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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-06-25
Updated:
2024-09-21
Words:
6,441
Chapters:
2/3
Kudos:
7
Hits:
81

La Ruta

Summary:

Viernes por la noche, un grupo de amigos de intercambio en el país del norte, deciden ir a una fiesta que se encuentra en otro estado, conducidos y alertado por su amigo mexicano deciden hacerle caso omiso y seguir con una ruta, un tanto misteriosa.

Notes:

Inspirado en un relato que escuche hace un año.

Chapter 1: El comienzo

Chapter Text

El cielo nocturno de la Ciudad de México estaba despejado, dejando que la luna brillara con toda su intensidad. Las luces de la calle parpadeaban intermitentemente, dándole a la ciudad un brillo cálido y acogedor. Un leve viento soplaba, llevando consigo el sonido de risas y conversaciones desde las ventanas abiertas de los edificios cercanos.

En la entrada de un modesto apartamento, Martín, salía con una sonrisa de oreja a oreja. Sus brazos estaban cargados con botellas de Fernet, que sostenía con una habilidad que solo un experto en la bebida argentina podría tener. Con cuatro botellas sostenidas por ambas manos, avanzaba con paso seguro hacia el auto estacionado frente a la entrada.

—¡Che, entren al auto que quiero llegar a tiempo! —gritó Martín con entusiasmo—. ¡Hoy es noche de birras!

Desde la puerta del departamento, Pedro, se asomó con una sonrisa burlona al ver cómo Martín luchaba por mantener el equilibrio.

—Wey, bájale un poco y deja de presumir —dijo Pedro con tono jocoso mientras se acercaba—. ¡Miguel, súbete ya que te toca conducir! —agregó, dirigiendo una mirada rápida hacia el peruano, que estaba parado junto al auto, con expresión de impaciencia.

Miguel, que llevaba un rato esperando a que sus amigos se pusieran en marcha, observó cómo Martín casi dejaba caer un par de las botellas. Sin pensarlo, se acercó rápidamente y le quitó dos de las manos.

—Cuidado, huevón, que estás a punto de tirar tu bebida sagrada —le dijo Miguel con una mezcla de diversión y reproche—. Tanto alardeas del Fernet y casi lo haces puré en el piso.

Martín soltó una carcajada mientras se sacudía la tensión de encima.

—¡Por lo menos yo llevo para compartir! —replicó Martín, echándole una mirada a Pedro y a Miguel—. Ustedes no trajeron ni un carajo, ni un traguito. Ni sus famosos tragos banderas, no veo ni tequila ni pisco por acá.

Pedro, que ya se dirigía hacia el auto, soltó una risa.

—Wey, estamos en México, obvio que acá en cada esquina encuentras tequila —dijo Pedro, mientras buscaba las llaves del auto en el bolsillo de su chaqueta—. Mira, toma, Miguel. Te toca manejar hoy, así que ponte pilas.

Miguel tomó las llaves sin mucho entusiasmo. La idea de ser el conductor designado esa noche no le hacía ninguna gracia, especialmente después de un día agotador y sabiendo que tenía otros planes en mente.

—Claro, como ustedes ya descansaron… —murmuró Miguel con cierto mal humor mientras se dirigía al lado del conductor, casi tirando la puerta al abrirla. Se sentó al volante y soltó un largo suspiro, tratando de calmarse.

Pedro se subió al asiento del copiloto, todavía sonriendo, pero notando la tensión en el rostro de Miguel.

—Ja, compa, ¿por qué tan amargado? —dijo Pedro con tono juguetón—. Si sabes que vas a salir con nosotros, ¿por qué te pones así? Además, no maltrates a mi bebé —añadió, refiriéndose al auto—. ¿Qué culpa tiene ella de que seas un "mandilón" o debo decir "pisado"—La última palabra la dijo con un tono claramente burlón, observando cómo la luz de la luna iluminaba el rostro enrojecido de Miguel - Así es como les dicen en tu país a las personas que son dominadas por su pareja

Miguel lanzó una mirada fulminante a Pedro, sus ojos miel chispeando con irritación. Apretó los labios, tratando de contener su mal humor. Sin embargo, Martín no perdió la oportunidad de añadir más leña al fuego.

—Miguel ha sido un "pollerudo" o "pisado" desde siempre —dijo Martín con una sonrisa pícara mientras se subía al auto con sus botellas de Fernet—. ¿Te acuerdas de la secundaria, con Coco? Siempre tan meloso y pendiente de ella. Y ahora, con el chileno, es un nivel nuevo de ser “pisado”.

Miguel sintió que la cólera comenzaba a hervir dentro de él. Las palabras de Martín lo golpearon justo en el orgullo. Cerró los ojos por un segundo, tratando de no perder la paciencia.

—¡Cállense, par de cojudos! —soltó finalmente, su voz cargada de frustración—. Ustedes dijeron que nos íbamos el sábado, no hoy.

Pedro soltó una carcajada, disfrutando del espectáculo.

—Pues te aguantas, compadre —respondió Pedro, todavía riendo—. Además, ¿de qué te quejas? Si al final tu noviecito va a venir contigo. —Pedro le lanzó una mirada significativa a Miguel, esperando que eso suavizara un poco el humor de su amigo.

Miguel arrugó el ceño, recordando sus planes frustrados. Él y Manuel habían planeado una noche juntos, lejos del ruido y de las bromas de sus amigos. Había preparado todo, desde la cena hasta la música, y ahora, todo eso se había ido al traste.

—Pero nosotros íbamos a pasarla en otro lado… —murmuró Miguel, incapaz de esconder la molestia en su voz.

—¡Boludo! —exclamó Martín desde el asiento trasero, mientras luchaba por equilibrar las botellas—. Decime, ¿quiénes son más importantes, tus mejores amigos o tu novio?

Miguel se quedó en silencio por un momento, su mirada fija en el volante. Sabía que Martín solo estaba bromeando, pero las palabras golpearon un punto sensible.

—Bueno, es que… —intentó responder, pero se quedó a medias, sabiendo que cualquier cosa que dijera solo lo pondría en una posición más incómoda.

Pedro le dio una palmadita en el hombro, con una sonrisa divertida.

—Uf, Martín, ya creo que lo perdimos —bromeó Pedro, haciendo un gesto exagerado de dolor en el pecho.

Miguel soltó un suspiro, resignado a seguir con la noche.

—Bueno, tenemos que conducir… —dijo finalmente, girando la llave en el encendido, tratando de evitar la conversación.

Pero Martín no estaba dispuesto a dejarlo ir tan fácilmente. Se inclinó hacia adelante desde el asiento trasero, acercándose a Miguel con una mirada decidida.

—¡Ah, no, boludo, no me cambies de tema! —dijo Martín, agarrando a Miguel por el rostro con una mano, obligándolo a mirarlo a los ojos—. No te dejo encender el auto hasta que digas que nosotros somos más importantes. Bueno, yo que te conozco casi toda la vida, por lo menos.

Miguel intentó soltarse del agarre de Martín, pero el argentino no lo soltaba.

—¡Carajo, Tincho, solo dejame que encienda el auto! —dijo Miguel, intentando mantener la compostura, pero claramente frustrado.

Pedro, desde su asiento, solo podía reírse de la situación, sabiendo que Martín estaba a punto de armar uno de sus dramas típicos.

—No empieces, Martín —murmuró Miguel, tratando de sonar firme, pero sintiendo que sus palabras caían en oídos sordos.

—Estás terminando esta hermosa hermandad que duraba casi más de 15 años, boludo —dijo Martín, fingiendo un dramatismo exagerado.

Pedro se inclinó hacia atrás en su asiento, disfrutando del intercambio.

—Uy, pelea —comentó con tono burlón, observando cómo Miguel trataba de mantener la calma.

—¡Cállate, Pedro! ¡Todo esto es tu culpa! —exclamó Martín, dirigiendo su frustración hacia Pedro.

—¿Y por qué la mía? —preguntó Pedro, levantando las manos en un gesto de inocencia.

—¡Tú los presentaste! —le recordó, su voz todavía tensa.

Pedro se encogió de hombros, riendo.

—Bueno, sí, pero pensé que se odiarían, como al principio. Además, pensé que sería divertido ver cómo se jodían entre ellos. —Pedro soltó otra carcajada, disfrutando de la ironía de la situación.

—Muy gracioso, Pedro —dijo Miguel, con un tono que dejaba claro que no estaba para bromas.

Pedro no pudo evitar una última broma, su sonrisa llena de malicia.

—Pero ahora veo que se joden de otra manera —dijo Pedro, lanzándole una mirada burlona a Miguel, cuyas mejillas se habían teñido de un rojo profundo.

—Ya, dejenme encender el auto que hay que partir de una vez para llegar antes de la una —dijo Miguel, finalmente liberándose del agarre de Martín y girando la llave en el encendido. El motor rugió suavemente, y Miguel dejó escapar un suspiro de alivio mientras el auto arrancaba.

El silencio llenó brevemente el auto mientras se alejaban del departamento, pero la tensión todavía colgaba en el aire. Miguel sabía que la noche apenas comenzaba, y con sus amigos, siempre había espacio para más sorpresas.
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Miguel conducía por la carretera, las luces del auto iluminando tenuemente el camino. La noche era oscura y la carretera se perdía en sombras a medida que avanzaban. El asfalto parecía interminable, serpenteando entre árboles altos cuyas ramas se estiraban sobre la carretera, creando un túnel de hojas y oscuridad. La única compañía en aquella desolada ruta eran las estrellas que brillaban pálidamente en el cielo y la música suave que provenía del estéreo del auto.

Manuel estaba sentado en el asiento del copiloto, con un libro en la mano. Sus ojos recorrían las páginas, pero cada tanto se distraía, sus pensamientos vagaban más allá de las palabras. Afuera, la noche parecía estar cada vez más cerrada, envolviéndolos en un manto inquietante de silencio. Atrás, Martín y Pedro seguían enfrascados en una discusión acalorada, sus voces elevándose en el pequeño espacio del vehículo.

—¡Muchachos, ya párenle, ni uno ganó! —exclamó Miguel, intentando poner fin a la disputa—.

—¡¿Cómo que no?! —replicó Martín, con su acento cargado de molestia—. ¡Es que a este no le gusta perder!

—¡Disculpame, pero si tú has venido haciendo trampa hace minutos! ¿O creés que no veo las cartas atrás tuyo?

Miguel suspiró, girando los ojos hacia la carretera. La tensión en el auto era palpable, y no estaba de humor para ser el mediador en una pelea que sabía que no llevaría a ningún lado. Decidió cambiar de tema, buscando algo que pudiera distraer a sus amigos de su discusión.

—Pedro, este es tu ciudad. Dime, ¿hay una ruta más rápida para poder ahorrar gasolina? Parece que se está queriendo acabar, y no quiero que nos quedemos tirados por ahí.

Pedro, sentado en el asiento trasero, dejó de discutir por un momento y se inclinó hacia adelante, mirando a Miguel con una expresión más seria.

—Bueno, sí conozco una ruta —dijo, señalando hacia el frente—. Pero tendrías que voltear en el próximo cruce e ir de frente.

—¿Te refieres al cruce siguiente, como dice el GPS? —preguntó Miguel, ya anticipando la respuesta.

—Sí, pero… no sé, es muy peligroso por esa carretera —admitió Pedro, con un tono de duda en su voz—. Además, existen leyendas medias extrañas sobre ese lugar.

Martín, que había estado distraído mirando por la ventana, volvió su atención a Pedro con una sonrisa que apenas podía contener.

—¿Leyendas? ¿Querés decir cosas paranormales? —preguntó Martín, con un brillo de emoción en los ojos.

—Bueno, algo así… —respondió Pedro, tratando de restarle importancia.

—No me digas que tenés miedo, ¿eh? —Martín lo provocó, cruzando los brazos con una sonrisa burlona.

Pedro lo miró con una mezcla de desafío y resignación.

—Yo, por favor. Más miedo hay que tenerle al vivo que al muerto —replicó con un encogimiento de hombros.

—Si es así, yo voto por esa ruta —declaró Martín con entusiasmo, mirando a Miguel—. ¿Vos, Migue?

Miguel lo pensó por un segundo, mirando por el retrovisor la carretera oscura y luego giró la cabeza brevemente para mirar a Martín. La idea de ahorrar gasolina era tentadora, y además, quería llegar temprano.

—También —respondió Miguel, dándole una rápida mirada a Pedro—. Quiero llegar temprano.

—¿Vos, Manuel? —preguntó Martín, volviendo su atención al chileno.

Manuel, sin apartar la vista de su libro, simplemente asintió.

—Cualquier ruta con tal de llegar a tiempo —respondió de manera cortante.

—Listo, tres contra uno —declaró Martín, con una sonrisa triunfante—. Vamos por allá. Además, sería muy interesante encontrarnos con algo paranormal, ¿no creen?

—Habla por ti —murmuró Manuel, ya sintiéndose incómodo con la idea.

Martín no perdió tiempo en seguir con sus bromas.

—Uy, creo que tu novio tiene miedo, Miguel. Quizás quiera un abracito antes de que llore —dijo, con una sonrisa burlona.

Miguel iba a responder, pero Manuel fue más rápido.

—Como tú, cuando Luciano no te hace caso —replicó Manuel, sin levantar la vista de su libro.

La risa de Pedro llenó el auto, incapaz de contenerse.

—Jajaja, por eso te amo, compa. Siempre sabés cómo bajarle de su nube al güero este —dijo Pedro, palmeando la espalda de Manuel.

—Ay, qué aburridos —dijo Martín, haciendo un puchero infantil—. Al menos Migue sí me comprende, ¿no?

Miguel suspiró, ajustando las manos en el volante.

—Sí, Tincho, ahora déjame conducir o vamos a tener un accidente —respondió, tratando de mantener la calma.

—Aguafiestas —bufó Martín, mirando a su amigo peruano con una mueca de disgusto—. Bueno, ya que ninguno quiere vivir esta experiencia conmigo, pues lo haré con mis seguidores en Insta, con una transmisión en vivo.

Pedro lo miró con incredulidad, rodando los ojos.

—¿De qué hablás, cabrón? Son casi las doce de la noche de un viernes. ¿Tú creés que alguien va a mirar esto?

Martín sonrió con superioridad, ya sacando su teléfono.

—Pedrito, que tu envidia no te cegue los ojos. Mis seguidores son capaces de todo por su lindo servidor.

—Vamos a ver eso —dijo Pedro, con tono escéptico.

Martín abrió la aplicación de Instagram y comenzó la transmisión en vivo. A los pocos segundos, los números comenzaron a subir rápidamente.

—Listo, solo tres minutos de transmisión y ya tenemos 500 personas conectadas. Creo que llegaré a las 1000 o 5000 si sigo así, ¿qué decís, Pedro?

Pedro no respondió, solo lo miró con una mezcla de molestia y resignación, preguntándose qué tipo de personas en su sano juicio verían las transmisiones paranormales de su amigo a esas horas de la noche.

Mientras tanto, Manuel, que seguía absorto en su lectura, se puso unos audífonos para aislarse del ruido y de las tonterías de Martín. La luz del interior del auto proyectaba sombras suaves sobre su rostro concentrado, dándole un aire misterioso. Miguel, por su parte, seguía conduciendo, con un nudo en el estómago que no podía ignorar. La sensación de inquietud que lo invadía era palpable, pero la atribuía a la falta de sueño y al estrés de los últimos días. Sin embargo, una parte de él no podía dejar de pensar en las palabras de Pedro sobre las leyendas de esa carretera.

A medida que se acercaban al cruce, la carretera se volvía más estrecha y oscura. Los árboles a ambos lados del camino parecían inclinarse más, como si quisieran engullir el auto en su abrazo sombrío. La tensión en el vehículo era casi tangible, y el malestar de Miguel no hacía más que crecer.

Finalmente, giró en el cruce, internándose en la ruta más oscura y aislada, mientras Martín continuaba con su transmisión y Pedro seguía escéptico pero silencioso. Manuel, por otro lado, parecía ajeno a todo, perdido en su mundo, aunque Miguel podía notar una ligera tensión en sus hombros. La carretera se extendía frente a ellos, más oscura y misteriosa que nunca, y aunque nadie lo decía en voz alta, todos sentían que algo extraño les esperaba más adelante.

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Miguel seguía conduciendo por la carretera, que se extendía desolada y sombría ante él. A medida que avanzaba, el paisaje se tornaba cada vez más árido y desértico, con solo ocasionales matorrales espinosos rompiendo la monotonía del terreno. El cielo oscuro parecía estar más cerca de la tierra, como si la noche se hubiera vuelto más densa, absorbiendo toda la luz alrededor. Con cada kilómetro recorrido, las luces del mundo exterior se volvían más escasas, hasta que parecieron desaparecer por completo.

Miguel encendió la radio, buscando algo de compañía en la soledad de la carretera, pero los canales apenas emitían estática, la música interrumpida por silencios prolongados.

—Oye, Manu, soy yo o parece que todo se ha oscurecido de repente —comentó Miguel, con un ligero temblor en su voz que trató de disimular.

Manuel, que había estado absorto en su lectura, levantó la vista, mirando por la ventana hacia la oscuridad cada vez más opresiva.

—Sí, te iba a decir justo eso —respondió Manuel, su ceño fruncido por la preocupación. A pesar de su aparente calma, había algo en esa oscuridad que lo inquietaba profundamente.

Miguel miró a sus amigos a través del espejo retrovisor, buscando alguna señal de que ellos también percibían el cambio en el ambiente.

—¿Ustedes qué opinan, chicos? —preguntó, intentando incluir a Pedro y Martín en la conversación, esperando que el bullicio de sus bromas rompiera la tensión que sentía en su pecho.

Martín, distraído con su transmisión en vivo, apenas prestó atención.

—Sí, Migue —respondió mecánicamente, antes de dirigir su atención de nuevo a la pantalla de su celular—. Y ese sonido de ahí fue de mi mejor amigo Migue —agregó, dirigiéndose a sus seguidores en un tono animado. La cámara de su celular enfocaba tanto a Miguel como a Manuel, capturando sus semblantes tensos.

—Eh, Migue, mándales un saludo —dijo Martín, cambiando la cámara para enfocar a Miguel que seguía concentrado en la carretera.

Miguel levantó la mano brevemente en señal de saludo, sin desviar la mirada del camino. Apenas murmuró un "hola" antes de volver a concentrarse en la conducción, incómodo por la presencia de la cámara.

Martín se giró hacia Manuel, que seguía con los ojos en su libro, tratando de ignorar la situación y el bullicio de su amigo argentino.

—Y el sin carisma del costado es su novio —bromeó Martín, señalando a Manuel que, sin levantar la vista, subió el volumen de su música para ahogar las palabras de Martín.

—No, chicos —dijo Martín riéndose, respondiendo a una pregunta de sus seguidores—. No funcionaría, es que soy demasiado grosso para él.

Pedro, sentado junto a Martín, permanecía en silencio, su mirada perdida en la oscuridad más allá de la ventana. Había estado callado durante la última media hora, demasiado inmerso en sus pensamientos como para participar en la conversación. A pesar de su fachada relajada, el ambiente alrededor lo estaba afectando más de lo que quería admitir. Conocía las leyendas de ese lugar, las historias que los lugareños contaban en voz baja, y no podía evitar sentir una creciente ansiedad.

Miguel notó la inusual quietud de Pedro, y sintió cómo la incomodidad comenzaba a transformarse en algo más siniestro. La carretera parecía interminable, y la oscuridad que la rodeaba se hacía cada vez más espesa, casi tangible. El leve malestar que había estado sintiendo desde que tomaron esa ruta ahora se transformaba en una inquietud constante, un peso en el estómago que no podía ignorar.

Cinco minutos más tarde, Martín comenzó a quejarse de la mala señal de internet en su celular, frunciendo el ceño al ver cómo la conexión se volvía cada vez más débil.

—¡Carajo, casi se me fue por completo la señal! —dijo con frustración, golpeando ligeramente el teléfono como si eso fuera a solucionar el problema.

Manuel también se dio cuenta de que algo andaba mal. Su música, que había estado escuchando a través de sus auriculares, de repente se detuvo, dejándolo con un extraño silencio en sus oídos. Se quitó los auriculares con una expresión molesta, mirando a Miguel.

—Y tampoco hay señal en la radio, prácticamente estamos incomunicados, chicos —añadió Miguel, su voz mostrando un cansancio que no podía disimular—. Pedro, ¿cuánto falta?

Pedro, que seguía mirando por la ventana, no respondió de inmediato, demasiado inmerso en sus pensamientos para escuchar la pregunta de Miguel.

—Pedro, ¿cuánto falta? —repitió Martín, ahora preocupado por la falta de respuesta de su amigo.

Pedro finalmente pareció volver en sí, girándose lentamente hacia ellos, con una mirada que reflejaba algo más que simple distracción.

—¿Qué quieres? —respondió Pedro, su voz era distante, casi ausente.

—Te estoy diciendo, ¿cuánto falta para llegar? —repitió Martín, con una mezcla de impaciencia y nerviosismo.

Pedro se quedó en silencio por un momento, como si estuviera tratando de recordar algo.

—Ah, bueno... cuando aparezca una estación de servicio —respondió al fin, su voz baja y algo vacilante.

—Por eso, decime, ¿cuánto falta para esa estación de servicio? —insistió Martín, notando la extraña actitud de su amigo.

—Ah, pues no sé... para eso Miguel tiene el GPS —dijo Pedro, evitando la pregunta, su mente todavía en otro lugar.

Miguel sintió un nudo en el estómago, la respuesta de Pedro no lo tranquilizaba en lo más mínimo.

—¡Que no hay señal, Pedro! ¿Acaso no me escuchas? —respondió Miguel, su voz reflejando la creciente frustración y ansiedad.

Pedro se quedó en silencio nuevamente, antes de murmurar:

—Sí, solo estaba pensando...

Martín lo observó con una mezcla de preocupación y burla, tratando de animar el ambiente.

—Sabes, andas muy distraído... o será que tenés miedo —dijo Martín, con una sonrisa de suficiencia, esperando que Pedro reaccionara con una de sus típicas respuestas sarcásticas.

Pedro lo miró de reojo, su expresión ahora más seria.

—En tus sueños, yo no le temo a nada —respondió, aunque su tono carecía de la habitual confianza.

Martín sonrió, tratando de aligerar la atmósfera.

—Ah, sí, entonces, ¿en qué pensabas?

Antes de que Pedro pudiera responder, Miguel intervino, su voz llena de una tensión que no podía ocultar.

—¡Ya, Martín! Para con eso, ya casi no se ve nada... —dijo Miguel, su tono apremiante mientras mantenía la vista fija en la carretera—. Literal, si no fuera por las luces del carro, ya me hubiera salido del carril.

La carretera parecía cada vez más peligrosa, las sombras de los árboles al borde del camino se extendían hacia ellos como si quisieran atraparlos, y la oscuridad se cerraba sobre el auto, haciéndolos sentir atrapados.

—Vale, ¿qué falta ahora? —dijo Martín, de forma irónica—. ¿Que aparezca una bruja, almas, hombres lobo?

Pedro giró la cabeza hacia él con una expresión más seria de lo habitual, su voz baja y cargada de advertencia.

—No tientes con lo desconocido, Martín. Solo eso.

Martín lo miró, sorprendido por la intensidad de sus palabras, pero no pudo resistirse a responder con su habitual tono burlón.

—¿Admites que tenés miedo? —dijo, con una sonrisa retadora—. Hasta que por fin, boludo.

Miguel no pudo soportarlo más. La tensión en su cuerpo era palpable, y su mente estaba a punto de estallar bajo la presión.

—¡Carajo, pueden callarse! —gritó, su voz quebrada por la frustración y el miedo que intentaba suprimir.

De repente, Miguel pisó el freno con fuerza, haciendo que el auto se detuviera bruscamente, los neumáticos chillando contra el asfalto. Todos los ocupantes del vehículo fueron lanzados hacia adelante por la inercia, el impacto resonando en el silencio de la noche. Afuera, la oscuridad parecía aún más densa, y un miedo instintivo se apoderó de todos, haciendo que sus corazones latieran con fuerza mientras se preguntaban qué había hecho que Miguel frenara tan repentinamente.

El silencio que siguió fue ensordecedor, solo roto por la respiración agitada de Miguel, que seguía aferrado al volante, sus ojos fijos en la carretera oscura, buscando algo que, en el fondo, deseaba no encontrar.

 

El vehículo permanecía inmóvil en la carretera desierta, con el motor apenas emitiendo un murmullo. La tensión dentro del auto se sentía casi palpable, como una cuerda a punto de romperse. Miguel respiraba con dificultad, aún aferrado al volante, mientras su mente intentaba procesar lo que acababa de ver. Manuel, a su lado, recogía su libro del suelo, el cual había caído debido al frenazo brusco.

—Miguel, avisa si vas a hacer eso —dijo Manuel, irritado, mientras pasaba la mano por el tapiz para recuperar su libro—. Casi nos matas.

Miguel, sin embargo, apenas registraba las palabras de su novio. Sus ojos estaban clavados en el camino delante de ellos, su mente repitiendo la imagen que había visto. Algo había cruzado la carretera, y por un instante, Miguel pensó que podría haber sido un animal. Pero ahora, esa certeza se tambaleaba.

—Creo que vi algo, Manu —dijo Miguel, su voz apenas un susurro, todavía mirando al frente, como si intentara ver más allá de la oscuridad que los rodeaba—. ¿Acaso no lo viste?

Manuel, aún irritado por la brusquedad de Miguel, levantó la vista de su libro, listo para responder con alguna broma mordaz. Sin embargo, las palabras se quedaron atrapadas en su garganta al ver la expresión en el rostro de Miguel. Nunca había visto a su novio tan... perturbado.

—Miguel, solo conduce —respondió Manuel, intentando mantener la calma—. No fue nada, y ya vamos a llegar.

Miguel asintió lentamente, tratando de convencerse de que lo que había visto no era más que una ilusión provocada por la fatiga. Pero justo cuando estaba a punto de volver a encender el motor, algo atrapó su atención. En medio de la carretera, iluminada tenuemente por los faros del auto, se encontraba una niña. Su piel era inusualmente pálida, casi traslúcida bajo la luz, y sus ojos, desorbitados, miraban fijamente hacia ellos.

—Asu... es una niña —murmuró Miguel, aturdido. Su corazón latía desbocado mientras intentaba procesar la situación. Había pensado que lo que había visto antes era un animal, pero... esto no era lo que esperaba.

Manuel siguió la mirada de Miguel y también la vio. Su mente trataba de encontrar una explicación lógica, pero no había ninguna. Estaban en medio de la nada, en una carretera desierta, y ahí estaba esa niña, sola y desamparada.

—Sí, pero ¿qué rayos hace una niña acá? —preguntó Manuel, su voz reflejando la confusión y el creciente pánico que sentía. Esto no tenía sentido, nada de esto lo tenía.

Martín, al percatarse de la tensión, se inclinó hacia el frente, con una sonrisa sardónica en su rostro.

—Uf, la clásica historia de terror, donde aparece una niña en medio de la carretera —bromeó, aunque su voz temblaba ligeramente. Intentaba mantener el tono ligero, pero la situación lo incomodaba más de lo que quería admitir.

—Martín, en serio, ya bájale —dijo Pedro desde atrás, su tono irritado y tenso. La incomodidad en el auto crecía con cada segundo que pasaba.

Miguel, sin desviar la vista de la niña, tomó una decisión. Su instinto lo empujaba a ayudarla, sin importar lo extraña que fuera la situación.

—Bueno, hagan espacio atrás —anunció Miguel, decidido—. Voy a hacer pasar a la niña.

El silencio en el auto se rompió de inmediato. La incredulidad se reflejaba en los rostros de sus amigos.

—¿Qué rayos, Miguel? —exclamó Pedro, sus ojos abiertos como platos—. Estás loco, ni siquiera sabes si es una niña de verdad.

—Lo es —respondió Miguel con firmeza—. La estoy mirando y todos ustedes también pueden verla, ¿no? —Los ojos de Miguel se movieron rápidamente de uno a otro, buscando apoyo—. Quizás sus padres tuvieron un accidente cerca o... Dios sabe qué.

Manuel, que había estado observando a la niña, sintió un escalofrío recorrer su espalda. Algo en esa escena no encajaba, no se sentía bien. Sus instintos le gritaban que algo estaba mal, muy mal.

—Miguel, escucha —dijo Manuel, su voz temblorosa mientras extendía una mano para detener a su novio—. No creo que sea una buena idea.

—Tranquilo, Manu —replicó Miguel, aunque su voz carecía de la usual seguridad—. Solo es una niña, y parece que está asustada.

Pero antes de que pudiera abrir la puerta, un sonido gutural y bajo comenzó a resonar a su alrededor. Todos en el auto se quedaron en silencio, sus cuerpos tensos mientras trataban de identificar de dónde venía ese ruido. Fue entonces cuando Pedro, que había estado mirando por la ventana, soltó un grito ahogado.

—Carajo, ¡pero qué mierda es eso!

Miguel, que estaba a punto de desabrocharse el cinturón de seguridad, se congeló. Giró la cabeza lentamente hacia la dirección que señalaba Manuel, y su corazón casi se detuvo al ver lo que se acercaba. Figuras, decenas de ellas, emergían de la oscuridad, cubiertas con capas negras que apenas dejaban ver sus rostros. Portaban cruces invertidas y avanzaban hacia el auto con pasos lentos y deliberados, murmurando cánticos en un idioma que ninguno de ellos podía entender.

Miguel sintió un frío helado en su pecho. Esto no era real, no podía serlo. Intentó convencer a su mente de que era una alucinación, una broma pesada de su imaginación, pero las manos de Manuel aferrándose con fuerza a las suyas lo trajeron de vuelta a la realidad. El agarre de su novio era tan fuerte que le hacía daño, dejando pequeñas marcas en su piel.

—Manu, ¿qué pasa? —preguntó Miguel, aunque ya sabía la respuesta.

—Miguel, ¿acaso no los ves? —La voz de Manuel temblaba mientras apuntaba con la linterna de su celular hacia las figuras que se acercaban.

El peruano tragó saliva con dificultad y dirigió su mirada hacia el grupo de figuras que se aproximaban. Sus cánticos se hacían más fuertes, más perturbadores, y cada paso que daban hacia el auto hacía que el miedo en sus corazones creciera exponencialmente.

El auto, que antes había sido un refugio en medio de la oscuridad, ahora se sentía como una trampa. Miguel quería moverse, quería huir, pero sus manos estaban paralizadas sobre el volante. Todos en el auto estaban atrapados en una mezcla de terror y desesperación, incapaces de reaccionar mientras las figuras se acercaban más y más. Y justo en ese momento, se dieron cuenta del problema real: la niña seguía parada en medio de la carretera, bloqueando su única vía de escape.

El tiempo pareció detenerse mientras el miedo se transformaba en una sensación de urgencia abrumadora. Sabían que tenían que salir de allí, pero la presencia de la niña y las figuras oscuras los mantenía inmovilizados, presos de un pánico que nunca antes habían experimentado.

Miguel estaba atrapado en un torbellino de emociones. La presión de sus amigos y el peligro que se acercaba lo empujaban a huir, pero la imagen de la niña en medio de la carretera lo paralizaba. Sus manos sudaban y temblaban sobre el volante, su corazón martilleaba en sus oídos. Era como si su mente estuviera dividida en dos, luchando entre su instinto de supervivencia y su moral que lo detenía.

—¡Por la concha de la lora, Miguel, acelera! ¿Acaso no los ves? —gritó Martín desde el asiento trasero, su voz rasgada por el terror.

Miguel miró por el retrovisor y vio las figuras acercándose. Eran más de las que había contado inicialmente, y todas avanzaban con una calma perturbadora. Pero cuando sus ojos se dirigieron de nuevo al frente, la niña seguía ahí, pálida y vulnerable, una mancha blanca en medio de la oscuridad.

—¡Sí, pero ahí está la niña! —replicó Miguel, su voz quebrándose por la tensión—. Si acelero, la voy a atropellar.

El debate interno de Miguel lo estaba consumiendo. Su moral le decía que no podía dañar a esa niña, pero sus nervios, al borde del colapso, le gritaban que huyera. Sus amigos continuaban presionándolo, y la desesperación crecía dentro del auto.

—¡Maldita sea, cabrón, acelera! —Pedro perdió la paciencia, su miedo se transformaba en ira.

Manuel, siempre tan racional, ahora también estaba empapado de un pánico palpable. Sabía que si no actuaban, todos estarían en peligro.

—Miguel, en serio, acelera —dijo Manuel, su voz sonando más suplicante que nunca. Trataba de hacer que Miguel comprendiera la gravedad de la situación—. Es la niña o nosotros.

Miguel apretó los dientes, luchando por mantener el control. Sus ojos estaban fijos en la niña, buscando desesperadamente una razón, una excusa para no avanzar.

—Manuel, hay una niña ahí, ¿acaso no la ves? Quizás estas personas la tengan secuestrada o algo… —intentó explicar, esperando que Manuel lo entendiera.

Pero Manuel ya no tenía tiempo para lógica o empatía. Estaban al borde de un precipicio, y él sabía que necesitaban actuar rápido.

—¡Por la cresta! —exclamó Manuel, perdiendo la paciencia. Sin más aviso, se lanzó hacia el volante, tomando el control con una determinación feroz.

Miguel sintió cómo su mundo se desmoronaba en esos breves segundos. El pie de Manuel se hundió en el acelerador, haciendo que el motor rugiera con fuerza. La repentina aceleración los empujó hacia adelante, y Miguel, en un acto reflejo, intentó girar el volante para evitar a la niña.

El auto se desvió violentamente hacia la derecha, las ruedas patinaron en el asfalto y la grava, y todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Miguel tiró del volante con todas sus fuerzas, logrando evitar a la niña por un pelo, pero la maniobra fue demasiado brusca.

El auto se salió del camino, deslizándose hacia un costado. Los neumáticos se deslizaron sobre la tierra húmeda, y antes de que pudiera reaccionar, un árbol apareció frente a ellos como una sombra implacable.