Chapter Text
Kuro miró un instante la puerta del cuarto, pero Rin parecía no regresar aun, por lo que luego posó sus brillantes ojos verdes sobre la bebé tendida en la cama; una manta de dibujitos tiernos de animales estaba debajo de ella y vestía únicamente con un pañal pues el clima era lo suficiente cálido para ello.
—Se supone que Rin iba al baño— maulló el gato demonio, poco contento.
Las manos y los brazos de Yune se agitaban sin coordinación alguna en el aire mientras su cabecita llena de espeso cabello (que se tornaba de cían y blanco a un café bastante oscuro) se giraba en varias direcciones, mirando todo y nada a la vez. Al menos estaba tranquila y, por lo que podía oler Kuro, no estaba sucia.
El gato demonio entonces se acercó un poco más, permitiéndole a Rin cierto tiempo de privacidad y descanso en el cuarto de baño del apartamento, pues, aunque él no era el responsable de la nueva criatura, era uno de los testigos más directos de lo caótico que era paternar. ¿Cómo algo tan pequeño podía cagar y vomitar tanto? Además, Yune, al empezar a gatear, era tan escurridiza cuando se lo proponía para hacer maldades inimaginables para alguien de su edad que, varías veces, tanto la pareja como Kuro creían que los infantes lo único que deseaban era sembrar el desastre y buscar su propia muerte.
Dedos pequeños y fuertes empezaron a juguetear con el pelaje negro y blanco mientras balbuceos y risas emergían de la menor.
—¿No quieres dormir? — volvió a maullar el demonio.
Posteriormente, Kuro, cual minino, restregó su hocico y parte de su frente en la cabecita ajena, revolviendo el corto cabello y ronroneando como si quisiera arrullarla.
Yune, con sus pequeños, pero fuertes bracitos, abrazó al demonio por el cuello y rodó un poco para quedar de costado en una posición cómoda, a lo que éste se quejó y bajó las orejas, esperando que la chiquilla no terminara por ahorcarlo.
Rin repentinamente abrió los ojos con espanto, viendo las baldosas claras del baño y enderezando completamente la espalda lejos del tanque del escusado en el que aún estaba sentado. ¿Se había quedado dormido? ¿Cuánto tiempo había pasado desde que entró al cuartito para orinar? Rin solo iba a vaciar la vejiga, acomodándose en el asiento porque estaba tan cansado que siquiera estar dos segundos de pie le resultaba extenuante, y se había dormido. No podía ser posible, se reprendió el hijo de Satán conforme se ponía de pie, arreglaba la ropa interior y el pantalón deportivo alrededor de la cintura para, después, apresurarse a lavar sus manos y dirigirse al cuarto principal donde, aliviado, encontró a Yune durmiendo plácidamente, entre sus dientecitos la oreja oscura del gato demonio y sus brazos alrededor de éste como si fuera un felpudo.
Con el corazón latiéndole aun de forma acelerada, el pelinegro se acercó cuidadosamente, posicionando cada pie delante del otro lentamente, como si estuviera avanzando en un campo minado porque así se sentía cuando su hija dormía (tenía un oído espectacular y al más mínimo ruido se levantaba en busca de alguno de sus padres) y, al llegar al lado de la cama, observó al par; los ojos de Kuro estaban cerrados por el sueño, aunque la oreja libre por momentos se agitaba de forma rápida, seguramente porque estaba incómodo por los colmillitos en su piel y la baba empapando su pelaje.
Yune se metía cualquier cosa a la boca para morderla e incluso había llegado a masticar las colas de Kuro, la de Rin o la propia, ganándose más de un regaño y quejidos de inmenso dolor.
—Lo siento, Kuro— dijo el gemelo mayor, divertido y agradecido a la vez por lo que consideraba un sacrificio de su amigo de forma gatuna. ¡Bendito era por cuidar de Yune cuando él no estaba!
Así, Rin aprovechó para ordenar un poco su hogar, lavando ropa, limpiando el polvo de los muebles, la mugre del piso y cocinar no solo para ese día, sino que también para los venideros de esa semana.
Mientras hacía todo esto, a los oídos del pelinegro llegó un maullido corto y lleno de sorpresa que le hizo ir volando hacia el cuarto; Yune había girado sobre sí misma, llevándose con ella a Kuro que ahora estaba patas arriba, los ojos bien abiertos y la piel de su cabeza siendo jalada un poco por el mal posicionamiento en la cama.
—¡Rin! — las dos colas del gato demonio golpeaban impacientes la cama—. ¡Quítamela!
—Pero está durmiendo.
—¡Rin!
—Kuro, por favor— el hijo de Satán suplicaba, uniendo las manos—. Durmió muy tarde y despertó temprano.
—La voy a morder si no me la quitas.
—No te atrevas.
Rin señalaba severamente al felino sídhe que, sin duda alguna, abrió sus fauces y mostró cada uno de sus colmillos para amenazar con encajarlos en la blanda piel de la infanta; se sentía como si los ojos verdes fueran a salir de las cuencas, así que Kuro no pensaba ceder (no iba a morderla, pero de alguna u otra forma iba a sacarse a la bebé de encima) y podía notarse.
—Bien— aceptó de mala gana el pelinegro y el hocico se cerró—. No te muevas tanto.
—¡Quítamela de una vez!
Ojalá Yune no despertara, de verdad, porque esa noche había sido complicado ponerla a dormir sin razón aparente y siempre se ponía de mal humor si no cumplía con todas sus horas de sueño que eran incluso más de las que Rin necesitaba.
Empleando una lentitud y precaución exagerada, las manos callosas y claras maniobraron con la pequeña, pero su agarre era fiero a niveles impresionantes; Ryuji había dicho que todos los bebés sujetaban las cosas como si su vida dependiera de ello, sin embargo, el pelinegro dudaba que fuese solo eso. En una ocasión, incluso, la pareja estaba en pánico porque Yune lloraba a todo pulmón sin cesar, pues una de sus manitas había apresado la cola sensible que poseía, pero era incapaz de soltarla y ellos no conseguían tampoco que la dejara en paz hasta pasados unos dolorosos minutos.
Desgraciadamente, no se logró liberar a Kuro, por lo que Rin únicamente los acomodó y consiguió un suspiro de rendición del gato.
—Te va a arrancar el pelo si sigo intentándolo.
—¿Podemos regalarla?
—Desgraciadamente no.
—¿Aunque sea mandarla con alguien más unos días?
Una sonrisa se dibujó en la cara blanca, a sabiendas de que el gato demonio echaría mucho de menos a Yune aun si fingía que no; siempre estaba detrás de ella para cuidar que nada le pasara.
—No creo.
Y otro suspiro brotó de Kuro.
Además, la infanta aun era pequeña y estaba extremadamente unida a sus padres como para soportar la idea de no verlos por más de un par de horas, mucho menos por un día entero y ni de broma varios días; durante la primera noche con ella, la habían arrullado en brazos hasta ponerla a dormir y la colocaron en la cuna (comprada desde hace unos meses) que tenían en la habitación principal, sin embargo, en cuestión de segundos comenzó a berrear, por lo que intentaron dormirla una segunda y tercera ocasión hasta que finalmente decidieron dormir con ella.
Rin la acomodaba contra su pecho, donde parecía ser el lugar favorito de Yune, y la noche transcurría sin mayor contratiempo; si bien en un inicio ambos estaban preocupados por aplastarla, todo salió bien. El hijo de Satán, a diferencia de cuando descansaba sin la bebé, no se removía, quedándose como una estatua durante todas las horas que separaban el crepúsculo del alba, y Ryuji, por su lado, despertaba a penas unos segundos por lapsos diversos para asegurarse de que tanto su marido como su hija estaban bien. En cambio, el gato sídhe dormía en el espacio libre que encontraba en la cama.
Sería una escena encantadora, sino fuese porque los ojos azules del pelinegro llegaban a estar abiertos y porque Yune llenaba de baba y mocos todo, sin olvidar mencionar que el castaño de piercings a veces roncaba de forma similar a un terremoto.
Ah, sí, Yune, el milagrito como la habían apodado, teniendo en cuenta de que sus dos padres eran hombres y no había razón alguna para creer que el gemelo mayor fuese capaz de concebir.
En un principio, Kuro había empezado a olisquearlo porque de su amigo brotaba un olor nuevo, pero no sabía definir de qué se trataba. Luego, una Cradle Barrier apareció delante de Rin en una misión y, finalmente, sabiendo qué significaba, éste corrió despavorido hacia Yukio para buscar una explicación que fuese diferente a la que esperaba.
—¿Qué? — los ojos detrás de las gafas miraban a su hermano con confusión.
—Ajá. Así que hazme pruebas o algo, lo que sea— apuró el mayor, un brazo extendido hacia el otro.
Yukio miró todas las cosas descansando en un par de estanterías metálicas y pensó que quizás el otro Okumura estaba tan exhausto que ya imaginaba cosas. Tal vez sí tenía algo.
Tras rebuscar entre varias herramientas médicas, el castaño de anteojos entregó una caja que contenía una prueba rápida de embarazo.
—¿Esto es confiable?
—En parte, sí. Si un hombre usa eso y marca positivo, puede ser indicativo de problemas en los testículos. En tu caso, igual viene bien. Hazla. De todos modos, te sacaré una muestra de sangre. Para descartar.
—¿Es mejor que sea algo con mis huevos?
La boca de Yukio se abrió por un instante sin saber qué decir. ¿Qué era mejor, un embarazo o cáncer testicular?
—Solo hazlo.
Y bueno, el resultado sí fue positivo, lo que no alivió en lo absoluto a ninguno de los gemelos. ¿Cómo el hijo de Satán confrontaría el cáncer? ¿Siquiera era posible que Rin padeciera algo de ese estilo? ¿Cómo era posible que el pelinegro pudiese estar en periodo gestacional? Los exámenes de sangre, afortunada o desafortunadamente, habían indicado que era un embarazo.
—Acuéstate.
—¿Me lo vas a sacar?
—Acuéstate.
Obedeciendo, Rin se tumbó en la cama de exámenes, nervioso a más no poder, mientras Yukio maniobraba con los aparatos viejos alrededor de él.
—Bájate un poco el pantalón y súbete la playera.
—Yukio, dime que me lo vas a sacar.
—Vas a sentir frío— ignoró el menor y colocó un gel helado en el vientre ajeno—. Y algo de presión.
Silencio. Uno denso y que al gemelo mayor resultaba horrible conforme sus ojos azules pasaban de la pantalla del aparato, a la cosa esa que se movía sobre su cuerpo y al rostro concentrado del castaño.
—Yukio— no había respuesta y Rin comenzaba a impacientarse—. Yukio, dime algo. Lo que sea.
Un par de teclas siendo presionadas, congelando la imagen de la pantalla y los ojos detrás de los vidrios se clavaron en los del pelinegro.
—Aquí está— dijo el menor, señalando un punto claro entre todo ese ruido—. Es un poco más grande de lo esperado para tener un mes.
—¿Un mes? — Rin murmuró, la mirada fija en el frijol que el ultrasonido mostraba.
—Mhm— más movimiento con la máquina—. Esta es la pared de tu útero, aunque no distingo bien los ovarios. Pero supongo que están funcionando bien.
—No es gracioso.
—No intento que lo sea. Si estás embarazado, es de suponer que funcionan. Te imprimiré el ultrasonido para que puedas mostrárselo a Ryuji-kun. Y creo que hablar con Mephisto es importante.
—Sácamelo.
—No— Yukio sentenció, la atención en el aparato que imprimía las confusas imágenes.
—¡Sácamelo!
—No. Tienes que hablar con Ryuji-kun. No solo es tuyo. Estás alterado. Piénsalo. Además, incluso si quieren que lo saque, no puedo hacerlo de inmediato. Ni siquiera sé si podría sacártelo.
—¡¿Cómo no vas a poder?! ¡Es del tamaño de un frijol, Yukio!
Sin decir nada, el gemelo menor tomó una jeringa cercana e hizo amago de apuñalar al que aun permanecía tendido sobre la cama de examinación, provocando que una barrera circular y brillante de color cían apareciera y le detuviera en seco.
—¿Te parece que puedo?
El rostro del mayor estaba más pálido de lo normal, desencajado en terror mientras gotas de sudor bajaban por su frente y cuello.
La jeringa repiqueteó al dejarse nuevamente en la mesilla de metal y el castaño extendió una tira de varias imágenes del ultrasonido a Rin quien tembloroso la tomó.
—Quédate hasta que te calmes. Tengo más trabajo, pero llámame si necesitas algo.
La enfermería de la sede japonesa no era un sitio tranquilo.
—No le digas a nadie— pidió el pelinegro en un susurro antes de que el otro desapareciera más allá de la cortina.
—No tengo por qué.
Rin se quedó ahí por mucho tiempo, las manos sobre los ultrasonidos y, al mismo tiempo, sobre el pecho y las pupilas rojas perdidas en la nada, aunque parecían estar atentas al envejecido techo. ¿Qué iba a hacer? El hijo de Satán sentía que estaba en un sueño porque todo era surreal, extraño, inverosímil. ¿Qué iba a decir Ryuji? ¿Qué harían con el Vaticano? Todo estaba mal.
—Ryuji— el castaño alzó la mirada de la comida y la fijó en el pelinegro que se acercaba desde la entrada del apartamento, sacándose lentamente el calzado.
—¿Qué hiciste? Dime por favor que no tengo que pagar por nada.
No hubo respuesta alguna y aquello era una alerta enorme que el Aria no podía pasar por alto ni aunque quisiera, así que tragó con fuerza y dejó los palillos de lado.
—Ten.
Los ojos oscuros no entendían qué carajo veían, aun si comprendían que eran unos ultrasonidos, pero sin idea de qué parte del cuerpo mostraban. ¿Eran los riñones? ¿Rin tenía piedras en los riñones? Iugh, eso dolía.
Cuando estuvo a punto de preguntar qué era, Ryuji alzó el rostro a Rin y se sorprendió de verle con gesto fúrico y desesperanzado.
—Tengo miedo de preguntar qué es.
—Pregunta.
—No… — repentinamente, llamas azules cubrieron al más bajo—. Está bien, está bien. ¿Qué es?
—¡Tu hijo!
Muchas cosas pasaron en ese momento por la cabeza del castaño quien no comprendía la situación en lo absoluto. ¿Cómo podía tener un hijo si él no había tenido sexo con una mujer ni con nadie que no fuese Rin? ¿Alguien estaba levantándole falsos? ¿Por qué? ¿De quién era ese hijo? Porque Ryuji estaba seguro de que suyo no era. Por un instante, el Aria estuvo a punto de reír, pero al ver que su pareja estaba todo menos contento, prefirió rascar un poco la punta de la nariz y preguntar:
—¿Mi hijo? Rin…
—¡Sí! ¡Nuestro hijo!
La boca del mayor se abrió en asombro.
—¡¿Qué?!— a trompicones, el castaño se levantó y se plantó frente al gemelo—. ¡¿Qué?! No, no, no, no… ¡¿Cómo?! Tú y yo…
—¡No sé! ¡No sé! Yukio me revisó y dice que tengo útero y…— bruscamente, Rin tomó las imágenes y señaló efusivamente el punto claro—. ¡Ese frijol es tu culpa!
—¡Se necesitan dos para hacer uno!
—¡Tu pene fue el que entró!
Ambas manos grandes pararon en la cara de Ryuji, restregándola, y éste se paseó un poco por la sala/comedor del apartamento mientras Rin respiraba con fuerza, la cola agitándose violentamente detrás suyo y las llamas danzando hacia el techo.
Eso tenía que ser algo de naturaleza demoniaca.
—A ver, bueno, entonces, ¿qué? — el más alto se volvió a Rin.
—¡Un hijo, Ryuji, un hijo! ¡¿Te parece qué estoy hecho para un hijo?!—el nephilim estaba alterado, haciendo ademanes violentos con las manos—. ¡Soy el príncipe de Gehena! ¡El hijo de Satán! ¡Yo no debería tener hijos! ¡Deberíamos…!
—Rin, espera.
—¡Esperar, ¿qué?! ¡Sabes que es así! ¡Que yo…!
—Rin, cállate ya— ordenó el más alto, acercándose velozmente hasta tomar los brazos pálidos del otro con cada mano—. Un hijo no es solo pensar en si debes o no. Si se te permite o no.
—Pues no se me debería permitir.
—Pero, ¿tú quieres?
Los ojos azules se abrieron un poco más y examinaron los irises delante de ellos, muchísimo más oscuros.
—¿Un hijo? — Rin escupió, como si la palabra fuese una aberración—. ¿Para qué? ¿Para someterlo al odio de todos por ser descendiente de Satán? ¿Para lidiar con un mal padre como lo sería yo? ¿Para sufrir por ser diferente? Ese niño o esa niña solo estaría destinado a una mala vida. No pienso ser cómplice.
—Y no lo serás— el más alto tomó gentilmente, pero con seguridad, las manos blancas y temblorosas—. La vida es dura, yo lo sé, y no me imagino lo difícil que es sobre todo cuando eres en parte demonio, consanguíneo al Dios de Gehena, pero no siempre es mala. No serás cómplice, serás un compañero. La vida es más fácil cuando tienes aliados, ¿no? No te estoy preguntando qué debes hacer, sino qué quieres hacer.
—Quiero desaparecer.
—Rin.
Un silencio los envolvió y Ryuji abrazó a su acompañante, haciendo que la cabeza de éste reposara contra su hombro y que la tela de la ropa en su espalda se arrugara bajo las afiladas uñas del demonio.
—Un hijo— Rin mascullaba, los ojos cerrados con fuerza y el rostro escondido en el cuello ajeno—. Incluso si quisiera, dudo mucho que pueda abortarlo.
—Podemos tratar tirándote accidentalmente por las escaleras— bromeó el castaño en un intento de aligerar el ambiente.
—La Cradle Barrier me protegería.
Durante una pausa, una de las manos más grandes acarició los cabellos negros y, luego, formó círculos en la espalda más pequeña para brindar confort.
—Ya quiero verte todo panzón.
—Ugh. Te odio… pero no me dejes.
—No lo haré. Se necesitan dos para hacer uno.
—Mh…— Rin, sin remedio, se acurrucó—. Te quedas sin sexo por un mes.
—Me lo esperaba. Aunque dudo que podamos tener sexo durante todo el embarazo.
—No voy a aguantar 10 meses sin sexo.
—Estoy seguro de que ni siquiera pensarás en ello. Estarás más preocupado por tu vejiga caída.
—Un día voy a arrancarte la verga.
—Por favor no.
