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“Feliz cumple, Tucu! Que la pases genial, amigo 🥳 ”
Enzo frunció el ceño ante el mensaje que le llegó. No tenía el número agendado y evidentemente no estaba dirigido a él, ya que no era su cumpleaños ni le decían “Tucu”. Tampoco era amigo del chico de carita angelical con mirada cargada de picardía que aparecía en el perfil de whatsapp.
Se trataba de un castaño sonriente, de piel pálida con pómulos y mandíbula marcados. Por la camiseta que tenía puesta, parecía ser hincha de River.
Enzo pensó en decirle que se había confundido, pero, en un impulso decidió responder:
“gracias, un abrazo”.
“Tuve un día de mierda hoy. Estás para unas birras?”
Eso fue lo que le llegó a los dos días.
Ya se había olvidado del mensaje anterior y del chico angelical. Abrió el chat y lo leyó un par de veces. Luego, volvió a agrandar la foto de perfil.
Se preguntó qué clase de relación tendrían este muchacho (Julián, según el nombre que aparecía) y el tal Tucu. Eran amigos, sí, pero le intrigaba cómo había terminado escribiéndole a él.
Enzo tenía ese número desde hacía seis años. Le costaba pensar que Julián y Tucu habían pasado todo ese tiempo sin hablarse y, de pronto, el castaño le hubiese enviado un mensaje tan desesperado. Por otro lado, en su dedicatoria de cumpleaños, daba a entender que no lo iban a pasar juntos.
Enzo vio la sonrisa del chico y le costó imaginarlo triste. No podía concebir esa imagen en su cabeza. El muchacho había nacido para sonreír. No lo quería ignorar y tampoco le quería sumar otro mal momento a su día de mierda contándole que lo había boludeado la otra vez, así que le respondió.
“Qué pasó, Juli? No puedo hoy, estoy enfermo”.
La respuesta no se hizo esperar.
“Uh, entonces no te jodo. Perdón”.
“No, decime. No me puedo mover, pero puedo leer”
Mientras esperaba una respuesta, cambió su foto de perfil por una de una pelota en la cancha vacía del Monumental y agendó el número de Julián para que pudiera verla.
Un audio le llegó no mucho después.
— ¿Cómo estás, Tucuuu? Te cuento, amigo. No sabés. Me levanté y fui a la cocina todavía medio dormido. En eso me doy cuenta de que estoy pisando el piso mojado. Resulta que se había cortado la luz a la noche y se había descongelado la heladera. Cuestión que tuve que limpiar el desastre y salir para el trabajo. Me estrolé persiguiendo el colectivo y me hice concha la rodilla. Llego y me reclama mi jefe que no fui ayer a la fábrica. Amigo, no fui porque me había quedado un día de las vacaciones y, como me dolía la cabeza, lo pedí. Resulta que vino su supervisor y le preguntó por qué había un puesto sin cubrir. El pelotudo de mi jefe no le supo decir por qué yo no estaba y eso que yo le había mandado un mail con copia a los de personal y los de personal me habían contestado. ¡No se le ocurrió mandarme un mensaje para preguntarme! Eso sumado a que hoy llegué tarde, me suspendieron sin sueldo por dos semanas. ¿Podés creer?
“Uh, mal ahí, amigo. No les pudiste explicar?
“No, me mandaron derechito a casa. Tengo una bronca 😠 ”.
“Para mí, están buscando excusas para suspender gente y caíste en la volteada”.
“Sí, puede ser. Fábrica del orto”.
“Estás bien de la rodilla?”
“Me hice un tajito pero ya no sangra. Hoy estuve con hielo. Vos qué hiciste?”.
Enzo le inventó que había estado maratoneando una serie y se puso a contarle la trama de la última que había visto, para evitar tener que dar información personal que podría no coincidir con la vida de “Tucu”.
Eventualmente, se hizo tarde y se despidieron.
“Gracias por escucharme y distraerme, amigo ❤️ ”
“Buen día, Juli. Ojalá que hoy sea mejor que ayer”.
No había ninguna razón para que Enzo le enviara ese mensaje a la mañana siguiente, pero lo hizo.
“Gracias, amigo. No pienso salir de la cama en todo el día”
Rápidamente, abrió google y buscó una imagen para mandarle.
“ [Imagen] vos ahora”.
Era la foto de un gatito naranja durmiendo, envuelto en una manta. El animalito le recordaba en cierta forma al muchacho que veía en la foto.
“No sé si quisiste ser tierno o bardearme”
“Cómo puede ser un bardeo que te comparen con algo tan adorable?”
“🤨No sé si confiar en lo que me decís”
Durante toda esa semana se mandaron mensajitos boludos en los que no se decían realmente nada. Al morocho le parecía que estaba haciendo un buen trabajo distrayendo a Julián.
“Mañana voy a correr a la plaza que está frente a la iglesia. Querés venir?”
“Dale. A qué hora?”
“Tipo 10 de la mañana”.
“Joya”.
“Nos vemos, Tucu”.
De pronto, Enzo se dio cuenta de que era un boludo. Recién cuando leyó el apodo se acordó de que Julián pensaba que estaba hablando con un amigo y que no tenía ni idea de quién era él.
Eran las diez menos diez cuando Enzo le envió un mensaje a Julián de parte del Tucu.
“Amigo, no voy a poder, cayó gente a casa”.
“Daaa, vago. Decime que no tenés ganas y listo. No hace falta que mientas”.
“Te digo de verdad, gato. Vino mi familia de sorpresa”.
“🤔”
“Está bien, te creo”
El morocho guardó su celular en su riñonera. La realidad era que ya estaba llegando a la plaza. No había querido arriesgarse a que el chico desistiera de hacer ejercicio si le fallaba su amigo, por lo que no le había avisado con mayor anticipación.
Una vez en el punto de encuentro, se puso a precalentar con la ilusión de cruzarse con Julián. Miraba para todos lados, pero el otro no llegaba. Sin perder las esperanzas, decidió empezar a trotar alrededor de la manzana. Incluso, si el otro no aparecía, era una buena oportunidad para entrenar.
Iba por la tercera vuelta cuando apareció. Estaba corriendo en la dirección opuesta a la suya y era mucho más lindo en persona. Al pasar a su lado, Enzo se dio cuenta de la mirada que le echó con esos ojitos brillosos y supo que tenía chances.
Decidió cambiar de rumbo y correr a su lado. Sin embargo, el otro era rápido. Muy rápido. No era motivo de queja porque el tiempo que le llevó alcanzarlo le dio la excusa perfecta para poder apreciar su espalda ancha y su cola redonda.
Era sublime.
Claramente, el universo lo estaba premiando por algo muy bueno que había hecho en su vida pasada. No había otra explicación para esta oportunidad que le había caído del cielo.
Julián se detuvo a tomar agua y, cinco segundos después, Enzo se lo llevó puesto sin querer… queriendo.
—Uh, perdoname, flaco —se disculpó mientras lo tomaba por los hombros, como atajándose por la falta de aire que le produjo el ejercicio—. Venía atrás tuyo y no me di cuenta de que habías frenado.
Por supuesto que era una gran mentira. Se trataba de uno de los chamuyos que empleaba a menudo. La gracia era forzar la excusa justa para una charla.
Julián levantó la vista y lo miró como embobado.
—No pasa nada —dijo sonriendo tímidamente y Enzo se lo quiso devorar.
—Estoy acostumbrado a correr en el polideportivo y todos se van para un costado para refrescarse, así que ni pensé que podías llegar a frenar —se excusó—. Acá no hacen eso, ¿no?
El chico levantó una ceja.
—No, vengo todos los findes y casi siempre soy el único que corre a esta hora.
—Por ahí nos veamos mañana entonces —tiró y dejó que su sonrisa le facilitara el camino de la conquista.
—Puede ser —respondió Julián antes de morderse el labio.
“Sos un mal amigo por plantarme, pero igual te cuento que hoy conocí a un lindo 😊 ”.
“Ah, sí? Cómo se llama?”
Enzo se alegró al confirmar que sus sospechas eran ciertas. Al día siguiente, invitaría a salir a Julián.
“No le pregunté. Sabés que no soy bueno para esas cosas”.
“Y entonces? No te estarás ilusionando por alguno que no te da la hora, no?”
“Ni ahí, amigo. Medio que me tiró la de 'venís muy seguido por acá?'”
“Me la bajó un poco la falta de creatividad pero se la dejé pasar por lindo💅”.
El morocho se ofendió un poco por el bardeo, pero tenía que reconocer que no había sido sutil. El tema es que no había querido ser sutil. Ese chico lo atraía mucho y quería dejarlo explícito.
“Te gustó mucho el chico?”
“No sé si me gustó. No lo conozco, pero es una alegría a la vista. Ojalá podamos hablar más mañana, que quedamos para vernos”.
“Quedaste en salir con un tipo y no sabés cómo se llama?”
“No, culeado. Dijimos de vernos para correr, pero de casualidad”.
“Ah, ahí entendí”.
Al día siguiente, Enzo regresó a la plaza y, en esta ocasión, los dos corrieron lado a lado. Julián había llevado dos bebidas energéticas para compartirle una cuando finalizaran.
—Mientras estoy entrenando, me gusta tomar agua, pero cuando termino, quiero algo más —explicó mientras le pasaba la botella.
Estaban cerca de tener que separarse nuevamente y casi no habían hablado. Era muy complicado seguirle el ritmo al castaño y abrir la boca al mismo tiempo. Enzo quería pedirle su número, pero no podía: se enteraría de que era con él con quien estaba hablando y quedaría como un bicho raro por no decirle la verdad en cuanto recibió el primer mensaje.
—¿Me pasás tu instagram? —soltó
Julián sonrió.
—Sí, es arroba juliaanalvarez.
Enzo sacó su celular para darle follow y se dio cuenta de que ya lo seguían un amigo suyo y su pareja.
—¿Conocés al Cuti y a Licha?
—Sí, con Licha somos vecinos hace banda —comentó un tanto incómodo, lo que llamó la atención del morocho, pero decidió dejarlo pasar.
—Yo soy amigo del Cuti. Prácticamente nos criamos juntos.
—¿Posta?
—Sí.
—Mirá vos lo que son las vueltas de la vida —era raro: la alegría que intentaba aparentar Julián no se veía reflejada en sus ojos.
—¿Estás bien?
El castaño estaba concentrado mirando a la nada.
—¿Eh? Sí, me colgué —se rascó la cabeza con una mano—. Me tengo que ir, ¿sabés?
—Dale, no pasa nada.
Se despidieron con un beso en el cachete y, tras dar unos pasos, Julián frenó y se volteó para gritarle:
—¡Nos estamos hablando!
Estaba visto que la extraña actitud del otro no se debía a nada que Enzo hubiese hecho.
—Obvio, Juli —respondió aliviado.
La culpa lo estaba afectando un poco bastante. Se moría de ganas de preguntarle al Cuti por Julián en un intento de adelantar el tiempo y averiguar todo lo que pudiera sobre él. También estaba tentado de hablar con el castaño haciéndose pasar por Tucu para saber qué opinaba de su encuentro de ese día, pero necesitaba hacer las cosas bien de ahora en adelante.
Tendría que aprender todas esas cosas de la forma tradicional: preguntándole al chico en cuestión. Aunque se moría por tomar un atajo y estaba desesperado por saber todo de él, tenía que admitir que era mejor tomarse el tiempo para conocerlo como correspondía.
Decidió escribirle por instagram.
“Cuántos años tenés?”
Mientras esperaba una respuesta, se puso a mirarle el perfil. No tenía muchas fotos en el feed, pero sí había varias historias destacadas.
“24, vos?”
“23. Cuándo cumplís años?”
“Es un interrogatorio esto? 😝 ”
Estaba perdiendo sus poderes para el chamuyo, pero algo le decía que no los tendría que usar nunca más después de esta vez.
“Estoy queriendo conocerte, che! El mío es el 17 de enero”
“El mío el 31, también de enero”
“Podríamos juntarnos a tomar algo para que sea menos robótico, Enzo”
“Daaa, qué malo que sos”
“Podés mañana?”.
“Puedo, te parece ir a comer a la cervecería de la esquina que está en diagonal a la plaza mañana a la noche?”
“Dale, tipo 9.30?”
“Perfecto”.
A los pocos segundos, le llegó un mensaje de whatsapp.
“Tuuuucu, mañana salgo con el lindo que te conté ayer 😎 ”
“Qué bueno, Juli! Ya sabés cómo se llama?”
“Enzo, pero ya lo bauticé como ‘lindo’ y le va a quedar 😋 ”
“jajjajaj”
No supo qué más responder. Tendría que decirle la verdad a Julián al día siguiente y que sea lo que Dios quiera. Con suerte, el castaño iba a tener en cuenta de que tenían conocidos en común y no pensaría que era un psicópata o un manipulador.
Obviamente no pudo hacerlo.
Charlaron un montón mientras comían sus hamburguesas y tomaban unas birras, pero no encontró momento para contarle la verdad.
Julián era de Córdoba pero no tenía un acento tan marcado porque era de un pueblito llamado Calchín, trabajaba en una fábrica textil y estaba cursando el último año de una Tecnicatura en Seguridad e Higiene.
—Es una carrera de tres años, pero me atrasé un poco y ya voy por el cuarto —hizo una mueca—. Este año termino con las cursadas y ya después me queda rendir los finales.
La charla fluía y, si bien el castaño era de pocas palabras, era muy expresivo con sus gestos. Enzo no pudo evitar pensar en que eso se veía reflejado en los emojis que usaba en sus chats. Se lo imaginaba frente a la pantalla del celular imitando la expresión de las pequeñas imágenes con las que acompañaba a sus mensajes.
—Re bien. Yo me anoté a principio de año en un curso para ser electricista matriculado pero se me complicaba con el laburo y terminé dejando.
—¿De qué trabajás?
—Ahora estoy en el taller mecánico de mi tío. Por suerte tiene mucho trabajo, pero nos estamos quedando hasta tarde todos los días para cumplir con la demanda. Salimos tipo once, para que te des una idea.
—¿Y cómo es que estás un lunes acá conmigo?
—Le pedí el día para poder verte —le guiñó un ojo.
—No sé si me estás jodiendo o no.
—Posta, Juli.
El otro lo miraba con desconfianza, todavía sin creerle del todo, pero igualmente se había puesto colorado.
Al terminar de comer, decidieron ir caminando hacia una heladería. Durante el trayecto, Julián le rozó los dedos y Enzo, captando la indirecta y lo tomó de la mano. Compartieron una mirada cómplice y se sonrieron.
Ni bien entraron al local, escucharon una voz familiar.
—¡Apa! ¡Parece que, en lugar de Cuti, me van a tener que decir “Cupi”! —exclamó su amigo con una expresión llena de satisfacción.
Cristian tenía una bolsa con un pote de helado en una mano y estaba guardando la billetera en el bolsillo con la otra.
—¿Qué decís, Cuti? —preguntó Enzo.
El cordobés se acercó a saludarlos y luego contestó:
—Por Cupido, boludo. Cuti, Cupi —hizo un gestito de “te suena” con la mano libre.
—¿Y eso por qué?
—¡Porque gracias a mí están juntos! ¿Por qué va a ser? Si yo le di tu número a Juli —dijo, señalando con la palma hacia arriba al castaño, quien no sabía dónde meterse a este punto.
Enzo lo miró y vio que estaba rojo como un tomate.
Cuti siguió hablando.
—Con Licha apostamos a que no se iba a animar a escribirte con lo tímido que es, pero se ve que él tenía razón y por escrito es más sociable que en persona. Y, bueno, él lo conoce más —se encogió de hombros, restándole importancia—. Me voy que me está esperando mi amorcis.
Enzo apenas registró que su amigo se despidió y, en cambio, se quedó mirando a Julián.
—¿Todo este tiempo supiste que me estabas escribiendo a mí y no al Tucu?
—No es como vos pensás —se apuró a decir—. Licha me insistía en que Cuti tenía un amigo con el que haríamos linda pareja y me dijo que nos iba a hacer gancho en su cumple. Como esas cosas me ponen muy incómodo, le prometí que si me pasaban tu número, te iba a escribir. Y, bueno, se lo pedí al Cuti.
El morocho lo miró fijamente. Tenía que reconocer que, en los últimos treinta segundos, su mente había ido a mil por hora y se había imaginado a Julián como el tipo de You, pero se alegraba de que hubiera una explicación razonable a su situación.
Además, era un alivio no tener que confesarle que era él con quien hablaba por whatsapp. Al fin y al cabo, eran tal para cual.
En un rapto impulsivo, lo tomó de la cara, colocándole ambas manos en su mandíbula y se acercó lentamente para darle un pico.
—¡Y te quejabas de mis chamuyos! —le reclamó antes de soltarlo, recordando sus chats—. Alto plan te armaste.
—¿Pero funcionó o no?
Enzo ladeó la cabeza hacia un lado, dándole la razón.
