Chapter Text
—Señor Akaashi, el director Ifukube lo llama a su despacho. —Una mujer con voz incómoda y ronca le interrumpió en sus quehaceres, Keiji Akaashi solo le devolvió la mirada y asintió con su cabeza.
A pesar de que había recibido una orden de su superior, él solo se quedo perplejo en su escritorio. Dejó esa postura recta que siempre mantenía en el trabajo para dejarse caer en la silla. Con su mentón pegado a su pecho y sus brazos colgando por ahí, tomó el suspiro más grande de su vida. Por primera vez desde hace mucho tiempo, se libró de la fachada de ser productivo las veinticuatro horas del día.
Ya no la necesitaba, ya nadie estaría atento al progreso de sus tareas, ni tendría que ir como loco por todo Tokyo buscando el aperitivo quisquilloso de su jefe. Ya no estaba obligado a hacer horas extras sin pagar, ni a respetar a compañeros insolentes que se sentían mejor que él por ser mayores. Podía soltarse ya esa máscara de compañero atento y educado, pues el llamamiento de su jefe solo representaba una cosa: estaba despedido.
Todo eso parecía muy bueno, ser libre y no deberle nada a nadie. Dejar de ser un esclavo menguado del capitalismo, ir a por sus sueños y comerse el mundo. Wow, ¡el mundo que le esperaba a Keiji!
"Quiero llorar y reír" Pensó.
Nah, no tenía que mentirse. En cierta parte estaba feliz por salir del cochinero que era su ambiente laboral, pero esa emoción se le iría bien pronto; cuando en su nevera no encontrará más que un huevito y salsa de tomate. ¿Qué pasaría cuándo trate de prender la luz de la sala y no haya electricidad? ¿Cómo haría para caminar sin estrellar el dedo pequeño de su pie contra la mesa? ¿Y el agua? ¿Tendría que vivir entre los demás con un olor peor que los zapatos de Kuroo?
Keiji siempre fue ansioso y el mejor en formular el peor escenario posible. Aunque todos le contradecían, él sentía que era beneficioso, pues asimilaba la tragedia rápidamente y cuando esta pasaba... ¡Bam! Él ya estaba preparado. Si ignoramos que el peor escenario solo ocurre 5 de cada 100 veces, para el de pelo negro era un verdadero superpoder.
Así que en esos escasos segundos de reflexión, ya se había hecho la idea de cuando tuviera mucha, muchaaa hambre. Ese momento en que ni siquiera tendría un gramo de pan para comer. Decidió que tomaría a Pochita, su perrita sin raza, le untaría un poco de mantequilla en su pelaje negro y suavecito, condimentaría un poco con sal, le miraría a sus ojitos también negros y hermosos para pedirle perdón y-
No, okay. Eso definitivamente no pasaría.
Dejando las preocupaciones de lo que sería su situación económica, Akaashi se comenzó a sentir realmente ansioso. Había adoptado ahora una postura más tensa, con sus brazos apoyados poco antes de las rodillas y escondía su rostro en sus manos. Su pierna izquierda dejó de estar bajo su custodia para empezar a temblar sin control. La sensación ya conocida de ser abrazado por la ansiedad empezó a expandirse por su cuerpo, como una ola en el extenso mar.
"Respira Keiji, respira" , se dijo a si mismo. Presionando fuertemente sus piernas, se obligó a respirar de forma marcada. Inhaló con todo su cuerpo, simulando que recogía todos los nervios y miedos que contenía, para luego exhalarlos con violencia. El trabajo le quitaría su única forma de mantenerse, pero no su estabilidad mental. No permitiría que ni una sola lágrima cayera en su deprimente y opaca oficina.
Salió de esta con el pecho en alto, tratando de hacerse ver más grande. Quizás así nadie notaría el temblor de sus puños y su corazón alterado. Cuando tuvo la puerta del director en frente, se animó diciendo que sería la última vez que le vería la cara al viejo feo ese.
El superior le permitió la entrada haciendo un llamado a su nombre, Keiji tragó saliva una vez sentado frente a él. El director del departamento de Edición nunca fue muy lindo de ver, tenía ese tipo de rostros tan ...peculiares, que haces que pegues un salto de la conmoción cada vez que los miras. Nunca había forma de estar preparados.
Mientras el jefe acomodaba un papeleo, pudo apreciar las facciones de su rostro, ya viejas y desgastadas. Sus verrugas llamaban mucho la atención, los labios finos y secos parecían desaparecer en la piel, arrugas se esparcían por todo lado, dientes amarillentos y un aspecto en general decadente. Akaashi solo pudo pensar en lo arrepentido que se debe sentir el viejo por no usar bloqueador solar en su juventud, si tan solo tiene 51 años.
Aunque como antítesis, se planteó que ser igual de grosero que un cavernícola te hace envejecer más rápido. Sin ánimos de ofender al cavernícola. Pero aquello era cierto, el hombre sentado a su contraria era la persona más arrogante y latosa que Akaashi había conocido en su vida. Un total patán, insuficiente, incapaz de admitir sus propios errores.
Si el jefe Ifukube seguía teniendo un puesto en la empresa, era por explotar a sus trabajadores para satisfacer su incompetencia. Muchísimos otros tenían más habilidades y liderazgo para desarrollar su puesto. Sin embargo, Keiji opinaba que a pesar de su inutilidad, el viejo testarudo representaba a la perfección ese cargo y el de todos los demás altos mandos. Era una vívida imagen de los valores de su empresa: la corrupción y deshonestidad.
No por nada estaba sentado allí esperando su despido. A pesar de todo, Akaashi se esmeraba en su trabajo.
—Señor Akaashi, usted siempre ha sido un trabajador excelente para la empresa. —El hombre senil hablaba con lentitud, como si nada le precisará. Utilizaba el portabrazos de la silla, de forma que sus manos se entrelazaban entre sí.
—Me seguiré esforzando, señor Ifukube. —Le replicó el nombrado. Keiji todavía mantenía la cordialidad propia del trabajo, lo que significaba nunca aceptar los cumplidos. No creas que eres merecedor de halagos de quienes tienen más trayectoria que tú. Escuchó como el contrario suspiró de forma ruidosa a propósito.
—No obstante, creo que te has metido dónde no te tienes que meter. —Ifukube inclinó más su torso hacia Akaashi. Su tono era más severo y no despejaba su mirada altanera de los ojos azules de su empleado.
El pelinegro se abstuvo de decir algo, solo miró unos papeles que deslizó el viejo por el escritorio. En ellos decía claramente:
Al departamento de Recursos Humanos
Denuncia anónima contra Yuto Ifukube
Akaashi quiso chasquear su lengua, pero la mirada fulminante de su jefe le hacía temer de cualquier movimiento propio. Solo se dio la libertad de volver a subir su vista de los papeles al viejo.
—¿Fuiste tú cierto? —Le acusó el mayor señalando los documentos.
¿Qué podría hacer Keiji? Nada haría si lo negara, o si apelara a que tiene todo el derecho de no responder la pregunta.
—Me hubiese gustado preguntar qué es lo que entienden aquí por «anónimo». —El de mayor jerarquía se rió con ahogados respiros mientras negaba la cabeza.
Desde que Akaashi confió la denuncia a Recursos Humanos, supo que se había metido en la boca del lobo. La familia Ifukube era muy respetada en la empresa. Desde su fundación, se aliaron con la familia dueña hasta volverse la mano derecha de la otra. Los que portaban dicho apellido, podían moverse por la Shounen Jump como se les cantará. Para todos los demás empleados, Ifukube era un gran semáforo rojo que advertía peligro.
Así que, cuando redactó una denuncia contra el hijo de su jefe por hostigamiento sexual; solo aceleró ignorando esa señal roja.
—Akaashi, cuando esta denuncia llegó a mis oídos me sentí... confundido. Es decir, siempre pensé que las mujeres eran demasiado cobardes como para hacer esto. —Puso una mano en su corazón y simuló un aliento fatigado. —Puedes imaginar mi alivio cuando me di cuenta que se trataba de ti: mi mejor talento.
Y si se atrevió a acelerar, era para nunca frenar.
—A su hijo, una nueva trabajadora lo rechazó numerosas veces. —A pesar del semblante furioso e incrédulo del viejo, Keiji pensaba decirle sus verdades. —Él no pudo aceptarlo y continuó hostigándola. Yo mismo escuché como la amenazaba.
Cuando notó la mínima intención de su jefe de replicarle, Akaashi le interrumpió.
—Como usted ya debe saber, este tipo de conductas son inaceptables aquí y en cualquier espacio laboral. Si no me ha llamado aquí para saber más detalles acerca de mi testimonio, supondré que es solo para continuar con el nepotismo de su hijo.
El viejo solo se rió en la cara de Akaashi. Lo buscó con la mirada para darle una sonrisa torcida y perversa.
—¿Sabes lo que estás haciendo no, Keiji? —El de ojos azules sintió su sangre descontrolarse, el asco que le provocó que lo llamarán por su nombre le revolcó todo el cuerpo.
—Sí señor. Honrado aceptaré que usted me pase a la lista negra de contratistas. Me niego a cooperar con una empresa ensuciada por mugres como usted y su hijo.
El contrario empujó su labio inferior y asentía a lo que decía su empleado. La indiferencia que mostraba, le hacía saber a Akaashi lo podrido que estaba el hombre frente a él.
—Te vas a arrepentir, mocoso. —Alcanzó a decir el hombre al ver a Keiji casi salir de la oficina.
—Los arrepentimientos son solo para los mediocres como usted, señor Ifukube.
El desempleado Keiji Akaashi, hace tan solo unas horas era de los mejores editores de la Shounen Jump. Como lo dijo su ahora ex-jefe, «el mejor talento».
Pero aquello se había terminado, ahora se había convertido en alguien sin rumbo. Fuera donde fuera, Keiji sentía que prosperar ya no era una oportunidad para él. Su título universitario y currículum ya no tenían ningún valor para cualquier otra editorial de literatura. Toda su formación había sido tirada a la basura y con ello, años de sudor y esfuerzo.
Pasó años de su vida construyendo un futuro en el que podría sostenerse de su pasión, y hacer lo correcto le había arrebatado todo eso.
Se sentía totalmente perdido, le habían arrancado una parte de su identidad. Él siempre actuó respecto a lo que percibía como bueno, ¡nunca se falló a si mismo! Hizo las cosas como debían ser, todo su futuro profesional había sido planeado y ejecutado con cuidado y cabalidad. ¿Si lo hizo todo bien, por qué todo se le derrumbó?
¿Quién era ahora él sino todo lo que construyó? ¿Si ya no era ese editor, quién era sino nadie?
—¡Akaasheee! ¡Lo siento! Solo tengo cerveza para ofrecerte. —El dueño de la voz se llevó una mano atrás de la cabeza. —Sé que no te gusta mucho.
La voz de Koutarou Bokuto le recordó que aún no era solo nadie, era el mejor amigo de alguien. Alguien muy especial.
—No te preocupes, la tomaré por esta vez. —Así hizo, abrió la lata dejando salir ese ruido tan característico. Cuando se llevó el sabor a la boca, se dio la misión de pasarlo rápido por su garganta para no sentir el raro sabor de la malta.
Keiji había decidido tomar refugio en Bokuto por esta ocasión. El de pelo blanco y mechones grises ya estaba al tanto del suplicio que era su ambiente laboral, por lo que se ahorraría explicaciones. Aunque de todas formas no necesitaba ninguna razón para elegirlo a él, Bokuto siempre es su primera opción.
Conforme el tiempo pasaba, los efectos de la cerveza iniciaban a atacar el sistema de Akaashi. No era bueno con el alcohol, así que en el escenario solo tenemos a un deprimido-y-borracho Akaashi, junto con un totalmente-sobrio-pero-conmovido Bokuto.
El de ojos rasgados y turquesas se encontraba arropado entre mantas en el sofá, su amigo estaba arrodillado frente a él. Los llantos incesantes de Akaashi le transmitieron la pena a Bokuto, hasta sus mechones; que siempre apuntaban hacia arriba, caían hacia el piso.
—¡Yo lo hice todo bien, Kou! ¿Por qué me tiene que pasar a mí esto? —Las palabras de Keiji se hacían espacio entre hipidos y esfuerzos para no dejar salir mocos. Su nariz roja daba pequeños brincos cada vez que luchaba por tomar aire. Sus ojos coloreados de rojo miraban la cobija que tenía encima, donde era capaz de ver los rastros de sus manos escondidas, jugaban entre sí en un intento de buscar serenidad.
Bokuto estaba de acuerdo con Akaashi. Nadie en el mundo se merecía menos esto que el de hebras negras. Crecer junto al muchacho de anteojos, le había permitido a Bokuto comprender lo que era la dedicación. Si a alguien debían premiar por su disciplina y esfuerzo, Koutarou no dudaría que ese sería su mejor amigo.
Desde la preparatoria, Bokuto vivía con intensa alegría los logros de Keiji. Y sentía que el otro lo hacía de la misma forma. Cuando conseguía la nota máxima en ese examen imposible, cuando se graduó, cuando consiguió su primer trabajo... todos esos logros de Akaashi Koutarou los celebró casi como si fueran suyos. Él juraba que podía sentir todo el esfuerzo que hizo su amigo, por consiguiente, experimentaba una gran satisfacción cada vez que Akaashi cumplía una meta. Tanto así, que cuando se juntaban a celebrar con amigos, parecía que era Bokuto el que se había graduado con honores. Así de enorme era el orgullo que el de ojos turquesas le producía al de dorados orbes.
En los malos momentos, algo similar ocurría. La tristeza de uno se infectaba al otro. Esta rara y fuerte empatía que se tenían, hacía que se comprendieran a la perfección. Nunca se sentirían solos mientras los dos siguieran existiendo.
Pero hoy, Koutarou no podía decir que entendía el dolor de Keiji. Es más, ni siquiera creía que podía dimensionarlo.
—¿¡Ahora qué!? —Ronco y débil fue el grito de Akaashi. Se escuchó quebrado, daba la sensación de que fue producido por el último esfuerzo que haría su garganta en mucho tiempo. Aunque la garganta de Keiji ardía por las horas llorando, seguía repitiendo lo mismo de forma tortuosa "¿Ahora qué?".
A Bokuto le provocó una sensación tan horrible que tuvo que morderse sus labios. La impotencia comenzó a sacudir su mente, junto la urgencia de poder calmar aunque sea un poco a Akaashi.
—¿Ahora...—Un hipido salió de sus interiores— qué, Kou? —Sus palabras salieron largas y con manchas de dolor.
El instante que le continuó puso de los nervios a Koutarou. Los ojos muertos y cansados de Akaashi miraron a los suyos dorados. En todo lo que llevaba consolándolo, esta era la primera vez que sentía su mirada de forma tan directa. Quizás a Keiji ya se le habían gastado los alaridos de dolor, y solo contaba con sus ojos para expresarlo.
Al mirar los ojos llorosos y miserables de Akaashi, Bokuto quiso darle de su alma para volverlos a alegrar.
A su vez, sintió la responsabilidad inmediata de darle alguna respuesta al chico frente a él. Posicionó sus manos en la parte baja de los cabellos oscuros de Keiji, y luego lo impulsó hacia él. Bokuto sintió que chocar frente con frente y capturar los ojos del otro, haría que su mensaje llegará a lo más profundo de él.
—Keiji, hacer las cosas bien no te asegura nada para el día de mañana, pero para hoy sí —Tomó una pequeña pausa. —Te asegura que hoy avanzaste, y te aclara un poco lo que viene. —Koutarou deslizó su mano suavemente por la mejilla ajena. Se despegó un poco de la frente de Akaashi, pensativo todavía en lo que iría a decir luego.
—Por eso no puedes dejar de avanzar, pequeño Keiji. Si ya hiciste cosas maravillosas antes, ¿qué te impide hacerlas de nuevo?
Y mientras una sonrisa acogedora se esbozaba en el semblante de Bokuto, Akaashi respiró fuertemente para dejar salir otro llanto. Era distinto, era más sereno y tibio, en cierta medida esperanzador.
Keiji abrazó a su amigo con todas las fuerzas que le quedaban en el cuerpo. Con el calor que se intercambiaban, pudo sentir que su alma estaba siendo lentamente reconstruida.
Al día siguiente, despertó en el sofá al lado de Bokuto. Este, se encontraba roncando y no tenía pinta de querer despertarse pronto. Akaashi se sintió mal al verlo en una posición incómoda y sin acobijar, mientras él durmió arropado y con el lujo de una almohada.
También, se sentía apenado por todas las molestias que le hizo pasar la noche anterior. Para compensar el buen acto de su amigo, decidió limpiar el salón utilizado y preparar un desayuno. Sabía que Koutarou no tenía dotes culinarios, sabía cocinar, pero todo platillo elaborado por la manos de este era apenas un 30% comestible. Akaashi se solía preguntar cómo lograba conservar toda esa musculatura, si hasta un huevo era una tarea laboriosa para Bokuto.
Empezó a recoger las latas de cerveza y los sobrantes de pizza, ubicando sin problemas el basurero y las bolsas. El pelinegro conocía a detalle el apartamento de Bokuto: a dónde llevaba cada sala, cuáles eran más calurosas y más frías, todas las comodidades que ostentaban; como el aire condicionado, la silla que daba masajes o el jacuzzi en la gigante tina del baño.
Al encontrarse en la cocina, no vacilaba con respecto a dónde se encontraban los sartenes o las ollas, tenía memorizada la posición de cada utensilio. Siempre le divertía encontrarlos en la misma posición en que los dejó la última vez, estaba seguro de que Bokuto no se animaba a utilizarlos por miedo a incendiar el apartamento.
Una característica de la vivienda de Koutarou, era que estaba adornada de comodidades que a su alojado no le podrían importar menos. Si el pobre apenas sabía cocinar, ¿de qué le servía un mega horno o todos esos condimentos sofisticados? La misma pregunta iba a esa pantalla grande de la sala, a esa segunda habitación vacía y a ese despacho plagado de libros. El apartamento le había sido dado, ya amueblado, por el contrato que tenía con los MSBY. Por tanto, estaba muy poco adecuado a los intereses del jugador.
Keiji sabía lo grande que le quedaba la morada a Bokuto, por eso lo invitaba tanto a pasar el rato. Su corazón se revolvió al preguntarse si su amigo se llegaba a sentir solo en la inmensidad de esa residencia.
Aquellos fueron solo pensamientos fugaces, que surgieron mientras terminaba el desayuno. No obstante, le dieron una idea que podría ayudarlo en su nueva vida de desempleado.
Terminó de cortar la última fruta para acompañar a unos recién hechos panqueques. Sirvió la mesa y preparó el café al gusto del Bokuto: con mucha leche y mucha azúcar. Por su parte, decidió que con un jugo de naranja le bastaría por hoy. Inició un recorrido de vuelta a la sala para despertar al de pelo blanco, sin prisa alguna. Hoy era sábado, y como conocía el itinerario del otro, sabía que no había razón como para apurarse.
De forma tímida, se arrodilló a la altura del rostro de Koutarou.
—Bokuto, levántate. —Con una mano sacudió el hombro del otro.
—Akasheee... —Sus intentos solo lograron sacarle un quejido.
—Le preparé un desayuno, por favor levántese. —Al ver que la persona delante suyo solo se revolvió en negación a la orden, supo que tenía que sacar la artillería pesada.
—Amo Bokuto, su desayuno está listo. —Y por arte de magia, el llamado dejó de hacerse el dormido. Abrió un solo ojo a medias para invitar a Akaashi a continuar el juego. —Como su servidor, lo he preparado justamente a su gusto. Lo mejor para el mejor rematador de todos.
El otro dio un brinco para levantarse, sacando el pecho en alto. La sonrisa resplandeciente del mayor fue el verdadero amanecer para Akaashi.
—¡Bueno, servidor mío! ¡Probemos ese tan dichoso delicioso!
Justo como el amo ordenó, ahora ambos degustaban lo cocinado por Akaashi. Dialogaban de banalidades, o sucesos que no se habían contado el uno al otro. Por unos momentos, la tranquilidad de la situación le hizo pensar al de hebras negras que nada había cambiado. Como si el lunes volvería a trabajar y esto solo era un desayuno rutinario con su amigo, no un llamado de ayuda para no perder la cabeza.
Los halagos incesantes de Bokuto hacia su comida distraían a Akaashi, quien solo podía responderle con una sonrisa y ojos entrecerrados. Solo unos pocos rayos de Sol entraban a la cocina, generándole a Koutarou la percepción de que a su mejor amigo le lucían esas manchas de amanecer en el rostro.
Si bien en la conversación no se había tocado el tema del despido de Keiji, este mismo tenía intenciones de hacerlo. Mientras observaba como el plato de su acompañante se vaciaba, se ponía cada vez más nervioso. Sus manos jugaban ansiosas, pues la propuesta que le haría al otro se le hacía muy grave e intrépida. No tenía ni idea de como reaccionaría Bokuto, pero después de reflexionarlo mientras hacía el desayuno, llegó a la conclusión de que era su mejor jugada.
—Bokuto, es cuestión de unos meses que yo ya no pueda pagar los gastos de mi apartamento... Tokyo es realmente caro. —Akaashi tenía la mirada plasmada en los restos de comida de su plato. Escuchó como el llamado trató de decirle que todo estaría bien y que no se preocupará, pero Akaashi, en este caso, sabía mejor que él.
Presionó sus puños con fuerza para darse un empujón.
—Así que, ¡por favor! —Su cuerpo se levantó con la velocidad de un relámpago, dejando boquiabierto al contrario. —¡Déjeme vivir con usted, tan solo por unos meses! Haré las labores domésticas, conseguiré un trabajo y luego le daré una recompensa económica ¡Doy mi palabra, enserio!
¿Se daría cuenta Bokuto de sus ojos llorosos? ¿De sus mejillas sonrojadas por lo humillado que se sentía? No importa que tan cercano se sentía al de hebras blancas, estaba rogando por una inmensa ayuda, aun sin saber si podía recompensarla. Keiji, a pesar de todo, no tenía otra opción. Se sentía demasiado avergonzado como para pedirle ayuda a su familia, ni tenía el valor de confesarles que, de una manera o otra, había fallado.
Cuando la única respuesta de Koutarou fueron risas, el de ojos turquesas se quedó perplejo. No tenía idea alguna de lo qué significará ese gesto.
—Keiji, ¿por qué después de tanto tiempo me sigues hablando tan formal? —Bokuto sonrió, trayendo calma a un alterado corazón de por allí. Un tímido "no lo sé" salió en respuesta a su pregunta.
—De todas formas, ¡Claro que puedes quedarte! ¡El tiempo que quieras! ¡Realmente disfrutaré su compañía! No te preocupes por limpiar o pagarme luego, Akaashe, no debes hacerlo. —El tono tan contento y deliberado de Bokuto no le ayudaba en lo absoluto a Keiji. Siempre le tomaba por sorpresa lo impulsivo que era su amigo.
—Aunque me digas que no, lo haré igual. —Se dejó arrullar por la tranquilidad que la personalidad de Bokuto conllevaba. —Muchas gracias, de verdad, Kou.
El mencionado solo le devolvió una sonrisa, para poco después mostrar una expresión de sorpresa.
—¡Por cierto! ¿Sabías que Kageyama y Hinata se comprometieron? —Akaashi negó con un tanto de asombro. —¡Están buscando a alguien que les organice la boda! ¡Deberías ser tú él que lo haga!
—Bokuto, normalmente es una empresa de eventos quienes se encargan de organizarla.
—¡Lo sé! ¡Pero es la primera vez que se casan, no deben saber mucho al respecto!
Akaashi solo suspiró.
—¿Qué opinas? Yo podría recomendarte, estoy seguro que no se negarán. —Ante la sonrisa llena de confianza de Bokuto, el pelinegro se dio la oportunidad de analizar la idea. Ganaría más que en cualquier otro trabajo de comida rápida, imaginó que con el salario de dos atletas olímpicos tendría un buen presupuesto, así que podría contratar a un personal para ayudarlo. Así fue desmenuzando la idea hasta que no le sonó tan descabellada.
Además, sabía que Kageyama y Hinata no tenían ni la menor idea de como funcionaba el mundo exterior al voleibol. Por tanto, seguro aceptarían. Keiji se sintió un tanto culpable al pensar que los estaba ¿estafando?
No, él haría su mejor esfuerzo para sacar esa boda adelante. Trabajaría en ella con sudor y lágrimas para hacer la mejor boda que esos dos pudieran tener. La determinación empezó a recorrer sus venas, hasta que todo su cuerpo estuvo totalmente convencido: él casaría a Kageyama y Hinata.
¡Los haría marido y marido! Obvio, si primero aceptaban a Akaashi como su organizador.
—Esta bien Bokuto, hazles saber que yo puedo encargarme de la boda.
Entre la celebración de un emocionado Koutarou y las risas tímidas de un inocente Keiji, el desastre que tenía el nombre de boda estaba a punto de comenzar.
Pero Akaashi sabía que junto al otro, podría casar a cualquiera, casarlos a todos.
