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Annabel se desplomó en una de las gradas del campo de fútbol, su cuerpo agotado por la práctica de porristas y su mente saturada de frustración. El sol de la tarde iluminaba su piel bronceada, que resplandecía aún más bajo la luz dorada. Sus ojos rosa pálido, una característica tan distintiva como su cabello rubio y sedoso, parpadeaban con un cansancio que iba más allá del físico. Su figura remarcada y esculpida en horas de ejercicio y disciplina era el epítome de la perfección estética en la escuela, pero ahora sentía que todo su mundo se desmoronaba.
Era un año crucial: el último antes de graduarse y enfrentarse a la universidad, un momento que significaba mucho más que solo terminar la secundaria. Su padre había sido claro: para entrar a la mejor fraternidad, Annabel debía ganar el título de reina en el baile de graduación. Su madre había sido presidenta de la fraternidad, y la expectativa era que Annabel continuara el legado. Sin embargo, ahora se encontraba atrapada en una red de problemas y decepciones.
El primer problema era el recuerdo de su "novio perfecto", Próspero. Habían sido inseparables durante el primer año, creando una fachada de pareja ideal que parecía funcionar a la perfección. Pero cuando Próspero fue transferido a otra escuela, la perfección se desmoronó. Annabel intentó mantener la ilusión con una relación a distancia, pero el esfuerzo solo duró la mitad del segundo año. El resto del tiempo, había tenido que adoptar la imagen de una dama desolada, intentando ocultar el hecho de que su vida amorosa era una farsa.
El segundo problema era Ada, la subcapitana de las porristas. Ada había logrado algo que Annabel nunca había previsto: encontró una novia encantadora y dulce, Morella, la presidenta del club de cocina. Su relación fue un golpe maestro, catapultando a Ada y Morella como la "pareja del segundo año". Annabel, que antes dominaba el escenario social, estaba ahora superada. La situación se complicaba aún más cuando el título de reina del baile de graduación parecía un sueño cada vez más lejano.
El tercer problema era el siguiente obstáculo en su camino: encontrar a alguien que pudiera hacer de su "novio perfecto". Annabel tenía que fingir una relación ideal, y su lista de candidatos estaba llena de opciones que describiría como una combinación de monótono y estúpido. El hecho de considerar a Montessor, el capitán del equipo de fútbol y el candidato más cliché para ser el rey del baile, era una idea que le repugnaba. El olor a tabaco y sudor que lo acompañaba no ayudaba en absoluto.
Con un suspiro exasperado, Annabel tomó su bolso y se levantó de las gradas. La práctica de porristas había terminado, y la cancha estaba casi vacía. Mientras observaba a los miembros del equipo de fútbol irse, sus pensamientos giraban en torno a cómo encontrar la solución perfecta a su dilema. Montessor podría ser la opción más sencilla, pero la sola idea de tener que interactuar con él la hacía sentir como si estuviera atrapada en un maldito juego de ajedrez, donde cada pieza era una carga.
Annabel se dirigió hacia los vestidores, el peso de sus responsabilidades sintiéndose como una losa en sus hombros. Su mente maquinaba un plan desesperado mientras intentaba encontrar una solución rápida para evitar tener que recurrir a Montessor.
Annabel entró a los vestidores con un suspiro, buscando un momento de calma en medio de sus pensamientos agitados. Se sentó en un banco, tratando de despejar su mente, cuando la puerta se abrió de golpe y una figura inesperada apareció en el umbral.
Annabel levantó la vista, observando a la recién llegada. La chica entró con una prisa evidente, su ropa estaba llena de tierra y desordenada. Su cabello largo y negro, con mechones blancos entrelazados, estaba atado en una trenza que caía deshecha sobre su espalda.
Más allá de la ropa y el estado en el que se encontraba, lo que captó inmediatamente la atención de Annabel fue su rostro. La piel de la chica era de un blanco pálido que contrastaba con sus ojos azules intensos, que parecían casi de otro mundo. Dos pequeños lunares se encontraban justo debajo de sus ojos, en las mejillas, dándole un aire distintivo. Sus labios, de un tono rojizo oscuro, casi morado, eran notoriamente llamativos y agregaban un toque de misterio a su apariencia.
La chica, visiblemente cansada, se quitó unos lentes de pasta gruesa, que parecían casi desproporcionados, y los colocó con cuidado en el asiento cercano. Luego, desató la goma que mantenía su trenza en su lugar, dejando que su cabello cayera libremente. Annabel observó con atención, intrigada por la combinación única de características que la chica poseía.
Una idea comenzó a formarse en la mente de Annabel. Esta chica, con su rostro distintivo y su apariencia inusual, podría ser la pieza clave que necesitaba para asegurar su posición en la fraternidad.
“Parece que me has dado un espectáculo inesperado,” comentó Annabel, su tono amigable pero con un toque de intriga. Su mirada se mantuvo fija en el rostro de la chica, tratando de evaluar su potencial.
La reacción de la chica fue instantánea. Sobresaltada, resbaló y cayó al suelo, soltando un pequeño grito de sorpresa.
“¡Eso dolió!” exclamó, mientras intentaba levantarse. Su voz, aunque un poco temblorosa, tenía un matiz que captó la atención de Annabel. “Lo siento, no esperaba que hubiera alguien aquí.”
Annabel se acercó con una actitud calmada y segura. “No hay necesidad de disculparse. De hecho, creo que podemos hacer algo provechoso juntos,” dijo, manteniendo una sonrisa que buscaba ser reconfortante.
La chica, aún con la visión borrosa, levantó la vista hacia Annabel, reconociendo su presencia. “¿Eres Annabel Lee?” murmuró, su voz llena de incertidumbre y asombro.
Annabel se inclinó ligeramente, acercándose con una expresión decidida. “Sí, soy yo. Vístete y hablemos de un acuerdo que podría beneficiarnos a ambas,” dijo con una sonrisa segura antes de regresar a su asiento para esperar.
La chica de cabello negro no tenía ninguna oportunidad de huir. Si la encontraban de nuevo, seguramente la arrojarían al lodo, así que, con las manos temblorosas y la ansiedad al límite, empezó a vestirse apresuradamente. Guardó la ropa sucia en su mochila y se sentó en un rincón, esperando en silencio, casi como un perro esperando órdenes.
Annabel observó con una mezcla de satisfacción y fascinación. Ver a esta chica cambiarse frente a ella había sido inesperadamente cautivador, y le provocó un corto circuito mental. Sin embargo, rápidamente sacudió la cabeza para recomponerse.
Se puso de pie y caminó hacia la chica con una actitud decidida. Se plantó frente a ella, con una expresión seria pero controlada. “Vamos a empezar con tu primera pregunta,” dijo Annabel, acercándose. “¿Cómo te llamas?”
“Lenore,” respondió la chica en un susurro, levantando la vista del suelo solo para rápidamente desviar la mirada cuando intentó encontrar los ojos de Annabel.
“Lenore, es un nombre bonito,” dijo Annabel, posando su dedo en su barbilla pensativa. “Vamos al grano. Necesito una ‘novia perfecta’, y tú serás mi novia. ¿Lo entiendes?”
La reacción de Lenore fue inmediata, su sorpresa y temor eran evidentes. “¿¡Novia!?” exclamó, claramente aterrorizada. La sorpresa era doble para Lenore, quien había estado enamorada de Annabel desde el primer año. Había sufrido cuando Annabel salió con Próspero y su corazón se contentó cuando supo que su relación terminó. Aunque la oportunidad parecía perfecta, su timidez y miedo le impedían aceptar la oferta de inmediato.
“No es que no me atraigas o que no seas linda, pero…” Lenore tartamudeó, incapaz de mirar a Annabel a los ojos.
“Lenore, déjame interrumpirme,” dijo Annabel con un tono cortante. “Necesito una ‘novia perfecta’ para ser coronada como reina del baile. Tú eres la candidata perfecta para ser mi rey.”
Lenore, mirando hacia abajo, se sintió aún más pequeña e insignificante. “Annabel, estoy casi en el final de la pirámide de popularidad y tú estás en la cima. No puedo ser la novia perfecta.”
“Y ese es mi trato, Lenore,” dijo Annabel, tomando con firmeza la mandíbula de Lenore para forzarla a mirarla a los ojos. “Te haré alguien a quien todos amen, alguien a quien yo pueda querer. Te haré mi novia.”
La sonrisa en los labios de Annabel era más una mueca calculadora que una expresión de afecto genuino. Era evidente que para ella, Lenore solo era una pieza en su juego, una herramienta para lograr sus objetivos.
Lenore, a pesar de su temor y confusión, sintió que el mundo se detenía cuando miraba a Annabel. Desde el momento en que la conoció, había estado dispuesta a hacer cualquier cosa por ella, pero ahora enfrentaba una decisión difícil.
“Aceptaré,” dijo Lenore, su voz un susurro apenas audible, “pero a cambio de una cosa. Sé que tienes auto, y no me importa, pero un día antes del baile, me llevarás a una ciudad que está a dos horas de aquí. Esa es mi única condición.”
Annabel dudó por un momento, pero al final, decidió que cualquier cosa era mejor que recurrir a Montessor. “Entonces tenemos un trato,pet” dijo Annabel, acercándose lentamente y besando la mejilla de Lenore, dejando un leve rastro de su lápiz labial. “Te veré el sábado a las 6 de la mañana en la escuela. No me gusta esperar.”
Sin más palabras, Annabel se alejó, tomó su bolso y salió de los vestidores. Lenore se quedó allí, confundida y temerosa del trato que acababa de aceptar. Sabía que si quería lograr su objetivo, debía soportar ser el “novio perfecto” y cumplir su papel en el juego de Annabel.
