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El Cielo siempre ha sido grande. Siempre ha sido blanco. Siempre ha sido silencioso.
Siempre ha sido demasiado.
Pero nunca lo ha sido tanto como ahora.
Cuando Aziraphale visitaba el Cielo, sabía que tenía un sitio al que volver. Un sitio pequeño sin apenas huecos por los que pasar. Un sitio cálido de paredes amarillas y luces tenues. Un sitio tranquilo en el que se escuchaba el tráfico de Londres, el paso de las páginas y el andar de un demonio.
Pero ahora Aziraphale está en el Cielo y ya no tiene una librería a la que volver.
El Cielo es grande, pero Aziraphale se siente asfixiado. Ha buscado el final y el principio, pero nunca ha logrado encontrarlo. Aquí no hay paredes ni puertas para resguardarse, solo la inmensidad. E incluso si el único límite es el suelo, teme que en cualquier momento la gravedad lo arrastre hacia lo profundo.
Las piernas le pican y nota los pies pesados, teme que le fallen si intenta huir. Aziraphale no deja de sentir un pellizco al final de su espalda, la tensión de una presa, la sensación de que en cualquier momento lo atacaran y él no sabrá desde dónde.
El Cielo es blanco y por eso Aziraphale está cegado. Es difícil discernir el horizonte, es difícil distinguir a los otros ángeles: ataviados con sus ropas blancas, solo se diferencian por las características de su corporación. Todo parece parte de lo mismo. Todo parece uno solo.
A Aziraphale nunca le gustó el blanco y quizás por eso siempre le gustaron tanto los libros antiguos, con sus páginas amarillentas y manchadas. Pero ahora se ve en la obligación de esconder sus ropas marrones y vestirse con ese ajustado traje de chaqueta blanco.
Necesita encajar.
Necesita camuflarse.
Necesita esconderse.
El Cielo es silencioso. Los ángeles son silenciosos. Aziraphale piensa que esa es otra de las cosas que lo diferencia del resto. Intenta ser discreto. Intenta ser sigiloso. Intenta ser cauto. Él lo intenta, pero no lo es y no logra serlo.
Aziraphale ha pasado seis milenios en la Tierra, quizás su corporación es más sólida, más pesada, más real. Sus pasos son torpes y burdos, nada que ver con la elegancia angelical. Su voz a veces es demasiado alta y otras veces demasiado baja, muy distinta a la voz libre de emoción de los otros ángeles.
Y su corazón…
Aziraphale puede escuchar su propio corazón latiendo con la fuerza de mil soles. No entiende por qué su corazón palpita de ese modo. Quizás sea el miedo, el anhelo, la nostalgia o el deseo. O quizás su corazón realmente se ha roto como cuentan los humanos. Si eso es cierto, entonces una parte de él se quedó en la librería, entre las páginas de sus libros, en el barniz de sus muebles, en los posos del té y las migajas, entre los dedos de su amado demonio.
Crowley.
Cuando el Cielo es demasiado, Aziraphale se asoma a la Tierra. Aunque en Londres parece que nada ha cambiado, todo es distinto. Aziraphale contempla desde la distancia como su demonio finalmente se levanta y regresa a su vida. Paseos por St. James, almuerzos en el Ritz y noches en la librería. Y hay un ángel con él como siempre ha sido. Solo que ahora ya no es Aziraphale y él no puede hacer nada.
El Cielo siempre ha sido grande. Siempre ha sido blanco. Siempre ha sido silencioso.
El Cielo siempre ha sido estático. La Tierra evoluciona, el Cielo permanece.
Aziraphale no avanza y en la Tierra la vida de Crowley pasa sin él.
