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Hace más de cien años...
La guerra llegó de la nada. Nadie creía que podría suceder. ¿¡Donde está el avatar!? Se preguntó la mayoría. La gente entró en pánico al verse abandonados por la persona que, supuestamente, debía protegerlos. Quien debe mantener la paz entre las naciones. Sin favoritismos. Pero no fue así. Primero eran rumores. Rumores que empezaron hace doce años. Tras la ausencia del avatar Roku. Unos dicen que murió. Otros que se esfumó. De cualquier manera, en algún templo debió reencarnar el siguiente avatar. Fue el año pasado, cuando la mayoría se dio cuenta que algo estaba pasando. Algo peligroso. Confiar ciegamente en el avatar fue un error. Y ahora deben lidiar con las consecuencias. Sino fuera porque algunos divisaron el peligro...todos habrían muerto. O peor.
Necesitamos un lugar en el cual vivir. Pensó con preocupación la morena. Miro de reojo a sus amigas. Se muerde el labio, tratando de calamar sus nervios, debe ser fuerte por todos. Es su deber al ser la mayor. Mira de reojo a la niña a su lado, puede ver como lucha contra las lágrimas. No la culpa. Solo tiene ocho. Otra chica, Tammy, quien en un mes cumplía catorce, da una señal. La morena asiente con la cabeza. Están seguros. Por ahora. ¡¿Por qué tuvo que pasar esto?! Respirar. Debo respirar. No debo entrar en pánico. Yo tengo que calmarme. Los niños son la prioridad. Se dijo al ver el puñado de rostros sollozando. La mayoría no tienen ni siete años. El más joven sigue en brazos de su mejor amiga. Apenas unos meses. Es una suerte que ya haya dejado la leche materna. Esto es tan frustrante. Se quejó, pateando con frustración una piedra.
-Cálmate, Aiko. No es culpa de nadie-dijo Tammy con la voz entrecortada.
-Es culpa del avatar-murmuró con ira-del avatar y de esos dobladores de fuego-
-No todos son malos-dijo la pequeña Jin con tristeza-uno de ellos nos ayudó a escapar-
-Si, eso es cierto-añadió Haki. Tenían que ser hermanas.
-Ummm...-logró decir sin perder la cordura. No importa. Todos son malos.
El silencio es aterrador. Gimió con molestia antes de comenzar a caminar. Esto será un largo recorrido. Se quejo la joven. Respiro profundo antes asentir a los demás, nadie dijo nada. El peligro los rodeaba. Saldrán de esta, les aseguro, no podían darse por vencidos. Los más grandes trataron de animar a los pequeños, no tuvieron mucho éxito. Gritos de dolor les hace girar la mirada. Casi exclaman al ver las llamas sobre el establo. Tuvieron que impedir que dos de los niños, mellizos, corrieran hacía el lugar. El corazón se les estrujo. No querían abandonar a los bisontes, pero no tienen muchos opciones.
Estaba en contra de las enseñanzas de los monjes. Lo sabían. Todos lo sabían. Pero, ¿dónde estaba el avatar? Ah, cierto. Volvió a enfadarse Aiko. Los dejo. Alentó al pequeño grupo a seguir moviéndose. Pronto, mientras más se alejaban, los gritos de esas majestuosas criaturas se desvanecían en el aire. Aiko dejo que las lágrimas cayeran de su rostro. La celebración del nacimiento de su hermana, el reencuentro de las familias separadas por los templos, destruido. Volteo de reojo, ver sus rostros fue el empujón que necesitaba. Con fuerza, se limpio el rastro del llanto.
Faltaba pocas horas para el amanecer cuando llegaron a la entrada de la caverna. Muchos la conocían. Era un pasaje antiguo, oculto, cuya ubicación era conocido para los mayores de doce años. Había partes muy estrechas, otras tenían rocas, tan afiladas que podían herirte. Cuando la mayoría, agotados en todos los sentidos, apenas y podían mantenerse en pie, se detuvieron a descansar. Aiko se negó a dormir. Necesitaban un vigía. Odia a los maestros de fuego control. Bueno, a todos menos a una. Alguien que era muy especial. Recordó con nostalgia.
Nori. Cuanto la extraña. A veces se preguntaba si, en alguna otra vida, podrían volver a encontrarse. Cada vez era más difícil mantenerse despierta. Los parpados los siente pesados. A regañadientes, se recostó en la pared, ya no podía mantenerse en pie. Tembló ligeramente al sentir una mano sobre su hombro. Vio de reojo a Haki, frunciendo el ceño, regañándola por sobre pasar sus límites.
-Aiko-gruño sin atreverse a mirarla-duerme. Yo puedo vigilar-
-No...tengo que ser yo. Soy la responsable-logro decir con esfuerzo. Se sentía mareada.
-Detente. Solo detente-le suplico con tristeza.
-Bien-mascullo con cansancio-solo un rato...-
La joven despertó con una ligera sacudida. Bostezo. Vio que todos ya estaban preparándose para avanzar. Tammy le ofreció un poco de comida. Estuvo a punto de negarse cuando vio de reojo a Haki. Si, mejor no tentar a su suerte. Devoró la manzana con rapidez, el resto, con un poco de suerte, logro meterlo de nuevo en la bolsa de las provisiones. Unos minutos después, la marcha continuo. Apenas llegaron al final vieron el acantilado. Si, un largo camino. No dejaron de caminar hasta llegar a lo más profundo del acantilado.
Y así siguieron. Caminando lo más lejos posible. Los mayores cargando a los más pequeños. Caminar hasta el anochecer o, como suele suceder, hasta que no pueden dar ni un paso más. La primer aldea, gente de la nación de la tierra, fue devastadora. Menos mal que los más pequeños se quedaron ocultos en el bosque. Era mucha sangre. Las casas...apenas y quedaban algunas en pie. Hiro, uno de los más grandes del grupo, tuvo que tragarse las ganas de vomitar. Al menos encontraron ropa para poder cambiarse y pasar desapercibidos. Ninguno de los dos hablo. Esa imagen sería difícil de olvidar.
Los días iban y venían. Pronto llegaría el otoño. Y luego el invierno. Necesitan un lugar seguro. Aiko no podía dormir por las noches. Las pesadillas eran crueles. Muchas veces despertaba con el sudor en su frente. Solo una vez un grito escapo de su garganta. La rutina era la misma. Despertar. Alimentar al grupo. Motivar a los más pequeños. Caminar. Buscando siempre caminos por el bosque. Aldeas eran evitadas, a menos que fueran de noche o no hubieran rastro de soldados. Descansar. Y repetir. Una y otra y otra vez. Como un reloj. Sin darse cuenta, un mes había pasado desde esa trágica noche.
Al sentir los primeros rayos del sol el grupo da inicio, una vez más, a su camino. El silencio era tenso. Los más pequeños querían hablar entre sí pero era peligroso. Uno de los mellizos señalo hacía la derecha. Una aldea. Era medio día. Peligroso. Aiko decidió ir por su cuenta, tenía una corazonada. Por seguridad les indicó que se escondieran. Si no regresaba antes del anochecer, sin rechistar, debían irse. Les hizo jurarlo. No romperán la promesa. Lo sabe. Sus manos tiemblan con cada paso que la acercaba más a la aldea. Soldados. Froto sus manos en un vago intento por mantener la calma. Estoy bien. Repito por tercera vez. Miro de rojo el dinero que encontraron en una de las aldeas que dejaron atrás.
Aprieto el puño. Ojalá sea suficiente. Estaba por caminar hacia el puesto de fritas cuando vio a una soldada de la nación del fuego. La vio. ¡Esto es malo! Se escabulló hacía el bosque. En dirección contraria de donde vino. Mierda, mascullo al tropezar con unas raíces. Trato de levantarse, necesita alejarla del grupo, pero un leve dolor le impidió avanzar. Se mordió la lengua, no podía hacer ruido. Con cuidado se reviso el tobillo. Hinchado. Duele al tocarse. Maldición, se quejo. Podría ser un esguince. Pasos la hicieron girar con brusquedad. La siguió. Podía sentir los latidos de su corazón acelerarse. Busco algo para defenderse.
-Tranquila. No te haré daño-dice con las manos levantadas. Si, como no-se que eres un nómada aire-joder...¡¿como?! Ocultó las flechas-quiero ayudarte. Por favor-no debe confiar...no debe confiar en alguien que asesino a su gente-no te culpo. Se que...se lo qué pasó. Yo...lo siento...-
-¡¿Lo sientes?! ¡¿Tienes idea de lo que ustedes nos hicieron?!-reclamó. Lágrimas salen de sus ojos.
-¡Oh por el avatar! ¡¿Aiko?!-exclamo con una voz familiar, bastante familiar. No, esto debe ser una broma. No puede ser ella. Se dijo la chica, frotando sus ojos. No era posible. Esperando que fuera producto de la falta de sueño.
-Nori...-murmuró sin poder creerlo. Al verla asentir casi se quedo sin aliento-pero...tu...te vi...-la alegría en su voz desapareció al mirarla más de cerca-oh. Miyu...-
-Lo siento. Se cuanto se querían. Ellos...ellos lo planearon todo-contestó con tristeza.
-Tus padres-no hacía falta que contestara. Lo sabía. Nunca les gusto la relación que tenía con su hermana.
-Aiko. Puedo ayudarte-le dijo tratando de tomarla de la mano. Al verla tensa desistió y, tras pensarlo con rapidez, añadió con tristeza-Nori me hizo prometerle que te protegería. Ella te amó. Y me dijo que, de una u otra manera, te volvería a ver en...-no pudo continuar. Sintió un nudo en la garganta.
-En la siguiente vida-murmuro dejando escapar las lágrimas.
-Lo siento-
-Yo...-muerdo mis labios. Espero no estar cometiendo un error-No estoy sola-
-Esta bien. No te preocupes. Tengo amigos que nos ayudarán. ¿Confías en mi?-no dude ni un segundo. Asentí.
Caminaron en silencio. Despacio. Miyu apoyo el brazo de su cuñada, si, ella siempre la acepto, en su cuello para ayudarla a caminar. Si, el grupo casi entra en pánico. Creyendo lo peor. Tardaron un poco en contarles el nuevo plan, si, estaban nerviosos. Y nadie podía culparlos. Siguieron viajando hasta llegar a una aldea por la costa. Ahí les dieron ropa nueva y, tras debatirlo, cubrieron sus tatuajes con una mezcla especial que hicieron. Los más grandes se negaron. Querían conservar las flechas. Eran parte de ellos. Hicieron falta varias pláticas. A regañadientes aceptaron. Era la mejor opción.
Aiko sería la última. Les pidió una noche más. Aceptaron y se fueron a dormir. Lástima que sería la última vez que la verían. La joven, debilitada y cansada, solo quería reencontrarse con su querida Nori. Se recostó mirando las estrellas. Prometiendo volver a su lado. En algún momento, con una sonrisa en su rostro, sus parpados se cerraron. Una suave brisa la despeino. Exhalo su último aliento.
