estuvieron fuera de la casa—. ¡No me mientas! ¡Si lo sintieras, si te importara, no estarías aquí! ¡Vete, vete, vete!

Jeongin, lloriqueando, lo empujó y golpeó hasta que le dolieron las manos, y terminó cayendo sobre el pecho de Hyunjin, exhausto de tantas emociones.
Hyunjin lo recibió como si todavía fueran la tierna pareja de tercero de secundaria, como si él no fuera un alcohólico bueno para nada, como si Jeongin no estuviera harto de él. Como si todo estuviera bien.
Y tal vez, si alguien los veía desde lejos en ese preciso instante, abrazados bajo la Luna, podrían creer que así era.
Pero si se fijaban bien, verían que Jeongin estaba descalzo y se estaba congelando, que lloraba y las lágrimas y los mocos le bajaban hasta la barbilla, que Hyunjin apenas se estaba recuperando de la borrachera y no tenía fuerza en las piernas para mantenerlos a ambos en pie.

Que no se amaban.
La lástima y la nostalgia no eran amor.
La pena y el rencor no eran amor.

¿Entonces por qué estaban allí?

Hyunjin no tenía a dónde ir y Jeongin no podía echar a un perro mojado.

De repente Jeongin sintió mucho sueño, una pesadez terrible sobre sus párpados.

—Basta, suéltame, suéltame... —insistió hasta que el otro lo liberó.

Se miraron a los ojos aunque a ambos les doliera, pero Jeongin ya no podía soportar otro juego de miradas. Ni ningún otro juego.

—Vete, por favor.

Por primera vez, Hyunjin asintió.

—Y no vuelvas, por favor.

Hyunjin volvió a asentir.

Y a Jeongin le costó muchísimo darse la vuelta.

Con suerte, el próximo año ambos se verían solo en la escuela, de lejos, fingiendo que nada había pasado. Ni esa clase de gimnasia, ni su relación, ni la fiesta, ni esta noche ni todas las anteriores.

Y luego no se verían nunca más.

Y por fin, todo quedaría en sus recuerdos.

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