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Red rose, blue shine

Summary:

"A nadie le gusta abrazar a una rosa con demasiadas espinas, ¿no es así?"

Pero Fiddleford abrazaría cada una de sus espinas si pudiera

Work Text:

La feria era todo lo que Stanford esperaba, para bien, y para mal. Estaba plagada de gritos de infantes y adultos asustados por lo que suponía que era un goripollo. en su cerebro de doce doctorados, no entraba el concepto de que nadie, siquiera un niño, se asustase por una gallina unida a un gorila con una cinta adhesiva que, además, llevaba un gorro de mago, pero no es que le sorprendiera tratándose de la gente de Gravity falls. Tampoco le entusiasmaban las atracciones que había, ¿Qué era eso de adivinar el peso de un cerdo y poder llevártelo a casa? Si quisiera un cerdo, lo compraría, y si no tuviera dinero para comprarlo, es que no se podía permitir cuidar a un cerdo, así que no lo tendría. Era absurdo, todo en aquel solar carecía de ningún tipo de sentido. 

Pero en el lado bueno de las cosas… Miró al hombre que caminaba junto a él, sus ojos brillaban detrás de sus gafas cuando vio al montón de cerdos comer en su parcela.

Debe de recordarle a su granja en Tennessee”

Una carcajada escapó de Fiddleford cuando hizo contacto visual con el goripollo.

—Si eso les asusta, no quiero verles las caras si se cruzan con un verdadero monstruo como nosotros, ¡Creo que se asustarían hasta de un geodito!

El corazón de Stanford se saltó un latido. Esa fue la primera vez en días que escuchaba al hombre reír de forma sincera, sin miedo detrás de sus labios, o apartando su mirada hacia el suelo con nervios, y solo dios (y su musa) deben de saber cuánto había extrañado Stanford ese sonido.

Supongo que la feria no está tan mal”

Razonó esbozando una sonrisa en sus labios, desviando su mirada de su ayudante, o acabaría no pudiendo pensar con claridad de nuevo. Fiddleford siempre había tenido aquel efecto en Stanford, desde sus años en la universidad, lo que no pensó que su tierno primer enamoramiento volvería a surgir ahora que ya estaban cerca de los treinta. El cerebro funcionaba de formas extrañas, y la psicología no era una ciencia exacta, Stanford lo sabía, así que semanas atrás ya había decidido no prestar atención a aquellos pensamientos románticos que le atormentaban, esperando que, en algún momento, desaparecieran. Tenían algo muy grande entre manos, no podía echarlo a perder por su propio egoísmo romántico, así que solo decidió desechar sus propios sentimientos.

—Si ese gorila con gorro de mago les asusta, creo que se desmayarían en el acto de cualquier criatura que viva en estos bosques.— Le contestó Stanford, lo que hizo que Fidds volviera a reír, asintiendo dándole la razón, mientras se llevaba un puñado de palomitas a la boca.

—Pronto empezará la carrera de cerdos, no quisiera perdérmela, he estado observando los participantes y con cuatro cálculos sencillos tengo un noventa y ocho por ciento seguro cuál será el ganador.— Fiddleford señaló a una pista circular que se encontraba al otro lado de la feria, a lo que Stanford dirigió su mirada hacia el circuito vallado y lleno de barro donde ya empezaban a amontonarse decenas de hombres con billetes en sus manos.

—¿Qué ocurre con ese dos por ciento restante?

—El primer uno por ciento está destinado a que una fuerza más grande que nosotros aparezca y se lleve al cerdo número siete, lo cual no creo que suceda, pero contando lo cerca que está esta explanada del bosque, y que esto es Gravity Falls, nunca puede descartarse del todo.— Fiddleford volvió a meterse un puñado demasiado grande de palomitas en la boca, masticándolas antes de volver a hablar.— El otro uno restante es pura modestia.

Esta vez fue Stanford quien rio.

—¿Desde cuándo tienes modestia cuando se trata de tus cálculos?

—Soy modesto cuando se trata de cerdos y el campo Stanford, no por mis cálculos.

Aquella frase (que Stanford no supo si era o no una broma) le arrancó otra carcajada, no solía reírse así tampoco últimamente, pero el humor de Fiddleford casi siempre conseguía encontrarle el punto a Stanford. 

Y, si el hombre de seis dedos no estuviera tan cegado con él mismo, se habría dado cuenta de que su corazón no era el único que se saltaba un latido cuando el otro reía.

Los dos hombres se dirigieron a la multitud, Fiddleford fue hasta la caseta de madera que había junto a la pista para apostar, Stanford mientras, observaba a su alrededor, de entre todas las atracciones, había una que llamaba particularmente su atención, puesto que la larga cola casi se mezclaba con el público de la tan esperada carrera de cerdos. Un rápido vistazo a la carpa le permitió ver que era una tienda de adivinación: “Especialista en leer manos” dictaba en el cartel. Stanford bufó con una sonrisa de burla, si ya había dictaminado que la psicología no era una ciencia exacta, la lectura de manos era todavía más inexacta. Sabía que existían criaturas fuera de la comprensión humana común, se había encontrado con fantasmas, sabía ciencia cierta que los alienígenas eran algo existente, ¡hasta le visitaba una deidad en sueños como su musa! Pero ¿saber tu futuro con solo tu mano? Era improbable, más aún, si se trataba de una mano tan especial como la suya.

—Con lo que gane con ese cerdo, podría invitarte a cenar.

El acento sureño de Fiddleford le sacó de aquel hilo de burlas en su cabeza, centrándose de nuevo en el científico más alto, dedicándole una sonrisa con un dizque de picardía.

—Eso es si ese dos por ciento no se pone en tu contra.

—Oh, vamos, cállate Stanford.— Lo dos hombres rieron, con la promesa en el aire de que aquel día libre de trabajo iba a continuar hasta la noche. 

Ninguno de los dos se atrevía a calificarlo de cita, no cuando Fiddleford tenía mujer e hijo, y estaba ahí solo por trabajo, ni cuando a Stanford no le gustaban los hombres y estaba demasiado centrado en su trabajo.

Solo eran dos amigos y compañeros, no significaba nada que Fiddleford hubiera dejado todo para estar ahí, ni que Stanford sintiera que Fiddleford era la única persona que quería a su lado en ese frío laboratorio.

Amigos, a eso estaban destinados.

—Sabes, estaba pensando en hablar con esa “adivina”.— Stanford hizo comillas con sus dedos, señalando la carpa violeta a la que parecía que nunca se le acababa la cola.— Solo para desmontar su fraude, estoy seguro de que no será capaz de leer una mano con seis dedos.

Fiddleford echó una mirada a dicha tienda, arqueando una ceja cuando volvió a mirar a su amigo.

—Así que viniste aquí porque los duendes son reales, ¿pero no lo es la adivinación?— La sonrisa en los labios de Fidds indicaba que hacía aquello, únicamente para lo que parecía, molestar a Stanford.

—¡Somos científicos, Fiddleford! Puedo creer en algo tangible que puedo tocar o demostrar, como los duendes o el mago invisible de mi armario.

—¿Hay un mago invisible en casa?— Fiddleford le interrumpió.

—pero no puedo creer que hay una forma de predecir mi futuro exacto,-La pregunta de Fidds fue ignorada sin ningún tipo de miramiento.— si fuera así, ¿no sería mejor para la humanidad que nos leyeran la mano nada más nacer? Así sabríamos qué nos depara nuestro destino, y qué hacer en cada encrucijada de nuestra vida.

—Supongo que tienes parte de razón en tu argumento, ¿pero no es la intriga de qué nos deparara el destino lo que mueve al ser humano?— Fiddleford se apoyó contra la valla de madera a su espalda.— Quiero decir, si el destino de alguien es fracasar en su misión, pero ese fracaso hace que otra persona años después consiga ese mismo objetivo, podría causar problemas saber de antemano a ciencia cierta que fallarás.

—Continúa.— Stanford frunció un poco el ceño y apretó sus labios, una expresión que hacía siempre que se concentraba o alguna cosa le parecía fascinante. Fiddleford,  personalmente, amaba aquella mueca desde que la vio, cuando intentaban escribir su conjetura sobre cómo el universo podría ser un holograma gigante, el primer día que se conocieron.

—El efecto más práctico podría ser nuestro… “Proyecto”.— No era muy alto el IQ del ciudadano medio en gravity falls, pero ninguno de los dos iba a arriesgarse a hablar en voz alta de lo que era.— Pongamos que cuando eras solo un niño, como dicta la tradición en tu supuesto mundo, una adivina te dijo que fracasarías en su construcción, desperdiciando el trabajo de toda tu vida. ¿Realmente entonces empezarías siquiera a investigarlo?

—Mmm…-Stanford miró a sus propios zapatos, pensativo.— Eso depende de muchos factores, ¿mis fallos provocarían una diferencia en el futuro de ese campo de estudios?

—Puede, es muy probable, pero para eso la adivina tendría que leer el destino de otro niño que sí tuviera éxito, así que tú no lo sabrías.— Volvió a meterse palomitas en la boca, acabándoselas, por lo que hizo una bola con el envoltorio de papel que las contenía.— Además…—Tragó.— Si no lo menciona, muy probablemente sería porque el supuesto siguiente científico no da créditos ninguno de tu trabajo.

—Bien, si esas son las bases, supongo que en lo que respecta a la parte emocional, tienes razón en que muchos individuos ni siquiera empezarían a hacer algo que saben que fracasará. Sin embargo, — Levantó su dedo índice al mismo compas que daba un paso hacia Fiddleford.— tu propio razonamiento me da la razón en que la adivinación es un fraude, si el saber su destino hace que no quiera intentarlo, eso crearía una realidad en la que el individuo ha elegido un destino diferente del que fue dictado para él, por lo cual las predicciones de su vida serían fallidas.

—Eso es subjetivo, hay quienes consideran que no intentarlo es lo mismo que un fracaso.

—¡Ahora te estás quedando conmigo!— Fiddleford estaba, efectivamente, haciéndolo, pero ambos estaban demasiado metidos en aquel (estúpido) debate sobre la adivinación ahora, tanto que ninguno de los dos se había dado cuenta de que la distancia entre ellos era bastante más mínima que antes, más cuando Stanford se inclinaba hacia Fiddleford, quien seguía apoyado en aquella valla.— Dejando a un lado la posible o no similitud entre fracaso y no intentarlo, el que no lo intentase, haría que la predicción del otro niño que SI tendría éxito fuera errónea también, no tendría los ejemplos de errores que no cometer.

—Si ese fuera el caso, habría que suponer que la segunda predicción con el niño ganador, sería diferente desde un principio.

—¿Y si el niño ganador nace ANTES del primer niño?, por lo que no sería posible cambiarla aún si el primer niño decide no intentarlo.

—Okay Stanford, creo que estamos en un punto muerto.— Acabó admitiendo Fiddleford, con una extraña mezcla en su pecho entre molestia por no ganar el debate, y cariño al ver la sonrisa victoriosa de Stanford.— Sea como sea, lo único que puedo aportar, es que a mi abuelo una anciana del pueblo de al lado le pronosticó que no podría ver nacer a sus nietos.

—¿No vinieron toda tu familia, incluidos tus abuelos, a la ceremonia por la excelencia académica en la universidad?

—Sí, y recordarás que uno de mis abuelos es ciego, no de nacimiento, quedó así por un accidente en la granja cuando mi madre era joven, así que, técnicamente, la adivina tuvo razón.

Hubo un silencio entre ellos, donde ambos aguantaron la respiración sin más razón aparente que mantenerse la mirada en una lucha silenciosa. 

Ambos llegaron a la conclusión de que no iban a ganar, por lo que Stanford suspiró, negando de forma leve con su cabeza.

—Podría calificarse de ironía dramática, supongo.— A los dos hombres se les escapó una pequeña risa, acabando de relajar así por completo el ambiente.

Al menos, hasta que se dieron cuenta de la cercanía a la que estaban, Fiddleford había subido un poco más su cabeza, encontrándose directamente con los ojos oscuros de Stanford, si no fuera porque era improbable, habría jurado que las mejillas del hombre se habían tornado más rojizas de lo que era habitual.

Stanford rezaba a un dios en el que ya no creía para que Fiddleford no escuchase el retumbar de su corazón dentro de su pecho, y tuvo que recordarse, de nuevo, que aquel que tenía delante era un hombre casado, un hombre heterosexual, un hombre con el que una sola misión que cumplir. Y después de eso, sus nombres solo estarían unidos para el resto de la historia.

La sirena que dio inicio a la carrera de cerdos fue lo que acabo sacando forzosamente a ambos de aquella burbuja que habían creado sin intención, haciendo que Stanford diera un paso atrás, y Fiddleford se recolocara en su sitio, carraspeando un poco para distraerse a sí mismo.

—Esto ya empieza, si quieres ir a desmontarle el fraude a la adivina puedes aprovechar ahora.— Hablo Fidds, con una sonrisa suave en sus labios, todavía calmando el retumbar de su pecho.

—Iré, solo para ver su confusión cuando sea incapaz de leer mi mano.

Fiddleford rodó los ojos, riéndose mientras daba media vuelta para mirar a la pista, observando animado como el cerdo por el que había apostado iba, sin sorpresas, el primero. Stanford, por otro lado, andó unos pocos pasos hasta la enorme cola ya formada, dejando salir un suspiro de amargura, esperaba que, al menos, la farsante fuera rápida, y aquella cola no durase más que la “emocionante” carrera de cerdos.

Después de lo que le pareció una eternidad, Stanford pudo entrar a la carpa, se percató rápidamente del fuerte olor a incienso, y le pareció ver detrás de la mujer que barajaba las cartas, una jaula con manos moviéndose en ella, decidió creer que era la falta de luz y su imaginación. La mujer, en ningún momento levantó la mirada hacia él, solo mezclaba, demasiado concentrada en sus propios movimientos. No fue hasta que Stanford se sentó, que la mujer levantó su mirada a los ojos de Stanford, quien negaría delante de cualquiera el hecho de que pareció que la atmosfera se tensaba. La mujer, sin ningún tipo de miramiento, estiró su mano hacia las del hombre, llevándola hasta el centro de la mesa.

—¿Por qué has tardado tanto Sixer ?

Oír aquel apodo de su infancia le hizo sentir como un escalofrío iba desde su baja espalda hasta su nuca. ¿Cómo era posible que supiera aquel nombre? Hacía demasiado que nadie lo usaba, nadie aparte de su musa, y no iba a creer que su amada musa trabajase con una farsante como alguien que se autoproclamaba adivino. Stanford abrió la boca para responderle, más bien, obligarle a confesar quién le había dicho aquello, pero la vieja adivina se adelantó, sacando cuatro cartas de la baraja, destapándolas una por una frente a Stanford, quien solo miraba intrigado unos símbolos que no reconocía. La mujer destapó la última carta, el cráneo de un esqueleto en un fondo negro, que hizo que la mujer gritase, Stanford no supo decir si por sorpresa o miedo. La adivina volvió a encontrar los ojos de Stanford, mirándole llena de compasión y tristeza, como si acabase de predecir el final de una vida.

—Alguien muy cercano a ti te está engañando, has elegido a los aliados equivocados. Tendrás dos vidas, ambas demasiado cortas… A menos que decidas cambiar ahora.

Stanford levantó una ceja, intentando analizar las dos partes de aquella lectura. Solo había dos personas de su lado, Fiddleford, quien ya había dejado a su mujer e hijo atrás por él; y su musa, quien le daba conocimiento infinito para lograr su cometido. Ambos demasiado implicados en su proyecto como para poder engañarle, tenían demasiado que perder. Y sus dos vidas… Por unos segundos pensó en él , pero decidió apartarle rápidamente de su cerebro, no. Habían pasado más de diez años, Stanley ya no era parte de su vida.

No pudo seguir su razonamiento mental, puesto que la mujer le interrumpió, alargándole un anillo que sujetaba una gema azul.

—Si ves este anillo azul, continúa por donde vas tú. Pero si negro se llega a tornar, ya no podrás regresar.

Aquello estiró del último hilo de paciencia de Stanford, rodando los ojos con el ceño fruncido hacia la anciana.

—Déjese de rimas, he venido a que leas mi mano, no a recibir falsos consejos.

La mujer le miró con seriedad, ella sabía qué ocurría, podía leer a través de Stanford y su falsa musa, pero no era su batalla, no era su deber detener el por venir, aquello llegaría dentro de muchos, muchos años. Solo volvió a coger la mano libre de Stanford, resiguiéndola con la yema de sus arrugados dedos.

—Tu anular está cargado de responsabilidad, piensa bien antes de disparar.— Stanford no pudo retener la mueca de fastidio en su rostro, ¿qué se supone que significaba aquello?— Tu línea de la sabiduría es muy extensa, eres inteligente, demasiado para tu propio bien.

La expresión de Stanford se relajó, eso era, claramente, un cumplido.

—Estás lleno de bifurcaciones, muy pronto vas a tener que tomar una decisión y, si escoges la opción incorrecta, no volverás a ser tú mismo.— La mujer rápidamente miró a la otra mano, donde sujetaba aún el anillo, diciéndole de forma muda que se guiase con ello.— También tienes la línea de la vida dividida, termina abruptamente, y vuelve empezar poco después.

Eso era claramente una ciencia inexacta, ¿acaso iba a morir y revivir? No iba a permitirse convertirse en un no muerto, tenía mucho en lo que trabajar en vida.

—Mmm… Relaciones breves, a nadie le gusta abrazar a una rosa con demasiadas espinas, ¿no es así?

Aquello pareció incluso ir con cierto recochineo, por lo que Stanford intentó no pensar demasiado en el ingeniero que le esperaba fuera de la carpa.

—Tu dedo extra hace de ti una persona realmente especial, per se, incluso podría plantearme hablar contigo en cuanto termine el trabajo.

¿Aquella anciana estaba ligando con él? Aquella anciana estaba ligando con él. Tuvo suficiente. Se levantó con un educado, pero malhumorado “No, gracias” y salió de la tienda sin siquiera ver por última vez a esa mujer. Así que de eso trataba todo eso de la adivinación, soltar patraña alarmista tras patraña, y luego, si te ha gustado el cliente, entrarle una ficha para que sintiéndose vulnerable acepte salir contigo. Había perdido el tiempo, claramente aquello era una ciencia muy inexacta.

Una vez fuera miró su alrededor, buscando a su compañero, el cual no tardó en encontrar, parecía estar reparando unos engranajes de la noria, a la vez que hablaba con uno de los trabajadores cuyo nombre parecía ser Ivan por la etiqueta. El hombre estaba relatando una historia terrible sobre sus compañeros de feria y cómo le habían humillado, sobre cómo desearía olvidar aquel momento. Fiddleford sonrió, devolviéndole la llave inglesa, y se acercó al joven para susurrarle algo en el oído y entregarle una pequeña tarjeta.

Stanford notó un pinchazo en su pecho cuando su acompañante se acercó al feriante, claro estaba, por la intriga de que fuera lo que había en aquella tarjeta, los celos no eran algo que contemplase. Fiddleford pareció notar que alguien les observaba, así que se giró, encontrándose con Stanford, a quien rápidamente sonrió, saludando con la mano. Se despidió de Ivan, para así volver a acercarse a Ford, quien miró el anillo aún en su mano, viendo como, a medida que Fiddleford se acercaba a él, parecía que su brillo azul aumentaba. No pudo entender por qué aquello le dejó una sensación de tranquilidad en todo su cuerpo, pero decidió no pensar en ello, guardando el anillo en su abrigo.

—Ese dos por ciento no ha podido conmigo, como predije, mi cerdo fue el ganador.— Se pavoneó Fiddleford, con una sonrisa.— Así que tendré que cumplir mi palabra e invitarte a cenar.

—Justo a tiempo, quiero salir de esta feria cuanto antes.— Stanford le dedicó una sonrisa, después de su encuentro con la adivina, no quería estar más tiempo rodeado de farsantes que manchaban el buen nombre de las anomalías.

—Wow, ¿qué ha pasado ahí dentro? ¿Te ha dicho que no vas a ver el nacimiento de tus nietos también?— Bromeó, a lo que Stanford dejó ir un suspiro intercalado de una suave risa.

—No ha dicho más que sandeces, he decidido que debo investigar más sobre los antiguos métodos de predicción para darle una lección, algo más tangible que la quiromancia.

Habían empezado a andar mientras hablaban, dirigiéndose al coche de Fiddleford, con el que habían bajado hasta la feria.

—Vaya, eso suena más al Stanford que conozco, pero no deja de ser sorprendente. Puede que hasta le quites el puesto a la adivina si lo haces.— Bromeó, con una sonrisa pícara.

—Acabaría con mi propio destino si tuviera que verme encerrado en esta feria de farsantes por más de un día.

Una carcajada por parte de Fiddleford inundó el ambiente mientras entraban al coche.

—Espero entonces que tu destino te permita al menos acabar hoy en el restaurante chino, había pensado que podríamos llevarnos la cena hasta la cabaña, y ver los fuegos artificiales desde ahí.

—¿Fuegos artificiales?

—Me lo ha contado Ivan, el trabajador de los tatuajes, por lo visto, en el último día de fiestas lanzan un espectáculo de cohetes para celebrarlo. No creo que sea agradable verlo desde aquí, ni desde el mirador con todos esos… Jóvenes hormonales. Así que pensé que quizás… Te apetecería verlo desde el porche.

Había cierta duda en el tono de Fiddleford, sabía que Stanford les había permitido ese “día libre”, pero no sabía si eso significaba también noche libre, solían trabajar siempre hasta tarde, no era descabellado pensar que Stanford quisiera ponerse a seguir con la construcción del portal nada más llegar.

—Suena… Bien, mientras no tenga que ver otro gori-pollo ni otro cerdo, claro.— El pecho de Fiddleford se relajó cuando aceptó el plan, riendo suavemente sin apartar los ojos de la carretera.

—¡Oye! ¡Los cerdos no tienen la culpa!

Ambos rieron, terminando en un silencio cómodo, siempre solía ser así entre ellos, no necesitaban estar constantemente hablando (aún si amaban hacerlo), era como si se trataran de dos engranajes, encajaban perfectamente, como cinco dedos en una mano de seis.

El resto de la tarde fue sencilla, se acercaron al centro de la ciudad a su restaurante de comida china favorito, pidieron sus usuales wanton mee y pollo gong bao, con un plato de jiaozi para compartir, y volvieron a la cabaña en la que convivían desde hacía meses. Al llegar, ya empezaba a bajar el sol, no es que los días fueran demasiado largos cuando era otoño en Oregón, lo cual no disgustaba a Stanford, le gustaba el ambiente misterioso que las noches en gravity falls otorgaban.

Mientras Stanford servía la comida del restaurante (si servir es el verbo adecuado, puesto que solo las abrió del recipiente y clavó un tenedor en cada ración), Fiddleford fue a cambiarse, su camisa blanca había acabado llena de manchas de fango por los cerdos y de aceite por reparar la noria, cosa que siendo ingeniero y de Texas, no es que le resultara extraño. No quiso ponerse aún el pijama, así que optó por una de sus viejas camisas estampadas, desde que pasaba el día trabajando en el portal, había dejado de usarlas para no romperlas por accidente, pero ahora no veía ninguna amenaza sobre su camisa favorita, más allá de una mancha por salsa de soja.

Pasó por la nevera antes de ir hasta el porche, cogiendo una cerveza para cada uno, y salió para encontrarse a Stanford ya sentado en la banqueta que adornaba su entrada, esperando para empezar a comer. Fiddleford le saludó con una sonrisa, sentándose junto a él mientras dejaba las cervezas y agarraba la comida.

—Gracias Stanford.— El moreno le miró confundido, ya con el tenedor lleno de comida en la boca.— Por el día de hoy, de verdad necesitaba… Esto ¿sabes?, como…

—En los viejos tiempos.

La sonrisa de Fiddleford se agrandó, mirando a sus pies, algo en Stanford completando su frase le hizo sentir que no era el único que extrañaba el tiempo en el que solo eran compañeros de cuarto en la universidad, y había exámenes y trabajos que los entretenían, pero no lo suficiente como para no poder permitirse nada de tiempo para ellos. Le gustaba trabajar con Stanford, y sabía que estaban haciendo algo muy grande e importante, algo que merecía toda su atención. Pero a su vez, Fiddleford extrañaba al Stanford que le convencía de dejar de estudiar porque tenía una idea genial para una partida de DD&MD, el Stanford que una vez le arrastró fuera del escritorio cuando la ansiedad de Fidds fue tan alta que sus dos piernas rebotaban, el Stanford que esa noche le había abrazado hasta que se calmó, el Stanford del que había pasado todos sus años de universidad enamorado en secreto. 

La gente cambiaba y eso estaba bien, porque era Stanford y le costaba pensar en una versión de él a la que no pudiera amar, pero ahora temía por él, temía que el trabajo le consumiera, que no se diera cuenta de que no podía desvivirse por una investigación, tenía demasiado miedo de no tener la suficiente fuerza para arrastrarlo fuera del escritorio cuando fuera Stanford a quien le rebotaran las piernas.

—Sí, como en los viejos tiempos.— Quizás, ese Stanford seguía ahí, solo necesitaba que le dejasen respirar.

Stanford pinchó su tenedor en la pasta, pensativo unos segundos, eligiendo bien sus siguientes palabras.

—Estoy seguro que, de aquí a un año, seremos mundialmente famosos.— Empezó.— Y sé que estarás viviendo en California de nuevo con tu mujer, puede que incluso yo ya no viva en esta cabaña.— Levantó la mirada de su comida, fijándose en las luces brillantes del recinto ferial donde acababan de pasar el día.— Pero podríamos hacernos hueco entre las entrevistas y charlas, para volver aquí, pasar el día en la feria y… Ver los fuegos.

La sonrisa de Fiddleford se tiño con algo de tristeza, la separación de ambos era inevitable, ¿verdad?, él tenía una familia con la que volver, un negocio que continuar y Stanford… Tendría todo lo que había querido, la fama, el reconocimiento, el pasar a la historia, todo lo que Fiddleford sabía que Stanford merecía. Puede que entonces, él también sentase la cabeza, se casara, tuviera hijos… La idea le dolía en el pecho, pero no podía hacer nada para evitarlo si era lo que Stanford deseaba, al fin y al cabo, él ya lo había hecho, ¿no es así?

—Eso me gustaría mucho.— Fiddleford levantó su mirada hacia las luces de la feria también, respirando hondo.— Pero creía que acabarías con tu destino antes de volver a la feria.— Siguió con una suave risa y las mejillas enrojecidas por el frío creciente.

Stanford ya no miraba la feria, no cuando el hombre de su lado tenía aquella expresión que desbordaba cariño en su rostro, no cuando sus ojos parecían brillar más que las propias luces de esta. 

—Haré una excepción.

Porque eso era para él Fiddleford, la excepción que rompía demasiadas de sus reglas, no pensó en hacer amigos en la universidad, pero Fiddleford le cautivó desde el principio; no quería un compañero de trabajo, a no ser que fuera Fiddleford; no quería tomarse días libres, pero Fiddleford necesitaba descansar; y no le encontraba sentido a enamorarse, a no ser que tratase de Fiddleford. Aun si eso era otro de los secretos que tenía que mantener lejos de todo el mundo pero, a diferencia de los demás, cada día le era más difícil guardar aquel, sobre todo cuando el instinto más primario dentro de él le pedía a gritos que interrumpiera esa sonrisa con un beso. 

Pero era un hombre de ciencias, no iba a hacerlo.

—Entonces nos veremos en un año, en la feria de Gravity falls, para que vuelvas a meterte con una adivina, es una promesa.— Rio Fiddleford, quien se giró para encontrarse con Stanford mirándole, con la misma expresión cargada de fascinación que hizo cuando vieron por primera vez las geodas vivientes.

—Te doy mi palabra.

La sonrisa de Fiddleford aumentó y, por unos segundos que parecieron horas, Stanford pensó que ser un hombre de ciencias no iba a salvarle, y acabaría haciendo caso a ese instinto que pedía a gritos poner remedio a esa enfermedad que sufría desde la universidad.

Por unos segundos, viendo el brillo en los ojos del otro y esa sonrisa cargada del sentimiento más puro, ambos pensaron que había la remota posibilidad de que lo que sintieran fuese mutuo, que la inevitable separación, no era tan inevitable.

Pero un fuerte sonido de explosión y luces blancas adornaron el cielo, rompiendo aquel pensamiento que no sabían que compartían. Los fuegos artificiales habían empezado. Y Fiddleford volvió a dirigir su mirada al cielo.

—Para lo mal montada que estaba la feria, los fuegos son preciosos.— Dijo Fiddleford, mirando asombrado el espectáculo.

—Lo son.— Stanford aún no había mirado al cielo.

 

Con el paso de los minutos y las explosiones en el cielo, Fiddleford se estremeció suavemente en el sitio, la fría noche empezaba a penetrar en sus huesos, lo que le hizo pensar que quizás no había sido una buena idea el salir fuera sin ponerse una capa de más.

Al menos hasta que notó cómo Stanford le cubría los hombros con su abrigo.

—No hace falta que…

—Vamos, cállate, estabas temblando, y yo llevo chaleco.

Fiddleford susurró un “Gracias” sonriéndole, Stanford no se atrevió a mirarle por si esa vez definitivamente no podía resistir aquel instinto. Fidds pasó sus manos por las mangas de la chaqueta, llevándolas a los bolsillos para poder calentarse las manos, notando entonces que había algo extraño en uno de ellos, sacando un anillo azulado de este.

—¿Y esto?— Preguntó Fiddleford, curioso.

—¿Mm? Ah, es una baratija que me dio la adivina, dice que si brilla en azul es porque estoy por el buen camino, y que si no se volverá negro, no es más que una tontería.— Explicó sin más importancia, pero aquello pareció llamar aún más la atención de Fiddleford.

—¿Crees que tenga algún tipo de mecanismo dentro para volverse de otro color con el tiempo?— Levantó la joya, ayudándose con la luz de los fuegos y la luna para ver si había algún tipo de circuito dentro.— No parece que haya nada, mm… Quizás simplemente es una alejandrita alterada de alguna manera, o cambia de color según la temperatura del ambiente.

A Stanford le parecía divertido, incluso tierno, como algo tan tonto como un anillo dado por esa farsante, le parecía tan interesante a Fiddleford solo por la posibilidad de que tuviera algún tipo de engranaje dentro.

—No creo que se esfuercen tanto para esto, probablemente sea un anillo corriente.

—Solo hay una forma de comprobarlo entonces.— Fiddleford cogió la mano izquierda de Stanford, colocando el anillo en su dedo anular.— Ahora solo queda observar y esperar.

Y puede que fuera la luz de la luna, o los fuegos reflejados en la piedra, pero Stanford podía jurar que la piedra se había tornado aún más azul a medida que Fiddleford la deslizaba en su dedo.

Fiddleford había conseguido, en un momento, algo verdaderamente extraño, como es dejar a Stanford sin palabras. Solo pudo asentir, retirando con lentitud su mano, sintiendo una vez más que quizás era posible que su corazón acabase saliendo de su pecho.

—¿Qué más te dijo?

—¿Cómo?— Stanford aún estaba volviendo en sí.

—La adivina, ¿te dijo algo más?— Aunque los fuegos seguían, y fue Fiddleford quien quiso verlos, de golpe parecía ya no tener interés en ellos.

—Tonterías genéricas y hechos visibles a simple vista.— Stanford alargó su mano hasta la cerveza, pero la respuesta no pareció satisfacer a su compañero, seguía mirándole expectante.— Dijo algo sobre tomar una decisión significativa que me cambiaría para siempre… Algo de una vida que termina y empieza.

—Suena importante.— Fiddleford rio un poco.

—Y créeme, fue peor dentro de la tienda, entre el incienso, las manos, — Fiddleford preguntó un “¿Manos?”, pero Stanford prefirió no indagar más.— sus cartas y que siempre hablaba en rimas o metáforas… Era un verdadero espectáculo, para alguien crédulo al menos.

—¿En rimas? Lo llego a saber y hubiera entrado a tocar el banjo para acompañarla.— Bromeó, sacándole una pequeña risa a Stanford.

—Te lo ruego, no.— Ambos rieron.— Pero sí, hizo una rima para explicarme las “propiedades” del anillo, y después dijo algo como “a nadie le gusta abrazar a una rosa con demasiadas espinas” para referirse a mis relaciones.

Entonces Fiddleford sí que se echó a reír con ganas, como si aquella frase fuera lo más gracioso que jamás había oído.

—Entonces definitivamente es una farsante.

—En realidad creo que eso es lo único con algo de sentido que ha dicho.— Decidió no decir (por ahora) lo de que era demasiado inteligente.

—Oye,-Fiddleford le dio un suave golpe con el codo, mirándole de nuevo, aun con esa sonrisa encantadora en sus labios.-Yo sigo aquí, ¿no?, eso es suficiente como para desmentirla.

Stanford sintió por un segundo que todo el aire escapaba de sus pulmones y, aún así, sonrió, porque la idea de que Fiddleford pudiera quererle en esa clase de relación, le hacía sentir que todo estaría bien. Pero sabía que no podían estar hablando del mismo tipo de amor, por lo que, riendo suavemente, volvió a mirar al cielo.

—Creo que se refería a relaciones románticas, no de amistad.

El “Lo sé” se quedó atascado en la garganta de Fiddleford. 

Quizás, el año que viene, cuando volvieran a verse en ese mismo lugar, sería por fin valiente, y le confesaría que a él no le importaba sangrar por sus espinas, que las abrazaría hasta que perdieran el filo, que sostendría aquella rosa toda su vida si se lo permitía.

Pero, en este momento, a Fiddleford solo le quedó sonreír y asentir en respuesta, volviendo a ver los fuegos. 

Quizás el año que viene.