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El teñido subía las escaleras hacia el vestuario con cierta molestia. Acababa de salir de clase de un entrenamiento junto al profesor Guix y no podía haber ido peor. Su camiseta del uniforme estaba empapada de sudor y aún sentía el eco de las críticas del profesor resonando en sus oídos: "parece que no quieres estar aquí", "venga Paul, no hagas un drama que con esa actitud no llegarás a nada". Cada palabra había sido como un golpe en el estómago, y ahora el teñido subía las escaleras del viejo edificio con la sensación de que todo su esfuerzo había sido en vano.
A mitad del trayecto, se detuvo para tomar aire, apoyándose en la barandilla oxidada e intentando disipar todo tipo de pensamiento. Fue entonces cuando sintió un golpe en su espalda y el sonido de algo caer de manera estrepitosa.
— ¡Mierda!
El granadino se giró, encontrándose con la figura de un chico de más o menos su edad, con pelo rizado y algo desordenado. El chico se inclinaba hacia el suelo recogiendo lo que parecía ser tela y todo tipo de material de costura.
Paul lo miró en silencio durante unos segundos, los mismos que el chico tardó en recogerlo todo y levantarse, enfrentándose al pelirrojo.
— Lo siento mucho, de verdad — se disculpó —. Voy con prisas y no te he visto, lo siento mucho.
Fue entonces cuando Paul vio por primera vez el rostro del chico: su nariz aguileña, sus ojos marrones y sus largas pestañas. Sus mejillas ardieron en vergüenza cuando se dio cuenta de que estaba mirando de más al otro muchacho.
— No pasa nada, no ha sido para tanto — fue lo único que pudo articular en ese momento.
El chico soltó un suspiro de alivio y esbozó una pequeña sonrisa.
— Soy Mayo, Álvaro Mayo. Soy de tercero F, departamento de apoyo.
Fue ahí cuando el menor recordó haber visto a Álvaro antes, en los pasillos, pero nunca habían cruzado palabra. El nombre le sonaba porque algunos chicos del departamento de héroes lo mencionaban de vez en cuando, siempre en susurros o risas ahogadas, igual que al resto de sus compañeros de dicho departamento. Pero al mirarlo ahora, frente a él, no podía ver lo que había de raro en él, incluso le parecía atractivo.
— Ah, claro... He escuchado tu nombre antes —respondió Paul, recomponiendose de lo incómodo que se sentía tras haberlo mirado con tanta fijeza—. Soy Paul, de tercero A. Departamento de héroes.
Álvaro asintió, como si el nombre no le resultara particularmente relevante, pues parecía más preocupado por el montón de materiales de costura que tenía entre los brazos, reorganizando de forma frenética los hilos, telas y herramientas que habían caído.
— Bueno, Paul de tercero A —dijo Álvaro con una sonrisa nerviosa—. Gracias por no enfadarte. Estaba tan distraído que no miré por dónde iba.
Paul se encogió de hombros, aunque en realidad el día lo había dejado con los nervios a flor de piel. Y con ese pensamiento volvió a fijarse en el castaño, notando el iluminador que decoraba sus ojos, el colorete que cubría sus mejillas y el gloss que maquillaba sus labios, siendo estos últimos en los que dejó fija su mirada.
— Te queda genial — soltó de manera repentina.
— ¿Qué?
Fue entonces cuando el teñido se dió cuenta de que había estado mirando demasiado y sintió que sus mejillas se encendían de inmediato, haciéndole desviar la mirada rápidamente, rascándose la nuca con torpeza mientras trataba de arreglar la situación.
— Eh... el maquillaje, digo —balbuceó Paul, nervioso—. El maquillaje te queda genial.
Álvaro asintió lentamente, como si estuviera evaluando lo que Paul había dicho. Parecía sorprendido por la honestidad del pelirrojo, pero no incómodo, aunque sus sonrojadas mejillas no decían lo mismo.
— Gracias —dijo finalmente.
El silencio que siguió no fue incómodo, pues ambos parecían haber encontrado algo en común, como una pequeña tregua en medio del estrés diario. A pesar de lo inesperado y repentino que había sido todo, Paul se dio cuenta de que se sentía más a gusto de lo que hubiera pensado nunca.
— Bueno, será mejor que te deje seguir con lo tuyo —dijo el menor finalmente, dándose cuenta de que el otro probablemente tenía prisa—. Yo también tengo que ir al vestuario antes de que me caiga otra bronca.
Álvaro rió ligeramente, un sonido suave y relajado que contrastaba con la tensión inicial del encuentro y que a Paul le pareció precioso.
— Sí, mejor no te metas en más líos —bromeó, acomodando los materiales que llevaba—. Nos vemos, Paul.
— Nos vemos, Álvaro.
