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5 de octubre, 1918; Lisboa, Portugal.
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Él se detuvo con las suelas de sus zapatos sobresaliendo de la piedra y cerró sus ojos, con sus manos cobijadas en los bolsillos de su abrigo. La brisa de inmediato pegó sus mechones grimosos a su frente, aunque aquella sensación no podía importarle menos.
Por un instante, se permitió pensar que no existía nada más.
Que debajo de su calzado no encontraría más que una cubierta de madera, que lo adormecería con sus crujidos cuando se encontrase bajo ella, a altas horas de la noche. Que detrás de él tendría un mástil, con una vela mecida por el viento en la misma dirección en la que ahora empujaba cada uno de sus mechones. Casi podía escuchar los graznidos ocasionales, sentir el balanceo constante de las olas y olisquear una mezcolanza entre azufre, algas y marisco.
Y todo ello en medio de la inmensidad de dos cuerpos azulados; de la más absoluta nada.
Casi pudo detectar el momento en el que el nudo de la cinta que sostenía sus cabellos se deshizo, y aquella banda turquesa se unió a la danza del viento hasta desaparecer, con su permiso, en el infinito.
No se molestó en despegar sus párpados para observarla volar.
Ni siquiera para responder al carraspeo a sus espaldas.
Con uno de sus pies, tanteó la superficie pedregosa hasta llegar al borde y, después, a la nada. Se planteó inclinarse sobre la punta de su pie restante; perder su apoyo en tierra firme y ser abrazado por la densidad del cuerpo acuático ante él, protegiéndole de cualquier sensación que proviniese del mundo exterior.
Hacía menos de una hora que había salido del mar.
Le parecía demasiado tiempo.
Y más cuando aún podía notar la sangre que pegaba el uniforme a su cuerpo, toda la tierra que se había quedado adherida a la superficie de su rostro y el agua embarrada hasta sus rodillas, impidiéndole avanzar.
El carraspeo a sus espaldas se hizo más cercano.
Una mano se cerró en torno a su brazo; un agarre tan firme y seco que le dolía reconocer.
—Portugal —ladró la voz, prácticamente a su oído. Envuelto por el agua a un solo paso de él sonaría tan lejana. El agarre lo obligó a retroceder un paso y pivotar sobre sus talones—. Si puedes hacer el favor de ahorrarme la sensación de estar hablando con una pared, por favor.
Entreabrió sus ojos de mala gana para observar al hombre en uniforme caqui junto a él. Su cabello rubio sucio, una vez organizado en pequeños rizos, ahora se extendía plano desde su lugar de crecimiento hacia su nuca, asimilándose a los trazos de un arado.
Su rostro pálido había adelgazado, hasta el punto de que sus ojos verde esmeralda, ocupados por un brillo diferente al que alguna vez habían tenido al mirarlo, parecían resaltar en medio de un abismo.
—Claro —musitó, sin apenas variar su postura.
Inglaterra bufó en respuesta, aunque relajó el agarre sobre su brazo.
A continuación, procedió a mover sus labios, con su atención fija en el mismo horizonte que había tentado a Portugal segundos antes. Cada cierto tiempo, sus dedos ejercían una pequeña presión sobre su piel, a la misma vez que dirigía sus afilados ojos en su dirección. Portugal correspondía a su mirada con una ligera sacudida de su cabeza.
Sin embargo, las palabras quedaban flotando en el aire, incapaces de alcanzarlo.
Y los ojos de Inglaterra se iban entrecerrando cada vez más.
Portugal apenas se percató de que hacía tiempo que la presión se mantenía, hasta un punto en el que debería haberle resultado dolorosa.
—No me estás escuchando —sentenció Inglaterra, entre dientes.
Su tez empezaba a adquirir cierto cariz rojizo alrededor de sus mejillas, que, junto a la profundidad de las arrugas de su ceño, no pronosticaba nada bueno.
—No —respondió Portugal, con un breve encogimiento de hombros.
Inglaterra lo soltó prácticamente de inmediato y retrocedió dos pasos. Portugal no pudo más que contemplar, con cierta pasividad, cómo sacudía la cabeza y mascullaba una serie de palabras lo suficientemente alto como para ser audibles.
Él se negó a siquiera procesarlas.
Cuando se volvió a girar hacia él, aquel sonrojo había invadido la integridad de sus mejillas y su frente, fruncida.
—¿Acaso es tan difícil? —cuestionó, para después bufar—. Sabes que estamos en guerra, Portugal. Si me he permitido venir hasta aquí es para discutir una serie de asuntos contigo, y, por esa simple razón, y por los lazos que nos unen, me gustaría que hicieses el favor de escucharme.
Portugal inspiró hondo y se giró de nuevo hacia el mar que se extendía ante sus párpados ligeramente caídos.
—Regresa al frente, Inglaterra. Realmente no tienes nada que hablar conmigo.
Y entonces tuvo la desfachatez de mirarlo con los ojos bien abiertos y las cejas alzadas. Aunque no tardó ni siquiera dos minutos en recuperar su ceño fruncido, sus ojos entrecerrados y emitir un ligero siseo antes de girarse sobre sus talones y alejarse lo más rápido posible de él.
El estruendo de los pasos retumbó por el espacio hasta apenas ser más fuerte que el sonido perpetuo de las olas rompiendo contra el muelle.
Portugal se permitió volver a cerrar sus ojos.
A veces le resultaba muy difícil recordar que, hacía apenas menos de un siglo, la misma persona que ahora vestía un color apagado como el caqui había descendido de un barco con una chaqueta roja sobre sus hombros y un recipiente de cristal en sus manos.
Con una sonrisa ligeramente ladeada y su mentón alzado, él había recorrido la pasarela hasta llegar a su lado. A Portugal le había gustado pensar que la sonrisa había llegado entonces a sus ojos en cuanto estos se habían cruzado con los suyos, abandonando parte de aquella chispa de orgullo que el resto del mundo podía apreciar y sustituyéndola por un sentimiento que se había visto capaz de identificar.
Y que había procurado corresponder con su propia sonrisa.
Conforme se había ido aproximando, el contenido del cristal había desvelado una amalgama entre un rojo central rodeado de tonos verdosos y marrones intensos. Para el momento en el que Inglaterra se había detenido frente a él, Portugal había sido capaz de identificar los pétalos de una flor que, a ciencia cierta, tendría registrada en alguno de sus múltiples cuadernos de bitácora.
Desde luego, no había tierra firme que Inglaterra pudiese pisar en la que Portugal no hubiese estado ya presente.
(Solía ser él quien repartía los regalos).
Sin embargo, aquello no había impedido que esa maravilla, de colores tan brillantes tras aquella barrera de cristal, capturase por completo su atención. Portugal recordaba haber fruncido ligeramente el ceño antes de devolver sus ojos hacia Inglaterra, quien no había tardado en instalar el recipiente entre sus manos.
—¿Magia? —había cuestionado.
Inglaterra había escondido sus brazos tras su espalda mientras inflaba su pecho.
—No ha hecho falta.
Portugal había vuelto a agachar su cabeza hacia el cristal; hacia aquella flor, que seguía expresando aquellos vivos colores a pesar de la larga travesía a la que había sido sometida. Bajo las palmas de sus manos podía apreciar el calor que desprendía el recipiente, además de poder observar cómo los pétalos se sacudían con cada pequeño movimiento que él hacía.
—¿La has mantenido congelada en el tiempo durante el viaje con algún hechizo?
El chasquido de la lengua del contrario había rebotado contra el cristal frente a su pecho.
Inglaterra había barrido sus alrededores con sus ojos antes de negar con la cabeza y levantar sus manos.
—No ha habido ni una pizca de magia implicada.
Portugal había soltado un bufido.
—Esta flor no ha podido llegar así de bien desde Oriente.
Inglaterra había inspirado hondo y dirigido su mirada más allá del hombro de Portugal.
—Quizá un poco de por medio. —Sus ojos verdes se habían vuelto a fijar en los suyos, causando que la réplica que él tenía preparada muriese en sus labios—. Pero no para lo que te puedes imaginar. Transportar plantas sin que se estropeen sigue siendo posible sin intervención de fuerzas externas.
Él le había echado un último vistazo a la flor en sus manos.
En aquella ocasión, había sido capaz de detectar el reflejo de una pequeña gota en el extremo de uno de sus pétalos.
—Es la luz —había explicado Inglaterra. Portugal apenas se había molestado en alzar de nuevo su rostro hacia él, aunque origen de sobresalto había sido el hecho de que Inglaterra rodease sus hombros con su brazo y pasase a recibir su aliento directamente en su mejilla. Entonces, había continuado en un tono extremadamente bajo—: Dentro de un recipiente de cristal sellado, solo requiere de un lugar bien iluminado, que le permite mantener una temperatura adecuada y, de alguna forma, consigue el sustento suficiente del sol para sobrevivir. Y, a partir de ahí, llega incluso a crecer.
Inglaterra había aprovechado para colocar la planta de su mano contra el cristal, a la vez que aumentaba la presión de su otro brazo sobre su hombro, hasta el punto de que él podía percibir el ligero toque de sus rizos sobre su rostro.
Portugal se había permitido devolverle la sonrisa antes de reacomodar el recipiente en su brazo y aprovechar la libertad del otro para rodear su cintura. Sin dejar de apreciar el ligero sobresalto, él los había empujado en dirección contraria a las naves cuyas velas tapaban la visión del horizonte, con la intención de alcanzar un lugar alejado del ojo público.
Recordar aquello en ese entonces le hizo soltar un pequeño resoplido.
A su memoria acudió una pila de cartas sobre su escritorio, situado frente a un ventanal que daba a la inmensidad del océano, llena de demandas que Inglaterra se había creído que tenía derecho a hacerle con respecto a Mozambique.
Portugal le había respondido de una forma que había creído conciliadora, aunque no podía recordar las palabras exactas, y, desde luego, nunca se había esperado que Inglaterra llegase hasta el punto de amenazar con retirar a su embajador de Lisboa, o incluso la guerra.
La próxima vez que se habían visto, Inglaterra le había dicho que en aquella ocasión solo había velado por los intereses de ambos.
Y luego había buscado su apoyo para su guerra contra los Boers, prometiéndole defender sus territorios en África a cambio de no perjudicar a su bando.
Algo similar había hecho en la guerra que los atañía en la actualidad, estando su participación ocasionada por la petición del Gobierno británico de incautar barcos alemanes y austrohúngaros en sus puertos, a pesar de que Inglaterra le había dicho que no le interesaba tenerlo en la guerra.
Portugal no había necesitado pasar los dos últimos años tanto en África como Francia para darse cuenta de que aquello había sido un error.
Lo había sabido desde que su primer ministro, obcecado con la idea de la gloria, quiso forzar su entrada en el conflicto.
¿Y ahora Inglaterra venía a discutir?
¿Discutir? ¿Cómo lo harían dos iguales?
Inglaterra cuestionaba su soberanía cuando le venía en gana; lo trataba como un simple vasallo.
Una flor que podía guardar dentro de un recipiente de cristal, sin apenas atenciones, y luego hacer lo que le viniese en gana con ella.
Oh, cómo se había burlado de su hermano. Cómo le había advertido de que cada mísero grano de atención que le dedicase a Irlanda caería en saco roto, que ella solo lo quería a su lado hasta satisfacer sus propios intereses y luego lo abandonaría.
Apenas recordaba el número de peleas que habían tenido ambos en las que España le había advertido sobre su relación con Inglaterra, y Portugal le había respondido que le convendría aplicarse sus propios consejos y comprender que Irlanda era más de lo mismo.
Pero se había equivocado.
Irlanda no tenía el mismo poder que Inglaterra.
Él era mucho peor.
Hacía tiempo —treinta años—, que el recipiente que contenía la flor se había hecho añicos y esta se había marchitado sobre las losetas del suelo.
Para su desgracia, su jaula estaba constituida por un material mucho más resistente.
