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Contigo

Summary:

Quería contarle, mostrarle a Miles lo que le hizo, cuánto apreciaba Miguel este creciente vínculo entre ellos, pero las palabras se le escaparon. Miles esperó pacientemente y Miguel tenía fe en que el adolescente no lo presionaría. Que Miles le daría todo el tiempo si eso era lo que Miguel necesitaba.


Cinco veces en las que Miles demuestra su amor y la única vez en que Miguel lo devuelve.

Notes:

Songfic inspirado en la canción "Contigo" de Elefante.

Work Text:

Dame lo que esconde tu mirada
Y te doy el lado izquierdo de mi pecho
Dame lo que se te dé la gana
A tus pies el mundo entero por un beso

(...)

La fresca brisa de la noche alborotó sus mechones mientras se balanceaba entre los rascacielos. Miguel sólo quería volver a su apartamento y dormir un poco antes de despertarse de nuevo por la mañana.

Pero las cosas nunca salían como él quería.

Cuando Miguel aterrizó silenciosamente en la azotea, vio una figura sentada en el borde, rodeada de mantas. Manteniendo sus pasos silenciosos para no asustar a la persona, Miguel avanzó. Dejó escapar un profundo suspiro al ver al Spider-man más problemático que conoció.

Miguel se tomó unos momentos para observar al chico. Miles parecía tranquilo mientras bebía algunos sorbos de su termo, con los ojos fijos en las estrellas. Miguel casi odiaba tener que molestar al niño, pero era bastante tarde y se preguntó por qué seguía allí.

—Miles —exclamó, acercándose al adolescente, con sus pisadas lo suficientemente fuertes como para anunciar su presencia.

El chico apartó su mirada de las estrellas y se encontró con la de Miguel.

—¡Miguel! Volviste de patrullar —Miles le sonrió.

Miguel vaciló un poco ante la sonrisa que estaba dirigida a él. Era como si las estrellas en el cielo se vieran opacadas por el brillo de esa mirada color miel que eran los ojos de Miles.

—¿Qué estás haciendo aquí tan tarde?

—No podía dormir.

—Eso no responde a mi pregunta, Miles —el nombrado volvió su atención a las estrellas, permitiendo que sus labios se curvaran en una suave sonrisa.

—Es una noche hermosa.

—Es tarde. Deberías volver a tu universo, Miles.

—Ven a sentarte conmigo un rato —el adolescente dio unas palmaditas en el lugar a su lado.

Miguel vaciló y se pellizcó el puente de la nariz. Era obvio que Miles no quería irse, y Miguel no tenía la energía para discutir con el adolescente.

—No voy a morderte, Miguel —Miles se rió entre dientes.

Miguel suspiró y alborotó ligeramente el cabello de Miles antes de dejarse caer junto al adolescente. Ambos se sentaron uno al lado del otro, contemplando en silencio el cielo nocturno. La luna y las estrellas los bañaron en un brillo etéreo, mientras la brisa fresca los arrullaba en un trance pacífico.

Miguel se sobresaltó un poco cuando sintió algo cálido siendo presionado a su costado. Miles se había deslizado a su lado y ahora el niño estaba presionado contra él debajo de la cálida manta. Miguel ladeó la cabeza y levantó una ceja en señal de interrogación.

—Hace frío —Miles rodó los ojos, como si fuera tonto por cuestionar algo tan obvio.

Volvieron a quedarse en silencio, ambos perdidos en sus propios pensamientos. Miguel tuvo que admitir que era algo agradable. Estar sentado debajo del dosel de estrellas bajo las mantas con la calidez de una persona a su lado. Miguel no se había sentido tan plácido en mucho tiempo. Se deslizó contra la pared, apoyó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. No iba a dormir, sólo quería descansar un poco la vista.


Cuando volvió en sí, Miguel se sentía completamente descansado. Era un sentimiento que ya no recordaba. Parpadeó lentamente para abrir los ojos y fue recibido con el suave color pastel del cielo pintado en distintos tonos de rosas y naranjas.

Algo cálido acariciando su cuello desvió su atención del cielo de la mañana. Miles estaba acurrucado a su lado, con su rostro presionado contra el cuello de Miguel. Las mantas estaban esparcidas a su alrededor. Entonces, los acontecimientos de la noche anterior volvieron a Miguel. No había tenido la intención de quedarse dormido, pero lo hizo. Miguel miró su reloj para comprobar la hora. Eran las cinco de la mañana.

Sólo había dormido poco más de tres horas, pero se sentía renovado. Fue una de las mejores noches que jamás había dormido. Finalmente, se volvió hacia el adolescente que dormía a su lado. Era hora de despertar al niño.

—Miles, despierta —dicho adolescente se acurrucó más a su lado y Miguel resopló. Miles parecía completamente tranquilo mientras dormía. Miguel nunca había visto una expresión tan tranquila en el rostro del niño.

Sus oscuras mejillas estaban cubiertas de un ligero sonrojo y sus labios estaban fruncidos en un puchero. En ese momento, Miles no parecía alguien que enfrentara villanos con regularidad, que había visto los horrores del mundo demasiado pronto. Parecía suave, inocente y lindo .

Miguel sacudió la cabeza para aclarar sus pensamientos. Necesitaba volver a la base antes de que alguien lo viera. Quería evitar la atención no deseada de los demás Spider-man y, Dios no lo quiera, de Peter.

—Miles —esta vez habló un poco más fuerte y le dio un codazo en el hombro al niño. El adolescente arrugó la cara molesto por el disturbio—. Vamos, tienes que despertar. Son las cinco de la mañana.

—¿Miguel? — murmuró Miles, frotándose los ojos. Y Miguel quería envolverlo en sus brazos y esconderlo del mundo.

Se quedó paralizado por un segundo, cauteloso por la dirección que estaban tomando sus pensamientos. Afortunadamente, se distrajo cuando el niño finalmente se dio cuenta de la situación en la que estaba.

—¡Miguel! Lo siento —Miles se alejó de él como si quemara. El niño volvió a estar nervioso y a Miguel no le gustó.

—Está bien. Bajemos —se puso de pie y tomó las mantas del suelo. Ambos rápidamente recogieron todo y bajaron las escaleras.

El lobby estaba casi vacío y Miguel se giró hacia su oficina cuando sintió una pequeña mano aferrarse a su brazo.

—¿Sí? —preguntó, volviéndose hacia el adolescente.

—Gracias por quedarte conmigo anoche —Miles sonrió, con sus ojos arrugándose en las comisuras—. Realmente disfruté la compañía —terminó y abrió un portal rápidamente, volviendo a su universo.

Miguel tuvo que estar de acuerdo en que fue una noche hermosa y no negaría que la compañía fue igual de maravillosa.

Te regalo toda la luz de la luna
Mi pasado, mi fortuna
Mi futuro, mi razón

(...)

Contrariamente a la creencia popular, a Miguel le encantaba ser Spider-man. 

Sin embargo, corregir y revisar cientos de reportes de misiones tanto exitosas como fallidas, era un dolor de cabeza. Eran las dos de la mañana y apenas había leído algunos cuantos reportes. Y era en momentos como estos en los que cuestionaba su decisión.

Miguel fue sacado de sus cavilaciones por unas suaves pisadas que se acercaban. Miró hacia los sonidos y encontró a Miles entrando de puntillas a su oficina.

—Miles —dijo desde arriba.

—¡Miguel, hola! —el niño lo saludó con una mano mientras se acercaba.

—¿No puedes dormir?

—No —respondió Miles frotándose la nuca.

Miguel tarareó una afirmación y volvió a seguir leyendo los reportes. Escuchó más de lo que vio a Miles lanzar una telaraña y columpiarse hasta subir a donde estaba Miguel. Frente a él, Miles dejó una taza humeante de té de manzanilla en el escritorio. Levantó la vista de los papeles hacía Miles, que estaba de pie torpemente a su lado, con otra taza en la mano.

—Sé que prefieres el café, pero es bastante tarde y no quiero que arruines tu ciclo de sueño más de lo que ya está.

Miguel asintió en reconocimiento y tomó un sorbo, el líquido instantáneamente calentó sus huesos y se instaló cómodamente en su vientre.

—Gracias, Miles.

—De nada.

El adolescente se sentó en el escritorio a lado suyo, bebiendo su té. Se sentaron en un cómodo silencio por un momento antes de que Miguel lo rompiera.

—¿No irás a la azotea esta noche?

—No, pensé en hacerte compañía un rato.

Miguel tarareó y volvió a su trabajo, tomando ocasionalmente sorbos de su té. Después de un rato, Miguel se sobresaltó cuando sintió unos dedos pasando por su cabello.

—¿Miles? —cuestionó sin volverse solo alejándose de las manos en su cabello.

—Relájate —dijo Miles, poniéndolo de nuevo en posición—. Sólo déjame ayudarte.

—¿Ayudarme con qué?

—Haces demasiado por todos nosotros, déjame hacer algo por ti por una vez. ¿Por favor? —suplicó Miles, presionando hacia atrás. Miguel estaba demasiado atónito ante la petición como para evitar ser manipulado. Cuando salió de su ensoñación, estaba recostado en su silla y el niño estaba masajeando suavemente su cuero cabelludo y sus hombros.

—No tienes que hacer nada, Miles.

—Lo sé, pero quiero hacerlo. Ahora, shh —qué audacia tenía este mocoso. Miguel sintió que su cabeza se inclinaba suavemente hacia atrás. Miró los ojos miel que brillaban de alegría y algo más que no podía descifrar—. Simplemente relájate y disfruta.

Miguel sintió sus dedos pasar por sus cabellos desordenados y luego bajando para masajear su cuello tenso, las yemas de sus dedos aplicando la cantidad de presión adecuada y trabajando hasta sus sienes.

Cuanto más pasaba Miles masajeando su cabeza, más se relajaba Miguel. Ahora estaba apoyado pesadamente contra su silla. Trató de guardarse sus gemidos de satisfacción para sí mismo, pero algunos ruidos escaparon de sus labios involuntariamente causando que el adolescente se riera entre dientes.

Miguel no podía reprender al adolescente. En ese momento, sentía como si estuviera flotando entre las nubes. Sentía la cabeza ligera y libre. En ese momento no tenía ninguna preocupación en el mundo. No tenía que pensar en Lyla y Peter molestándolo con sus payasadas. Para él, en ese momento, todo era perfecto.

Miguel no se dio cuenta cuando comenzó a quedarse dormido. Sintió que le colocaban una almohada debajo de la cabeza y le cubrían con una manta cálida. Se acurrucó más en la almohada, acercó la manta y se quedó dormido. Apenas registró el susurro de buenas noches y el roce de algo suave contra su sien.

Esta noche no la cambio por ninguna
Si esta vida es solo una
Contigo sabe mejor

(...)

Miguel estaba terminando otra jornada diaria, tras revisar cientos de reportes de misiones exitosas y fallidas, finalmente tendría un poco de paz y tranquilidad, al menos por esta noche.

Pero, por lo visto las vacaciones eran un concepto inexistente para él.

Era bastante tarde, por lo que luego de un rato, decidió salir de su oficina para comer algo, estaba hambriento. Apenas llegó a la cocina del cuartel, escuchó un fuerte estrépito a sus espaldas. Al darse la vuelta, fue recibido con un Miles inmóvil y un montón de vasijas y utensilios de cocina esparcidos por el suelo.

Miguel no podía creer que se hubiera olvidado de que Miles había optado por quedarse para ayudar en la sede durante sus vacaciones de la escuela. Dejó escapar un suspiro internamente. Con Miles Morales cerca, sabía que era una tontería esperar algo de paz y tranquilidad.

—Miles, ¿qué estás haciendo?

Antes de que el adolescente pudiera responder, una pequeña Mayday de tres años corrió hacia la cocina. Miguel los miró a los dos y arqueó una ceja. Miles sonrió tímidamente y levantó una mano para frotarse la nuca.

—Peter quería que cuidara a Mayday por hoy, así que íbamos a hornear algunas galletas.

Miguel dejó escapar un largo suspiro. No le pagaban por esta mierda, pero quería descansar un poco y, por lo tanto, no era su problema.

—No quemes nada —ordenó y rápidamente salió de la cocina.


Miguel pasó la siguiente hora descansando en el sofá, tratando de concentrarse en la conversación con el holograma de Lyla que tenía delante.

En su defensa, estaba demasiado distraído por los diversos sonidos provenientes del piso de abajo. El ruido de las ollas, el zumbido de la batidora y los cubiertos chocando entre sí, pero entre todo eso también estaban los sonidos de Miles y Mayday riendo. Sólo por esa razón, Miguel no entró en la cocina y detuvo el alboroto que estaban causando.

—Mierda —maldijo.

Fue cuando se percató de que la sala común se llenaba de humo que Miguel se olvida de su conversación con Lyla y corre rápidamente a la cocina, encontrándola envuelta en humo y el olor a azúcar quemada en el aire. Camina a ciegas por la cocina y enciende la ventilación.

Cuando el humo se disipa, Miguel se encuentra frente al horno que todavía escupía humo negro mientras Miles sostenía una bandeja de galletas quemadas. Miguel les ordenó a ambos que se ducharan mientras él se ocupaba del desorden.

Era demasiado pedir una sola noche de descanso, ni siquiera habían pasado dos horas. Para cuando los pequeños monstruos regresaron, Miguel ya había terminado de limpiar la cocina y despejar el humo por completo.

Miguel se giró para mirar a los dos creadores del caos, pero al hacerlo, las palabras se esfumaron de su boca. Miles lo estaba mirando con unos ojos de ciervo de lo más adorables. Miguel sintió algo apretarse en su pecho al verlo.

Mayday, tenía exactamente la misma mirada, y Miguel tuvo que contenerse.

—Miles, deja de mirarme así. No funcionará —reprendió al adolescente y se volvió hacia Mayday—. Y usted, señorita —la señaló—. Deja de ser tan linda como Miles.

Mayday solo se rió, pero Miles lo miraba de manera extraña y ¿se estaba sonrojando?

—¿Lindo? —el adolescente preguntó.

¡Espera, ¿qué?!

El cerebro de Miguel se detuvo bruscamente una vez que se dio cuenta de lo que había dicho. Había llamado lindo a Miles Morales. Miguel tenía que admitir que en realidad  se moría por abrazar al adorable adolescente y jugar con su cabello...

¡Detente!

Miguel sacudió la cabeza para deshacerse de esos pensamientos.

—Lo siento, M-Miles. No debería haber dicho eso —se disculpó.

—Realmente no me importa cuando me llamas así —Miles murmuró tímidamente, sonriendo y mirando a Miguel por debajo de sus pestañas. Miguel miró al niño y notó con cierta satisfacción que él no era el único que se sentía nervioso.

Miguel sintió ese apretón en su pecho nuevamente.


Tomó un tiempo, pero Miguel y Miles superaron la extraña pero agradable tensión flotando entre ellos y volvieron a la tarea en cuestión. Hornear galletas.

Miguel guio a Miles a través del proceso, con una pequeña ayuda de Mayday a mezclar cosas para satisfacerla, pues el fiasco anterior había retrasado el proceso y cuando terminaron con la masa, ya era casi de madrugada.

Mayday se aburrió después de un tiempo y se fue a jugar con sus juguetes. Mientras tanto el dúo continuó en silencio, moviéndose uno alrededor del otro y trabajando en conjunto.

Después de un rato, ambos se encontraron apoyados contra el mostrador, tomando un descanso. Miguel se maravilló de lo fácil que era cocinar con Miles. Lo que le hizo recordar la forma en la que solía hacer lo mismo con Gabriella. Al pensar en ella, Miguel se perdió en sus pensamientos.

Miguel miró a Miles y descubrió que el adolescente ya lo miraba con una suave sonrisa en su rostro.

—¿Qué?— preguntó Miguel.

—Eso fue divertido —respondió Miles.

Miguel volvió a sentir ese tirón en su pecho, pero no le prestó mucha atención. Pasaron unos minutos más hasta que las galletas estuvieron listas. Mayday se quejó un poco porque quería probar primero las galletas, y por mucho que Miguel intentara, no pudo esperar.

Pero Miles le dijo una sola vez que Mayday debía esperar, sonriendo alegremente, y la pequeña estuvo de acuerdo. Miguel quedó atónito, tanto por la rapidez con la que Mayday aceptó como por la brillante sonrisa de Miles. El hombre se encontró disfrutando del momento. El día hasta el momento había sido caótico, pero también muy doméstico e íntimo.

Miguel descubrió que no le importaba en lo más mínimo.

Podría acostumbrarme a esto , sonrió para sí.

Dame el universo de tu cama
Y te doy mi vida entera y mucho más
Dame alguna de tus madrugadas
Y te doy mi corazón por la mitad

(...)

Miguel y Miles comenzaron a entrenar juntos hace algunos meses, y hasta ahora todo había ido bien. El adolescente era excepcional esquivando ataques y Miguel se centró en ayudar a Miles a mejorar esas habilidades.

A lo largo de sus años como Spider-man, muy pocas cosas llegaban a sorprenderlo ahora, pero esta vez, Miguel quedó impresionado por la rapidez con la que Miles analizaba los movimientos de Miguel. Y aún más sorprendente fue la facilidad con la que el adolescente utilizó esa información para actualizar su propio estilo de lucha.

Miguel disfrutó las sesiones de entrenamiento, había pasado tiempo desde que tenía un nuevo compañero, especialmente uno que era tan rápido y astuto, lo que le dio a Miguel una razón para no contenerse. No se sorprendió cuando Miles pudo defenderse, como aquel día luego de conocerse en persona por primera vez, incluso a ese nivel. Honestamente, no esperaba menos del adolescente.

Ese día, como cualquier otro, estaban entrenando, cuando por alguna razón Miles perdió la concentración por solo una fracción de segundo y aterrizó sobre su brazo izquierdo en un ángulo extraño. El adolescente se desplomó sobre la colchoneta con un grito de dolor.

Miguel no necesitaba una licencia médica para adivinar que era una obvia fractura. A pesar de las protestas de Miles, Miguel cargó al adolescente en sus brazos y se dirigió tan rápido como pudo a la enfermería. Dejó escapar un resoplido de sorpresa cuando sintió que Miles se acurrucaba contra él y acariciaba con su nariz la curva del cuello de Miguel. Sintió que las terminaciones nerviosas en esa área quemaban ante el contacto.

Ahora no es el momento de pensar en eso , se reprendió Miguel mentalmente.

En la enfermería, Jess le entregó un par de pastillas para el dolor. Ni siquiera un minuto después de tomarlas, Miles quedó inconsciente. Miguel no quería dejar al niño solo y por la forma en que todavía sostenía su mano, parecía que no tenía otra opción.

Rápidamente le envió un mensaje de texto a Peter en el chat grupal, diciéndole que hoy no podría cuidar de Mayday, pidiéndole a Gwen que lo cubriera. Después, Miguel acercó una silla al lado de la cama y se sentó. Se inclinó hacia adelante, cruzó los brazos sobre la cama, apoyó la cabeza en sus brazos y se quedó dormido.


Miguel fue despertado horas después por un incesante golpe contra su mejilla. Abrió los ojos y se echó hacia atrás de inmediato, provocando que Miles se riera. El sonido era lindo y Miguel no pudo evitar la ola de cariño que surgió dentro de él.

—Migueeel, tu barba ya está creciendo, me hace cosquillas cuando la toco —le informó Miles. Tal parece que los analgésicos hicieron que Miles se volviera loco.

Miguel se sentó perfectamente quieto en su asiento, mientras Miles pasaba sus dedos por todo su rostro. Cada roce dejaba un rastro de fuego bajo su piel. Miguel sintió que algo le apretaba el pecho, dificultándole la respiración. Ambos permanecieron así por un largo tiempo. Hasta que el adolescente tiró de Miguel hacia la cama y lo empujó sobre el colchón.

Trató de resistirse, pero el puchero en el rostro del adolescente hizo que Miguel cediera a la demanda. Miguel levantó su brazo mientras el adolescente se hundía a un costado suyo. Miles usó su pecho como almohada y Miguel dejó que su brazo cubriera la espalda del adolescente.

Cuando Jess volvió para ver cómo estaban, acompañada de Mayday y los demás, encontraron al dúo profundamente dormido, abrazados.

Peter tomó fotografías mientras Mayday se mostraba un poco molesta porque sus tíos Miggy y Mimi se estaban abrazando sin ella y Jess no la había dejado unirse a ellos. Después de tomar muchas fotografías y adular al dúo dormido, el séquito los dejó descansar.

Te regalo toda la luz de la luna
Mi pasado, mi fortuna
Mi futuro, mi razón

(...)

Últimamente, Mayday solía estar especialmente unida a Miles, más de lo habitual.

Ambos habían convertido la oficina de Miguel en su refugio personal, dejando mantas y juguetes esparcidos por todo el lugar.

Después de una de sus sesiones de entrenamiento, donde Miles finalmente logró inmovilizar a Miguel (recordarlo hizo que el hombre se sonrojara profundamente), ambos regresaron y fueron a darse una ducha rápida. Siempre terminaban cuando Peter llegaba para dejar a Mayday con ellos antes de una misión, mientras Miguel y Miles generalmente procedían a traer el desayuno.

Sin embargo, este día parecía que había un cambio de planes.

Cuando Miguel regresó a su oficina después de ducharse, encontró a los dos mocosos envueltos en abrigos y bufandas. Miguel inmediatamente suspiró, sin querer participar en cualquier cosa que estuviesen tramando.

—Lo que sea que estén planeando hacer, no me involucren.

—¡Miguel! —Miles se quejó con sus enormes ojos de ciervo.

No voy a caer en la trampa , pensó Miguel y se cubrió la cara con las manos. Sin embargo, Mayday y Miles tenían otros planes.


Una hora más tarde, el trío se encontraba en un centro comercial, afortunadamente con poca gente. Miguel estaba más que contento por ello; no podría haber soportado que el centro comercial estuviera abarrotado de gente.

—¿Por qué estamos en el centro comercial? —Miguel refunfuñó.

—Quería comprar algunas cosas —dijo el joven. Luego miró a Mayday, ambos sonriendo con complicidad—. Mayday y yo también venimos a recoger un pedido.

Miguel simplemente dejó escapar un suspiro y se dejó arrastrar por el centro comercial. Miguel se quedó esperando en el frente de la tienda mientras el dúo problemático examinaba los productos. Miguel se rió con cariño, el tirón en su pecho ahora era mucho más fuerte.

Finalmente, las pequeñas arañas regresaron al mostrador de enfrente, con sus canastas llenas hasta el borde con diversos productos, y Miguel se dirigió a pagar. Pero Miles lo detuvo.

—Miguel, no tienes que pagar —Miguel ignoró al adolescente y sacó su tarjeta de su billetera—. ¡Miguel, por favor! —Miles tiró de su brazo—. No puedo dejar que pagues.

Miguel arqueó una ceja.

—¿Y por qué no puedes dejarme pagar? —Mayday los interrumpió.

—El tío Mimi te compró un regalo tío Miggy. No puedes pagar tu propio regalo —la niña los miró a ambos como si estuvieran siendo estúpidos.

Miguel miró a Miles y encontró al niño sonrojándose profundamente.

—¡Mayday! ¡No puedes revelar la sorpresa así! —el adolescente reprendió suavemente a la pequeña.

Miguel tampoco lucía diferente; podía sentir el calor subiendo por sus mejillas y rápidamente apartó la mirada.

—Bueno, entonces los espero afuera —les dijo y salió corriendo de la tienda. No, no corrió, simplemente caminó rápidamente. Hay una gran diferencia.

Miguel se cubrió la cara con las manos, deseando que el sonrojo desapareciera. ¡Tenía más de 30 años, carajo! No podía comportarse así, especialmente en respuesta a algo que hizo Miles. En las últimas semanas ya había cruzado el límite… ¡Dios! Miguel dejó que las líneas se desdibujaran por completo.

Tengo que poner fin a esto , pensó con tristeza. La idea hizo que su pecho se contrajera dolorosamente.

Miguel fue apartado de sus pensamientos cuando Miles y Mayday salieron de la tienda, ambos con bolsas llenas de productos. Miles le sonrió alegremente y Miguel ya podía sentir que su resolución anterior se desmoronaba.

Caminaron frente a diferentes tiendas, Miles y Mayday comentaban varias cosas que llamaron su interés mientras Miguel los seguía en silencio, perdido en sus pensamientos.

Nunca había sentido emociones tan abrumadoras y no sabía cómo manejarlas. Quizá podría preguntarle a Jess o Peter, pero ambos eran una amenaza y sabía que se burlarían de él. Podía preguntarle a Hobart, pero ese hombre iba a contarle a todos sus conocidos y no podía arriesgarse a que Miles lo descubriera. Al final parece que tendrá que afrontarlo sin ayuda alguna.

El dúo problemático dejó de caminar de repente, ambos vibrando de emoción. Miguel miró el área que estaban señalando y vio un fotomatón. Miguel se alejó lentamente de ambos, con la esperanza de escapar antes de que se dieran cuenta. No tuvo tanta suerte.

Miles se dio cuenta antes de que pudiera dar dos pasos, Miguel no tuvo más remedio que congelarse cuando Miles se aferró a su brazo repentinamente.

—¿Quieres parar, por favor?

—No, a menos que te tomes algunas fotos con nosotros —respondió el adolescente.

Miguel sabía que podía deshacerse fácilmente del adolescente si realmente quisiera, también sabía que Miles sabía eso...

¿Acaso tengo elección?

Refunfuñando y quejándose, los siguió de mala gana hacia el fotomatón. Los dos niños seleccionaron varios accesorios y charlaron animadamente. Eso fue hasta que Miguel fue arrastrado a la cabina, con una diadema con orejas de gato colocada en su cabeza y gafas de sol cómicamente grandes de color rosa intenso colocadas en su nariz.

Miguel esperó unos minutos, impacientándose a cada segundo, queriendo terminar ya con esta humillación. La cortina se abrió para revelar a Miles y Mayday vestidos con imitaciones del traje de Spider-man de Miguel.

Miguel sintió que su corazón se detenía ante la vista. Mayday parecía más que adorable, la necesidad de tomar a la niña en sus brazos lo abrumaba, así que el hombre caminó hacia adelante, acercando a la niña a su pecho y dándole un suave beso en la cabeza. Le recordaba tanto a Gabriella.

No podía negarlo, siempre tuvo algo de celos de Peter, desde el momento en que Peter dejó a Mayday en varias ocasiones bajo su cuidado. Luego de perder a Gaby, se había cerrado tanto en sí mismo para no dejar que le afectara, pero desde que Miles llegó a su vida poco a poco había dejado caer esos muros.

Fue el sonido de un clic el que interrumpió el momento, Miguel se separó del abrazo para encontrar a Miles mirándolos a los dos tímidamente, sosteniendo su teléfono. Miguel no supo identificar el sentimiento que corrió por sus venas al ver a Miles. Es muy diferente a la sensación que tiene al ver a Mayday, pero igual de embriagadora y fuerte.

Miguel dio un paso más hacia el adolescente, haciendo que el niño levantara la cabeza. Unos ojos color miel lo miraron debajo de sus pestañas y Miguel dio otro paso más hacia él. Sintió unos brazos familiares rodear su torso, el adolescente presionó su barbilla contra el pecho de Miguel, inclinando aún más su cabeza para mantener el contacto visual.

Miguel sintió que se le cortaba la respiración mientras miraba los ojos enmarcados por largas pestañas, su mano se acercó a una mejilla oscura y pecosa mientras la otra acercaba al adolescente hacia él. El tiempo pareció detenerse mientras Miguel se perdía en las profundidades de esos ojos. El miedo, el anhelo y algo que no estaba preparado para nombrar lo recorrieron y lo marearon.

La pareja no se dio cuenta de cuánto tiempo estuvieron abrazados, solo se separaron cuando Mayday tiró de los pantalones de Miguel. De repente, los sonidos se filtraron nuevamente y el aire atravesó rápidamente sus pulmones. Finalmente, Mayday los arrastró a los dos al fotomatón. Los tres se metieron en la pequeña cabina y cerraron la cortina a su alrededor una vez más. Miguel fue empujado hacia la esquina más alejada, Miles tomó el otro extremo con Mayday apretujada entre ellos.

El cronómetro comenzó su cuenta regresiva y los dos mocosos rápidamente discutieron varias poses que podían hacer. Miguel por su parte se sentó en un rincón, tratando de que su cara no pareciera tan de mal humor.

La primera ronda terminó con una tira de fotos donde Miles y Mayday parecían estar pasando el mejor momento de sus vidas, posando infantilmente y haciendo muecas mientras Miguel, de aspecto no tan gruñón, los observaba. A pesar de la cara que estaba poniendo, estaba claro como el día el cariño que brillaba en esos ojos rojizos mientras miraba al dúo.

Tomaron un par de tiras de fotos más, una haciendo poses más elaboradas, otra con solo Miles y Mayday, con Miguel siendo expulsado de la cabina con gusto.

Lamentablemente, lo arrastraron hacia adentro una vez más y esta vez lo colocaron en el centro con los dos niños sentados en su regazo. Miguel no pudo detener el suave movimiento de sus labios ante las travesuras de ambos. La tira de fotos esta vez había logrado capturar la suave sonrisa de Miguel, e hizo que Miles saltará de alegría.

Miguel tenía una reputación que mantener, no podía permitir que la gente pensara que fuera débil, incluso si fuera Miles.

—¿Cómo puedes estar tan feliz tan temprano? —refunfuñó, tratando de desviar la atención de las fotografías.

—¡Oh, vamos, es divertido! Apenas va a ser mediodía, no es temprano. Además, ¡sonreíste! Lo vi, así que ni siquiera te molestes en negarlo.

Miguel miró hacia otro lado, refunfuñando en voz baja, quedándose sin palabras.

—Miguel, no hagas pucheros.

—No estoy hacien-… —Miguel fue interrumpido cuando sintió unos suaves labios presionar contra la comisura de su boca.

Antes de que Miguel pudiera procesarlo, Miles se alejó corriendo, arrastrando a Mayday con él.

Esta noche no la cambió por ninguna
Si esta vida es solo una
Contigo sabe mejor

(...)

Miguel caminó lentamente por el comedor de la sede para dirigirse a la cocina. Mientras esperaba su café, se concentró en lo que hablaban algunos Spider-man. Sus voces eran lo suficientemente fuertes como para lograr oírlas desde la cocina.

Parecía como si estuvieran jugando un juego de nunca-nunca . Todos gritaban, bromeaban y reían entre ellos mientras bebían, hasta que Pavitr se levantó y los calmó a todos. Miguel ya tenía un mal presentimiento sobre esto. Estaba contemplando si interferir o no, cuando el chico ya había hecho su pregunta.

—Nunca me he enamorado...

El joven miró a cada uno de sus amigos, pero los ojos de Miguel estaban fijos en Miles. Como si sintiera su atención, los ojos miel se deslizaron hacia él, Miles levantó lentamente un vaso y tomó un largo sorbo.

Miguel no podía apartar la mirada, su corazón latía con fuerza en su pecho.

Vagamente vió a Gwen haciendo un escándalo por Miles, todo en lo que Miguel podía concentrarse era en los ojos fijos en los suyos. Miguel sintió como si estuviera en caída libre pero flotando al mismo tiempo.

Los amigos de Miles comenzaron a bombardearlo con preguntas, algunas exigiendo saber más sobre la persona que le gustaba. Miles continuó sosteniendo su mirada mientras hablaba.

—¡No quiero decir quién es, pero es genial! Tal vez parezca incluso un poco gruñón y grosero, pero es alguien realmente dulce, atento y afectuoso, siempre está ahí para brindarme apoyo inquebrantable cuando las cosas se ponen difíciles. ¡Él es perfecto!

Miguel salió corriendo de ahí, olvidándose por completo de su café o de que los demás pudieran verlo. Todos estaban demasiado ocupados con Miles como para notar la forma en que Miguel huía del lugar. Necesitaba alejarse.

Mientras salía del edificio y comenzaba a columpiarse entre los rascacielos, respiró hondo, deseando que su acelerado corazón se calmara. Le tomó un tiempo, pero finalmente Miguel se calmó lo suficiente como para pensar racionalmente. Dejó escapar un resoplido ante esa idea, desde que Miles entró en su vida, fue como si toda la lógica y la racionalidad se hubieran ido por la ventana.

Sin embargo, nada de eso importó, porque Miguel supo desde el principio que Miles era diferente. Desde el incidente con Spot, Miles siempre ha ido más allá de sus expectativas. Realmente no tenía sentido negar lo que ahora era evidente. Miguel lo supo en el centro comercial la semana pasada, pero tenía demasiado miedo de siquiera considerar lo que estaba sintiendo.

La semana pasada, Miles y él volvieron a actuar con normalidad. A pesar de que nada cambió mucho, había una pesada capa de tensión que los rodeaba. A veces se volvía demasiado y Miguel sentía que se estaba asfixiando, pero aparte de eso, para una tercera persona todo era igual. Miguel pasó toda la semana tratando de no concentrarse en esa tensión que era obvia para él.

Intentó no pensar en labios suaves, intentó no pensar en los brazos delgados pero fuertes que lo rodeaban. Por mucho que intentara, o por poco que lograra, mantener esos pensamientos a raya, por la noche sus sueños estaban llenos de ellos.

Después de esa descarada confesión de Miles, Miguel supo que no podía negarlo más. No había manera de que pudiera detenerse.


Miguel pasó el resto de la tarde tratando de decidir qué hacer a continuación. No quería hacer algo estúpido. Como alguien que nunca estuvo realmente interesado en las relaciones, sabía la suerte que tenía con Miles.

Miles era la encarnación del sol, era hermoso y amable, una presencia cálida cuando mostraba su amor. Fue creado para edificar a las personas, nutrirlas, darles energía y ayudarlas a crecer. ¡Maldita sea! , pensó Miguel mientras terminaba su patrulla, dejando que sus pensamientos se alejaran de Miles.

Cuando Miguel llegó al balcón de su apartamento en lo alto de la sede arácnida, pudo escuchar un débil sonido de música. Recordaba vagamente haber escuchado algo similar la primera vez que estuvo en el techo junto a Miles.

Miguel rápidamente se dirigió hacia el sonido y encontró al tema de sus pensamientos sentado en el sofá, envuelto en un montón de mantas. El adolescente sostenía una taza de lo que parecía ser chocolate caliente, y el teléfono a su lado era la fuente de la música. Miguel, sin decir palabra, se dejó caer al lado del adolescente.

Miles se apoyó contra él, recostando su cabeza sobre su hombro. Miguel movió su brazo para rodear sus hombros y acercó al adolescente a su pecho. Pasó un rato antes de que Miles rompiera el silencio a su alrededor.

—¿Quieres hablar de ello o necesitas más tiempo?

A pesar de lo firme que era la voz de Miles, el temblor en sus manos le dijo a Miguel lo nervioso que estaba el adolescente.

Miguel podría identificarse. Aunque la noche era una imagen de tranquilidad, su corazón era todo lo contrario. Quería contarle, mostrarle a Miles lo que le hizo, cuánto apreciaba Miguel este creciente vínculo entre ellos, pero las palabras se le escaparon. Miles esperó pacientemente y Miguel tenía fe en que el adolescente no lo presionaría. Que Miles le daría todo el tiempo si eso era o que Miguel necesitaba.

¡Dios! Se suponía que él era el adulto y, sin embargo, aquí estaba, comportándose como un gatito asustado.

Sin estar seguro de qué más hacer, Miguel tomó sus suaves mejillas entre sus manos y se inclinó. Apenas rozó sus labios con los de Miles, pidiendo permiso en silencio. Cuando el adolescente le devolvió un casto beso, Miguel se abalanzó.

Juntó sus labios contra los de Miles y vertió en ellos cada gramo de emoción que tenía. Toda la confusión, frustración, amor y adoración que sentía por el adolescente, lo vertió en el beso.

Miguel sólo podía esperar y rezar para que su mensaje fuera transmitido. Miles, por su parte, le devolvió el gesto con igual fervor y demasiado pronto, tuvieron que separarse para recuperar el aliento. Ambos se miraron el uno al otro, con los labios brillando con saliva y el pecho agitado. Permanecieron así hasta que se calmaron y sus corazones acelerados volvieron a la normalidad.

Miguel se recostó sobre el sofá, arrastrando a Miles con él. El adolescente estaba tendido sobre su pecho y el hombre los cubrió a los dos con la manta.

—Te amo —susurró Miles en la noche.

Miguel sintió que su rostro se dividía en una suave sonrisa, mientras su corazón saltaba en su pecho. Se inclinó y dejó un último beso sobre su frente.

—Te amo, Miles.

Dame una esperanza
Dame noches que no acaban
Un beso robado
Un pecado, una canción
Y no digas nada, sé mi luz de madruga
Mis latidos, mis sentidos, mi respiración