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Y se crearon los colores

Summary:

El nuevo mundo colorido de William James Moriarty, cortesía de Sherlock Holmes.

Recopilatorio de one-shots SherLiam publicados en fanzines.

Notes:

Buenas noches, decidí subir los one-shots SherLiam que he hecho para algunos fanzines del fandom, ya que no todos llegan a encontrarlos. De momento son dos pero espero que aumenten, mientras haya nuevas convocatorias.

1: Labios rojos y cabello largo: publicado originalmente en ARS IN MORTE: A Moriarty The Patriot FANZINE (Vol. II).

Chapter 1: Labios rojos y cabello largo

Chapter Text

Sherlock aguardaba algo ansioso mientras observaba por la ventana del café. No apartaba la vista de quienes iban y venían; a las 5 de la tarde de un día despejado como ese eran bastantes las personas que decidían dar un paseo o tener una cita en un lugar así. Sin embargo, Liam escogió ese emplazamiento para reunirse. 

Era muy probable que lo estuviera poniendo a prueba, pero lo cierto es que ahora le preocupaba más su seguridad. Desde que regresaron a Londres ―hacía ya un tiempo―, y se reunieron con sus allegados apenas habían tenido oportunidades para estar juntos. Como cabía de esperar, además, Liam debía mantener un perfil bajo y alejarse de las multitudes; mientras que ahora era de conocimiento público que Sherlock Holmes estaba vivo. 

Aquello era un obstáculo más que debían sortear para poder verse. 

De pronto, la puerta volvió a abrirse e ingresó en el recinto una mujer. Al notar que no se trataba de su novio, Sherlock, que tenía el rostro apoyado sobre la mano, desvió la vista nuevamente hacia la calle.

Desplazándose con pasos lentos, la recién llegada se acercó a su mesa y retiró la silla desocupada. Sherlock se retrepó en su asiento con un respingo.

―Estoy esperando a alguien ―le dijo, extrañado, esperando que comprendiera el mensaje. Las mujeres no solían abordarle, de todas maneras. 

El rostro de la joven estaba medio cubierto por un flequillo rubio tostado. Llevaba, a su vez, un manto blanco sobre la cabeza y los hombros como los que utilizaban las damas al asistir a la iglesia los domingos. Debido a aquello no alcanzaba a ver sus facciones. Pero fuese como fuese su cara, hizo caso omiso de su comentario y tomó asiento frente a él. 

―Señorita, le he dicho que…

―Sé que espera a alguien, yo también lo hago ―dijo, con una voz susurrada―. ¿No podemos hacernos compañía por ahora? ―Alzó entonces la vista con cierta timidez, y Sherlock sintió que lo recorría un escalofrío. Justo allí estaban los ojos de Liam: uno de brillante escarlata y el otro oculto por el parche negro que solía llevar. 

―¡Tú…! ―estuvo a punto de empezar a reír del nerviosismo y la emoción, pero se contuvo fingiendo que tosía. No sería nada bueno hacer escándalo―. Sabía que planeabas alguna cosa, pero no me imaginé esto. 

Lo observó maravillado, y él solo le sonrió. Pudo notar que sus labios llevaban una capa de lápiz labial rojo y que el rostro, enmarcado por una cortina de cabello largo, estaba además ligeramente empolvado con colorete. Completaba el disfraz con un discreto vestido de color marrón. 

―Era la manera más segura de reunirnos, Sherly ―explicó él. Puso su mano sobre la mesa y alargó los dedos hacia la suya, hasta rozarlo―. Incluso podemos hacer esto en público. 

Sherlock giró la muñeca y estrechó sus dedos con naturalidad. La adrenalina del peligro, de la aventura, hacía palpitar su corazón. 

Pidieron tazas de té y durante un rato fingieron ser como cualquier otra pareja. El tiempo transcurría con lentitud mientras Sherlock lo oía hablar sobre lo que había hecho esos últimos días. Sus labios pintados de rojo le hipnotizaban; dejaron una pequeña marca en la porcelana y empezó a preguntarse a qué sabrían cuando los besase. Ya que parecían un hombre y una mujer, no habría problema si…

―Vamos a otro sitio ―le interrumpió de repente, antes de que sus pensamientos fueran por caminos indecorosos. 

―¿Damos un paseo? Incluso el parque será más privado que aquí. ―Sugirió Liam, señalando con la cabeza a las personas que abarrotaban el lugar. 

Podía conformarse con eso. Tras pagar, salieron por la puerta tomados del brazo. A pesar de que iba encogido para que no se notase su altura ni quedase su cara al descubierto, Sherlock alcanzó a ver su sonrisa traviesa mientras le ayudaba a subirse al carruaje. Se fueron en silencio hasta Regent Park, lugar en que finalmente bajaron. 

Con Liam sujetado firmemente de él, caminó sobre la espesa alfombra de césped de la entrada. No tenían un objetivo fijo en su paseo más que alejarse de la muchedumbre de la calle, por lo que se dedicó a buscar con la mirada algún recodo solitario entre los deslumbrantes jardines. 

―Ni siquiera te reconocí, me la jugaste bien ―le comentó, entusiasmado. Él, que en ese momento observaba de forma distraída unos parterres de rosas, giró el rostro. 

―¿Te gusta verme así, Sherly? ―le dio una pequeña sonrisa maliciosa, al tiempo que soltaba su brazo para contemplarle con mayor distancia― Curioso, considerando tu aversión a las mujeres. 

―Te prefiero como siempre, aunque no me quejaré. Como dices, es conveniente. 

Dio un paso hacia una zona cubierta por tupidos árboles, esperando que Liam lo siguiera. Entonces, escuchó un ruido sordo al que le siguió un quejido amortiguado. Se dio la vuelta deprisa y lo encontró allí, medio sentado sobre el terreno. 

―¿Estás bien? ―Se agachó a su altura y levantó el dobladillo para examinarle el pie. Como supuso, estaba usando zapatos con algo de tacón. 

―No es nada, solo tropecé con una piedra. ―Con ambas manos sobre el césped, intentó darse impulso para levantarse. Sin embargo, apretó el ceño por el dolor. 

―No sonó a nada para mí. ―Sin pensarlo mucho, deslizó un brazo por debajo de sus piernas―. Ven, voy a levantarte. Afírmate de mí. 

―Soy demasiado pesado ―señaló.

―No me subestimes, además, bajaste de peso y no te has recuperado aún. Vamos, te llevaré a un banco. 

Aunque renuente, Liam pasó sus brazos alrededor de su cuello y se afianzó de él mientras lo levantaba en vilo. El banco al que se refirió estaba a varios metros de distancia, del otro lado del camino por el que habían transitado. Lo sintió tenso, como si intentara empequeñecerse para facilitarle el traslado. A pesar de su delgadez, no es que resultara del todo fácil cargar a alguien de su misma estatura, pero Sherlock no flaqueó hasta llegar al asiento. Lo dejó sobre la madera y, con una exhalación pesada, se agachó enfrente del voluminoso faldón de su vestido. 

―Estos zapatos podrían destrozarte los pies ―observó con gravedad mientras le quitaba uno y examinaba su tobillo. No lucía hinchado, pero Liam hizo un ligero gesto de incomodidad cuando lo presionó. Por fortuna no había olvidado llevar un pañuelo en su bolsillo ese día; lo sacó y envolvió su pie con él lo mejor que pudo. ―Así estará bien, al menos hasta que vuelvas a casa. ¿Qué pasa, te duele demasiado? 

Tuvo que preguntar, puesto que él solo lo contemplaba en silencio. 

Como si se diera cuenta recién de sus propias acciones, Liam parpadeó un par de veces. Negó con una sonrisa que le supo más cálida que el propio clima de primavera. 

―Me recordó a aquel día. ―No hizo falta que fuera más preciso. Se había hincado así la mañana en que lo encontró en la azotea del hospital y le dijo que podría dar forma a cualquier futuro, que su respuesta, cualquiera que fuera, estaría bien. Y ahora estaban allí, en un camino que paso a paso iban pavimentando de la mano.

―¿Estás conforme con este presente, Liam? ―inquirió, mirándole con todo el amor que le profesaba, sin levantarse aún. 

―Por supuesto, Sherly. ―Extendió los dedos hacia él para acariciarle los cabellos―. Antes jamás hubiese imaginado un futuro así; es más de lo podría merecer.

Sherlock retiró su mano. Besó su dorso y nudillos antes de refutar:

―No, tú también mereces disfrutarlo. Y más tarde te acompañaré a casa, no dejaré que regreses solo estando lastimado.

―Creí que me invitarías al 221B ―sugirió. 

―¿Y es necesario que te invite? Mi casa es la tuya. ―Le guiñó un ojo antes de incorporarse―. Siempre lo será.