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Durante la octava luna del año 125 dC, la incertidumbre envolvió el palacio real cuando la reina consorte Alicent Hightower cayó gravemente enferma. Al principio, la dolencia parecía insignificante, un malestar que la misma reina dejó de lado sin darle mayor importancia. Sin embargo, en cuestión de días, la salud de la reina se deterioró de manera alarmante. Su piel se tornó pálida y cetrina, sus ojos perdieron el brillo vivaz que siempre los caracterizó, y una tos persistente comenzó a aquejarla, a menudo acompañada de manchas de sangre.
La corte no pudo evitar recordar que, unas pocas lunas antes, su padre, Otto Hightower, la antigua Mano del Rey, había sucumbido a una misteriosa dolencia de manera similar.
—¿Hay algo más que podamos hacer? —preguntaba el rey Viserys en tono angustiado, viendo con impotencia cómo su esposa se debilitaba cada día más.
Los maestres intercambiaban miradas preocupadas, sin encontrar una respuesta. La enfermedad seguía su curso, consumiendo a la reina pese a todos los esfuerzos por detenerla, burlándose de sus intentos. Los días pasaban, las noches se volvían más largas y silenciosas. Alicent apenas podía abrir los ojos y su voz solo podía ser escuchada en murmullos, apenas audibles.
En el silencio de su habitación, la reina se preguntaba si ese era el precio por sus acciones. Sus dioses parecían abandonarla pero aún así no desistia, se negaba a creerlo; Ese dolor debía sentirlo la puta de Rhaenyra, no ella.
No cuando Alicent había honrado firmemente su deber, lo que se esperaba de ella, siempre protegiendo al reino, a su familia, la ley. Mientras tanto, Rhaenyra desobedecía todo.
¿Dónde está el deber y el sacrificio? Al final de cuentas, pensaba, ella debía pagar injustamente los pecados de la princesa puta.
Aquella noche, la luz de la luna iluminaba el rostro pálido de la reina, su cabello castaño rojizo descansaba sobre las suaves almohadas. Sin embargo, su respiración ya no estaba presente, y no había latido alguno en su corazón.
Alicent Hightower, segunda esposa del rey Viserys I Targaryen, murió aquella noche de la octava luna del año 125 DC, con tan solo 31 años de edad. Aunque su caída ya estaba prevista, no dejó de ser un golpe devastador para la corte.
Tan solo dos años después, en el año 127 dC, un escándalo sacudió cada rincón de los Siete Reinos. El compromiso matrimonial entre la princesa Lucerys Velaryon y el príncipe Aemond Targaryen, que había sido celebrado con gran pompa y alegría, fue cancelado de manera arrepentida y sin explicación alguna. En lugar de unir a ambos príncipes como se había pactado anteriormente, aún cuando la antigua reina Alicent vivía, se anunció que el rey Viserys Targaryen desposaría a su propia nieta, creando una conmoción sin precedentes en la corte y en todo el reino.
Las habladurías sobre dicho compromiso no tardaron en se extenderse como fuego en un bosque seco. Los rumores se multiplicaron, cada uno más escandaloso que el anterior, la idea de un matrimonio entre un abuelo y su nieta era considerada no solo inapropiada, sino también inusual, incluso para los estándares incestuosos de los Targaryen.
En una sala decorada con tapices de colores vivos y candelabros de oro, un grupo de damas nobles se había reunido para discutir el escandaloso acontecimiento que había sacudido los cimientos de los Siete Reinos.
— ¿Pueden creer lo que está sucediendo en la corte? —preguntó Lady Béatrice, con una expresión de incredulidad en su rostro, mientras tomaba un sorbo de su té —. Es absolutamente inaudito.
—Los Targaryen han tenido uniones entre familiares en el pasado, ¿por qué esto sería diferente? —respondió Lady Ellyn, encogiéndose de hombros con indiferencia
—¡Pero es su nieta! es una locura —dijo una noble señora en voz escandalosa durante una reunión en de té—. ¿Cómo puede el rey desposar a su propia nieta?
—Es una abominación —respondió una joven, sacudiendo la cabeza—. Pero, ¿quién puede oponerse al rey?
—¡Es simplemente inaceptable! ¿Cómo puede el rey Viserys cometer semejante acto de depravación? —exclamó una dama de mediana edad, Lady Margaret, con indignación palpable en su voz, mientras una doncella le servía una taza de té—. ¿Cómo puede el rey Viserys desposar a su propia nieta? Es inmoral y vergonzoso.
—Es evidente que el rey Viserys ha perdido la razón. ¿Cómo puede esperar que el reino acepte semejante unión? —añadió Lady Beatriz, con gesto de desaprobación.
—Dicen que la princesa Lucerys está devastada por esta decisión. No puedo ni imaginar el dolor que debe sentir al enterarse de que su abuelo planea desposarla —comentó Lady Isabella, con un tono de compasión.
—Y cómo razón, ¡Doce años! ¡Es apenas una niña! —exclamó Lady Guinevere, una dama de edad avanzada conocida por su estricta adhesión a las costumbres tradicionales—. ¿Cómo puede el rey Viserys desposar a su propia nieta a una edad tan temprana?
—Bueno, la princesa tiene un año más que la difunta Reina Aemma cuando contrajo nupcias con el Rey Viserys —añadió Lady Eleanor, una dama de porte regio y voz suave, que hasta entonces había permanecido en silencio.
—¿Y qué hay de los padres de la princesa? ¿Cómo permiten esto? —preguntó una dama de mediana edad, con preocupación en su voz.
—Los rumores hablan de que Lord Corlys Velaryon está furioso con el rey Viserys, pero parece que no puede hacer nada para evitarlo —respondió Beatriz, con gesto de consternación.—Tamben dicen que el príncipe Daemon desenvaino su espada contra su propio hermano, el rey Viserys, por este ultraje —comentó Lady Beatriz, bajando la voz como si temiera ser escuchada—. Los guardias tuvieron que intervenir para evitar un derramamiento de sangre.
—Lo creo del Príncipe Daemon, más no del Lord Corlys —intervino una dama de mirada suspicaz—. Es bien sabido que tiene un fuerte hambre de ambición, no conforme con que su nieto, el príncipe Jacaerys, sea en un futuro el rey. ¿Acaso están buscando consolidar aún más su poder en la corte?
—¿Y qué hay de la princesa Rhaenyra? ¿Qué piensa ella de todo esto? —preguntó Rosalind, con curiosidad.
—Se dice que la princesa Rhaenyra está apoyando la decisión del rey Viserys. Parece que está de acuerdo con este matrimonio por conveniencia política —respondió Isabella, con cierta resignación en su voz.
—Es inconcebible que la princesa Rhaenyra apoye semejante aberración —declaró Lady Margaret con indignación, arrugando la nariz con desaprobación—. Como madre, debería proteger a su hija de esta repugnante unión.
—Quizás la princesa Rhaenyra se ve obligada a acatar la decisión del rey por razones políticas —intervino Lady Eleanora con tono mesurado, alisando los pliegues de su suntuoso vestido de seda—. Después de todo, el rey Viserys es su padre y el gobernante de los Siete Reinos. Oponerse abiertamente podría acarrear consecuencias nefastas para ella y su prole.
—¡Tonterías! Es sabido que ama inmensamente a su primogénita—espetó Lady Guinevere con desdén, sacudiendo su cabeza cubierta de canas— Y si aún así no fuera el caso ¿Acaso no es la princesa Rhaenyra la legítima heredera al Trono de Hierro? El rey Viserys debería respetarla y escuchar su opinión en un asunto tan delicado como este.
—¿No crees que es un poco exagerado llamarlo un escándalo? —preguntó una de ellas, con un gesto de duda en su rostro.
—Bueno, desde luego que no es algo que se vea todos los días en la corte —respondió la otra, con cierta cautela en su voz—. Pero, ¿quién somos nosotros para juzgar las decisiones de la familia real?
-Tienes razón. Supongo que siempre será más fácil criticar desde afuera que entender las razones que puedan tener para actuar de esa manera —concluyó la primera, con un suspiro resignado.
La discusión continuó durante horas, con opiniones divididas y argumentos que iban y venían.
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Según los rumores que corrían por los pasillos de la Fortaleza Roja, se decía que el príncipe Daemon Targaryen, hermano del rey Viserys I y padrastro de la joven princesa Lucerys, había reaccionado con una furia incontrolable al enterarse de los planos de su hermano. Se rumoraba que había desenvainado su legendaria espada, Dark Sister, y amenazado a su propio hermano por atreverse siquiera a pensar en casar a su hijastra. Las tensiones entre los dos hermanos eran conocidas por todos en la corte, y esta nueva disputa simplemente había intensificado aún más la creciente animosidad.
—¡¿Cómo te atreves a pensar en casarte con mi hija?! —exclamó Daemon, con una voz grave y ronca que retumbaba por los pasillos, mientras sus ojos centelleaban de furia contenida. Su mano se aferró con fuerza al mango de Dark Sister, la hoja negra como la noche, reluciendo amenazadoramente—. ¡Este matrimonio es un ultraje!
Viserys, sentado en el imponente Trono de Hierro forjado con las espadas de los enemigos conquistados por Aegon el Conquistador, se levantó con calma, tratando de calmar los ánimos. Su rostro, curtido por los años de gobierno y las preocupaciones del reino, mostraba una expresión serena, aunque en sus ojos se vislumbraba la determinación.
—Hermano, entiendo tu preocupación, pero debes comprender que esta decisión se tomó pensando en el bien del reino y de nuestra familia —dijo Viserys, con voz pausada y mesurada, intentando razonar con Daemon.
—¡No me hables de 'bien del reino' cuando estás a punto de cometer un acto repugnante! —respondió Daemon, con un tono de voz que dejaba claro que no cedería en su postura. Sus ojos violetas, brillaban con una intensidad casi sobrenatural, como si, tal cómo solía decir, el fuego de dragón ardiera en su interior—. ¡Es una niña, por todos los dioses! ¡Tiene doce años! ¿Acaso has perdido la razón, Viserys?
Viserys suspiro profundamente, mirando a su hermano con tristeza, pero también con firmeza.
—Lucerys no es tu hija, y la decisión la tiene Rhaenyra, su madre, quien ha dado su consentimiento para este matrimonio —explicó el rey con voz grave—. Mi hija misma ha decidido que se celebrará cuando mi dulce nieta tenga su primer florecimiento, como dicta la tradición.
El silencio cayó sobre el salón del trono, solo interrumpido por el crepitar de las antorchas. Daemon presionó la mandíbula, su expresión oscureciéndose aún más si era posible.
— ¿Y crees que eso lo hace menos repugnante? —escupió, con desprecio—. ¡Sigue siendo una niña, maldita sea! ¿Acaso no ves lo enfermo que es esto?
Las manos del rey se cerraron en puños, sus nudillos blancos por la fuerza con la que los apretaba. Alzó la mirada hacia su hermano, sus ojos reflejando una determinación inquebrantable.
—Es tradición, Daemon, y es mi deber como rey preservar las costumbres de nuestra casa —sentenció Viserys con voz firme.
Viserys intentó razonar con su hermano, tratando de hacerle entender, sin embargo, la discusión solo aumentaba en intensidad, con Daemon profiriendo insultos cada vez más vehementes y Viserys luchando por mantener la calma.
Finalmente, Daemon desenvainó por completo a Dark Sister y puntó la espada hacia Viserys, quien retrocedió sorprendido por la acción.
—¡Daemon, distensión! —exclamó Viserys, levantando las manos en señal de paz—. Soy tu Rey y no permitiré que nadie, ni siquiera tú, cuestione mi autoridad en este asunto.
La tensión en el salón era palpable, con los guardias reales preparados para intervenir ante la más mínima señal de peligro.
Daemon apretó los dientes, su mandíbula tensa, mientras consideraba las palabras de su hermano. Finalmente, después de lo que parecía una eternidad, envainó a Dark Sister con un movimiento fluido, aunque sus ojos seguían ardiendo con una furia apenas contenida.
—Que así sea, hermano —dijo Daemon, su voz baja y peligrosa—Pero ten cuidado, porque si le haces daño a mi hija, ni las catorce llamas te protegerá de mi furia.
Con esas palabras, el príncipe se dio la vuelta y salió de la sala del trono, su capa ondeando detrás de él como las alas de un dragón furioso.
La ira de Daemon no se limitó a Viserys.
También se enfocó en su esposa, Rhaenyra Targaryen, a quien culpaba por permitir e incluso apoyar el matrimonio de Viserys con su hija. Aunque el amor seguía entre ellos, no evitó que la relación entre Daemon y Rhaenyra se volviera tensa, plagada de acusaciones y resentimientos constantes.
En un arrebato de furia, Daemon confrontó a Rhaenyra en sus aposentos.
— ¿Cómo podría aprobar semejante locura, Rhaenyra? —espetó Daemon, caminando de un lado a otro como un dragón enjaulado—. ¡Es nuestra hija, maldita sea! ¿Acaso no te importa su bienestar?
Rhaenyra, sentada frente a su tocador, lo miró a través del espejo con ojos cansados.
—Por supuesto que me importa, Daemon. Pero debes entender que es una decisión difícil, tomada pensando en el futuro de nuestra casa y del reino —respondió ella con voz calmada, aunque sus manos temblaban ligeramente al coger su cepillo de plata.
Daemon se detuvo abruptamente y la encaró, sus ojos violetas ardiendo con una furia apenas contenida.
—¿El futuro del reino? ¿Estás escuchándote, mujer?—Daemon la miró con ojos entrecerrados, su mandíbula apretada.—¿Y crees que entregarla a Viserys es lo mejor? —escupió, con desprecio—. ¡Es su abuelo, por los siete infiernos! ¿Acaso no ves lo repugnante que es?
Rhaenyra se levantó de su asiento, enfrentándose a su esposo con una mirada desafiante.
—Prefiero que sea Viserys antes que Aemond, Daemon —dijo ella con voz firme—. Tú mismo lo has dicho, Aemond es un peligro, y temo que si se casa con nuestra hija, su sed de venganza por lo que Lucerys le hizo a su ojo lo llevar a dañarla. Sabes lo rencoroso que puede ser.
Rhaenyra suspir, pasando una mano por su cabello plateado.
—No es una decisión fácil, Daemon, pero debes pensar en el bienestar de Lucerys. Mi única hija.
Daemon se quedó en silencio por un momento, su mandíbula apretada mientras consideraba las palabras de su esposa. Finalmente, soltó un resoplido de desdén.
—Así que ha elegido el mal menor, ¿eh? —dijo con amargura—. Muy bien, Rhaenyra. Espero que puedas vivir con la decisión que has tomado y luego no te preguntes el porqué nuestra hija te resienta.
Dicho esto, Daemon se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a Rhaenyra sola con sus pensamientos y sus temores.
Daemon sólo quería que su primogénita (hijastra en ojos públicos) no cargara con ese peso en sus hombros tan jóvenes. Temía que el matrimonio la marcara de por vida, robándole la inocencia y la libertad que merecía disfrutar a su edad. Sin embargo, a pesar de sus protestas y amenazas, el matrimonio entre Lucerys y Viserys se llevó a cabo, dejando una grieta profunda en la relación entre los hermanos Targaryen y una sombra de resentimiento en el corazón de Daemon hacia su esposa Rhaenyra.
