Chapter Text
Después de la explosión, todo fue caos. El barco en forma de isla se tambaleaba peligrosamente para lo grande que era y los cascotes rodeaban a los Mugiwara que yacían en ese momento en el suelo, inconscientes. Nadie se esperaba que tuvieran que enfrentarse ese día a un Shichibukai, y menos aún a este. Un hombre que no era del todo humano ni del todo cíborg, pero que desde luego que nada tenía que ver con su compañero Franky.
Sanji sintió la fría y dura piedra debajo de su mejilla, dando gracias porque si podía ser consciente de eso es que había salido mejor parado de lo que podría haber sido. Casi no era capaz de sentir su cuerpo, solo era consciente del dolor que le recorría cada extremidad y parcela de piel, podía sentir hirviendo cada arañazo y herida, cada fisura. Sus piernas, que eran su arma, las únicas que tenía, no eran capaces de responder a sus órdenes después de haber atacado con todo lo que tenía a Kuma momentos antes. ¿Qué era exactamente aquel hombre?
La frustración y rabia le recorrió mientras pensaba en cómo los estaba manejando como trapos, en cómo era casi imposible superar su coraza para hacerle ni tan siquiera un arañazo. Si solamente un Shichibukai era así, ¿cómo serían los demás? Ya eran conscientes de cómo era Mihawk, pero si cada uno de los siete tenía estas capacidades, ahora mismo era imposible pensar en superar a uno solo, aunque en su momento hubieran podido con Crocodile.
La rabia dejó su cuerpo de repente, cuando comenzó a ser totalmente consciente de dónde estaba, de cómo habían acabado allí. Mientras sentía cómo el corazón se le empezaba a encoger en el pecho, presa del pánico que no se había permitido sentir hasta ese momento, intentó encontrar un resquicio de paz en su cabeza. Necesitaba ubicarse rápidamente y no perder la poca cordura que le quedaba.
Tomó una gran bocanada de aire, pero sus costillas protestaron y el polvo de la explosión hizo que tosiera violentamente, teniendo que taparse la boca con la mano para no llamar la atención de forma innecesaria. Aún no sabía quién se encontraba por allí. Con un quejido se llevó otra mano a las costillas, sosteniéndolas contra él mientras sentía que de un momento a otro podría desarmarse. Bajando la vista hacia su mano, se dio cuenta de que la bañaban pequeñas gotas de sangre, esparcidas por su palma, que afianzaban más que nunca el hecho de que estaban jodidos.
Tengo que hacer algo. Tengo que comprobar que todos están bien.
Cuando el silencio empezó a resultarle estremecedor y preocupante a partes iguales, el sonido de una pelea no demasiado lejana llegó hasta sus oídos. Un escalofrío le recorrió la nuca, pensando en quién sería el pobre desgraciado que se estaría enfrentando a ese monstruo. Lanzó una plegaria al cielo porque no fuera ninguno de ellos, pero tampoco había muchas más opciones en ese barco con forma de isla.
Si es alguno de ellos, debo ir sea como sea.
Con todo el cuidado y la lentitud que la situación le permitía, el cocinero se levantó poco a poco del suelo, mordiéndose la lengua para no soltar ningún quejido de dolor. Nunca, ni cuando apenas era un niño, se había encontrado tan dolorido. Nunca había tenido tantas lesiones a la vez.
Miró a su alrededor y vio a casi todos sus compañeros allí, totalmente inconscientes pero aparentemente vivos, con el leve movimiento de sus pechos siendo testigo de ello. Ninguno de los Mugiwara saldría de allí sin unos cuantos años menos de vida después de esa paliza, pero al menos tenía claro que volverían al Sunny. Siguió buscando con la mirada a dos figuras más que no podrían pasar desapercibidas ni aunque lo quisieran con todas sus ganas, ¿dónde estaban Zoro y Luffy? ¿Eran acaso ellos los que se seguían enfrentando a Kuma?
Las heridas dejaron pequeños charcos de sangre en el suelo allí donde Sanji había estado tumbado, creando riachuelos de espeso líquido rojo por todo él. No podía tardar mucho en buscar a quién estuviera peleando, dudaba de que su consciencia, después de tanta sangre perdida, fuera a estar con él durante mucho más tiempo. Agudizó el oído y en seguida volvieron a llegarle los sonidos de la pelea que acababa de escuchar.
Acero contra acero. Continuamente escuchaba el choque de unas espadas intentando acabar con lo que era un muro de hierro sin sentimiento alguno. Intentando relajar a su maltrecho corazón, se dirigió hacia la zona en la que se estaba produciendo el altercado, deseando que Zoro estuviera bien, dadas las circunstancias.
Se tropezaba continuamente mientras tenía que pensar activamente cómo se andaba, ya que ni su cabeza ni el temblor de su cuerpo estaban por la labor de ayudarle. Todo él era dolor, desde el primer cabello de su cabeza hasta el final de sus pies, solo sentía un dolor lacerante que se colaba hasta lo más profundo de sus entrañas. El sudor le cubría la frente, le empapaba las axilas y le recorría la espalda, provocándole continuamente estremecimientos que, junto con el miedo que sabía que destilaba, creaba un perfume amargo y desagradable, algo que sabía que podría atraer a su enemigo.
Sus pasos resonaron en aquel enorme espacio, creando un eco desagradable que le caló hasta lo más profundo del cerebro. Continuas imágenes de Zoro herido mortalmente le llenaban la cabeza, haciendo más incontrolables sus temblores y más cruda su ansiedad. El golpeteo de su corazón contra su pecho podía sentirlo por todo su cuerpo y la preocupación por su compañero llegaba a ser obsesiva.
Todos sabían que Zoro era fuerte, pero casi no salió del primer enfrentamiento contra un Shichibukai, y este no iba a ser diferente. Sabía que el cabezón se sacrificaría por todos sus compañeros sin pensarlo y eso lo estaba matando. No podía permitir que la mano derecha de su capitán pereciera allí, sin llegar a ver ni siquiera el comienzo de su ansiado sueño.
Si alguien tenía que caer, sería él.
De repente, los sonidos de una pelea furiosa llegaron a su fin, los pájaros que sobrevolaban la isla se posaron en cualquier espacio vacío que hubiera por allí, como si no pudieran perderse el golpe final del ganador. El estómago de Sanji se encogió, esperando algún ruido que dictara el final de cualquiera de los dos luchadores, pero sorprendentemente para él, solo llegó el espectro de una conversación.
“Siento que mis esperanzas se desvanecen.” Esa era la voz de Zoro, pero casi no parecía él. Sanji anduvo lo más rápido posible hacia su compañero, preocupado por su tono de voz renqueante y las grandes inspiraciones que parecía tener que hacer para poder seguir hablando.
“Como puedes imaginar, mi cuerpo no hace lo que le digo.” Otra inspiración pesada, otra tos que no indicaba nada bueno. El dolor de Zoro se podía oler en el aire, casi se podía incluso agarrar con la mano. “¿Vas a acabar con la vida de Luffy sea como sea?”
Esa pregunta extrañó a Sanji, que cada vez escuchaba mejor la conversación. ¿Luffy? ¿No estaba consciente? Con las piernas suplicando clemencia, Sanji volvió a aligerar el paso, deseando llegar allí lo antes posible, la respiración acelerada saliendo descompasadamente.
“Es la única condición.” La fría voz de Kuma le heló el alma, haciendo que casi se detuviera. Pero no podía permitirse ser débil, no cuando Zoro había decidido dar la cara por todos ellos. Con algo más de seguridad continuó, consiguiendo vislumbrar dos figuras a no mucha distancia.
Kuma era colosal, aunque ya se habían enfrentado a enemigos que eran peligrosos y su envergadura no era ninguna broma, la de este Shichibukai gritaba peligro, lo miraras como lo miraras. La tranquilidad que destilaba, con su parsimonia a la hora de hablar, pero con su misión clara y certera, era a un enemigo que no sabías cómo podías enfrentar. Mientras, Zoro yacía a sus píes, sentado en el suelo, claramente malherido. No parecía ser capaz de aguantar mucho más tiempo consciente. Las heridas de la cabeza eran visibles y su respiración, del todo errática, daba a entender que algo dentro de él no iba cómo debía.
“Muy bien.” Escuchó que Zoro decía con más seguridad de la que podría esperarse en un momento así. “Te daré una vida.” De repente, el pirata se echó a los pies de Kuma, en posición de súplica.
“No, no, joder. ¿Qué haces, estúpido?” Murmuró Sanji para sí mismo, mientras se le helaba la sangre.
“Sin embargo, en vez de acabar con la suya, te pediría que acabaras con mi vida.” La respiración del cocinero se le quedó atascada en la garganta y se quedó petrificado en el sitio. ¿Qué estaba haciendo aquel hombre? ¿Estaba hablando en serio o tenía un plan pensado? Y si era de verdad, ¿de verdad pensaba dejar a todos sus amigos de esa forma?
Una pequeña voz en su interior, que llegó en forma de susurro después de tanto tiempo intentando acallarla, llegó hasta él en forma de pregunta. ¿Piensa dejarme así como si nada? La adrenalina comenzó a recorrerle el cuerpo y echó a correr todo lo que podía, haciendo que ignorara los temblores, el dolor y la preocupación. Solo tenía una cosa en mente: salvar a su compañero, a su amigo.
“Mi recompensa aún no es muy grande, pero iba a convertirme en el mejor espadachín del mundo.”
¿Y cómo lo vas a conseguir si dejas que te maten, idiota? ¿Vas a dejar de lado tu sueño? ¿Vas a dejar de lado el sueño de Kuina?
“Creo que es un trato justo.”
No, claro que no lo es si tienes que dejar de lado tu vida. Si nos tienes que dejar a todos nosotros. ¿Qué pensaría Luffy? ¿Cuánto tiempo se pasaría Chopper llorando? ¿A quién más engañaría Nami? ¿Con quién más pelearía yo?
Todas esas preguntas se acumulaban en la lengua de Sanji, frustrado por las absurdas palabras que salían por la boca de aquel marimo estúpido.
“¿Estás dispuesto a morir por ese hombre a pesar de esa gran ambición que tienes?” Preguntó Kuma, todavía con aquel tono indiferente, como si no fuera él el juez y verdugo de todo aquello.
“Ahora mismo no hay otra manera de salvar a mis compañeros. Mi ambición no es nada si no puedo proteger a mi capitán.”
¿Y a ti, estúpido? ¿A ti quién te protege?
Silencio durante un momento y después una gran exhalación.
“¡Luffy se convertirá en el Rey de los Piratas!” El grito de Zoro recorrió el cuerpo de Sanji, casi consiguiendo sacarle una sonrisa si no fuera porque él sabía que Luffy no sería el rey de nada si no estaban todos ellos juntos.
Sanji, cansado de todo aquel espectáculo, cansado de que Zoro no tuviera en cuenta su propia vida, llegó dando tumbos al lugar en el que se encontraban los otros dos hombres. Seguía temblando, pero la adrenalina le permitía mantenerse en pie e ignorando que cada vez se sentía con el cuerpo más pesado, más mareado, con la oscuridad en el borde de su vista cada vez más cerca de él.
A lo mejor, sacrificarse él por su compañero, sería la mejor solución para morir sin más dolor. Ya era más de lo que se había esperado que sería su vida. Tanto tiempo solo para al final poder formar no una familia en el Baratie, sino dos. Una familia algo disfuncional a veces, pero que se quería y defendía hasta el final. Y eso haría él, no dejaría que el segundo al mando se echara a perder por un momento de honorabilidad.
“¡Espera, espera!” Vio cómo la mirada de Zoro se dirigía a él, sorprendido por su aparición, suponía. Viéndolo de más de cerca, tenía incluso peor pinta de lo que parecía en un principio. Sanji se metió las manos en los bolsillos de su pantalón y se dispuso a hacer el mejor teatro posible. Tenía que aparentar más que nunca y no podría hacerlo si empezaba a buscar cada herida o golpe en el cuerpo del espadachín.
“¿De qué servirá tu muerte?” Preguntó directamente a Zoro, no dejando de mirarle a los ojos en ningún momento. Debía ser claro si quería convencerle de que tenía que ser él el que se tenía que sacrificar. “¿Qué ha sido de tu ambición, imbécil?”
“¿Sanji?” La voz entrecortada de Zoro le dolió en el corazón, pero intentó mantener apartada la empatía. No era el momento ni el lugar. Se giró hacia el Shichibukai, ignorando deliberadamente la presencia de su compañero.
“Oye, gigante.” Llamó la atención de Kuma, dispuesto a sufrir desde ese momento el peor de los dolores si era necesario. Tuvo que echar la cabeza atrás ahora que estaba casi debajo de él, y aunque sabía lo que se iba a encontrar, no le asombró menos.
“Oye.” La queja de Zoro apenas llegó a él. Casi no le quedaban fuerzas ni para hablar.
“¡Acaba conmigo en vez de con el espadachín cabeza de musgo!” No dudó a la hora de hacerle aquella petición. Le miró a los ojos y dejó que en los suyos viera toda la fuerza que pretendía tener. “Los marinos aún no me tienen en consideración, pero dentro de poco seré el más peligroso de la tripulación.” Sonrió de lado, dejando ver algo de arrogancia, aunque la poca seguridad que había podido mantener se había esfumado cuando había visto a Zoro en ese estado.
“¡Estúpido…!” La voz del otro pirata esta vez se escuchó con más claridad, pero Sanji siguió haciendo como que ni tan siquiera estaba ahí.
“Vamos, mátame.” Volvió a exigir, apremiante. “No lo mates a él, mátame a mí.” Por favor. “Siempre he estado preparado para sacrificarme por los demás. Por eso moriré aquí lleno de gloria.”
Sanji sintió cómo la bilis subía por su garganta en un intento de salir de él. El miedo le había paralizado casi por completo, anulando cualquier opción de poder formular un plan de última hora. Pero de repente, la imagen de sus amigos siguiendo sus caminos y sueños apareció en su cabeza, calentándole un poco el corazón. Si su muerte iba a salvarlos a todos ellos, llevando a Luffy a ser el Rey de los Piratas y a Zoro a ser el mejor espadachín del mundo, él abrazaría su propio fin.
“Por favor… saluda a los demás de mi parte.” Dijo en voz más baja en dirección al marimo, con un nudo en la garganta que casi le impedía seguir respirando. “Lo siento, pero tendréis que buscaros un nuevo cocinero.” Intentó sonreír para tranquilizar a Zoro y hacer más ligero aquel momento, pero sintió sus ojos humedecerse al atravesarle la pena, al entender finalmente que él ya no haría más comidas para su capitán, que ya no podría mimar más a Nami o a Robin, que no sería el receptor de los cariños de Chopper o que ya no pelearía más veces con el marimo. Cogió una gran bocanada de aire y-
Y nada. No sintió nada más allá de un golpe duro y contundente contra sus costillas ya maltrechas. El crujido de una de ellas le llegó a sus oídos, pero nada fue más importante que darse la vuelta y fijarse en Zoro mientras su visión comenzaba a nublarse.
Su compañero, el gilipollas de su compañero, tenía en su mano una de las empuñaduras de su katana, con la que suponía que le había asestado un golpe, mientras le miraba duramente. Lo cogió del hombro, sintiendo sus temblores junto a los de Zoro, con la idea de pararle los pies, de pedirle que dejara de lado esta auténtica locura, de explicarle que sin él los Mugiwara no serían los mismos, pero finalmente la pérdida de sangre y ese golpe contundente hicieron su trabajo.
Sanji perdió la consciencia y solo pudo pronunciar una última palabra.
“Capullo.”
Zoro observó el cuerpo inerte de Sanji en el suelo, esperando que aquel golpe no hubiera sido crítico. Cuando lo vio acercarse no se podía creer lo que veían sus ojos y no sabía si era porque no se lo esperaba o porque no quería que aquello fuera de verdad. El cocinero, con sus últimas fuerzas, todavía había andado hasta allí, y no solo eso, sino que había estado dispuesto a ocupar su lugar sin pensárselo dos veces. Pero era un necio si de verdad creía que Zoro iba a dejar que eso ocurriera. Nadie podría acabar con Sanji, al menos nadie que no fuera él.
El muchacho yacía inconsciente en el suelo, con una gran cantidad de heridas que creaban una gran mancha roja debajo de él. Su tez era más pálida de lo habitual y cuando llegó a ellos pudo ver que cojeaba, algo raro en él que se aseguraba de que sus piernas fuera siempre lo último que sufriera algún tipo de daño. El aspecto mortecino le preocupaba más de lo que estaba dispuesto a admitir tanto en voz alta como para sí mismo, pero a la vez era muy difícil ignorar el miedo que le crispaba y atenazaba.
Zoro no podía sacar de su cabeza que Sanji había intentado salvarle estando en aquel estado y a pesar de todas las discusiones que tenían a menudo, porque aunque estaba claro que no se odiaban, pensaba que su rivalidad era superior a todo lo demás. Era un pensamiento injusto para con Sanji, pero si se permitía que sus buenos pensamientos hacia él crecieran más de lo que ya lo hacían de normal, no sabría si podría salir de ese agujero en el que a veces sentía estar cuando tenía que lidiar con él. Una bola de ansiedad se quiso implantar en su estómago al comprender el sacrificio al que había estado dispuesto el cocinero, pero rápidamente lo descartó, tenía cosas más importantes que hacer ahora mismo. No podía dejar que la valentía de Sanji cayera en saco roto.
Se giró hacia Kuma con decisión, con ganas de acabar con todo aquello. Ya le daba igual cómo fuera su final, simplemente quería alejarse de la tristeza que le embargaba al pensar en las últimas palabras de Sanji o el pensar que no habría más noches de sake y comida con el resto de sus amigos. Él era un guerrero y debía ser más fuerte que todo eso.
“Te lo ruego” Su voz salió de él con más fuerza de la que en realidad tenía. Cogió sus tres katanas y las soltó en el suelo, esperando que sus amigos continuasen su camino con ellas, para que al menos el Zoro que había sido tripulante del Sunny estuviera mínimamente cerca de conseguir su sueño.
“Si hiero a Sombrero de Paja, quedaré en evidencia.” Kuma seguía sin dejar transmitir ninguna información más allá de la necesaria para aquel momento. Zoro era incapaz de ver si podía sentir algo.
“Estoy en deuda contigo.” Dirigió la mirada hacia lo lejos por última vez, fijándose en que Luffy siguiera allí, vivo. Casi sonrió. Ese hombre sería el Rey de los Piratas y aunque él no fuera a llegar con él hasta aquella meta, estaba orgulloso de haberle ayudado en todo lo que pudo gran parte del camino.
Suspiró y por último miró hacia su derecha. Recorrió con la vista el rostro de Sanji y se fijó en que también estuviera respirando aún, esperando que cuando se despertara no lo odiara demasiado y pensando que en otra situación menos crítica eso se podría haber arreglado con una buena pelea, aunque al final ninguno de los dos se declarara delante del otro como ganador. Cuida a los demás por mí. Zoro se quedaba tranquilo sabiendo que ese hombre, el segundo brazo de Luffy, todavía seguiría allí después de que él desapareciera.
“Te garantizo que no lo heriré. Soy un hombre de palabra.” Zoro volvió su atención a aquel gigantesco hombre, sin saber lo que realmente se avecinaba sobre él. “A cambio… conocerás el infierno.”
Después de eso, el espadachín no fue más que consciente del dolor que embargaba a su capitán en sus propias carnes, gracias a la imbatible y poderosa técnica de Kuma.
Sanji sentía que la cabeza le iba a reventar. Los sonidos de alegría de sus compañeros llegaron hasta él, sonidos de alegría al saberse vivos y en relativo buen estado. El alivio inundó su pecho y se permitió esbozar una tímida sonrisa, aunque sentía que si hacía algo que supusiera algo más esfuerzo se podría desmontar allí mismo como un castillo de arena. Colocándose boca arriba, miró al cielo, ahora azul y totalmente descubierto, mientras recopilaba por todo lo que habían pasado en apenas una noche.
Mentalmente se encontraba agotado, casi le costaba pensar y formar ideas claras y que tuvieran sentido, pero eso era lo de menos porque por fin todo aquello parecía haber acabado. Se incorporó un poco y usó su mano para frenar un poco los rayos del sol, y contó uno a uno a todos sus camaradas, incluso a Brook, que tenía pinta de haberse ganado un lugar junto a ellos en el Sunny. Todos ellos estaban hablando los unos con los otros, buscando heridas que pudiera ser un problema, preocupándose por su bien estar o simplemente haciendo el tonto, como era el caso de Luffy y Usopp. Casi parecía que todo estaba bien del todo.
Con la idea de ir hacia ellos, colocó las manos en el suelo y se dio algo de impulso, pero un dolor sordo apareció de repente en su costado izquierdo, haciendo que la respiración le fallara por un momento.
“Joder, ¿pero qué es esto?” Se llevó la mano hacia la zona y casi soltó un pequeño grito de dolor nada más rozarse. Todo estaba borroso y confuso en su mente, no conseguía recordar cómo se había hecho eso. ¿Una mala caída con la explosión?
Estaba a punto de pasar del tema cuando, con una punzada de un dolor distinto, los recuerdos de antes de sumirse en la inconsciencia volvieron rápidamente a él.
Zoro.
El estómago le dio un vuelco e ignorando todas las señales de alarma que le estaba mandando su cuerpo, se levantó del suelo, olvidándose de sus compañeros e intentando que no se dieran cuenta de a dónde iba. No sabía hasta qué punto Zoro querría que los demás supieran qué había hecho contra Kuma.
Corrió por la zona buscando incansablemente una cabeza de cabello verde, miró debajo de losas grandes de piedra, detrás de cada escombro y recoveco que hubiera dejado la destrucción del castillo. El miedo le sabía amargo en el fondo de la boca, un recuerdo continuo de que debía darse toda la prisa posible. El corazón le martilleaba en el pecho y ya no solo las manos le temblaban, hasta la última parte de su cuerpo se había puesto de acuerdo para anunciarle lo muy preocupado que estaba por Zoro.
Por desgracia, a lo largo de su vida, había tenido que tratar con la muerte de seres queridos, por lo que reconocía esa sensación de desconcierto y vulnerabilidad que se instalaba en lo más profundo de tu cuerpo y mente cuando ocurría. Y era justamente esa sensación la que ahora le estaba haciendo más difícil la tarea de encontrar a aquel hombre.
Tampoco entendía de dónde venía ese desasosiego. Es decir, Sanji tenía claro que adoraba a todos sus compañeros, que daría su vida de la manera más literal si con ello ellos seguían hacia adelante y lograban cumplir sus metas, pero cuando pensaba en que esto le pudiera ocurrir a cualquiera de los demás, el corazón no le dolía, la mente no se le nublaba y no sentía su mundo caerse pieza a pieza. Esto estaba siendo demasiado intenso, demasiado para aquella competitividad sana que mantenían Sanji y Zoro.
Su mente estaba llena de imágenes horribles en las que se podría encontrar ahora mismo el espadachín y todas ellas suponían una losa en los débiles hombros del cocinero, que ahora mismo casi no podía sostenerse en pie.
Agitó la cabeza, sacándose los peores escenarios sobre el fin de Zoro de su cabeza y siguió buscando. Seguramente fuera porque al final del día con el que más tiempo pasaba era con el espadachín en sus continuas peleas por cualquier tontería. Era normal que fuera uno por los que más se preocupara más allá de la rivalidad que existiera entre ambos, porque los dos eran pilares fundamentales de Luffy y esa era una misión muy clara que tenían los dos. Una de las pocas cosas en las que conseguían coincidir.
Estaba dispuesto a dejar pasar toda aquella línea de pensamientos cuando no muy lejos de él, totalmente inmóvil, encontró una figura de pie. Algo más aliviado y con una sonrisa floreciéndole en la boca, anduvo hacia Zoro, ansioso por ver si estaba herido como para seguir preocupándose por él o si ya podía olvidarse de aquella noche de pesadilla y volver a sus dinámicas de siempre.
“¡Qué susto me has dado!” La alegre voz del cocinero retumbó entre los escombros. Miró a su alrededor, asegurándose de que no hubiera nadie que no debiera. “¿Adónde ha ido ese Shichibukai?”
Casi estaba a su altura cuando sus ojos se fijaron en lo que allí estaba ocurriendo en realidad. En medio de un cráter de grandes dimensiones se encontraba su compañero, sí, pero para nada como le había visto por última vez y en ese momento su estado ya era preocupante.
“¡Zoro!” Le llamó gritando, aunque sintiera que la garganta estaba en carne viva y que al día siguiente se acordaría de eso.
Los temblores volvieron al cuerpo de Sanji, el agotamiento y el estrés terminando de hacer mella en él, pero el temor fue más grande y corrió todo lo que pudo hasta que le alcanzó. La escena que le esperaba era peor de lo que podría haber pensado en un principio. El suelo estaba bañado en sangre, de forma que era casi imposible ver de qué color era la piedra debajo de ellos y Zoro, en medio de aquella imagen, se mantenía de pie, estoico y cruzado de brazos, casi como si nada de aquello fuera con él. Sanji se mordió el labio inferior, analizando la imagen que tenía delante de él, sabiendo que seguramente sería algo que se le presentase en sus peores pesadillas.
“¡Zoro, ¿de dónde sale toda esa sangre?!”
Sanji se fijó en cada centímetro del cuerpo del espadachín, analizando cada hematoma, corte, contusión o rotura que tuviera. Su ropa estaba hecha jirones y el tono acaramelado de su piel apenas era visible debajo de toda la oscura y densa sangre que le cubría de pies a cabeza. Esto era mucho más de lo que nunca había visto en nadie, mucho más de lo que un humano normal podría soportar por mucho entrenamiento que tuviera.
“¡¿Todavía estás vivo?!” La voz de Sanji tembló y el nudo que había sentido la noche anterior en su garganta volvió con más fuerza, apenas dejándole respirar con regularidad. La maraña de ideas en su cabeza iba a demasiada velocidad, y estaba siendo incapaz de buscar una solución a aquel panorama. Aunque en el fondo sabía que si él, y solamente él, no hacía algo ahora mismo, Zoro moriría debido a las lesiones.
“¡¿Dónde está Kuma?! ¡¿Qué ha ocurrido aquí?!” El rubio solo buscaba respuestas mientras andaba de un lado a otro, decidiéndose si era mejor llevarse a Zoro de allí a cuestas o si era preferible traerse a Chopper. El miedo por el que Kuma siguiera por allí también era algo a tener en cuenta, si volvía a aparecer ahora ya nada les aseguraba la supervivencia, pero la inestable conciencia de Sanji no podía ir más allá de su amigo, que en ese momento no era más que un trapo.
“No…” La voz de Zoro llegó hasta él, débil y rasgada, haciendo que se quedara quieto en el sitio, petrificado. ¿Cómo podía seguir estando consciente a esas alturas? Sanji se acercó lentamente, temiendo dañarle más aún estando todavía tan lejos. No sabía cómo explicarlo, pero algo lo llamaba a estar ahí, a estar a su lado, porque dudaba que fuera a aguantar mucho más. “No ha pasado nada…”
Y dicho esto, Zoro terminó de perder el poco color en la piel que le quedaba, quedando inconsciente al momento. Como si fuera un saco de cemento, más que un cuerpo humano, cayó de golpe, perdiendo las pocas energías que le habían quedado para mantenerse en pie hasta ese momento. El rubio, que estaba atento a cada gesto que pudiera hacer, se movió rápido, cogiéndolo antes de que pudiera caer contra la dura roca del suelo y hacerse más daño. Sus costillas se quejaron, sus cortes ardieron como el mismísimo infierno, pero él no sería el que dejaría caer a Zoro.
Antes de todo aquello, casi como un hecho inconsciente, sabía que nunca habría dado la espalda a su compañero, pero en ese momento, con la sangre de Zoro mezclándose con la suya y calando su traje, sabía que daría mucho más que su vida si con ello hacía que este hombre volviera a despertar sano y salvo.
El cuarto en el que se despertó Zoro estaba en casi completo silencio y el ambiente era algo pesado y asfixiante. Aturdido, no recordaba casi nada de lo que había ocurrido y en ese momento solo podía sentir el olor a enfermedad, a medicina y a mucha tristeza que le rodeaba en ese momento.
Lo primero que intentó hacer nada más despertar fue abrir los ojos, pero la poca luz que se filtraba por la rendija de la puerta fue suficiente para multiplicarle el dolor de cabeza, por lo que enseguida descartó esa idea. Con un gruñido, cerró fuertemente los ojos y, mientras el malestar amainaba, intentó recapitular dónde estaba y qué había pasado.
Imágenes sueltas de Kuma llegaron de repente, aturdiéndole y anclándole más en esa ola de dolor que no parecía dejar de sentir, mezcladas con otras tantas de sus compañeros tirados en el suelo. Luffy tirado en el suelo. Un sacrificio. Dolor.
Y Sanji. Sanji pidiendo que Kuma tomara su vida en vez de la de Zoro.
La frustración no tardó en hacer acto de presencia y, aunque estaba terriblemente cansado, miles de improperios crecieron en la mente de Zoro contra su compañero. ¿En qué estaba pensando ese necio? El instante en el que apareció Sanji estaba borroso en su mente, enterradas entre capas de dolor y preocupación, pero recordaba claramente haberse sorprendido ante su presencia allí.
El cocinero, lejos de parecer el de siempre, estaba malherido, con el traje desgarrado por varios lados y la sangre siendo prueba de la mala noche que habían pasado. A pesar de ello, Sanji, con todo el orgullo que podía presentar, se plantó delante de él, las manos metidas en el bolsillo, la barbilla alta y desafió a Kuma sin dudarlo. Estaba dispuesto a ser él el que soportara todo el dolor de Luffy, aunque en ese momento ninguno de los dos supiera lo que estaba pasando por la mente del Shichibukai.
El corazón le dio un vuelco y la tranquilidad que había intentado mantener hasta ese momento desapareció de un plumazo, dejando una sensación amarga en el fondo de su boca. Casi no podía creerse las palabras que estaba escuchando de la boca de Sanji.
Más agotado que nunca, intentó abrir los ojos para incorporarse de la cama, pero sentía las mantas arropándole, no de esa manera que te invita a seguir durmiendo plácidamente, sino de una forma asfixiante que hacía que sudara por cada parte de su cuerpo, que le hacía sentir prisionero de él mismo. Además, el colchón no era de muy buena calidad y sentía que se lo tragaba, haciéndole creer que para salir de allí tendría que cavar como si de unas arenas movedizas se tratasen.
La respiración de Zoro comenzó a acelerarse, errática y llena de agobio. Una pequeña parte en el fondo de su mente, que iluminaba el resto de sus pensamientos después de tantos años de entrenamiento, le llamó a la calma, pidiéndole que fuera consciente del sitio en el que estaba. Allí ya no parecía haber peligro alguno.
Conteniendo la respiración, intentó dejar su mente en blanco. Sacó de ella todo el dolor, toda la preocupación, el miedo e incluso la soledad. Solo necesitaba un sentimiento, la calma, y casi como si fuera magia, allí se presentó en el espacio vacío que en ese instante era su consciencia.
Cuando hubo amainado algo el arrebato de incomodidad, comenzó a medir cada parte de su cuerpo que, en aquel momento, parecía hecho de trapo. Las vendas se tensaban por encima de sus pectorales, sujetándole las costillas, y el resto de sus brazos y piernas presentaban suturas hechas de la manera más fina y delicada, con la intención de que a futuros allí no quedara una sola marca, aunque eso para Zoro fuera lo de menos. Al final, sus cicatrices contaban el camino que tenía que seguir para ser el mejor espadachín del mundo.
Se pasó la mano con cuidado por la cabeza, intentando quitarse el pelo húmedo de la frente, descubriendo que allí tenía aún más vendajes. Le dieron ganas de poner los ojos en blanco al pensar en cómo Chopper seguramente había estado trabajando durante largo rato en él, pero en lugar de eso, una tímida sonrisa apareció en sus labios. Más tarde tendría que asumir todo por lo que habían pasado y cómo había estado a punto de perder a todas las personas que más quería.
Zoro fue a retirar todas las mantas que le cubrían cuando escuchó un leve ronquido. Sorprendido por no haberse dado cuenta de que no estaba solo, miró hacia un lado y sin poder evitarlo, se quedó totalmente paralizado, con un suspiro a punto de escapar de sus labios.
A su lado, y totalmente dormido, no estaba otro que el cocinero. Sus manos cogieron con fuerza la manta que tenía entre ellas y la tranquilidad que acababa de conseguir se disipó. De nuevo la imagen de Sanji delante de él, interponiéndose para que no fuera Zoro el que pagara el precio de dejar a Luffy vivo, volvió a su cabeza. El enfado y la indignación reaparecieron también con fuerza, y estaba a punto de despertar a Sanji para pedirle explicaciones cuando se fijó en algo más, en un suave sonido que sus sentidos no habían captado hasta ese momento.
El rubio dormía en apariencia plácidamente encima de una mecedora que se veía que había pasado por tiempos mejores, y una persona normal se habría quedado ahí, pero después de tanto tiempo Zoro conocía más de lo que aparentaba todas las expresiones de Sanji. El cabello del cocinero lucía sucio y apagado, su tez era de un pálido que indicaba que llevaba varios días sin apenas dormir y comer en condiciones y si todo aquello no era prueba suficiente, oscuras ojeras habían aparecido debajo de sus ojos. Su respiración era rítmica, a saber cuánto tiempo llevaba sin pegar ojo, pero su ceño fruncido reflejaba que no estaba siendo un sueño del todo reparador.
¿Qué estás haciendo aquí, cocinero?
Zoro no apartó la mirada de él en un largo rato, perdido en sus pensamientos, mientras se mordía inconscientemente el labio inferior. Se debatía entre despertarle o no, pero algo le decía que esto que estaba viendo, esta faceta infinitamente más vulnerable de lo que solía presentar Sanji, no era una cosa que se le tuviera permitido presenciar.
Si querías dormir estoy seguro de que había mejores sitios que este.
La incomprensión que sentía Zoro era casi la misma que el enfado que sentía con ese hombre. Volvió a recorrerle con la mirada, asegurándose esta vez de que estaba mejor que la última vez que habían estado juntos, y suspiró aliviado al comprender que por el aspecto que presentaba él estaba más que tratado y que seguramente había dormido más de lo que creía.
Las vendas también recorrían los fuertes antebrazos de Sanji y, casi con urgencia, corrió a fijar su vista en sus manos. ¿Y si había hecho daño en ellas cuando Zoro lo dejó inconsciente? Sus manos delicadas, pero a la vez entrenadas con años de prácticas en el Baratie, parecían estar bien, aunque había pruebas en ellas de que Sanji no había estado al día con sus cuidados. Las uñas, que generalmente estaban bien recortadas y pulcras, en ese momento estaban rotas y las grietas en sus manos eran más obvias que otras veces.
Soltó un gran suspiro que no se había dado cuenta de que había estado reteniendo hasta ese momento. Si él hubiera sido el culpable de que sus manos, su herramienta más preciada, hubieran salido heridas de cualquier forma, le habría pesado como una losa. Podrían discutir de cualquier forma, podrían llevarse la contraria continuamente, pero jamás se perdonaría el poner trabas a la vida de Sanji. Menos aún siendo consciente de lo que le costó dejar el restaurante y a su familia.
Estaba a punto de dejar de lado ese tema, ahora algo más aliviado, cuando se fijó en lo que el cocinero tenía en una de sus manos. ¿Era un pedazo de tela lo que sostenía? ¿Y qué hacía aquello allí? Pasó un momento hasta que los ojos de Zoro se abrieron ligeramente con asombro al comprender qué función cumplía esa tela.
Aturdido, miró hacia el techo y se llevó la mano a la frente de nuevo, donde antes había sentido las vendas. Con cuidado de no hacerse más daño, palpó en busca de una tela que pareciera tener el mismo tacto que la que había visto en Sanji, más o menos de un palmo de grande y de textura afelpada. Y, efectivamente, tras un momento, se encontró con un pedazo de paño húmedo en su frente, colocado allí con la intención de bajarle la fiebre. Al quitárselo y ponerlo a la altura de sus ojos, pudo comprobar que era lo mismo que Sanji tenía entre sus dedos.
De repente, de forma totalmente injustificada, sintió que el corazón se le aceleraba, aunque el espadachín no pudiera entender por qué. Las mejillas le ardieron y las manos se le crisparon encima de ese pedazo de tela que ahora le hacía sentir cosas a las que no encontraba explicación. Explicaciones del todo irracionales le inundaron la cabeza, haciendo que todos esos síntomas se intensificaran hasta que fue casi imposible habitar su propio cuerpo. Ya tenso por todo el cansancio acumulado, su cuerpo se resintió aún más ante el estrés provocado por aquella tontería.
La parte de su conciencia, que iluminaba el resto de su oscura y aturdida mente, le volvió a dar una salida.
¿Quiero pensar acaso en lo que significa esto?
Era estúpido reaccionar así; no entendía qué le estaba ocurriendo, porque sabía que cuidarse entre ellos era lo lógico y normal. Aunque eso fuera algo que no se diera nunca entre Sanji y Zoro. Pero bueno, siempre había una primera vez, y estaba convencido de que eso era exactamente lo que ocurría. Al fin y al cabo, lo que habían vivido en Thriller Bark era bastante más traumático de lo que de primera nadie podría pensar.
Esto es una gilipollez. Somos amigos, aunque no lo digamos en alto. Y yo no tengo razones para comportarme de esta forma. No puedo rebajarme al nivel del cocinero.
Convencido de que ese pequeño lapsus había sido brote del cansancio, no se dio cuenta de que la suave respiración que había estado sintiendo hasta hace un momento ya no se escuchaba. Ahora en la sala solo reinaba el silencio, y ajeno totalmente a Zoro, una incomodidad crecía dentro de esas cuatro paredes.
“¿Se puede saber qué te pasa, cabeza musgo?” La voz de Sanji llenó la habitación de forma clara y cálida a pesar del cansancio que destilaba.
Zoro se quedó quieto, mirando fijamente el techo, aún sin saber qué decir o hacer. Esto era estúpido, era completamente estúpido y le daban ganas de meter la cabeza debajo de la tierra. Había cosas que ni su orgullo podría soportar.
“¿Marimo?” Insistió Sanji sin dejar destilar ninguna emoción que no fuera el cansancio en su voz.
Venga ya, tienes que responder. Os lleváis mal, no os soportáis, no puede cambiar la cosa porque haya estado pendiente de mí más de lo que habría esperado.
Zoro desplazó la vista del techo hasta Sanji y se fijó en sus ojos, como siempre hacía. Muy lejos del Sanji que había visto hace un momento, este tenía la chulería dibujada en la cara y una leve sonrisa irónica en los labios. Su mirada seguía mostrando el cansancio de una gran pelea, pero ahora parecía que ese cansancio iba dirigido hacia él, casi como si hubiera estado obligado a estar allí.
El espadachín encajó todas las piezas y su anterior nerviosismo quedó sustituido por el enfado que debería haber sentido en todo momento por aquel desgraciado. Si Sanji estaba allí era porque así lo había decidido el resto de la tripulación, ni más ni menos. Todos habían salido heridos, por lo que Chopper solo no podría encargarse del cuidado de cada uno de ellos, así que al final tendrían que haber rotado de responsabilidades.
¿Ves como era estúpido darle más vueltas de las debidas?
“No me pasa nada, cocinero.” La garganta le dolió al pronunciar sus primeras palabras, ardiéndole cuando quiso tragar saliva para aliviar un poco la ronquera. Cosa que desde luego no evitó que Zoro intentara mostrar la misma indiferencia de siempre hacia Sanji.
“¿Seguro?” La ceja visible de Sanji se alzó, dándole más énfasis al sarcasmo de su frase. “Te veía un poco… desubicado, hace un momento.” Zoro hizo como que pensaba, con una clara muestra de ironía en sus gestos magullados y agotados.
“¿Desubicado? Sí, supongo que es a cómo le puedes llamar mi estado después de la pelea que tuve con un Shichibukai.”
Las facciones de Sanji se endurecieron levemente, su ojo visible clavado sin dudar en los ojos de su compañero, su respiración levemente alterada. Ya no parecía tan tranquilo como hasta hacía un momento.
Mientras ninguno de los dos parecía dispuesto a iniciar una conversación con el otro, el silencio permaneció estancado entre ellos, creando un ambiente amargo, pero que a la vez estaba lleno de muchas preguntas.
Zoro se pasó una mano por el vendaje que le recubría el pecho, y volvió a fijarse en el paño húmedo que sostenía Sanji en la mano, pensando en si sería buena idea sacar el tema, en si quería saber la verdad del porqué estaba allí. ¿Realmente era tan relevante para él o simplemente era la frustración de no saber cómo lidiar con lo que pasó en Thriller Bark? Carraspeó levemente, la garganta le ardía y apenas podía pensar con todos los medicamentos que llevaría encima y el dolor, por lo que a lo mejor, en vez de pensar tanto en Sanji, debería empezar a pensar en largarse de la enfermería.
En ese momento, una delicada mano pálida le acercó un vaso sin decir nada más. La mirada de Zoro se quedó trabada en el ojo de Sanji, que casi parecía retarle a rechazarle el agua sabiendo lo mal que se encontraba. Con lentitud, sintiendo que sus extremidades pesaban muchísimo más que nunca, Zoro cogió el vaso de la mano de Sanji, rozando levemente su mano.
El gran hombre, que generalmente era ignorante a cualquier roce o muestra de cariño, tragó saliva disimuladamente al sentir su toque en sus dedos y ante el gesto de preocupación del rubio. Aunque apenas un momento ya se lo estaba echando en cara.
Joder, es Sanji, no puedo actuar como una adolescente enamoradiza.
Zoro era incapaz de saber de dónde salían esos sentimientos si hasta hacía una semana los dos hombres andaban por la cubierta pegándose, intentando quedar uno por encima del otro, pero estaba claro que algo había cambiado ligeramente en su forma de verlo y comprenderlo.
Demasiado pronto, demasiado rápido, apenas llevo despierto unos momentos como para pensar en gilipolleces así.
Intentando ignorar el burbujeo pesado e irritante, que cada vez aumentaba más en su estómago, Zoro realizó la pregunta que llevaba un rato carcomiendo por dentro.
“¿Qué haces aquí?”
Sanji dejó de mirar a la nada, absorto en sus pensamientos como parecía estar, y le dirigió una mirada que decía: "¿En serio hace falta explicarlo?"
“Sabes, cabeza musgo, estaba convencido de que generalmente no eras de los que pensaban las cosas demasiado, pero si tengo que explicarte qué hago aquí, con esto.” Dijo alzando y sacudiendo levemente el paño de sus manos. “Es que Thriller Bark te ha sentado peor de lo que ya suponíamos.”
El tono ácido de las palabras del cocinero se clavaron levemente en Zoro, que no esperaba una buena respuesta por su parte, pero tampoco ese tono que iba directo a hacerle entender que no quería saber nada de él por el momento. El gran espadachín frunció el ceño, meditando si sería buena idea discutir en ese momento con su compañero o dejar al irritable Sanji en paz.
“Sigues sin responderme, cocinero de mierda.” Zoro decidió seguir con su táctica, total, no podría empeorar lo que parecía haber entre ellos en ese momento y Sanji parecía tener ganas de pelea. Si alguien podía aguantar eso estando enfermo, sería Zoro, ya eran muchos meses de práctica. “¿Qué narices haces aquí? Desde luego que eres la última persona a la que esperaría encontrarme al despertar.”
Esta vez fue el turno de Sanji de fruncir el ceño, mientras estrujaba el paño entre sus manos, seguramente sopesando la idea de volver a dejar inconsciente al estúpido de su camarada.
“Me han obligado a estar pendiente de ti durante un rato.” La voz de Sanji salió dura y directa, queriendo dejar claro que para él esto era más un castigo que cualquier otra cosa, y si no hubiera estado hablando con Zoro a lo mejor su gesto hubiera pasado desapercibido. Sin embargo, el espadachín vio cómo, durante una fracción de segundo, el ojo visible de Sanji miraba hacia otro lado, como si le costara aguantar su mirada. Casi como si fuera una mentira. “Chopper no da abasto y solo quedaba yo para estar pendiente del que peor estaba de nosotros. Llevas inconsciente unos días.” Su mirada se deslizó por todos los vendajes que le rodeaban el cuerpo, antes de volver a sus ojos.
"Ya veo…" Zoro casi no pudo ni disfrutar de la leve mentira de Sanji, aunque no sabía si ese era el sentimiento que debería tener al respecto, al volver a recordar por todo lo que pasaron días atrás, esos momentos de terror en los que genuinamente pensaba que todos morirían, para después casi perder de verdad a Sanji al intentar sacrificarse por él.
Tomó aire, temblorosamente, analizando de verdad todo lo que podrían haber perdido, la suerte que era que estuvieran los dos vivos y allí, discutiendo como cualquier otro día.
“¿Por qué hiciste eso?” Sanji no dudó ni un momento en formular su pregunta.
Zoro alzó una ceja, un poco sorprendido por la repentina pregunta de Sanji y además algo incómodo por el camino que podía tomar aquella conversación y por la absurda situación en la que se encontraba. Sentía que necesitaba salir de aquella sala, de aquel aire agobiante y recargado por miles de sentimientos estúpidos a medio dilucidar, o sencillamente acabaría diciendo algo de lo que estaba seguro de que se arrepentiría.
“Creo que los dos sabemos bien por qué lo hice.” Zoro hizo una leve pausa, intentando no forzar demasiado la garganta y al mismo tiempo encontrar una respuesta que le asegurara que Sanji se iría de allí después de eso. “Mis amigos estaban en peligro, mi capitán. No iba a dejar que un Shichibukai, enviado por la Marina, fuera a destrozar lo que tanto trabajo le había costado conseguir a Luffy.”
Intentó añadirle un toque de desenfado a su respuesta, pero se sentía tan cansado que no estaba seguro de si Sanji lo tragaría. Este se mantuvo un momento en silencio, asimilando la excusa que le había dado Zoro, a la vez que sus pequeñas expresiones.
“¿Y eres consciente de lo que podría haber supuesto?” La voz del cocinero salió clara, sin un mero atisbo de temblor o duda, pero Zoro notaba que algo lo atenazaba, que algo estaba haciendo que contuviera sus verdaderas palabras. “Ya no solo para ti, sino para todos los demás.”
Ante aquellas últimas palabras, aunque Sanji había dicho que estaba allí obligado y no por ninguna otra razón más profunda, el espadachín no pudo evitar preguntarse si el mismo cocinero se incluía entre los demás, si él también sufriría la pérdida.
Él, después de ver a Sanji delante de él y despidiéndose, tenía muchos sentimientos al respecto de su posible pérdida que en algún momento debería meditar y tratar. Pero aquel no era el momento.
“Si no lo hubiera sido, no lo habría hecho. Y tú sabes eso tan bien como yo.” La frustración de Zoro quería salir y hablar por él, dejarle claro punto por punto que era el primero en ser consciente de sus acciones. Nunca había dudado menos de hacer algo, y eso era algo que sentía que Sanji debía tener claro. Aunque eso tendría que ser en otro momento, el cansancio en ese momento estaba haciendo mella en él y cada vez tenía menos ganas de hablar. “Aún así, no es una conversación que deba tener contigo, rubito, que no eres más que el cocinero de la tripulación.”
Las manos de Sanji se cerraron con fuerza en torno a los reposabrazos de la silla en la que estaba sentado, y su único ojo visible se clavó en él, dando a entender que nada de lo que pudiera decir el hombre tumbado en la cama podría afectarle de alguna forma. Zoro era consciente de que aquello era un golpe bajo, de que él no era un simple cocinero, pero necesitaba marcar ciertos límites. Poco a poco, aquella habitación se hacía más pequeña para ellos: dos hombres que tenían mucho que decir, pero que a la vez poco querían demostrar.
“Seguir siendo así no te llevará a ninguna parte, Zoro.”
El uso de su nombre hizo que levantara la vista de nuevo hacia su mirada, que ahora mismo indicaba que estaba dispuesto a iniciar la mayor de las tormentas entre ellos, aunque el espadachín no pudiera casi defenderse.
Le costó analizar lo que le había dicho Sanji, tan impactado estaba por la forma en que se había dirigido a él, todavía procesando el hecho de que a lo mejor era la primera vez que escuchaba su nombre de sus labios. Ellos nunca se trataban de esa forma; era demasiado personal, casi como si fueran amigos. Y aunque había confianza entre ellos, ni de lejos llegaban a eso.
Recorrió su rostro por segunda vez desde que se había despertado en el Sunny. Seguía habiendo tensión en sus delicadas facciones, pero había algo más, algo que no sabía cómo descifrar.
“¿A qué te refieres?” Consiguió decir Zoro, hecho que hizo que se ganara un gran suspiro del rubio.
Sanji no contestó inmediatamente. Giró la cabeza hacia un lado, mirando por el ojo de buey hacia el exterior, casi como si quisiera evitar la mirada de su compañero, meditando con paciencia sus siguientes palabras. Sus manos seguían agarrotadas y su cuerpo gritaba que él tampoco quería estar allí. Pero, desde luego, estaba siendo mucho más valiente que Zoro.
Por otro lado, cuanto más observaba Zoro a su compañero, más consciente era de cómo le había afectado toda aquella aventura en Thriller Bark. De que las secuelas no eran solo físicas, sino que algo más bullía en su interior de una forma de la que no podría llegar a ser consciente a no ser que él mismo se lo contara. Y obviamente Sanji no iba a ser honesto en ese sentido con él.
El rubio, en un alarde de valentía, se enfrentó a Zoro de pronto, con el enfado en sus ojos brillando con intensidad. Todo el cansancio que se reflejaba en ellos hasta hacía apenas un momento había sido sustituido por una emoción mucho más potente y devastadora.
“No puedes pretender estar en todos lados, dando tu vida por cada uno de nosotros.” A Sanji casi le faltó gritar aquella respuesta, mientras la rabia destilaba por cada poro de su piel. Su cuerpo casi no se mantenía en su sitio, envarado por todas las emociones que le embargaban. “Todos somos un equipo, y eso conlleva delegar responsabilidades, algo que parece que no entra en tu cabeza hueca. ¿Qué habría pasado si hubieras muerto?” Sanji lo miraba fijamente a los ojos, esperando una respuesta de verdad por parte del espadachín. Una respuesta que, pensó Zoro, sabía que no le iba a gustar y que, en realidad, tampoco sería del todo sincera para Sanji.
“No hubiera pasado nada, rubio. La vida seguiría, y lo más importante, vosotros también.” Dijo Zoro, intentando olvidar cómo le hizo sentirse pensar que su camino se vería interrumpido, que no vería su sueño cumplirse y menos aún el de cualquier otro de la tripulación. Todos esos sueños que habían estado atesorando desde casi todas sus vidas, protegiéndolos hasta el último momento.
“¿Seguir?” La ceja de Sanji se alzó con perplejidad, esperando cualquier cosa menos esa respuesta que era casi desganada, como si le estuviera dando pereza mantener esta conversación con él. “¿Seguir sin ti? ¿Cómo exactamente, estúpido? Si estamos consiguiendo seguir adelante con este viaje es porque todos, y sin excepciones, estamos juntos.”
El pirata se quedó mirando a la nada, sorprendido por la actitud que Sanji estaba mostrando hacia él, y algo mosqueado y nervioso porque sentía que cada vez estaba más cerca de decir algo que no debía, o al menos algo que no debían decirse el uno al otro. ¿Qué era exactamente ese algo? No lo sabía, pero su instinto le pedía precaución. No esperaba que le fuera a molestar tanto a Sanji que él fuera el que se ofreciera como sacrificio para alejar a Kuma de la tripulación. Era obvio que, como primer al mando, era parte de su responsabilidad protegerlos por encima de todo, incluso de su propia vida.
“Hubierais seguido como en cualquier otro momento, aunque a ellos les hubiera entristecido durante algún tiempo. No sois unos piratas cualquiera, sois los Mugiwara. Todo habría salido bien, tarde o temprano.”
“¿Lo dices en serio?” La incredulidad se mostraba en cada pequeño detalle de las facciones de Sanji, aunque intentara controlarse. Y para colmo, el cocinero tampoco había pasado por alto cómo Zoro había dejado caer que solo los demás hubieran estado tristes. Estúpido. Sanji jamás hubiera sido tan orgulloso como para no llorar su pérdida.
“Por supuesto.” El tono tajante de Zoro no dejó lugar a dudas. De verdad que el pirata creía que el viaje seguiría hacia adelante como si nada, como si no hubieran perdido al eslabón más importante de la tripulación. Podía estar enfermo, dolorido, su fiebre podría estar volviendo, y aún con eso, su respuesta era obvia y clara, sin rastro de remordimiento o pena en su mirada.
Sanji se desinfló ante aquellas palabras, porque iban cargadas con toda la honestidad del mundo, con toda la claridad que podía darte una idea muy pensada y premeditada. Él no podría hacer nada para que cambiara de opinión y, por alguna razón que hacía que le escocieran los ojos, eso le dolía más de lo que podía asumir en ese momento.
“Eres incluso más estúpido de lo que creía, Zoro. ¿Qué pasa con tu sueño? ¿Con Kuina? ¿Quién merecería llevar tus espadas si tú no estás?” Sanji dijo casi en un susurro, aunque un susurro cargado con toda la decepción que podía reunir en su estado tan deplorable, en el que casi era un logro que pudiera estar manteniendo esta discusión sin desmayarse del sueño o el agotamiento. Y aún así, a pesar de todo, su mirada se había ablandado, haciendo que un escalofrío recorriera la espalda del fuerte espadachín. “Nada ni nadie podría sustituirte en este barco. Nada podría hacer que ellos siguieran como si no hubiéramos perdido a la mano derecha de nuestro capitán.”
Sin darle permiso, el corazón de Zoro latió más rápido de lo que debería en ese momento. Por una parte, el dolor en los ojos de Sanji lo había dejado helado en su sitio, casi emocionado por la forma en que parecía preocuparse por él. Pero, por otro lado, había recibido de su propia medicina al escuchar cómo Sanji se excluía de esos compañeros que se verían afectados por su pérdida. El cocinero le estaba demostrando que era consciente de sus esfuerzos y sueños, lo cual era lo máximo que podrían pedir en una relación como la que mantenían los dos piratas, al igual que reconocía su posición más que merecida dentro de los Mugiwara.
Cerró sus manos en puños, la frustración burbujeando lentamente en su cabeza al igual que el cansancio. Todo aquello hacía mella en su maltrecho cuerpo. Quería increparle tanto como Sanji lo estaba haciendo con él, pero no podía dejar que aquellos monstruos que habitaban en su interior lo controlaran.
Con mucha dificultad, resollando, y con la frente perlada de sudor, Zoro comenzó a incorporarse en la cama, con la intención de apoyarse en el cabecero de esta. Si quería hacer frente bien a Sanji, con toda la fuerza sentimental que tenían esos ojos azules en su interior, debía estar algo más presentable.
A veces se olvidaba de la pasión e intensidad que guardaba el rubio, y en esos momentos era cuando más le costaba hacerle frente. Cuando los sentimientos iban más allá de querer luchar para ver quién era el mejor en combate, aunque en ese momento deseara poder solucionar esa absurda disputa de la forma más burda y bruta. Qué pena que sintiera que el pecho le dolía por algo más que los golpes, y que tal vez en ello tenían que ver esos sentimientos que comenzaban a aflorar sin entender qué significaban.
“Mira, no sé por qué razón tengo que discutir esto contigo, cocinero, pero no te lo diré más veces. He sido durante mucho tiempo el primero al mando después de Luffy, sé cuáles son mis obligaciones y responsabilidades para con esta tripulación. No me harás cambiar de opinión. La próxima vez que pueda dar mi vida por cualquiera de vosotros, lo haré. Sin dudar. Y nadie me hará arrepentirme de ello.”
Aquellas palabras retumbaron en el pecho de Sanji, dejándole en el sitio estático. Sabía que no podía hacer nada para que Zoro cambiara de idea respecto a la seriedad con la que se tomaba su vida. Pero era casi una necesidad que Zoro compartiera todo aquello con él, que sus heridas y problemas fueran comunes, que los dos pudieran soportar las vicisitudes juntos.
Y ese sentimiento nunca había sido tan fuerte como hasta ahora.
Sanji tragó saliva, con el sudor incomodándole desde hacía días. Concretamente, desde los días que había estado encerrado en aquella habitación cuidando del estúpido del marimo, días en los que su mente no había dejado de pensar en la multitud de futuros que tendrían que afrontar sin el espadachín si no conseguía despertar. El agotamiento colmaba cada parte de su ser, y discutir con Zoro se estaba volviendo estúpido. Sabía que irse de allí era la mejor opción; ninguno de los dos debería salir más herido de aquella experiencia.
“Está bien. Si eso es lo que piensas, no tengo nada más que decirte.” La voz del cocinero apenas salió como un susurro, cansado de la paliza que había recibido y de todo el daño físico que llevaba a cuestas. “Que te cunda tu descanso, marimo.” Le tiró la toalla aún húmeda a la cama, y con un quejido se levantó de la silla, notando como sus costillas y piernas le pedían que se fuera a descansar de verdad.
Tenía que reconocer que lo había intentado el primer día, pero la preocupación por Zoro le había impedido hacer vida normal durante el tiempo que había estado inconsciente, por lo que se había centrado en el cuidado de su compañero. Casi no quería ni admitir en alto que había dejado incluso de lado la cocina y a sus amigos.
“Espera.” La voz de Zoro le recorrió la nuca, provocándole un escalofrío que apenas pudo disimular. No terminaba de entender lo que le estaba pasando, o más bien no quería entenderlo, pero era más consciente que nunca de la presencia del marimo en aquella cama, sudado y cansado. Algo que, en teoría, debería haberle dado igual.
Se giró, casi sin tener que fingir cansancio para que Zoro le dejara en paz, con una mano ya en el pomo de la puerta.
“¿Y ahora qué quieres?”
Zoro le estaba mirando a los ojos de una forma tan intensa que casi le daban ganas de rendirse y quitar la vista de él, pero para ellos todo era una competición, y esta conversación no estaba siendo menos. Aguantaría hasta el final, aunque ese final significara salir herido más allá de lo normal entre ellos.
“¿Qué pasa contigo?” Sanji alzó una ceja ante aquella escueta pregunta.
“No soy adivino, marimo, así que tendrás que ser más claro al respecto.”
“Tú también pediste que Kuma te matara. Te pusiste delante de mí, frente a frente con aquel monstruo, pidiendo ser tú el que pagara por la cabeza de Luffy.” Sanji no se sorprendió ante sus palabras, pero sí que había deseado que Zoro dejara de lado ese tema con la excusa de que estaba demasiado cansado.
El corazón comenzó a latirle veloz, las manos le sudaron incluso más de lo que le habían sudado hasta hace un momento y su cabeza intentó elaborar una respuesta lógica. O al menos una respuesta en la que no tuviera que hablar de ciertos sentimientos que no conseguía terminar de entender.
Durante esos días en los que Zoro había estado inconsciente, había tenido mucho tiempo para pensar en sí mismo y en el porqué de sus acciones. Obviamente iba a ayudar al espadachín aunque discutieran continuamente, pero lo que había sentido cuando estaba corriendo hacia él, cuando ya pensaba que estaba condenado, nada tenía que ver con los sentimientos que tenía por cualquier otro miembro de la tripulación. En general era un sentimiento que no sabía que podía sentir por hombres, y menos por uno que al menos no tuviera algo de sentido de la vergüenza y la decencia.
Un suspiro tembloroso salió de entre los labios de Sanji, pensando que la única opción viable en ese momento era fortificar ese muro que parecía rodearles continuamente, pero que estos días, al menos para Sanji, se había ido resquebrajando poco a poco. Así que, con todo el aplomo que pudo, revistió sus palabras de falsa indiferencia y desdén.
“Pensé que esto era cosa mía y de Luffy.” Sanji dejó caer sus ojos en el pecho de Zoro, echándole un último vistazo a sus vendajes y heridas. Si hacía falta tendría que avisar a Chopper.
Zoro se echó hacia adelante, con el ceño fruncido y el cuerpo tenso, preparándose para una nueva pelea.
“Sabes que es completamente distinto.” Intentó continuar con su justificación, pero pareció pensárselo mejor, porque se quedó callado, con la mirada fija en Sanji.
El cocinero alzó una ceja, esperando en el fondo de su corazón que le dijera algo más, aunque fuera consciente de que lo que esperaba salir de su boca no sabría cómo gestionarlo. No en ese momento al menos. Otro suspiro salió de entre sus labios, mientras abría y cerraba la mano que tenía libre, siendo consciente de que alguien debía poner las cartas sobre la mesa.
Sanji recogió todo el valor que le quedaba en la reserva, deseando no tener que volver a tener una conversación de este calibre en mucho tiempo. Sentía que se estaba quedando desnudo ante una tempestad a la que no sabía si podría hacer frente.
“¿No te das cuenta?” Dijo, a la vez que se encogía de hombros, como si lo que fuera a decir fuera lo más obvio del mundo. “Es estúpido que entre nosotros exista una conversación honesta, marimo.” Sus ojos vagaron hasta sus ojos, analizando cada pequeño detalle del cuerpo de Zoro. “Cada uno hicimos lo que hicimos porque creíamos que era lo correcto y ninguno le dirá al otro más de lo necesario. Aquí se acaba esto.”
“¿Y pensabas que tu muerte sí que pasaría como si nada entre nosotros?” Sanji sería estúpido si negara que ese nosotros había hecho que su corazón latiera con algo más de fuerza y rapidez. Se encogió de hombros, con indiferencia.
Por otro lado, la mente de Zoro se negaba a rendirse, a dejarle un hueco por el que huir, como había querido hacer él antes. No estaba siendo justo con Sanji, ya que él tampoco había sido sincero con sus palabras, pero le daba igual. Solo quería escuchar su explicación.
“Tú mismo lo has dicho, ¿no? Soy un simple cocinero.”
Cuando el marimo había dicho esas palabras, le dolieron al escucharlas, punzadas de auténtico veneno directas a su alma, no porque él no creyese que fuera así, sino todo lo contrario. Él era fuerte, sí, pero también era consciente de sus limitaciones y sabía que su función realmente importante en la tripulación no era la de pelearse, sino la de mantener alimentados a sus camaradas. Y eso era algo que podía hacer cualquiera con relativa facilidad.
Volvió a centrarse en Zoro, que había retirado su mirada de la suya, quedándose pensativo. No sabía si se estaba arrepintiendo, si quería afianzar sus palabras con cualquier otro discurso cargado de crueles intenciones, pero lo que sabía claramente es que todo aquello acabaría mal si no se distanciaban, si no dejaban un tiempo para que las heridas sanaran.
“No le des más vueltas, cabeza musgo. Tengo que ir a encargarme de los demás. Si necesitas algo, avisa a Chopper.”
Sanji volvió a retomar su camino, dispuesto a dejar que todo aquello pasara entre los dos hasta que ninguno quisiera volver a sacar el tema. Lo último que necesitaban eran estas tonterías entre ellos, que eran las primeras opciones siempre para Luffy cuando ocurría cualquier problema. Necesitaban coordinarse, no crear momentos incómodos.
El corazón le pesaba más de lo que quería asumir, y todos esos pensamientos y dudas habían vuelto más fuerte que nunca, pero todo aquello que había parecido entender durante los días de inconsciencia de Zoro deberían quedarse relegados a segundo plano. Por el bien de todos, incluido él mismo.
Estaba a punto de salir del cuarto cuando escuchó un quejido a sus espaldas que claramente venía de Zoro. Sin perder un segundo, y demostrando que bajo cualquier momento de debilidad podía seguir manteniéndose alerta, Sanji se giró alarmado, esperando que se hubiera hecho daño de la peor forma. Lo que no esperaba era que realmente el marimo se hubiera levantado de la cama, sacando fuerzas de donde obviamente no las tenía, y estuviera a punto de estar encima de Sanji. El espadachín se quedó a escasa distancia del rubio, con la respiración acelerada y la tez sonrojada a causa de la fiebre, y un leve tambaleo.
“¿Se puede saber qué haces, estúpido?”
Sanji salió en su busca, cogiéndole de la muñeca para estabilizarle. Su piel le quemaba al contacto y el sudor resbalaba por su brazo, pero si ahora mismo lo soltaba, tenía claro que el hombre se caería sin remedio. Apenas estaba consciente desde hacía un rato y él había decidido hacer un esfuerzo inhumano para estar así en aquel momento.
Estaba ya dispuesto a moverle de nuevo hacia la cama, cuando Zoro pasó su brazo libre por encima del hombro de Sanji, plantando la mano en la puerta que estaba detrás del rubio, haciendo que este se quedara acorralada entre la puerta y el cuerpo de Zoro. Eran casi de la misma altura, y la mirada de los dos piratas se enfrentaron sin remedio. Una de ellas con la determinación de un ejército de soldados, el otro dubitativo y aún algo sorprendido. El aliento del hombre de pelo verde rozó durante un momento los labios de Sanji, y este, obnubilado ante su presencia y fuerza, reaccionó pasándose la lengua por encima de los labios de forma inconsciente. Le picaban, le pedían atención, y todo lo que pudo hacer fue recorrer con la vista los labios de Zoro, esperando que no fuera consciente de sus deseos.
El silencio se hizo entre los dos, mientras solo se escuchaba el aliento de sus respiraciones alteradas entre el reducido espacio que habitaba entre sus cuerpos. Sanji era totalmente consciente de que, si le faltaba el aire, no era solamente por la sorpresa que le había dado Zoro. Su cuerpo a escasos centímetros de él, el calor febril que le transmitía, sus ojos fijos en los de él y su pecho a un toque de distancia le estaban distrayendo de forma enloquecedora. El pulso rápido del corazón de su compañero le llegaba desde donde le tenía cogido por la muñeca, con un rápido golpeteo contra las yemas de sus dedos. Sanji lo achacó directamente al cansancio y el esfuerzo que acababa de hacer el hombre, no queriendo dar falsas alas a su corazón.
“No me creo que creyeras en serio que lo de llamarte simple cocinero lo decía de verdad.” La voz de Zoro salió en un susurro entrecortado, todo el rato su aliento haciendo estragos en los labios de Sanji, erizándole el vello de la nuca. No podía estar gustándole esto, de ninguna forma quería que esta proximidad fuera cómoda con el marimo.
“¿Cómo debería haberme tomado esas palabras entonces?” Zoro bajó la mirada, sin tener claro qué responder. “Seamos realistas, marimo, yo no valgo lo que vales tú para esta tripulación. El precio a pagar hubiera sido mucho más pequeño si Kuma hubiera acabado conmigo.” Sus últimas palabras salieron en apenas un susurro, casi queriendo que ni el mismo Zoro lo escuchara, como si admitirlo delante de alguien fuera demasiado.
Además, aquella afirmación lo había trasladado a hacía unos años atrás, donde tampoco había sido lo que otras personas habían querido y necesitado de él.
“¿Quién te ha hecho creer eso?” Aún con la cabeza agachada, mirando a cualquier lado menos a Sanji, la voz de Zoro salió clara y firme, con un deje de delicadeza que solo había escuchado emplear con Chopper o cuando había hablado de Kuina.
No sabía si era cosa de su imaginación, pero Sanji notaba cada vez más cerca de sus labios su cálido aliento y sus pechos cada vez estaban más cerca, haciendo que el calor fuera casi insoportable.
“No ha hecho falta que nadie me lo hiciera creer.” Falso. “Lo veo día a día, de lo que aportamos cada uno a nuestros amigos. De lo que aportamos como piratas. Yo soy un cocinero, ni más ni menos, y nunca haré más que eso.”
Zoro alzó esta vez la mirada, clavándola de nuevo en el ojo de Sanji. Siempre había visto tanta fuerza en ellos, tanta pasión y perseverancia, que ahora, al verle triste y con aquellas ojeras decorando su pálida piel, sentía que algo dentro de él se corrompía.
Sanji se dejó caer en la puerta, derrotado por todas las emociones que habían vivido esos días. Soltó la muñeca de Zoro e inconscientemente se tocó la zona donde el hombre de pelo verde le había golpeado para quitárselo de en medio. Todavía le dolía y la sentía caliente, además le impedía dormir en ciertas posturas, pero era la menor de las heridas con las que había salido del campo de batalla que fue el barco de Moria. Aunque esta fuera la que cargaba con el mayor significada entre ellos dos.
“Lo siento.” Dijo Zoro, rompiendo el silencio, a la vez que dejaba caer su cabeza en el hombro de Sanji. Este se tensó levemente al notar como su frente se posaba en su hombro, casi con delicadeza.
Su estúpido corazón comenzó a latir desesperadamente y deseó que Zoro lo pudiera confundir con el rechazo que teóricamente sentía hacia él, y no por lo que realmente era, un deseo recién descubierto al que apenas podía ponerle el lazo.
Su cara ahora estaba a la altura de su cuello, y aunque el olor a sudor y enfermedad era algo que llegaba hasta su nariz, sus necesidades más primarias y recién adquiridas le pedían que acercara su nariz a él, que recorriera la tierna piel morena detrás de su oreja con los labios. Le pedía que lo cuidara, que recorriera su cuero cabelludo con las manos, intentando sacar de él todo el estrés posible. ¿Se acercaría más a él o, por el contrario, saldría huyendo, como seguramente ocurriría? ¿Sería un hombre que disfrutaba de estas cosas o emitiría algún sonido de placer?
“¿Por qué me pides perdón ahora?” Preguntó Sanji en voz baja, en un intento triste de dejar de lado todos sus deseos. La mano le picó, queriendo acariciarle el brazo, aunque ahora mismo tuviera que mantenerse lo más frío y distante posible. Dejó descansar su cabeza en la puerta de nuevo, mirando hacia arriba y manteniéndose lo más alejado que pudiera de Zoro.
“Sé que te hice daño…” Comenzó Zoro, mientras su mano fue a parar a su costado, haciendo que el aliento del rubio se le quedara atascado en la garganta durante un momento. Sus dedos, fuertes y ágiles, recorrieron la zona herida, simplemente acariciando y dando alivio, dejando una ristra de piel encendida a su paso, con deseos de más. Sanji era consciente de que después los dos harían como si esto no hubiera pasado, porque ni tan siquiera él tenía claro que era esto, pero por el momento solo disfrutaría. Su cuerpo se relajó, fundiéndose contra la puerta, y se dejó hacer, sintiendo las leves caricias por encima de la ropa, intentando contener los continuos escalofríos que le recorrían de arriba a abajo. “No solo por este golpe, que era la única forma de seguir con mi idea sin que salieras herido, sino por lo que dije. No eres un simple cocinero, Sanji, eres nuestro cocinero. Aquel que se preocupa por saber todo de nosotros para poder darnos la mejor experiencia comiendo, el que está atento a nuestras necesidades más básicas, el que se asegura de que nada nos falte. Además, por supuesto, de tus admirables habilidades en combate.” Zoro paró un momento, cogiendo aire, sin saber hacia donde le iban a llevar sus palabras y sintiendo que tenían que salir de él específicamente, que él era el que tenía que curar la mirada triste de sus ojos azules. “No sé quién te hizo creer que eras menos que los demás y no sé cómo hacer que te creas lo que te digo, pero no confiaría a nadie más mi vida tanto como a ti.”
En ese momento ocurrieron dos cosas: Sanji casi dejó de respirar, sorprendido por aquella última muestra de honestidad, y Zoro dejó caer todo su peso encima de su compañero siendo consciente de que, aunque no entendía de dónde venía esa comprensión, aquel era el mejor lugar para estar. Un lugar en el que estaría seguro, cálido y protegido.
Los dos se quedaron en silencio, pegados, sin que un soplo de aire pudiera atravesar el punto que los unía, y pensando erráticamente en lo que estaba sucediendo.
Uno de ellos sabía qué era lo que estaba ocurriendo, al fin y al cabo había tenido días para pensarlo y poder analizarlo, pero esta situación era algo que no esperaba. Sanji sabía que esto no significaba nada entre ellos, que Zoro estaba en un momento de debilidad después de pasar por momentos muy duros y por eso estaba actuando así, pero a pesar de ello, su corazón y mente no tuvieron reparo alguno en agitarse incontrolablemente.
Y, por otro lado, el segundo de ellos, solo necesitaba sentir el calor de Sanji pegado a él, calmándole la ansiedad y el cansancio, transportándole a otro sitio en el que no sintiera tanto dolor ni físico y mental. Apoyado en el pecho de Sanji, con su cabeza enterrada en su cuello, dejó de sentir ese agobio que no le había abandonado desde que se despertó. No esperaba nada más de aquel momento, y por primera vez en mucho tiempo, ni tan siquiera decidió hacer caso a las mil preguntas que acribillaban su mente.
“Zoro, yo…”
“No hace falta que digas nada, Sanji, porque sé que esto es una excepción que confirma cómo somos y seremos entre los dos.” Los labios de Zoro acariciaron levemente el cuello del cocinero, haciendo que este último casi soltara un suspiro de alivio, el vello de todo su cuerpo poniéndose en guardia, cada extensión de su piel deseando más de esos labios en ella. “Solo quería que fueras consciente de que tu muerte habría sido igual o más importante que la mía.”
Y que no quiero volverte a ver en esa situación nunca más, y menos por mí.
La decepción se apoderó del resto de sentimientos del cocinero al darse cuenta de que albergaba algo de esperanza de que esto pudiera llegar a significar algo más que una simple rivalidad. Casi le dieron ganas de recriminarse dándose un cabezazo contra la pared, pero necesitaba y quería disfrutar de las sensaciones del fuerte cuerpo de Zoro sobre el de él.
Siendo algo más valiente de lo que esperaba ser, rodeó los hombros de Zoro con sus brazos, atrayéndole lo máximo posible hacia él, casi queriendo fundirse. Sintió los fuertes músculos del pecho de Zoro pegados a los suyos, su mano aún en su costado, acariciando y encendiendo cada pedacito de piel que se atrevía a tocarle. Con delicadeza, y esperando no hacerle daño, la mano de Sanji se introdujo entre el pelo ahora sucio de su compañero, masajeándole levemente. Dándole caricias con patrones aleatorios, intentando no dejarse ninguna parte de su cuero cabelludo desatendido, el cocinero notó cómo Zoro se terminaba por deshinchar encima de él, haciendo coincidir todas sus extremidades en un íntimo abrazo.
La respiración de Zoro comenzó a ser algo más errática, cosa que notaba Sanji en su cuello, como sus labios le rozaban continuamente de una forma muy leve. Casi deseaba incluso sentir cómo sería su lengua recorriendo la longitud de su cuello, jugando con su oreja, aunque esas ideas nunca las hubiera tenido hacia un hombre. Lejos de poder pedir eso, lo que sí sentía era el leve movimiento que hacía Zoro para acariciarle superficialmente con la nariz, haciendo que sensaciones jamás conocidas nacieran y germinaran por todo el cuerpo de Sanji.
De repente, Sanji sintió cómo Zoro le rodeaba la cintura con los brazos, con la misma reciprocidad y la misma fuerza con la que estaba abrazándole él. Sintió las grandes manos de Zoro colándose por su camiseta, ásperas y con dedos grandes y duros, masajeando los fuertes músculos de su espalda, aliviando todos los golpes que había recibido en Thriller Bark. Sanji no pudo evitar darle más acceso a su piel alejándose de la puerta, y consecuentemente presionando cada palmo de su cuerpo contra el de Zoro.
Ninguno de los dos quiso ocultar esa vez la comodidad que sentían el uno con el otro, y un suspiro de felicidad los sorprendió a ambos, que no pudieron evitar sonreír levemente aunque no pudieran verse las caras. Independientemente de ese leve sonido de conformidad, nada más los molestó en el rato siguiente, mientras analizaban con ansia cómo se adaptaban sin problema sus cuerpos, cómo su calor los tranquilizaba, cómo sus corazones parecían sentir lo mismo y danzar bajo el mismo son.
Apenas habían pasado unos minutos, pero Zoro podía sentir cómo sus ojos se cerraban levemente, pidiéndole que durmiera un rato entre aquellos fuertes brazos, hecho que le había sorprendido, y terminara de disfrutar de un sueño verdaderamente reparador al lado de alguien que acababa de demostrar su preocupación por él con una genuinidad que no esperaba de nadie más allá que de Kuina.
“Marimo, solo quiero que me prom-” Un fuerte empujón en la puerta los sorprendió a ambos, sacándoles de su ensoñación, mientras la voz de Chopper se oía detrás de la madera.
“¡Eh! ¿Se puede saber qué pasa ahí?”
En seguida los dos hombres se separaron, añorando al momento el calor que sentían el uno del otro, pero demasiado nerviosos y desconcertados para dar una justificación a lo que acababa de pasar, el momento cálido y reparador desapareciendo en ese cuarto, al igual que todas las sensaciones gratificantes que hasta hacía un momento les colmaban. Se miraron a los ojos y automáticamente las mejillas de ambos se colorearon, las de Sanji siendo algo más evidentes, casi sin creerse que hacía unos momentos se estaban abrazando y disfrutando de ello.
“Quítate de en medio, cocinero de mierda.” No pudo evitar Zoro, volviendo a las antiguas costumbres y queriendo ocultar que a lo mejor todo aquello le quedaba muy grande en ese momento.
En un intento rápido, los dos se empujaron mutuamente, queriendo apartarse lo máximo posible y haciendo lo menos obvio su encontronazo, pero con tan mala suerte que Zoro le dio un puñetazo con demasiada fuerza en las costillas de Sanji. El aire salió de sus pulmones con un triste sonido y, mareado por la repentina falta de aire, se echó hacia adelante, sosteniéndose el estómago.
“Eres un gilipollas, marimo, ¿se puede saber qué haces?”
Zoro apenas pudo formular una respuesta, dividido entre ayudar a su compañero o hacer lo que en cualquier momento haría, es decir, pasar de él completamente.
“Si eres un torpe no es cosa mía. Quítate de en medio.” Con la mirada fija en él y odiándole más que nunca, Sanji se apartó de él, a la vez que intentaba sentarse en la silla en la que había estado, con pasos renqueantes.
Todo lo que habían vivido hacía un momento había quedado encerrado en una caja casi por acuerdo mutuo, y es que en ese momento los dos lo único que querían era hacer como si nada hubiera ocurrido. Querían esconder aquellos momentos en el fondo de su mente y que no volvieran a salir de allí.
Sanji y Zoro se miraron a los ojos, ambos cargados de vergüenza e incredibilidad.
“Nada de esto ha ocurrido, rubita.” Las duras palabras golpearon el pecho de Sanji, que no dudó en asentir conforme al pensar que era mejor dejar esto como en un error de los dos y al menos así salvar algo de su dignidad. Ya tendría tiempo para lamerse las heridas cuando estuviera solo.
La puerta se abrió un fuerte golpe, golpeando con la pared, y detrás de ella apareció el pequeño médico de la tripulación.
“No me puedo creer que estuvierais discutiendo. Estáis los dos cansadísimos y heridos, ¿no podéis comportaros ni un solo momento?” Con diligencia, Chopper comenzó a reponer los armarios con los distintos suministros que había traído, a la vez que obligaba a Zoro a volver a la cama, que no pudo evitar quejarse por lo bajo. “Además, Sanji, tú llevas aquí ya tres días sin salir, deberías preocuparte por tus heridas. Casi no me has dejado atenderte.”
Sin dudar, la mirada de Zoro y Sanji coincidieron por encima de Chopper, que estaba a sus cosas e ignoraba la tensión que había vuelto a crecer rápidamente por ese simple comentario. Las cejas del marimo se alzaron con cierta incredibilidad que apenas duró un poco, sustituida por una leve sonrisa que apareció en los labios agrietados de Zoro, dejando claras sus intenciones.
“No sabía que habías pasado tanto tiempo aquí, cejitas. ¿Tan preocupado estabas por mí?” La sonrisa de Zoro hizo que una serie de escalofríos le recorrieran la espalda a Sanji, dejándole con la piel sensible y deseosa de estar más cerca del marimo, aunque hiciera solo un momento decidieran que no había ocurrido algo entre ellos.
“Simplemente me dabas pena, estúpido. Desde luego que tengo cosas mejores que hacer.”
“Sois los dos imposibles. Ni en una situación tan mala podéis comportaros.” Se escuchó la suave voz de Chopper por lo bajo, mientras seguía siendo ignorante a las miradas de sus dos compañeros.
Ignorando el nudo en su estómago y la sonrisa pícara de Zoro, Sanji se dispuso a levantarse. Sentía que necesitaba salir de allí o haría una estupidez, porque el Zoro delicado era algo que no esperaba y no sabía cómo controlar. Pero el Zoro guerrero, el que podía darle horas de una buena lucha, era algo a lo que estaba acostumbrado y a lo que tenía más ganas de enfrentarse que otras veces por diversas razones.
A duras penas Sanji se incorporó, quejándose del dolor que ahora sentía con más intensidad en el costado y sin perder detalle de cómo la mirada de Zoro se cubría momentáneamente de preocupación. Ante aquel detalle el rubio no pudo evitar sonreír, siendo consciente de que el otro hombre no era tan indiferente a su estado.
“No te preocupes, Chopper, te dejo aquí con el alma de la fiesta.” Estaba ya a punto de salir, con mil pensamientos rondando su cabeza, cuando a última hora Sanji se giró hacia el médico. “Ah, y por cierto, pídele que se dé una ducha. Huele espantosamente mal.” Riéndose Sanji volvió a retomar su camino, dispuesto a arreglarse él también después de varios días casi sin salir de allí y habiendo desatendido a sus mujeres favoritas. Además, deseaba poder llevarse un cigarrillo a la boca después de tantos altibajos emocionales.
Cuando estaba a punto de salir, Sanji escuchó unas breves palabras detrás de él.
“Lo prometo, Sanji.”
Después de eso, esa misma noche, Sanji llegaría a la conclusión de que simplemente se lo había imaginado, y que Zoro jamás había hecho la promesa de que el próximo peligro contra el que tuvieran que luchar, estarían los dos juntos para enfrentarse a él.
