Work Text:
Pannacota Fugo volvió a gritar en silencio, sus manos apretaban sus piernas de forma tan fuerte que la sangre salía de los agujeros creados por sus uñas naturalmente largas.
Nada era como lo imaginaba. Cuando juró lealtad a Buccellati, a temprana edad, no pensaba en nada más que en salvarse. En escapar de cualquier mal que pudiera acechar. Se dejó llevar por la esperanza de no arrepentirse por su confianza hacia el mayor. Entendió que la gente era hechizada por el encanto de Bruno Buccellati, incluso Leone Abbacchio, el corrupto policía que sufrió de la vergüenza más patética, como Adán y Eva tras tomar el fruto prohibido. Eran ya dos personas de nueva esperanza que posaban sus vidas sobre la íntima relación que Bruno parecía tener con ambos. Meses después, Fugo se encontró con alguien tan roto como él, desconfiado y mugriento, muriendo en la calle. E imaginó los beneficios que podría conseguir si llevaba a ese individuo frente a Bruno, tanto para él ya que le sacaría de la calle como para Fugo en sí, ya que vio fuerza y voluntad en el niño.
Repitió su nombre la primera vez que entró a la mafia. “Narancia Ghirga”. Era un nombre tierno y risueño, justo como lo era ese pelinegro. Narancia sonreía cada vez que le veía pasar, peleaban continuamente por la poca paciencia que poseía Fugo. Se abrazaban también, en los momentos donde la vida de alguno peligraba tras las difíciles misiones. Pannacota estaba seguro de que Narancia viviría un día más, aunque él mismo tuviera miedo de creerlo. Iban a vivir por mucho tiempo, como amigos, almas gemelas que se unieron en el mejor momento.
Pero tal vez en la vida equivocada. Porque el nuevo, Giorno Giovanna, traicionó la lealtad al supremo jefe, a quien era respetado para no ser mutilado. No sólo le despreció al instante de saberlo, sino que cubrió a Bruno con una máscara de odio cuando él le contó las verdaderas intenciones del jefe.
“No dejaremos que Trish muera por su capricho. Quien quiera seguir mis órdenes, he aquí una. Vosotros tenéis que decidir. Podéis buscar una vida nueva sin preocuparos en traicionar a nuestro jefe, o podéis acompañarme y traicionarlo juntos.” Habló Buccellati en su tono duro pero sincero. La pena se escondía en sus palabras, siendo visible para Fugo. Giorno se sentó sobre el bote que los llevaría a descubrir la identidad de aquel hombre; claro, obviamente lo haría, con la cabeza bien alta pues consiguió lo que quería, como un perro ganando su premio por portarse bien. Pannacotta sintió odio hacia Giorno, como nunca lo había sentido. Leone tenía cierta razón, a veces el rubio confiaba demasiado en los acontecimientos próximos. Fugo no podía ser así ni quería.
Leone cruzó la línea. Oyó en su oración dedicada a Bruno cuánto le amaba y su anhelo de pasar toda su vida a su lado. Mista no pareció tener ningún problema, como nunca pensaba con claridad o eso decía Fugo, no veía el peligro.
El de pelo dorado encontró una palma caliente rodeando su mano. A su derecha, Narancia bajaba la cabeza, indeciso.
“Dime qué hacer, Buccellati.” pidió el pelinegro, suplicando por tomar la decisión que le dejase vivir. Aquellos 5 hombres eran su familia, incluso Giorno que conocía desde hace menos de una semana. Incluso Trish, la hija del jefe, la niña asustada y encadenada a la orden de su padre. “¡No puedo decidir! ¡No quiero que nos separemos!”
Fugo apretó el agarre en sus manos, estaba tan asustado como el pelinegro. Tampoco quería separarse de ellos, sin embargo ¿por qué arriesgaría su vida para una misión así de mortal? Su labio era mordido intensamente por sus dientes. La sangre resbalaba por su boca. Sus ojos querían liberar las lágrimas. ¿Por qué no veían lo suicida que era la misión? No quería morir todavía. No quería perder a su familia. Pero su familia había traicionado su moralidad. Iban a morir gracias a la estupidez del caso. Y él quería gritar, enloquecer contra ellos, desmembrar la misión y volver a cuando Giorno no era de importancia en su vida. Pero se calló. Gritó en silencio por primera vez mientras el bote con sus 4 compañeros partía hacia nuevo mundo. Sin él, sin Narancia.
Giró su cabeza, descubrió que Narancia le miraba hecho un desastre. Sus ojos brillaban, rogando por algo que desconocía. Su boca entreabierta soltaba pequeños gemidos dolorosos. Fugo entendió que estaba perdido. Lo había perdido. Había perdido a la persona más importante en su vida y todavía no se había ido, supuestamente. Las cascadas en sus ojos no tardaron en aparecer. El orgullo se volvió una tontería en segundo plano.
“No lo hagas.” susurró el menor. Perder a toda su familia dolía, pero no era la primera vez que pasaba; mas ¿Narancia? ¿Su alma gemela? Se negaba a perderle. Una vida sin él se volvería negra y llena de pánico. Una vida sin él le hacía tiritar, esconderse como un niño y destrozar el mundo como un villano. Una vida sin él le hacía tensar sus hombros y mover la cabeza furiosamente, en forma de negación. No. No podía pasar. No iba a pasar. No iba a vivir aquello. Viviría al lado de Ghirga hasta que su débil corazón dejase de latir. Así debía ser. Quiso extender sus brazos hacia el pelinegro, envolver a éste en un leal abrazo, uno puro, emanando amor. Todo el amor que sentía hacia Narancia lloraba cegado por el miedo.
Pero Narancia depositó el último calor de su alma en Pannacotta Fugo.
“Lo siento.” Espetó. Y huyó. Saltó al agua, tan fría como la despedida. Hasta las lágrimas saliendo en sus ojos se congelaban en el frío de la ruptura. “¡Trish es como yo! ¡Tiene las mismas marcas que yo tengo! ¡Espera, Buccellati!”
Los demás gritos hicieron eco en sus oídos, taponados en la traición. Su cuerpo pesó en demasía, no podía apoyarlo en ningún lugar más que el suelo. Fugo se esforzó en enfocar su vista en el pelinegro, mientras separaba sus mundos a voluntad propia. Para morir. Para confiar en quien iba a morir a manos del jefe, perdiendo a quién sabe en el camino. Narancia moriría por su error, pensó Fugo.
Los ojos de ambos se encontraron. Narancia gimoteaba con la más alta de las voces. Le suplicó que fuera con ellos, como si sirviera para algo. Sabía que Fugo no iría con él. Pero perderle le dejaba sin fuerzas, preguntándose por qué eran tan diferentes hasta en su último día juntos. El de pelo dorado maldijo el nombre de su alma gemela, quiso intentar odiarlo. Nunca sería capaz. Y en la miseria, huyó de su hogar.
Fugo sobrevivió por su cuenta, como esperaba. El silencio invadió sus días en contra de sus deseos. Incluso en tal soledad, la voz de Narancia se intensificaba en su cabeza. Juraba que él estaba ahí, con él, con quien debía estar.
Caminaba por las calles en las que solía correr junto al pelinegro. Recordaba su sonrisa y esperaba verle de nuevo así si salía vivo de aquella misión. Claro que aquello sonaba demasiado irreal, aunque prefería mantener un sentimiento positivo sobre el futuro. Hasta que dejó de respirar repentinamente.
Los pájaros cantaron la melodía más triste que pudo alguna vez escuchar. Acto seguido, estiraron sus alas y huyeron al camino opuesto del que llevaba el de pelo dorado. Él se giró rápidamente, a la par que sus sentimientos pesaron sobre su cuerpo.
“Narancia”, dijo sin entenderlo. ¿Por qué pensó en él cuando ya no se encontraba a su lado?
“Narancia…” ¿Y si le había pasado algo? ¿Él también habría sentido esa vulnerabilidad inmensa en su cuerpo? ¿Esa falta, ese vacío? ¿Esa pérdida?
Pérdida… No. No podía estar pasando. Su mente debía estar jugando con él, Narancia no había muerto sin dedicarle sus últimas palabras, ¿verdad? Esa no era la pérdida que sentía.
¿Verdad?
“¡Narancia!” alzó la voz, miserablemente. La gente alrededor ignoraba el llanto de Pannacotta, siempre ignoraban el sufrimiento ajeno. Fugo no lograba pensar en la penosa actuación que estaba dando en la calle. Un agujero negro carcomía su alma, borrando una mitad, la mitad que pertenecía al pelinegro de ojos violetas, brillantes como un campo lleno de petunias. No volvería a ver ese brillo. Narancia poseería el tono sombrío en sus iris en los últimos segundos de vida, y Fugo se maldecía por no ver tal color inexistente en su mundo.
“¡NARANCIA!” se atrevió a gritar entre el océano de desolación que le cubría. Se arrepentía. Se culpaba por no haber obligado a Narancia a quedarse y empezar una nueva vida los dos juntos. Se culpaba innumerables veces de no seguir a su familia hacia la muerte. Así habría muerto con ellos, felizmente. Junto a Narancia. En vez de lidiar con el peso solitario de la pérdida. Narancia de verdad había muerto. No podía confirmarlo en pruebas, pero era estúpido creer que volvería a ser como antes. No volvería a verle sonreír y llamarle idiota.
Sus sospechas, mejor dicho teorías, se hicieron realidad en menos de 3 días. Don Giovanna se mostraba delante suyo con los ojos hinchados, arriba de las ojeras más profundas que pudo haber visto. Al lado, su mano derecha, Guido Mista, retenía unas pequeñas lágrimas para no hacer el ambiente pesado.
“Pannacotta Fugo.” le llamó su jefe, en un tono apenado. El llamado se arrodilló primeramente, para mostrar un respeto que costaba admitir.
“Don Giovanna…” Mantuvo su cabeza baja. “Pensé que Buccellati seguiría vivo.”
“Nuestros amigos serán siempre recordados y amados. También Leone Abbacchio y…”
“Y Narancia Ghirga.” terminó la frase Mista, para dejar caer la gota peligrosa. Tres lágrimas provenientes de diferentes ojos cayeron al suelo. Una tristeza fue unida en tres corazones diferentes.
“Lo lamento, Fugo,” confesó Giorno con una voz cercana a romperse. “traté de cuidar de él y de traerlo sano y salvo a casa, yo… Yo de verdad lo siento.”
Fugo nunca había visto al rubio llorando, o siendo sinceros, mostrando una emoción tan intensa. Giorno tapó su cara con miedo a mostrar lo culpable que se sentía. Era penoso en su opinión, pero Fugo lo entendió. Compartía el mismo dolor. tal vez más grande que el de su jefe. Mista no se quedaba atrás, apoyaba una mano en la espalda del menor mientras le dificultaba mantener su postura.
La casa, el hogar donde 6 chicos vivieron, se había vuelto amplia, sin nadie dentro para volver cómodo el lugar. Las luces ni siquiera alumbraban las almas desoladas de los chicos.
Pannacotta Fugo fue nombrado un puesto muy importante al lado del Don. Ellos tres tenían una conexión íntima al ser amigos desde hace más tiempo. Y mientras más tiempo pasaba Fugo en esa nueva vida, más doloroso se volvía el vacío en su alma. Sin la sonrisa del pelinegro, el dolor era desgarrador.
Y ahí se encontraba, como el principio, arañando sus piernas y soltando quejidos sin querer gritar. El tiempo pasó factura y se mostró en la complicada tarea de recordar la cara de Narancia. Claro que recordaba su sonrisa, pero cada día la sonrisa se oscurecía hasta actualmente verle como una sombra. Su Narancia no era más que una sombra, un trozo de oscuridad dentro de su ser. Un ente sin rostro ni cuerpo. Narancia no merecía tal falta de respeto. Fugo culpó sus pensamientos nuevamente; no quedaba más espacio en sus brazos para cortar, lo había llenado como un vaso ameno de agua. Había parado considerablemente con su adicción a las prendas agujereadas sólo para liberarse de la atención en su blanquecina piel.
Echaría el tiempo atrás para verle alegre, para amarle en sus últimos suspiros. Quizá habría confesado el mar de sentimientos que sentía por el pelinegro, para así zafarse del ahogamiento en el que estaba meses después. Sabía que se hubiera lanzado al misterio que es la muerte si eso hubiera parado a su alma gemela de fallecer, aunque eso le hubiera provocado el mismo dolor y agonía que Fugo vivía.
“Fugo, ¿qué haces ahí?” Sonó una voz tenue, tan suave como la brisa del mar. Parecía ser una salida para ese llanto. Giorno entró en la habitación sin mostrar pena, sabía que su amigo seguía dolido - al igual que él - y no necesitaba apiadarse de su vacío cada vez que compartieran miradas.
“GioGio, deben estar buscándote.”
“Aquí me necesitan más” Giorno avanzó hacia el enroscado bulto de tristeza en el que se había convertido Pannacotta Fugo, en el camino se encontró con un brillo rojizo sobre los brazos del chico además de líneas verticales en sus rodillas. Detestaba verle de tal manera. “Habla conmigo, Fugo. ¿Qué ocurre?”
Fugo cayó en los brazos de su don, sintiéndose un crío recientemente herido con su bicicleta; el contrario lo envolvió en un abrazo seguro e ignorante de la sangre que compartirían las prendas de ambos.
“¿Cómo hago que se callen?” Preguntó el peli dorado en un gemido doloroso. “Ya sé que Narancia no volverá, ¿por qué ellos no lo aceptan? Diles que me dejen vivir, merezco vivir, Narancia merecía vivir, debo seguir sin él y no puedo, no sé quién soy sin él…” Fugo soltaba dolores en frases incoherentes. Apretaba la camiseta blanca de Giovanna con tanta fuerza que dejaba arrugas irregulares sobre ésta. Giorno, con el corazón oprimido y el temblor del chico compartido, llevó sus manos a los oídos contrarios y apretó con delicadez, como en cualquiera de sus actos.
“No se van a callar,” Giorno fue realista, “sin embargo, yo te daré una nueva voz a la que prestar atención, Narancia te amaba, al igual que Buccellati y Abbacchio. Mista te ama, yo te amo. No te dañes más, por favor Fugo. Déjame cuidarte y aliviar tu sufrimiento. Confía en mí…” Las palabras de Giorno eran lo suficientemente altas para buscar afecto en ellas, una falsa realidad que lo mantuviera alejado del poco recuerdo que tenía de la voz de Ghirga. Como anónimo escritor, en muchas ocasiones prefería ocultar su ser en el nuevo universo imaginario, pero relativamente más confortable. Giorno contaba las historias más entrañables en palabras creíbles. Era toda una saga de fantasía.
Fugo, sin embargo, no lograba olvidar el motivo principal por el que los lagos de agua seguían apareciendo bajo sus ojos. Su amigo pasado. Su único amor y fortaleza.
“No me acuerdo de su cara, GioGio. No me acuerdo de Narancia, prometí nunca olvidarle…” Purple Haze descolorido, incontrolablemente, apareció detrás de su portador buscando consolar su rabia. Se veía incluso más demacrado que su dueño; Golden Experience se apiadó de su apariencia. La mordaza sobre su boca característica en él no era más que una manzana minúscula, lo que le dejaba capaz de esparcir su virus si tuviera tal voluntad. Debía ser por el poco cuidado que Pannacotta mantuvo en sí mismo, a ojos del rubio. Aún con la libertad, Haze agachaba la cabeza y se lamentaba con sonidos inhumanos tras su portador, éste en el mismo estado que su stand. El terror que solía provocar su letal veneno nada más aparecer pasaba a ser un chiste no verbal. Aunque era inculpable la poca seguridad del momento, Fugo se mostraba tan humano que Giorno tenía curiosidad.
Giovanna besó la cabeza del contrario en un intento de relajar la ansiedad. Era tan difícil mantenerse fuerte cuando se sentía igual. Tan enjaulado en el pasado como lo estaba su amigo, seguramente sólo sabía ocultarlo mejor. Era su obligación ocupar el puesto de Don. Cualquier desliz provocaría la torrencial lluvia de masacres más terrorífica en el mundo. Bien, podía exagerar, pero no se encontraba lejos de la realidad. Todo peligraba si el capitán perdía el rumbo de la misión.
Con Fugo era diferente. Fugo siempre fue diferente, su astucia le condujo a donde se encontraba, dentro de los brazos de su jefe, tan asustado como el día en el que descubrió la traición de Giorno. Su convivencia fue distinta a la que mantenía Giovanna con el pelinegro Mista. El de pelo dorado lograba sorprender sus impredecibles pensamientos. Ellos dos, tras la muerte de sus compañeros, eran peculiares a su manera e imparables ante cualquier peligro.
“Sé que lo recuerdas, todos lo recordamos. Tranquilo, lograremos dibujarle a la perfección. Mírame, Panni” Pidió Giovanna, siendo obedecido al instante. Ojos que no merecían llorar tanto fue lo que vio. “Quédate conmigo. Quédate, por favor.”
Giorno conocía los intentos de suicidio que Mista había tenido que parar por parte de Fugo. Sabía mejor que el mismísimo portador de Purple Haze la tristeza y desolación enterradas en su corazón, y como habían crecido hasta convertirse en enredaderas que no dejaban respirar al cuerpo del peli dorado. Deseaba cortar esas ramas, acabar con ese dolor que acabaría llevando a su amigo al inframundo.
Una petición del rubio era imposible de rechazar. Un Fugo débil se acomodó en los brazos del mismísimo ángel caído y liberó un suspiro de alivio, tal vez.
“Da igual cuánto me lo pidas, si es por ti, lo cumpliré, Giorno.”
