Chapter Text
Cuando abro los ojos, la oscuridad apenas se va desvaneciendo, sin embargo sé que para mí, el día ya empezó; sin mucho ánimo, estiro mi cuerpo cansado y rígido. Unos pocos rayos de luz se van metiendo por la ventana de la diminuta sala; el sofá y mesa hacen de una escena claustrofóbica. Me levanto, la vieja cobija aún encima de mi y me dirijo con pasos discretos, a la puerta del único cuarto de la casa. Mis hermanas, cada una en su cama, siguen dormidas, no tengo la necesidad de despertarlas, aún es demasiado temprano. Natasha, parece dormir sin ningún problema, la noto relajada e incluso contenta. Hace poco que cumplió los 15 años y parece que se quiere comer el mundo entero. En la otra cama, Irina duerme inquieta, frunce el ceño y se mueve de lado, buscando la posición más cómoda, sin embargo, los años no parecen afectarla mientras duerme, aparenta ser la joven mujer que es.
A los pies de Irina se encuentra al que ella llama, el guardián de nuestro hogar, un gato, que sorpresivamente se ha quedado gordo, no importa lo que pase por los años, de pelaje manteca polvoriento de cola tupida y esponjosa. La cara ancha, patas y su hocico alargado se pintan de negro, parece como si fue llenado de hollin. Irina le puso Sasha, nunca supe el origen de ese nombre y ella aún no me lo quiere decir, pero ese nombre se le quedó, más bien porque a él parece gustarle.
Es un buen compañero, se queda hasta tarde conmigo para revisar que las puertas y ventanas estén aseguradas en las noches, me sigue hasta la ciudad como si él me guiara y no quisiera que me pierda. Lo he notado en el pequeño patio de nuestra casa, haciendo de vigía cuando no hay nadie; además de siempre observar a todos atento cuando se hace una tarea en casa, como si nos supervisara. Una Natasha de apenas 9 años lo encontró cuando él era un simple gatito, flaco, pulgoso y lleno de lombrices. No quise decírselo, pero no le veía mucha esperanza, así que le dije que lo llevara con Irina esperando que ella la haría desistir de la idea de adoptarlo. Pero Irina estaba determinada a salvarlo. Con mucho esfuerzo, entre las dos dejaron a Sasha como nuevo. Aunque la idea de alimentar a una boca más me pasó por la mente muchas veces, no tardé en encariñarme de la criatura; que mientras crecía, se iba convirtiendo en un cazador nato de plagas. Sé que le caigo bien, especialmente porque tiendo a darle entrañas, pero es obvio que sus favoritas son mis hermanas, que lo miman con lo poco que tenemos.
-Sasha, ven, vamos a cazar- intento llamar su atención. Sus ojos azules y brillantes me ven atento entre la oscuridad. En realidad, nunca lo he llevado a cazar, será bueno contra las plagas, pero sé que nunca podrá contra cualquier bestia que se encuentre en el bosque. Él solo me sigue hasta el filo de la valla, vigilando que me vaya y algunas veces me espera, esperando a que vuelva a salvo. El pequeño rufián solo se estira un poco más para después recostarse una vez más.
Me paseo por el cuarto en silencio y tomo mis cosas, entre ellas, la gran bolsa de cacería que hice hace unos años, vieja y horrible a más no poder. Prefiero prepararme en la pequeña sala que hace de mi cuarto por las noches y no molestarlas. Me pongo una camisa gruesa, para el frío de la mañana; los pantalones viejos y para finalizar, la chaqueta y botas de cacería. En la mesa bajo un cuenco de madera encuentro un queso de cabra envuelto en varias hierbas, un regalo de Natasha. Lo corto a la mitad y lo meto sin cuidado en la bolsa.
En nuestro detestable rincón del Distrito 12 llamado la Veta, es donde se encuentran la mayoría, si no todos los trabajadores de las minas, que salen marchando por las calles llenas de carboncillo hacia las minas, otro día de trabajo. Hombres y mujeres miserables, de hombros bajos y nudillos hinchados que ni siquiera intentan limpiarse el hollín de las uñas y grietas de las arrugas en los rostros hundidos. A pesar de eso, el resto de las calles están desiertas, las contraventanas de las tristes casas grises se encuentran cerradas. La cosecha no empieza hasta más tarde así que la gente intenta descansar lo más que pueda, claro, si la desesperación no los mantiene despiertos.
Nuestra casa está hasta el final de la Veta, dejo atrás unas pocas casas grises y llego al llano desolado que llaman la Pradera, La única cosa que separa al Distrito 12 y la Pradera del amplio bosque es una gran alambrada de metal, adornada de bucles de alambres de espina. Se supone que debe estar electrificada 24 horas al día para alejar a los depredadores que antes se paseaban por las calles. Pero todo lo que este pequeño distrito puede ofrecer son sólo 2 o 3 horas de electricidad al día, así que por lo general no es peligroso tocarla. A pesar de eso, acerco el oído a la débil barrera y no logro escuchar aquel característico zumbido. Uso algunos arbustos que sirven poco para esconderme y me arrastró debajo de la alambrada, por una abertura que lleva algunos años ahí. Me muevo con cuidado; más de una vez, cuando era más descuidado, llegué a desgarrar camisas y chaquetas. Muchas veces me gane regaños de Irina y nuevas marcas de costura en la ropa.
Cuando me adentro aún más al bosque, dentro de un hueco de un viejo árbol tomó un carcaj de flechas y el duro arco, poco a poco nuevamente siento la libertad de sus tierras. Esté o no electrificada, la alambrada ha hecho su trabajo de ahuyentar a los depredadores de las calles del distrito. En el bosque los animales deambulan a sus anchas, conocen su territorio y lo aprovechan. Pero los animales fuera de su hábitat no son los únicos peligros que hay en el bosque; serpientes, animales rabiosos y especialmente la falta de caminos claros. Pero también hay comida, si sabes donde buscarla. Mi padre, en todo su delirio, como pudo me enseñó todo lo que sabía, antes de morir en las minas, hecho pedazos. Nada quedó de él; tampoco es como si yo quisiera algo, con lo que me enseñó tengo suficiente. Pero mis hermanas, era obvio que con una pequeña parte hubiera sido suficiente para ellas. Tenía 11 años, han pasado seis años y todavía no sé qué sentir por él.
Se supone que entrar al bosque es ilegal, teniendo castigos tan severos como la muerte, y por consecuencia, la caza furtiva también lo es. A pesar de eso, muchos más arriesgarían el pellejo si las armas no fueran tan escasas. A muchos les invade el terror y los pocos valientes entran con solo un cuchillo para defenderse. El viejo arco que siempre cargo conmigo en las cacerías es una rareza que mi padre compró, junto con muchos otros escondidos alrededor del bosque; aquel hombre, uno de la Veta, por algunos años se vivió la vida haciendo diversas armas. Después de algunas amenazas de los Agentes de la Paz dejó de hacerlas, no le convenía al distrito tener a un montón de gente hambrienta y armada: destruyeron muchos de sus trabajos. A pesar de eso los agentes de la paz nos han dejado a aquellos pocos que cazamos hacer nuestro trabajo. Pues ¿a quién no le gusta un poco de carne fresca?, esos hipócritas han mantenido viva a mi familia, así que no me puedo quejar, ¿Pero armar a la Veta? Demasiado peligroso.
En el otoño, son más las personas que se atreven a entrar al bosque y toman la fruta de los árboles más cercanos, sin perder de vista la Pradera. Lo bastante cerca para correr a la seguridad del Distrito 12 sin que ningún problema ocurriese.
Nuestro querido Distrito 12, cualquiera muere de hambre, pero siempre tienes la seguridad de la alambrada, murmuró entre dientes, sin poder ocultar mi rencor. Miro alrededor de mí, sé que estoy solo, pero la preocupación de que alguien me escuche es una aprehensión real y latente, y tengo suficiente sensatez para guardar aquel odio para mí mismo.
Cuando era más joven, todas las cosas que decía sobre el Distrito 12, el Capitolio y todo Panem, hacía que me ganara unas buenas bofetadas de parte de mi padre, lo que hacía que dijera esas cosas con más frecuencia. No fue hasta su muerte que Irina me dio a entender que eso solo nos traería más problemas de los que necesitábamos. Aprendí a morderme la lengua y fingir que nada de esto me importara en lo absoluto, Natasha dice que se me da fácil, con mi cara de pocos amigos. Me limité a seguir las vagas conversaciones de los de alrededor de mí y las conversaciones comerciales del Quemador, donde ganó la mayoría del dinero para mi familia. En casa esos temas como la cosecha, los racionamientos de comida o los Juegos del Hambre son algo que evitamos todo el tiempo, solo logró asustar a Irina y a mi solo me deprimen; pero Natasha, solo hacen que avive más su fuego, parece no darse cuenta de las consecuencias de repetir lo que yo antes decía y no importa lo que diga mi hermana o yo, le encanta ser testaruda. Como odio lo mucho que se parece a mí.
Muchas veces me he quedado solo en el bosque, me ayuda a concentrarme. Escucho cada pisada, aleteo e incluso las hojas y ramas cayendo al suelo. Pero muchas otras veces tengo un compañero y con cada ligera pisada le escucho acercándose más. No le espero, sé que eventualmente me alcanzará y sigo adelante, a paso rápido, subiendo la colina hacia una saliente rocosa con vista al valle. Puedo ver el matorral de arbustos de baya, que protege de ojos fisgones a aquel escondite.
Justo a medio camino, escucho su voz detrás de mí. Sonrío por un momento al darme cuenta que me alcanzó, incluso con mejor tiempo que la última vez.
-¡Iván! ¡Espérame, maldita sea!- dice Natasha jadeando y noto su irritación. Odia que haga eso, que la deje atrás, pero le hace bien aprender a seguirme el paso.
Desde que empecé con este pequeño trabajo, Natasha nunca dejó de rogarme para que la llevara al bosque conmigo. Yo nunca le dije que no, abarcar un poco más de terreno en el bosque con alguien que confiara era una perfecta idea, pero a Irina la idea no le parecía tan buena como a mi. Al final ella me dio permiso de llevarla después de mucho rogar y de algunos lloriqueos. Resultó que tenía talento para cazar y como suponía, una muy buena compañera, sabe escucharme y le entusiasma el trabajo, aunque puede llegar a ser algo… sádica, debo admitirlo, aquella faceta suya de verdad me sorprendió. He intentado canalizarlo sin mucho éxito.
-No hagas eso- dice jadeando, hago como que no sé de qué está hablando y sus mejillas se encienden, siempre hace eso cuando se enoja. Da un respiro para calmarse -No te adelantes- dice despacio, un énfasis en cada palabra; evita mi mirada y empieza a buscar algo dentro de su bolsa de cacería, es mucho más nueva que la mía, un lujo que Irina le dejó gastar.
-Se te olvidó esto- dice, dejando su coraje a un lado.
Natasha muestra con orgullo su contribución, envuelta con cuidado en un harapo, muestra con la sonrisa más orgullosa posible una gran hogaza de pan. Sin necesidad de tomarlo me doy cuenta que es pan de verdad y no las barras planas y asquerosas que hacemos con nuestras raciones de cereales en casa. Tomó la barra en mis manos y no aguanto más la necesidad de acercarlo a mi nariz para aspirar su fragancia que abre mi apetito, tiene un aroma agradable y aún está caliente en mis manos. El pan es solo para ocasiones especiales. En cualquier otra ocasión la reprendería, por tal gasto innecesario, pero hoy es diferente. Siento como se me abre el apetito poco a poco.
-¿Cuanto te costo?- digo; a pesar de mi emoción, aun no puedo quitarme esa angustia de encima. Natasha sigue jadeando y puedo notar su irritación ante la pregunta. Debe haberse levantado poco después de que me fui para ir a la panadería y corrido hasta aquí para alcanzarme, con esta realización poco a poco me voy arrepintiendo de no haberla esperado, pero no se lo hago saber.
-¿Eso qué importa? Me lo dio a mitad de precio, el pandero se veía tan triste, me deseó suerte- dice, mientras sigue avanzando, dejándome esta vez a mi atrás.
-Siempre ha sido un hombre sentimental- le sigo el paso hasta el pequeño escondite. Guardo el pan en la chaqueta, intentando mantener su calor. De pronto recuerdo el pequeño trozo de queso que tomé de casa y también a la única persona que se quedó en casa.
-¿Qué hay de Irina?
-No te preocupes, le dejé algo, además, hay más queso y miel en casa. Ella y nosotros tendremos un buen desayuno- Dice, imitando el irritante acento del Capitolio y los ademanes de Zhu Wang, la mujer irritantemente optimista, que viene una vez al año para leer los nombres de la cosecha. Llegamos a un rincón en una colina, donde un conjunto de rocas y arbustos de arándanos hacen un perfecto escondite, con una perfecta vista para el valle y el bosque. Nos acomodamos uno al lado del otro.
-¡Oh! ¡Y felices Juegos del Hambre!- Recoge algunos abandonos de los arbustos que nos rodean mientras ríe y trata de mantener ese irritante acento - Y que la suerte… - Me lanza algunas moras, las atrapo y tomó una dejando que su sabor me explote en la boca, es ácido y me termina de despertar -... esté siempre, siempre de su parte! - concluyó, con una versión incluso más fastidiosa y fea del acento, nunca se me dio imitarlo tan bien como a Natasha.
Ambos reímos con ganas, ella aún más que yo. Bromeamos, porque si no, nos estaríamos muriendo de miedo y estoy seguro que yo moriría de pura rabia. Además, Natasha si sabe imitar el acento del Capitolio y todo suena estúpido con él.
Observó a Natasha sacar su cuchillo y cortar el pan, sus ojos castaños están concentrados en su tarea; el cabello rubio cenizo lo tiene en la misma trenza con la que se fue a dormir y la piel aceitunada brilla bajo el sol mañanero, sin saberlo podrías suponer que somos hermanos. Irina exactamente a nuestra imagen, dice que no encajamos en la Veta. Aunque creo que exagera, son solo nuestras cabezas rubias lo unico que nos distingue de un mar de cabellos negros y lacios o tal vez ella ve algo que yo no.
Ella siempre dice, bromeando, que estamos fuera de lugar. Creo que nuestro cabello es lo único que tenemos de nuestra madre. Ella murió poco después de que Natasha cumpliera los 7 años. Nuestros abuelos, sus padres, fueron parte de la pequeña clase de comerciantes que parece que solo sirven a los funcionarios, los agentes de la paz y algún que otro cliente de la Veta con algunas monedas extras. Tenían una verdulería en la parte más elegante del Distrito 12; lo cual es decir mucho. Les iba bien, durante el tiempo que duraron. Mientras tanto, nuestro padre era un hombre de la Veta, conoció a nuestra madre, porque cuando iba de caza, de vez en cuando le llevaba semillas para su pequeño huerto. Quiero a mi madre y la extraño mucho, sin embargo, a veces no puedo dejar de pensar que de verdad debía estar realmente enamorada como para meterse a la Veta para estar con ese hombre o si realmente era estúpida a más no poder. Poco después de que ella murió, mi padre dejó de atendernos y todo el dinero que ganaba de la mina terminaba en vino blanco, dejando que sus tres hijos murieran de hambre; el odio y rabia que sentía por él nunca más lo quiero sentir en mi vida, me paralizaba y solo podía pensar en cómo acabar con el. Poco después de su fallecimiento las cosas empeoraron y aquellos pensamientos fueron reemplazados en maneras de traerlo una vez más a casa.
Natasha unta el queso de cabra en las rebanadas de pan y coloca con esmero algunas hojas de albahaca. Doy otra ojeda al valle bajo nosotros y el verdor me da la bienvenida: verduras para recoger, raíces por escarbar y peces nadando a la orilla del lago. Es un día precioso, el cielo está claro, una brisa fresca corre por mis mejillas; el pan caliente absorbe el queso y las bayas están en su punto. De verdad se siente como un día de fiesta. Un día como hoy sería grandioso para vagar por las montañas, podría enseñarle algunos nuevos trucos a Natasha y cazar la cena de hoy sería perfecto. Pero, gracias al Capitolio, tendremos que estar en la condenada plaza a las dos en punto para el sorteo de nombres.
-Hay que largarnos, ¿no crees?- dice Natasha, susurrando y noto entusiasmo, en sus palabras, no me gusta del todo.
-Acabamos de llegar, todavía no conseguimos la cena- respondo, sin voltear a verla. Sé a lo que se refiere; no quiero que se cuelgue de sueños que nunca se van a cumplir, no podemos darnos ese lujo, ni menos en un día como hoy.
-Eso ya lo sé- contesta irritada y la noto apretar los dientes- De aquí, de este maldito distrito, nosotros lo lograríamos- alza la voz y sus ojos brillan. Quiero apagar este nuevo fuego, intentó calmarme de mi parte. La última vez que la calme ambos gritamos y ella se fue a casa antes que yo, en un principio lo vi como un simple berrinche, pero después de hablar con Irina me di cuenta que necesitaba ser un poco más suave con ella.
- Claro, están los demás- ella misma mata su propio entusiasmo, noto ve a lo lejos decepcionada, como si el valle le dijera lo que no podía.
Con los demás se refiere a Irina y Toris, su mejor y único amigo de verdad; y con él se incluye su hermano menor y su madre. La familia de Toris y nuestra familia somos el lote completo, no son muchos, eso puedo decirlo sin problema, sin embargo ninguno sobrevivirá sin mí o Natasha, por algunos meses tal vez, pero ¿luego qué? Somos un equipo, pero no todo va para nuestro uso y muchas cosas se intercambian por manteca, lana y muchas otras necesidades, hay muchas noches donde quedamos mal ante Irina y Toris. Estas conversaciones me irritan aún más, porque son cosas que ella sabe a la perfección, se las enseñé cuando decidió seguirme al bosque, siempre necesito recordarle.
-Nunca voy a tener hijos- dice con un trozo de pan en la boca, mala costumbre de ella. Sin necesidad de empezar su pequeña aventura, ya la noto decepcionada.
-Buena elección- sigo, seco, intentando desarme de mi enfado -Aunque si no viviera aquí, tal vez un hijo no sea mala idea.
-Pero vives aquí- me contesta, como si de un idiota que no sabe dónde se encuentra me tratara.
-Se vale soñar- la noto contenta otra vez, viendo el valle. Mientras tanto mi enojo y tristeza se mezclan e intento no demostrarlo. Ella siempre ha sido una joven más simple que yo, las cosas se le pasan rápido, en cambio, yo no puedo soltar nada dentro de mi.
Este tipo de conversaciones nunca llegan a nada, solo sueños que nunca se van a cumplir. ¿A dónde iríamos? Incluso con nuestras habilidades juntas, sería imposible llegar tan lejos, cargando al menos 4 personas (y un gato) que no quieren saber absolutamente nada del maldito bosque, acabaríamos todos heridos, hambrientos y con suerte, muertos. Natasha no puede ser tan tonta para creer que lo lograríamos y yo no puedo ser tan amable para no decirle nada. Si no terminamos muertos por el bosque, yo terminaría acabando con todos por lástima.
-Basta de eso, nada de esto nos hace bien ¿qué prefieres hacer?- le pregunto enfadado con la conversación, dejándola elegir, internado dejar que con un poco de trabajo me olvide de todo esto. Además, es perfecto para enseñarle una cosa o dos.
-Vamos al lago- se emociona al darse cuenta que tendrá el mando por hoy. Yo tengo un poco más de experiencia, por lo que yo hago de guía casi siempre. Natasha ha mejorado mucho en estos meses y dejarla tomar las riendas de vez en cuando en verdad la ayuda a aclimatarse. -Podemos pescar, dejamos las cañas puestas mientras recolectamos en el bosque. ¡Tendremos una buena cena!
La cena, después de la cosecha, aquella idea me apacigua un poco; se supone que todos tenemos que celebrar como si de verdad esto fuera una fiesta y nadie se está muriendo de miedo. Muchos lo hacen, celebran aliviados por los hijos que no fueron mandados al matadero. Pero al menos dos familias dejarán las puertas y contraventanas cerradas, lamentándose.
Es un día más que fantástico para la caza, los depredadores parecen estar ocupados en otras zonas, así que no es difícil conseguir presas fáciles. A última hora de la mañana tenemos una docena de peces, al menos una bolsa llena de verduras y un buen puñado de fresas, mi pequeño lujo. Natasha descubrió el fresal hace unos años, casi apenas la traje al bosque y alrededor coloqué redes para evitar que algún animal se acercara; cruel, pero ellos tenían el bosque entero para ellos, alguna ventaja de él tenía que tomar.
De camino a casa pasamos por el Quemador, el mercado negro que funciona en un sucio y veijo almacén abandonado, en el que antes se guardaba carbón. Cuando descubrieron un sistema más eficaz de transporte de carbón que daba directamente de las minas a la estación de tren, la gente se fue apoderando del lugar. A estas horas, muchos de los pequeños negocios siguen abiertos, sin embargo muchos ya están cerrados, la cosecha los mantiene ocupados, aun así, eso no evita que el mercado siga rebosando. Cambiamos con facilidad seis peces por pan bueno, y otros dos por sal. Petra la Grasienta; una mujer anciana, demasiado delgada que parecía nunca cansarse nos avista y saluda animada. Vende cuencos de sopa caliente, preparada en un viejo y grande hervidor, nos compra la mitad de las verduras, a cambio de un par de trozos de queroseno. No es nuestra elección más inteligente, hasta raya en la idiotez, en mi opinión, pero es bueno mantener una buena relación con Petra, siendo la única persona dispuesta a comprar carne de perro salvaje. No es como que los cazamos porque queremos, nunca desperdiciaría tiempo y mucho menos flechas en eso, pero a veces es necesario defenderse, y al final del día la carne es carne. “Una vez dentro de la sopa, puedo decir que es ternera”, dice Petra la Grasienta, guiñando un ojo. Quién soy yo para juzgar los negocios de otros. Nadie de la Veta despreciaría una buena pata de perro salvaje, tal vez Irina, demasiado fina para nuestra vida de pobres. Los agentes de la paz son los únicos que tienen el beneficio de ser tan exigentes como ellos deseen.
Casi al terminar nuestros negocios, dejó a Natasha hacer algunos, ella es buena con los trueques, aunque creo que es solo la ayuda el hecho de que puede llegar a ser bastante insistente con nuestros clientes. En un principio quería corregir eso, sin embargo, a la largo nos funcionó, así que la he dejado ser. Nos dirigimos a casa de Toris, o mejor dicho al negocio de la familia de Toris, que parece estar esperándonos. La familia de Toris se dedica a remendar y arreglar ropa y zapatos para aquellos que pueden pagarla y en algunas ocasiones creo que su madre ha hecho piezas nuevas. En cuánto tocamos la puerta trasera de la elegante tienda, esta se abre de repente. Toris es un muchacho delgado de la misma edad y estatura que mi hermana, cabello castaño corto, bien peinado, la camisa blanca de algodón bien planchada y los pantalones oscuros lo hacen ver más alto de lo que es, se ve bien con la ropa de la cosecha.
Natasha sonríe y saluda de verdad contenta, más de lo que ha estado en todo el día y este responde de igual manera. Se concentran en hablar entre ellos mientras yo a su lado, incómodo me dedico a dar un saludo amable con la cabeza que solo logra que su sonrisa se borra de repente y es reemplazado por un gesto desagradable. Está en el mismo salón que Natasha del colegio y se hicieron buenos amigos, a pesar de la personalidad tan tranquila de Toris y ella tan…no logró saber como describir su salvajismo. Natasha siempre le guarda unas cuantas presas y demás cosas. En un principio no me gustaba la idea, pensando que estábamos perdiendo dinero y más importante, alimento que bien podrían ayudarnos a nosotros más que a un extraño; nunca guardé mi recelo hacia el pobre muchacho. Por mucho tiempo me dedique a lanzar comentarios petulantes y sarcásticos, para luego hacerme el idiota cuando Natsasha y Toris me reprochaban. Esto fue así hasta que de pronto logré entender de qué se trataba su parte del trato: telas, vendas, hilo, ropa remendada, incluso ropa nueva, y por supuesto una buena cantidad de dinero. Recuerdo mi comportamiento con pena, ahora solo me dedico a saludar amablemente y mantenerme callado mientras Natasha hace su negocio.
-Hola, Tasha, ¿aún no estás lista para la cosecha?- la saluda con ese apodo suyo mientras hace su trabajo de ignorarme. Dentro de mi empiezo a sentir vergüenza mientras recuerdo todo lo que hice, si no fuera tan orgulloso me causaría gracia.
-Traemos algunas verduras y presas- dice con una sonrisa orgullosa, su fruto de trabajo y empieza a sacar las cosas que consiguió para él.
-Fue un gran día de caza-. Intento hacer conversación, en realidad no me importa mucho su mal trato, yo empecé todo esto, bien merecido lo tengo al final del día, pero es difícil para casi todos los días frente a él mientras me lanza miradas frías, puedo admitir que hasta cierto punto es gracioso.
Me voltea a ver y noto en su cara el fastidio. Recuerdos de todas las veces que mi hermana lo defendió ante mi y esto solo miraba sus zapatos como si fuera lo más interesante del mundo, mientras las mejillas se teñían de rojo y fruncía el ceño se llenan en mi cabeza. Ahora me toca a mi pasar vergüenza, pero yo sé ocultarlo mejor que el pobre diablo. Natasha parece notar el momento incómodo y rueda los ojos exasperada ante los dos. Ella nunca me ha dejado olvidarme de mí comportamiento, nunca desaprovecha la oportunidad de recordarme, le encanta ver como hago lo posible para no hacer un gesto apenado y finjo que no se de que está hablando.
-Oye Iván, ¿por qué no vas a casa del profesor?- más que ayudarme a mantener la calma, parece querer alejarme lo más posible de ellos dos, no tomo la menor ofensa ante la propuesta, mejor para mi. Toris mantiene su atención en Natasha nuevamente.
-Tienes razón, me encuentras allí- sin siquiera despedirme, me retiro de inmediato, no es como Toris me fuera a devolver el saludo de todos modos.
Mientras que Natasha tiene su pequeño trueque con Toris, yo tengo mi propio negocio con el antipático maestro del colegio: las fresas. Su casa se encuentra también en el barrio de los mercaderes de la ciudad: la botica, su mujer es quien lo maneja, y debo admitir que lo hace de maravilla. Aunque solo vengo a buscarlo a él, o mejor dicho su dinero, Natasha y yo hemos hecho bastantes negocios con ella, vendiendo hierbas medicinales, y en algunas ocasiones presas o verduras Es una mujer amable y bastante diligente, a ambos les va bien, a ella un poco mejor. En el Distrito 12 no hay doctores, así que ella con la ayuda del resto de su familia, dan servicio y ayudan a cualquiera que lo necesite. Mucha gente de la Veta está sumamente agradecida con esa mujer, mi familia incluida, realmente no se como darle la gracias exactamente.
Cuando puedo, voy a su casa, con la mayor cantidad de fresas posibles. Lo que paga no es nada extraordinario, el maestro puede llegar a ser un hombre bastante tacaño, pero cualquier trabajo que deje algunas monedas es bueno a mis ojos. Pero eso no es lo más importante para mí. Llegó a la puerta trasera del negocio, toco la puerta y en pocos minutos la perilla se mueve y no puedo contener mi emoción, notando como una sonrisa se forma en mi rostro. Pero esta se esfuma casi de inmediato en cuanto me doy cuenta quien abre la puerta en realidad. No es el Beilschmidt que esperaba.
Quien abre la puerta es Gilbert Beilschmidt, un muchacho de mi edad y mismo salón del colegio; piel y cabellos blancos, ojos rojos y pestañas pálidas, si no fuera tan guapo sería una tétrica aparición. Es un muchacho inteligente y tiene muy buenas notas, y muchos lo han descrito como alguien bastante carismático, pero yo no puedo ver nada de eso, lo único que puedo ver es una persona arrogante, irritante, y bastante desconsiderada, no hay momento donde le deje a los demás olvidar el nombre Gilbert. Todo esto hace un horrible contraste con mi personalidad reservada. Las pocas veces que congeniamos en el colegio ha terminado en algunos argumentos, o peleas estúpidas, como suele describirlas Irina y una parte de mi lo sabe, pero es difícil admitirlo. Es claro ver que no nos llevamos bien. A quien realmente me interesaba ver era a su hermano menor. Rubio a más no poder, ojos azules intensos y una voz suave y amable, solo un año menor que Natasha. Desde que lo vi hace algunos años en el colegio y después de aquel incidente quedé cautivado con él. Con los años lo he notado más tranquilo y satisfecho consigo mismo. La mayoría del Distrito 12 le respeta, a excepción de algunos crueles bastardos. Nunca he encontrado el valor de entablar una conversación de verdad con él propiamente, solo tengo las fresas, es lo único de lo que hablamos, un negocio que me invente como excusa para verlo de frente y no siempre lo logro, como ahora.
-¿Qué quieres ahora Braginsky?- Sabe perfectamente a lo que vengo, sonríe altanero y da su intento de saludo, para nada amable mientras se acomoda en el marco de la puerta, como si quisiera ocultar algo detrás de él. Se que es solo una pequeña broma, solo intenta fastidiarme un poco, y me enfurezco al darme cuenta de que logra su tarea.
-Fresas- es lo único que contesto sin emoción y muestro el puñado de fresas, envueltas en un pequeño paño, nuevo - Te ves bien Beilschmidt- intento ser amable, fingir que su presencia y sonrisa no me causan la necesidad de darme la vuelta y largarme. En cambio, del horrible uniforme del colegio lleva una sencilla camisa de vestir clara con unos pantalones y zapatos oscuros, a juego. El cabello lo lleva alborotado, como siempre.
-¡Claro! Me tengo que ver bien para el público- Algunas veces olvido como este cretino no se toma nada en serio. Siento mi mano libre cerrándose en un puño, mientras dejo que el comentario me de directo en el corazón. Son pocas las cosas que puedo agradecerle a mi padre, es haberme enseñado cómo poner a gente como él en su lugar. pero sé que no vale la pena. Respiro agitado por la nariz, intentando calmarme.
-Como si te fueran a elegir- casi ladro, y noto su confusión, se para derecho y me ve de arriba a abajo. Tal vez un ojo morado le iría muy bien, tal vez al público le guste. -¿Cuántas veces está tu nombre ahí ¿seis?- No puedo evitar notar la calidad de su ropa, sin ningún parche o mancha, la fachada de su casa, preciosa como todas las casas de los mercaderes, la botánica, donde no pasa un día sin clientes. Alguien como él no sabe que es morirse de hambre.
El sistema de la cosecha es injusto y nosotros los pobres nos llevamos la peor parte. A los doce años eres elegible para la cosecha, a esa edad tu nombre entra en el sorteo. A los trece, dos veces, catorce, tres veces y así es hasta los dieciocho; el último año de elegibilidad, y tu nombre está ya siete veces en la urna. Así es para todos los distritos de Panem.
Pero no todo es tan fácil. Aquí en Panem nada es tan fácil, claro que no. Tienes la posibilidad de añadir tu nombre más veces a cambio de teselas; cada tesela vale para un mísero suministro anual de cereales y aceite para una persona, lo suficiente para no morirnos de hambre. Puedes hacer ese intercambio por cada miembro de tu familia. No es difícil adivinar porque aquellos que se mueren de hambre ofrecen su nombre tantas veces como sea posible. Esa es la razón por la que ya a los doce años, mi nombre estaba cuatro veces en el sorteo. Una por obligación y tres más por las teselas para conseguir cereales y aceites para Irina, Natasha y para mí. Y ha sido así todos los años, y para hacer las cosas incluso aún más crueles, las inscripciones son acumulativas. Por eso ahora a los diecisiete años mi nombre estará veinticuatro veces en el sorteo de la cosecha. Bonito número.
Esa es la razón por la que no puedo evitar pensar en un millón de maneras de cómo romperle la nariz a Gilbert. Las probabilidades de que alguna vez en su vida haya tenido necesidad de una tesela es mínima, siendo hijo de uno de los pocos maestros del distrito y la boticaria. Es casi imposible ser elegido comparado con los muchos en la Veta que sacrificamos todo por un pequeño bocado. No es imposible, pero es obvio saber quién tiene más posibilidad de ser elegido. No es su culpa ni es la mía, son las reglas del Capitolio y nosotros jugamos aquel juego como podemos. La manera perfecta de mantenernos divididos y de verdad que es efectiva. Pero es difícil tomar todo eso en cuenta cuando tienes a la persona más irritante del mundo enfrente de ti, satisfecho consigo mismo porque sabe que logró colmar mi paciencia.
-No me mires a mí, tú sabes muy bien quién tiene la culpa de todo esto- al notar mi enfado, su sonrisa se esfuma, es obvio, a nadie le gusta que se le acuse de algo que no tiene nada que ver. Da un paso adelante y sé que me está retando, como par de animales que somos. Son pocas las veces que nos hemos metido en peleas de verdad, la mayoría del tiempo solo nos dedicamos darnos un empujón o solo insultarnos en los pasillos, ser regañado después de aquellos momentos ha sido humillante, tener que ver a los ojos a Irina decepcionada es algo que odio hacer. Después entramos en una especie de tregua silenciosa, pero ahora en realidad me ha dado en un lugar donde de verdad me duele, ya no me importa mucho meterme en problemas.
-Yo no te puse en esta situación- me dice en la cara, nariz con nariz y aunque puedo notar su enojo, debajo de todo eso, tambien escucho sinceridad, como si de alguna manera se estuviera disculpando, lo que hace que mi enojo se encienda aún más, como si de alguna misera criatura que diera lastima me tratase y al mismo me sienta como un niño estúpido.
-Él tiene razón, Iván. No seas terco- dice Natasha detrás de mí, bastante inquieta, ¿Cuándo llegó? Se coloca entre Gilbert y yo, y con fuerza me aleja de él con un empujón. Me sorprendo al sentir como se me escapa el aire de los pulmones.
-Escucha a tu hermana, Braginsky, te hará bien- da un paso atrás antes de que Natasha pueda hacer lo mismo con él y se queda en la seguridad del umbral de la puerta, puedo notar sus mejillas ligeramente rojas haciendo que sus ojos resalten aún más. A pesar de que sienta una satisfacción por eso, no puedo ignorar el mismo calor de la vergüenza en mis mejillas.
-Tú- dice Natasha en tono acusatorio hacia Gilbert,- ¿Quieres tus fresas o no?- Me arranca la tela de las manos y las muestra en el aire. Ella tiene un talento para poner a la gente en su lugar, eso le da gran gozo a mi corazón herido, a pesar de que Natasha me está regañando a mí también.
Hace una mueca antes de darnos el dinero; a mí no, a mi hermana, lo deja sin ninguna sutileza en sus manos.
-Tienes suerte que a mi hermano le guste esta porquería- dice dando un portazo y dejándonos en la calle. Estoy seguro de que si no tuviera los suficientes modales lanzaría el dinero a la calle. Me doy la vuelta indignado y Natasha me rueda los ojos.
-Eres un idiota ¿sabías eso?- no lo dice con rabia, más bien exasperada y se me adelanta.
No le contesto, en su lugar, me muerdo la lengua con fuerza, intentado con todas mis fuerzas no desquitarme con ella. Al final del día Natasha tiene todo el derecho de enojarse conmigo, no hemos llegado a la peor parte del día y ya estoy bastante alterado, humillandonos en medio de la calle. Sigo respirando por la nariz, internado tranquilizarme y noto como ella me lanza una mirada extraña.
-¿Qué?- bramó, sintiéndome alterado por su constante mirada. Ella solo ríe contenta.
-Berreas como Sasha- dice contenta mientras da saltos como si de una niñita se tratara. Su comentario me deja callado y contengo la respiración, intentando recordar cómo respirar cómo una persona normal y no un animal enfurecido. Bajo la cabeza mientras caminamos en silencio de vuelta a la Veta.
En casa encontramos a Irina ya lista para salir. Lleva un vestido blanco, bastante bonito heredado de nuestra madre, le queda perfecto, claro que sí, es su perfecta imagen. Nos espera una bañera de agua caliente, Natasha va primero, mientras le cuento a Irina nuestro día, omitiendo todo momento que se que la alteraría. No me pone mucha atención, nunca le ha gustado mucho la idea de pasar la alambrada, lo noto en sus miradas, como aprieta los labios, incómoda, pero nunca la he escuchado objetar, creo que nunca la escucharé hacerlo.
Irina apresura a Natasha y es mi turno, al igual que ella me tomó mí tiempo, hoy es un día especial después de todo. Restriego la tierra y sudor del bosque, me quedo en el agua, disfrutando su calor, hasta que esta enfriarse. Salgo, sintiéndome más tranquilo, después de una mañana tan intranquila. Visto una simple camisa de algodón blanca bastante vieja, pantalones marrones y unos zapatos de vestir negros, recuerdo de mi padre. Yo quería deshacerme de ellos hace unos años, tal vez regalarlos o mejor hacer un poco de dinero con el par, sin embargo Irina me rogó que no los vendiera. En realidad ella lo veía como un desperdicio, están en buen estado, y me quedan perfectos, si por mi fuera, cada recuerdo de él se iría a la basura, no importa que desperdicio hiciera. Cuando termino de arreglarme noto que Natasha usa un vestido muy elegante, rosa pálido, regalo de la madre de Toris, Agne. Irina la peina con una complicada trenza y la noto bastante enojada, hinchando los cachetes, que se tiñen de rojo. Me acerco despacio al umbral de puerta, mientras Natasha se aleja de los dedos rápidos de Irina y esta responde dándole un jalón de cabello.
-¡Te ves muy guapo!- dice en cuanto me ve entrar a la pequeña sala, más contenta de lo que me gustaría, mientras deja por un momento a Natasha y me hace agacharme para juguetear y peinarme el cabello a su gusto con los dedos. A pesar de ser el hermano del medio, llegue a rebasar en altura a toda mi familia, incluso a mi padre, no fue hasta hace poco que me acostumbre a este tamaño. Cuando ya está satisfecha conmigo, decide arreglar los últimos detalles en Natasha, que no desaprovecha el tiempo para arruinar el vestido y peinado, con cada comentario de Irina veo como frunce más y más el ceño.
-Te ves bien- la intento animar, Irina me lanza una mirada aprobatoria, pero Natasha parece que piensa en las mil maneras para asesinarme. Quiero reirme, pero se que si lo hago lo mas probable es que me gane un buen golpe en la cara.
-Me veo ridícula- casi me grita, toma el dobladillo del vestido como si amenazara con romperlo; no le doy importancia, sé que solo es un berrinche, siempre los hacía cuando era mas pequeña y a pesar de que ya sea bastante mayor para eso, parece nunca cambiar, pero Irina parece creerla capaz, se lleva una mano a la boca, aguantando las ganas de dar un suspiro exagerado.
-¡No hagas eso!- le regaña Irina, dándole un golpecito en la mano- Fue un regalo de Agne, lo menos que puedes hacer es fingir que te gusta.- Agne, una mujer muy buena en su trabajo. Irina dice todo con calma, es difícil que ella se enoje de verdad, sin embargo ambos sentimos la amenaza en su voz. Cuando éramos pequeños y ella hacía de nuestra madre, era raro que nos gritara, sea la travesura o berrinche que hiciéramos, siempre nos manejaba con toda la paciencia posible. Demasiada paciencia para mi gusto, especialmente con Natasha, un vuelo grito o golpecito en la cabeza le iría bien, no me guardó de hacer eso en el bosque, sin embargo ella siempre encuentra la manera de burlarse o vengarme de mi, ya sea ignorándome o devolviendo el golpe. Me da gusto saber que es una muchacha con calaña, sin embargo eso es tan bueno cuando esa actitud es dirigida a sus hermanos mayores.
-No me parezco a nada en mí- sigue Natasha bastante enojada, pero también escucho el atisbo de tristeza en su voz. Tiene razón, su típica trenza sencilla ahora está llena de listones y vueltas que no entiendo y el vestido, aunque es de verdad bonito, no es algo que ella escogería. Los zapatos negros parecen ser lo único que realmente le gusta.
-Son solo un par de horas Natasha, ten un poco de paciencia.- Irina se va a la cocina, exasperada, esperando que se tranquilice ella sola. Irina siempre ha querido hacer de Natasha más femenina, una dama, como nuestra madre le enseñó a ella, pero nuestra hermana menor nunca ha cedido. Me parece bien, ese tipo de cosas no le quedan mucho a ella, aunque nunca se lo diría a Irina. Ella solo quiere a alguien con quien compartir esas sensibilidades, pero Natasha decidió acercarse a mí, tengo la certeza que me tiene un cierto rencor por eso.
Irina se rinde con Natasha, dando un respiro cansado y se dedica a ordenar la mesa para la comida, me acerco para ayudarla mientras Natasha se queda en su lugar, furiosa y avergonzada. Ninguno de los dos la toma en serio.
Decidimos dejar para la cena el pescado y las verduras que quedaron en un estofado, y unas cuantas fresas; Irina piensa que así será algo más especial. Natasha sirve ya más tranquila la leche de su cabra Lara, y comemos pocos bocados de pan seco con cereal de la tesela. Comemos en silencio y despacio, nadie tiene mucho apetito para esta hora, pero Irina nos obliga a terminar toda la comida, tiene razón la verdad, no solo sería un desperdicio, sino es mucho mejor afrontar la ceremonia con el estómago lleno.
Nos dirigimos a la plaza a la una, es obligatorio para todos asistir, a menos que estés al borde de la muerte. Una fiesta que se disfruta a punta de pistola, solemos bromear entre susurros Natasha y yo en el bosque. Los funcionarios rondan por todas las casas a encontrar a aquellos rebeldes que no se presentaron a la ceremonia, cualquiera que mienta, va directo a la cárcel.
Siempre he pensado que la plaza es el único lugar bonito y hasta agradable del Distrito 12, lleno de carbón y suciedad, algunas cuantas tiendas decoradas la rodean, y cuando el tiempo es bueno, parece haber una verdadera celebración. Sin embargo, la ceremonia de la cosecha la hace sentir como si fuera una zona de ejecución, para que todo el mundo la disfrute, para mi lo es. Las personas van con la cabeza baja, evitando las cámaras que parecen halcones al acecho, montadas para el día sobre los tejados, no hacen más que asustar a la multitud.
La gente entra en silencio y ficha; la cosecha es el momento perfecto para que el Capitolio lleve la cuenta de la población, Natasha siempre ha dicho que nos cuentan como ganado, lo dice bromeando, a mi no me causa tanta gracia. Conducen a los chicos de entre doce y dieciocho años a las áreas delimitadas con cuerdas, divididas por edades; mayores adelante y jóvenes atrás. Las familias se ponen en fila alrededor de los muchachos, vigilándolos, siempre bien tomados de las manos. Otros más, a los que ya nada les importan se cuelan entre la multitud para apostar quienes serán seleccionados, apuestan por edad, si serán de la Veta o comerciantes, o si ya darán todo por vencido y llorarán en frente de todos. La gran mayoría se niega a apostar con ellos, al menos le guardan un poco de respeto a nosotros los que podremos ser seleccionados, pero más importante, es por precaución, esas personas son informantes, es peligrosos saber esa información y conseguirla, ¿Y en realidad, quién no ha infringido la ley alguna vez? Natasha y yo fácilmente podríamos estar muertos por la caza furtiva, pero el apetito por buena carne de los que pueden pagarla nos ha mantenido a salvo por mucho tiempo.
En cualquier caso, Natasha y yo estamos de acuerdo que entre morir de hambre a morir por una bala en la cabeza, la bala sería mucho más rápida. Irina no estaría muy contenta ante esta conclusión, pero no tiene necesidad de saberla.
La plaza se va llenando poco a poco, y junto con ello, la claustrofobia también. La plaza no es pequeña, pero no es suficiente grande para toda la población del Distrito 12; se conforman de al menos unos ocho mil habitantes, aquellos que llegan tarde tienen que quedarse en las calles adyacentes, valiéndose de las viejas pantallas de todos los años para ver el evento. El Estado televisa todo, para humillarnos o entretenernos, eso no lo sé.
Me encuentro de pie, en un grupo de chicos de la Veta, noto como se saludan entre ellos con la cabeza, tensos. Noto como algunos intentan saludarme, pero los ignoró, son muchachos que conozco solo por el colegio. Se que lo hacen solo para ser amables y lo mejor sería responder al saludo, pero en su lugar, mantengo mi atención al escenario provisional que han construido delante del Edificio de Justicia. Hay tres sillas, un sencillo podio y dos grandes urnas de cristal, una para las chicas y otra para los chicos. Intento no mirar los trozos de papel blanco de los chicos y pensar en todas las veces que mi nombre está escrito ahí.
Dos de las tres sillas están ocupadas por el ya viejo alcalde Undersee y Zhu Wang, la representante del Distrito 12, recién llegada del Capitolio, con su falsa sonrisa blanca, pelo rojo como la sangre y vestido a juego, se ve bastante tétrica; aún no empieza el evento y no puedo evitar sentir una irritación con solo verla. Los dos murmuran y miran con preocupación el asiento vacío.
A las dos en punto, el alcalde sube al podio y empieza a leer la misma historia de todos los años, la creación de Panem, el país que se levantó de las cenizas en un lugar antes llamado Norteamérica. Miles de desastres naturales hicieron desaparecer gran parte de la tierra, y gracias a los pocos recursos que quedaron, una brutal guerra se desató. Panem nació de aquella tragedia, un reluciente Capitolio rodeado por trece distritos, que llevó paz y prosperidad a sus ciudadanos. Para que después llegaran los Días Oscuros, la rebelión de los distritos contra el Capitolio, doce distritos fueron vencidos, el decimotercero fue aniquilado, como castigo y advertencia a los demás. El Tratado de la Traición nos dio nuevas leyes que garantizarían la paz y como recordatorio de que los Días Oscuros no deben repetirse, también nos dio Los Juegos del Hambre.
Las reglas de los juegos son sencillas: son solo un castigo por la rebelión, cada distrito debe entregar un chico y una chica, o tributos, para participar. Los veinticuatro tributos son encerrados en un enorme estadio al aire libre, donde cualquier brutalidad puede ocurrir, desiertos abrasadores, páramos helados, junglas oscuras con miles de trampas. Una vez dentro, los competidores luchan a muerte durante semanas, el último en sobrevivir es el ganador.
Llevarse a los chicos de nuestro distrito y obligarlos a matarse entre ellos mientras los demás observamos; es cruel,es injusto y si pienso demasiado en todo esto me romperé en llanto de puro miedo y rencor, es la mejor manera para hacernos saber que estamos a la merced del Capitolio y una rebelión es solo una idea de gente con demasiada esperanza. Realmente no importa que tanto color, brillo y elegancia del Capitolio traigan para hacer su mensaje más digerible, solo puedo escuchar una cosa, no importa que hagamos, nos seguirán matando en estos juegos y si levantamos un dedo, acabaremos como el olvidado Distrito 13.
Pero esta brutalidad no termina ahí, se exige que los Juegos del Hambre sean vistos como una mera festividad, un evento deportivo entre distritos y no una masacre. Al último tributo vivo se le compensa con una vida fácil y su distrito recibe premios, sobre todo comida. El Capitolio regala cereales y aceites al distrito ganador durante un año, y cosas por las que yo mataría por conseguir como es el azúcar. El resto de los distritos lucha por no morirse de hambre.
-Es el momento de arrepentirse y también de dar gracias- termina el alcalde, dando una mirada triste a los muchachos en sus puestos.
El alcalde lee la corta lista de todos los ganadores del Distrito 12 durante los años. En setenta y cuatro años, solo hemos tenido dos ganadores, y solo una sigue viva: Jitka Murgas, una mujer de mediana edad, apática y que parece no saber qué hace aquí exactamente se tambalea y mira a la audiencia confundida o tal vez solo esté borracha. La multitud aplaude por mera obligación y la mujer parece sobresaltarse por tal reacción, no puedo evitar reír un poco. Le da un abrazo bastante incómodo a Zhu Wang, para después mirarla fijamente a la cara, analizandola por demasiado y plantarle un beso en la mejilla, uno demasiado fuerte que hace que ambas pierdan el equilibrio y Jitka por poco caiga del escenario y Zhu Wang hace lo posible ocultar su vergüenza y confusión en una extraña y exagerada mueca.
El alcalde parece angustiado y la audiencia aún más. Todo se televisa y es seguro que el Distrito 12 ahora es el hazmerreír de todo Panem, para aquellos que les enorgullece nuestro polvoriento hogar, esto es humillante, pero muchos otros lo encontramos entretenido. El pobre alcalde parece no pensar lo mismo. Intenta devolver la atención a Zhu Wang presentándola. La mujer da unos pasos adelante, fingiendo que nada pasó, y saluda alegremente con su habitual:
-¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte esté siempre de su lado!-
Algunos mechones de cabello negro se escapan de la ridícula peluca roja y la intenta acomodar con discreción. Da su discurso de todos los años, el honor que supone representar al Distrito 12, pero, ¿quién estaría feliz de representar tal distrito?, pobre y pequeño, es obvio que quiere una promoción, un lugar de verdad digno, con ganadores de verdad, sin mujeres que no se saben comportar.
Localizo a Natasha entre la multitud y ella me devuelve la mirada con una verdadera sonrisa. Parece divertirle el espectáculo. Pero rápidamente cambia su mirada, seria, mirando las urnas. Ni yo ni Irina la dejamos pedir teselas, a pesar de que nos ha rogado e insistido, yo solo asumí la responsabilidad de las teselas, a pesar de que su nombre está solo cuatro veces, entiendo su miedo.
O puede estar pensando en algo aún peor, se preocupa por mí. Me encantaría decirle lo que siempre repito todos los años, desde que cumplí 12 años: hay un millón de papeletas, estaremos bien.
Cuando Zhu Wang termina su discurso, el sorteo comienza, “¡Las damas primero!” dice con una risita, demostrando sus modales, muy lindo, pienso para mi mismo e intento no rodar los ojos. Mete la mano hasta el fondo de la urna y saca un trozo de papel, gentilmente doblado. La multitud contiene el aliento, se escucha con total claridad el viento silbando y yo no aparto la mirada de Natasha, que se dedica a ver la papeleta. Intento creerme mis propias palabras: hay un millón de papeletas.
El corazón me retumba en el pecho, ella es fuerte, pero también es una niña, le tengo toda la confianza del mundo. Me encantaría poder esconderla como escondo mis arcos y mi trabajo, pero muy dentro de mi tengo toda la confianza del mundo que hay un millón de papeletas.
Zhu Wang vuelve al podio, alisa el trozo de papel y lee el nombre con voz clara y no es Natasha, gracias al cielo no es Natasha.
Es Ludwig Beilschmidt.
