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—Hay días en los que prefiero morir.
El comentario es inesperado, salido de la nada y no encajando en la situación en la que ambos se encontraban de repente, luego de escapar de unos ninjas de la roca que los seguían desde hacía más de dos horas. Fue sólo un suspiro, un murmullo que por poco se lleva el aire y que le hizo momentáneamente distraerse de su alrededor.
—¿Qué? —Minato mira estupefacto hacia su estudiante. Uno de sus ojos rojo por su Sharingan brillaba en aquel pequeño espacio en el que ambos se encontraban, cuerpo contra cuerpo.
—Que en ocasiones prefiero no existir —el Uchiha le devuelve la mirada, luciendo casi irritado por tener que repetir lo que había justo expresado. Minato puede sentir su respiración contra la propia y su aliento, para su sorpresa, lo siente a tabaco.
—¿Por qué? —el cuarto Hokage no puede evitar su ceño fruncido. ¿Por qué su estudiante sacaba algo así de la nada? Aquella no era la situación adecuada para expresar un pensamiento del género.
—¿No lo has notado? —se queda en silencio por un momento. Las voces de los ninjas de la roca acercándose más y más. Minato quiere callarlo para así evitar que un leve murmullo los delatara, pero a la vez quiere seguir escuchando.
No todos los días tenía la oportunidad de entablar una conversación con Obito. No desde el puente Kannabi, momento en el que él pareció recluirse en sí mismo y olvidar cómo solía ser antes de aquello. Su personalidad y forma de enfrentar momentos incómodos se volvió un problema en el que él no sabía cómo expresar lo que sentía.
Minato concluye que, esta situación, era una de aquellas ocasiones en las que él no sabía cómo manejar.
—¿Notado qué? —se atreve a preguntar. Sus ojos ahora se pasean por todo el territorio que puede observar desde dónde se encuentra, pero su concentración, mayormente, está en el pelinegro frente a él.
—Que se está siempre mejor cuando no estoy alrededor —todo parece silenciarse. Minato juraría que los mismísimos enemigos que segundos antes estaban siguiendo sus rastros habían decidido desaparecer y, junto con ellos, el resto de la naturaleza.
Ahora sólo estaban él y Obito.
—¿De qué estás hablando? —aun así, continúa susurrando. Su tono connota el enojo que siente por lo que había escuchado y por poco bufa sin creerse aquellas palabras—. Eso no es cierto.
El Uchiha ríe.
—No prestas mucha atención, ¿cierto? —Minato no puede evitar escudriñar el rostro de su estudiante con cautela, intentando descifrar el rumbo de la conversación y, a la vez, el punto de esta. Antes de poder contestar, Obito le interrumpe—. Rin y Kakashi han preferido, desde hace años, excluirme de todo. Kushina–san y tú hacen lo mismo, consciente o inconscientemente. Desde hace años me he vuelto en la sombra que los sigue, pero que jamás se une.
Como si la realidad hubiese recordado que existía, la marcha apresurada de los ninjas de la roca ahora parece pasar justo a su lado. Minato no se puede dar el lujo de responderle al Uchiha porque, sin duda, los descubrirían y aquello haría que la misión rango S en la que estaban, se echara a perder. Tenían sólo que escabullirse y espiar, no podían arriesgarse a ser descubiertos o una nueva guerra entre naciones se dispararía.
Aun así, siente una fuerte opresión en su pecho por las palabras del menor. ¿Era en serio?, ¿así se sentía? Debía admitirse que no, él no había prestado mucha atención a su propio equipo desde que se convirtió en Hokage y sus estudiantes habían entrado a ANBU.
Odiaba que Obito tuviera razón en aquello.
Pasaron varios minutos, quizás diez o quince y los ninjas los habían sobrepasado. No había indicios de ellos en las cercanías, y su chakra se había casi que desvanecido entre los frondosos árboles.
El rubio vuelve a captar la mirada carmesí del Uchiha y se queda sin palabras para responderle y seguir la conversación que ya parecía lejana en el tiempo.
Una situación surreal, aquella. Sin duda.
Y es que era verdad. Obito desde que se había recuperado de aquel accidente en el que casi pierde la vida, la pasaba a la distancia, observándolos a todos escrupulosamente entre los árboles, las sombras e, incluso, siguiéndolos cuando sentía que todo el equipo siete estaba amenazado por algo o alguien. Habían pasado muchos años ya, desde entonces, y nunca habían vuelto a entrenar o a salir como equipo; quizás en ocasiones iban a comer o beber, pero nadie nunca había hecho el esfuerzo por invitar al poseedor del Sharingan y tampoco lo mencionaban al estar ya juntos.
Minato siente su respiración temblorosa. Por su parte, él asumía que era Obito mismo quién parecía evitarlos pero, ahora, se daba cuenta que eran ellos quienes lo dejaban, indiscutiblemente, fuera de todo la mayor parte del tiempo.
Tal y como lo había dicho anteriormente su exestudiante, su presencia se había transformado en una sombra que todos sabían estaba allí, pero que ya habían olvidado.
—Obito —intenta hablar, con su voz apenas audible por aquel nudo de vergüenza que se instaló en su garganta, queriendo excusarse por su comportamiento; sin embargo, el menor lo interrumpe.
—Sólo digo que no haría mucha diferencia, si desaparezco —ya no tenían porqué seguir en aquella posición, el riesgo de ser descubiertos se había disipado, pero la conversación era tan profunda, que Minato se sintió en la obligación de acercarlo un poco más, para sentirlo.
Obito no parece oponerse.
—Eso no es cierto —llevarle la contraria no se sentía, en esos instantes, algo muy sincero. De todas formas, lo intenta. El Uchiha suelta un bufido divertido, casi soltando una risa sin ganas, forzada.
—De todas formas es como si ya no existiera —el menor se humedece los labios antes de continuar—. Así que si ya no estuviera aquí realmente, dudo que se den cuenta en al menos un par de meses. Sus vidas ya no se entrelazan con la mía, aunque la mía sea sólo de ustedes.
Minato niega con la cabeza, queriéndose convencer a sí mismo de lo contrario. Él podría insistir en que aún necesitaba a su estudiante de alguna manera, que siempre pensaba en él aunque en su interior sabía que aquella era una mentira descarada incluso hacia sí mismo.
Sus brazos envuelven con fuerza la cintura del menor, sintiendo su propia culpa carcomerlo lentamente por dentro. Ya no había forma de detener lo que estaba sintiendo y sabía que lo consumiría pronto.
—Sabemos– —se interrumpe de inmediato—. Sé que siempre estás ahí —Minato no podía hablar por los demás, pero al menos podía excusarse a sí mismo de alguna manera. Debía liberarse de su propia culpa acrecentándose en su corazón y consciencia—. Sé que si las cosas se ponen mal, puedo contar contigo. Porque ahí estás, siempre protegiéndonos.
—Ustedes no necesitan mi protección. Tú no la necesitas —Obito parece rendirse con la posición adoptaba y pasa sus brazos por la nuca del mayor—. Lo sabes. Lo sé. No tienes que buscar algo para decirme y redimirte. No está mal ignorarme y seguir adelante como si hubiese muerto aquella vez —Minato hace el amague de decir algo pero Obito lo calla poniéndole un dedo en los labios—. Así es mejor, sé que puedes vivir sin mí para cuando yo ya no esté.
Al Namikaze, aquellas palabras, le sonaron un poco a despedida. Igual de amargas, igual de dolorosas, igual de reales. No tenía idea de si significaban aquello o no, pero le dolieron igual de cómo dolería una mala noticia en alguna mañana lluviosa. Como el día en el que casi creyó haberlo perdido realmente.
—Cuento con que siempre estés —responde, apartando la mano enguantada del Uchiha lejos de su rostro—. Me molesta que creas lo contrario. Que nunca hubiese existido la oportunidad de habértelo hecho saber. Que nunca me hayas hablado de cómo realmente te sentías desde aquel día.
El ojo visible de Obito recorre cada rincón de su rostro, grabándose con su Sharingan cada mínimo detalle de sus expresiones. Las propias decayendo visiblemente en son de tristeza y decepción. Minato apostaría un brazo a que también vio un deje de culpa en su mirada.
—Supongo que lo intenté, pero cada día se hacía más difícil. Alejarme fue más sencillo y ahora pedir porque borren mi memoria suena que es lo más sensato —se encoje de hombros. Para muchos, Obito podría haber lucido desinteresado; una persona que aquello que había dicho, lo sentía. Sin embargo, Minato pudo ver sus verdaderas emociones incrustadas en las comisuras de sus labios que se arqueaban levemente hacia abajo como un cachorro herido y sabe que el dolor que cargaba iba mucho más adentro de lo que él mismo se imaginaba—. No hay mucho que recordar, así que...
Minato traga en seco, con fuerza. Respira profundamente y se prepara para las próximas palabras que iba a decir y, seguramente, a escuchar.
—Recuerdo cada detalle, cada broma, risa y conversación. Dices que ha de ser sencillo, pero no, no lo es. Al contrario —hay un silencio en el que es ahora Obito quien visiblemente se traga un nudo en su garganta—, sería tan difícil como olvidar el infierno que viví en la guerra.
El menor siente su corazón apretarse, la culpa y el remordimiento son sentimientos pesados que roban el aliento.
Minato usa sus dedos para tomarlo del mentón y hacerle observarlo directamente a los ojos.
—¿Qué tan suertudo debo ser... —Obito baja su voz unos cuantos decibeles, ahora está murmurando de nuevo y el viento parece arrastrar sus palabras y hacerlas ondear hasta el infinito, transmitiendo su mensaje a todos los que se cruzaran con aquella briza de la madrugada—...cómo para estar observando tus ojos mientras ellos me miran a mí?
La intimidad que ahora ambos comparten es sofocante. La tensión que hay en el aire podría fácilmente cortarse con un Kunai y el desenlace de la conversación se sobrepone en sus subconscientes como un destino escrito en hierro, haciéndolos anticiparlo con ansias. Sus cuerpos también lo saben y la temperatura de ambos sube. Pronto debían de hacer algo para poder sobrevivir a la penetrante mirada del otro que no parecía flaquear ante la intensidad de sus emociones.
—Tan suertudo como he de serlo yo... —la distancia parece acortarse, no es mucha la diferencia, pero ahora sus respiraciones se mezclaban.
—Ves mucho en mí… —suspira—… mientras que yo ya no veo nada valioso dentro de mí.
Minato sonríe. Es una sonrisa triste y un poco rota, también. Intentar entender cómo se había estado sintiendo Obito esos últimos años lo estaban haciendo sentir desolado y realmente molesto. La soledad es una sensación pesada que no podía ser alivianada con la compañía repentina de alguien que, en un principio, fue el causante de ella. La soledad era, también, una memoria de quién pudo haber estado en momentos de necesidad, pero que prefirió refugiarse en la lejanía y en la salvedad de una realidad en la que ignoraba a quien por mucho tiempo añoraba ser parte de su vida.
Había mucho que reparar y perdonar.
¿Pero cómo puede una persona perdonarse a sí mismo sin recordar los escenarios en los que pudo actuar mejor y no lo hizo?
—¿Sientes lo mismo que yo ahora? —Minato roza los labios del Uchiha, su susurro es tan suave que parece acariciar su sensible piel. Obito cierra los ojos y sonríe.
—¿Qué te está deteniendo?
No pasó más de un segundo cuando ambos consumaron su cercanía en un beso lento y apasionado, transmitiéndose miles de palabras más que no tenían la valentía de dejar salir por cómo el otro podría reaccionar, pero aun así diciéndose todo lo que debían saber sin sentir que las cosas podrían arruinarse. Ambos, después de todo, para este punto, ya eran desconocidos.
Y los desconocidos no tienen nada que arruinarse entre ellos.
Su pasado era tan lejano que, afortunadamente, no los detuvo de seguir profundizando aquel acto que ahora parecía tan necesitado. Como si por años lo hubiesen estado anhelando.
Al separarse, Minato ya tenía una de sus manos en la cintura del pelinegro y la otra en su nuca, atrayéndolo todo lo posible a sí mismo. Obito también lo agarraba con fuerza del cuello de su camisa; y sus respiraciones eran irregulares.
—A partir de ahora debes dejar de ser una sombra e integrarte —concluye Minato, volviendo a unir sus labios por unos cuántos segundos más—. Y cuando un día vuelvas a sentir que preferirías morir, ya sabes a dónde llegar.
Obito sonríe y suelta un suspiro relajado. Su expresión es suave y, con lentitud, se aleja de Minato saliendo del pequeño escondite improvisado que encontraron en la carrera que habían dado para huir y desorientar a sus enemigos.
—Me verás muy seguido, entonces —le da la espalda, no queriendo enfrentar la expresión de tristeza y lástima que sabía el Hokage le estaba dirigiendo—. Tengo el mal hábito de siempre recordarme lo poco que valgo.
Minato le sigue de cerca, buscando indiscretamente la mano de su contrario y se hace a su lado en un movimiento ágil.
—Será mi misión, ahora, el recordarte lo contrario.
La sonrisa de Obito sólo la verá Minato a partir de ese momento, pero bueno, al menos no se desperdiciaría entre las sombras, detrás de una máscara que ocultaba mucho más de lo que él se hubiese imaginado en un principio.
