Chapter Text
El reloj digital negro marca exactamente las seis y treinta y siete de la mañana. Nana se abraza las piernas contra el pecho y solloza como lo ha hecho durante toda la noche. Las lágrimas se resbalaron por sus mejillas irritadas y por cómo le arden los ojos sabe que están tan rojos como su rostro. Sus irises escudriñan con cuidado cada rincón a su alrededor, las repisas con libros y cd 's de artistas desconocidos, pequeñas figuras góticas de colección alineadas una junto a la otra. Hay un closet pintado de negro decorado con stickers de algunas bandas que tal vez ha oído en la escuela; una de sus puertas esta abierta y puede ver algunas prendas de ropa como una chaqueta de cuero negra, un par de vestidos y camisetas de colores oscuros, faldas cortas con cadenas plateadas y cinturones con hebillas bonitas a sus ojos. Frente a la ventana hay un escritorio blanco con varias hojas esparcidas y algunos lápices; puede ver un cuaderno más pequeño de tapa violeta, parches para ropa y un paquete de dulces masticables de uva.
Sus pies descalzos se encuentran con el suelo y un escalofrío le recorre por la espalda. Se abraza a sí misma intentando conseguir un poco de calor y camina con pasos cortos hacia el escritorio. Frases, palabras sueltas, rayones e incluso algunos dibujos en las esquinas están calcados en aquellas hojas desordenadas. ¿Poemas?, ¿Canciones?, ¿Una historia a medio terminar? No sabe bien de qué se trata, pero ella tiene una letra linda. Cursiva y prolija. "N" estaba escrito en algunas líneas, ¿será el apodo de para alguien que ella quiere?. Las letras hablan de un sentimiento de decepción, sobre no poder proteger a Hachi de "aquel que cree ser su dueño".
En una de las hojas puede leer sobre un hombre cruel que mantiene encerrado en una jaula a un pequeño pajaro de color rosado pálido. El hombre lo mantiene ahí solo por gusto, placer. Ni siquiera se divierte con el canto ni mucho menos disfruta de su compañía, sin embargo se niega a dejar ir al ave porque no quiere que otros lo posean. Es una historia desgarradora para Nana. Hay otras historias plasmadas ahí, pero no puede seguir leyendo cuando la puerta a sus espaldas se abre lentamente y un leve chirrido proviene desde las bisagras. Unos ojos de color azabache la observan con cuidado, como si estuviera viendo a un animal herido o abandonado en la calle.
—Escribes cosas muy lindas —Nana pone un mechón de su cabello tras su oreja.
—Ah, gracias —la de cabellos negros entra en la habitación presurosa y ordena sus papeles rápidamente en una pila para luego guardarlos en un cajón del escritorio que cierra de golpe. Nana da un brinquito y se muerde una uña con culpabilidad.
—No quise ser entrometida —Nana se sienta en la cama y observa el perfil de la otra.
Sus pestañas largas hacen que sus ojos de color negro se vean más grandes y atractivos; el maquillaje oscuro en los párpados junto a los labios tintados en rojo la hacen parecer una cantante de punk o una modelo de revista alternativa como las que visten ropa de Vivienne Westwood. Ahora que lo piensa mucha de la ropa que logro ver saliendo del closet le recuerda a la de aquella diseñadora de modas que ha comenzando a inspirar a las nuevas generaciones. Esta chica sería una modelo perfecta para aquella revista underground que empezaron a vender hace un año en la tienda de conveniencia cerca de su escuela o también la cantante principal de una banda de punk que se presenta en aquellos bares de luces oscuras y el característico olor a cigarro.
—Me gusta tu habitación —menciona Nana—. Esas figuritas son de colección, ¿verdad?
—Si, me falta solo una para completarla —murmura la otra—. Oye, ¿estás bien?. Se que no has pegado ojo en toda la noche por estar llorando
—Si, creo que estoy bien —Nana se muerde el labio y balancea sus pies suavemente—. Gracias por ayudarme
—No podía dejarte sola con ese idiota
—Takumi no es tan malo...
—Él te grito e intento llevarte a la fuerza a un motel —la chica se le acerca tomando sus manos mientras se arrodilla y la observa pasmada, como si no pudiera creer lo que Nana acababa de decir—. Quien sabe lo que te hubiera hecho si... —su entrecejo se frunce y chasquea la lengua con una maldición entre medio—. Nana, no estás a salvo con ese tipo
—Él jamás había actuado así —las lágrimas vuelven a emerger desde sus ojos marrones y el cuerpo le tiembla por el recuerdo del incidente de hace unas horas.
La voz fuerte de Takumi golpeando en sus oídos y el dolor en su brazo debido a la fuerza con la que él la sostenía hicieron que comenzará a temblar de miedo. Él le recriminaba sobre todo lo que hacía y dejó de hacer por ella. Cuando la acompañaba a su casa, almorzaban juntos o hicieron público su noviazgo a sabiendas de lo popular que era Takumi con las chicas y la decepción que se llevaron con la noticia. Nana negaba con la cabeza intentando liberarse de su mano, pero él era más fuerte y la empujaba con fuerza contra la pared. Su espalda dolía y sus sollozos comenzaban a desesperarla incluso a ella. Él había dejado de ver otras chicas por ella, dejó de recibir atención y regalos de aquellas que decían ser sus fans y todo por ella. Todo por culpa de Nana. "Al menos me debes esto, Nana" había dicho él apuntando con su índice hacia el motel. “Tengo que hacer todo por ti, ¿no puedes hacer esto por mi?" parecía enfurecido y Nana temía por sí misma.
Y cuando Nana creyó que Takumi podría golpearla, o gritar más fuerte hasta reventarle sus tímpanos, su pesado cuerpo cae sobre ella y luego termina a sus pies. Nana parpadeo pasmada, todavía asustada y temblando por el miedo. No hubo tiempo de sollozar, preguntar ni responder a nada cuando su mano es sujetada con fuerza por la persona que la salvó.
—Pero lo hizo —responde la contraria—. Y créeme que lo volverá a hacer —los pulgares le acarician el dorso de la mano con cariño para calmarla—. Conozco a los bastardos como él
Nana se sorbe la nariz y mira a la chica levantarse y buscar algo en su escritorio. Una cajetilla de cigarros negro y un encendedor plateado; uno de los cigarros esta entre sus labios rojizos y el fuego lo enciende lentamente—. Vendrá contigo deshecho, pidiendo perdón y diciendo que no lo volverá a hacer —su ceño se frunce y Nana cree que incluso molesta se ve muy linda—. Perdí los estribos, Nana, perdóname y te juro que no volverá a ocurrir —su voz se vuelve grave para imitar la de un hombre. Chasquea la lengua y aprieta con fuerza el encendedor en su mano—. Maldito idiota
—Yo...no se que hacer —Nana se limpia las lágrimas y oculta su rostro entre sus palmas con frustración y tristeza—. Tengo miedo —susurra.
—Nana, no mereces que ninguna persona te trate así —otra vez ella se acuclilló frente a la castaña y el cigarro queda abandonado en un cenicero en el velador junto a la cama—. Yo puedo cuidarte si me dejas y nadie volverá a hacerte daño
—Pero... —Nana le sujeta las manos temerosa—. Ni siquiera te conozco y yo...
—Nana Osaki —la de hebras negras le extiende la mano con una sonrisa confiada.
—Nana Komatsu —le estrecha la mano y una risilla se le escapa entre los labios—. Tenemos el mismo nombre
—Es una buena señal
—Tal vez el destino quería que nos encontráramos, Nana Osaki
