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Sakura disfruta profundamente observar las estrellas durante la noche. Es una especie de ritual que le gusta seguir. Todos los días, a la misma hora de siempre, se sienta sobre el alfeizar de su ventana, con sus pies colgando y rozando la pared exterior de su casa, mientras sus grandes ojos verdes atisban el cielo nocturno.
A veces se pregunta si lo que hace es muy estúpido, demasiado infantil, pero sus dudas se apaciguan cuando su hermano y su prima le afirman que nada de malo tiene lo que ella hace.
Sakura reza, reza mucho y con mucha fe. Sus oraciones las dedica a Amaterasu, Diosa del Sol, con tanto ímpetu que está segura de que sus palabras llegan hasta Ella. Una vez que termina de rezar, observa por última vez su vecindario, tratando de guardar en su memoria cada casa, calle, árbol y estrella que sus ojos logren captar; es entonces, y solo entonces, que se baja de su ventana y se acuesta en su cama, dispuesta a dormir plácidamente.
—Buenas noches, Kero —se despide de su pequeño felino amarillo, que se acuesta en su regazo cuando ella se dispone a dormir, y viajan juntos al país de los sueños.
Esa noche lo hizo también, siguiendo su rutina, sin saltarse un solo paso, con la pequeña alteración de que su corazón no dejaba de latir rápidamente dentro de su pecho y el sueño se había disipado rápidamente.
Estaba algo nerviosa. Dentro de un par de horas iniciaría la escuela preparatoria, aunque sola, sus mejores amigas asistirían a la preparatoria estatal, mientras que ella —y por insistencia de su abuelo materno— iría a una escuela privada y de alto prestigio.
Su mente sólo podía pensar en las clases que tendría en su nueva escuela, así, siendo totalmente incapaz de conciliar el sueño, se pasó la noche en vela, medio ansiosa y emocionada.
Para cuando los primeros rayos del sol acariciaron los techos de las casas y la alarma de Sakura comenzó a emitir un molesto pitido, la jovencita ya estaba tomando un baño de agua fría. El sonido de la alarma despertó a Kero, que con lentitud se estiró y bajó de la cama, buscando a su dueña con la vista.
Sakura salió del baño, con su uniforme ya puesto y el cabello húmedo. Se acercó hasta su tocador, donde se peinó rápidamente y se cuestionó unos momentos si debía o no maquillarse. Optó por la segunda opción.
—Buenos días, Kero —Se acercó hasta su mascota, acariciando la cabeza del gato—. ¿Dormiste bien?
Con una lentitud enorme, que hasta a ella le desesperó, Sakura se acercó al espejo de cuerpo completo que tenía en una esquina de su habitación, observando la ropa que llevaba puesta. El uniforme era elegante. La falda de tablones estaba apenas por encima de su rodilla y el corbatín en su cuello era un lazo perfecto. Era un poco raro para ella, jamás había usado algo parecido.
Tomó su maletín y bajó las escaleras, presurosa.
—¡Buenos días! —gritó. Su padre y su hermano ya se encontraban en la cocina.
—Buenos días, Sakura —Con voz suave y contenta, Fujitaka saludó a su hija mientras dejaba su desayuno en la mesa—. ¿Estás lista?
Sakura sonrió y asintió, se acercó hasta la mesa y tomó asiento, dispuesta a comer lo más rápido que pudiera para salir a tiempo de su casa.
—Apresúrate a comer —bufó Touya, su hermano, viéndola desde detrás del periódico que fingía leer—. No puedes llegar tarde a tu primer día.
Sakura gimió de frustración mientras un pedazo de su tortilla de huevo se atoraba en su garganta. Apenas se terminó la mitad de su comida, cuando se levantó de la mesa, diciendo que no tenía demasiada hambre y salió de su casa, con su maletín y su almuerzo ocupando sus dos manos.
—¡Buena suerte, monstruo!
Escuchó desde lejos el grito de su hermano. Quería darse media vuelta y decirle que no era un monstruo, pero no tenía tiempo para eso, en su lugar, se comería el postre de Touya en cuanto él bajara la guardia.
Caminó por la acera, viendo los pétalos de cerezo caer en el suelo, intentando calmar sus nervios. Le era algo difícil tragar saliva por el gran nudo que sentía en su garganta y sentía que su cabeza comenzaba a dolerle ligeramente.
—Estaré bien —se decía a sí misma—. Estaré bien.
Llegó por fin a la parada de autobuses, cinco minutos antes de que el autobús que la llevaría hasta su nueva escuela llegara. Se sentía bien ser puntual.
Dándose cuenta de que aún tenía que esperar un tiempo más, Sakura sacó su celular de su maletín con la intención de responder los mensajes de ánimos de sus amigas, quienes aún tenían una semana más de vacaciones.
Respondió con una sonrisa pequeña los mensajes, una calidez inmensa abrazó su corazón y se sintió momentáneamente más tranquila. El autobús llegó por fin y ella subió a él, notando que había más estudiantes en el camión. Inhaló y exhaló. Caminó en línea recta hasta llegar a los asientos finales, que estaban casi desocupados. Tomó asiento, dejando su maletín en el lugar contiguo, y dejando que su mirada se perdiera en el paisaje. Faltaban alrededor de dos paradas más para que llegar a la escuela.
—Disculpa, ¿me puedo sentar contigo?
Una voz suave y melodiosa la hizo voltear. A Sakura se le cortó la respiración al ver frente a ella a la niña más bonita que había visto nunca. Su cabello largo caía en cascada sobre sus hombros, cubiertos con el mismo saco que usaba Sakura, sus ojos violetas la miraban tranquila y una hermosa sonrisa adornaba su rostro.
—Adelante —respondió casi de inmediato, quitando el maletín y dejándolo caer sobre sus piernas—. Me llamo Sakura, Sakura Kinomoto.
—Es un placer conocerte, Kinomoto —La niña tomó asiento grácilmente—. Yo soy Tomoyo Daidouji.
