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No era extraño ver a Mu acompañando a Saga cada vez que él bajaba al pueblo de Rodorio. Era algo de todos los días ver a la pareja descender por las escaleras bien temprano y después verlos volver pasado el mediodía. Saga había empezado a ayudar a los habitantes del pueblo desde que obtuvo algo de paz consigo mismo, así como lo hacía cuando era joven: atendiendo sus problemas, ayudando a los enfermos y heridos, incluso visitando el pequeño orfanato que tenían. Y a Mu no le desagradaban tales costumbres, pues que Saga lo incluyera en sus planes le hacía sentir bien y feliz, además, eso significaba pasar más tiempo con su pareja.
Géminis siempre había sido querido en el pueblo y esto era algo que empezó en su más tierna infancia, cuando apenas había sido reconocido como santo dorado. Se sabía que el hecho de que se hubiera corrido la voz de que era una persona a la cual se podía comparar con un Dios, no era simplemente por su apariencia, sino por su bondad y empatía hacia los demás. Las que fueron perdurando durante su juventud e incluso durante su adultez, cuando no era controlado por el ser malvado que habitaba en su mente. Ya de regreso a la vida, había evitado el contacto con los aldeanos por culpas, inseguridades y rencores hacia sí mismo, pero aún con eso, en lo más profundo de su corazón existía todavía ese deseo de ayuda altruista, lo que lo llevó a trabajar arduamente hasta hacer las paces con su consciencia, y aunque la culpa aparecía en ciertas ocasiones, ayudar a las personas mermaba poco a poco tales sentimientos hasta el punto de tomárselo como meta redimirse a través de sus acciones.
Los días que iban al pueblo siempre eran similares. Ambos bajaban tomados de la mano hasta las cercanías del pueblo, en donde Mu prefería soltarlo y seguir avanzando a una distancia prudente. La gente en ocasiones podía ser muy prejuiciosa y sabía que eso afectaría a la reputación que a Saga tanto le había costado recuperar, así que, luego de una larga conversación, decidieron que era lo mejor para ambos, especialmente para Saga. Los dos caminaban juntos hombro a hombro hasta que la gente empezaba a acumularse entre ellos. Y era ahí donde Mu daba un paso hacia atrás, tanto por el nulo gusto por el contacto con otras personas como para darle el espacio que era para su pareja. Era el momento de Saga y no iba a intervenir estando en medio de los miles de saludos que le daban al verlo llegar, agradecidos por todo lo que había estado haciendo por el pueblo.
Todos los días eran iguales: partían juntos, llegaban a Rodorio juntos, Saga era rodeado por todo tipo de personas, Mu se hacía a un lado, ambos se dedicaban a las actividades y al terminar se marchaban, para llegar tomados de la mano al santuario. No fue hasta que un día Mu notó algo que le hizo despertar un sentimiento que no había presenciado jamás. Esa vez, el día había iniciado como todos los otros. Ambos llegaron a Rodorio, pero por un descuido, Mu no había tenido tiempo de hacerse un paso hacia atrás como lo hacía siempre, cuando una joven se acercó más de lo debido para tomar del brazo de Saga, deslizando una de sus manos desde su antebrazo hasta el codo en una caricia delicada y… sutilmente sugerente.
Una sensación de molestia creció desde la boca de su estómago hasta su pecho, que se apretó al igual que los músculos de su frente. El contacto descarado de aquella joven no duró más que un par de segundos y Saga se había librado de ese toque rápidamente, pero aun así fue el tiempo suficiente para dejarlo con ese malestar en el pecho y con una actitud huraña durante el resto del día.
Lamentablemente, este tipo de acciones se repitieron los días posteriores, siempre la misma joven, quien se apresuraba para adelantarse entre los demás hasta llegar donde el caballero de Géminis, dándole toques ligeros, hablándole con voz dulce y suave, con las pestañas bailándole de forma coqueta. Cada vez con una artimaña diferente que hacía que la presión en el pecho fuera ardiendo, recorriéndole por todo el cuerpo. ¡Por todos los dioses!, ¡quería desintegrar a esa mujer de la faz de la tierra! Y lo comprendió… Aquello que escocía en medio de su pecho no podía ser más que celos, horribles y desagradables celos. Fue entonces que decidió no acompañar más a Saga al pueblo, temiendo un día no poder controlar toda esa rabia que sentía cada vez que la observaba contoneándose frente a su cara, y que con solo recordar rodándole de cerca a Saga no podía evitar pensar en enviarla dentro de un volcán activo, y claro, él no podía hacer tales actos, pues él era un santo de Athena antes que todo, uno con mucha fuerza.
Pero fue peor, mucho peor.
Y es que cada vez que Saga salía en dirección al pueblo, Mu lo despedía en las escaleras de su templo con un apasionado beso en los labios, y a medida que bajaba los escalones esa sensación horrible de presión en el pecho no hacía más que aumentar y arder como el mismo infierno, llevándole a pensar en las cosas que haría esa mujer ahora que él no iba en su compañía. Suspiró enojado, con el corazón latiéndole de pura irritación, volviéndose en sus pasos hacia su templo con el puño apretado y con todas las ganas de partir en dos lo que sea que se le atravesara en su camino.
Intentó meditar en su habitación, trabajar en el taller, entrenar a Kiki, pero nada de eso sirvió para mantener su mente distraída de todas esas ideas que se le cruzaban por la cabeza una y otra vez.
Ese día había sido tortuosamente largo.
Al día siguiente, Saga estaba por salir del templo de Aries, no sin antes acercarse hacia Mu para darle un tierno beso en su pequeña boca y hacerle la pregunta que le hacía todos los días.
—¿Me acompañarás al pueblo? —esta vez Mu no lo pensó demasiado. Y Saga lo miró detenidamente mientras esperaba su respuesta. Algo se formaba en la mente de Mu; su rostro impasible decía una cosa, pero en sus ojos se podía ver un brillo en particular que le decía a Saga que algo no andaba bien.
—Sí —respondió, sonriéndole finalmente. Pues, de cualquier forma, Saga no tenía culpa de ser tan… agradable a la vista, al oído y al tacto—, pero hay algo que tengo que hacer primero. —dijo llevando ambas manos alrededor de su cuello y jalándolo hacia él, al mismo tiempo que se alzaba sobre la punta de sus pies.
El beso no fue tímido, ni suave, ni lento. Al contrario, fue apasionado, atrevido e intenso. Lo besó con un deseo posesivo mientras lo conducía con gran habilidad hacia su habitación. Se separó de forma brusca cuando llegaron al borde de la cama y le dio un empujón lo suficientemente firme para dejarlo sentado sobre el colchón. Saga no tuvo tiempo de decir algo, ya que su adorable carnero estaba sentado sobre sus piernas, atrayéndolo nuevamente para besarlo de la misma manera. Tan intensamente que le hizo perderse en el tiempo y el espacio, haciendo que entre sus piernas se expandiera un calor que comenzaría a consumirlo rápidamente. Las manos de Saga se deslizaron ansiosas por su cintura hasta llegar a las caderas de Mu, las que fueron detenidas por un par más pequeñas.
—No… —jadeó besando el borde de su cara, llegando hasta su oído— Hoy no harás nada… —los besos de regreso hicieron que un par de suspiros salieran de aquella boca, la cual solo él tenía la potestad de besar a su completo y absoluto antojo. Mu no le dio tregua en ningún momento. Inclinándose hacia adelante, cargando parte de su cuerpo en el torso del griego, haciendo que tenga que sostenerse con ambas manos sobre la cama, detrás de él. Las manos de Mu se colocaron hasta posarse a ambos lados del rostro de Saga, quien aún seguía hipnotizado por los besos anteriores.
Saga veía como Mu se acercaba poco a poco, tan seductoramente que era aterrador. Sus iris chocaron y aquella llama en su cuerpo siguió creciendo. No existía y no existiría otro ser capaz de provocar esas sensaciones con solo mirarlo, así como Mu lo hacía. Y es que podía sentir como se quemaba vivo de una manera tan placentera, que desearía poder morir siendo abrasado por ese calor. Los labios de Mu rozaron los suyos lentamente, haciendo que deseara con mayor impaciencia aquellos besos que lo habían extasiado hace solo unos momentos.
—Mu… —se atrevió a hablar para pedir más atención de su boca, pero el dedo pulgar de Mu interfirió, presionándose para callarlo.
—Eres mío… —murmuró sobre la piel sensible de su boca, llevándole corrientes a todo el cuerpo, estremeciéndolo de pies a cabeza— Solo mío. —finalizó para apoderarse de esos labios de la misma forma que lo había hecho antes, con una necesidad de hacerle saber que nada, ni nadie podría separarles, quemándolo de tal forma entre sus brazos que, si el infierno ardía de esta manera, encantado caería con él.
Mu se cargó hacia adelante, llevándose con él a Saga para que quedara por completo sobre la cama, apoderándose una y otra vez de su boca, dejando que sus manos hicieran el resto del trabajo. No supo en qué momento se había quitado la ropa Mu, tampoco cuando él se quedó sin la suya. Lo único que Saga podía hacer en esos momentos era dejarse llevar por esos labios inquietos que descendían por su cuello, besando con absoluta pasión cada parte de su cuerpo.
Eran ambos consumiéndose, ambos siendo solo un conjunto de gemidos y besos apasionados.
oOo
Salieron mucho más tarde ese día. Saga se sentía bien, tan ligero y liviano como las florecillas de un diente de león blanco al viento. Mu, por su lado, iba orgulloso y satisfecho por su hazaña, como un niño que había hecho la más grande travesura. Al llegar al pueblo, como era de costumbre, todas las personas se reunieron a un lado de Saga, viendo de reojo a aquella joven que venía tan risueña con su mano extendida, caminando atraída como mosca hacia la más deliciosa miel, pero se detuvo en seco apenas unos pasos antes de llegar hasta donde Géminis, con sus delicadas facciones desencajadas en una mueca ridícula. Por un momento sintió la mirada de esa joven sobre él y sus ojos se toparon por apenas unos segundos, pero fue el tiempo necesario para mandar un mensaje. Se llevó un par de dedos a sus labios dando ligeros golpecitos; la mirada que le dio fue lo suficientemente clara para que ella encajara las piezas, viéndola retroceder un paso, respetando el espacio del caballero de Géminis.
Sin embargo, no había sido solo ella quien se había quedado congelada en su sitio con los ojos bien abiertos, sino que varios hombres jóvenes y mujeres también se habían tomado su distancia al verlos llegar. Cosa que fue un alivio para ambos. En sus caras no había miedo, ni terror; al contrario, era de una graciosa sorpresa de la cual Mu se deleitaría en recordar por mucho tiempo.
Las actividades de ese día siguieron como de costumbre, de hecho, se habían vuelto más relajadas ahora que las personas no se arremolinaban alrededor de Saga. Cuando se hizo la hora de volver al santuario, los aldeanos los despidieron como siempre, agradecidos, pero con cierta distancia que extrañó un tanto a Saga.
—¿Es idea mía o los aldeanos estaban extraños? —preguntó finalmente cuando estaban llegando a los terrenos del santuario. Mu entrelazó sus manos con las de Saga, apoyando su cabeza en su hombro mientras avanzaban lentamente, en una muestra genuina y melosa de amor, poco común en él.
—Son ideas tuyas. —respondió Mu sonriendo, triunfante y tranquilo de saber que ya no necesitaría preocuparse de que esa odiosa joven volviera a tocar lo que es suyo. Se dio un impulso con sus pies para besar un punto en particular en el bronceado cuello, sintiendo como debajo de sus labios la piel de Saga se estremecía ante tan simple contacto. Viniéndole a la mente del geminiano de forma inmediata la manera en la que Mu lo había besado por completo esa misma mañana.
Y es que lo que Saga desconocía era la presencia de las sutiles marcas que tenía en ese mismo lugar donde se habían posados los labios de Mu, y en otros lugares poco perceptibles gracias a la ropa, pero que fueron claramente visibles para los demás.
