Actions

Work Header

Go back in time: Fifth Year

Summary:

Una reescritura de "Harry Potter y la orden del fénix".

Las vacaciones de verano estaban cerca de terminar, y Harry se encuentra más inquieto que nunca. No ha tenido ni una sola señal de Draco en esos meses.

La guerra, sin que lo sepan concretamente, ha dado inicio en una revuelta social por los problemas que presenta el ministerio. Draco no está emocionado de tener que lidiar nuevamente con Umbridge.

Él solo quiere un momento de paz.

Notes:

Voy por el capítulo nueve y todavía no son novios, manden ayuda

Chapter Text

“Antes de…todo”



« (...) y además, hoy fuimos a una gala. Ahora entiendo porque Daphne es tan obsesiva cuando tiene que prepararse para uno. Son todos unos idiotas con la nariz demasiado en punta. 

 

Algunos trataron de reírse porque estoy “necesitado de atención y por eso inventó cosas”, otros me suministraron anécdotas bastante útiles sobre Bagman. Sirius estuvo pululando cual mariposa por entre varios grupos de gente. 

 

Si no supiera mejor, diría que está tratando de medirse en la cama de alguno de ellos. 

 

¿Sabes que sigue llamando “Severus” al profesor Snape? Estoy intrigado (...)»




« (...) me llegó una lechuza de Pansy y venía con una carta adjunta de Theo.

 

Ambos me explicaron detalladamente la historia de sus padres y de sus familias en relación a Voldemort. Dejaron bases muy explícitas para indagar por mí cuenta, señalaron la actividad en ciernes de su grupo.

 

No quiero saber si sabes sobre esto, porque si lo haces, significa que están tratando de llevarte. Y está terminantemente prohibido que te vayas de mí lado, Draco, ¿Lo sabes, verdad? Te arrastrare de regreso si es necesario.

 

Pero tengo miedo, ¿Que pasa si obligan a nuestros amigos? No quiero que estén en peligro solo por relacionarse conmigo (...)»




« (...) día cuarenta y cinco, sigues sin responderme ni una puta hoja de las que te escribí. ¿Estás bien ahí?

 

Espero que sí. Realmente lo espero, Draco.

 

Será mejor, por Merlín y Morgana, que no estés contestando por razones distintas a las que corren por mí cabeza. Trata de mandarme una señal de vida, aunque sea de humo, ¿Si, Dragón? Aún si es sólo para tranquilizar mi corazón.

 

Te extraño (...)»




«(...) hoy vinieron los Weasley. 

 

Y no me refiero a unos cuantos, estaban TODOS ellos en mí sala. Ron dijo que iban a venir más seguido ahora que Sirius no puede despacharlos.

 

Remus sigue dándole “miradas” a la señora Weasley, pero nunca estoy lo suficientemente cerca como para escuchar qué dicen. 

 

Sirius está en constante defensa, tenso como cuerda de violín cuando Arthur o Molly se le acercan. Pero parece divertirse con Charlie y los gemelos. 

 

¿Qué crees que está pasando? La señora Weasley siempre evita que me digan (...) »




«(...) Entonces, apareció en el profeta. Ya iba siendo hora igual, ¡Tardaron bastante en calumniar y levantar falsos en mí contra! 

 

Ahora resulta que soy un adolescente inestable que no respeta a nadie ni a nada. ¿Fudge finalmente registró que lo llame cerdo estupido? Espero que sí. 

 

A mí me enseñaron que el respeto se gana, ¿Que hizo ese hombre para que alguien lo respete? Nada. 

 

La señora Weasley dice que estuvo mal. Pero yo sé que estarías conmigo en esto, ¿No, Draco? (...)»

 

Harry leyó cada letra que sangraba desde el diario, el tono esmeralda brillante como el primer día que escribió. Todos y cada uno de sus mensajes permanecieron sin respuesta, bajo un tenebroso silencio de radio que lo dejaba helado hasta las raíces.

 

Draco no había dado ninguna señal de estar en peligro. Pero tampoco de estar vivo. Y los días pasaban sin nada de su parte.

 

Estaban a un mes del inicio de clases, y la locura parecía no disminuir. La primera semana había sido un rotundo caos. Se alzó una discusión social sobre el ministro, las acciones cuestionables del hombre y sobre Harry&Dumbledore.

 

En cuestiones de decir verdades… no las estaban diciendo, era cuestionable cada persona que se pronunciaba en el tema. Harry no podía discernir que era y que no era cierto de Fudge a esas alturas. Estaban a un mes de volver al colegio, y todo está distorsionado.

 

Tanto así, que se supone que él mismo se llevaba bien con Dumbledore. Pocas calumnias peores tenía en su haber.

 

Y Draco seguía en la misma línea de años pasados ​​(peor incluso), en silencio constante. Su pulsera tenía golpes de calor pero eran con lapsos largos entre ellos. 

 

Harry seguía sintiendo la preocupación por carcomer sus entrañas, sin importar el actuar de su joyería. Draco estaba lejos de sus manos, cerca de Lucius , probablemente expuesto al señor oscuro o sus lacayos.

 

Lo odiaba absolutamente.

 

Seguido de eso, tenía a los Weasley rondando en Grimmauld Place todos los días. Y eran todos ellos, Merlín sabe que Harry no tiene la paciencia debida para lidiar con eso.

 

Pero había encontrado en los gemelos un valioso aliado, y no tuvo que hacer mucho para tenerlos en su favor. Simplemente les cedió el premio del Campeón. Agradecidos debían estar. Y, como además, Harry había sido entretenido con el chisme de Bagman.

 

Todos ganaron esa tarde.

 

(Harry se sintió entumecido cada vez que veía la bolsa de tela en su escritorio. Las monedas parecían estar cubiertas de sangre y casi los sentía chorrear en sus dedos cada que lo sostenía. No lo quería cerca, no lo merecía–)

 

Sirius tampoco estaba disfrutando de su nueva compañía. Él, una vez un príncipe entre los leones, rodeado constantemente de gente y charlas y calidez, hoy no podía tolerar tantas personas en su espacio.

 

Donde antes encontraba disfrute y comodidad, hoy había un amargo deje de ira cada que se veía invadido. Pasaba cada vez más tiempo con Kreacher en la cocina, despotricando en voz baja con el viejo cascarrabias que tenía de elfo.

 

Remus era un muro de contención. Sin él ya se hubiera derrumbado en sus propios cimientos mientras escuchaba voces retumbar desde todos los lados.

 

Y Draco no estaba. No aparecía, ni siquiera en pintura, para decir que algo tenían y que enfermarse de preocupación era ilógico. 

 

Encima había llegado una tormenta de mil demonios a Inglaterra. El cielo tronaba, se iluminaba y rugía de rabia absoluta. Reflejó Parecía la lucha interna de Sirius.

 

Había estado esperando la tormenta. Echo a cada alma que no viviera en su desdichada casa, se vistió lo más cómodo que pudo, atabiado en un suéter viejo de Remus con un logo horrible de un perro en el pecho, probablemente un regalo de Prongs.

 

Iban a pasar toda la tarde sentados en el living, ambos haciéndose compañía en silencio mientras esperaban a que los días restantes de esa semana pasarán, para que Harry volviera de la casa de los Dursley.

 

Sirius había accedido a visitas de una semana después de amenazar con un asesinato muy violento al regordete hijo de Petunia. Ojo por ojo, diente por diente y si era por Sirius, una pequeña molestia que le causarán a su ahijado equivaldría a un incendio potencial en su casa en Privet Drive.

 

Y se los dejo bien en claro.

 

Por eso mismo, ahora no tenían mucho más que hacer. Solo eran ellos dos contra el reloj y la tormenta. Dobby y Kreacher peleaban en la cocina, pero ambos habían aprendido a ignorar las payasadas de los elfos.

 

Cuando cayó un rayo particularmente estruendoso, se escuchó un golpe raudo en la puerta. Eran firmes y secos. Sirius se puso en alerta casi de inmediato; no esperaban a nadie, y todos lo que tocarían la puerta habían sido descortésmente despachados horas antes.

 

Y Harry tenía llave.

 

Se acercó a la puerta, con varita en mano. Remus a sus espaldas, tenso, también listo con su varita. Sirius se inclinó hacia la puerta y vio a…

 

Empujó de golpe la puerta por lo que le quedaba de camino, haciendo que Lupin se sobresaltara.

 

— ¡¿Draco, cachorro?! —rugió.

 

El rubio estaba empapado, de pies a cabeza. Vestía su pijama (probablemente) y estaba descalzo. Temblaba como una hoja, tenía los ojos llenos de lágrimas, con el pelo desordenado. El viento que soplaba parecía poder arrastrarlo lejos.

 

Sirius lo tironeo hacia adentro sin pensarlo.

 

— Si no oliera claramente a Draco, te estaría gritando muchísimo ahora mismo. —farfulló Remus, quieto en la penumbra de la habitación.

 

Lord Black se encogió de hombros, sin intenciones de preocuparse por el momento.

 

— Cachorro, Merlín, ¿Qué haces acá? ¿Cómo…?

 

El niño se estremeció abruptamente, mirando hacia Remus, quien había levantado la varita para encender las luces. Pero Lupin se quedó congelado en su movimiento en respuesta a la actitud de Draco.

 

Draco tenía los ojos fijos en la varita del castaño, su postura era rígida, con los músculos tensos, como si estuviera preparando para–

 

Remus exhaló, y dejó caer la varita al suelo sin ningún tipo de cuidado. Sirius se estremeció por el ruido inesperado.

 

Draco siguió mirando la mano del hombre, como si todavía esperara ver la varita entre sus dedos.

 

—Draco, dulce, no te haremos daño. Rems no te tocaría un pelo, jamás. —murmuró Sirius, buscando los ojos del heredero Malfoy—. Jamás de los jamases.

 

Pero Draco no podía estar seguro.

 

Si tus padres, personas destinadas a cuidar de vos, de enseñarte y llevarte de la mano hasta cierto punto de la vida, son capaces de torturarte, humillarte y obligarte… ¿Qué no harían los demás?

 

Draco se atragantó.

 

— Draco, no te haría daño. Nunca. —murmuró Remus, con voz dulce, como si le hablara a un bebé—. Jamás dañaría a un niño, mucho menos a un alumno. ¿Y si sumamos que eres más que importante para Harry? Vaya, realmente eres la última persona a la que cualquiera de nosotros le pondría un dedo encima, o gritarte incluso.

 

Draco parpadeó hacia él. Sus ojos dejaron de lucir extrañamente sin vida, y dio un tembloroso paso hacia Sirius, su mano estirada hacia el mayor, con sus palitos y finos dedos simplemente rozando parcialmente la lana del suéter. Era macabro el enorme contraste entre el rojo sangre y su blanca piel.

 

— ¿Harry…? —susurró, voz quebrada y sin forma— ¿Dónde está… Hazzy ? —tartamudeo.

 

Y Morgana no permite que Sirius deje a Draco viéndose como un cachorro pateado cuando Remus le explicó el paradero de su ahijado.

 

Les pidió que esperarán, mientras Dobby buscaba toallas. Sirius no quería poner una varita en dirección hacia Draco, ni siquiera para secarlo, bien podrían hacerlo a la vieja usanza, con sus propias manos.

 

Entonces entró a la habitación de Regulus.

 

Tenía el estómago anudado mientras caminaba por el lugar, hacia el armario. Le había pedido a Kreacher que lo limpiará y dejara tal cual estaba cuando su hermano aún… vivía.

 

Nunca había entrado. No desde que él mismo habitaba bajo el mismo techo que sus difuntos padres y compartía secretos ridículos bajo las mantas con su hermano menor. La última vez que recordaba estar en esta habitación, le había dicho a Regulus que se iría. Recuerda los gritos que quedaron grabados en los ladrillos de esta habitación.

 

Recuerda la mirada de su hermano. Recuerda claramente el te odio que rebotó en el hueco de esta casa, de este hogar a medias. Que se grabó con un cuchillo en el corazón de Sirius.

 

No se arrepiente de irse, porque nunca podría haber estado en esa casa mientras iba en contra de quienes sus estúpidos padres aclamaron como Lord. 

 

Se arrepentía de todo lo pasado con Regulus.

 

Abrió el armario, rebuscando un poco. No sabía muy bien donde estaban las cosas. Sus memorias oxidadas no ayudarían en nada.

 

— Ahí están las tunicas de gala, niño estúpido. —farfulló Kreacher. Sirius se dio vuelta, para encontrar al elfo doméstico parado a un brazo de distancia—. El amo Regulus guardaba esas cosas en el cajón.

 

—Raro. —farfulló Sirius—. ¿Según recuerdo le gustaba colgar sus pijamas?

 

— Así era —confirmó, hosco—, hasta que el estúpido hermano mayor del amo Regulus empezó a guardar sus pijamas en los cajones y a colgar las ropas de Hogwarts y los regalos de su amigo aún más idiota.

 

Sirius se estremeció. Pero no dijo nada, mientras se agachaba para sacar uno de los pijamas verdes que Regulus usaba con regularidad los días de no hacer nada que se empecinaban en tener.

 

Se obligó a pasar el nudo en la garganta mientras se alejaba del cuarto, dejando a Kreacher mirando el armario de su adorado Regulus.

 

Ver a Draco usando la ropa de su hermanito no lo hizo mejor. Era como ver nuevamente a su hermano, a los quince, parado en la sala de estar, mientras escuchan a sus primas parlotear, listos para ver sus regalos de Navidad.

 

Necesitaba que ambos se fueran de la casa Black. Entonces, sabiendo que la chimenea de los Dursley ya estaba conectada por flu, tomó suavemente la mano de sus sobrino, todavía temeroso de asustarlo, y los dirigió a ambos hacia ahí. 

 

Remus los dejó partir, en silencio.

 

Draco se aferró a Sirius, y a su varita, que nunca había abandonado sus gélidos dedos, incluso mientras se cambiaba. Parecía demasiado atemorizado para que Sirius quisiera quitarle esa pequeña seguridad.

 

Su estómago giró cuando por fin pasaron la red flu. Una horrorosa sala decorada con demasiadas cosas los saludo, Draco miró todo con ojos grandes, analizando la casa en la que Harry se había criado.

 

Salieron al encuentro de un hombre rechoncho y una estirada mujer, que los miraban horrorizados. Draco parpadeó.

 

Sirius se alejó por un momento, llevándoselos hacia la cocina (Draco suponía que ahí los llevaba).

 

Finalmente conocía la cara de los viejos horribles que torturaron a su-

 

— ¿Oh? ¿Qué tenemos por acá? —chilló una voz, Draco levantó la mirada hacia un muchacho morocho, alto y robusto— ¿Quién eres, otro rarito? 

 

Draco se giró parcialmente hacia el chico, escaneandolo en silencio. Era grande, pero estaba parado torpemente, con todos los puntos vitales al descubierto. No le causo ningún temor, a pesar de estar aterrorizado.

 

— ¿Te comió la lengua el ratón, monstruito?

 

Dudley. —siseó una voz conocida. Draco sintió su pulso acelerarse, reconociendo el tono bajo que acalló todo otro ruido. Harry Potter entró a la sala, sus ojos verdes brillando con ira oscura—. Cuida tus malditas palabras si no quieres que le de comer tu lengua a mi serpiente.

 

— ¡Ja! —decidió reír, aunque parecía temblar en su lugar— ¡Ya no te tengo miedo, Potter! Nos han enviado una carta de tu mismo colegio, no se te permite hacer magia fuera de Hogwarts, ¿No es así, fenómeno?

 

Harry dio un paso adelante. Y Draco parpadeó, realmente mirando a Harry, por lo que se sintió la primera vez. La última vez que lo había visto no recordaba que se viera tan alto, pero ahora encaraba directamente a su primo y apenas había diferencia en sus alturas.

 

Quién lo diría, ¿Lo que hace la buena alimentación, no?

 

Draco no se estaba sonrojando por ese hecho. Nu-uh. Era simple vergüenza por pasar por alto un cambio tan drástico.

 

Pero entonces Noíl salió del cuello del hoodie de Harry, y siseó agresivamente hacia la cara del tipo, mostrándole los colmillos, quién gritó y se cayó de espaldas, arrastrándose lejos. 

 

Draco apenas se movió antes de ser embestido por dos padres horrorizados.

 

Sirius estaba parado en la puerta, tranquilamente, como si nada hubiese pasado. Draco supuso que no, que realmente nada había pasado. Noíl no lo había mordido, no había un peligro real para el muggle.

 

— Draco. —llamó, el tenor desesperado en la voz de Harry lo hizo sentirse débil de las rodillas. Por suerte, el elegido ya lo estaba alcanzando, abrazándolo fuertemente, escondiéndolo del mundo entre sus brazos. El rubio estaba agradecido por él—. Merlín, Draco. ¿Donde…? ¿Qué pasó, dragón? Estás temblando.

 

Draco se aferró con más fuerza a Harry. Las lágrimas no tardaron en desbordarse.

 

—Cachorro, llévalo a tu habitación. —pidió Sirius—. Los estaré esperando aquí mismo, ¿Está bien? Tomense su tiempo.

 

Draco no vio la cara de Harry, pero sintió el movimiento de su cabeza. Cuando trató de maniobrarlos para caminar, Draco se quejó.

 

Hubo una pausa. Harry tensó los hombros, antes de relajarse de a poco.

 

Entonces lo levantó. Draco chilló vergonzosamente mientras era llevado en brazos. 

 

— ¡Harry, qué–!

 

Shhh . —chitó, voz suave, caminando hacia las escaleras—. Es más fácil así. No tienes que soltarme si no lo quieres, y yo me haré cargo.

 

Y, bueno.

 

Y, de hecho, era bueno. Draco no podía refutar nada. A su cerebro no llegaban ideas para discutirle al chico, por lo que opto por la decisión más fácil; relajó el cuerpo, recargando todo su peso en Harry, dejándose ser flácido y maleable.

 

El agarre apenas se reajustó, parecía que Harry no se veía afectado por el cambio de peso sufrido mientras subía por la escalera, su brazo era firme y cálido tras su espalda y bajo sus rodillas.

 

Entonces, estaba viviendo esto.

 

Harry Potter lo estaba llevando al estilo nupcial, como si fueran recién casados y trajera a Draco a su habitación compartida.

 

(Lo cual, de hecho, hizo de alguna forma. Abrió una puerta al final del pasillo, y era increíblemente simple y vacío su cuarto en comparación a Hogwarts.)

 

Harry no lo bajó de inmediato; en cambio se subió al colchón, arrastrándose de rodillas, hasta llegar al cabezal de la cama, dónde se dejó caer, de espaldas a las almohadas, con Draco cubriendo todo su regazo.

 

Draco tenía el rostro rojo, pero mantenía la cercanía con el elegido, aferrado a sus hombros. Ojos tímidos buscando en el rostro del chico, que sonreía con una suavidad que le derretía el alma.

 

— Te extrañé, no sé si lo sabes. —comentó Harry, con cariño, moviendo con suavidad los mechones del flequillo rubio tras las orejas rosadas de Malfoy—. Deberías saberlo, te extraño todo el tiempo que no te tengo al lado, no es opción que dudes eso. 

 

Draco sintió más lágrimas caer, un puchero inconsciente hinchando su labio inferior, antes de abrazar con fuerza a Harry, aferrándose a su estabilidad y calor. 

 

La constante más férrea de su vida. Inamovible.

 

—Te extrañé mucho, ¿Sabías lo difícil que se me hace lidiar con la gente sin tu presencia? —se quejó, con voz chillona, exagerando— ¡Un martirio! ¡Les estoy por volar la cara en el noventa por ciento de los casos! ¿Ves la gravedad de esto? Tenés que quedarte a mi lado para siempre.

 

Draco sollozó, asintiendo con fuerza. Harry los empezó a mecer de a poco, lentamente, tratando de darle comodidad y consuelo. Lo sentía tan frágil que no quería molestarlo con nada, ni siquiera un movimiento brusco.

 

—Ay, mi amor —susurró, apesadumbrado— ¿Qué es lo que te acongoja a este grado? Me partis al medio.

 

Draco se estremeció, sintiendo los escalofríos subirle desde la punta de los dedos de los pies hasta la punta de sus cabellos, recorriendo de punta a punta su columna vertebral.

 

—... Perdón. —sollozó, desde el centro de su pecho, aferrándose más—. Lo siento mucho, muchísimo.

 

— ¿Por qué me pedís perdón? —preguntó, confundido—. Podrías matar a alguien y yo te daría una razón para eso. Realmente no importaría, ¿Sabés? Entonces no me pidas perdón.

 

Draco sollozó con más fuerza 

 

— ¿Mataste a alguien? —jadeó Harry—. ¿Fue Lucius? Sería merecido, ya te digo eh.

 

—No maté a nadie, tarado. —lloró, pero estaba sonriendo. Harry apartó una mano de la cintura del rubio para limpiar sus lágrimas—. Especialmente no a mi padre.

 

Hubo un minuto de silencio, antes de que los ojos de Harry se oscurecieran y su agarre en el rostro de Draco se tensara, manteniendo sus ojos fijos en el otro. La presión en su mandíbula lo hizo salivar un poco, nervioso, pero era diferente a lo que sintió con–

 

—Mh, él es mío. —escupió, hosco. Draco no debería sentir su cuerpo hormigueando por eso—. Voy a pisotearlo. 

 

— ¿No sería destrozarlo?

 

—También voy a hacer eso, pero vamos por partes.

 

Ambos se rieron, antes de que Harry volviera a limpiar el rostro sonrosado de su rubio amigo. 

 

— ¿Me dirías que pasó, bebé?

 

Harry realmente debía parar de hacer estas cosas. Tenía que parar, porque cada que le daba apodos cariñosos Draco sentía que se derretía un poco más y las ganas de besarlo le apretaban el pecho.

 

Se tomó un segundo, calculando sus palabras. No había una forma correcta de explicar su situación, no es que creyera que Harry o Sirius o incluso Lupin necesitaran eso. 

 

Pero Draco necesitaba decirlo propiamente.

 

—Me escapé de mi casa. —decidió decir—. Me mandé un “Sirius" y me fui.

 

Harry sintió que su mandíbula se desencajaba.



—࿐*:・゚

 

Tres horas antes; Malfoy Manor.

 

Entonces, así eran las cosas ahora. Draco siempre había sido un extraño en su casa, por lo menos desde la primera vez que vivió la Ascensión de Voldemort al poder. Tenía que caminar de puntillas en su propio hogar, mirando siempre hacia atrás, con cuidado de doblar las esquinas.

 

Con miedo.

 

Draco ya no sabía si sentía miedo de lo que veía pasar frente a sus ojos. Lord Voldemort estaba en su casa, de nuevo, y caminaba lánguidamente, como lo haría alguien que se cree dueño del piso por el que camina.

 

La similitud con Harry era discordante. Pero eran los hechos lo que los distanciaba, la capa de confianza mórbida que lucía el Señor Tenebroso era maleable, frágil, quizás en una representación misma de su estado mental.

 

El miedo puede darte control, pero no lealtad.

 

Extrañaba enormemente a sus amigos. Y extrañaba a Harry.

 

Estar sentado entre sus padres, frente a Voldemort, cenando en silencio, solo lo hacía más propenso a desear estar con Harry.

 

— Draco —llamó, y sonaba tan raro el rodar de su nombre en esa lengua bífida. Levantó los ojos de su plato, con un rostro impasible—. He de decir que me… impresiona lo que me comentan mis hombres sobre ti. 

 

Lucius se tensó a su lado, y su madre le agarró la mano con fríos y duros dedos. Draco parpadeó, inclinando un poco la cabeza.

 

— ¿Han dicho cosas buenas, supongo? —preguntó, siguiéndole el juego. Los ojos de Voldemort brillaron rojos.

 

— ¿Denominas tu relación con sangre sucias, traidores y Harry Potter como bueno, Draco? —preguntó Voldemort.

 

— ¿Contestar una pregunta con otra pregunta te parece un movimiento inteligente? —chasqueó. Narcissa se ahogó con su té y Lucius se estremeció. Voldemort sonrió—. ¿Se supone que necesitas una respuesta? Me hice amigo de ellos, sí, pero no denominaría nuestra relación como buena en ninguna circunstancia. 

 

Bueno. Excepto la unión que tiene con Harry. Ron y Hermione ciertamente son una constante de altibajos, y no es tan cercano a ambos como se cree en los círculos de Hogwarts.

 

Son amigos pero, por ejemplo, ninguno es ni la mitad de cercano a él de lo que son Theo o Blaise.

 

—¿Oh? ¿Incluso con Harry? 

 

Draco meditó esto. 

 

El hombre se veía como una bestia, pero no del tipo aterrador, no era la misma energía salvaje que había sentido de Noíl o los dragones.

 

Voldemort era una bestia herida y asustada, voluble y discordante. Un animal herido siempre era más peligroso por lo poco que tenía perderse.

 

Entonces sonrió con cortesía.

 

— ¿Pettigrew no le habló lo suficiente de nuestra relación, señor? ¿Necesita una introspección más directa, o es que no confía en el hombre? —cuestionó, pinchando con delicadeza un trozo de su bistec.

 

— ¿Tú confiarías en Pettigrew, Draco?

 

—Por supuesto que no —descartó, pinchando también unas verduras asadas—, ¿Pero en quién vas a confiar, exactamente? ¿ Mi papá? ¿Los otros mortífagos? No están en posición de recibir esa confianza, ¿O lo son? 

 

Voldemort hizo una pausa, y realmente se veía como si entendiera lo que Draco trataba de insinuar. Lastimosamente para él, Draco sabía bien en que se convertiría más adelante, cómo actuaría y el desenfreno que debía de enfrentar.

 

También fue quien lo hizo pasar por las peores experiencias de su vida, y eso que murió . Pero recibir la marca, sentir la quemazón curtir su piel y marcarlo para siempre… fue como beber veneno y sentirlo expandirse por sus torrentes sanguíneos, coagulando su sangre hasta matar lo último de esperanza que tenía en el corazón.

 

Y encima, después, se murió frente a Potter.

 

Sonrió suavemente, cortéz. 

 

— ¿Cuál cree que es mi relación con Potter, señor? 

 

La cena terminó y Draco no recibió respuesta a su pregunta, pero Voldemort se había ido en silencio. 

 

No había llamado a Lucius, a diferencia de noches anteriores, y su padre apoyó pesadamente su mano en el hombro de Draco. El rubio no miro hacia arriba, ocupado pensando.

 

Nunca en su vida habría pensado que podría ser alguien mínimamente importante en la vida de Harry Potter, mucho menos que podría ser algo que Voldemort resaltara. Algo que quisiera usar en favor suyo.

 

Ni una hora después, su padre entraba a su habitación. Draco había estado dormitando en su escritorio, leyendo “Principios y Primas de lo Oscuro”, tratando de entender de dónde había salido la idea de crear objetos malditos que guardarán almas.

 

Su anillo había sido cuidadosamente extraído a inicios de verano, guardado con recelo contra su pecho, sostenido por una cadena negra.

 

Sus ojos apenas se habían logrado abrir por completo cuando sintió cada músculo de su cuerpo agarrotarse y temblar y arder. Abrió la boca, pero no se permitió emitir ni un solo ruido, sus uñas se clavaron con fuerza contra la madera dura del escritorio.

 

Sentía todo, todo su sistema nervioso siendo atacado por el más brutal dolor, y Draco estaba condenado si lloraba frente a este hombre.

 

Todo se detuvo repentinamente.

 

Su cuerpo cayó como peso muerto contra el sillón, y este mismo fue bruscamente girado para enfrentar a la mirada fulminante y turbia de su propio padre. Un rostro tan familiar, que en algún momento era sinónimo de amor ahora era… esto.

 

—Irrespetuoso bastardo, eso es lo que eres Draco. —gruñó— ¡Cómo te atreves! ¡Hablándole así a nuestro señor, mocoso irreverente! ¡¿Sabes lo que me ha costado ponerme de su lado bueno nuevamente, lo que he hecho?! ¡Y tú quieres tirarlo por la borda! 

 

Draco gruñó, pero ninguna palabra real salió de sus labios. Sangre salía de su nariz, y se sentía cálida en contraste con su piel, trémula y tirante. Hielo sólido cubriendo sus órganos, casi se sentía como una vitrina a veces.

 

Su padre siempre pudo ver a través de él. Fue la magia de ser padre, supuso. 

 

Lastimosamente hay veces que la magia se gasta.

 

— ¿Quién confiaría en ti, Lucius? —escupió. Sangre tiñendo sus labios— ¿Cuando tú vástago, tu único hijo, prefiere irse con Potter ? ¡Irriscible! ¡Ridiculez más grande no se ha visto en décadas! ¡¿que se siente, hah?! Criaste un Sirius Black.

 

Lucius lo golpeó.

 

La cabeza de Draco giró bruscamente, impulsada con fuerza hacia atrás. Era el primer golpe físico que recibía del hombre.

 

Y ni siquiera fue con la mano. Draco sentía el corte punzante que dejó el bastón de su padre, y las ganas de reírse burbujeaban en su pecho.

 

De llorar. De gritar. De maldecir .

 

Escupió sangre al rostro de Lucius antes de que esté se alejara lo suficiente. La furia de su padre refulgio en esos ojos, tan parecidos a los propios, tan helados y vacíos de afecto.

 

Estaba viendo una versión adulta de él mismo, era como si el mundo le mostrará lo que pasaría si daba un paso en falso, le decían que terminaría exactamente así.

 

Su padre estaba temblando, notó. Se aferraba a su bastón, a su varita y a su creencia férrea en un mestizo con ideas imposibles.

 

Draco no tuvo tiempo de, siquiera, alcanzar su varita (guardada cuidadosamente en la manga de su suéter) cuando lo arrastraron del cabello hacia el suelo, y después caleras abajo. Sentía sus costillas arder con cada golpe de los escalones mientras lo dirigían al sótano.

 

Fueron tres pisos largos.

 

Draco fue arrojado a los pies de Voldemort. Por un segundo, deseo que lo que siguiera ahora fuese la muerte.

 

Eso sería mejor que sentir dedos delgados y viscosos tocar su cuello y mandíbula. Los ojos rojos del delirante lo miraron con profundidad, escaneandolo.

 

Se inclinó sobre él, luciendo increíblemente satisfecho de encontrar lo-que-sea que haya buscado en su rostro. Probablemente odio.

 

Su dedo índice y pulgar apretaron sus mejillas, y torció su cuello hacia arriba para obligarlo a mirar directamente a Voldemort. 

 

—Te daré mi marca, Draco. —declaró. Draco iba a vomitar, sangre o bilis él no lo sabe—. Te marcare y te tendré para mí, únicamente te arrastras a mis pies. Potter merece tenerte de amigo, eres demasiado para estar entre los perdedores. Naciste para triunfar. 

 

Draco nació para complacer el deseo de su abuelo. Nació para ocupar un puesto de poder y enorgullecer a su padre. Nació para que su madre tuviera compañía y amor incondicional. Nació para ser vestido como muñeco y ser exhibido a todo el mundo mágico. 

 

Draco nació para morir en el fuego maldito. 

 

Pero Draco también tuvo un segundo nacimiento. Nació para tener que repetir su vida, corregir sus errores y elegir quién quería ser, quién él deseaba ser, y lo que quería lograr.

 

Si Draco nació para ser un vencedor, fue en su segunda vida que la alcanzó. No hay forma de que esté hombre, tambaleante y quebradizo en los bordes, se alce en el mundo mágico y gane.

 

El dedo fino y pálido de Voldemort bordeó la mejilla, sintiendo la humedad perdida. Su sonrisa se amplió. Cuando retiró su mano, lamió la sangre que había recolectado.

 

Asqueroso.

 

Pero Voldemort estaba equivocado al sentirse victorioso, porque si algo conocía Draco, era esta casa. Cada protección y hechizo lanzado estaba intrínsecamente conectado a su núcleo mágico. Abraxas Malfoy había hecho todo para que su nieto tuviera libertades y comodidades como ningún otro. Eso, por supuesto, incluía libertades legales que el mundo mágico no podría ni imaginar 

 

Entonces, sus dedos se metieron por debajo de su manga y tomó el mango de su varita. 

 

Voldemort ya había levantado la manga derecha, la punta de la varita del hombre quemaba dónde estaba presionada, contra su pulso.

 

Y, antes de que sintiera el veneno, el ardor y las ganas de morir, se apareció. Lejos de Malfoy Manor.

 

No importaba si Lucius era o no el amo y señor de la casa, esas protecciones fueron hechas por y para Draco. Su mismo abuelo se lo dijo.

 

Apareció en un barrio Muggle. No había nadie a la vista, la tormenta lo estaba empapando de pies a cabezas y realmente no sabía dónde estaba. (Había pensado en Harry y únicamente en Harry porque no podía evocar ningún otro lugar para estar a salvo).

 

Y aunque conocía Grimmauld Place, había estado ahí una vez, y fue cuando tenía cuatro años. No le había gustado porque era muy oscura y olía a humedad. Por lo tanto, no tenía mucha idea de cómo llegar.

 

Y el cuadro de Walburga había sido extremadamente grosero con la Nana elfa de Draco. Recuerda que le había molestado muchísimo y había ordenado que la cubrieran con una horrorosa manta para no verla nunca más.

 

Caminó lentamente por la senda, perdido en su máximo esplendor. No reconocía absolutamente nada, y no tenía nada de familiar.

 

Era un barrio cerrado, muchas casas y todas iguales en estructura. Más allá de los patios, explotados de plantas o rebosantes de flores, no sabría diferenciar una de otra.

 

Entonces, se enfocó. Está vez no tenía nada más que lo distrajera; pensó en piedras negras, paredes abarrotadas de cuadros y antorchas. Pensó en telas verdes y plateadas, almohadones demasiado viejos y polvorientos para ser de clase, muebles de caoba y olor a encierro.

 

Pensó en escaleras rechinantes, tablones sueltos y duendes malhumorados. 

 

Pensó en la risa de Sirius, los ojos llenos de amabilidad derretida de Remus y las manos cálidas de Harry.

 

Pensó en un hogar.

 

Y su estómago sintió el tirón, antes de volver a aparecer. Está vez, también en un barrio Muggle, sin nadie a la vista y chorreando agua por todos lados, mientras seguía siendo empapado por la fuerte lluvia.

 

Pero él conocía la escalera y la puerta que tenía enfrente. Seguía temblando, aferrado a su varita y sus ojos punzaban. Pero iba a estar a salvo.