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En un momento de profundo sentimentalismo sintió el dolor de la armadura que yacía sola en ese lúgubre y frío templo, más intenso que otras veces. No era la primera vez que iba a visitarla a esas horas y no sería la última. La noche estaba fría y el peso que cargaban se hacía cada vez más difícil de llevar.
Mu caminó a paso tranquilo, con dolor, con angustia.
Se acercó a Géminis y le acarició una de sus manos de una manera tan suave, como el roce del viento, como un suspiro; estaba fría, y no era solo metal lo que podía percibir debajo de sus dedos de aquella magnífica pieza, que, por sí sola, ya demuestra imponencia. Debajo de su toque la siente vibrar, la siente sufrir.
—Lo extrañas —afirmó sin dejar de acariciarla. Géminis traspasaba su dolor a la única persona con quien podía comunicarse. Aquella que le había calmado varias noches.
Uno de los rostros llora. Mu sintió la soledad y la tristeza. La sintió en su piel, en su cuerpo, en su corazón, en su alma. ¿Cuánto tiempo había pasado ya? Uno, dos, ¿tres años?, no lo sabía. Había dejado de contar desde hace mucho tiempo, pero cada vez era igual: Géminis sufría y él también.
—Yo también lo extraño —dijo tomando una de las caras, limpió la lágrima e inmediatamente sus ojos se llenaron de aguas saladas. Porque era cierto, él también lo extrañaba, él también sufría.
Pero ¿cómo puedes aplacar la pena de una armadura que vive por su dueño? Que fue hecho para él, para convivir con él. ¿Cómo le expresas que jamás volverá? Que tendrá que esperar a alguien más, que deberá vivir por alguien más.
Era tortuoso e incomprensible. Géminis lo acompañó en sus tormentos, en sus glorias, en sus virtudes y aun así siguió siéndole fiel. Seguía siéndole fiel. Como él. A veces pensaba cómo podría seguir sin la presencia de ese hombre que le había enseñado de todo en la vida, a amar, a odiar y a perdonar. ¿Cómo podría quitarse el sentimiento de anhelo? Porque, aunque supiera, dentro de su corazón, que él jamás volvería, seguía convenciéndose que en algún momento él cruzaría ese portal en busca de él, de ella. De ambos.
Mu se arrodilló a su altura; la acarició hasta calmarla, así como se calma a un niño que se ha lastimado, hasta que se quedó profundamente dormida. Así lo hizo, como lo había hecho todo este tiempo. Se quedó ahí hasta que Géminis dejó de llorar; dejó de vibrar de pena.
Y la pregunta ahora era, ¿quién apaciguaría su dolor? ¿Quién vendría a decirle que todo saldría bien al final? Que llegaría otra persona a ocupar el vacío que había dejado él en su corazón, ¿quién?
Dejó a Géminis descansar tranquila, en silencio, hasta que nuevamente volviera a sentir sus lamentaciones en su templo… Y volvería; subiría tortuosamente esos escalones para tranquilizarla como lo había hecho desde que Saga había muerto, hasta que por fin alguien pudiera llegar a calmar sus ansias de pertenencia.
Mientras él…
Él sufriría en silencio; él seguiría amándolo con dolor, engañándose a la espera de que llegue, hasta el último día de su vida.
