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La enfermedad que había adoptado Saga hace meses fue producto de su avanzada edad, y sí, había sido, de su generación, el caballero más fuerte de todo el santuario, pero no era inmortal y su naturaleza biológica haría lo suyo en algún momento. Después de todo, sólo era un humano más. Su condición se había agravado hace una semana atrás, dejándolo postrado en cama. Una afección cardíaca fue lo que diagnosticaron y era prácticamente un milagro que siguiera con vida. Desde entonces, Mu estuvo a su lado, día y noche, atendiéndolo y cuidándolo sin despegarse de él, le leía libros, le bañaba y alimentaba.
Le habían permitido bajar a la cabaña que él ocupaba, la cual se encontraba a las afueras del pueblo de Rodorio. El griego se había negado rotundamente cada vez que, la ahora envejecida Saori, le ofrecía un terreno en la ciudad o vivir una vida más tranquila en Japón. Por su parte, Mu sabía que el heleno jamás se iría de su lado, que había prometido estar cerca aun cuando él mismo viviera todavía en el santuario.
Se sentía mal, amarlo y tenerlo a distancia, verse sólo cuando las obligaciones eran escasas. Saga sufrió por eso, más nunca se lo demostró. Él también sufrió entre las paredes de mármol, entre deberes y documentos, sufrió por no tenerlo cerca, sufrió por dejarlo abandonado, sufrió por dividir su vida entre su deber de santo y el amor. Y hasta hoy sufría, verlo deshecho, a rastras de las terribles horas que pasaban, culpándolo por no permanecer junto a él.
Porque sí, lo hacían culpable.
Aquello que en su tiempo de niñez y juventud fue lo necesario para recluirlo y nombrarlo como un caballero dorado por esa asombrosa habilidad que solo los de su raza poseían, ahora estaba siendo la causa de sus más grandes penas y lamentos, como si de una terrible maldición se tratase, la cual, por obligación divina y por su palabra de caballero, no podía terminar. Su legendaria estirpe le había dado los mejores momentos de su vida al permanecer a su lado, aprender a perdonarlo, pero por sobre todo por enseñarle a amar y a vivir junto a él hasta el final, en compañía de sus amigos y camaradas. Ahora, en cambio, desearía ser una persona más normal; así no tendría que sufrir y ver partir a cada uno sin poder evitarlo siquiera.
A sus casi ochenta años él seguía teniendo la misma energía que una persona con la mitad de su edad. Y así, tal cual como sucedió con su maestro, él heredó el puesto, las túnicas y las responsabilidades en el santuario. A veces se preguntaba como Shion pudo soportar ver el pasar de los años y la vida de los demás con su paso, tener el amor a kilómetros de distancia y sin desmoronarse en ningún momento.
Ya el tiempo llegaba, el hilo de su vida pronto se cortaría, lo sentía. Solo un "Te amo" escapó de sus viejos labios y se marchó.
Grecia estaba totalmente oculta por un manto de nubes grises y él en la orilla de su cama lloraba, tal pareciera que el cielo lo acompañaba, como si los dioses lamentaran esta pérdida y le dieran su apoyo.
No lo necesitaba.
Lo quería a él, lo quería de vuelta, que lo llamara cada vez que necesitaba algo, o cada vez que lo quería a su lado, así como lo hacía hace algún tiempo. ¡Por todos los dioses! Como le gustaría volver el tiempo atrás y encontrarse con la juventud de ambos y las energías de amarse de manera incondicional y que perduraran así para siempre, sin preocuparse por el tiempo, y sobre todo sin preocuparse por lo diferentes que eran.
Se acercó para tocarlo; los pliegues de esa piel bajo sus dedos, el recuerdo de esa piel bronceada y cálida, eran una contradicción a la fría y sin vida debajo de sus dedos. Aun así, siguió su delicada caricia bajo la piel visiblemente más pálida y algo azulada; siguió tocando sus mejillas, el varonil borde de su cara y por último sus labios, todos marcados por la crueldad de los años. Y lo contempló, casi con piedad, con devoción, como era su eterno amor hacia él.
Lo amaba y era egoísta, porque no aceptaba que se había ido y que lo dejaría sólo, sólo con todo el amor que tenía para seguirle entregando y que nunca menguó aún con las odiosas escalinatas que había de distancia entre ambos. Otra vez pensó en que sería mejor volver el tiempo atrás y declinar a su puesto y así permanecer más tiempo con él, para disfrutarlo sin más condiciones ni miramientos, sólo ellos.
Sólo los dos.
Se movió tanto como su cansado cuerpo de tanto sufrir le permitió para permanecer acostado a su lado, porque verlo así, inmóvil y sin vida, lo volvía débil e indefenso, como si en cualquier momento fuera a caer. Entonces lo abrazó por la cintura, colocando su pálida y húmeda mejilla en su hombro. Le permitió a su mente revivir la primera vez que durmieron juntos. La casualidad podía ser muy cruel y rencorosa, pues así estuvieron en esa ocasión, con la diferencia en que él vivía y dormía, y él solo había llegado a vigilar su sueño. Esa vez había besado su mejilla, porque aún no se atrevía a besar sus labios; se había quedado así abrazándolo toda la noche, para luego marcharse con el alba antes de que despertara.
Y esta noche sólo se quedó para verlo partir, después de días de agonía, antes siquiera que el alba se pronunciara en las inmensidades del cielo, ¡qué cruel y sarcástica casualidad!
La lluvia había parado de caer, más en sus ojos seguían cayendo lágrimas de tristeza. Con todo el dolor de su alma se levantó alejándose de su cuerpo, con todo el dolor de su razón decidió dejarlo y dar media vuelta, y con todo el dolor de su corazón decidió dejar su alma libre.
