Chapter Text
Elain Archeron no había dicho tantas groserías seguidas como lo estaba haciendo ahora. Nunca le había salido todo tan mal como hoy tampoco, así que…
Finalmente, luego de tantos estragos y tribulaciones, el lavarropas se abrió con una musiquita tierna y la pantalla mostró “INGRESE LA ROPA”. Elain había tenido que salir a la calle a rogar que alguien le cambie los 10 euros porque la máquina de monedas no le estaba queriendo leer el billete. Luego, se había percatado que la lavandería solo ofrecía suavizante, y que tenía que volver al apartamento para traer jabón para ropas. Había aprovechado la ida para traer más ropa, y en el camino se tropezó, provocando que el vestido que llevaba puesto se rasgara.
Ahora estaba todo listo para lavarse, al fin. Elain cerró la puerta con ganas, se dio la vuelta para recostarse por la máquina, llevando sus manos a los ojos y soltó un suspiro sonoro y exhausto. Por suerte, era la única en la lavandería. Cualquier otra persona pensaría que estaba un poco loca.
—¿Elain?
Elain levantó la mirada y vio la silueta de un hombre alto en la puerta de la lavandería. Al comienzo no lo pudo reconocer, porque el sol que brillaba atrás de él opacaba todo su rostro.
El hombre dio un paso hacia adelante y lo primero que ella pudo vislumbrar fue su bella sonrisa. Dioses, era la sonrisa más hermosa que había visto, y los ojos. Los ojos eran… eran de-
—¿Lucien?
—Elain. No sabía que estabas por Paris. —dijo él alargando su sonrisa aún más.
Lucien dejó su ropa encima de una de las lavarropas y se acercó para saludarla. Ella no pudo evitar notar lo bien que olía, como siempre.
—No hay jardín como jardín de Francia. Tenía que venir a verlo con mis propios ojos.
Lucien llevó su dedo al mentón y miró hacia arriba exageradamente: —Me suenan esas palabras.
Elain rio y sacudió la cabeza: —Una nunca no se olvida las palabras de Jurian, especialmente cuando las repetía cada vez que me veía.
—Es un metiche, eso es lo que es. —dijo él con media sonrisa.
—¿Qué tal están él y Vassa?
—Nada muy importante. Solamente viajando alrededor del mundo juntos. —dijo él con ese tono sarcástico que es sello de todos los Vanserra.
—Qué envidia.
Lucien asintió y tomó sus ropas para colocarlas en el lavarropas de al lado. Él ya tenía las monedas consigo y cuando se puso a configurar la máquina, Elain notó que no era la primera vez que acudía al lugar.
Una vez cerrado el compartimiento, ambos se quedaron mirándose sin decir nada. Lucien abrió la boca para decir algo, pero su celular comenzó a sonar. Lucien chasqueó la lengua en leve frustración y le pidió perdón, caminando hasta la vereda para contestar la llamada.
Elain tomó asiento en una de las sillas hacia la entrada y sacó su ipad para continuar intentando superar su puntaje en tetris. Nesta le había dicho que cuando se concentraba en algo hacía una mueca con la lengua afuera. Conscientemente, frunció los labios para que esto no sucediera.
Sintió una sombra acercarse y levantó la mirada. Lucien estaba recostado por el marco de la puerta con los brazos cruzados, mirándola con una media sonrisa, pero enseguida se incorporó mejor y se aclaró la garganta cuando notó que ella lo había percibido.
—No te quería molestar. Parecía que estabas peleando a muerte con tu celular. —le dijo él.
Elain lanzó una risa fuerte, sacudiendo la cabeza. Lucien la acompañó con una risa melódica. Ella pensó: —Y eso que no estaba haciendo la mueca tonta, como hace unos minutos.
Nuevamente el silencio se interpuso entre ellos. Elain se quedó mirando al suelo sin saber de que hablar. En realidad, tenía muchas cosas de las que podían conversar, pero la timidez venció al fin. Ella recordó aquel día cuando Lucien se acercó, todo nervioso, y le confesó sus sentimientos. Había sido muy dulce con ella y le dio la oportunidad de rechazarlo si así lo quería.
—No quiero que te sientas obligada a nada, Elain, pero tengo que soltarlo. Llevo enamorado de vos en los últimos meses. No te puedo sacar de mi cabeza. —había confesado él, en el cumpleaños de Feyre. Ya había pasado un año de aquello.
Ella le había dicho que él era una persona fenomenal pero que no estaba lista para salir con nadie, y era la pura verdad. En aquel momento, ella no estaba en el mejor de los espacios mentales luego de su horrorosa ruptura con Grayson, su ahora ex prometido.
Después de eso, ya no lo vio tanto. Escuchó de Feyre que se había ido a España, por asuntos diplomáticos. Y ahora estaba, acá, frente a ella, en una lavandería en Paris.
Lucien mientras tanto estaba ocupado escribiendo algo en su celular. Elain aprovechó para mirarlo un rato y sus ojos se posaron en su frondosa cabellera cobriza que estaba atada en una coleta alta. Algunos pelos colgaban de su frente, ahora fruncida en concentración.
—Ahora el que está peleando con su celular…
Lucien sonrió sin levantar la mirada. —Soy yo —dijo él riendo y pronto, guardó el aparato en su bolsillo.
—Hasta en los domingos no me dejan en paz.
—¿Seguís en la ONU vos?
—Sí, ahí siempre.
Sonó una musiquita electrónica y ambos se giraron hacia los lavarropas. Elain se levantó enseguida para ver que era.
—Te avisa cuando está a la mitad del lavado. Tenés otra media hora todavía.
Ella se dio la vuelta para mirarlo.
—Te iba a decir. Se nota que no es tu primera vez en la lavandería.
—¿Y la tuya sí es?
Elain soltó un suspiro. —Sí… Se descompuso el lavarropas de mi apartamento.
Lucien asintió con la cabeza.
—Probablemente se trate de un lavarropas viejo. Ya casi ningún apartamento lo tiene, por eso hay lavanderías en cada cuadra.
—Ahora que recuerdo, vos eras muy bueno arreglando las cosas de la casa. Nesta siempre te llamaba cuando algo se descomponía en su casa. —Elain se rio ante el recuerdo.
Lucien se sonrojó y ella no pudo evitarlo hacerlo también, especialmente luego de decir lo siguiente: —¿No te molestaría mirar el lavarropas del apartamento? Digo, solo para ver si es fácil de arreglarlo. Si es algo complicado, le llamo a alguien más. No que no seas capaz de solucionar algo complicado, pero no te quiero robar el tiempo-
Ella se aclaró la garganta y se paró a sí misma al notar que estaba hablando de más y, sin embargo, él la ofreció una sonrisa acogedora que le hizo olvidar rápidamente su vergüenza. Se había olvidado lo fácil que era estar alrededor de él. No era por nada que el hombre sabía hacer amigos a donde iba.
Él hizo una reverencia exagerada, gesticulando hacia la puerta abierta.
—Muéstrame el camino, señorita.
Elain se rio pero llevó su mirada a las lavarropas.
—La gente suele dejar sus ropas todo el tiempo. —agregó Lucien deprisa y luego pestañeó al percatarse que lo había soltado con demasiadas ansias. Bajó su mirada y salió del local sin decir más nada.
Ella lo había notado también y sonrió antes de seguirlo a la calle.
