Chapter Text
The literal meaning of life is whatever you’re doing that prevents you from killing yourself.
-Albert Camus.
Los viajes por suministros son una jodida molestia, pero no más que los regresos triunfales.
A estas instancias, Negan conocía la rutina. En el momento en que sonaran la bocina y entraran, la mirada asertiva de Deanna se clavaria en él, un agradecimiento silencioso por arriesgar su vida allá afuera al luchar contra los malditos muertos con los restos de su grupo original –los pocos tontos que no murieron en el camino antes de que terminaran en la pintoresca y quisquillosa comunidad de Alexandria, nombre estúpido-, a plena vista orgullosa de sí misma por identificar el potencial oculto en cada uno de ellos.
Aparentemente cualquiera podía ofrecerse u ayudar a levantar y reforzar los muros, pero solo un selecto grupo conformado por idiotas sin respeto por sus vidas lograría correr y saquear medio Washington sin morir en el intento.
Toda una hazaña merecedora de un buen vaso de whisky. Cobraría una botella por las molestias. Esa mierda fina acumulando polvo en la alacena de Reggie tendría nuevo dueño al final del día.
Se daría el gusto, lo merecía . Eso, un baño, una patética cena enlatada y en el mejor de los escenarios un acostón rápido con la pelirroja de su vecina, Frankie o algo así. Usualmente no toleraba su aire de superioridad y no la quería en su casa, no después de perder una botella de ginebra la última vez que lo visito por un poco de acción -botella que se niega a reconocer que le robo, la mujer bebía su peso en licor-, pero cruzar la calle no le quitaría energía, y tener esas piernas largas y pecosas envueltas en las caderas podía valer la pena.
Esos fueron los pensamientos en los que Negan decidió perderse mientras el camión que consiguieron llenar atravesaba la carretera con camino de vuelta a Alexandria.
El trayecto fuera de la ciudad siempre apestaba, un hedor perpetuo por los condenados muertos esparcidos a los alrededores, algunos derretidos por el calor en el pavimento. Honestamente, todos esos cuerpos pudriéndose al sol arruinaban la perspectiva de correr por aire fresco –lejos de las asfixiantes miradas de sus muy juiciosos vecinos-, una de las pocas cosas que no se podían conseguir cuando tenías una diana pintada en la espalda con la palabra ‘imbécil’ al centro en letras rojas.
¡Pero hey, ya era un imbécil antes de que el mundo se fuera a la mierda! Algunas cosas no cambiaban ni con el despertar de los muertos.
“Por amor de Dios, Laura. Pon el pie en el jodido acelerador, estoy asándome aquí.” Exagero sus palabras junto a un burdo movimiento de su cabeza cayendo a un lado, su frente apoyada en el marco de la puerta.
Lo único más molesto que tostarse la piel contra el metálico borde, era reconocer el olor de la hierba húmeda a su alrededor. Aun no estaban completamente cerca, pero llegarían antes del anochecer. Y así es como terminaba una expedición de seis semanas recogiendo porquería útil para los inútiles que no sabrían sostener un cuchillo ni para salvar sus vidas.
Pero bueno, al final del día, hacer lo que hacían les había dado una oportunidad para salvar sus cansados traseros.
Negan quería pensar que incluso si hubieran preferido quedarse tras los muros, seguros y lejos de la pudrición andante, Deanna habría encontrado en ellos alguna otra utilidad. Algo de lo que valerse. Algo que les evitara el destierro.
No habría creído capaz a la mujer de entregar gente a su muerte, de no haber tenido que socorrer al bien vestido de Aaron en la tarea. Las suplicas de los tres hombres y las amenazas por abandonarlos no habían escapado de su cabeza a pesar de los meses.
Nunca volvieron para cumplir las amenazas. En el fondo, ese hecho, es lo que lo dejaba dormir por las noches.
“Quizás si te quitaras esa chaqueta de vez en cuando no tendrías tanto calor. Enserio, Negan, el camión es un horno, y esa chaqueta solo te lo empeora.”
Malditas fueran las mujeres con sentido común en el apocalipsis.
Un vistazo desde su posición hacia el cielo se llevó sus esperanzas de conseguir un poco de lluvia, al parecer los cielos despejados ya habían vaciado sus reservas la tarde anterior. La noticia solo agrio un poco más su ánimo ya de por si bajo.
“Voy a morir con esta chaqueta, Lau. Cuando me la quite, será porque la sacaron de mi frio cadáver.”
Se aseguraría de ello. Pensó al tiempo que se acomodó en su asiento, buscando la mejor posición para descansar la vista el resto del viaje, y como plus evitar recibir esa rara mirada compasiva por la rubia a su lado. Nunca le contaría a nadie más un carajo de su vida antes del brote. Borracho o sobrio. Vivo o muerto... N o necesitaba esa basura.
...
No estaba dormido. Carajo, no lo estaba. No era tan idiota como para dejar a la joven rubia a su suerte, pero demonios si el golpe que le dio en el brazo no fue un incentivo para dejar de pretender estarlo. “¿Que rayos te...?”
“Ah... ¿Negan?” El llamado de Laura corto su queja, el toque preocupante en la voz de la chica le sacudió el sueño de encima gracias al arrullo constante del vehículo, y lo impulso a incorporarse al tiempo que Laura pisaba en definitiva el freno. “Ese no es el auto de Eric, ¿cierto?”
No lo era. Negan frunció el ceño, observando la familiar caravana que Aaron y Eric usaban para sus propias expediciones, pero también un viejo auto que parecía estar haciendo un esfuerzo por no caer a pedazos, ambos atravesados en el camino de entrada. Así que estaban de vuelta ... Lo que solo podía significar dos cosas. Uno; habían conseguido algo verdaderamente bueno como para acortar ‘la luna de miel’ -a él no lo engañaban, maridos corriendo juntos con la excusa de suministros era la oportunidad perfecta para coger sobre cada superficie sucia de ese camper- , o dos; encontraron a alguien, la existencia del auto parecía ser una pista.
Dios, que no fuera la segunda opción.
No pudo guardarse para sí mismo el quejido que se alzó largamente desde el fondo de su garganta, ni hacerlo pasar por algo menos infantil o penoso. Bueno, un par de manos extra para descargar el camión siempre eran buenas, sobre todo si esas manos eran las de alguien más y no las suyas.
“Parece que papá y papi están de vuelta, niña. Se linda y toca el claxon, a ver si así conseguimos que muevan ese desastre. Maldito desorden. No pierden el culo porque lo tienen pegado.”
Laura se impresiono muy poco y le dirigió una mirada escéptica, pero no se negó a obedecerlo. Contar con que la rubia haría su parte del trabajo le evitaba incontables dolores de cabeza.
Aves salieron en grupo de entre los árboles por el sonido de la bocina y un muerto avanzo chasqueando la mandíbula fuera del borde del bosque. Negan bajo del camión de un salto al verlo y su cuchillo le atravesó el cráneo al podrido al tiempo que el sonido de las rejas al abrirse llegaba a sus oídos.
Si esperaba encontrar a algún residente de Alexandria observándolo desde el otro lado, ese no sería el hijo mayor de Deanna; un completo idiota con un rostro agradable que servía de entretenimiento para la pequeña Lau; ni a ese muchacho nervioso y acobardado que perseguía al otro hijo de los Monroe a todos lados.
No Deanna a la vista. Era la opción número dos.
...
“...Entonces, ¿qué está haciendo nuestro querido chico Aaron? ¿El pequeño Eric? Espero que, no tomándose el día, solo mira esta cantidad de cajas, nos vendría bien ese buen dúo varonil, nada afeminado, par de brazos, ¿no creen?”
Negan ignoro la mirada desagradable que Laura estaba dando a su dirección, parecía que esa chica quería taladrar un agujero en su cráneo con la pura fuerza de voluntad y el resentimiento de tener que descargar más que su parte -él no iba a tocar nada de esa mierda hasta que estuviera limpia y acomodada lindamente en la bodega- , sinceramente más interesado en no perderse de las expresiones cruzadas de los hermanos Monroe. Una especie de conversación sin palabras que estaba emocionándolo.
Oh, había un pavo en el horno, y vaya que quería un trozo de eso.
“Eric está en la enfermería, tobillo roto, le paso encima un camión.” Respondió la sombra del menor de los Monroe, los brazos de fideo del chico haciendo un monumental esfuerzo por no dejar caer una carga particularmente pesada.
“¡Auch! ¿Así que papi Aaron juega a la enfermera? Creí que para eso teníamos al apestoso doctor Pete, es su único trabajo, ¿no?” Negan no trato de disimular el desdén en su voz.
Que se jodiera Pete y su jodida forma de ser. No podía importarle menos lo que hacían sus vecinos a puertas cerradas, no era un maldito chismoso, pero tampoco era ciego como para no notar que los hijos y la esposa del hombre eran los residentes habituales del consultorio médico. El jodido modelo de familia estadounidense.
Los chicos Monroe compartieron otra mirada, una que no le gusto. “No me digas. ¿Su trasero ebrio no puede aplicar una pomada? ¿O el querido doctor está teniendo pensamientos dulces por nuestro dúo favorito?” No iba a tener paciencia con el buen doctor si terminaba en la segunda opción.
Vamos . Una cosa era ser un padre y esposo de mierda; la clase de porquería que se resuelve en casa; y otra muy diferente era escupir en el sándwich de quien pone la comida en la mesa; el chico Aaron y su dulce pastel arriesgaban sus traseros allá afuera tanto como él y su gente. No iba a tolerarlo. No estaba abriendo el camino para que escupieran su almuerzo también.
“No, él... Peter está bien, y Denise se ofreció a cuidar de Erik, un par de horas.” Termino respondiendo el chico Spencer, forzando su voz monótona de conciliador que, a nadie, salvo por su conciliadora madre, le interesaba.
A su opinión, el muchacho estaba muy verde como para creer que iba a heredar la batuta. Desvaríos de los jóvenes extra protegidos, y extra inútiles.
“¿Qué hay de Aaron? ¿Porque sus suaves manos no están aquí para acaparar el lubricante? Esa porquería es valiosa, te apuesto que será lo primero en acabarse.” Dijo junto a un insinuante movimiento de cejas, guardándose las señales obscenas para la siguiente ronda en caso de que nadie mordiera el cebo.
El más joven Monroe y la sombra se removieron incomodos descargando las ultimas cajas, que por mera casualidad una de ellas contenía a plena vista el tesoro prometido, ambos alternando miradas entre ellos y el otro Monroe con una súplica –barra- queja muy presente en sus rostros. Iban a rendirse antes del segundo asalto. Lo que era una pena, porque, ¿cuándo más encontraría la oportunidad de bromear sobre lubricante sin ganarse una patada en la entrepierna, muy justificada?
Demonios, una gran oportunidad perdida.
Solo para darse el gusto, sus dedos encontraron el camino los unos con los otros en el aire, hasta imitar la inmadura representación de dos de ellos penetrando contra sus otros dedos curveados en circulo. Pompeo tres veces dentro de ellos a tiempo para captar la mirada incomoda de Spencer y la fastidiada de Laura.
Si, demonios , estaba dando todo de si para ser desagradable. Los ojos de Laura terminarían atorados en lo profundo de su cráneo con lo fuerte que rodaba la vista, y el chico Spencer escupiría los pulmones con lo profundo de sus suspiros.
“Aaron no vendrá porque encontró a un grupo en el camino, y los trajo con él.” Maldita respuesta obvia, ‘Spencer puto Monroe Holmes’, si no le gustara a su pequeña rubia le abriría el estómago. Las vísceras del muchacho le darían mejores resultados.
“Lindo, ¿y qué?” Se burlo, medio resoplando, ignorando los ojos en blanco de Lau. “¿Esas son, tres o cuatro bocas más que alimentar?”
Sus mejores bromas relacionadas con la recolección arbitraria de vagabundos y la poca o nula consideración a lo rápido que podrían llegar a escasear sus reservas por la sobrepoblación murieron en su lengua, y una parte de su cerebro pareció atrofiarse por las siguientes palabras de Spencer.
“Prueba con catorce. Uno creería que el numero te haría pensarlo dos veces...” Negan se perdió el resto de lo que fuera que el joven Spencer estaba despotricando al viento, claramente demasiado conmocionado o molesto como para ponerse los pantalones de niño grande y guardárselo en el bolsillo.
Catorce.
Uno, cuatro.
De acuerdo.
Ese era un numero grande . Un maldito grupo grande considerando el estado de las cosas. Hombres, posiblemente mujeres, todos apegados unos a otros o por lo menos acostumbrados entre si como para no asesinarse unos a los otros antes de llegar a las puertas de la salvación. Un grupo grande que podía acoplarse. Un grupo grande a quienes abandonar fuera del muro en caso de que no. Ninguna buena jodida señal.
¿Qué carajo estaba pensando Aaron? Y lo que era peor, si Deanna no estaba aquí, significaba que estaba con ellos. Bien . Spencer tenía un pase para ser un niño pequeño y resentido justo ahora. Solo hasta que él mismo terminara de perder la cabeza.
“... ¡Estas bromeando, ¿verdad?!” Escucha resoplar a Laura por sobre la aun inconforme y quejumbrosa voz del chico Spencer, una nota entre burlona y agitada apoderándose de su tono. “¿En este mundo? ¿Allá afuera? ¿Estás seguro de que no era una mochila o un perrito en una manta?”
La sombra del más pequeño de los Monroe balbucea algo que suena como: ‘ No llevaba ninguna manta’ , pese a que toda la frenética atención de Laura está en el otro chico. Y, bueno, una discusión de jóvenes aireados no es su platillo preferido después de dos semanas corriendo sin descanso y durmiendo con un ojo abierto, pero uno en el que Laura parece a segundos de colapsar es uno para el que tiene que anotarse.
“¿Quieres repetir eso? Me lo perdí ante tantos alaridos.” Dice con cansancio, sin importarle la mirada entrecerrada de Spencer y sin poner en ello la opción de no responder.
No es realmente una pregunta.
“Mmm. Es solo que, en realidad son quince.” Negan se guarda las ganas de sugerirle a Spencer que tome clases de matemáticas, porque su mente simplemente cae en un espacio en blanco ante la estupidez que sale de la boca del chico. “Tienen un bebe.”
...
No tomarse los asuntos de otros personales fue la primera regla, en una lista relativamente corta, que Negan se impuso a sí mismo una vez que las puertas de Alexandria se cerraron por primera vez a sus espaldas. Cuando el argumento de ‘somos una comunidad’ en lugar de ‘somos sobrevivientes que hacen lo necesario para seguir respirando’, se registró en su cerebro junto a un centenar de campanas de concurso sonando por ganar el premio gordo.
Y resultaba hilarante lo sencillo que era seguir la regla. De verdad; ni Frankie con su costumbre de buscarlo por un acostó y luego rebajarlo a idiota por no pedirle que pasen la noche acurrucados; ni la mujer ‘pasta’ con sus molestas quejas por conseguir quién le encuentre una máquina de espagueti; ni los petulantes de Bruce, Carter, Kent y cualquier otro estúpido que insinuaba que no estaba haciendo gran cosa al salir de los muros, pero, que no estaban dispuestos a hacerlo ellos como los gigantescos puercos sin huevos que eran; lo tentaban a perder la cabeza.
¡Y vaya que sabía lo que era perderla! Una vez, solo una, y todo se iría al demonio. Así había perdido su empleo antes de que el brote de los ‘muertos no tan muertos’ se extendiera y condenara a todos al infierno.
Para él estaba bien ser el idiota con buenos movimientos pélvicos de Frankie. Estaba bien ser el nada servicial proveedor de la comunidad que no tomaba pedidos bobos. Estaba bien ser el imbécil del pueblo que no movería un dedo por nadie en cuanto su trasero volviera a casa. Y estaba bien si se lo decían de frente o, como usualmente pasaba, a sus espaldas. No podía importarle menos.
Sin embargo, no estaba enloqueciendo por ponerse a prueba.
Siguió su plan para esa noche tanto como pudo; empujando con cuidado al fondo del baúl la imagen nítida de los nuevos visitantes, posibles futuros miembros de la encantadora comunidad, pintada a todo detalle en su gloria heterogénea, por el parloteo insatisfecho de los hermanos Monroe; y se resguardo tras las paredes de su hogar tan pronto como Laura y el resto recobraron el propio hilo de sus vidas y se dispersaron.
Tomo la ducha que tanto merecía, deshaciéndose de la tierra impregnada a su piel después de semanas sin bañarse apropiadamente y de paso rompiendo, con ayuda del agua y algo de presión, los nudos de estrés en cuello y espalda baja.
En lugar de torturarse con la comida fría enlatada, consintió a su paladar con una cena de más de dos pasos –abrir la lata y servirla- , hirviendo en la estufa una caja de macarrones y usando los vagos recuerdos de cómo preparar correctamente una salsa Alfredo a pesar de los ingredientes rancios en su alacena y no del todo adecuados.
La mezcla resulto comible. Una cena corta de inspiración, pero funcional. Muy alejada de las que acostumbraba a tener antes del gran apocalipsis; cuando aún había supermercados donde comprar ingredientes, cuando podía sobregirar las tarjetas de crédito en compras inútiles cada mes, cuando aún tenía una sexi y genial esposa que lo regañaba por lo que parecían estupideces y luego lo perdonaba. Aun cuando no lo merecía.
Revolcarse en la soledad y autocompasión era la normalidad. No iba a llorar ni a entregarse a los muertos. Un día fantasma de Lucille aparecería, le gritaría y lo arrastraría al más allá con ella. Hasta entonces lidiaría consigo como le plazca, si eso incluía intoxicarse por mala cocina que así fuera, él lamio los restos del plato y se chupo los dedos al acabar.
Para cuando el desastre del experimento en su cocina estuvo limpio las ultimas luces del atardecer terminaron de ser envueltas por la oscuridad de la noche. La botella de whisky, esa que iba a hurtar de la casa de Deanna y Reggie, sobrevivió una noche más en el hogar de la feliz pareja. Hurgo sin entusiasmo en su propia alacena hasta dar con una botella de Brandy, dos, quizás tres dedos de líquido en su interior. Tomo su trofeo en una mano y una taza en la otra, cruzando el espacio desde la cocina a la sala.
Su trasero no rozo el asiento del sillón cuando una serie de golpes a su puerta cortaron la relativa paz en su autoimpuesto aislamiento.
La segunda regla, en esa lista creada por el bien común, era en realidad un recordatorio, algo así como; ‘ No inicies peleas que tengas que terminar’ , o más bien; ‘No termines en peleas que no puedas ganar’ , lo que era peor si le preguntaban.
Tuvo que recordárselo, no porque Negan se sintiera en peligro de sucumbir en el calor de una pelea inminente, sino porque el abrir su puerta y encontrar a Deanna Monroe del otro lado no podía avecinar nada menor al principio de una confrontación que no estaba destinado a ganar. Nadie le ganaba a esa mujer, y ella debía saberlo o no aparecería en plena noche frente en su entrada con una sonrisa agradable y una botella nueva de Ginebra en manos.
“¿Es un mal momento?” Pregunto la mujer, ese tono de vendedora de alfombras patentada por los Monroe taladrándole los oídos, direccionando el pico de la botella a su dirección.
Una especie de ofrenda, ¿soborno? Aun no lo sabía.
La tentación de ser un asno y decirle; ‘Cada momento es un mal momento, ¿no lo sabias? ¿En qué mundo vives?’ , o tal vez; ‘Ningún momento es un mal momento con agua corriente en la ducha” , quizás si se sentía particularmente sarcástico; ‘¿Qué es un mal momento? No recuerdo lo que es tener uno. ¿Como se sentía?’, quema por salir y arde como una tarta humeando. De hacerlo sabe que Deanna suspiraría, que se despediría sin explicarle porque estaba allí y que dentro de cinco días - porque antes de eso podría confundirse por interés-, él tendría que ir a buscarla con alguna boba excusa para descubrir de que se trataba la aterradora reunión fuera de horario laboral.
Muchas veces la vida era más sencilla si evitaba no reconocer cuando alguien tenía pelotas más grandes y pesadas que las suyas. Y los de Deanna, esos eran unos gigantescos ovarios expidiendo toneladas de calor. No iba a negarse a lo que quisiera.
“Nunca para un buen trago.” Decidió Negan, al tiempo que se apartó a un lado para dejarla entrar.
El buen silencio los reino, ambos dirigiendo con naturalidad el intercambio de remplazar los pobres saludos sin sentido por la botella pasando de unas manos a otras. “Gin.” Anuncio Deanna, haciendo un esfuerzo decente al no permitir que sus ojos vagaran hasta donde pudieran ver como lo había hecho las pocas veces que lo visito antes.
“Justo lo que receto el doctor. Un favorito personal, ¿lo sabias?” Negan no ofrece más cortesías que un movimiento de cabeza en dirección a la sala, una invitación aceptable en su manual de comportamiento civilizado, antes de alejarse camino a la cocina para abrir la botella.
Escucha a Deanna tararear a sus espaldas, reconocimiento o negativa, Negan se pierde lo que significa. Él también se esfuerza por no hacer notar su aprensión en su postura, y en no rodar los ojos aun si no están viéndolo de frente.
Sabía, a conciencia o no, lo que Deanna notaría mientras él perdida –tomaba- , tiempo en la otra habitación. Si bien su ‘hogar’ no era el chiquero que se podía esperar de un tipo como él; viudo, recluido, sin amigos y con pocos intereses fuera de cumplir su trabajo y tener un buen rato de cuando en cuando; tampoco era a lo que estaban acostumbrados los Alexandrianos.
Había estado en la casa de Deanna, los Monroe y su costumbre de recibir a los nuevos con pequeñas fiestas que no alegraban a nadie, le abrieron las puertas de ese hogar. Un verdadero hogar repleto de todas las tonterías sentimentales que una familia como la suya necesitaba para sentirse en casa; libros colocados en un orden que solo ellos comprendían, cuadros con viejas fotos salvadas por coincidencia; CD’s mesclados, aficiones de sus hijos y notas con lluvias de ideas esparcidas que no se limitaban a escritorios, sino que se pegaban a las paredes y ventanas como lo harían en un loquero. Un hogar montado a su imagen.
Luego estaban Aaron y Erick, quienes lo invitaban a cenar cada dos lunas llenas. Ellos también tenían sus formas de hacer de esa casa que habitaban un tierno nidito de amor. Los dos encontraban la forma de embonar; por un lado, con placas metálicas oxidadas y sucias clavadas en las paredes y por el otro, con interesantes pinturas que parecían más vomito colorido en lienzo que arte. Abstracto aun para lo abstracto.
Incluso Laura, que compartía casa con Gary y el chico Alden -quien se unió a ellos poco antes de Alexandria- , tenía sus maneras de hacer notar su presencia en el lugar; posters de bandas que escuchaba de antes, revistas regadas que jamás se actualizarían, un desastre de guardarropa que invadía las superficies de los muebles de casi cada habitación; un caos por decoración que simplemente lucia como ella. Uno podía notar donde empezaba y terminaba cada uno.
Con la competencia reunida, su caso era especial. Negan no había tocado la decoración ni había anexado nada encontrado en sus viajes, la casa y él eran extraños cohabitando, sin personalidades o gustos claros.
En términos simples, si hubieran tomado una foto del lugar antes de dárselo, y lo compararan con el ahora, no encontrarían más diferencia que sus zapatos regados a un costado del sofá y su chaqueta abandonada sobre la encimera. La habitación en la que dormía tampoco había cambiado, de vez en cuando dejaba la cama destendida –si no había un viaje programado en su agenda-, pero la bolsa con la que había llegado aún conservaba la mayor parte de su ropa y pocas posesiones. No se estaba preparado para huir, pero...
“¡Umm, tiene un gran aroma! Si que sabes conquistar a un hombre.” Bromea una vez que no le queda más remedio que girar sobre sus talones y enfrentarse a la mujer que lo espera con paciencia en la sala. “Si así consientes a Reggie no dudare en robarte. ¿Él sabe que estas aquí, conmigo, y lo mejor de su licor en mis manos? ¿Está bien con eso?”
Es provocativo a propósito, y acompaña esa provocación sirviéndoles un trago a ambos. Uno en la taza sosa y gris que había dejado antes en su mesa de centro, y otro en una taza extraviada con relieve a cuadros verdes y azules que encontró por suerte en uno de los cajones que nunca abría. Lo disparejo del par resalta, y Negan no duda en que él es la taza gris en la ecuación, y que Deanna es la de los relieves. Parece lo correcto.
“Sabe que no tardare.” Responde Deanna, calmada y sonriente de ese modo apaciguador que se les daba bien a los corredores de casas en el pasado. Es confuso, lo suficiente para dejarlo en blanco antes de volver a escucharla hablar. “¿Qué me dices tú, Negan? ¿Tu estas bien?”
¿Quién carajos sabia?
¿A quién carajos le importaba?
La mierda sabia mejor fría.
Repuestas perfectamente validas a su opinión. No las que iban a salir de su boca, no frente a la mujer, no mientras estuviera esperando dormir en un colchón esa noche. A penas y noto como su mano apretó la cerámica, como el borde de la taza se le clavo en lo bajo de la encía por la fuerza con la que lo empujaba entre sus labios, y como bebió de una todo su contenido sin farfullar ni detenerse a pensar antes de bajar la taza, estirar el brazo y servirse una segunda ronda. La mierda fría sabia mejor.
“La vida es buena en la dulce Alexandria. No me escucharas quejarme.” El sarcasmo pasado por honestidad se le daba bien. Deanna no pestaño y él pudo tomar un respiro, deseando más que nunca deshacerse de las visitas e irse a dormir. Había sido un largo día. “Pero es algo tarde para visitas sociales. Supongo que necesitas algo de mí. ¿Debo prepararme para volver afuera pronto?”
Sería una petición de mierda. No rara, pero si desagradable. Uno; porque no lo esperaba ni quería hacerlo. Dos; porque acababan de regresar y Dios sabía que Laura no aceptaría otra carrera tan pronto, lo que terminaría con él y Gary en medio de quien sabe dónde perdiendo la cabeza en silencio. La idea no le fascinaba. No-no.
Pero la mierda sabia mejor fría. Acompaño pasando medio trago.
“Nunca por las ramas, ¿o sí, Negan?” Comento Deanna con el principio de una sonrisa menos practicada, más real , torciéndole los labios, alcanzando la taza dispuesta para ella, pero sin beberla. “No, puedes estar tranquilo, de ese lado has hecho más de lo que pude haber esperado.”
Negan sopeso el peso de lo dicho y de lo no dicho en esa oración. Se paso el alivio y la ofensa con las sobras de su segunda copa. “Si no es eso... ¿Que estas esperando de mi esta vez, Deanna?” No iba a seguir contando las veces que tomaba y servía de la botella, a partir de ese instante todo era a favor obtener fuerzas para lidiar con la conversación.
La mujer lo miro durante un minuto desde su asiento. “Un favor, supongo.”
La sorpresa lo invadió un segundo, rápidamente desplazada por esa vena cautelosa que lo había mantenido vivo. Mierda. Fría . “¿De qué clase? Si es sexual voy a detenerte allí, porque Reggie no es de mi tipo y, se lo que dije antes, pero no creo que el uno a uno funcione entre nosotros. No-no.”
Una vez leyó o escucho una tontería acerca de una clase especifica de imbécil que recurría a los chistes malos o sexuales para suprimir los nervios, la psicología barata vendida por los psicólogos para justificar las charlas vulgares unilaterales. Si le preguntaran, diría que esa total estupidez era real, solo él sabía que con cada año que pasaba su tolerancia al silencio se reducía a polvo. Iba a morir siendo un imbécil.
“Concuerdo, no queda más que resignarse.” Bromeo de vuelta Deanna, bendita y maldita fuera, divertida en lugar de que incomoda o insultada. “No, esto se trata de nuestros nuevos... vecinos. Se que ya escuchaste de ellos. Mis hijos no son confidentes, dicen lo que piensan aun y si no tienen todas las piezas del rompecabezas. Este es un gran grupo, solido, una familia a sus palabras. Así es como se sienten. Son sobrevivientes.”
La sirena de alerta se encendió al instante en la cabeza de Negan. Una sonora sirena presagiando un enorme tornado en camino a arrasar cada techo, cada casa desde los cimientos, lista para llevarse en el aire a Dorothy sin cabaña que la protegiera del impacto. Sobrevivientes . No lo dudaba, cualquiera vivo allá afuera cargar una larga cadena de cadáveres a sus espaldas para permanecer así. Sobrevivientes .
Mierda .
Él era un sobreviviente, y demonios, sería el primero en decir que nadie en la linda comunidad estaba listo para recibir el doble de su actual paranoia. Sobrevivientes ...
“¿Cuánto llevan fuera?” Inquirió tras un suspiro, pasándose una mano por el rostro, indeciso de si fuese precipitado apurar el nuevo trago en su mano.
El tema de conversación iba a darle una jaqueca.
“Desde el principio. Rick, su líder, fue muy abierto durante la entrevista, no parecía estarse guardando nada.” Continuo Deanna, dejando de pretender interés en su taza y devolviéndola a su antiguo lugar sobre la mesa. “Se han estado cuidando desde hace tiempo. Son personas tan diferentes los unos de los otros. Conocen el exterior, un par no ha escatimado en los detalles de lo que hay afuera...”
“No pensé que quisieras escuchar los detalles sucios del exterior, yo pude haberte dicho algo, todos tenemos historias.” La interrumpió aireado, cortante. La vena en su sien empezaba a palpitarle, un dolor sordo que ahora le exigía beber otra ronda para adormecerlo.
Deanna no retrocedió, sino que se inclinó hacia adelante con los codos en las rodillas, acortando la distancia entre los dos y mirándolo fijamente. “Sus rostros, si hubieras visto sus rostros lo sabrías, Negan. No estaban contándome una historia, aun la están viviendo. Los rostros de los niños...” Ocupo un momento para tomar aire profundamente. “...Las personas como ellos, como tu Negan, son un...”
“Son un recurso. Lo se.” Cito las palabras que la mujer le dijo la primera vez que se conocieron, palabras con las que no podía evitar estar de acuerdo.
“Quizás el más importante. Todo lo que hemos construido no servirá de nada si no hay quien lo proteja.” Negan la escucho al tiempo que se estiraba para servirse otro trago, ese molesto palpitar a un costado de su cabeza exigiendo atención de nuevo.
“Así que se quedan.” Sencillo, fácil, rápido. Una decisión tomada al más puro estilo Monroe. Casi no sintió la bebida rasparle la garganta.
Deanna asintió, de alguna extraña manera sin el mismo fervor que había demostrado antes. "Es lo correcto, tocaron directo a nuestra puerta...”
“Pero eso no fue así, ¿no?” Esperaba que esto de interrumpirla no se le hiciera una costumbre, no le gustaba para nada. No estaba tratando de pasarle por encima. “No llegaron con un pastel, una sonrisa y se presentaron como los nuevos vecinos del barrio. Llegaron armados, sucios, hambrientos, desesperados.” Enumero con los dedos, reconociendo en su mente que esas eran las mismas condiciones en las que él y los suyos aparecieron, o casi. No pudo evitar imitar a la mujer, inclinándose con los codos en las piernas y una mirada intensa en el rostro antes de continuar. “Y, aun así, según el amiguito de tu hijo, mostraron... lo que pueden hacer. Que suerte que estamos aquí. Es lo que dijeron, ¿no?”
Deanna pareció genuinamente perpleja. Uno, dos, tres parpadeos y algo cercano al reconocimiento suplanto esa perplejidad hasta volverlo cansancio.
“Lo que paso en la puerta solo tomo desprevenido a Nicolas. Sasha es la tiradora a larga distancia del grupo, no estaba demostrando nada, ni ocultándose, lo que dice mucho de ellos. La vida allá afuera es diferente, han perdido tacto, actúan por instinto. Les tomara un tiempo acostumbrarse.” Justificación planeada de pies a cabeza, sonaba como un ensayo medido para un público dudoso, del estilo que servía con los residentes más viejos del lugar, pero no exactamente con él.
“Puedes confundir el miedo de ese chico con sorpresa si quieres, pero no te equivoques.” Dijo negando dos veces con la cabeza, demasiado metido en la conversación para su gusto. Por esto es por lo que no recibía a nadie, por lo que evitaba relacionarse. “No llegaron como una señal del cielo. Necesitas gente, lo entiendo, ellos lo son y te emociona. No son la respuesta a una plegaria, son el resultado de Aaron perdiendo la cabeza por tener a Erik herido, culpable, arrastrándolos con él hasta aquí como agradecimiento por no dejarlos morir.”
Los sobrenombres con los que usualmente se refería al dúo no salieron de su boca porque necesitaba que Deanna lo escuchara, que tomara sus palabras con seriedad.
“Lo haces ver como una decisión tomada a la ligera, al calor del momento, y puedo asegurarte de que no fue así.” Deanna también estaba negando ahora, sacudiéndose de los hombros el cansancio anterior y de algún modo conservando un tono paciente que no merecía escuchar. “Hubo una exhaustiva vigilancia. Días de observación, esperando el instante en que se atacarían entre ellos, y jamás paso.”
Negan trata de no pensar demasiado en lo metida que esta Deanna en el discurso apaciguador, en la necedad de la mujer a la hora de dárselo, como si convencerlo a él fuera a resolver cualquier cabo suelto que tuviera entre manos. La taza en su mano se siente muy liviana de repente, se encuentra vertiendo más alcohol en ella antes de notarlo, y bebiendo igual de rápido antes de que Deanna continue hablando.
“Aaron cree que pueden unirse a nosotros, ser parte de nuestra comunidad, y yo también quiero creerlo.” Sentencia, hecho, orden. Él estaba escuchando, e iba a tomarlo y obedecer. Las cosas iban a funcionar porque Deanna así lo quería.
En el mundo perfecto de esta gente, eso parecía ser todo lo que se necesitaba.
“Entonces está resuelto. Felicidades.” Elogio reuniendo un poco de entusiasmo para no hacerlo sonar condescendiente o en el peor de los casos sarcástico, la ginebra en su sistema ayudando a que su mente se nublara lo suficiente para hacerlo tolerable, pero no lo bastante para perder el control de su lengua. “¿Se van a quedar con las casas cerca de Aaron? ¿Tienes suficientes para ellos?”
Catorce. Quince. Aun se repetía de vez en cuando al fondo de su mente.
“Por ahora nadie se preocupará por eso. Se van a quedar todos en una sola.” Deanna tuvo la gracia de reírse. “Fui a verlos, antes de venir contigo. Parece que han armado un fuerte en la sala. Almohadas y frazadas es lo único que tomaron, se están cuidando, como una familia.”
Negan no vio lo divertido. Aun no los conocía y ya estaba notando el patrón paranoico en esa gente. Uno que quizás compartían. Y compartir no era lo suyo.
“Tienen una pijamada. Lindo.” De algún modo aún tenía la suficiente conciencia para mentir, e iba a seguir haciéndolo o terminaría soltando algo como; ‘justo ahora tienes a un grupo planeando la guerra en tu jardín, ¿qué carajo vas a hacer con eso?’ Aún tenía intenciones de dormir en su colchón. “No lo tomes a mal, pero aún no me has dicho que quieres de mí, Deanna. ¿Quieres que yo les dé la bienvenida? No voy a hornearles pastel, que lo haga alguien más.”
Seguro que para cuando se diera el aviso oficial una docena de Alexandrianos ya estarían preparados para rondar a los nuevos. La camarería se presentaría sola. Él no tenía intenciones de ser la niñera de nadie, ni una almohada de lágrimas, mucho menos el saco de golpes de esa nueva gente. A los leones hambrientos era mejor observarlos de lejos. Si ese era el pedido de Deanna no iba a hacerlo, saldría en una misión improvisada por la mañana y no volvería hasta que quienes tuvieran que matarse ya estuvieran muertos.
Negan solo aparecería para decirles: Pude haberles advertido.
Con los pensamientos corriendo a toda velocidad, confusos y revueltos, en su mayoría por el alcohol haciendo estragos en su sistema, Negan casi se perdió de como Deanna descruzaba de su pecho una correa conectada a una vieja y conocida cámara que no había notado descansaba a un costado, y del cómo sin fanfarria la colocaba sobre la mesa de centro.
“Temo que el papel que espero desempeñes no es del tipo amistoso.” La escucho confesar en un suspiro.
Negan mentiría si dijera que eso no le provoco un escalofrió, pero también que movió algo en él... La visión del artilugio más preciado de Deanna Monroe en su mesa no era poca cosa, si de algo sabía que esa mujer se enorgullecía, era de tener el poder de la interpretación que le obsequiaba aquel objeto. Palabras, rostros, verdades, decadencia, todo grabado para su estudio. ¿Y ofrecido? Creo una expectativa, y no pudo evitar preguntarse..
“¿Que estas esperando de mí?” Inquirió ignorando el picor del ansia en sus dedos.
“Vacilación. Duda. Desconfianza. Sospecha.” Le confeso en voz baja, casi en un susurro, como si temiera ser escuchada, o incluso escucharse a sí misma. “No son inocentes, no pretenden serlo, yo creo en ellos, Aaron también, el resto lo hará, pero... ¿qué hay de ti? Espero que habiendo vivido todo lo que viviste, y visto todo lo que has visto, te hagas todas las preguntas que el resto de nosotros no se hará.”
Mira eso, ¿no era simplemente conveniente encargárselo? Pensó Negan al tiempo que fruncia el ceño.
“¿Estás diciendo que esperas que te diga si son confiables o no? ¿Yo?” Se escucho a sí mismo, y decirlo en voz alta no lo hizo sonar menos estúpido.
¿Qué iba a saber de confiabilidad? O en todo caso... ¿Quién demonios era él para juzgar? Miro la botella ginebra en su mesa –que con seguridad llamaría un soborno- , la mitad del líquido en su interior ya se había esfumado, no se sintió mal por precipitar un nuevo trago en su taza y beberlo de una. El adormecimiento hacia maravillas por la jaqueca.
“No puedo cometer el mismo error dos veces, quizás Rick y su grupo han pasado demasiado tiempo fuera y no lograran adaptarse, si es así necesito saberlo ahora.” Declaro Deanna sin rastro de su anterior reserva. “Dijiste que antes eras maestro, significa que lidiabas con adultos y niños. Debes haber sido bueno con la gente, sé que aún hay algo de carisma en ti, úsalo con ellos. Se que eres bueno para estas cosas, y..."
“¡Wow, wow, wow! ¿Era bueno con quién? ¿Con que? ¿Carisma dónde? ¡Demonios, no!” La interrupción fue menos amable y por mucho más demandante que las veces anteriores.
Deanna ni siquiera parpadeo, inmune a la fuerza de su arrebato e indiferente a cuan molesto estaba en realidad. Ningún número de botellas o noches en cama valían soportar esa condescendencia.
“Aclaremos esto, Den.” Dijo con la voz ronca, la garraspera bien podía ser por el alcohol o la molestia, inclinándose tanto hacia el frente que su trasero termino al borde del asiento. “No soy bueno con nadie, ¿de acuerdo? Puede que alguna vez lo fuera con los niños, los cuidaba, vigilaba y veía que no terminaran mal, sí. Eso es quien era entonces, sin embargo, no me vez dirigiendo una liga infantil de nuevo. ¿Soy bueno para estas cosas? ¿Desarrolle un sexto sentido del que no se nada? ¿Que si decido que no pertenecen aquí? ¿Pondrás tu confianza en mí? ¿Los echarías?”
“Si” Respondió Deanna tan pronto como acabo. La seguridad y la palabra en sí sacudiéndolo hasta la medula. No estaba esperando eso. “Si, lo haría.” Repitió, quizás por verlo vacilar. “Lo haría porque te importa este lugar, Negan, te importan estas paredes, estos muros, y un par de las personas que viven aquí. Lo haría porque no me mentirías si eso significara mantenerlos con vida.”
Los pensamientos de Negan van directamente a Laura, corren a la visión de la chica rubia con la que siempre podía contar a semanas antes de llegar a Alexandria. Gary, Alden, él y ella en medio del bosque, sin provisiones ni campamento, una única mochila con tonterías encontradas en el camino, por ropa lo único puesto y media botella de agua que no se atrevían a tomar por miedo a no encontrar más. El rostro de Laura insensible tras tanto cansancio y dolor, aun cuando dormía torcido por el peso del interminable viaje...
No iban a volver a eso. No mientras aun respirara.
Su rostro debía mostrar la resignación a la que había llegado, porque Deanna se puso de pie. “Dales un vistazo, puedes tomarte el tiempo que necesites. Buenas noches, Negan.”
Él no iba a tener ninguna maldita buena noche pronto. Que maldito chiste. Se burlo para sus adentros, sin corresponder la despedida o reconocer la partida de Deanna. Una vez que el sonido de la puerta al cerrarse llego a sus oídos, Negan por fin se tumbó a lo largo de su sillón como una marioneta sin hilos. Ya fuera por la alcohol o el nuevo peso sobre sus hombros, Negan sabía que no llegaría a la recamara esa noche, así que se acomodó lo mejor que pudo y espero a que su cerebro se apagara de una vez.
La cámara podía esperar. Los deseos de Deanna podían esperar. El mundo ya estaba jodido, con un demonio que cualquier cosa podía esperar.
Los sueños que tuvo esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no terminaron con nadie muerto. El alivio solo le duro hasta la mañana.
