Actions

Work Header

Oh, berenjenita

Summary:

Quien diría que lo más complicado de surcar los mares no fue enfrentar tormentas ni piratas, sino criar a un muchacho testarudo con sueños demasiado grandes.

Ahora, años después, ese mocoso le pide a Zeff que esté a su lado en el día más importante de su vida.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Quien diría que la parte más difícil de haber salido a alta mar no fue lidiar con otros piratas o las grandes tormentas, la marina o cazarrecompensas. No, nada de eso... sino el haber tenido que lidiar con un mocoso igual de rubio y testarudo que yo. 

Nadie nunca me preparo para esto, creo que en general nadie lo está para algo así y, a pesar de eso, cuando creí que ya habíamos pasado por lo más complicado, recibí una llamada.

— Viejo, ¿recuerdas a Zoro? — preguntaste de repente.

— ¿El musgo espadachín? — tarareaste en afirmación — sí, un joven bastante imprudente si me lo preguntas — recordando la pelea que tuvo fuera del Baratie, vaya primera impresión — ¿qué hay con él? 

Guardaste silencio por unos momentos. Gracias al pequeño caracol podía darme una idea de tus gestos en ese momento. Parecías algo ansioso, además de que tu respiración escuchaba algo agitada, pausándose por momentos cuando le dabas una calada a tu cigarro.

— Me voy a casar.

Fue mi turno de callar. Bueno, eso si no lo esperaba, pero para ser honesto, tampoco podía decir que me sorprendía del todo. Quizá lo que podría decir que más me llamo la atención fue que te casarías con él.

— A nosotros... a mí, me gustaría que estuvieras presente cuando eso pase, pero entendería si tu no quieres, aunque es algo importante para mí — comenzaste a balbucear, ese mal hábito no se te había quitado aparentemente — de todos modos, ya soy un hombre adulto y en realidad no estoy pidiendo permiso, solo me gustaría que al menos estuvieses enterado por mí y no por-

— Sanji — callaste al instante — ¿se aman?

— ¿Q-qué? 

— ¿Él te ama? 

— Lo hace — respondiste casi de inmediato.

— ¿Y tú lo amas? 

La falta de una respuesta rápida y el suspiro tembloroso me puso alerta.

Muchísimo — hasta que finalmente hablaste.

— Entonces ahí estaré.

Pude escuchar un largo suspiro aliviado, como si hubieses estado aguantando la respiración desde que comenzó la llamada. Un "te lo dije" resonó a lo lejos. 

Casi un mes después llegue al punto en el mar donde estaban tú y tu tripulación. Habías mandado a un pequeño mapache y al joven narizón por mí, junto con una tripulación bastante extraña de un joven ojeroso dentro de un submarino. La Grand Line era más extraña de lo que recordaba.

Mi primera reacción al verte fue darte tu merecida patada en la cabeza. Desde que partiste no había escuchado de ti realmente más allá de lo que salía en los periódicos y los carteles de recompensa. ¿Como se te ocurría darme la noticia de que te ibas a casar después de haberte mantenido incomunicado por casi cuatro años? 

Aunque debo admitir que estaba feliz de verte tan bien. Habías crecido bastante y por fin te había salido más barba, pero a mis ojos seguías siendo el mismo renacuajo de siempre.

Me presentaste de nuevo al cabeza de lechuga, ahora como tú prometido. El sí que se veía más cambiado, mucho más fornido y ahora sin un ojo. Otra cicatriz a la lista que supondré debe ser bastante larga, empezando por esa que le cruzaba todo el torso.

Recuerdo lo mucho que te molestaste y te quejaste por el acto temerario que hizo la primera vez que se apareció frente al restaurante. Despotricaste por horas lo idiota que había sido. Debí haberlo visto venir desde un principio, ahora que lo pienso, fuiste demasiado obvio.

Tu capitán, tan explosivo como lo recuerdo apareció de la nada, enredándome entre sus gomosas extremidades. Parecía feliz de verme y yo también lo estaba, después de todo él fue el empujón que necesitaste para abrir las alas y por lo que sabía, te había mantenido a salvo de muchas maneras, estaba en deuda con él.

Quisiste darme un recorrido por el barco que era ahora tu hogar, aunque lo único que hiciste fue enseñarme la cocina y lo bien que la habían equipado solo para ti. No pude evitar recordar cuando eras un pequeño que no se despegaba de mi cuando cocinaba, ansioso por aprender lo más rápido posible. Las primeras veces que lograbas algo por tu cuenta y cómo siempre querías que el primero que probara tus platillos fuese yo. 

Sabía que estaban muy ocupados con los preparativos, así que me ofrecí a encargarme de alimentarlos hasta que pasase la ceremonia. Puede que llegase a sentir un mínimo de respeto hacia ti y tu cocina, tu capitán sí que sabía poner a prueba a cualquier cocinero, qué apetito.

En mis momentos libres te veía andar de aquí para allá por el barco. Las señoritas de tu tripulación parecían ayudarte a mantener todo en orden. Pero lo que en realidad llamo mi atención fue como Zoro no se despegaba de tu lado. Por momentos se notaba poco interesado, incluso fastidiado, pero parecía renuente a alejarse de ti. En un inicio creí que era cosa de la boda, pero cuando la calavera parlanchina me atrapó viéndolos me dijo que así había sido desde hacía bastante. 

El espadachín parecía desconocer el término espacio personal cuando estaba contigo y tú, la persona más recelosa que conocía en cuanto a eso se veía tan cómodo con su sombra color verde acompañándolo a todos lados. 

Al llegar la noche me guiaste a una habitación que tenían para invitados. Me dijiste que dormirías ahí también, pues ya no verías al musgo hasta el momento de la boda. Tan ceremonioso como siempre. 

Yo acostado en la cama y tú en el sofá, porque te habías negado a que yo durmiera ahí. Nos desvelamos un poco, estabas nervioso, se te notaba. No habías parado de hablar, relatándome muchas de las aventuras que habías tenido junto a tus nuevos amigos. Una tripulación bastante única y unida. Tu nueva familia.

Te quedaste dormido a la mitad de tus palabras. No sabía si era la nostalgia golpeándome o de verdad no habías cambiado ni un poco. A mis ojos seguías siendo solo una pequeña berenjenita.

A la mañana siguiente me despertaste temprano. Por primera vez fuiste tú quien se levantó antes que yo. Me guiaste a tu cocina y ambos preparamos el desayuno. Fue la primera vez en mucho tiempo que cocinábamos juntos. No había olvidado lo bien que te desenvolvías ahí, era tu zona y vaya que había extrañado verte ahí. Pero te veías diferente, más rápido y preciso, hábil, tan elegante. Mi pecho se infló de orgullo.

Te escabulliste a la habitación antes de que todos llegaran a comer. Al entrar, el muchacho verde busco algo con la mirada y al toparse conmigo hizo un gesto casi de disgusto. Se que no fue por mí. Ese gran perro mimado verde te estaba buscando. Estoy seguro de que él se quiso oponer a eso de la separación pre-ceremonia.

Estábamos a solo un par de horas del gran momento. Por lo que todos se estaban preparando. Vi que la chica pelirroja se llevó a rastras a tu pareja al baño. Pobre idiota.

La señorita pelinegra platicaba conmigo mientras terminábamos de acomodar algunas decoraciones cuando el muchacho salió de las duchas, aún bastante mojado con una toalla sobre la cabeza, salpicando todo a su alrededor mientras daba pasos fuertes y enfurruñados hacia una habitación. 

— Por cierto — habló la dama, llamando mi atención — Zoro ha estado buscando hablar con usted, pero parece que no han coincidido realmente, me parece que este sería un buen momento. 

Agradecí por el aviso y decidí seguirlo a la habitación. Al otro lado de la puerta de escuchaban varias voces, pude reconocer la del joven narizón y el cyborg. Toque un par de veces para asegurarme de avisar mi llegada y no encontrar a nadie a medio vestir. Lo que menos quería era verle las pelotas a tu novio.

— Ya te dije que me dejes en paz, bruja, puedo terminarme de vestir yo solo — estaba seguro de que, a pesar de querer sonar intimidante, había cierto dejo temeroso en su voz. 

— Lamento desilusionarte, pero no soy ella.

El ruido se calmó del otro lado. Unos pasos aproximándose para abrir la puerta. Al abrirse salieron las dos personas que había escuchado antes, vestidos elegantemente con sus trajes, seguidos del que me habían dicho era un reno y no un mapache, quien también iba incluso con un moño en su cuello.

— ¿Interrumpo? 

— Para nada, adelante.

Estaba sentado en una de las literas, la que yo suponía era de él. Su atuendo descansaba a su lado. Era un kimono negro, junto con un pantalón gris y lo que parecía una chaqueta también negra. Una pieza bastante elegante.

— Es el traje de bodas tradicional de mi pueblo — me explico cuando se dio cuenta que me quedé viendo la ropa — sé que no estamos ahí, pero me pareció lo más apropiado y el cocinero dijo que sería un lindo detalle... el cocinero rizado, quiero decir.

Quise reír por el apodo. No dejabas que nadie en el restaurante mencionara tus cejas ni por asomo, pero el muchacho frente a mi parecía demasiado acostumbrado a hacerlo. Aunque ya lo había escuchado llamarte así durante una te las tantas peleas que habían tenido, bastante recurrentes por lo que me habían mencionado. 

— La señorita arqueóloga dijo que me estabas buscando.

— Esa mujer, estaba tratando de pasar desapercibido, pero a ella nunca se le escapa nada — parecía avergonzado.

— Pues aquí me tienes, habla, muchacho.

— Espere.

Se levantó rápidamente y pareció rebuscar entre unos cajones, sacando una playera para cubrir su torso. Se devolvió casi corriendo, quedando parado frente a mí.

— Se que es bastante tonto hacerlo a momentos de la boda, pero — se arrodilló frente a mí, pegando sus palmas y frente al suelo en una reverencia, sorprendiéndome bastante — le pido que me deje desposar a Sanji.

Ciertamente no me esperaba esto, aunque pude comprender un poco por que se veía tan nervioso. Con algo de dificultad, pues la pata de palo no ayudaba, me senté en el suelo frente a él.

— Solo respóndeme algo — levanto su frente del piso para poder mirarme a la cara, quedando sentado en sus tobillos — ¿por qué debería darte mi bendición? 

Pareció pensarlo por un momento, pero no porque lo dudara, parecía tratar de hilar sus ideas.

— Creo que la única manera de resumirle todo lo que siento por él es decirle que él es el amor de mi vida — sus mejillas enrojecieron y quiso apartar su mirada avergonzado, pero se obligó a mantenerla — antes de él no hubo nadie y sé que ahora y después no habrá nadie más.

— ¿No te parece que eres muy joven aún para poder afirmar eso?

— Eso solo quiere decir que tendré más tiempo para demostrarle al cocinero lo feliz que me hace todos los días. 

La determinación en su ojo gris brillaba con intensidad. Casi puedo jurar que es la misma mirada que vi cuando se enfrentó con el otro espadachín. La verdad era que iba a darle mi bendición de todos modos, sin embargo, sus palabras firmes le dieron algo de paz a esta vieja alma.

— Desde que llegué han discutido más de una vez.

— Es divertido — una sonrisa muy pequeña escapó de sus labios — no son en serio... no siempre al menos, usted más que nadie debe saber lo explosivo que es el cocinero y antes de ser mi pareja fue mi amigo y será mi eterno rival, hay cosas que nunca cambiarán, supongo.

Suspire satisfecho.

— Ayúdame a levantarme.

Se puso de pie enseguida y me tomo de la mano para jalarme con fuerza. Justo cuando iba a retirar su mano le di un apretón para que la mantuviera.

— Cuídense el uno al otro, Sanji sabe cuidarse solo, pero es un cabeza dura, así que protégelo de sí mismo, pero sobre todo cuídate tú, si quieres que el este esté bien siempre entonces mantente a salvo, que a partir de ahora no habrá nada que le dolerá más que perderte a ti.

Devolvió el apretón de manos, cerrando el juramento. 

Me di la vuelta para salir del lugar y permitir que el muchacho comenzara a arreglarse. 

— Te estoy entregando mi más grande tesoro, si me entero de que lo lastimas, aunque sea un poco... 

— Yo mismo cometeré sepukku.

Una sonora carcajada salió de lo más profundo de mi pecho. 

— Bien, mocoso dramático — y con eso me di cuenta de que eran tal para cual.

Tu estabas en la habitación terminando de peinar tu cabello. Desde que te encontré habías hecho todo lo posible por mantenerlo lacio, así que grande fue mi sorpresa cuando descubrí que en realidad era más ondulado y esponjoso. Me dijiste que no te gustaba porque te recordaba a alguien. Vi algo de dolor en tus ojos, así que decidí nunca volverlo a mencionar. Hasta este momento, que veía que tu selección de peinado había sido solo acomodarlo naturalmente.

— A mi madre — me respondiste, viéndome a través del espejo. 

Ya no había dolor, incluso parecías presumirlo. Era la primera vez que la mencionabas. Ahora que la puerta se había abierto esperaba que en un futuro me hablaras de ella. Sabía que cuando estuvieras listo lo harías.

— Viejo — estabas acomodando mi corbata, nunca había sido bueno con esas mierdas — ¿crees que esto sea buena idea? 

— ¿No te gustó el color? Podemos cambiarla, igual tú la elegiste para mí.

— La corbata no, no... la boda.

— ¿Estas dudando? 

— No por mí. 

— ¿Por el idiota verde? — separaste tu mirada del nudo que habías terminado y nuestras miradas azules se conectaron — lo dices porque no lo has visto este rato sin ti a su lado, es el cachorro perdido más patético que he visto en mi vida.

Sonreíste entre enternecido y divertido, notablemente más relajado. Deseaba que por al menos esta noche no sobrepensaras tanto las cosas.

— Oye, necesito pedirte una última cosa — estabas parado frente al espejo, acomodando el cuello de tu elegante traje blanco.

— Ya me hiciste recorrer medio globo terráqueo para estar aquí, creo que para este punto ya te diste cuenta de que soy una persona bastante accesible.

— Claro, parece que la edad te está ablandando — hablaste con un dejó de sarcasmo, pero enseguida callaste pusiste un rostro más serio — me gustaría que me acompañaras hacia el altar.

De todas las peticiones, no creí que llegaría a escuchar esa viniendo de ti.

— El plan inicial era que Zoro y yo entráramos juntos, pero viendo que estás aquí pensé que... no sé, estaría bien.

Tome la rosa roja que estaba en el pequeño tocador y la acomodé en la solapa de tu traje de manera que no se fuese a caer.

— Será todo un honor para mí, berenjenita.

Esa caminata fue la más larga de mi vida y aun así hubiese querido que durase un poco más. Tu compañero huesudo tocaba una suave melodía que acompañaba nuestro caminar. Zoro te esperaba al final de la bonita alfombra que habían puesto sobre el pasto de su barco. Tú te aferrabas a mi brazo y te sentía temblar más conforme nos íbamos acercando. 

Y yo... solo deseaba que te sujetaras a mí un poco más. De pronto sentí que la realidad me golpeó y mi corazón se removió. El pequeño mocoso con el que había vivido una de las experiencias más aterradoras de mi vida. El mocoso por el que decidí aferrarme una vez más a la vida. El mocoso que me recordó por qué me había aventurado al mar en primer lugar. Ese mocoso... ya no era más un mocoso.

Recordé la primera vez que te escuché hablar sobre el All Blue y el rostro emocionado que me regalaste cuando te confesé que yo también estaba en busca de él. De como por poco dejas ir ese sueño porque te sentías en deuda conmigo y creíste que la mejor manera de pegármelo era quedándote en el Baratie. Recordé lo mucho que me dolió el corazón cuando por fin partiste en busca de ese mítico lugar, con la promesa de que me llevarías ahí una vez lo que lo encuentres.

Oh, berenjenita... mi querido Sanji.

¿Como te explicó que mi azul infinito yo lo encontré hace mucho? Desde el momento en el que decidiste permanecer a mi lado.

La ceremonia fue tierna. Dos jóvenes enamorados profesando su amor entreno, siendo unidos por su capitán que hizo todo lo que estaba en su gomoso cerebro para mantener el ambiente tan íntimo que se había generado.

Sellaron su amor con un beso y las lágrimas de todo el mundo no se hicieron esperar, por poco dejó que las mías también se escaparan. Quizá tenías razón, la edad me estaba ablandando.

Llegó la hora del banquete. Me permitiste ser yo quien tomase el mando. Claro que no pudiste evitar ser partícipe de todo esto, pues las manos te picaban por preparar la comida de tu propio evento.

Una cena maravillosa, como no podía ser de otra manera. Durante el transcurso de esta tus compañeros me contaron infinidad de anécdotas de ustedes dos, la feliz pareja. Tanto las individuales como las que habían vivido juntos, haciendo que por momentos sus rostros explotaran en furiosos tonos rojizos. 

Debo admitir que solté una carcajada cuando supe que el cerebro de alga que tenías por pareja trato de cortarse los pies para escapar de una trampa de cera y al verse jodido, decidió que la mejor idea entonces era quedar petrificado con una pose heroica. Si que era todo un personaje.

Llego el momento del brindis. Todos les dedicaron palabras hermosas, demostrando el amor que todos sentían por ustedes y lo felices que estaban por su unión. Habías encontrado una hermosa familia.

Cuando fue mi turno de decir unas palabras para ustedes solo te vi directamente a los ojos y levanté mi copa.  

— Por la feliz pareja, por el musgo andante — reíste de manera sonora, levantando tu copa hacia mi — y por mi amado hijo.

Rápidamente tu sonrisa se transformó en un puchero casi imperceptible, ese que siempre haces cuando quieres llorar. No se me dan bien las palabras, pero supe que habías entendido todo lo que te quería expresar. 

La fiesta estaba llegando a su fin. Todos habían comido, bebido y bailado hasta que sus cuerpos se habían agotado. La señorita pelinegra y el gyojin de nombre Jinbe habían sido quienes me habían hecho compañía gran parte de la noche, por momentos se nos unían otros de tus amigos o de cuando en cuando la joven se paraba a bailar cuando el cyborg le rogaba por una pieza más. 

A pesar de eso, mis ojos siempre terminaban sobré ti. Ustedes habían bailado poco en realidad. Se notaba que él había tratado de seguirte el ritmo tanto como pudo, pero definitivamente bailar no era su fuerte. Aunque a ti no parecía molestarte, al contrario, se veía que disfrutabas poder guiar al rígido muchacho alrededor de la pista.

Para ese momento ya estaban sentados. Estabas desparramado cómodamente en la silla mientras tenías tus piernas sobre las de tu ahora esposo. El las acariciaba tiernamente sobre el pantalón blanco. 

Hablabas tan animadamente, como hace mucho mis viejos ojos no te veían, no parabas de parlotear. El en cambio estaba serio y con su mirada tranquila, de vez en cuando parecía comentar algo, pero en su mayoría permanecía callado, aunque cada que abría la boca parecía incitarte a seguir platicando más alegremente. 

Y ahí fue cuando lo supe. Supe que estarías bien... y yo también.

Notes:

Feliz día del padre a papá Zeff💙