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Rin siempre había odiado la nieve. No solo por el hecho de que las calles y aceras se cubrieran de una fina capa de hielo, lista para romper el tobillo a cualquiera alma desafortunada, ni por cómo el frío cortante generaba esos clásicos estremecimientos en la piel. Quizás, más que todo, lo odiaba porque le recordaba lo frágil que podía ser un lazo de hermandad, uno que se fue rompiendo poco a poco mientras la nieve caía a su alrededor.
En resumen, Rin tenía todas las razones del mundo para despreciar el invierno y la nieve. Para él, siempre habían sido indicadores de mal augurio... hasta hoy.
—¡¿Familiares de Yō Itoshi?! —La voz de la enfermera rompió el tren de pensamientos de Rin.
El frío del hospital parecía desvanecerse, dejando solo el sonido de sus propios pasos apresurados hacia la enfermera. Ni siquiera le importó haber dejado su bolso de viaje en la sala de espera.
—¿Cómo está mi marido? —preguntó el joven de pestañas largas sin preámbulos.
Ni un saludo, ni formalidades, Rin fue directo al grano.
La enfermera casi tuvo que contenerse para no fangirlear al darse cuenta de que había una famosa estrella del fútbol justo frente a ella. Casos como este no se veían todos los días, y mucho menos en un turno nocturno que casi había rechazado. Aun así, hizo un esfuerzo por mantener su profesionalismo, se dio una bofetada mental y respondió al preocupado esposo de su paciente.
Asintió con una pequeña sonrisa tranquilizadora.
—Su esposo está bien, todo salió perfectamente.
Las palabras de la enfermera resonaron en los oídos de Rin, pero fue como si su mente tardara unos segundos en procesarlas. Más que nada porque el recuerdo de los múltiples chequeos médicos y la constante incertidumbre de que algo pudiera salir mal había estado pesando sobre él desde que supieron que podría haber preeclampsia. Las posibilidades de un embarazo complicado siempre habían estado presentes, respirando en su nuca.
—¿Y mi…? — Rin no pudo terminar la frase.
La enfermera, al notar su falta de aliento y el nerviosismo en sus ojos, supuso que se refería al neonato.
— También se encuentra bien, señor Itoshi. — Informó la Enfermera asintiendo con la cabeza. — El APGAR indica que está en perfecto estado. Su marido y el bebé están descansando ahora. Puede verlos en cuanto esté listo.
Todo lo que Rin había sentido, desde la tensión acumulada al bajar del avión hasta el miedo de que algo pudiera haber salido mal mientras su esposo estaba solo, se desvaneció de golpe. El aire regresó a sus pulmones en una ráfaga repentina, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante todo ese tiempo. La confirmación de que ambos estaban bien rompió la barrera de tensión que había estado acumulando sin darse cuenta. Apenas logró asentir, sin decir nada más, mientras la enfermera lo guiaba hacia la sala de reposo.
—Es por aquí. Procure no agitar demasiado a la madre, pero tómese el tiempo que considere necesario —le dijo la enfermera antes de regresar a sus labores.
Finalmente, Rin se encontraba frente a la puerta 239 y, por un momento, se permitió respirar. Era extraña la sensación que había empezado a aparecer en su pecho desde que la enfermera se fue. ¿Era ansiedad? ¿Emoción? No estaba seguro, pero lo que sí sabía era que estaba a punto de ver a su familia por primera vez, una familia que nunca imaginó tener.
Rin extendió la mano hacia el pomo de la puerta y por un momento vaciló, pensando que quizás los dos estaban dormidos. No quería interrumpir su sueño, ambos se lo merecían después de todo. Pero no podía detenerse ahora, no después de todo lo que habían pasado juntos.
Él tenía que verlo con sus propios ojos.
Cuando finalmente abrió la puerta, el cuarto estaba lleno de una suave luz cálida. Yō estaba acostado en la cama, con la mirada medio cerrada por el cansancio, pero en sus brazos sostenía con cuidado un pequeño bulto envuelto en una manta azul pastel. La vista hizo que Rin sintiera un nudo en la garganta, uno que no había experimentado en años.
—Rin-kun… — Murmuró Yō , con una sonrisa cansada, alzando la vista hacia él. Su voz era apenas un susurro, pero estaba llena de calidez. — Lograste llegar.
Rin avanzó lentamente, dejando que la puerta se cerrara detrás de él, como si no quisiera que nada del exterior perturbara la calma en esa habitación. Se detuvo junto a la cama y, al bajar más la mirada, pudo verlo. La máxima representación de su amor y de todos los esfuerzos y sacrificios de esos años estaba consolidada en una pequeña y adorable personita, que dormía plácidamente en los brazos de Yō .
—Es… pequeño — Susurró Rin, casi desorientado.
Pero a la vez, Rin sintió una conexión poderosa, algo más grande de lo que jamás había experimentado.
— Lo es. — Respondió Yō en un susurro, mirando al bebé con una mezcla de asombro y ternura. — Pero es nuestro.
Rin permaneció inmóvil unos segundos, incapaz de apartar la mirada de su bebe. Cada respiración suave que salía del pequeño cuerpo envuelto en la manta lo llenaba de una calidez que nunca había sentido antes. Sabía que este momento cambiaría todo, pero no había estado preparado para la magnitud de lo que sentía.
El Itoshi de cabello oscuro acercó su mano al borde de su mano para apartar un poco la manta que cubría una parte de la cara del infante y soltar un suave jadeo al notar como los pequeños ojos de su bebe se abrieron un poco para mostrar su mirada aguamarina.
Simplemente era perfecto.
—Ren. —Rin probó el nombre que había elegido con tanto esmero.
Al pronunciarlo, algo en él se rompió. El nombre resonó en su interior, trayendo consigo una ola de emociones que lo abrumaron y cegaron su mirada con una capa líquida que estorbaba.
¿Se estaba quedando ciego?
…
Oh, eran lágrimas.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Estaba derramando lágrimas y, por más que lo intentó, no pudo detenerlas.
—¿Rin? — Murmuró Yō, viendo cómo su esposo comenzaba a derrumbarse frente a él.
Las lágrimas comenzaron a caer, una tras otra, mientras que Rin se cubría el rostro con una mano, sollozando de una manera que no había hecho en años. Se dejó llevar por el torrente de emociones, incapaz de contenerse más.
Rin siempre había odiado el invierno. Seguía odiando las finas capas de hielo en las veredas, la sensación de la nieve en la piel, y lo mucho que este día le recordaba la vez que él y su hermano se pelearon por un sueño quebrado. Pero ahora era la época en la que Ren nació sano, y tal vez, quizás, el invierno podría ser una excepción, permitiéndole finalmente apreciar algo que siempre había detestado.
El peso de los años de lucha, sacrificios y esfuerzos finalmente encontró una salida, y todo se volcaba en ese instante, en esa pequeña habitación, ante el nacimiento de su hijo.
Yō, aún agotado, extendió su mano libre hacia Rin, tomando la suya con suavidad, sin decir nada, solo brindándole la comprensión y el consuelo que sabía que Rin necesitaba en ese momento.
— Perdón, no sabía que podía… ponerme así. — Logró decir Rin a cuestas y entre sollozos.
—Está bien. — Susurró Yō con una sonrisa suave, también a punto de llorar de nuevo. — Hemos pasado por tanto, y ahora tenemos algo increíble.
Rin apretó la mano de Yō con fuerza, sin poder detener el llanto. No era tristeza, no era dolor; era un alivio profundo, una felicidad que lo desbordaba y lo hacía vulnerable, algo que nunca pensó que podría permitirse. Pero allí, junto a su esposo y su hijo, finalmente pudo tener un momento para descansar de los pesos que había llevado en su espalda por un instante. Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió profundamente afortunado.
Ren, a pesar de todo el movimiento, volvió a dormir. Hizo un pequeño movimiento, ajeno al llanto de su padre, pero ese simple gesto fue suficiente para que Rin se inclinara sobre Yō y su hijo, besando suavemente la frente del pequeño y los labios de su esposo.
Con cada lágrima que caía, Rin sentía que el invierno se transformaba. El frío, que antes representaba soledad y pérdida, ahora parecía acunar el nuevo comienzo de su familia, brindándoles una calidez inesperada. Mientras se mantenía al lado de Yō y su hijo, Rin comprendió que, a pesar de todo, el invierno podría ser el escenario perfecto para el milagro que acababa de ocurrir.
Fin.
