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Granolah estaba en la cima de una colina, mirando el horizonte mientras el sol comenzaba a asomar. La batalla había terminado y todo estaba tranquilo, pero él sentía algo más que solo alivio. Era como una chispa de emoción en el aire que no podía explicar.
De repente, escuchó pasos detrás de él. Se giró y vio a Mai acercándose. Ella estaba sonriendo y su mirada era tan serena que hizo que el corazón de Granolah latiera más rápido.
—Hey, Granolah —dijo Mai con una sonrisa cálida—. No te había visto hace mucho tiempo, ¿Cómo estas?
Granolah la miró y, por un momento, no supo qué decir. La presencia de Mai le daba una paz que no había sentido en mucho tiempo.
—Yo... estoy en una especie de euforia —dijo él, un poco torpe—. Todo está cambiando, pero contigo aquí, siento que todo está bien.
Mai se acercó y le tomó la mano suavemente. Granolah sintió un escalofrío agradable. No sabía cómo describir lo que sentía, pero sabía que lo que tenía con Mai era algo especial.
—Yo también me siento así —dijo Mai, mirándolo a los ojos con una intensidad que hacía que el mundo desapareciera—. Cada vez que estamos juntos, todo parece más brillante. Esta euforia... quiero vivirla contigo.
Mai se acercó aún más y el sol del amanecer iluminó sus rostros. Granolah sintió que el tiempo se ralentizaba con ella cerca. Sin pensarlo, se inclinó y la besó suavemente. Era un beso lleno de todas las emociones que no podía poner en palabras.
Cuando se separaron, ambos estaban sonriendo como si hubieran descubierto algo increíble. El sol brillaba más fuerte, como si celebrara el momento.
—Eres como mi luz en la oscuridad... —dijo Granolah, algo timido pero con su voz llena de emoción sincera.
Mai sonrió aún más y le dio un pequeño abrazo. Sabía que, con Granolah a su lado, cualquier cosa era posible. Juntos, estaban listos para enfrentar lo que viniera, con la euforia de ese amanecer acompañándolos.
