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Careful, Hux

Summary:

Ainara trabaja en la Starkiller y su ascenso la lleva a una relación secreta con cierto General. Kylo Ren debe mantenerla a salvo por dos semanas durante las cuales descubre que este complicado Caballero es demasiado interesante como para ignorarlo.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Todo estaba hecho un caos. Caos es una palabra que define una situación de descontrol, ruido, desorden, incertidumbre… Normalmente acompañado de bullicio, ajetreo de gente moviéndose de un lado a otro, a veces sin rumbo concreto. Un murmullo molesto que penetra en tus oídos y te contagia de esa sensación: nervios, náuseas, adrenalina y miedo. Miembros de la defensa de la Primera Orden, de todos los rangos, departamentos y competencias. Cada uno de ellos dando tumbos hasta encontrar su arma, su transporte o su grupo de ataque.

Ainara Wiles, una joven ex-empleada del sector de comunicaciones de la nave, se encontraba en mitad de este caos. Su desorientación la llevó a un estado de parálisis y desconcierto que la impedía reaccionar. Todo empezó con una alarma, un sonido estruendoso, que escandalizaba cada rincón de la base Starkiller. Se trataba de un ataque, eso era evidente, pero también podía tratarse de una posible evacuación, y nadie nunca le había comunicado qué hacer en este caso. En cualquier caso, su posición era ciertamente privilegiada.

Hace ya un año y tres meses, fue solicitada, junto con dos de su mejores y más íntimos amigos dentro del grupo de trabajo, al despacho del mismísimo General Hux, la persona con más importancia de la Primera Orden. Acompañados por su inmediato superior, fueron elogiados por su eficiencia y ascendidos en categoría y privilegios. Por algo fueron reclutados desde muy jóvenes para ser entrenados y alistados en la orden, para ser los mejores en lo suyo. Tras la breve visita, se excusaron con permiso, excepto por Ainara, que salió de allí algo más tarde, con una sonrisa y un ascenso exclusivamente reservado para ella: asistente personal de Hux.

Su cualificación casi excelente la situaba en el primer puesto de los candidatos a esta labor. Eficiencia y buen hacer siempre acompañados de la total lealtad y afán de lograr su objetivo. Disciplina y organización eran como instintos de primera naturaleza para la aplicada joven, por ello fue elegida como la persona perfecta para este puesto, casi nacida para ello. Ese día se permitió lucir una capa de felicidad y orgullo sobre sus hombros.

El primer día, nerviosa como el que más, se dirigió al despacho de su nueva misión, el general. Durante las primeras dos semanas se adaptó no solo al ambiente sino a la persona, un hombre serio no, lo siguiente. Entregado a la Primera Orden hasta la última célula de su cuerpo. Siempre con una apariencia impoluta, pulcra, perfecta. Traje a la medida, distintos modelos para distintas ocasiones, pero siempre la misma actitud recta, disciplinada, perfecta. Imagen igualmente impecable, culpemos a los genes o al destino, por aportarle esa celestial y también perfecta estructura facial y rasgos físicos. Definitivamente, había nacido para ser un líder y tener poder sobre los demás.

Con el tiempo, jornada tras jornada, encargo tras encargo, Ainara se cercioró de conocer a Hux, y buscar la forma de satisfacer cada necesidad que éste le pedía. De forma inconsciente, se vio casi inmersa, absorta en el hombre en sí, mayoritariamente durante esos momentos en que no tenía más que hacer que limitarse a esperar en su pequeño escritorio, observando discretamente cada minúsculo, mínimo movimiento del militar. Tras varias semanas, se podría decir que había estudiado por completo la anatomía de un general de la Primera Orden. Desde esos gestos de superioridad al hablar con subordinados, hasta esa pequeña mueca de orgullo mientras observa desde el puesto de mando el buen funcionamiento de la Starkiller, con las manos echadas hacia atrás, descansando en la curva de su espalda.

A partir del segundo día la habían trasladado a la habitación conjunta a la suite del general Hux en la planta reservada para personal de más alto rango, que incluía al hombre en cuestión, al líder de los Caballeros de Ren, Kylo Ren, y a la capitana Phasma. Así como ésta última parecía ciertamente humana, el segundo era la representación gráfica del temor y respeto que la galaxia debe tener hacia la Primera Orden. Un enigma en persona, una presencia elegante y maligna que nadie se atrevía a desafiar, a excepción de cierto general. No era raro para Ainara presenciar a menudo pequeñas pero intensas rencillas entre ambos, que se batían en duelo de titanes hasta que uno cedía. Al fin y al cabo, ambos respondían al mismo hombre, el Líder Supremo Snoke. Nadie salvo ellos lo habían conocido en persona.

Mientras que la chica vivía fascinada por su nuevo y atractivo trabajo, éste pasaba por algo semejante. Al principio ignoraba que alguien como él sucumbiría a sentimientos tan banales y poco productivos, de hecho no le dio importancia. Pero hubo un instante, al cabo de un mes de convivir con esta agradable y responsable joven a su lado casi las veinticuatro horas del día, en que quizá sintió cómo una ráfaga de calor trataba de ablandar la superficie de su blindado corazón, subordinado a la razón desde que su memoria recuerda.

Un rasgo muy personal que los caracterizaba a ambos, era la introversión de emociones. Estímulos secundarios reservados para el cajón de desechos. Inservibles. Fuente de distracciones. Zona prohibida. Y es por esto que, cuando cayeron en la cuenta de que miraban al otro más segundos de lo necesario, como absorbiendo la imagen cual agua en el desierto, o cuando en momentos de intimidad y privacidad de la noche, en sus respectivas fortalezas, sus mentes se dejaban llevar a esas imágenes, fotografías mentales estudiadas al detalle, visualizando a la persona que su subconsciente había elegido como objeto de deseo, los dos se negaron a hacer algo al respecto como último acto de defensa.

Dos meses de tensión e incomodidad los hicieron trabajar con cierta dosis de estrés adicional causada por un subconsciente caprichoso, aliado con las cálidas emociones que surgían cada vez que interactuaban, demasiado a menudo para el bienestar de Ainara y el general. La situación iba a peor y Hux, como hombre de decisiones prácticas y efectivas que es, decidió hacer de tripas corazón y sorprendió a la chica con un buenos días amable y bien intencionado, sincero. Ella respondió igualmente, dando pie al inusualmente nervioso hombre frente a ella, a iniciar una básica conversación más allá del trabajo, con la mujer que había tenido la oportunidad de analizar rigurosamente durante tantas horas y tantos días.

Ese momento marcó una nueva etapa para los, hasta hacía menos de tres meses, desconocidos. Aprovechaban esos minutos libres entre papeleo y papeleo, en la privacidad de su despacho, para charlar de esto y lo otro, a veces conduciéndolos a conversaciones más profundas que se extendían del mismo modo que su relación profesional se fusionaba con el principio de una amistad. Tres, cuatro meses y ya se hablaban como auténticos confesores, siempre reservados y manteniendo distancias oportunas, pero inmersos en debates profundos e intelectuales que sacudían los cinco sentidos por su intensidad y excitante pasión originada en las más profundas convicciones de ambos.

Todo iba sobre ruedas y hasta vieron cómo su productividad aumentó al arreglar ese bache que surgió entre los dos. La Starkiller funcionaba a la perfección gracias a sus trabajadores, desde los de menor categoría hasta los superiores que respondían directamente al general. Y un jefe satisfecho es el mayor regalo para su asistente personal, liberado de encargos inservibles e imposibles, fruto del mal humor y el pesimismo de su mandatario. En medio de esta buena racha, un día como cualquier otro, un comentario de Ainara, no intencionalmente gracioso pero sí ingenioso e inocente, hizo que el General Hux sonriera por un instante. Un glorioso y maravilloso instante. El acto de reír la contagió. Y la estampa del hombre más respetado de la nave, adornado con el gesto más puro en su rostro, frente a la paralela reacción de su asistente personal, fue un importante acontecimiento en una historia que a nadie le importaba a pesar de que se seguía escribiendo.

Quinto mes, y era imposible negar la evidente e indestructible afinidad de la pareja profesional. Cuando entiendes cada orden, petición o gesto de la persona a la que asistes diariamente casi a todas horas, tu trabajo se facilita un doscientos por cien. Compartían tanto tiempo que llegaron a confiarse secretos, anécdotas de la infancia, sus orígenes… todo. El destino parecía exigir a gritos que reaccionaran a las señales que les enviaba. Como aquel embarazoso incidente cuando, al finalizar una larga jornada de trabajo, Ainara salía de la ducha para encontrarse a su jefe que entró sin llamar. Hux no desaprovechó la oportunidad y discretamente, con caballerosidad ante todo, memorizó cada centímetro del color de la piel pálida de la joven, que parecía estar bien dotada y proporcionada con las adecuadas curvas en su respectivo lugar.

Al sexto mes, la lista de pequeños accidentes estaba bastante nutrida. Desde encontronazos aquí y allá, que hacían que sus cuerpos se acercasen demasiado para soportar la tensión, hasta detalles de caballero por parte del general: abrirle las puertas, sonreirle sólo a ella, invitarle a cenar al acabar el día… Y muestras de nerviosismo, marca de la casa de una inexperta Ainara: sonrisas nerviosas; sonrosadas mejillas, porque cuando tropezaba al caminar justo detrás de su jefe, tendía a apoyar ambas manos en su erguida y bien trajeada espalda en un acto reflejo para frenar el impulso hacia delante; un pulso terrible a la hora de tomar notas, y como guinda del pastel, una caída inoportuna digna de película, que decidió dejarla en los brazos de un Hux con una sonrisa ladeada adornando su rostro desenfadado.

Por fin, hacia la última semana, durante una de esas cenas amistosas en las que los dos se aliviaban del estrés de todo el día, el inquebrantable general hizo de tripas corazón y con determinación le propuso dar un paso más a su relación: pareja sentimental. Hux no era consciente de que estaba aguantando la respiración hasta que la vio asentir y sonreír de una forma encantadora. Siempre destacando la importancia de mantenerlo en secreto, como su amistad hasta ahora. Al exterior eran meramente profesionales haciendo sus trabajos, jefe y asistente. Esa misma noche compartieron su primer beso, sencillo y sobrio pero con mucho simbolismo.

Su relación se nutría por sí sola gracias a que ninguno de los dos decidió forzar ni empujar al otro a pretender ser una de esas parejas cariñosas. Si alguien tuviera la oportunidad de presenciarlos desde una perspectiva externa, nunca imaginaría que estaban saliendo. Pero la verdad es que desde los ojos de Ainara y de Hux, se percibían pequeños gestos, movimientos, miradas que expresaba todo, lo decían todo sin utilizar ni un te quiero. Se besaban cada vez que tenían ocasión. De hecho, tenían una especie de ritual que les servía como fuente apoyo moral-sentimental cada vez que el general tenía una reunión importante. Buscaban el lugar más íntimo de la planta, él se abrazaba a ella como tratando de asentarse en la realidad, y finalmente ella le rodeaba ambos lados de la cara con sus manos acercándolo para darle un beso que decía algo como “puedes hacerlo, estoy a tu lado”. No fue hasta su tercera semana de relación, cuando decidieron consumar la unión. Él fue el primer todo de Ainara. Y desde ese día, es posible que descubrieran los placeres carnales de las relaciones amorosas de las que tanto trataban de alejarse porque, cuando tenía significado, la intimidad era mucho más natural y satisfactoria de lo que imaginaban. Hasta padecieron esa especie de síndrome que sufren todas las parejas recientes, donde no había día sin que se vieran casi obligados a tener algún que otro “encuentro”.

Ocho meses llegaron a consolidar su relación hasta el punto en que el hombre de hielo, centrado en su trabajo, el General Hux, se estaba planteando el pasar a la fase crucial de su vida, no se trataba de trabajo, por sorprendente que parezca. Se trataba de su dedicación, su trabajo más personal y al que más entregado estaba, Ainara. Habló con el personal adecuado para que, a través de los contactos oportunos, arreglaran una breve y discreta escapada al planeta más cercano, lejano de las miradas de la Resistencia y de la propia Primera Orden, donde un oficiante los uniría en matrimonio. Ni el mismo general creía lo que estaba haciendo, pero en lo más profundo de su dañada y blindada alma, era lo correcto.

El evento artificiado en la mente de Hux, se aplazó lo máximo posible, hasta el presente desde el que comenzamos. Por miedo, por dudas, por incertidumbre e inseguridad, y sobre todo, porque un inesperado ataque estaba provocando un símil a lo que podría ser el infierno en la base Starkiller. Una operación secreta fallida, en un planeta no muy lejos de allí, los descubrió ante los de la Resistencia, quienes no dudaron en contraatacar. Ainara, que hasta ese momento, se dirigía a la otra sección de la nave a cumplir con un inútil encargo de un estresado Hux, permanecía luchando con la masa de gente que la empujaba hacia la otra dirección, para volver al puesto central de la nave, donde sabía que, al igual que los capitanes en las embarcaciones de las leyendas terrestres que ella leía, el General Hux era el último en abandonar el lugar.

Cuando sintió esa particular presencia menuda a su lado, el pálido hombre supo que era la persona más importante de toda la base. Lo supo porque hasta ese mismo instante, no pudo ni por un segundo dejar de preocuparse por la joven asistente que ahora lo miraba. Dio los últimos comandos a sus subordinados y tomó de la mano, allí delante de todo ese gentío que no tenía tiempo de notificar esa muestra de cariño. La llevó consigo a la pequeña nave privada que le esperaba en el hangar y en minutos se encontraban fuera de una Starkiller caótica que luchaba por defenderse mientras su general se excusaba por un día para completar su mayor logro personal: definitivamente iba a casarse con Ainara.