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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-08-11
Words:
7,033
Chapters:
1/1
Comments:
2
Kudos:
3
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36

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Summary:

[Yaoi] Lo inevitable se derrumba sobre sus cabezas, arrasando con todo a su paso.

Notes:

Una de las historias que realice para el proyecto de "Billycentric v1.0" una zine hecha por fans donde Billy es el protagonista y las ships que lo incluyen es la temática principal. Pueden acudir al Twitter de @Billycentric para ver el proyecto completado o consultarlo en el siguiente enlace:

 

Billycentric v1.0

 

Por fin puedo morir feliz de haber hecho algo para el Rival Team x)

Gracias por leer.

Work Text:

I

Llegar temprano parecía haber sido buena idea. Había asegurado una buena mesa, cerca del centro y al fondo, donde tendría la mejor vista del escenario mientras mantenía su distancia. El local era quizás una de las pocas gemas escondidas de su tipo en Southtown. Pequeño, sucio y oscuro pero con una acústica increíble, la cueva ideal para un concierto privado y el sueño dorado de cualquier músico del underground que se preciara como tal. Billy lo sabía muy bien; ya había tocado ahí varias veces e incluso se había vuelto cercano al dueño del lugar. Pero Billy no había venido a pisar el escenario, su guitarra al hombro no era más que una forma de mezclarse con el ambiente y pasar desapercibido, al igual que lo era aquel llamativo atuendo de mezclilla rasgada y numerosos estoperoles. 

Tan solo el juego de luces y las vibraciones de los amplificadores eran suficientes para marear a cualquiera y, sin embargo, el concierto era todo un éxito; el local estaba a reventar. Había gente de todo tipo pero se trataba en su mayoría de mujeres, cuyos gritos predominaban sobre las palmas cada vez que se terminaba una canción. Un coro de voces pedía que se tocara una más tras el final de la última canción y Billy tomó esta como su señal para retirarse. 

Pese a los ruidos urbanos de la zona, la atmósfera en el exterior parecía casi tranquila comparada con la euforia dentro del local. Billy acomodó mejor la guitarra en su hombro y se puso un cigarrillo en la boca, usando la excusa de que iba a encenderlo para meterse en el callejón de al lado y que contenía la única puerta de acceso trasero del local. Sabía que solo era cuestión de tiempo para que…

—Bingo… —dijo para sí mismo una vez que estuvo ante la persona que buscaba. El hombre del momento que pese a las peticiones del público no había regresado al escenario. 

Parecía haber tenido la misma idea que él, refugiándose en la oscuridad del callejón para poder fumar. Con cuidado, Billy dejó su guitarra recargada en una pared cercana y luego llevó una de sus manos hacia el arma que colgaba de su cinturón.

Iori volteó súbitamente por instinto, apenas alcanzando a esquivar el fuerte golpe del arma de Billy que terminó azotando ruidosamente contra un contenedor de basura cercano. Inmediatamente buscó distancia, a sabiendas de que cualquier desventaja podría costarle el pellejo. De reojo inspeccionó el estuche de su bajo que llevaba en una mano y que había terminado ligeramente golpeado con el rápido movimiento, después frunció el ceño para encarar a su atacante. 

—Otra vez tú —alcanzó a decir, irguiendo su postura y ganando unos cuantos centímetros en el proceso, como si se tratara de algún tipo de felino intentando aparentar corpulencia. 

Un perro rabioso de la talla de Billy no se tragaría ninguno de esos trucos baratos.

Con unos aplausos lentos y burlones Billy cerró aún más la distancia entre ambos, una sonrisa autosuficiente siendo la cereza del pastel. 

—¿Casa llena, verdad? Nada mal, al menos no para las adolescentes del público.

Iori bufó y se rió por lo bajo, cayendo por completo en las provocaciones.

—Me parece que solo tienes envidia porque tu música solo apela a otros viejos como tú.

Antes de que Iori pudiera terminar esa frase, Billy ya había cargado hacia él con un nuevo ataque. Su bastón cubierto de llamas rojas apenas siendo deflectado por el antebrazo de Iori, la chaqueta que vestía llevándose la peor parte del impacto. Iori retrocedió nuevamente y esta vez gruñó con molestia ante el súbito ataque.

—Eh, ¿vas a seguir huyendo como un maldito cobarde o vas a pelear?

Ante tales amenazas, Iori solo se rió a carcajadas sonoras.

—Si de veras tienes tantas ganas de morir, no voy a hacerte esperar más.

Iori finalmente dejó su estuche de lado, abrió uno de los botones de su camisa y se colocó en posición de batalla. Si lo que Billy venía buscando era sangre, entonces no iba a contenerse.

A unos cuantos metros de distancia, observando todo desde arriba estaba Eiji, entre las sombras de los edificios y equipos de aire acondicionado. Acababa de despertar de una siesta en el techo, sería imposible dormir con semejante escándalo. Contaba con que los ruidos de pelea le despertarían, no había elegido dormir en ese lugar al azar. Sus antiguos compañeros de equipo estaban en medio de una pelea para sorpresa de nadie. Interferir en la disputa de dos peleadores sería poco honorable por lo que se limitó a ser meramente un espectador por el momento. Al menos esto ya era mucho más interesante que su día poco exitoso espiando el dojo Kyokugen.

—Maldito… —dijo Billy seguido de un quejido, sosteniendo uno de sus brazos que sangraba a causa de un profundo corte. 

Uno de los afilados golpes de Iori había logrado traspasar la defensa y distancia que su sansetsukon le proveía al igual que su chaqueta.

Iori sonrió complacido y después limpió el sudor que escurría por su frente con el dorso de su mano.

—Me cuesta creer que sigas tan molesto por perder una vez contra mí. A menos, claro, que estés molesto por algo más.

La inflexión en el tono de Iori hizo que Eiji levantara una ceja. Tenía que admitir que a veces se preguntaba lo mismo. Billy parecía haber desarrollado un desagrado particular hacia Iori después de la golpiza que les había propinado a ambos tras el torneo. No es como si Eiji no lo odiara; tampoco estaba al nivel de los Kyokugen, pero definitivamente no volvería a confiarle su espalda. Sin embargo, lo de Billy parecía a veces un tanto… ¿excesivo? La respuesta de Billy fue tan solo una confirmación de aquello que ya intuía.

Cargó con ira ciega hacia Iori, tomando impulso con su bastón para atacar desde el aire y descargando entre gritos furiosos una serie de golpes que Iori luchaba por esquivar con tal de no recibir daño gratuitamente. El torrente de golpes culminó apenas en una enorme rueda de fuego que partió del bastón de Billy y siguió su curso hacia Iori, quien no tuvo más remedio que cubrirse y defender el impacto de frente. La explosión resultante fue tan dramática que provocó la huida de los pocos espectadores que observaban la pelea desde lejos.

Billy jadeó, exhausto por el combate, y alzó su bastón para apuntar a Iori mientras gritaba:

—¡Voy a hacerte pagar por todo lo que me hiciste, maldito infeliz!

Iori relajó la guardia, soltando el aliento que había estado conteniendo previo al impacto en forma de un quejido. Luego alzó la mirada, sus ojos rojos más encendidos que nunca y arrugando la nariz en evidente molestia. Esta ridícula pelea estaba comenzando a sacarlo de quicio.

—¿No sabes cuándo parar, cierto? Caprichoso como un niño pequeño, aferrándote a una tontería que pasó hace demasiado tiempo.

Eiji se cruzó de brazos, meditando las palabras de Iori. Ciertamente habían pasado años desde aquel incidente en el cual habían resultado gravemente heridos. Para suerte de los dos, había sido el mismo Geese quien se había encargado de buscarles la mejor atención médica posible y la recuperación en el hospital les había hecho forjar una suerte de amistad. Varios meses más adelante, Billy le daría a Eiji la noticia de lo que en verdad había sucedido en una charla casual. 

Ambos se habían reunido a cenar improvisadamente después de que Eiji le comentara su plan de abandonar los Estados Unidos. De acuerdo con las fuentes de Geese, Iori había perdido por completo el juicio a causa de la maldición que corría por sus venas. Simplemente habían estado en el lugar y momento equivocados. La explicación parecía haber sido suficiente para ambos pero para cuando Eiji había regresado de Japón unos meses más tarde, Billy había desarrollado esa obsesión de buscar pleito con Iori tan frecuentemente como podía. Eiji había tenido que asistirlo ya una vez, aún contra las protestas de Billy de que tenía la situación bajo control. Bajo control significaba cualquier cosa excepto terminar en el suelo con la nariz rota. 

—¿Y qué si así fuera? ¿Crees que voy a dejar que pisotees mi orgullo más de una vez? Necesitas que alguien te borre esa sonrisa arrogante de la cara.

Esta vez fue Iori quien hizo el primer movimiento, seguro de que Billy estaba tan cegado por la ira que no tardaría en atacar nuevamente. Tras la acertada predicción, Iori soltó una serie de golpes rápidos en cadena, encontrando puntos débiles en las sobreextensiones de Billy y utilizando sus llamaradas púrpuras para contrarrestar las del sansetsukon. Billy apretó los dientes e hizo su máximo esfuerzo para mantener la guardia hasta que poco a poco comenzó a retroceder. Estaba comenzando a perder el intercambio e Iori estaba peligrosamente cerca de atestar un buen remate. 

Como tanto lo temía, Iori fue lo suficientemente ágil como para colarse debajo de uno de sus ataques largos con el sansetsukon hasta quedar a escasos centímetros de él. Fue entonces cuando lo levantó sólo con un brazo y utilizando el mismo peso de Billy en combinación con el giro de su cuerpo, lo mandó a volar al lado opuesto, directo hacia una pared cercana. Billy chocó fuertemente contra los ladrillos pese a su intento por amortiguar el golpe usando su arma.

Eiji parpadeó un par de veces, nervioso de lo que vendría después. Un golpe como ese sería suficiente como para sacarle el aire de los pulmones a cualquiera e Iori parecía no querer detenerse todavía. A cada segundo iba siendo más difícil no intervenir, Billy estaba cerca de resultar herido de gravedad nuevamente. No dudaba de las habilidades de Billy como peleador pero si alguna lección se había llevado de aquel viejo torneo es que Yagami pertenecía en su propia categoría de desquiciado total si dejaba rienda suelta al oscuro poder que llevaba dentro. Y aquello podría suceder en el momento menos esperado.

Cuando Billy apenas salía del aturdimiento provocado por el golpe, Iori ya había llegado hasta él nuevamente. Sin ningún tipo de reparo lo tomó del cuello y lo obligó a levantarse, Billy no tuvo más remedio que soltar su arma para impedir que el agarre de Iori le cortara la respiración por completo. 

Intentó decir algo entonces, pero la desesperación por tomar aire y el dolor se lo impidieron, sus ojos azules e iracundos comenzaron a llenarse de lágrimas involuntarias mientras se cerraban con fuerza. Los de Iori, fríos e intensos como lo era él mismo, estaban clavados en Billy con casi la misma fuerza que las yemas de sus dedos en su garganta. Pasaron algunos segundos que duraron casi una eternidad para Billy antes que Iori rompiera el silencio, esbozando una pequeña sonrisa satisfecha.

—Si no fuera porque me colmaste la paciencia, ahora mismo te-

Las palabras de Iori se detuvieron en seco y Billy se forzó a abrir los ojos nuevamente para ver el porqué: Una daga afilada y puntiaguda rozando la piel del cuello de Iori, a escasos centímetros de una de sus arterias vitales. Iori suspiró y dejó caer a Billy, el cual de inmediato comenzó a toser al mismo tiempo que buscaba a tientas su arma en el suelo. Iori se dio la vuelta y detrás de él se encontraba Eiji. Había llegado silenciosamente y sin invitación como sólo un ninja podría hacerlo. Iori no pelearía en desventaja y tampoco era como si Eiji fuera a atacar, ambos parecían saberlo a pesar de que no intercambiaron ninguna palabra. Iori lanzó una última mirada de desprecio hacia Billy y dio unos cuantos pasos cautelosos para recoger su estuche antes de marcharse del lugar sin mirar atrás.

Eiji lo vio irse y guardó a Nagare en uno de sus bolsillos ocultos, acariciándola suavemente con el pulgar como agradeciendo su intervención. Billy se levantó del suelo aún jadeando por la falta de aire y por lo que acababa de pasar; estaba seguro que Iori estuvo a centímetros de besarlo y aquello había sido lo más excitante que le había pasado en mucho tiempo. Aún después de tanto, Iori seguía teniendo ese efecto en su persona. Fue eso lo que le llevó a responder a la aparición de Eiji dándole un empujón en lugar de las gracias.

—Te dije que no necesito que vengas a salvarme el trasero, ¿voy a tener que darte una paliza a ti también? —Eiji sonrió a pesar del comentario a sabiendas de que su máscara lo ocultaría—. ¿Qué estabas haciendo aquí de todas formas?

—Durmiendo en el techo. 

Eiji señaló hacia arriba en un punto indistinto y Billy lo siguió con la vista torpemente, como si pudiera ver otra cosa que no fueran las largas paredes de los edificios.

—Joder, si no tenías donde quedarte pudiste haberme llamado.

—Si es una invitación a dormir en tu sofá, no me opondré.

El tono desenfadado de Eiji debió haberlo hecho reír pero Billy tan solo se quedó callado, reponiendose. El ninja decidió darle algo de espacio y lo esperó al final del callejón, desentonando por completo de la vida urbana con aquél traje tradicional. No dijo nada cuando Eiji recogió la funda de su guitarra con toda naturalidad y se la colgó del hombro, de alguna manera cerrando el trato. 

Fue un pensamiento fugaz o quizá una corazonada pero Billy tenía la impresión de que la presencia de Eiji no era una casualidad.



II

Habían pocas cosas en el mundo que aún continuaban teniendo sentido para él, las que no involucran peleas, torneos o algo relacionado a Kyo Kusanagi. Una de ellas, la música, era quizás de las más importantes porque, si de algo estaba seguro, es que no había sido herencia de nadie o una obligación: La música era algo que había escogido por y para sí mismo. No era solo un simple pasatiempo pues también le había sido útil para lidiar con aquellas cosas de las que no podía huir. Sin la necedad de aprender a controlar un instrumento quizás nunca hubiera podido mantener la disciplina necesaria para perfeccionar sus técnicas de combate. Sin la espontaneidad que hacía brotar una nueva melodía en su cabeza de la nada, sería difícil mantenerse impredecible en una pelea. Sin algo a lo que aferrarse, la monotonía y la angustia de un destino al que no podía escapar le habría hecho perder la cabeza. Iori estaba convencido de que aquella voz, la maldición de su sangre, no había ejercido control total sobre su persona aún porque todavía tenía otras cosas por las cuales existir. 

Se encontraba decepcionado todavía por el sangriento arranque que había tenido en ese torneo pasado, la maldición había ganado, y por primera vez en su vida sintió el peso en sus hombros de la cruz que su familia había estado cargando por años. Después de meditarlo, decidió que intentaría por todos los medios evitar caer en los juegos de esa estúpida voz que no había dejado de burlarse de su debilidad desde entonces. Pelearía para sus adentros también, controlaría esa maldición de una vez por todas hasta que pudiera utilizarla a voluntad y contra Kyo. Ese sería su as bajo la manga, por eso había vuelto hacia sus raíces, la música lo ayudaría ahora tal y como lo había hecho siempre. 

Esa noche tendría una de sus primeras apariciones públicas en el bajo como solista. La idea era hacerlo con una banda pero, dada su reputación, todos sus posibles candidatos habían renunciado hacía unas semanas atrás. No esperaba grandes cosas ni mucho menos una audiencia numerosa pero esto era igual que cualquier entrenamiento, la práctica le haría mejorar a su tiempo. 

—¡Hey, hey! ¿Cómo va todo?

—Amigo, ¿dónde te habías metido?

El barullo de voces del dueño del lugar y su acompañante le distrajeron apenas un breve momento mientras practicaba una armonía en su bajo y fue entonces cuando se decidió a conectar el instrumento al amplificador y probar el sonido en vivo. Faltaban algunas horas para su presentación pero mientras pudiera probar el sonido con la menor cantidad de gente posible, estaría satisfecho. Tan solo tenía que concentrarse en las notas, en la melodía que fluía como escurriéndose por entre sus dedos. 

—Oye, tú.

Iori no prestó atención a la voz frente a él, pese a que le había reconocido inmediatamente luego de que había entrado al local gracias a su oído bien entrenado. Era Billy, su ex compañero de torneo al que había dejado medio muerto tiempo atrás. Decidió ignorarlo, no era el lugar adecuado para pelear ni tampoco quería gastar su energía en hacerlo. De un momento a otro se arrepintió de no haberlo mandado al diablo, pues Billy soltó un suspiro y se sentó enseguida de él, a orillas del escenario vacío.

—Hey, supe que-

Esta era la primera vez que ambos intercambiaban palabras después de haber sido compañeros de equipo. Iori ni siquiera estaba seguro de que Billy o Eiji hubieran sobrevivido luego de chocar de frente contra su poder. Lo mejor sería que siguieran manteniendo su distancia.

—Me da igual lo que pienses y también si me odias, lárgate de una vez.

—¿Ni siquiera vas a dejarme hablar, maldito imbécil? No vine a partirte la cara, aunque ganas no me faltan —Billy entonces giró levemente el cuerpo para dejar ver el objeto que colgaba a sus espaldas—. Vine a tocar la guitarra esta noche.

Iori se rió y se levantó de su asiento, dejando su bajo cuidadosamente sobre el piso del escenario. Este tipo sí que estaba loco, ¿qué interés iba a tener en compartir escenario con él? Era un chiste de mal gusto o una trampa para hacerlo quedar en ridículo. Fuese lo que fuese, la respuesta era no. Buscando un momento de paz, Iori se retiró hacia la pequeña habitación que los músicos solían usar como trastienda pero hizo rodar sus ojos al darse cuenta que Billy lo seguía.

—Deja de esconderte como un tarado, te comportas como si tuvieras quince malditos años.

—No sé qué pretendes pero no tengo intención alguna de tocar acompañado esta noche. Lárgate si no quieres que te dé otra paliza.

Iori pronunció aquella frase a sabiendas del efecto que provocaría y, tras darle la espalda a Billy, pudo sentir su ira acumulándose sin voltearlo a ver. Pese a que se había preparado para defenderse de un posible ataque, la reacción de Billy no pudo ser más diferente de lo esperado.

—Sé lo que estás haciendo. ¿El disturbio de la sangre, verdad? —Iori se dio la vuelta, sorprendido ante la mención de lo que casi nadie conocía, aunque se mantuvo impasible, lo que menos quería era que Billy se diera cuenta—. Dijiste que te daba igual si te odiaba. Si es que eres tan bueno como dicen, entonces demuéstralo.

—¿Por qué habría de tener que probarle algo a cualquiera?

—Yo no soy un cualquiera. —Billy sonrió sin mirarlo, pasando la guitarra de su espalda hacia el frente. 

Sus dedos se colocaron casi de inmediato sobre las cuerdas y los trastes pero se movieron aún más rápido una vez que decidió tocar algo. Iori lo observó embelesado, odiando admitir que el sonido que producía era bueno, quizás más bien decente. Poco a poco comenzó a visualizarlo, como una colisión en cámara lenta; se veía venir desde lejos y no iba a poder hacer mucho para evitarlo. Aqueél sonido sucio pero único, melódico y cadencioso, sin duda ayudaría a potenciar el sonido de su bajo. ¿Era esta su manera natural de tocar o se había adaptado a su propio sonido? Iori comenzó a sentirse extrañamente expuesto de repente, como si Billy tuviera acceso a cosas que la mayoría ignoraba, como si Billy lo conociera, ¿era esto simple espionaje o había algo más?

Entonces Billy levantó la vista, e Iori arrugó el ceño al darse cuenta que había bajado la guardia, Billy parecía haber encontrado divertida su reacción, como si hubiese estado esperando este momento. El rubio estaba siendo imprudente, se había olvidado por completo de con quién estaba tratando. O era como si no le importara. 

Algo comenzó a cambiar en el interior de Iori y comenzó a abrirse a la idea, ese guitarrista sinvergüenza y su tonta temeridad habían logrado cautivarlo. Tampoco había que pensarlo demasiado, Billy tenía cierto atractivo difícil de pasar por alto; ese par de ojos azules que parecían desafiarlo y tentarlo por igual junto a esa sonrisa juguetona, como la de alguien que estaba a punto de meterse en problemas a propósito. Iori podría hacerlo suyo si quisiera, al menos por un rato. No iba a acobardarse frente a un desafío y pese a que no podía entender sus motivos, tampoco iba a cuestionarlos ahora. Si Billy quería prestarse nuevamente como un medio para lograr un fin, entonces volvería a aprovecharse de él sin pensarlo.

 

III

Billy había cambiado mucho desde ese incidente que por poco se tornaba fatal. Su trabajo como mano derecha de Geese le había hecho meterse en bastantes líos pero nada como lo que había vivido el año pasado a manos del mismo sujeto al que acababa de arrastrar a un cubículo del baño junto a él. Era ya algo de rutina cada vez que se presentaban a tocar, a veces antes y a veces después. Quizás era la adrenalina, los gritos de la gente, las botellas de cerveza, el impulso incontrolable de hacer algo estúpido o una combinación de todo lo anterior. Tras poner el seguro en la puerta, Billy lo tomó del rostro y se acercó para besarlo mientras las manos de Iori se acomodaban por sí solas en sus caderas, moviéndose inquietas e impacientes igual que lo habían hecho sobre el bajo unos instantes antes.

Los recuerdos de Billy del accidente eran pocos, estuvo internado por varias semanas y la recuperación había tomado incluso más que eso. Recordó a su hermana llorando de felicidad el día que había despertado por fin, a Ripper y Hopper turnándose para hacerle guardia en el hospital y la compañía involuntaria de Eiji, quién había corrido la misma mala suerte que él. Pero sobre todo recordaba la visita de Geese, tan serio y pensativo como nunca lo había visto. Billy no le culpaba por lo sucedido, nadie podría haber predicho lo que pasaría, pero era evidente que Geese no lo veía así. Cuando ya había alcanzado a recuperarse de lo sucedido, Billy volvió enseguida al trabajo aunque con algunos beneficios inesperados: No solo su paga había aumentado considerablemente, Geese había expandido el edificio de Howard Connection y le había cedido todo un piso exclusivamente para él. Cuando Billy volvió a retomar interés por la guitarra, Geese construyó un piso adyacente que contaba con un escenario privado en donde podía practicar cuando quisiera. Aunque Billy estaba agradecido por todo aquello, quizás una de las mejores cosas que había recibido era los resultados de la investigación que Ripper y Hopper habían trabajado post torneo. 

Una de las grandes revelaciones había sido entender el fenómeno del «disturbio de la sangre», la maldición que plagaba a Yagami y a todo su linaje. Pese a su actitud desafiante, Iori difícilmente parecía ser una bestia incontrolable y violenta como la que los había atacado a él y Eiji. Entender que había sido una especie de accidente en lugar de algo premeditado lo hacía menos horrible. O como había dicho Eiji una vez que se lo había contado, Yagami era también una víctima de las circunstancias. Aquella nueva información solo había hecho que Billy tuviera aún más curiosidad acerca de Iori, y lo había estado investigando por su cuenta. Consciente de que era una mala idea desde el principio, no quería ni imaginarse el rostro de Geese si llegara a enterarse que estaba intentando saber más acerca de alguien que casi lo mata. Peor serían las consecuencias si supiera en lo que realmente había culminado. Geese solía dejar que Billy hiciera lo que quisiera en su tiempo libre, no le importaba mientras que no interfiriera con su trabajo y, tras el incidente, parecía tener cada vez más holgura. Iori comenzó a llenar ese espacio con su presencia y su música.

—Mierda… —dejó salir Billy en un jadeo, echando la cabeza hacia atrás contra la puerta del cubículo. No sabía si lo decía por estar pensando en Geese en un momento así o por la boca de Iori que recorría su cuello libremente.

Si Ripper y Hopper tuvieran que ponerlo en sus propias palabras quizás dirían que Geese lo estaba mimando demasiado y ahora se sentía invencible, capaz de hacer lo que quisiera sin pensar en las consecuencias. Probablemente tenían razón pero dentro de su mente Billy no había roto ninguna regla todavía, en teoría. 

—¿Vamos a hacerlo o no? —protestó Iori al notar que Billy se había quedado completamente quieto durante un momento. 

—¿Y quién carajo te dijo que te detuvieras? —Una invitación disfrazada de amenaza que animó a Iori a continuar.

Aún no estaba seguro de que Iori le cayera bien siquiera y mucho menos lo había perdonado por lo que había pasado un año atrás, pero esta clase de escapadas se habían convertido en un mal hábito del que no podía deshacerse. No entendía del todo qué era lo que le hacía querer continuar tomando esta mala decisión una y otra vez, además del hecho de que Iori era como un gusto adquirido; algo que no buscaba tu aprobación de manera inmediata pero que a la larga se hacía indispensable. Como los cigarros que compartían entre ensayos.

No se suponía que las cosas terminarían así. A los ojos de cualquiera Iori no era más que un arrogante y un hablador cuya vida parecía girar en torno a Kyo Kusanagi. Billy había descubierto algo más gracias a sus contactos en aquel local que frecuentaba, normalmente a tomar algo o tocar ahí. Iori era también un músico excepcional, detalle que parecía ser eclipsado por su estúpida y desagradable actitud. Lo había seguido hasta el local varias veces antes de atreverse a encararlo y, para su sorpresa, Iori era bastante tranquilo. Ni siquiera bebía alcohol, sólo practicaba en su bajo y en raras ocasiones se sentaba en una esquina a escuchar alguna presentación o anotar cosas en un cuaderno que cargaba, alguna melodía o arreglo que le resultaba interesante, pero siempre en soledad. 

No había que darle muchas vueltas al porqué, nadie sería tan tonto como para acercarse a alguien que tenía la reputación de ser un peligro, excepto Billy. Ni siquiera era la primera vez, ya había hecho lo mismo con Geese en alguna ocasión. Eso convertía a Billy automáticamente en un tarado y estaba más que consciente de ello.

—Tu falta de entusiasmo está comenzando a cansarme. ¿Para qué me trajiste aquí si solamente vas a quedarte quieto?

¿Qué estamos haciendo? Era lo que se preguntaba Billy para sus adentros. ¿Con qué intenciones se había acercado a Iori? No le tenía lástima, si nadie quería acercarse a él era su maldito problema. Billy no le debía nada, al contrario, estaba más que justificado que lo odiara. Pero había algo irresistible acerca de Iori, el mismo torpe interés que lo había hecho invitarlo a hacer equipo con él, a seguirlo por días para averiguar más de él o para acompañarlo en la guitarra a pesar de sus protestas. Y aun pese a su arisca actitud, Iori lo había dejado acercarse todas las veces. Peor aun, era Iori el que había hecho el primer movimiento sobre él, besándolo de manera impulsiva en la trastienda del local después de una presentación que había salido particularmente bien. Billy podría haberlo golpeado por su atrevimiento de no ser porque ya había fantaseado con esa misma posibilidad desde hacía un tiempo. 

—Creo que estoy un poco borracho —dijo Billy excusándose en una mentira.

Iori soltó una risa contra su quijada y luego se separó de Billy, dándole una mirada incrédula.

—Eso nunca ha sido un obstáculo antes. Si tienes algo que decir sólo escúpelo.

—Eres una mala idea. 

—Ya lo sé, por eso es que lo hacemos a escondidas. No me entusiasma más que a ti el que sepan que me sedujo un idiota como tú.

—¡Hey, yo no te seduje! —protestó Billy con aquella exagerada molestia de la que Iori parecía alimentarse, hacer lo mismo con Kyo antes de uno de sus combates era casi una obligación. 

La queja fue ahogada por un beso tan inesperado como apasionado. Era difícil pararse a pensar una vez que tenía su boca prendida a la suya y que sus manos buscaban desesperadamente el contacto, aferrándose a él con fuerza, como si fueran a explotar si se separasen al menos un milímetro de distancia. Fue el mismo Billy el que rompió abruptamente con el beso, desviando la cabeza mientras soltaba un suspiro de satisfacción tras sentir como una de las manos de Iori se colaba dentro de sus pantalones.

Billy no estaba viéndolo pero casi podía escucharlo sonreír con apremio. Su acelerada respiracion y una provocadora lamida cerca de su oreja le erizaron la piel. Con su mano libre, Iori acarició una de sus mejillas en un gesto casi tierno con el cual lo obligó a mirarlo. Podía ver el deseo en sus ojos y aquella engreída sonrisa no hacía más que realzar su atractivo natural. No sabía si su juicio estaba más claro o más nublado que nunca pero estar con Iori parecía una inevitabilidad.

—Tú también eres una mala idea, por eso eres tan irresistible —concluyó Iori, sorprendiendo a Billy que por un momento pensó que le estaba leyendo la mente.

Tuvo que sujetarse de sus hombros para no caerse y se prendió de nuevo a su boca para dejar de pensar y terminar con lo que había comenzado. Billy le mordió el labio con la fuerza suficiente como para hacerlo quejarse, se sentía frustrado y molesto. Odiaba lo mucho que tenía razón. La culpa sólo era suya, de su particular espíritu rebelde que se manifestaba de las formas más absurdas. La misma contradictoria naturaleza que lo hacía adorar recibir órdenes de Geese aun si odiaba que le dijeran qué hacer o que le hacía fumar pese al no smoking que ostentaba en su chaqueta. Y ahora estando con el sujeto menos indicado, el que distaba mucho de ser lo que necesitaba pero se había convertido en todo lo que quería. 

El inevitable fin de todo aquello jamás tendría por qué haberle afectado, se veía venir desde el principio. Algo cuyos cimientos eran la impulsividad a escondidas estaba hecho para no durar. Billy no debió haberse sorprendido al darse cuenta de que Iori a veces salía del local en compañía de alguien más o que por momentos parecía perder el interés por lo que sea que tenían. Rara vez ensayaban juntos, Iori comenzó a agendar conciertos en momentos en los que sabía que Billy tenía que trabajar y el sexo se volvio prácticamente inexistente. 

Iori le estaba arrebatando algo que jamás había sido suyo, algo en lo que había encontrado cierta comodidad que se negaba a abandonar. No se había dado cuenta de lo enganchado que estaba hasta que llegó al punto más bajo, haciendo una pequeña desviación en horas de trabajo para verlo luego de que Geese lo había mandado a encargarse de unos mandados. Sabía que lo encontraría en el local a esa hora y afortunadamente lo interceptó afuera, justo al final de una pausa que había hecho para fumar. Billy quería arrastrarlo dentro consigo, ya fuera al baño o a la trastienda, para una sesión de improvisación o unos cuantos besos, pero bastaba con dar una mirada hacia los ojos de Iori para darse cuenta que no había sitio para Billy ahí.

—Mira lo que me hiciste —dijo Billy de repente, como si Iori fuera a entender a lo que se refería, abriendo los brazos para gesticular en frustración—. No puedo pensar en otra cosa y es tu maldita culpa. Jamás debí haber dejado que me tentaras.

Quizás el golpe final a su orgullo había sido la respuesta de Iori.

—¿Éramos una mala idea, recuerdas? 

Billy no contestó, una admisión más que clara. 

—Ya obtuve lo que quería de todo esto, deberías de hacer lo mismo.

No es como si Billy no lo supiera, pero el rechazo había dolido más de lo que esperaba. 

¿Que había sido aquello que había obtenido a cambio? ¿Hacerlo quedar como un tonto? ¿Colgarse de tu talento como guitarrista? ¿Dormir con él un par de veces? Fuera lo que fuera, el comentario había logrado su cometido. Billy estaba furioso.

Estaba claro que lo que había pasado entre ellos había sido una excepción y no una regla, algo irrepetible y efímero como el presente mismo. Billy no podía confiar lo que había pasado a nadie y quizás causó que su resentimiento se hiciera inaguantable. Volvió a volcarse en el trabajo por una temporada, el piso con el escenario en la torre de Geese estuvo sin usar durante un largo tiempo mientras se enfocaba en pulir su técnica de combate. Imaginar a Iori como el recipiente de los golpes que tiraba al aire solo hizo que fuera más fácil confrontarlo con violencia. ¿Estaría actuando como un mal perdedor? Probablemente. Pero era mucho mejor que quedarse de brazos cruzados o admitir que había ido demasiado lejos.

 

IV

Eiji era un hombre de pocas palabras y Billy lo agradecía, el trayecto hasta su departamento había sido bastante tranquilo pues ninguno de los dos había dicho nada. Los silencios de Eiji tampoco eran incómodos sino más bien esperados. Siempre parecía pensar varias veces las cosas antes de decirlas, contrario a Billy que usualmente dejaba brotar lo primero que pensaba por más ridículo que fuera. Pero era claro que Eiji estaba un tanto curioso cuando entraron por la puerta de empleados de Howard Connection y tomaron un elevador privado.

—Este sitio es enorme —comentó mientras admiraba los techos altos y el enorme espacio abierto sin usar que conformaba gran parte del sitio.

—Es un piso entero. Un beneficio del trabajo, se podría decir.

—¿Alguna vez has peleado aquí dentro?

Billy se detuvo y parpadeó inexpresivamente. 

—No, nunca.

La idea ni siquiera le había cruzado por la cabeza pero es que nunca había invitado a algún otro peleador a visitar ese lugar. Ni siquiera al mismo Geese.

—Hay suficiente espacio.

Mientras miraba alrededor suyo, Billy tan solo asintió pausadamente. Los únicos combates que tenía dentro de la torre habían sido en el piso superior donde Geese entrenaba o en el despacho de Geese en un par de ocasiones. Pero no podía llevar a Eiji a ninguno de esos dos sitios, jamás tendría la aprobación para algo así.

—La última vez que luchamos quedamos empates, ¿lo recuerdas? —El ninja sonrió tras ver a Billy asentir en afirmación. Al menos Eiji no podía olvidarlo, ambos habían tomado la decisión de atacar a la la yugular y después se habían detenido. Así es como había aprendido que Billy tenía honor—. Antes, cuando atacaste a Yagami con tu poder de fuego. Fue impresionante. Me gustaría que me enseñaras a bloquearlo igual que él.

Billy suspiró exasperado. Apreciaba la compañía de Eiji y también su ayuda, aunque le hubiera gritado por ello. Pero lo último que quería era ponerse a pelear de nuevo.

—¿Y qué es lo que yo recibo a cambio, eh?

Billy se volteó para ir al frigobar que tenía junto al sofá en el cual tenía whisky del caro, el preferido de Geese y que guardaba ahí en caso de alguna eventualidad. Esto lo ameritaba sin duda.

—Podría ayudarte a vengarte de Yagami.

Una risa corta abandonó sin remedio la boca de Billy, después entregó a Eiji un vaso con whisky en las rocas sin siquiera preguntarle si acostumbraba beber. Supuso que quizás era hora de ser un tanto más sincero con uno de los pocos aliados que tenía, uno bastante apropiado para entender la situación. Quizás sería el primer paso para librarse de la sombra de Iori.

—La única manera en la que podrías ayudarme es si te metieras con él y le rompieras el corazón. Así estaríamos a mano.

—Ew, no podría involucrarme con ese… demonio —contestó Eiji con seriedad, sonando ofendido y frunciendo el ceño.

El sarcasmo de Billy no se hizo esperar.

—Gracias Eiji, ya me siento mucho mejor.

Ambos se quedaron en silencio durante un largo e incómodo rato, ciertamente no esperaba que Eiji le hiciera preguntas sobre lo que acababa de admitir pero el hecho de que no lo hiciera le inquietaba casi tanto como le aliviaba.

Billy terminó su whisky tan rápido como pudo con tal de retirarse temprano a su cuarto para ahorrarse un poco la humillación.

—Hay algunos cobertores bajo las almohadas del sofá, te veré en la mañana —dijo a modo de despedida, a lo que Eiji solo contestó con una mirada seria.

Pero también tomándole la muñeca para impedir que se fuera.

Cuando Billy se giró de vuelta hacia Eiji, este ya no lo miraba. Si Billy había tenido el valor suficiente para admitir indirectamente lo que había sucedido con Yagami, quizás sería lo más correcto ser honesto también. Aquello que debía haberle dicho antes, la razón por la que había abandonado el país en primera instancia, pensando que era lo más sensato. 

Quizás yendo a entrenar a Japón podría olvidarse de los sentimientos que había comenzado a desarrollar durante las semanas que habían pasado juntos recuperándose en el hospital. 

Los sentimientos que habían aumentado en intensidad en aquella cena antes de partir, su despedida final con Billy. Apenas había prestado atención a la mitad de las cosas que decía sobre Yagami, distraído con su entusiasmado tono de voz, las despreocupadas sonrisas que exhibía y hasta la forma en la que sus labios apretaban un cigarrillo entre ellos.

Los que sólo habían sido reafirmados tras volver a Southtown, al volver a encontrarse con la tempestad enfurecida en la que Billy se había convertido, blandiendose en duelo contra el mismo sujeto que los había traicionado antes y que tenía la ventaja por sobre Billy. 

Jamás había sentido una urgencia tan grande como cuando vió a Billy nuevamente después de meses, sangrando por la nariz y tirado en el suelo a merced de Iori. No lo pudo evitar, tenía que intervenir, porque aunque pensó que lo que sentía se había desvanecido, la realidad era que las emociones seguían siendo tan fuertes como nunca.

—Si no puedo ayudarte en tu venganza, entonces quiero protegerte de él —reveló Eiji por fin, sintiendo que un peso del tamaño de una montaña era levantado de sus hombros.

La molestia de Billy no tardó en hacer acto de presencia.

—¿Crees que no puedo cuidarme solo o qué?

Eiji soltó la mano de Billy y negó con la cabeza.

—Creo que no lo entiendes —contestó, mientras se llevaba las manos a la nuca durante unos instantes para remover con cuidado la siempre presente máscara sobre su boca. 

Era un acto simple pero hasta Billy sabía que aquello no era poca cosa, un mercenario no revelaría su identidad a menos que hubiese un motivo importante. ¿Estaba haciendo todo esto para luchar otra vez con él? La curiosidad hizo que no pudiera apartar la vista, nunca lo había visto sin su mascara, ni siquiera en el hospital. 

Eiji tenía una cara lampiña y una quijada marcada, con una cicatriz que le atravesaba los labios por un lado y que le hizo recordar, inevitablemente, a las que Geese tenía esparcidas por el cuerpo.

Esto era claramente una ofrenda de algún tipo o algo importante, Billy no sabía de qué otro modo interpretarlo. 

—No necesitas hacer esto para que entrene contigo…

—Lo sé.

Esta vez, Eiji se aventuró a mirarlo y sonrió automáticamente, como siempre lo hacía al estar en su presencia, con la marcada diferencia de que ahora era posible notarlo a simple vista. El corazón de Billy dio apenas un vuelco, de nerviosismo o entusiasmo, de incertidumbre o de certeza. Creyó entender de qué se trataba todo esto entonces.

Inconscientemente se llevó la mano a la cabeza para alborotar su cabello, removiendo su bandana en el proceso, gesto que no pasó desapercibido para su acompañante. De alguna manera sintió que Billy le imitaba, exponiendo su cabello y quizás también una parte suya.

—Maldita sea, Eiji. Si querías dormir conmigo podrías haberlo dicho mucho antes.

Tras soltar un suspiro, Eiji se cruzó de brazos. Era claro que Billy no había terminado de comprender lo que en realidad quería de él.

—Si no te lo dije es porque no es lo que busco. No voy a dejar que Yagami vuelva a lastimarte —dijo Eiji, con toda tranquilidad, esperando que esto último pudiera ser interpretado por Billy, que fuera capaz de leer entre líneas, no sólo el significado aparente; No le rompería el corazón igual que Iori, eso era lo que quería decir.

Pero el rubio se abrió camino hacia su habitación sin decir nada, a pesar de que lo había escuchado fuerte y claro. Estaba huyendo, fuera de la trayectoria de la avalancha de lo que había pasado antes, con Iori, o lo que fuera que estuviera pasando ahora con Eiji. Se sentía aturdido y abrumado por todo, aunque meditó esas palabras un momento cuando se detuvo en el umbral de la alcoba, antes de encender la luz, refugiado en la obscuridad. Lo que Eiji decía querer era absurdo, complicado, difícil de asimilar. Billy no era capaz todavía de olvidarse de Iori y le sabía mal utilizar la compañía de Eiji como chivo expiatorio, aunque un clavo sacara a otro clavo. Pero era bienvenido a intentarlo.

—Puedes venir conmigo o quedarte en el sofá, como quieras.

Esperó unos segundos tras los cuales Eiji permaneció en silencio, lo cual asumió como respuesta negativa. No sabía si eso lo hacía sentir aliviado o decepcionado hasta que se decidió a activar el interruptor de la luz y vió a Eiji, sentado a orillas de su cama de brazos cruzados, una acción que era paradójicamente predecible e impredecible a la vez. Cuando este abrió los ojos para mirarlo, Billy estaba sorprendido aunque su expresión cambió rápidamente hasta que le sonrió de medio lado. El verdadero alivio, pensó Billy para sus adentros, había sido encontrarlo ahí.