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Conociéndote y amándote

Summary:

Después de despertar en el hospital, Toga Himiko no puede recordar que pasó, como terminó allí. Lo único que siente es una sensación de estar muriéndose por dentro, desgarrándose, y la sensación de que conoce a una chica con una sonrisa dulce que la hace sentir como si todo está bien.

Notes:

Una pequeña colección de OS que se me ocurren en un universo alternativo donde Toga vive, pero donarle su sangre a Uraraka causa que pierda la memoria.
No estoy segura de cuánto voy a actualizar ni cuánto durará esta historia, más allá de unas pequeñas ideas que tengo para capítulos puntuales.
El capítulo de hoy está inspirado en el prompt de fictober "strangest thing I've ever heard" (la cosa más extraña que he escuchado)
También gracias a @lesbianneopolitan en Tumblr por dejarme usar los personajes que creo para ser las hermanas pequeñas de Toga ❤️

Chapter 1: ¿En dónde estoy?

Chapter Text

La primera sensación que invadió a Himiko cuando abrió los ojos fue el sentimiento de que había perdido algo.

Luego, una profunda confusión.

¿Qué había pasado? Sentía su mente como si estuviera llena de neblina, y hacía que fuera imposible recordar los últimos sucesos. ¿Algo en el colegio? ¿Pero qué? Su vida era la vida de una chica normal.

Que no estaba obsesionada en lo absoluto con la sangre.

Y que definitivamente su primer instinto no fue clavar sus colmillos afilados en su labio, dejando que la sangre invadiera su boca. Se pasó la lengua por los labios, saboreando. Estaba viva. De eso estaba segura. Los muertos no podían saborear la sangre de la manera en la que ella lo hacía.

Y aún así ¿por qué sentía que una parte de ella se estaba desgarrando lentamente?

Dolía.

La hacía anhelar a su familia. A sus padres.

No.

Abrió los ojos lentamente, las luces eran demasiado brillantes. Y se sentía mareada, con ganas de vomitar. Ya no era solo su pecho el que se estaba desgarrando, era todo su cuerpo. Se estaba cayendo a piezas lentamente. Rota como una muñeca. Un juguete descartado y olvidado porque no era lo que habían esperado.

Quería que parara.

Quería irse a casa.

¿Y dónde era casa?

Soltó un sollozo y trató de incorporarse, mas su cuerpo no le respondía. Trató de mover el brazo y apoyarlo en… ¿la cama? Se sentía como una cama. Trató de doblar sus piernas, pero estas estaban pesadas. Todo su cuerpo estaba pesado.

Había hecho algo malo.

Algo muy malo.

Por eso estaba aquí.

—¿Himiko-chan?

Esa voz.

No reconocía la voz.

Pero de alguna manera la sentía… cálida. Sorprendentemente cálida.

—Espera, iré por el doctor —dijo. Era una mujer. No sonaba muy mayor a ella—. Todo estará bien ¿vale? Te lo prometo.

Se forzó a voltearse en dirección hacia la voz. Su visión todavía era borrosa. No conseguía distinguir bien su figura, ni sus ropas, ni sus cabellos.

Salvo por los ojos marrones más bonitos que había visto.

Sin esperar, se fue por lo que debía ser la puerta. Quiso gritarle, rogarle que se quedara con ella y que no la abandonara en medio de la confusión. Quiso preguntarle su nombre, y como se conocían. Quiso retenerla a su lado porque la sensación de desgarrarse aumentaba con cada paso que ella daba para alejarse.

Pero su cuerpo parecía haber tenido suficiente por este momento, porque todo volvió a ser negro.

[...]

La siguiente vez que despertó no fue tan terrible. Sus extremidades parecían responderle con mayor facilidad, ya podía moverlas a su voluntad para estirarse e incorporarse. Todavía no podía recordar qué había pasado antes de venir aquí, pero la niebla de su mente ya no se sentía igual de densa. Las náuseas y el mareo habían desaparecido, al igual que la sensación de sangre en su boca, y solo tuvo que parpadear unas cuantas veces antes de que sus ojos se acostumbraran a la luz que envolvía todo el lugar.

Lo único que se mantenía con la misma intensidad era la sensación de su pecho de que se estaba desgarrando.

Como si le hubieran quitado algo demasiado importante para ella.

Solo que era incapaz de recordar que.

Con lentitud, apoyó las manos en la camilla y se incorporó. Un gran dolor la recorrió desde la parte baja de la espalda hasta el cuello, haciéndola inclinarse hacia adelante y soltar un gemido de dolor. Se obligó a inhalar y exhalar despacio, repetidas veces, hasta que el mundo pareció estabilizarse y el dolor de su cuerpo comenzó a disminuir hasta convertirse en una punzada sencilla de ignorar.

Volvió a clavarse los colmillos en los labios, y al abrir los ojos, se fijó en que llevaba una bata que le caía hasta los tobillos. Luego miró sus manos, abriendo y cerrando los dedos hasta sentirlos ligeros. No tardó en notar que tenía una cicatriz en la muñeca derecha que se extendía hasta su palma, no parecía ser reciente, pero realmente no recordaba cuando se lo había hecho.

Papá y mamá se iban a enojar mucho cuando se enteraran.

¿Y dónde estaban?

¿Dónde estaba ella?

Aparte de la respuesta obvia que era un hospital.

—Despertaste.

Levantó su mirada hacia la voz extraña, e inmediatamente frunció el ceño. Era un doctor, obviamente, juzgando por la bata blanca y la libreta que tenía en su mano. Sin embargo, no era el doctor.

Tras descubrir su quirk, sus padres decidieron que entre menos personas supieran del fenómeno que era su hija, mejor. Y dado que en las consultas médicas era esencial saber el quirk del paciente, lo mejor era que un único doctor se dedicara a tratar todo lo que tenía que ver con Himiko. Era lo mejor. Menos vergüenza para la familia.

Pero ese doctor era de estatura media y de cabello castaños, además de un poco más robusto. En cambio, este hombre tenía una complexión bastante delgada, cabello rojizo y de alta estatura. Sus facciones eran sorprendentemente más suaves, en contraste con las del hombre que siempre la atendía, que siempre la miraba con frialdad, desdén e, incluso, un poco de miedo. No habían sido pocas las veces que lo había escuchado maldecir de verse obligado a tener que tratar al monstruo que vivía con la familia Toga con tal de que su familia llegara a fin de mes.

Debería ser refrescante ver el asomo de una sonrisa por una vez, pero al mismo tiempo, solo servía para reforzar la sensación de que algo no estaba bien.

—¿Quién eres tú?

—Soy el doctor Asagiri. El director Nezu me asignó tu caso.

El dire… ¿quien?

—Te encuentras en uno de los hospitales asociados con la UA. Hemos estado atendiendo tus heridas estos últimos días. ¿Cómo te sientes?

¿La UA? La… ¿Academia de Héroes? No tenía sentido que alguien como ella estuviera allí, a no ser que hubiera terminado envuelta en la pelea entre algún villano y un héroe. Pero eso no se sentía correcto tampoco.

—¿Dónde está la chica?

—¿Que chica?

—Había una chica, aquí, cuando me desperté. Tenia ojos castaños y…

Y desprendía un aura atrapante, única.

—Ah, te refieres a Uraraka Ochako. —El doctor asintió—. Tienes suerte. Normalmente te habríamos trasladado a otro hospital, pero ella insistió para que te tratáramos en el mismo lugar que a ella y al resto de sus compañeros.

Compa…

Si esto era el hospital de la UA, entonces esa chica debía ser una aspirante a héroe. ¿Por qué a una heroína le importaría donde trataban a una simple civil como ella? Y no era solo eso… eran sus palabras… no, su presencia, que de alguna manera había sido reconfortante en esos momentos, como si ella fuera…

No, eso era estúpido, alguien como ella no podría tener ninguna clase de relación con una heroína.

—Sé que debes estar abrumada y asustada. Pero no es mi rol hacerte daño, solo quiero asegurarme de que estés bien. De lo demás se encargan los héroes. —El doctor tomó una silla cercana y la colocó cerca de la camilla donde Himiko se encontraba. Tomó asiento, y ella alejó un poco sus piernas—. Así que, por favor, necesito que me contestes ¿cómo te sientes?

Estiró el brazo derecho varias veces hasta sentirlo ligero. El entumecimiento de su cuerpo había desaparecido casi completamente, igual que el dolor. Salvo por la costilla derecha. Se llevó la mano hacia allá, y sintió una nueva cicatriz, otra que no recordaba haberse hecho.

Sus papás iban a encerrarla en cuanto descubrieran que tenía no una, sino dos cicatrices. O quizás más.

—Me duele aquí —murmuró.

—Es normal, es donde estaba la aguja. Pediré que te apliquen medicina allí.

—¿Un villano me clavó una aguja?

—¿Disculpa?

La expresión confusa del doctor la hizo encogerse, y desear no haber abierto la boca. Estúpida. ¿No había aprendido que era mejor cuando se callaba y dejaba que los demás se encargaran? ¿Desde cuándo tenía el impulso de hacer lo que quería sin pensar en las consecuencias?

Pero ya se había equivocado, entonces lo mejor era ir hasta el final.

—Es la única razón por la que se me ocurre que estoy aquí. Estuve envuelta en un ataque de algún villano y terminé herida, entonces los héroes me trajeron aquí. —O más bien, había sido esa chica Uraraka la que había insistido que la llevarán—. Todavía no entiendo muy bien por qué.

El doctor la miró perplejo un momento, y eso la hizo encogerse un poco más. De pronto, sentía esa urgente necesidad de clavar sus colmillos en alguna parte de su piel, para que el dolor y la sangre calmaran la incomodidad que había comenzado a invadirla. Afortunadamente, el doctor pareció darse cuenta de lo que su reacción había desencadenado, porque regresó a su rostro afable.

—Lo lamento. No era mi intención perturbarte. —Su tono volvía a ser afable, nada parecido a la cautela con la que estaba acostumbrada a escuchar al otro doctor—. ¿Puedes decirme qué es lo último que recuerdas?

Tratar de recordar los últimos eventos era lo más difícil. Cada que cerraba los ojos, queriendo invocar las imágenes de los eventos que habían precedido su llegada al hospital, ese era el momento donde peor se sentía. La niebla en su cabeza se intensificaba más, y aquel desgarro en su pecho se abría nuevamente y sangraba. No de la manera en la que le gustaba. No era cálida, y reconfortante. Era viscosa, y fría, y por primera vez hacía que la sangre le diera miedo.

Lo último que era claro era que estaba en la escuela, con Asaira y Kyo. Ambas desde la baranda. Viendo a los chicos entrenar. Concretamente, ella estaba viendo a Saito entrenar. Apretaba la baranda con fuerza, pensando en cómo sería, solo por un segundo, hundir sus colmillos en su piel, sentir su deliciosa sangre en su boca y…

Basta.

Esos pensamientos no eran correctos. No debía olvidarlo. Debía encerrarlos en una caja y empujarlos lejos donde nadie sospechara de su existencia.

—Estaba en la escuela, con mis amigas.

—¿Y cómo se llamaban?

—Asaira y Kyo. —Contuvo el aliento—. ¿Están bien? ¿El ataque… no les pasó nada?

—No te preocupes por ellas. Seguro están bien. No hubo ningún ataque.

Exhaló, con una mezcla de alivio y confusión. Por un lado, le alegraba que Asaira y Kyo no hubieran sufrido ningún daño. Eran increíbles. Las amaba. Y si algo le hubiera pasado a ellas, si hubieran muerto, no estaba segura de si habría podido soportarlo. Pero por otro lado, no entendía, si no hubo ningún ataque ¿entonces qué hacía ella aquí?

—Entonces, si no hubo ningún ataque ¿cómo llegué al hospital? ¿Por qué tengo tantas heridas? ¿Y dónde están mis padres? —Se mordió el labio. No midió su fuerza. Sintió la sangre al instante en su boca, no le importó por una vez—. ¿Saben que estoy aquí? Si no llego a casa se van a enojar y…

—Respira.

—¡No quiero que se enojen por algo que no hice!

—No lo harán. —El doctor bajó su voz. Aquello, lejos de calmarla, hizo que se pusiera más nerviosa—. No te tienes que preocupar por ellos.

—Entonces ¿saben que estoy aquí? ¿Van a venir?

El hombre hizo una pequeña pausa.

—Ellos saben que estás aquí.

Había un mensaje detrás de aquellas palabras. En el caso omiso que hizo a su segunda pregunta. Saben que estás aquí, pero no van a venir a verte. Incluso ahora, a pesar del desprecio, de las miradas despectivas y del rechazo y los ocasionales golpes y encierros, no podía creer que ellos simplemente… la abandonaran.

Podían odiarla, pero seguía siendo su hija ¿no? Podían llamarla una vampiresa demoníaca chupasangre, pero seguro que se preocupaban lo suficientemente por ella para asustarse al saber que estaba en el hospital.

A no ser…

Empezó a temblar, abrazándose a sí misma y encogiéndose en la cama. Como si pudiera desaparecer con ese simple gesto a un lugar donde las cosas fueran mucho más sencillas.

¿Había hecho algo malo para que ellos ya no quisieran verla? ¿Dejado que sus instintos la dominaran? No. Claro que no. Había sido una chica buena, amable, normal. Debía haber un error.

Sintió las lágrimas quemarle los ojos, y la garganta cerrarse. ¿Que había hecho para que finalmente sus padres le dieran la espalda? ¿Y qué había de Saki y Naoto? ¿Sus hermanas también la odiarían?

No debería llorar, los monstruos no tenían derecho de llorar.

Quería irse a casa.

Aunque aparentemente ya no tenía una.

Quería a su familia.

Aunque probablemente ellos le habían dado la espalda.

Quería…

Que dejara de doler.
—Yo no hice nada. Lo que sea que crean que hice, no fui yo —susurró, con la voz agrietada—. Lo juro. Fui una buena chica. Una chica normal.

—Toga-chan…

—¿No es así? —Levantó la mirada—. ¿Qué fue lo que hice?

Se convirtió en el monstruo que sus padres siempre le dijeron que era.

Incluso el doctor lo pensaba. Ahora podía verlo en sus ojos. Quizás su sonrisa fuera afable, y su tono también, pero en su mirada… no era exactamente desprecio, ni miedo, o rechazo, no era ninguna de las miradas que estaba acostumbrada a recibir. Era algo más como… reproche, quizás. A aquello que no recordaba haber hecho.

Aun así, no parecía dispuesto a recriminarle algo que antes.

—Perdiste mucha sangre, es realmente un milagro que sobrevivieras —explicó con la misma tranquilidad—. Aunque el peligro inicial ya pasó, debes guardar reposo y recuperarte. Eso es todo lo que importa.

—No me está escuchando, necesito entender qué pasó. —Se llevó la mano a la cabeza, y apretó sus cabellos sueltos con fuerza, como si aquel gesto pudiera despertar sus recuerdos—. ¿Por qué estoy aquí?

—No soy la persona adecuada para responder esas preguntas. En cuanto te encuentres más recuperada, permitiré que los héroes ingresen a explicarte. Por ahora, si no te sientes extraña, descansa.

Debería callarse, bajar la cabeza, aceptar lo que le decían. Pero no era justo. Si el doctor no le iba a responder las preguntas que tenía ¿entonces quién lo haría? Apretó los labios. Por una vez, quería quejarse, cuestionarle, obligarle a que le dijera las respuestas que estaba buscando.

Podía ser que eso fuera otra señal de lo rota que estaba, de lo mucho que se había transformado en ese monstruo que sus padres temían, porque las buenas chicas no peleaban con la autoridad.

Fue la única razón por la que bajó la cabeza y no dijo nada hasta que el doctor se fue.

Toga Himiko estaba acostumbrada a la soledad. A solo tener muy pocos amigos, porque así era menos agotador fingir. A que sus hermanitas hace tiempo solo se limitaran a saludarla, y nunca la invitaran a sus juegos. A que sus padres fingieran que no existía, y cuando lo hacían, era para regañarla, pegarla o encerrarla. No era nada nuevo.

Pero esta soledad se sentía mucho más fría, y dolorosa, y la odiaba.

Se llevó la mano cerca de la boca, y mordisqueó la piel por encima. Recordaba una vez que se había mordido, acostada en la cama. La sangre brotó de la herida, con intensidad, y cayó hacia las sábanas y el suelo. Cuando su madre entró, la agarró de la oreja, y le gritó un montón de cosas que ya no recordaba. Luego, la llevó a aquella pequeña alacena en la cabeza, y la encerró hasta el siguiente día. Ni siquiera fue su madre quien la sacó, o su padre, si no Naoko, que a veces tenía miedo de ella, pero que susurraba que tampoco le gustaba escucharla llorar.

El recuerdo casi hizo que se detuviera. Casi. Porque esta vez su madre no iba a entrar por esa habitación. Y si aparentemente ya había perdido la familia a la cual trató de pertenecer desesperadamente durante años, entonces ¿qué importaba? Así que mordió con fuerza. Clavó sus dientes en su piel y no se detuvo hasta que sintió como la perforaban y manchaban su boca de sangre.

Sintió deslizarse aquel líquido por su piel.

Manchó la camilla.

Manchó su ropa.

La manchó a ella.

No estaba bien.

Pero nada lo estaba.

Volvió a acercar su mano hacia sus dientes y esta vez mordió con más fuerza mientras se recostaba en la camilla. Ni siquiera se inmutó ante toda la sangre que brotó.