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Together

Summary:

Desde el momento en que su cristal tocó la arena y el cuerpo de Mika renació de la roca fundida para ver el cielo por primera vez, Ikel había estado ahí.

Notes:

It's my version of how the Skykids are born, and how they take their first steps in the new world
Someday I'm going to translate this.

Work Text:

Desde el momento en que su cristal tocó la arena y su cuerpo renació de la roca fundida para ver el cielo por primera vez, Ikel había estado ahí. Los cráteres que marcaban su nacimiento estaban lado a lado, una visión extraña. Las estrellas que descienden y adquieren un cuerpo físico suelen hacerlo solas.

Él había estado tan, tan asustado. Su cráter era más profundo. Lo primero que vio fue la uniforme oscuridad de la roca fundida a su alrededor. Las paredes llegando tan altas que no podía ver más que el cielo descolorido y opaco allá arriba. Intentó trepar, agotando la poca energía que su núcleo diminuto podía almacenar intentando aferrarse a las paredes lisas. El frío había empezado a reptar por sus brazos con cada esfuerzo inútil, sus piernas poco a poco volviendo a ser nada más que roca inerte. Su cabello, blanco, largo y brillante como un haz del alba, desvaneciéndose en polvillo gris al igual que sus rasgos. Con el desvanecimiento de sus ojos, todo se sumergió en la oscuridad absoluta.

Justo cuando las últimas ascuas de su luz se apagan, escuchó una llamada.

Un niño se asomó al borde, los ecos de su voz resonando por el fondo del cráter. Cuando quedó claro que él no podía responder, el extraño niño se dejó caer en el hoyo donde estaba atrapado, sin miedo o la más mínima señal de duda.

Lo intentó ayudar a levantar, mascullando algo sobre alguien esperándolos. Mika no podía registrar nada de eso, su cuerpo intentando mantenerse activo con la poca energía que recibía con el contacto.

Entonces, Ikel lo notó. Aspiró hondo y con un alarido dramático envió una oleada de luz en su dirección.

Fue como Caer otra vez.

Cada parte de su cuerpo estallaba con vitalidad, la llama pura recorriendo su interior, dándole forma otra vez a su cabello, cara y rasgos. Fue tanto que el exceso lo hizo pulsar unos segundos como una pequeña estrella. El mundo volvió a tener color, y esta vez más que grises y marrones opacos, porque había una verdadera fuente de luz.

Mika parpadeó un poco más, su mente todavía acostumbrándose a el color, a registrar tanto del pequeño mundo que enmarcaba su cráter. Las vetas de arena cobriza, dorada y lavanda, enmarcadas en un remolino de roca fundida desde donde estaba sentado, reflejando el patrón que se veía en su piel. El sutil degradado amarillo y carmín del cielo sobre su cabeza, su ropa de un profundo marrón con parches claros donde se había ensuciado de arena.

Y, sobre todo, el deslumbrante tono de azul de los ojos de su salvador.

Ikel, él había dicho que se llamaba. Cabello revuelto enmarcando sus rasgos redondos, ojos brillantes que acompañaban sus incesantes llamados. Mika no estaba seguro de su propia voz como para también decirle su nombre.

Lo había ayudado a levantarse, jalándolo para que se acostumbrara a caminar. Sin soltar su mano ni un instante treparon juntos regreso a la superficie. Al mundo que lo había visto nacer.

La inmensidad a su alrededor dejó a Mika sin aire. Eran dunas y más dunas de arena pastel, vetas de oro pálido con azul suave, lavanda claro y rosado pastel. Formaciones rocosas rompiendo el horizonte, elevándose hacia el cielo como olas, proyectando sombras contra la arena. Picos de piedra más pequeños salpicaban el paisaje, todos apuntando hacia una gran montaña a lo lejos, descansando entre un mar de nubes.

Ikel lo jaló hacían un descolorido espíritu azul que los guio por las pálidas dunas de la isla. Sin decir una palabra, señaló murales excavados en las escazas paredes de roca y les fue así narrando la historia del lugar, enseñándoles lo que podían llegar a ser. Su misión en ese mundo.

Su amigo estaba emocionado, lo sentía por la forma en que parecía a punto de romper sus dedos de tanto apretar. ¿Volar por los cielos, volver a estar cerca de las estrellas mientras que ayudaban a otros como ellos, que se habían quedado atrapados, a renacer? ¿Acaso alguien podría pedir una aventura mejor?

Pero Mika desconfiaba. El espíritu guía le daba escalofríos, con ojos apagados tras la máscara ceremonial que cubría su rostro, el último remanente de su memoria atrapado repitiendo sus recuerdos una y otra vez, su cuerpo destinado a ser nada más que otra de las rocas del paisaje. ¿Cuántos como él habría realmente enterrados bajo las dunas, en los naufragios que se habían tragado los barcos que ahora descansaban como picos de piedra?

Se obligó a tragarse su miedo, no queriendo que Ikel notara que algo estaba mal con él. ¿Qué clase de sky kid le tiene miedo a volar?

Al llegar al acantilado justo al borde el mar de nubes, ambos dieron un paso al frente. La luminosa silueta de un niño, una estrella que había fallado y necesitaba ayuda les devolvía la mirada con su rostro borroso. Extendieron sus manos, y aceptaron su misión.

Ikel se rio, vibrando y saltando nada más sentir la energía dorada recorriendo su cuerpo, fortaleciéndolo para poder alcanzar las nubes y el horizonte. La capa se formó en su espalda, como alas delgadas que enmarcaban su cuerpo. Su sonrisa resplandecía más brillante que la Luz que acababa de absorber. Mika sintió la respiración fallarle un instante. Guardaría ese recuerdo para siempre.

Él no dudó en acercarse al borde. Ni siquiera parecía albergar una sola gota de vacilación en su mente, a pesar de que se negaba a soltar a Mika.

Pero Mika no quería saltar. No quería volar. ¿Y si fallaba, y caía, hundiéndose más allá de las nubes, de la isla flotante, del mar, descendiendo cada vez más mientras todo a su alrededor se volvía más y más oscuro al igual que su cuerpo de roca? ¿Y quién sabe si su alma podría subir lo suficiente para que alguien lo encontrara en la isla, y lo ayudara a renacer? Volvería a estar como en ese cráter. Atrapado en la oscuridad.

Solo. Para siempre.

Dio un paso atrás, soltando la mano de Ikel intentando apartarse del borde, pero no estaba acostumbrado al peso de la capa sobre su espalda. Sus pies pisaron el borde de la tela, y con un tambaleo cayó por el borde hacia la masa de nubes.

Se congeló mientras caída, viendo el borde el acandilado y el cielo por una ultima vez. Al menos de espaldas podría ver a Ikel por una última vez.

Pero Ikel no estaba en el acantilado. Con una zambullida, se había lanzado detrás de él llamándolo sin cesar, atrapándolo con fuerza antes de maniobrar el aire, remontando una corriente de viento como si hubiera nacido para esto. La brisa agitaba su cabello y su capa, ondeando como una danza suave sobre las nubes

“¡¡¡No vuelvas a hacer algo así… tu!!!” Ikel exclamó enojado, aferrándose a su mano con un agarre de hierro mientras lo ayudaba a equilibrarse contra el viento. El sol le daba en su rostro, y sus ojos azules brillaban como zafiros mirándolo fijamente.

“Mika, me llamo Mika” susurró mientras se elevaban hacia la montaña. Hacia su destino.

Juntos.