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A las 3:00 de la mañana, las calles de Montevideo estaban desiertas, casi por completo, excepto por uno que otro gato paseando por los techos, incluso algún transeúnte pasado de copas dando vueltas por ahí. Todos dormían, incluso los animales domésticos se hallaban en un descanso más prolongado. Todos… menos el pequeño Champ.
Acurrucado dentro de su casita, ubicada en el jardín interior de la familia Turcatti, no dejaba de recordar a Numa. Pensaba a veces, entre otras cosas, que su joven amigo lo había abandonado. Algo muy malo había pasado. Desde hacía mucho tiempo la familia estaba silenciosa y triste. Si bien los jóvenes de la casa jugaban con Champ, tenían siempre una expresión de dolor. El propio perrito se pasaba aullando sin entender lo que sucedía, porque todo había cambiado en la casa.
Su mejor amigo ya no volvió. Quizás Numa, como le pasó a Champ, fue adoptado por otra familia y se vio obligado a dejar a su mamá y a sus hermanitos. El spaniel también se preguntó si a Numa lo llevarían al parque a jugar con la pelota o le darían comida. La rutina de Champ se había visto bruscamente interrumpida. Ya era inútil correr hacia la puerta principal esperando la llegada de Numa. Su habitación estaba cerrada, la misma que compartía con su mellizo Leonardo. La habían clausurado y Leonardo pasó a la de su hermano Daniel.
La familia intentaba sobrellevar la tristeza, apoyándose mutuamente y cuidando al pequeño spaniel. Pero nada era como antes. Faltaba la luz de ese hogar, traducida en amabilidad, sonrisas y esfuerzo continuo, apoyando a todos. Una luz que también era muy apreciada por amigos y conocidos. Champ, a veces, se refugiaba en los brazos de Leonardo, tan parecido a su hermano y él intentaba jugar con el can, pero terminaba llorando. De igual manera Isabel que siempre llevaba, además de su comida habitual, alguna golosina, se iba murmurando: "Pobrecito, te quedaste tan solo..."
El señor Gastón, siempre tan serio, ahora estaba afligido. Miraba a Champ y recordaba la risa de su hijo perdido. Le hablaba al animalito mientras le acariciaba el lomo: "Ya no lo esperes, porque no va a volver. Se ha ido al cielo".
En las tardes, cuando empezaba a refrescar el día, Champ miraba las nubes porque le habían dicho que su amo estaba en el cielo. Entonces, esperaba verlo en cualquier momento y ladraba a los aviones que pasaban, así como a las aves surcando las nubes, pensando que por ahí cerca andaba Numa. O quizás creyendo que podía hacerle llegar el mensaje de que Champ lo extrañaba mucho.
Champ se acurrucó aún más dentro de su casita, donde tenía una pequeña cama hecha de prendas que ya no se usaban, pero que lo mantenían calentito. No era lo mismo que sentir el calor de los brazos de su mejor amigo, pero se podía considerar como algo. De rato en rato, se oían en la calle algunos pasos, quizás algún vecino que llegaba tarde a su casa. Repentinamente, algo puso al can alerta y lo hizo correr por el jardín y atravesar un pasillo hasta llegar al patio que era, a la vez, garaje. Sintió, como hacía varios meses no sucedía, el sonido de una bicicleta avanzando poco a poco, una llave intentando entrar a la cerradura, así como un aroma especial: una mezcla de café, chocolate y una suave colonia. Bajo la rendija de la puerta principal, se vio una luz muy tenue.
