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Si el tiempo en la cancha perdía cualquier tipo de linealidad, afuera era incluso peor.
Enzo había sido reemplazado por Lo Celso hace no más de cinco minutos, pero se sentía como si hubieran pasado tres tiempos extra más. Se le habían agotado las ideas para intentar que el reloj corra más rápido, ya se había parado, sentado, había felicitado a los compañeros que habían dejado la cancha y abrazado a todos los integrantes del cuerpo técnico que se le cruzaron. Sus dedos comenzaron a latir gracias a la vehemencia con la que tironeaba de sus cutículas con los dientes, haciendo sangrar alguno que otro.
Si los nervios no estuvieran apoderados de su cuerpo, podría escuchar en su memoria la voz de Aimar en los entrenamientos diciéndole que se saque la mano de la boca, que se iba a lastimar, para después girarse y ver a Julián ofreciendole un chicle en silencio, mordiéndose el labio para ocultar la sonrisa cómplice que intentaba escaparse de su boca.
Julián.
Julián estaba sentado a su lado. Julián siempre estaba sentado a su lado. A veces era con un mate en mano (Cebado por Enzo, porque nunca dejaba que el cordobés hiciera nada y, como si fuera omnipresente, Otamendi siempre lo enganchaba y no se la dejaba pasar, gritándole desde la otra punta y Enzo no podía evitar reírse cuando escuchaba ‘Deja de mimarlo wacho, que después va al City y te traiciona’ ), otras veces era mostrándole un reel de Instagram que sabía que lo iba a hacer reír, logrando que tenga que tapar su cara para bajar un poco el volumen de su carcajada y Julián dejaba el video totalmente olvidado en su celular, concentrándose solo en la risa de Enzo; en ocasiones era perdiendo juntos en la play contra Garnacho y Carboni, que parecían no salir del cuarto y jugar todo el día porque ese nivel no se conseguía jugando una vez cada tanto como lo hacían ellos dos.
No importaba donde o cuando, Julián siempre estaba sentado a su lado y esa vez no era la excepción. Los dos habían salido juntos, se habían puesto las pecheras juntos y se habían ubicado en el banco de la misma forma, casi en total sincronía como todo lo que hacían. Julián no decía nada, como cada vez que estaba nervioso sólo se sentaba en silencio con la vista fijada en la pelota, en un intento de hacerla entrar en el arco con su mente. Enzo sabía lo que el más grande estaba pensando, sabía que se estaba castigando a sí mismo por no haber concretado un gol en todas las oportunidades que tuvo y repasaba en su cabeza lo que podría haber hecho por más que no se le haya dado la posibilidad.
El clima en el banco era tenso. Algunos caminaban en el pequeño espacio en un intento de seguir atentamente las jugadas peligrosas, pidiendo por lo bajo que el Dibu saque sus extremidades milagrosas y frustre cualquier intento colombiano de convertir a último minuto, otros pasaban por al lado de Lionel preguntando por su tobillo, y confirmando que por suerte ya había podido dejar de llorar, pero todos salían disparados en conjunto cuando veían una clara falta que el árbitro dejaba pasar de largo.
Por eso cuando Leandro tocó el piso para esa quitada magistral y el posterior pase a Giovani, se sintió como si todos en el banco dejaran de respirar. Cuando Lautaro enganchó la pelota asistida por el dieciséis los corazones se detuvieron y sus compañeros salieron expulsados de sus asientos, estirando sus cuellos para ver bien el final de la jugada y rezando para que fuera gol.
El ruido ensordecedor de la euforia del público llegó a los oídos de Enzo antes de que su cerebro pudiera procesar lo que acababa de ver. Lautaro había convertido, estaban ganando la final.
El veinticuatro salió disparado de su lugar, arrancando a correr no sin antes mirar a su izquierda buscando la mirada de Julián y encontrándose con la versión más grande y brillosa de la hermosa sonrisa del nueve y con ese brillo en los ojos que era más intenso que la iluminación del propio estadio.
Enzo ya estaba acostumbrado a la mirada dulce de Julián, cada vez que lo miraba veía ese tinte aniñado que hacía que el corazón se le estrujara en el pecho. ¿Pero los ojos de Julián después de ganar algo juntos? Ese era un tema aparte. Había visto esa mirada incontables veces en su vida. La vio cuando después de meses y meses de mucho esfuerzo en la reserva de River, con Julián extrañando su hogar cada vez que caía la noche y él saltando a su cama para distraerlo con cualquier cosa que se le ocurriera, les anunciaron juntos que iban a debutar en primera y el cordobés saltó a sus brazos como si no pesara nada porque sabía que su amigo no lo dejaría caer; lo vio cuando se consagraron campeones de la Copa de la Liga y Enzo, después de abrazarlo fuertemente de los hombros, le plantó un beso en la mejilla mientras Julián levantaba el trofeo; lo vio también cuando leyeron juntos la lista de convocados para Qatar y el nombre de Enzo estaba en ella. Si se permite ir un poco más profundo en su memoria, puede recordar verlo también en el pasillo de un hospital de San Martín, donde a pesar de estar en plena pandemia y no poder ingresar de a muchas personas, Julián encontró la forma de entrar y llegar al área de recién nacidos, encontrándose con un Enzo plenamente emocionado del otro lado del vidrio que le presentaba sin hablar a Olivia por primera vez y veía como una pequeña lágrima amenazaba con salir de los ojos del cordobés.
Esa misma mirada era la que recibió a Enzo apenas dio la vuelta para buscarlo, girándose hacia él y abriendo los brazos porque sabe que si hay algo que a Julián le gusta hacer es saltar encima suyo y abrazarlo con todas sus fuerzas.
El cuerpo del nueve impactó sobre el suyo más fuerte de lo que anticipó, pero poco le importó en la euforia del momento. Ni siquiera le importó levantar el trofeo más tarde, con ver a Julián corriendo hacia él y teniéndolo en sus brazos era suficiente.
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Los festejos con el plantel de la selección siempre eran una fiesta. Enzo había tenido la posibilidad de ser parte de sólo dos títulos, pero con la cantidad de veces que celebraron el mundial se sentía como si hubieran ganado más de diez veces distintas.
La cancha después de una victoria parecía estar inmersa en una burbuja de felicidad, pero ésta vez el ambiente era la mezcla perfecta de dicho sentimiento al que ya se habían acostumbrado junto a la emoción por la despedida de Ángel, quien envolvía a todos en abrazos que parecían interminables y les agradecía por todo lo que habían hecho por él.
Enzo recorrió casi toda la cancha en busca de Olivia y Benjamín, tomandolos en sus brazos después de fundirse en un abrazo lleno de cariño con Valentina, que a pesar de no seguir siendo su pareja decidió acompañarlo y llevar a los chicos con ella. Él siempre estaría agradecido con Valentina por eso, por poder sentarse junto a él en una mesa y decidir juntos que su relación romántica se había ido deteriorando con el tiempo, y que lo mejor sería volver al comienzo, con una amistad inquebrantable y manteniendo todo el cariño que se tuvieron (y siguen teniendo) para criar a sus hijos con el mismo sentimiento.
Buscó a Julián con la mirada y lo encontró a lo lejos sacándose fotos con algunos niños que no pudo identificar. Caminó con Benjamín en brazos y Olivia correteando a su lado sin soltar su mano. Para cuando llegaron Julián estaba despidiéndose de los chicos, con la promesa de que les firmaría lo que quieran más tarde. Apenas los vio acercarse, el cordobés sonrió de oreja a oreja y se agachó a la altura de la nena para recibirla con los brazos abiertos.
–¡Juli!– Olivia soltó la mano de su padre sin dudarlo un segundo y corrió hacia Julián, que la levantó en sus brazos y la hizo girar en el aire, haciéndola reír a carcajadas. El más grande siempre había tenido una debilidad por la nena y ella por él, Enzo lo sabía. Olivia cambiaría a su papá en un abrir y cerrar de ojos por una tarde con Julián, quien no dudaría en dedicarle toda su visita solamente a ella y a sus juegos. Todavía no había podido compartir mucho con Benjamín, porque tenía pocos meses de nacido y el último tiempo no se habían visitado tanto como solían hacerlo, pero Enzo estaba seguro que cuando el niño crezca amaría a Julián con la misma convicción que su hermana.– Jugaste re bien hoy Juli, te vi desde allá.– La nena señaló el palco en el que estuvo con su familia durante todo el partido y el chico sonrió aún más si eso era posible.
–¿Si? Faltó el gol nomas.
–Na, no pasa nada si no haces goles, sos el mejor igual– No terminó de hablar que ya se había avergonzado por el cumplido, y tuvo que esconderse en el hombro de Julián mientras se mordía su pequeño índice.
Julián soltó una carcajada que contagió a Enzo antes de responderle a la niña mirándolo a él.
–Sos chamuyera eh, te pareces a tu papá ya.
Enzo se rió, negando con la cabeza y acomodando a su hijo en un brazo para darle un tirón de oreja a Julián con su mano libre.
–¿Cuándo te chamuyé a vos, mentiroso? Sos malo eh. Y vos– dijo moviendo la mirada a su hija y apuntando con el dedo– ¿Dijiste que él fue el mejor? ¿Ya me cambiaste? Ya vas a querer algo, pendeja.
Olivia le sacó la lengua (por influencia de Julián, que fue poco discreto al susurrarle al oído) y Enzo volvió a reír, viendo como Julián se acercaba a él sin bajar a la nena.
–¿A quién tenemos acá? Estás muy grande vos ya. –La voz de Julián se suavizaba al hablar con niños, y más aún cuando se trataba de los hijos de Enzo, a los que trataba como si fueran su propia familia. El veinticuatro sintió un calor abrasador en su pecho cuando el cordobés apretó los cachetes de Benjamín haciéndolo reír y removerse en los brazos de su padre– Está enorme boludo.
Julián alzó la mirada al hablarle, encontrando los ojos de Enzo en el medio y sonriéndole orgulloso.
–¿Viste lo que es? Es un bodoque.
–Tiene tu cara.
–Tiene suerte entonces, va a ser el más fachero de todos– Comentó con un guiño.
Julián volvió a reírse y Enzo no encontró una respuesta al por qué se le puso la piel de gallina. Hacer reír al nueve era una de las habilidades de las que estaba más orgulloso. Si tuviera que volver a redactar un currículum en este punto de su vida, en habilidades útiles amaría poner ‘Experto en hacer reír a Julián Álvarez a carcajadas’
–Sí, puede ser. Facha no le va a faltar, va a andar bien de carita.
Los cumplidos de Julián, por más sencillos y superficiales que fuesen, siempre hacían que la fachada de Enzo flaqueara y sus mejillas se pusieran levemente coloradas, y en ese momento le agradeció al cielo por poder ocultarlo con el cansancio y transpiración que le dejó jugar casi noventa y cinco minutos con 35° de calor.
Cuando pudo salir de los segundos de bloqueo que le dejó el comentario de Julián, éste ya había vuelto a su conversación con Olivia que le mostraba el abanico que la había acompañado durante el partido debido a las altas temperaturas, y Enzo pudo escuchar como el chico exageraba su sorpresa y halagaba el accesorio. La imagen se grabó en su mente de forma automática y se hizo un lugarcito al lado del recuerdo de la primera vez que Julián tuvo a la nena en brazos una vez que ya le habían dado el alta a ella y a Valentina.
Su mano fue inconscientemente a su celular, que estaba enganchado en el elástico de su pantalón, y abrió la cámara antes de que el otro se diera cuenta, capturando una foto casual de Julián riendo con Olivia, que lo abrazaba fuertemente por el cuello.
El sonido del teléfono habrá estado demasiado fuerte, porque apenas disparó la cámara, tanto su amigo como su hija lo miraron al mismo tiempo.
–¿Sacaste?– Julián preguntó acomodando mejor a la nena en su brazo, intentando no poner todo el peso en su muñeca vendada– Saca otra, en esta sonreímos mejor, ¿No, Oli?
–¡Si! Así la ponemos con la del mundial.
Enzo sonrió y apuntó buscando un mejor ángulo.
–Mira a papá– Julián volvió a hablarle a Olivia, que ya se había distraído viendo jugar al hijo del Dibu y del Cuti cerca del arco.
–A ver ponganse lindos.
Julián tomó su medalla de campeón y la mostró a la cámara, afianzando su agarre en las piernas de Olivia y encandilando la cámara con su sonrisa.
Enzo admiró las fotos nuevamente, pensando en una descripción para cuando las subiera más tarde. Sonrió sin dejar de mirar su celular ante el pensamiento de Julián comentandole solo unos emojis y él reclamando algo más sentido. Ya sabía como iría la conversación, él diría “¡Te puse algo re lindo y ni cabida! No subo más nada con vos.” y Julián abriría los ojos como platos mientras se defiende diciendo “¡Pero si te contesté!” a lo que Enzo le tiraría un almohadón y seguiría reclamando “Poner emojis no es contestarme, Julián. No tenés corazón boludo”. Conocía tanto al cordobés que estaba seguro que podría inventarse una conversación con él en su cabeza y luego confirmar que estaba en lo correcto cuando Julián contestaba palabra por palabra lo que había pensado.
Pasaron un rato más festejando con el grupo y saludando infinidad de personas, buscando a sus familiares y amigos en cada momento libre de periodistas, celulares pegados a sus caras en busca de saludos y firmas de cualquier objeto que les pusieran enfrente.
Tuvieron que despedirse cuando comenzaron a llamarlos a todos para hacer las fotos oficiales con la copa, por lo que Enzo saludó a sus hijos llenandoles los cachetes de besos y prometiendo ir a buscarlos apenas pudiera, intentó ir a saludar a su madre pero le fue imposible cuando la vio ocupada abrazando fuertemente a Julián y sin indicios de querer soltarlo.
–¡Ay Juliancito! Como te extrañé nene, que emoción estar acá.
Enzo escuchó hablar a su madre y buscó la mirada de Julián, que la abrazaba con la misma intensidad y acariciaba su espalda con cariño. El cordobés le guiñó un ojo desde su escondite en el cuello de la mujer y volvió a cerrar los ojos antes de separarse.
–Yo también te extrañé, Martita. Tu hijo es el que nos quiere separar, nunca más me invitó a comer con ustedes– Julián se liberó del abrazo sin soltarse de los hombros de la madre de su amigo y lo señaló acusadoramente con un dedo.
–Vos sos el que se hace el estrellita ahora, siempre sos bienvenido en casa– Enzo habló mientras terminaba de abrazar a su padre y este le palmeaba fuertemente la espalda, separándose para agarrar a su nieto en brazos mientras su nieta se sentaba en el pasto al lado de su abuela– Es tu casa.
Vio como los ojos de Julián se iluminaron con ese brillo y su boca se curvaba en una sonrisa vergonzosa.
Y Enzo no mentía, su casa también era la casa de Julián. La totalidad de lo suyo siempre fue también de Julián, todo lo que podía compartir con el cordobés era compartido: su hogar, su familia, su ropa (la que le quedaba dos talles más grandes), su cama, sus domingos en familia cuando las visitas de sus parientes de Córdoba finalizaban antes de poder pasar un fin de semana juntos y él terminaba almorzando con los Fernandez. Todo siempre fue de Julián. Quizás sin pensarlo o entenderlo demasiado, él siempre fue de Julián.
La conversación terminó con más abrazos sentidos y promesas del cordobés de visitarlos apenas pueda, con la madre de Enzo prometiendo a cambio hacer el postre por el que Julián se peleaba con los hermanos cada vez que estaba en esa casa.
El camino hasta los cuartos en los que le sacarían las fotos fue igual de caótico que los festejos en la cancha, con Otamendi a los gritos mientras grababa con su celular (Enzo agradeció no estar a su lado, no quería ser aturdido de nuevo, muchas gracias), Rodrigo y Leandro arrancando todas las canciones y saltando de un lado a otro con una botella de Powerade llena de fernet en cada mano, el Dibu sacudiendo a Garnacho de los hombros para que se sume a cantar con ellos y el Cuti empujando con diversión a cualquiera que se le pusiera en el camino pero sin soltar su agarre firme en la cintura de Lisandro, quien intentaba seguirle el paso con dificultad por la diferencia de altura.
Enzo había leído por ahí que la Selección se asemejaba a un viaje de egresados constante, y era una comparación totalmente acertada, la unión era inalterable, las jodas nunca decepcionaban, las bromas entre ellos eran constantes y de vez en cuando algunos que otros terminaban encerrados en una habitación por más tiempo que el que requiere una siesta y todos los demás sabían que, por su propio bien, no debían ingresar a ese cuarto hasta que los involucrados no salieran. Tal como pasaba en Bariloche.
Apenas llegaron a la habitación, Rodrigo se adelantó con rapidez para ser el primer fotografiado, seguido por Leandro que, ganándole de mano al fotógrafo, sacó sus propias imágenes con el teléfono del siete.
Julián se apoyó en una de las paredes, soltando un suspiro cansado mientras se deslizaba hasta quedar sentado en el piso. Enzo lo siguió y se sentó a su lado tirando todo el peso de su cuerpo sobre el costado del cordobés, intentando inconscientemente no golpear su mano cubierta con vendas. ‘No se me va a caer la mano, Enzo. Fue un golpe nomas, no me voy a romper’ le había repetido el delantero desde que los enfermeros lo estaban vendando y él no se había atrevido a moverse de su lado, pero cuidar a Julián simplemente le nacía, no era algo en lo que debía poner esfuerzo.
–Me jodes que estás cansado– Comentó mientras le desordenaba los rulos con una mano– Como si hubieras corrido algo.
Julián rió y apoyó su cabeza en el hombro de Enzo, que tuvo que sentarse un poco más abajo para que la posición no fuera incómoda.
–No doy más boludo, encima estos no van a parar hasta las seis de la mañana.
–Tenemos a Ota de vecino, olvidate de dormir hoy.
–¿Decís que el Dibu nos deje dormir en su pieza? Con que nos tire un almohadón en el piso estamos.
La mano del nueve rozó la suya y Enzo tuvo que decidir si concentrarse en el chispazo que generó el toque entre sus extremidades o en el hecho de que Julián jamás lo dejaba afuera de sus planes, por más que fueran en joda. Si iba uno, el otro lo seguía a ciegas. No se consultaban por disponibilidad ni ganas, simplemente asumían su presencia de forma mutua, porque sabían que nunca tendrían un no como respuesta.
Julián acercó su meñique al de Enzo con timidez, buscando un punto de contacto en silencio. El mediocampista observó sus dedos, devolviéndole el gesto y entrelazandolos. Giró su cabeza para conectar miradas con la de su compañero, encontrando la profundidad de esos ojos marrones analizando todas las facciones de su rostro mientras la sonrisa se le iba ensanchando.
La intimidad del momento fue cortada abruptamente por el Cuti, que pateó con burla la pantorrilla de Enzo.
–Eh, tortolitos, ¿Van a sacarse alguna foto o van a seguir de novela acá?– Bromeó mientras los dos chicos se separaban con rapidez.
–No seas bruto, Cristian– Intervino Lisandro, empujándolo levemente– Dejalos que hagan lo que quieran.
–Yo los dejo pero si el Dibu y el Ota los primerean no les van a sacar nunca más las copas– Comentó despreocupado mientras abrazaba al gualeyo por los hombros– ¿Nos vamos nosotros? Me cago de hambre.
Lisandro asintió y saludó a los más chicos, diciéndoles que los esperaban más tarde para la revancha en el Fifa.
Enzo fue el primero en levantarse, ofreciéndole su mano a Julián para que se pusiera de pie y poder ir a levantar las copas juntos.
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A pesar del cansancio y sus reiteradas declinaciones, Julián fue arrastrado por Lautaro hasta el cuarto en el que estaban grabando los chicos de AFA Estudio, intentando convencerlo de que la iban a pasar bien.
–Es un rato nomas hermano, vamos nos cagamos de risa un toque y fue. ¿Por qué te queres encerrar en la pieza? Sos un abuelo.
Julián revoleó los ojos y se acomodó la gorra que le había robado a alguno de sus compañeros en la euforia de los festejos.
–No soy un abuelo, culiado. Quiero descansar un poco, nada más. Ya dimos varias notas hoy.
Lautaro estaba por responder antes de ser interrumpido por un exultante Tagliafico que se colgaba con un brazo en los hombros de cada uno de los delanteros.
–¿A dónde va la bandurria? ¿Puedo ir?
–Lo estoy obligando a ir conmigo a AFA Estudio, se quiere ir a la pieza éste.
Nicolás abrió los ojos exageradamente y negó de forma dramática -a juzgar por su mirada vidriosa, probablemente estimulado por el alcohol consumido en el vestuario- soltando a Lautaro para tomarlo por los hombros sólo al cordobés.
–¿Sos bicampeón de América y no vas a festejar? No nene, no te vas a encerrar, vos venís con nosotros, yo me invito solo.
Negarse de nuevo sería inutil, así que Julián se dedicó a caminar junto a sus compañeros mientras la voz del tres se quebraba al hablar de su mujer y las vacaciones que tenían planeadas.
Tal como predijo, terminó sentado solo entre los conductores hablando de la victoria. Detrás de cámara se encontraban varios de sus compañeros, incluidos los que lo habían arrastrado hasta ahí y Enzo, que en algún momento de la noche se había escabullido a la habitación y tomado asiento en el piso casi de frente a Julián.
–¿Cómo es la pieza Julián y Enzo?
Julián encontró la mirada del nombrado y vio diversión en su rostro, ambos sabiendo que ese momento siempre llegaba en las entrevistas, porque al parecer todos sabían que ellos jamás venían por separado y no había periodista que no les preguntara por el otro o por su relación en general, como si fuese un tema inevitable.
–No, tranquila. Él hace los mates, él me hace té a veces a la noche– Pausó sin saber bien qué más decir– Me atiende, me atiende.
–Te tiene bien– Comentó divertido Varela y Julián no hizo más que sonreír, viendo de reojo como Lautaro codeaba a Enzo y le decía algo que logró ruborizarlo y hacerlo negar con su labio inferior atrapado entre sus dientes, intentando esconder una sonrisa que amagaba a escaparse.
Porque era verdad, Enzo lo tenía bien. Siempre atento, siempre servicial y siempre incondicional. Haría lo que fuera por Julián sin que él siquiera se lo pida, no eran necesarias las palabras entre ellos para saber cuándo y cómo actuar. Si Julián hacía memoria, estaba seguro que no encontraría un momento en el que Enzo no lo haya tratado como un rey, desde los mediodías en su casa de San Martín después de entrenar, poniendo en práctica sus pocos conocimientos culinarios (y poniendo en riesgo la integridad de la cocina por olvidarse varias veces las hornallas prendidas) para prepararle el almuerzo; pasando por las noches de invierno en las que le daba las mantas más abrigadas para que no pasara frío en su pieza, y llegando hasta tomarse un vuelo de Lisboa a Manchester cuando Julián estaba pasando por un momento difícil en el club y la soledad de la ciudad no lo ayudaba para nada.
Enzo era devoto de Julián. Había algo en el cordobés que lo atrapó desde el primer momento que se conocieron en River, cuando fue él quién lo ayudó a integrarse al grupo al que había entrado sin ningún problema gracias a su personalidad más intensa. Desde ese día, sin saberlo, Enzo comenzó a hacer de Julián su materia favorita, porque ¿Quién no lo haría? Nadie que conozca al delantero de la forma que él lo conoce podría no querer dedicarle todo de sí, tal como Enzo le dedicó su primer gol en primera pero jamás se atrevió a decírselo en voz alta.
–Lo tenes ahí a Enzo, a ver, ¿Qué le dirías? Tantos años juntos, hicieron su carrera a la par más o menos, ¿Son de decirse las cosas, de agradecerse?
Las palabras no eran el fuerte de Julián, menos aún con las cámaras encendidas y transmitiendo en vivo para miles de personas, por lo que su agarre en el micrófono se tensó y comenzó a jugar con los pellejitos que le sobresalían en el pulgar de su otra mano.
–Y… nada, creo que él ya sabe todo
Intentó cerrar el tema con rapidez pero fue interrumpido por Nico Gonzalez que gritó desde su lugar arriba de uno de los muebles bajos.
–¡Qué cagón que sos! No me lo dejes colgado al pibe acá, mira la carita que tiene– Dijo apretando los cachetes de Enzo antes de que éste se liberara del agarre de un manotazo y se acomodara la gorra riendo– Decile que lo querés por lo menos.
–No, y sí… Obvio que lo quiero mucho, nos conocemos desde chicos y siempre soñamos con seguir jugando juntos de grandes, pero esto… Esto es mejor de lo que soñábamos cuando todavía ni habíamos llegado a primera.
Y Enzo se acuerda. Se acuerda de cómo compartían habitación fantaseando hasta altas horas de la madrugada sobre su futuro mundial juntos, se acuerda de Julián susurrandole en mitad de la noche para saber si seguía despierto y preguntándole si lo creía capaz de marcar un gol al día siguiente ‘Siempre haces goles, ¿Qué preguntas, boludo?’ sería su respuesta antes de hacer algún chiste sobre como él mismo no marcaba en ningún partido para sacarle el peso de seriedad al momento. Se acuerda de como lentamente la cama que estaba reservada para Julián comenzaba a ser olvidada, porque el cordobés se tiraba en la suya y se acomodaba del lado de la pared con la excusa de seguir jodiendo un rato más, pero sin irse cuando Enzo apagaba la luz y le hacía lugar debajo de las sábanas. Se acuerda también de la vez que después de un partido bajo la lluvia, se dieron una ducha caliente y Julián se metió en su cama con el pretexto de que todavía no podía entrar en calor, hasta que después de unos largos minutos de silencio en la oscuridad de la habitación se escuchó en un susurro un ‘Vos sos mi mejor amigo, ¿Sabías?’ y Enzo no supo qué hacer con el escalofrío que lo recorrió de pies a cabeza, buscando la voz que su cuerpo parecía haber olvidado que poseía y dignandose a responder ‘Más te vale. No quiero que le andes diciendo lo mismo a todos porque te hago dormir afuera wachin’
–Sabe que lo quiero mucho también. No se lo digo demasiado pero él sabe como soy.
El veinticuatro asintió con esa sonrisa que lo caracterizaba y fue sorprendido por Tagliafico, que le alcanzaba un micrófono que no terminó de entender de dónde había sacado.
–Contestale, toma.
–Nada, él sabe que lo adoro también. Esto es más de lo que soñamos y estar juntos no se compara con nada– Enzo habló mirándolo fijo mientras Julián intentaba esconder el rojo de sus mejillas detrás del micrófono– Estoy muy orgulloso de él también, de todo lo que está logrando. Sé lo mucho que trabajó para esto así que se merece todo. A mí me ayudó una banda haber crecido juntos, no me imagino acá sin él– El resto de personas en la habitación probablemente no lo había notado, pero el cordobés reconocía el leve cambio en la voz de Enzo cuando estaba por emocionarse, lo que lo hizo sonreír– Te quiero, wacho.
Julián, incentivado por el griterío de sus compañeros, se levantó de su lugar y caminó hacia el más alto que ya se estaba levantando y abriendo los brazos para recibirlo.
Apenas sus cuerpos se unieron, Enzo sintió las manos de Julián en su espalda, aferrándose a la tela de la camiseta, y acomodó las propias en la cintura del nueve, apretando para hacerle saber que estaba ahí. Con su cara escondida en el cuello del más bajo, aprovechó para hablarle lo más despacio posible, como si fueran solo ellos en ese cuarto lleno de gente.
–Te amo.
El cuerpo de Julián se tensó bajo sus manos, aferrándose más fuerte a su espalda. No era la primera vez que se lo decía, pero sí era la primera vez que esas palabras no quedaban encerradas en la privacidad de una habitación compartida.
–Yo también.
Tampoco era una novedad que Julián le dejara saber que era mutuo, pero Enzo todavía no se acostumbraba. En su mente aún merodeaba el recuerdo de la primera vez que puso en palabras su cariño, una noche hundida en la helada de pleno Junio que los encontraba acurrucados bajo el acolchado de River que Enzo había recibido como regalo de cumpleños y del cual Julián se había burlado porque -en sus palabras- ‘Parece la pieza de un nene de 14 años, culiado’. Esa noche, después de reírse por lo que parecieron horas, el silencio los invadió y se dieron la espalda dispuestos a dormir, hasta que el más chico habló con la voz ronca por el sueño y se atrevió a dejar salir un ‘Te quiero Ju’ , a lo que Julián no contestó y sólo enredó sus pies fríos con los contrarios, acercando más su cuerpo hasta quedar pegados. Y para Enzo esa respuesta fue suficiente.
Para suerte de Julián, la entrevista terminó pocos minutos después. Mientras todos se saludaban con los chicos de la producción, él logró divisar a Enzo en el tumulto y hacerle entender que quería irse con un discreto gesto de su cabeza. Su amigo lo entendió de inmediato y lo siguió, palmeando la espalda de Lautaro y diciéndole que más tarde seguirían con su conversación.
El delantero comenzó a caminar sin esperar al otro, sabiendo que iba a estar detrás suyo.
–¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Nos ponemos bien en pedo?
Julián rió mientras sentía un brazo pesado en sus hombros y veía una mano tatuada jugar con la cinta de la que colgaba la medalla de su cuello.
–Podríamos, ¿Tenés fernet?– Se giró a mirarlo para responder y se encontró, como de costumbre, con Enzo irrumpiendo en su espacio personal con la cara muy cerca de la suya.
–No, pero puedo sacar de la pieza del Cuti si querés.
–Te va a romper las piernas si le volves a afanar escabio– Comentó acomodándose la gorra en un intento de ocupar sus manos con algo para ignorar el repentino impulso de querer tomar a Enzo de las mejillas y acercarlo a él– Después Licha se lo tiene que fumar con el culo dado vuelta y me jode a mí.
Enzo chistó antes de contestar.
–Ese se hace el retobado nomás, después el Licha le dice dos boludeces y se queda en el molde.
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Fiel a su palabra, Enzo termina encanutandose un fernet de la pieza del central con ayuda de Nahuel, que le dio la tarjeta magnética para abrir la puerta y lo esperó en la entrada mirando hacia otro lado, sonriendo cuando el bonaerense salió de la habitación con su botín y le besó la cabeza en agradecimiento.
–Dale, raja de acá– Nahuel lo echó con diversión– Yo no vi nada eh.
–Gracias hermano, que Dios te lo pague.
Nahuel atinó a patearlo pero Enzo se escapó correteando hacia Julián que lo esperaba más adelante, excusándose con que no iba a quedar pegado en sus quilombos con Cristian.
Apenas llegaron a su habitación, el veinticuatro se le adelantó a Julián y, a pesar de tener sus manos ocupadas con la botella, su celular y una bandera que había manoteado del estudio, abrió la puerta haciéndose a un lado para que su amigo pase primero. Era un gesto minúsculo y que quizás ni siquiera era notable, pero Enzo siempre dejaba que Julián pasara antes que él, como si no quisiera perderlo de vista en ningún momento.
Julián caminó directo hacia la cama sacándose los botines con los pies y pateandolos para cualquier lado mientras quitaba la medalla de su cuello y la tiraba sin mirar al final de la cama, dejándose caer entre las almohadas casi en peso muerto. Enzo lo observó dejando sus propias cosas en la mesa de luz que ocupaba el pequeño espacio que separaba las camas.
–Bue, revoleala nomás total ya tenes otra.
El cordobés se rió sin molestarse en separar su cara de la almohada y Enzo sonrió.
–Qué molesto que sos, me tenés cansado.
–Si no la querés me la llevo yo, le va a encantar a mi viejo– Siguió hablando mientras levantaba la medalla y se la colgaba, teniendo ahora las dos en su pecho.
Julián se separó levemente del rejunte de sábanas y almohadas, sacando solo un ojo para mirar a Enzo y tomando uno de los almohadones más pequeños para revolearselo.
–Sacate eso, dale.
–¿La camiseta? Fua, ni el fernet me armaste todavía. Pensé que eras más caballero– Le devolvió el almohadón de la misma forma que lo recibió– mira que no soy tan fácil eh.
Ahora apoyado en sus antebrazos, Julián se le rió en la cara haciéndole un montoncito con su mano vendada.
–¿Desde cuándo? Te he visto yendote con cada cosa Enzo, dejate de joder.
–Qué volador que sos, ni compro con mentirosos como vos– Se mordió el labio y negó sacudiendo la cabeza– Haceme lugar, dale.
Julián se acomodó en la cama para que Enzo entrara a su lado, acostándose más pegados de lo que era necesario en una cama de plaza y media. El más chico apoyó su cabeza en el bicep ajeno y cerró los ojos, relajando todos los músculos al mismo tiempo.
–No preparaste nada al final, estoy cagado de sed– Julián habló moviendo su brazo sólo para molestarlo.
–Te vas un tiempo a Inglaterra y ya sos todo un princeso, ¿Todo hay que hacerte?
–Vos me acostumbraste– dijo sin dejar de mirar Instagram.
Enzo se estiró por encima del cuerpo de Julián para alcanzar la botella que estaba en la mesa de luz, pero terminó chocando con la mano del nueve en el medio y la cara se le estrujó en una mueca de disgusto.
–¿Qué carajo es ese olor?
Julián lo miró confundido, sin entender a qué se refería.
–¿De qué habl-Uf, culiado, qué asco– Reaccionó cuando se acercó la muñeca vendada a la nariz– ¿Qué le pasó a esto?
–A ver dame– Tomó el brazo de Julián sin esperar respuesta y lo atrajo hacia él con cuidado de no chocarlo con su cara– Ah, boludo, es el escabio. Una baranda al piso del Tropi tiene esto.
El cordobés se rió por la referencia, acordándose de todas las veces que Enzo quiso arrastrarlo a ese boliche y él juró que primero tendría que matarlo si quería hacerlo entrar a ese lugar.
–¿La tengo que cambiar? Nunca me la cambié yo, me lo hacen en fisio– Confesó alzando los hombros.
Enzo levantó las cejas y lo miró incrédulo.
–¿Nunca te la cambiaste vos sólo? Na bueno, ¿Ves lo que te digo? Te comiste el cuento de princeso inglés.
–¿Y vos sí?
–Y obvio, no soy wachin yo.
–Bueno cambiamela entonces.
–Me vas a tener que empezar a pagar si seguís así– Se levantó de la cama con pesadez, haciendo que el cuerpo de Julián se mueva levemente por la ausencia del peso a su lado.
Ya sólo en la cama, Julián dejó el celular en la mesa de luz y se sentó en el borde con las piernas colgando, esperando que Enzo volviera del baño. Guiándose por los ruidos que se escuchaban, Julián sabía que más tarde debería encargarse de reacomodar lo que su compañero de cuarto estaba sacando de los cajones y probablemente dejando desparramado por todos lados menos en su lugar. Estuvo a punto de pegarle un grito para reclamarle que acomodara todo lo que sacara, pero decidió no hacerlo al recordar todas las veces en las que intentó que Enzo no deje todo enquilombado y sólo escuchó ‘Ya te pareces a mi vieja, boludo’.
–¿Sabías que hay forros en el botiquín del baño? Tienen el logo de la copa y todo– Comentó señalando el pequeño cuarto con una mano y sosteniendo lo necesario para el vendaje en la otra– No sé para qué igual si no nos dejan pasar a nadie.
Julián rió ante lo rápido que bajó su efusividad con la segunda oración.
–No, no sabía. No busqué tampoco.
–Sí, más te vale.
El comentario quedó en el aire, ambos se miraron sin hablar y, por el leve frunce en sus cejas, Enzo pareció no entender por qué eso había salido de su boca. Julián no quiso indagar mucho en el posible mensaje detrás de las palabras de su amigo, no iba a volver a buscar significados entre líneas como lo hacía cuando todavía era un adolescente y Enzo ya tenía como primer lenguaje el chamuyo sin importar con quién estuviera hablando. Fue una boludez más del mediocampista, como siempre. Nada más.
–¿Sabes hacer esto no? Mira si me termino quebrando por tu culpa– Julián decidió cambiar de tema, dejando atrás el extraño silencio que los había invadido.
–Pf, estás hablando con un experto. Vos despreocupate– Enzo se arrodilló al costado de la cama, palmeando una de las rodillas del más bajo para que le hiciera espacio entre sus piernas en busca de más comodidad para trabajar. Julián obedeció sin chistar– A ver, dame esa mano.
Julián estiró la muñeca y se apoyó en el colchón con su otra mano, observando como Enzo cortaba con cuidado la tela que a esa altura ya estaba amarillenta por estar empapada de Dios sabe qué bebidas, podría haber sido el champagne que el Dibu tiró al aire, o la cerveza que Otamendi le volcó encima por querer saltar y grabar al mismo tiempo que tomaba.
–Es un asco esto.
–Decimelo a mí que lo estoy cortando, está todo baboso encima– Enzo habló riendo, sin levantar la mirada de su labor– ¿Llegas a pasarme el tacho?
Julían asintió con un pequeño sonido y se estiró lo más que pudo para alcanzar el pequeño cesto de metal, dejándolo a su lado.
–No me lo pongas tan fuerte que después me duele– Julián pidió con seriedad y Enzo soltó una risotada infantil, recibiendo un empujón con el pie del cordobés que se había sumado a la risa después de entender su oración– Na, sos un virgo. No digo más nada.
Ninguno de los dos siguió la conversación, Enzo muy concentrado en vendar correctamente y Julián demasiado ocupado observando la habilidad de las manos contrarias. La piel del cordobés se sentía como porcelana bajo el tacto de Enzo, que lo trataba con la misma delicadeza que lleva el material. Los dedos del veinticuatro parecían quemar su piel con cada toque, haciendo que los vellos del brazo de Julián se erizaran levemente y subiera un calor por sus mejillas al darse cuenta que estaba reaccionando como una quinceañera.
Una vez que la venda abarcaba todos los lugares correctos y sostenía las articulaciones de Julián de la forma debida, Enzo sostuvo la punta de la tela con una mano para que no se corriera de su posición y la extremidad de su compañero con la otra, acercándose a cortar el excedente con los dientes.
–Uh, no agarré la cinta antes, banca– Enzo comentó sin soltar la mano de Julián.
–Yo te alcanzo, a ver.
Queriendo adelantarse mutuamente, se estiraron al mismo tiempo hacia el pequeño rollo de cinta que estaba en el piso. En un intento de protestar por la inquietud de Julián, Enzo levantó la cabeza y se encontró con la cara del nueve casi pegada a la suya.
Fue un instante breve, pero fue suficiente para que el corazón de Enzo se acelerara y su mente quedara en blanco. Desde tan corta distancia podía admirar en detalle el lunar que adornaba el labio superior de Julián, lo realmente escaso de barba que era y la sequedad de sus labios. El pensamiento de hidratar la boca de Julián con la propia lo volteó como un tackle y fue recién ahí que notó la rapidez del reflejo de ambos para separarse.
Tragó saliva en un intento de solucionar la repentina picazón de su garganta y lo acompañó con un carraspeo nervioso. Julián se dedicó a mirar cualquier otra cosa en la habitación que no fuera la cara de Enzo, que todavía seguía sosteniendo su mano con el trabajo a medio finalizar.
–Eh… Yo-Ya-Ya casi está esto, te pongo el… el coso este y listo.
–Sí, sí está- está bien lo siento bien– Julián habló encima y las palabras de ambos se fundieron en una sola oración inentendible.
Enzo se apresuró en encintar el vendaje y levantarse del suelo, queriendo alejarse del cuerpo de Julián que de repente parecía irradiar más calor de lo normal. O a lo mejor el aire acondicionado se había roto, seguramente esa era la respuesta. Para nada la quemazón de su cuerpo se debía a Julián. A Julián y a esos ojos enormes que lo miraron tan de cerca, o a esos rulos rebeldes que colgaban en su frente y a pesar de la transpiración del día seguían teniendo un leve aroma al acondicionador de coco que usaba en la ducha, o a esos labios que parecían pedirle a gritos que los probara por primera vez. Para nada.
¿Julián siempre se había acercado a él de esa forma? ¿O era el alcohol que le había pegado mal y su cabeza magnificaba todo lo que pasaba en el entorno? ¿Julián sentía esto mismo cada vez que Enzo se metía en su espacio personal o sólo él estaba exagerando? Demasiadas preguntas se formaron en su cabeza en pocos segundos y no pudo darle respuesta a ninguna, ni siquiera sabe cómo hizo funcionar sus piernas para salir del lugar que ocupó entre los muslos de Julián en los últimos minutos.
Nunca antes había pensado en Julián de esta forma. Bueno, nunca antes si no contaba esa vez que metió su primer gol asistido por el cordobés y éste lo tomó de la cara para festejar, logrando que la cabeza de Enzo hiciera cortocircuito por unos instantes creyendo que le iba a plantar un beso de tanta emoción. O la vez que en una joda por los 18 de un amigo en común, se pusieron en grupo a jugar a la botellita como si estuvieran en primer año de secundaria y al verlo chaparse con una chica desconocida, Enzo se preguntó si Julián sabría besar bien. O la vez que, mientras se comía a una mina en un boliche y le apretaba las piernas, su cerebro decidió recordarle los gruesos muslos de su amigo y no pudo dejar de pensar en sí se sentirían igual de suaves que los de la morocha que lo tomaba por el cuello.
Está bien, a lo mejor sí había pensado en Julián de muchas formas. Pero pareciera que su inconsciente había enterrado en lo más profundo la verdadera razón, porque para él todo era justificable con su amistad. En su lógica, era necesario saber si Julián tenía cancha chapando porque eran mejores amigos y no dejaría que su mejor amigo pase vergüenza con sus parejas; pensaba en Julián mientras estaba con alguien más porque eran mejores amigos y prácticamente vivían juntos, obvio que su imagen merodeaba por su cabeza en todo momento. Tenía sentido ¿O no?
Enzo pareció notar que habían estado en silencio por un largo tiempo, porque Julián tenía esa expresión que tiene cada vez que está en una situación de la que no sabe cómo salir pero tampoco puede escapar. Dios, tenía que dejar de observarlo tanto.
Antes de que pudiera hablar, fueron interrumpidos por un fuerte golpeteo en la puerta que los hizo saltar en sus lugares.
–¡SOPERMIIIII! ¿Están en bolas o podemos pasar?– La voz de Leandro inundó la habitación y su cabeza se asomó por la puerta.
Sin esperar respuesta, el cinco entró seguido por Rodrigo que traía un parlante con luces en una mano y su celular en la otra, seguramente manejando la playlist. Detrás de ellos venían Lisandro y el Cuti, con botellas plásticas llenas de alcohol en sus manos y animando a hacer entrar a un vergonzoso Garnacho que caminaba detrás del veinticinco con Emiliano abrazándolo por los hombros.
Enzo se pasó una mano por la cara, intentando eliminar el quilombo de pensamientos que lo habían dejado un poco mareado y viendo a Julián hacer lo mismo con su pelo.
–¿En qué andaban? ¿Interrumpimos algo?– Rodrigo preguntó sentándose al lado de Julián y abrazandolo, apoyando el parlante en la cama.
–¡No!– Enzo y Julián hablaron al mismo tiempo y casi en el mismo tono. El siete rió sin entender la exaltación y se tiró en la cama del cordobés, recostandose contra el respaldo.
–¿Qué hacen acá entonces?–preguntó Enzo viendo como todos se iban acomodando.
–¿Cómo qué hacemos ?– Habló el Cuti tirándose en la cama de Enzo seguido por Lisandro que acomodaba las cervezas en la mesita de luz– Vamos a jugar a la play un rato, no terminó el torneo todavía. Ah, y no te hagas el pelotudo que ya sé que este fernet es mío, Nahuel no sabe mentir.
Julián se rió en voz alta y miró a Enzo con un te lo dije en sus ojos. El bonaerense sintió su pecho alivianarse al ver que todo el nerviosismo de hacía minutos se había esfumado en Julián y todo seguía con normalidad para él a pesar del descontrol que había dentro de su cabeza.
–Tenes que aprender a compartir, Cuti. No pueden discutir siempre por lo mismo, loco– Lisandro habló levantándose para buscar los joysticks y prender la tele.
–Hay que festejar, hermano. ¿Somos bicampeones o no somos bicampeones?– Leandro ignoró por completo el intento de discusión que estaban teniendo y se puso a preparar vino nuevamente en una de las botellas de plástico.
–A ver si me haceis un lugar para el chavalin este, por favor– El Dibu habló en un exagerado acento español y Garnacho se rió, acomodándose en los pies de la cama compartida por Lisandro y el Cuti.
En otro momento Enzo se hubiera reído y hubiera seguido el chiste de Emiliano, pero su mente todavía seguía dando vueltas alrededor del momento que pasó con Julián y nada parecía terminar de encajar del todo.
–¿Estás bien, wacho?– Alejandro preguntó mirando a Enzo.
–¿Yo? Sí, sí… Todo joya– respondió rascándose el antebrazo en busca de hacer lo que sea para parecer natural.
–¿Qué pasa?– Se sumó el arquero– ¿Te va a dar la pálida ya? Al final sos el más flojito del conurbano.
–Cerra el orto vos, que vas a saber– Enzo rió y le pegó un empujón que por supuesto no lo movió ni dos centímetros.
Para su suerte, todos seguían demasiado eufóricos como para continuar indagando en las razones de su repentino cambio de humor. Y si el Cuti notó algo, no se lo dijo.
El torneo de Fifa comenzó con Rodrigo y Leandro contra Licha y Garnacho, que se pusieron en ventaja antes de que Enzo pudiera siquiera prestarle atención al juego. Se quedó sentado en el pequeño sillón que adornaba una de las esquinas de la habitación con la mirada fija en las camas y un fernet en la mano que hace tiempo había perdido el frío.
Probablemente estaba exagerando, Julián no parecía afectado por su casi-beso-casi-choque y tenía toda la lógica del mundo, porque no había pasado nada y no era la primera vez que estaban tan cerca. Seguramente el cordobés reaccionó así por la sorpresa y sus reflejos, seguir dándole vueltas al asunto era innecesario.
Se siente ridículo, se siente como esa vez que una compañera del colegio no quiso darle un beso en la fiesta de quince de una de sus amigas y se quedó sentado en el patio en soledad bajandose un daikiri como si realmente tuviera alcohol, porque si había algo a lo que Enzo no estaba muy acostumbrado era el rechazo. Dios, ¿Qué rechazo? Julián no lo había rechazado porque él no había hecho nada para que eso pasara. Punto.
Pero si lo hubiera hecho ¿Julián lo habría rechazado? Posiblemente no, pero ¿Eso era bueno? ¿Quería que su amigo aceptara? Cada pregunta parecía sembrar más dudas, toda respuesta llevaba a más peros y él seguía sin llegar a una conclusión que no lo deje inquieto.
El grito de Lisandro lo sacó de sus pensamientos, y por la forma en la que saltaban abrazados con Garnacho festejando en la cara de Leandro, habían ganado.
–Bueno, va va, corranse que vamos el Cuti y yo– Emiliano habló sacando al cinco y al siete de sus lugares con un corto aplauso.
La dupla derrotada se sentó en el piso frente a la tele, y Enzo encontró la mirada de Julián entre el desastre que estaban haciendo todos para acomodarse. El cordobés le señaló el espacio libre en la cama para que fuera con él, y por primera vez desde que lo conoció, Enzo dudó. Volver a tenerlo con su cuerpo pegado al suyo no parecía la mejor decisión para calmar el remolino de pensamientos que estaba teniendo.
–Ya te liberé la cama, amigo– Habló Rodrigo desde el piso, poniéndose unos lentes que encontró tirados por ahí y eligiendo una nueva cumbia para cambiar el enganchado de Q’ Lokura que el Cuti había elegido cuando llegaron– Te digo porque parece que estar lejos del muñeco te pega para el orto, ¿Qué te pasa?
Enzo le pegó un largo trago al fernet que seguía en su mano, intentando ocultar su cara detrás del vaso. Una parte de su cerebro se preguntaba si Rodrigo lo había notado, si todos habían notado algo raro apenas entraron, pero la otra parte, la más racional, le decía que no había nada para notar porque no había pasado nada. ¿Cuántas veces se había dicho lo mismo ya? Si su cabeza no estaba echando humo en ese momento, pegaba en el palo.
Julián lo miró con las cejas alzadas desde la cama, palmeando discretamente el lugar vacío a su lado.
–Qué rompebolas que estás, hermano– Comentó divertido, volviendo un poco en sí– No sé cómo te lo fumas todas las noches vos– le habló directo a Leandro, que se rió y lo abrazó al ahora rubio, diciéndole que no lo escuche, que él si se lo bancaba.
Enzo se acostó al lado de Julián, que se reía por la falsa pelea de los otros dos, y dejó el vaso en el pequeño mueble al lado de la cama acomodándose contra el respaldo. La mano del cordobés rozó la suya y entendió que estaba buscando su atención, así que se giró a mirarlo.
–¿Todo bien?
La voz de Julián salió casi en un susurro, hablando solo para él y no para el resto de sus compañeros que seguían a los gritos con el partido y la música. La intimidad hizo que a Enzo le recorriera un escalofrío por la espalda. No sabía si la pregunta se refería a su estado en general o si se estaba asegurando de que todo siguiera normal entre ellos.
–Sí, tranqui. Me bajó todo el cansancio junto nomás. ¿Vos bien?– Enzo tampoco supo a qué iba su pregunta, pero supuso que Julián entendería. Julián siempre entendía.
–Ajá– Respondió con tranquilidad, suspirando y acomodando sus piernas sobre las de Enzo, generando un enrede de extremidades de porcelana combinadas con las tatuadas.
El cuerpo de Julián se relajó contra el suyo y Enzo decidió calmar su mente, eligiendo disfrutar el contacto y dejar de lado cualquier pensamiento que le arruinara la paz de estar acurrucado con el delantero.
Desde su lugar vio como el Dibu le daba vuelta el partido a los jugadores del United, saltando de la cama para bailar frente a ellos y siendo golpeado por el Cuti a modo de festejo. Rodrigo se subió al sillón en el que Enzo había estado sentado hace unos minutos y comenzó a grabar desde arriba, ganándose gritos de todos y unos golpes más discretos de Julián en el respaldo de la cama. Se estiró para agarrar de nuevo el vaso de fernet y tomarlo casi hasta el final de un solo trago, en un intento de no sentir lo tibio que estaba. Cuando notó que quedaba poco, estiró la bebida hacia Julián, al que no había visto tomar mucho desde que sus compañeros habían ocupado su habitación.
–¿Querés? Está medio asqueroso porque no tiene hielo pero lo preparó el Cuti así qu- Ah, bueno– Fue cortado por Julián que tomó del vaso sin agarrarlo, por lo que Enzo le estaba dando de beber en la boca. Al parecer sí había estado tomando, porque no había forma de que Julián hiciera eso totalmente sobrio.
El cordobés alzó la cabeza, haciendo que Enzo acompañara el movimiento levantando su brazo para que el vaso se vaciara por completo. Un poco del líquido se escapó por los costados, haciendo que Julián se aleje riéndose por haberse manchado. La vista del veinticuatro quedó fija en la boca del otro, que todavía tenía restos de fernet que hacían que los labios le brillaran más que cuando se la pasaba mordiéndolos y generando una paspadura. Ahí estaba de nuevo. Quería acercarse, quería ayudarlo a limpiarse, quería probar.
Julián sonrió como un niño y Enzo solo pudo observar, perdido en la felicidad que reflejaban sus ojos y sin saber qué había hecho tan bueno en la vida para poder estar disfrutando de Julián de esta forma.
Era la primera vez que verdaderamente se paraba a pensar en todo lo que le generaba Julián, porque el sentimiento siempre había estado ahí, en cada abrazo, en cada festejo, en cada beso en la mejilla o en la cabeza, en cada noche juntos envueltos en las mismas sábanas. Estuvo siempre y en todos lados, sólo tenía que verlo.
Pero, ¿Ver qué, exactamente? Y ahí empezó otra vez ese espiral en el que encontraba una respuesta pero le surgían veinte preguntas nuevas.
Enzo amaba a Julián, eso lo tenía claro él y cualquier persona que los viera juntos por más de un minuto, pero nunca pensó que ese amor podría distorsionarse y confundirlo de la forma que lo estaba haciendo. ¿En algún momento Julián se habría confundido de la misma forma y no se lo dijo? ¿Qué tan normal era su repentina curiosidad por explorar su relación con el cordobés?
De repente el cuarto comenzó a sentirse demasiado caluroso, las voces de sus compañeros parecían retumbar mucho más fuerte pero a la vez eran lejanas, la música había pasado a sonar como un pitido constante y el cuerpo del nueve parecía pegarse cada vez más al suyo. Enzo sintió la respiración trabándose en su garganta y los latidos del corazón resonandole en la cabeza.
Julián le palmeó la cara con suavidad y sonrió mientras alzaba las cejas.
–¿Qué te pasa? ¿Viste un fantasma, boludo?
Y como si fuera un ángel caído del cielo, Cuti apareció detrás suyo, haciéndose lugar entre el griterío y el apilamiento de personas que había en el espacio reducido de la pieza.
–¿Vamos a buscar hielo? Parece que me están dando meo los culiados éstos– preguntó dirigiéndose a la puerta sin esperar mucho por una respuesta.
Miró a Julián en un pedido silencioso de que quitara sus gruesas piernas de encima de las suyas, y salió de la cama lo más rápido que pudo.
Ya fuera de la habitación, siguió al central en silencio, dedicándose a escucharlo hablar sobre algún chusmerío del Tottenham que no entendió demasiado bien pero que intentó responder genéricamente para que pareciera que le estaba siguiendo el ritmo. En los pasillos había mucho movimiento, jugadores encontrándose con sus familias, utileros acomodando todo para su partida al día siguiente, piezas con puertas abiertas que dejaban escapar la música hacia afuera y alguna que otra botella tirada por ahí. Fueron saludando y sacándose fotos con gente del hotel que se les cruzaba y los felicitaba por otro campeonato hasta que llegaron a lo que Enzo supuso que no era la cocina principal del establecimiento, porque no era lo suficientemente grande y no había gente trabajando.
El Cuti se puso en búsqueda de los hielos y un recipiente para llevarlos mientras Enzo se apoyaba contra una mesa metálica que se encontraba en el centro de la cocina y se cruzaba de brazos.
–Por eso te digo, lo de Kane es medio raro, que sé yo– Pareció terminar su idea mientras se daba vuelta para enfrentar a su compañero– ¿Me estás escuchando? Que culiado que sos, no me estás dando ni bola.
–¿Te puedo hacer una pregunta?– contestó con otro interrogante.
–Ya te dije que el palo santo no es porro, es un palo literal– respondió volviendo a revolver el freezer de espaldas a Enzo, que se rió por la respuesta.
–No, no es eso. Igual ya sé que no me darías ni una seca vos, pero no es eso.
–¿Y entonces?
–Licha y vos son mejores amigos ¿No?
–Que no te escuche Nahuel– Respondió riendo mientras vaciaba una cubetera en un recipiente de metal– Pero sí, ¿Qué tiene?
–¿Te lo comiste alguna vez?
Cristian frenó todos sus movimientos y dejó las cosas en la mesada, volviendo a ponerse de frente a Enzo con una sonrisa que no llegó a descifrar.
–Te lo querés voltear al Juli, ¿No?
La puta madre.
–¿Eh? No, nada que ver, no flashes– Enzo chistó y bajó la mirada, intentando ocultar el calor que había subido a sus mejillas después de haber sido descubierto tan rápido.
–¿Y qué preguntas entonces? ¿Qué sos chimentero ahora?
–No, por nada.
El trece solo lo miró, esperando que siguiera hablando, porque al parecer de alguna forma holística había notado lo que pasaba. O quizás él simplemente era muy obvio, lo cual significa que todos podrían haberlo notado. Y por cómo estaba el panorama en su cabeza, todos lo habrían notado menos él mismo.
–Capaz…– Empezó a hablar nuevamente y el central sonrió acomodándose contra la mesada frente a él– Estuve pensando cosas raras con él, y no quiero mandarmela. Capaz es muy de wachin alzado en el viaje de egresados pero medio que lo estoy mirando distinto, ¿Entendes?
–Siempre lo miraste igual, vos te estás dando cuenta ahora nomas.
–Pero entendes lo que te digo, ¿O no?
–Sí. Te lo queres comer en dos pancitos, eso entiendo. ‘Ta perfecto amigo, vos sabes que yo no juzgo.
Enzo le tiró con un trapo que encontró encima de la mesa y el otro sólo se rió cubriéndose la cara.
–Dale, tarado. En serio te digo, ando en cualquiera ya– admitió pasándose las manos por la cara, buscando liberar un poco de frustración.
–Na, hermano. No es cualquiera, que sé yo, es más normal de lo que crees.
–¿Decís?
–Y más vale– Afirmó jugando con el trapo que había recibido– Es normal, amigo. Crecieron juntos, jugaron juntos, llegaron a la selección juntos, festejaron todo juntos, en algún momento se te empieza a mezclar. No le des mucha vuelta, encaralo y listo.
La normalidad con la que propuso la idea hizo que las cejas de Enzo llegaran casi a su línea de pelo, como si fuera algo de todos los días ir con tu mejor amigo y decirle ‘Hola, no sé bien cuál me pintó pero ¿Estás para darnos y ver qué onda?’
–¿Cómo lo voy a encarar? Estás en pedo, no hay chance. Aparte me sacaría cagando.
El central suspiró y miró hacia arriba, tapándose la cara con las manos y soltando un quejido exagerado que hizo que Enzo pensara que estaba por barrerlo ahí mismo.
–Es Julián, culiado, mira si te va a decir algo justo a vos. Y si te dice que no, bueno, fue. Te haces el pelotudo y listo, siguen como si nada. ¿Quién se va a enterar?
Enzo analizó las palabras de su amigo mientras se arrancaba la cascarita que se le había formado en el pulgar por haberse mordido las cutículas durante el partido. Algo de razón tenía, ¿Quién se iba a enterar? Nadie nunca se enteraba de lo que pasaba en su habitación con Julián a menos que ellos lo contaran, esto no tendría que ser la excepción. Si el cordobés aceptaba, finalmente podría probar qué se sentía tocarlo de la forma que venía pensando y todo sería un éxito, y si no aceptaba… Bueno, si no aceptaba no sabría qué hacer.
–Tengo un quilombo en la cabeza– Confesó pasándose las manos por el pelo y tirando levemente.
–¡Ay él! Mira como te pones porque te gusta un compañerito– El central se burló, acercándose para golpearlo levemente en el brazo.
–Que bruto que sos, Cuti– Respondió devolviéndole el empujón– ¿No aprendiste nada en los cursos de diversidad del club? No me tenés que forrear.
Cristian largó una carcajada y lo abrazó por los hombros, frotandole la cabeza.
–No te estoy forreando porque te guste Julián, te boludeo porque pareces un nene.
–No me gusta Julián.
¿O sí?
–Sí, claro. ¿Y todo esto qué fue entonces?
–Qué sé yo– Suspiró cruzándose de brazos– Después veo que hago.
Su mente volvió a correr en círculos, pensando en la forma en la que Cristian había dado por hecho con tanta naturalidad que su inconveniente era con Julián. ¿Era tan obvio? ¿Todos se habían dado cuenta menos él? ¿Realmente le gustaba Julián, o sólo tenía curiosidad de algo nuevo y lo más razonable era probarlo con él?
–Na, ¿Qué después? Después él se va a París, vos te volves a Argentina– Enumeró sin soltar el agarre en sus hombros– Después arranca la temporada y no se ven más hasta Septiembre. No seas cagón y hacelo ahora.
Suspiró sabiendo que su amigo tenía razón, pero no se creía capaz de hacerlo justo en ese momento. No quería arruinarle a Julián las competencias que se le venían con sus dudas, jamás se perdonaría por desestabilizarlo en un momento tan importante de su vida.
–Sí, capaz lo hago, no sé. Me da un cagazo boludo.
El Cuti lo soltó y volvió a su lugar anterior, agarrando los recipientes donde estaban los hielos que comenzaban a derretirse.
–Yo que vos lo hago hoy, pensa que después podes decir que estabas medio chupado o alguna boludez de esas y listo– Recomendó comenzando a caminar hacia la salida– Vamos, dale, deja de llorar que tenemos que volver.
Enzo se rió y lo siguió arrastrando los pies, dejando en la mesada el trapo con el que estuvieron jugando. Paró en seco cuando se dió cuenta de que todavía le faltaba una respuesta.
–Banca, nunca me dijiste si te comiste a Licha o no– reclamó bajando un poco la voz por precaución y empujandolo por atrás.
–Menos averigua Dios…
El mediocampista lo miró con la boca abierta y el central solamente se rió encogiéndose de hombros, dando a entender que de su boca no saldría ninguna confesión, al menos no una verbal.
Cuando volvieron a la habitación, todos sus compañeros seguían desparramados encima de cualquier superficie en la que podían acostarse. El torneo de play parecía haber terminado aunque la televisión seguía prendida, pero todos ya estaban concentrados en sus celulares mientras el parlante pasaba un compilado de reggaeton viejo, seguramente elegido por Rodrigo.
Julián levantó la mirada con rapidez al escuchar la puerta, encontrándose con los ojos de Enzo y sonriendo al verlo, dejando su celular encima del acolchado.
–¿A dónde fueron a buscar el hielo ustedes? ¿No querían tardar un poco más?– reclamó Lisandro levantándose sobre sus antebrazos en la cama.
–Fue un rato nomás, no te me pongas celoso, cosito– El Cuti le respondió con un tono que Enzo hubiera dejado pasar de largo si no fuera por su conversación previa, al parecer eso también había estado enfrente de sus ojos todo este tiempo y no lo había notado.
Leandro agarró el recipiente y comenzó a armar un nuevo trago, esta vez con cubitos –¿Qué van a hacer ahora? Está para un torneito de truco, ¿No?
–Nosotros no vamos, yo no doy más– Julián habló desde la cama, donde ya se había ubicado nuevamente con parte de su cuerpo sobre el de Enzo.
–Na, dejate de joder, Enzo– Habló Emiliano levantando la vista de su teléfono– ¿Tan pollera vas a ser amigo? ¿No te deja ni ir a jugar con los pibes?
Enzo se congeló en el lugar y como si le hubiera dado un shock eléctrico, quitó la mano que descansaba en la rodilla de Julián, quien lo miró extrañado ante el repentino cambio. ¿Por qué se había asustado tanto? Esos comentarios sobre su relación con el nueve siempre habían sido parte de los chistes de sus compañeros, pero esa vez se sentía como si le hubieran descubierto su secreto más oculto.
En un intento de salvar la situación y parecer totalmente despreocupado, volvió a apoyar su mano en la pierna de Julián y se rió lo más natural que pudo antes de contestarle al veintitrés.
–Hablá por vos, que tu jermu te escribe y desapareces en dos segundos, fantasma.
No negó la acusación del arquero porque en cierto punto tenía razón, si Julián no iba, él perdía bastante el interés y terminaba eligiendo quedarse donde sea que su amigo quisiera. Notó que el delantero tampoco había dicho nada al respecto y por unos instantes se permitió tener una pizca de esperanza, si Julián nunca se había sentido atacado o incómodo con que asuman que ellos eran pareja quizás…
No.
La posibilidad era mínima, ya estaba buscando señales en cualquier lado.
El teléfono de Leandro sonó y Enzo escuchó a lo lejos como le confirmaba a Lionel que en diez minutos estarían en su pieza y le pedía que los espere con el mate, por lo que asumió que todos irían con él.
–Bueno, levanten campamento que Leo está para el truco– anunció levantándose de su lugar y revisando de no olvidarse nada, aunque no haya traído más que alcohol y su teléfono.
Como si hubiera dicho la palabra mágica, todos se levantaron para ir a la habitación del diez y seguir festejando en grupo, menos Garnacho que parecía estar anclado a su lugar en la cama de Julián.
–Dale, tío, arriba– Volvió a molestarlo Emiliano, haciendo un gesto con la mano para que se levantara.
–Yo creo que me quedo un rato más, ¿Me puedo quedar?– preguntó mirando a los dueños del cuarto.
Julián no llegó a decir nada, porque Lisandro apareció detrás del arquero para tomar al chico del United por el brazo y hacerlo levantarse como quien saca a su hijo pequeño de los juegos de una plaza.
–No, dale. Vamos que ya los jodimos demasiado a los chicos, dejalos solos un rato.
Enzo se encontró con la mirada de Lisandro, que le regaló una sonrisa con tanta complicidad que le hizo creer que el central sabía lo mismo que el Cuti aunque no se lo hubiera hecho saber.
Alejandro se quejó y se fue detrás del veinticinco arrastrando los pies, saludandolos con la mano y haciéndoles saber que en el micro se sentaría con ellos.
Una vez solos, el ambiente tenso que había entre ellos antes de que sus compañeros los interrumpieran volvió, haciendo que el aire de repente se sintiera pesado y las palabras les quedaran atrapadas en la garganta.
En silencio, Enzo buscó ropa en el desastre que era su valija mientras Julián cambiaba la televisión y ponía un canal de deportes local, asumió que el cordobés entendía algo de todo lo que estaban diciendo porque se tiró en la cama y puso todo su interés en lo que decían los comentaristas, intentando no prestarle mucha atención a los movimientos de su amigo.
–Me pego una ducha y salgo.
–Dale– Julián contestó despacio, sin dirigirle la mirada por más de unos segundos y volviendo su vista a la televisión frente a él. Enzo quiso decir algo más, cualquier cosa que hiciera que la tensión del aire se evaporara pero no se le ocurrió nada, así que se dedicó a meterse al baño sin acotar algo más.
Para su decepción, el agua fría no sirvió para aclarar su mente pero sí para bajar el calor que le habían generado tanto la situación con Julián como su charla con Cristian y, para coronar, los intentos de fernet preparados por Garnacho que estaban demasiado puros para no afectar su sistema.
Cuando salió, se encontró con Julián revolviendo su valija en busca de algo para ponerse mientras sostenía un toallón en una de sus manos. Tomó un short limpio y se estiró para agarrar una remera de la valija de Enzo sin pedirle permiso, y él se permitió sonreír para sí mismo ante la acción.
El cordobés se metió al baño con rapidez y Enzo se tiró en la cama, bajando el aire acondicionado unos grados porque para él la única forma correcta de dormir en verano era con el aire bien bajo y tapado con el acolchado, aunque Julián se quejara del frío y quisiera dejarlo en veinticuatro toda la noche.
Para cuando Julián salió de bañarse, Enzo ya había apagado las luces y se había metido debajo de las sábanas, dejando la televisión prendida pero sin prestarle atención por estar viendo reels en su celular.
El delantero se sentó en su cama dándole la espalda, mientras secaba por última vez sus rulos y se tiraba contra las almohadas agarrando su teléfono que se estaba cargando en la mesa de luz. No le dirigió la palabra a Enzo y él tampoco se atrevió a decir nada, porque si era honesto no tenía nada para decirle.
–¿Puedo apagar la tele?– preguntó despacio, dignandose a mirarlo por primera vez desde que estaban solos.
–Apaga, si total no entiendo una mierda de lo que dicen.
Julián sonrió con su respuesta y apagó el aparato, haciendo lo mismo con su teléfono y dejando la pieza en total oscuridad salvo por la tenue iluminación de la pantalla de Enzo y los rayos de luz artificial de la calle que entraban por la ventana, porque su habitación no estaba lo suficientemente alta para que los faroles de la vereda no los alcanzaran.
El silencio parecía ensordecer a Enzo, estar sin palabras no era algo propio suyo y se sintió un boludo mirando el techo en la oscuridad pensando cómo se iba a acercar a Julián al día siguiente. La ciudad no parecía tener el movimiento suficiente para que se escuchara un bullicio en el cual concentrarse, y recordó la noche en la que llegaron a Miami y él, muy decepcionado, resaltó que no entendía por qué se llamaba la ciudad que nunca duerme si no parecía haber movimiento después de la una de la madrugada, ganándose un ‘Eso es Nueva York, animal’ de parte de Tagliafico. Era lo mismo.
Podía escuchar a Julián removiendose en la cama, al parecer con la misma dificultad para dormir que él, pero sin decirle nada. En otro momento hubieran prendido la luz y el mayor se habría escabullido a su lado para hablar hasta que les diera sueño y se contagiaran bostezos logrando conciliar el sueño. Pero esta vez no pasó, y Enzo tuvo que conformarse con jugar con la funda de la almohada debajo de su cabeza.
–¿Dormís?
Su cuerpo se tensó cuando escuchó la voz de Julián, y se debatió unos segundos entre hacerse el dormido o contestarle.
–No. ¿Qué pasó?
–Nada. No tengo sueño.
Enzo no contestó, y Julián dejó pasar unos minutos hasta volver a hablar.
–Estás raro.
–¿Yo? Nada que ver.
–Te conozco, Enzo. Estás raro desde… Desde lo que pasó– El nueve no se animó a nombrar la situación, y Enzo no lo culpa, él tampoco sabría qué nombre ponerle– ¿Te puedo preguntar algo?
Lo único que salió de su boca fue un leve sonido afirmativo, mientras escuchaba como Julián se levantaba de la cama y se acercaba a la suya. Ahí estaba, la familiaridad que estuvo ausente la última hora.
Con Julián ya metido bajo sus sábanas, Enzo se estiró para prender una pequeña luz ubicada en la cabecera de la cama, que por su tamaño y débil iluminación parecía ser para leer sin molestar al de al lado. Era de las pocas luces cálidas que había en la habitación, y a Enzo le recordaba al velador de la pieza que Julián compartía con su hermano en Calchín y que él había tenido la posibilidad de conocer unos años atrás, cuando el cordobés lo llevó para que conociera a su familia.
El delantero se quedó acostado boca arriba, imitando la posición de su amigo que ya había vuelto a su lugar.
–¿Qué pasó?
–¿A vos te molesta que los chicos nos jodan con…– Paró unos segundos para pensar cómo decirlo– Con que estamos juntos y esas cosas? Porque si te jode puedo hablar con Rodri y que le diga al rest-
–¡No! No. Nada que ver, no me jode. No tenes que hablar con nadie.
–¿Y entonces?– volvió a preguntar, esta vez acomodando su cuerpo de costado para enfrentar a Enzo, usando sus manos para apoyar la cabeza como si no estuviera recostado sobre las almohadas más suaves que podrían tener.
–¿Entonces qué?– respondió con otra pregunta, copiando la posición de Julián y quedando frente a él.
–¿Por qué estás así?
Enzo suspiró, sintiéndose acorralado por el repentino enfrentamiento de Julián y la imposibilidad de escapar de la situación. Buscó en su cabeza una excusa que no desembocara en explicar sus verdaderas razones y la encontró.
–Nada, que esto ya se terminó y yo me había acostumbrado de nuevo. Me cuesta volver al club después de estar tanto tiempo juntos– no aclaró a quién se refería con juntos, pero asumió que Julián entendería que hablaba sólo de él.
–Mhm– Julián asintió, bajando la mirada y sacandose la pielcita del labio inferior con los dientes– Yo también te voy a extrañar– se atrevió a decir, volviendo a buscar la mirada de Enzo y dedicándole una sonrisa.
–Nunca me molestaría que me jodan con vos, Juli– Confesó retomando la primera pregunta del delantero, que pareció ser tomado por sorpresa por la declaración– ¿A vos sí?
–Meh, podría ser peor– bromeó alzando los hombros y sacándole una risa a Enzo, que sacó una mano debajo de su cabeza para empujar levemente el brazo de Julián.
–Que mentiroso que sos, seguro te encanta.
Julián sonrió ampliamente y se achicó en su lugar mientras un leve rubor subía por sus mejillas.
–Puede ser.
La respuesta tomó por sorpresa al mediocampista, que lo miró con la boca levemente abierta sin saber qué decir. Y el pensamiento volvió a su cabeza como un torbellino. Quizás…
Volvió a su posición inicial, recostandose de espaldas y mirando el techo nuevamente, dejando a Julián observandolo de costado.
Sabía que tenía que decir algo, que Julián probablemente no entendía por qué se había puesto raro otra vez y faltaba poco para que volviera a preguntar qué le pasaba. Infló su pecho con todo el aire que pudo, y lo soltó despacio, cerrando los ojos y pasándose la mano por el pelo que todavía estaba levemente húmedo.
–Sí te voy a extrañar, ¿Sabes? Siempre te extraño.
No sabía por qué estaba contestando las preguntas de Julián de forma tan asincrónica, pero todo parecía tardar en procesarse cuando el otro le hablaba tan cerca, haciendo que se pierda en sus facciones y en el aroma de su pelo.
–Yo también te extraño, no es lo mismo si no estamos juntos– el cordobés respondió rozando su mano en el brazo del tatuado, haciendo que este gire su cabeza para volver a mirarlo.
–No, no es– Enzo le devolvió el toque, acercando su mano y envolviendo la de Julián, llevando las dos a su pecho– Hoy cuando dije que no me imaginaba estando acá sin vos era verdad.
El delantero sonrió y asintió, apretando el agarre en su mano.
–Yo tampoco. ¿Te imaginas lo que hubiera sido yo sólo en reserva?
Enzo soltó una carcajada y volvió a ponerse sobre su costado, sin soltar la mano de su amigo y acomodándose para mirarlo mejor.
–Todavía estarías sin hablar seguro, wachin.
–No seas culiado, algún amigo iba a tener. Iba a sobrevivir sin vos.
–Yo no.
Julián sonrió con nerviosismo y escondió la mitad de su cara en la almohada, ahogando un poco su voz al hablar.
–Qué exagerado que sos.
–De verdad te digo boludo, no me imagino haciendo esto sólo.
–No ibas a estar sólo.
Enzo revoleó los ojos.
–Vos entendes– Realmente esperaba que Julián estuviera entendiendo, porque no sabía qué más decirle para que se diera cuenta del verdadero mensaje detrás de sus comentarios. En el fondo creía que no sería necesario confesar nada, los dos se conocían tanto que Enzo estaba seguro que el otro podía ver sus sentimientos a través de sus ojos, sin que él deba poner en palabras sus pensamientos– Siempre me entendes.
–Y hay que entenderte a vos, eh.
–Una vez que hablo en serio me boludeas, ¿Ves cómo sos?– Ambos sonrieron y, disimuladamente, Julián acercó más su cuerpo al suyo– Vos me entendes más que nadie, Ju.
Ninguno de los dos habló, no había mucho más que decir, por lo que se permitieron disfrutar del silencio recorriendo las facciones del otro con la mirada. El cerebro de Enzo hizo un click cuando Julián posó su vista en su boca mientras se humedecía los labios, y como si él ya no estuviera a cargo de sus movimientos, su cuerpo se acercó más al otro. Desde esa distancia podía sentir la respiración del delantero chocando en su cara y la luz anaranjada del pequeño velador hacía que los labios de Julián se vieran incluso más irresistibles que horas atrás.
–¿Puedo…?
Julián no contestó, demasiado perdido en los movimientos ajenos para poder formular palabras, así que sólo asintió como pudo, cerrando los ojos y moviéndose mínimamente hacia adelante.
Enzo se acercó con cuidado, temiendo que cualquier movimiento en falso haría que Julián se diera cuenta de lo que verdaderamente estaba pasando y se arrepintiera. El primer contacto fue mínimo, apenas un delicado choque de labios cerrados que incluso podría considerarse infantil, pero que hizo que el cordobés apretara fuertemente la mano de Enzo que todavía seguía sosteniendo la suya. Ninguno de los dos se atrevió a moverse en busca de algo más, intentando procesar qué estaba pasando.
El contacto fue quebrado por Enzo, que se separó y se apuró a abrir los ojos en busca de algo -lo que sea- en la cara de Julián, pero lo único que encontró fue un nuevo brillo en esos orbes oscuros que lo miraban con intensidad. Vio ese destello que sabía que el cordobés reservaba sólo para él, pero esta vez pudo notar algo más: había deseo, aceptación y, si se permitía ser asquerosamente romántico, podría decir que había amor.
No se animó a hablar, no supo qué hacer más que mirar expectante al delantero que después de hacer un recorrido lento por toda su cara con intensidad, volvió a pasar su lengua por el labio inferior y avanzó con decisión hacia él, capturando su boca en un nuevo beso. La sorpresa por el actuar de Julián hizo que su boca se separara levemente, haciendo que sus labios encajen perfectamente. Y, Dios, besar al nueve se sentía mejor que cualquier cosa que podría haber imaginado. De repente, como la última pieza de un rompecabezas que te llevó años armar, el beso hace que Enzo pueda ver la imágen completa por primera vez. Cada abrazo, cada festejo, cada cosquilleo después de un roce y cada pensamiento sobre Julián parece encajar a la perfección.
Julián suelta su mano y se remueve en el lugar, y Enzo le pide a todos los santos que no esté arrepentido, porque separarse de su boca en ese momento podría ser el desafío más difícil de toda su vida. Ahora que sabe cómo se siente besarlo, no entiende cómo pasó tantos años sin sus labios sobre los suyos. Como si hubiera escuchado sus temores, Julián no se separa de él, sino que usa sus manos libres para subirlas hasta su cuello y delinear los tatuajes que decoran la zona como si se los supiera de memoria. Las manos parecen encajar a la perfección en su cuello, como si naturalmente se hubieran desarrollado para que su único propósito fuera anclarse a Enzo.
Los finos labios de Julián se mueven sobre los suyos y un calor infernal se adueña de su pecho, repentinamente siendo extremadamente consciente del toque ajeno. Lo siente en todo el cuerpo, siente las manos aferradas a su cuello jugando con los cortos cabellos de su nuca, siente el pecho tonificado subiendo y bajando con rapidez en una respiración errática, siente las suaves piernas haciéndose lugar entre las suyas y recuerda que él también debe moverse, por lo que lleva sus manos a la cintura del más bajo y aprieta con firmeza para corroborar que todo es real, que verdaderamente está pasando y se gana un suspiro de Julián sobre su boca.
Todo se siente demasiado y no suficiente a la vez, las manos de Julián viajan de su nuca a su pelo para enredarse ahí y tirar. Enzo siente el tirón y no puede evitar pensar en todas las veces que Julián había hecho eso antes, ya sea dentro de la cancha o encima de un colectivo festejando la copa del mundo y ahora estaba ahí, en la intimidad de su habitación, enredado en sus sábanas mientras compartían el mejor beso de su vida.
El agarre en la cintura del cordobés ya no parece saciar su necesidad de sentirlo, así que decide escabullir sus manos por debajo de la remera - su remera- de entrenamiento y recorrer su espalda de arriba a abajo, deleitándose con la suavidad de su piel mientras intenta no dejar un centímetro de su cuerpo sin acariciar.
Julián tira descaradamente de su labio inferior con los dientes y Enzo sólo puede seguir el movimiento con su cabeza, en un intento patético de no estar separados por mucho tiempo y sintiendo como la poca cordura que le quedaba abandona su cuerpo. Atrae por la espalda a Julián para que estuviera más cerca (si es que eso era posible) y en un acto ambicioso de sentir más del delantero, se atreve a bajar su mano a uno de los gruesos muslos ajenos, apretando la carne y guiando la pierna para que el otro la levante y se enganchara a su cadera sin dejar de besarse. El cordobés jadea en su boca y aleja su cara.
–Para– pide separándose con dificultad y apoyando sus manos en el pecho tatuado frente a él, dándole a Enzo una imagen perfecta de sus rulos despeinados, sus cachetes colorados y sus labios hinchados y brillosos por haber sido besados con tanta intensidad.
–¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Me zarpé?– Habló en un estado no mucho mejor que el de Julián, suspirando con pesadez– Perdón, boludo, pensé que-que n-no sé-
Y Julián parece haber notado el pánico en su rostro, porque decide tomarlo por las mejillas y regalarle una sonrisa tranquila que acompañó con un pequeño pico.
–No, no. No hiciste nada, pasa que…–Tomó aire antes de seguir hablando– No podía respirar ya.
Enzo suspiró y volvió a tomarlo de la cintura con delicadeza. El delantero sonrió sin dejar de mirarlo y una risa se le escapó de los labios, contagiando al veinticuatro y haciendo que los nervios del momento desaparecieran por completo. Julián soltó todo el aire que había reunido y cerró los ojos antes de ocultar su cara en el lugar entre el cuello y el pecho del más alto, mientras éste trazaba figuras abstractas en la piel de su cintura.
–No sabes hace cuánto quería esto– confesó sin salir de su escondite en en el cuello de Enzo y dejando un pequeño beso en el tatuaje de cruz que adornaba su tráquea.
–¿Ah sí? ¿Hace cuánto?– preguntó volviendo a su característico tono chamuyero y sonriendo de costado aunque Julián no pudiera verlo, pero de alguna forma podía escuchar la sonrisa en su voz.
–No te agrandes que bien que estabas cagado en las patas recién, eh– Julián levantó su cabeza y le dio un empujón en el hombro.
–Yo también quería esto hace mucho– admitió acercando su cara a la del más bajo, rozando sus narices– Pero no me había dado cuenta hasta hoy.
–Sos bastante boludo.
Enzo se rió y le robó un beso fugaz, besando más su sonrisa que sus labios.
–Me ayudó el Cuti, imaginate.
–¿El Cuti?– Preguntó alzando las cejas y acomodando mejor su pierna que seguía enganchada en la cadera del mediocampista– Ah pero sos boludo con ganas, para que él se de cuenta y vos no…– terminó con una mueca dando a entender que efectivamente, era un boludo.
–¿Qué te pasa ahora? Te doy dos besos y se te suben los humos a vos– Enzo subió sus manos para pellizcar la panza del nueve y hacerlo reír, sabiendo que era donde más sentía las cosquillas.
Julián se liberó del agarre como pudo y lo atrajo nuevamente por el cuello, quedando completamente acostado sobre su espalda y arrastrando a Enzo para que quede encima suyo. Volvió a unir sus bocas, esta vez con más delicadeza, permitiendo explorarse mutuamente con más tranquilidad que la primera vez.
Enzo se separó y lo miró desde arriba, viendo como las mejillas de Julián se ruborizaban al ser observado tan en detalle.
–¿Qué pasa?
–Sos lindo wacho, eh.
–Anda, sos más chamuyero– respondió atrapando su labio inferior entre los dientes y sacando su mano debajo del pesado cuerpo de Enzo para hacerle un montoncito con la mano.
–De verdad te digo, sos muy lindo– reafirmó y bajó la cabeza para dejar besos en la cara de Julián, que intentaba sacárselo de encima mientras se reía.
–Salí de acá, sos un versero, salí.
Ignorándolo por completo, Enzo siguió molestando con besos y mordidas por la extensión de su cuello y deleitándose con las pequeñas carcajadas que soltaba. El cuerpo del tatuado pesaba sobre el suyo, pero Julián logró dar vuelta sus posiciones haciendo fuerza con las piernas y consiguiendo dejar al mediocampista acostado sobre su espalda y sentándose encima suyo.
–Basta te dije– intentó sonar firme, fingiendo seriedad mientras veía como Enzo se sentaba sin quitarse su cuerpo de encima, tomándolo con firmeza por la cintura.
–No te sale poner cara de malo, mira lo que es esa carita de nene– se burló agarrando la cara de Julián con una sola mano y volviendo a encajarle un beso, la boca del delantero se había vuelto una adicción más rápido de lo que predijo y supo que ya no tendría vuelta atrás.
–Sos infumable, culiado– su queja salió al mismo tiempo que envolvía el cuello del otro con sus brazos, acercándose más.
–Che…–Comenzó la idea pellizcando suavemente la carne en la cadera de Julián– ¿Probamos los forros de la copa?– la pregunta fue acompañada con un movimiento insinuante de sus cejas y el cordobés le dio un empujón en el pecho, saliendo de arriba suyo y tirándose en la cama nuevamente.
–Ves que sos un guaso, no se puede tener un momento en paz con vos.
Enzo soltó una carcajada y se tiró a su lado, abrazándolo por la cintura y apoyando la cabeza en su pecho mientras Julián comenzaba a acariciar suavemente su pelo.
El latido del corazón del cordobés parecía haberse sincronizado con el suyo, el silencio de la habitación ya no parecía aturdirlo sino que se los envolvía perfectamente y acompañaba la tranquila respiración de Julián.
–Mi mamá me dijo que esto iba a pasar– La voz de Julián salió con precaución, como si no quisiera arruinar el momento. Enzo levantó la cabeza con rapidez, mirándolo con las cejas alzadas esperando que siguiera hablando– Hace mucho me lo dijo, en realidad.
–¿O sea que yo fui el último en caer?
Julián soltó una risa y le dedicó una mirada llena de cariño, asintiendo mientras se acercaba a besarle la frente.
Si ser campeón del mundo de la mano de Messi había sido el mayor logro de su vida, tener a Julián de esta forma le peleaba el puesto sin ninguna duda, no se creía capaz de lograr algo más grande que esto.
Y, al parecer, sin darse cuenta, su corazón siempre había estado reservado para ese chico que llegó de Córdoba dispuesto a adueñarse de todos los trofeos posibles, apropiándose por completo de la existencia de Enzo en el camino.
