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Max Caulfield había aprendido a vivir con el eco de lo que no fue. Cada paso en la universidad, cada conversación cotidiana, traía de vuelta la memoria de una línea de tiempo que ya no existía. Chloe, su mejor amiga, ya no estaba. Arcadia Bay seguía adelante, ajena a lo que Max había sacrificado. Solo ella sabía. Solo ella cargaba el peso de esa decisión.
Se había vuelto buena en ocultar ese peso. Un chiste aquí, una sonrisa allá, y la gente nunca podría saber que Max seguía atormentada por las visiones de la tormenta, por los momentos en que ella y Chloe habían compartido. Sin embargo, Warren parecía ser la única excepción.
—¿Max? —Warren interrumpió sus pensamientos con esa voz familiar y amable, un sonido que solía anclarla al presente.
Estaban en el laboratorio de ciencias, lugar que se había convertido en un refugio para ambos. A Max le gustaba estar allí con Warren, a pesar de no entender ni la mitad de lo que él hacía con los experimentos. Era el único lugar donde podía ser ella misma, sin la constante sensación de que el pasado la perseguía.
—¿Ah? Perdona, me distraje —Max forzó una sonrisa, ajustando su gorra de suéter, un gesto automático que hacía cuando se sentía incómoda.
Warren la miró desde el otro lado de la mesa, sus cejas levantadas. Era bueno detectando cuando Max estaba perdida en sus pensamientos.
—¿Estabas en el planeta Max otra vez? —bromeó, su tono ligero pero con una pizca de preocupación.
Max rió suavemente, pero no con su típica sinceridad. Era más fácil bromear que ser honesta sobre lo que rondaba su mente. Las pesadillas, los recuerdos de una tormenta que ya no existía, de un futuro que nunca ocurrió. De Chloe. Siempre Chloe.
—Algo así —respondió finalmente, tratando de sonar casual mientras observaba uno de los frascos de Warren lleno de algún líquido extraño—. ¿Qué demonios es eso?
Warren la observó un momento más antes de sonreír, siguiendo su humor. Sabía cuándo no presionar.
—Eso, querida Max, es el resultado de horas de investigación inútil. —Hizo un gesto dramático hacia el frasco—. Es la única cosa más inútil que una tostadora sin pan.
Max soltó una carcajada, sintiendo cómo parte de la tensión se liberaba de sus hombros. Ese era uno de los dones de Warren: sabía cuándo inyectar humor en la conversación. Era un talento que Max apreciaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Te veo desperdiciando tu talento, Warren —bromeó, apoyando la barbilla en la palma de su mano—. Con tus habilidades, podrías estar creando algún tipo de arma secreta para el gobierno.
—Oh, claro, la próxima vez que necesiten neutralizar al enemigo con una mezcla de bicarbonato y vinagre, me llamarán. —Warren rodó los ojos con sarcasmo, y ambos se rieron.
Warren de repente su tono cambió, más suave y serio.
—Hey… Max. —Él se inclinó hacia adelante, apoyando sus brazos en la mesa—. Sé que… hay algo que te pesa. Y no quiero forzarte, pero… si necesitas hablar, estoy aquí.
Ella desvió la mirada, sintiéndose expuesta. Warren no sabía nada de las líneas temporales, de cómo había rebobinado una y otra vez, tratando de salvar a Chloe. Nadie sabía. Pero la verdad la estaba consumiendo. La tensión crecía cada día, y la presencia de Warren hacía que esos sentimientos se mezclaran con otros más confusos.
Max soltó un suspiro pesado, mirando sus manos mientras hablaba en voz baja.
—A veces… a veces siento que soy un desastre, Warren. Hay cosas en mi cabeza que no sé cómo explicar. Como si el mundo estuviera fuera de lugar, pero solo para mí. Y… —Se detuvo, su voz vacilante—. Ni siquiera sé si puedo hablar de esto sin que suene una locura.
Warren la miró con esa expresión calmada que siempre la hacía sentir segura.
—Max, ya me he acostumbrado a lo raro. —Su tono tenía un ligero humor, pero sus ojos seguían siendo serios—. No me asusta lo que tengas que decir. Sabes que siempre voy a escucharte.
Max sintió su garganta apretarse. El peso de todo lo que había retenido, lo que nunca le había contado a nadie, la estaba ahogando. Warren no sabía nada del viaje en el tiempo, de las decisiones imposibles que había tenido que tomar. Y no podía decírselo, ¿verdad? ¿Cómo podría siquiera comenzar a explicarlo?
—No puedo… —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Es demasiado, Warren.
Warren frunció el ceño, pero no retrocedió. En su lugar, su tono se volvió más suave.
—Está bien, Max. No tienes que contármelo todo ahora. Solo quiero que sepas que no tienes que cargar con esto sola. —Hizo una pausa, su voz titubeante—. Yo también pienso en lo que pasó…todo lo del profesor Jefferson y Nathan, no me lo puedo creer..
El silencio que siguió fue espeso, pero no incómodo. Arcadia Bay había sido destruida en más de un sentido. Aunque Warren no haya conocido realmente a Chloe, le afectó saber que le quitaron injustamente la vida a alguien que tenía mucho por experimentar, aunque sabe que no pasa lo mismo que Max. Y, aunque él no lo sabía, Max había sacrificado mucho más de lo que él podría imaginar.
Max tragó saliva, sintiendo que una parte de su pecho se liberaba un poco al escuchar sus palabras.
—Gracias, Warren —murmuró, mirándolo a los ojos—. Realmente.
Warren sonrió, y el momento se aligeró un poco, aunque la tensión aún flotaba en el aire.
—No hay problema. —Se inclinó hacia atrás, apoyando las manos detrás de su cabeza con un gesto exagerado—. Después de todo, soy tu héroe nerd a tiempo completo, ¿no?
Max soltó una pequeña risa, agradecida por la habilidad de Warren para cambiar el tono de la conversación con tanta facilidad. Su humor era un refugio en medio del caos emocional que a menudo la rodeaba. Sin embargo, tras esas risas había una línea delgada, un terreno peligroso que no habían explorado: los sentimientos no expresados que flotaban entre ellos. Max sabía que él sentía algo más que amistad, pero siempre había sido lo suficientemente respetuoso como para no cruzar esa línea sin su permiso y esa idea la llenaba de incertidumbre.
Mientras lo miraba, una parte de ella no pudo evitar sentirse aliviada. Había salvado a Arcadia Bay y, con ello, a todos sus amigos. La imagen de Warren aquí, riendo y vivo, era un recordatorio tangible de que su sacrificio había valido la pena. Había arriesgado tanto, había tomado una decisión desgarradora, y en su corazón sabía que había hecho lo correcto.
Cada vez que sonreía, cada broma que intercambiaban, le recordaba que todavía podían encontrar alegría. Era una segunda oportunidad no solo para ella, sino para todos en Arcadia Bay.
—¿Qué tal si, para variar, me enseñas algo que no haga explotar la escuela? —preguntó, intentando dejar de sobre pensar.
Warren sonrió, levantando una ceja.
—¿Qué te hace pensar que no estoy en medio de un proyecto ultrasecreto para destruir Blackwell desde adentro?
Max rió de nuevo, sintiéndose más ligera. Pero en ese momento, mientras la diversión se desvanecía, Max sintió que la atmósfera se tornaba más íntima. El contacto visual con Warren se hacía más intenso, como si las palabras no dichas flotaran entre ellos.
Y entonces, en esa burbuja de alegría, vió que había algo en su risa, en su forma de ser, que la atraía. Pero, al mismo tiempo, una sombra de miedo la envolvía. Max empezaba a darse cuenta de que también sentía algo por él. Algo que estaba creciendo lentamente, pero , ¿Cómo podría amar a alguien con todo lo que acaba de pasar , ¿Se le permite ser feliz aunque haya tomado esa decisión?
…
Max sabía que las cosas no serán fáciles. Para nadie en Arcadia Bay. La realidad de su sacrificio, de haber salvado a sus amigos, le dio la valentía que necesitaba. Había un camino a seguir, y aunque el futuro era incierto, había una parte de ella anhelaba descubrirlo.
