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Sangre fuerte

Summary:

Quizás Harwin no pudiera ser el padre de Lucerys ante los ojos del público, pero en la intimidad de su habitación, antes de su matrimonio con Aemond, el pequeño solo quiere sentír el calor y el cariño de su propio padre, aunque el otro se empeñe en mantener la mentira hasta el último momento.

Notes:

Esta idea surgió en mi cabeza por la noche, y no podía quitarme de la cabeza escribir un momento tan tierno.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Lucerys suspiró mientras se veía una última vez en el espejo, la doncella colocando las perlas delicadamente en su cabello. Se frotó con insistencia la manga blanca del vestido nervioso.

 

Cuando notó que la criada terminó, este le hecho una mirada, y automaticamente la doncella hizo una reverencia mientras se marchaba. Se levantó glacialmente y se puso enfrente del vestido. Girando de un lado a otro lentamente, viendo como la tela blanca acompañaba su movimiento. Era una prenda exquisita, miles de personas matarían por llevar algo así el dia de su boda.

 

Miles de personas, pero él no.

 

El no quería casarse, el no debía haber estado comprometido nunca, pero como siempre, los hilos del destino le asfixiaban sin pudor. Desde pequeño siempre había hecho lo que le habían mandado, quisiera o no. Principe del reino, un intento de Guerrero, navegante, Heredero de Marcaderiva, y ahora, debía casarse.

 

“Es por el bien de la familia y del reino” Le había dicho su abuelo, El Rey Viserys I de su nombre, cuando fueron llamados a la Fortaleza Roja. Entre los momentos de alucinaciones que su cuerpo lleno de los efectos de la leche de amapola, le explicó que se había dado cuenta que una vez él se fuese, pronto, no había nada que les impidiese destruirse mutuamente, y que su mayor deseo era dejar una dinastía unida y fuerte. Lucerys lo entendía, deseaba también una familia unida, a pesar de todo lo que había pasado en los años pasados, una familia que no pusiese en duda su legitimidad y sobre todo el reclamo de su madre al trono de Hierro.


Pero no por eso era justo que fuese a él al que le tocase enmendar los errores que su abuelo no había arreglado en todos los años de reinado que tuvo. Una risa interna surgió al recordar las palabras de su abuelo Corlys cuando recibió la noticia:

 

-El viejo del Rey antes me verá arrodillado ante la triarquía que dandole mi heredero a ese monstruo que tiene por hijo, si por lo menos fuese Daeron tendría algo de razón.

 

Lucerys asintió ligeramente, pues estaba de acuerdo con las palabras de su abuelo. Su tío Daeron era amable, agraciado, e incluso interesante, y por supuesto, estaba lo primordial, Luke no le había sacado un ojo cuando eran unos niños.

 

Porque la idea de su abuelo Viserys no podía haber sido mas bizarra, era tal el punto al que había llegado, que Lucerys nunca había visto a su madre y a la Reina Alicent estar de acuerdo en algo hasta ese día. El día en el que le prometieron a Aemond Targaryen.

 

Desde el día que el compromiso se hizo oficial, Luke no había visto al que en unos minutos sería su esposo, pero no necesitaba contemplarlo para saber que el suyo no sería un matrimonio feliz, su tío Aemond seguro no estaba contento con el resultado, pero ahora podría cobrarse su deuda de una manera mucho más creativa, obligándole a yacer con él, una y otra noche, sin poder Lucerys negarse.

 

Volvió a darse cuenta que estaba apretando sus dedos demasiado fuerte, y pequeñas gotas de sangre comenzaban a emanar. Suspiró girando de nuevo, dando la espalda al espejo y viendo al hombre que le esperaba silenciosamente.

 

Harwin Strong no había envejecido una pizca desde que eran niños, Luke lo recordaba igual que siempre. El caballero había estado presente toda su vida, solo una vez pensó que no volvería a verlo tras el anuncio de un fuego en Harrenhall, el caballero había salido muy magullado, pero logró recuperarse. Desde ese día, no había vuelto a separarse de su madre, siendo su espada jurada, y protegiéndola a ella, y por lo tanto a sus hijos.

 

Sir Harwin les había enseñado el arte de la espada, a todos, independientemente de su condición, si las Damas decían que Lucerys no debía aprender a blandir una espada porque los omegas no blandían espadas, este las ignoraba y le animaba a seguir, a pesar de que el mismo Luke sabía que no era nada diestro con la espada.

 

Pero había una realidad, un susurro que explicaba la extraña cercanía que el de rizos mostraba con la familia de la Princesa. Lucerys lo había escuchado por primera vez cuando tenía 4 años, “Bastardo” y poco a poco fue un susurro que les fue acompañando durante toda la vida. Jacaerys ya se había acostumbrado, él también, pero el pequeño Joffrey todavía se molestaba cada vez que cruzaba una esquina y algún criado o noble lo susurraba.

 

Lucerys había hecho las paces cuando tenía 5 años y le arrancó el ojo a Aemond. Había visto lo que enfrentarse al insulto había causado, una nariz rota, una cicatriz en la frente de Jace, y una deuda. Una deuda que se iba a saldar en unos instantes.

 

Comenzó a temblar nerviosamente, mientras Harwin se acercaba:

 

-Mi principe, es normal estar nervioso-decía con solemnidad pero con una capa de cariño bajo toda la formalidad-no todos los días se cada uno enfrente de todo Desembarco del Rey.

 

A Lucerys le habría gustado reír, pero no tenía fuerzas. Se preguntaba como Harwin había logrado mantenerse todos esos años a su lado, al lado de de su Madre, superando no estar nunca a su lado, intentando ocultar una verdad visible, como si de puertas para adentro no fuese el hombre de mayor confianza de la princesa, manteniendo las formas con sus propios hijos.

 

Harwin había sido siempre esa sombra que les seguía, pero la cual nunca se había excedido, siempre había contemplado como Laenor les cuidaba, con una sonrisa, sin comentarios, aceptando desde la distancia, que sus hijos, nunca serían suyos.

 

-La Princesa Rhaenyra la espera fuera de la puerta, cuando quiera puede ir con ella-le acabó de decir mientras volvía a alejarse.

 

Lucerys asintió con solemnidad mientras caminaba hacia la puerta, arrastrando el bajo por el suelo, puso una mano en el pomo de la puerta, antes de volver a girarse.

 

Allí seguía, impasible, firme, siempre detrás de él, como toda la vida, no le había dejado, jamas, a pesar de todo y todos.

 

Una lagrima surco su rostro mientras su corazón se encogía, e hizo lo que quizás debería haber hecho hace mucho tiempo.

 

Se acercó con decisión al caballero, y se aferró a él en un abrazó fuerte, como sus apellidos.

 

Harwin abrió los ojos con sorpresa, sin mover los brazos ante la inesperada muestra de afecto, diciendo lentamente:

 

—Mi príncipe, esto no es apropiado.

 

—Tengo miedo…padre —le susurró Lucerys mientras enterraba su cabeza en el hombro.

 

Harwin jadeó, sorprendido quizá de que, por primera vez, uno de sus hijos lo llamara verdaderamente con el apelativo que le correspondía. Lucerys se quedó quieto, esperando no ser rechazado, que no siguiera con esa farsa. Quería estar libre de fingir, de la mentira, solo durante unos momentos antes de entregar su vida. Poco a poco, los brazos de Harwin se movieron, envolviéndolo en otro abrazo, apretándolo contra su corazón.

 

—¿Y si me hace daño? —le preguntó Lucerys en un susurro.

 

Harwin lo miró y, con decisión, le cogió la barbilla, mirándolo directamente a los ojos.

 

—Nadie te va a hacer daño, nunca. ¿Me has escuchado? Yo siempre voy a estar aquí, siempre, estés en Desembarco, en Marcaderiva, voy a tener un ojo sobre ti... te protegeré hasta mi último aliento —le dijo Harwin emocionado—. Yo combatiría mil guerras por vosotros.

 

Lucerys sollozó, mientras una lágrima escapaba de su ojo. Por un momento se sintió pleno, feliz. No importaba lo que había fuera de la habitación, solo él y su progenitor. Sabía que no podría volver a llamarlo así una vez saliera, así que, volvió a decírselo mientras le daba un beso en la frente.

 

—Te quiero, papá.

 

La sonrisa de Harwin Strong cuando volvió a escuchar a Lucerys llamarlo papá, quizá fue la más grande que había habido en los Siete Reinos desde los tiempos de antes de la Conquista.

 

—Y yo a ti... hijo —le dijo mientras acunaba su mejilla una última vez, permitiéndose llamar, por primera vez, hijo a uno de sus descendientes, haciendo algo que llevaba queriendo hacer desde que Jacaerys nació.

 

Lucerys sonrió, mientras volvía a darse la vuelta y salía de la habitación, encontrándose con su madre ya preparada para ir al Septo. Rhaenyra miró la cara de su hijo, vio la emoción en su rostro, y vio en el fondo a Harwin secándose discretamente una lágrima. No sabía lo que había pasado, pero sentía la emoción en el ambiente.

 

Mientras tomaba la mano de Lucerys, le dijo al caballero:

 

—Mire, Ser Harwin, mi hijo se hace mayor.

 

El de rizos la miró, siempre con esa mirada de adoración, sonriendo antes de volver a posar su mirada sobre Lucerys.

 

—Estoy seguro de que, para sus padres, él siempre será un niño pequeño.

 

Y el corazón de Lucerys volvió a llorar de la nostalgia, del tiempo perdido, jurándose que atesoraría los momentos con el hombre que le había dado la vida, porque Lucerys Velaryon amaba a su padre.

Notes:

Quizás tengan razón y hayamos idealizado demasiado a Harwin en el Show.