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Por extraño que pareciera, él sintió que algo lo atraía hacia allí, lo llamaba. Lucerys inclinó la cabeza hacia el cielo, contemplando la imponente estructura, la Fortaleza Roja se había construido durante el reinado de Aegon I y se concluyó durante el reinado de Maegor I. La edificación era inmensa y con un característico color rojo haciendo honor a su nombre .
Lucerys trago, intimidado por un simple castillo que ha permanecido en pie como parte de la historia de Poniente. El castaño bajó la vista y leyó el panfleto que había conseguido al pagar su entrada al lugar, que ahora funcionaba como un museo.
Leyó un breve resumen sobre la dinastía Targaryen y su reinado desde sus inicios, hasta que la monarquía soltó su corona para convertir a Poniente en una democracia.
Hoy en día Poniente está dividido en secciones, como lo estuvo antes de Aegon I, y cada “estado” elegía a su gobernante de turno, aunque las grandes familias del medievo seguían conservando su título y riqueza. Aquello no ha cambiado mucho, escucha solamente que al pueblo se le más.
Decidido Lucerys se encaminó rumbo al castillo, en el lugar había mucha gente rodeándolo, hablando y cuchicheando.
— ¿Sabías que Aerys II ocultó bombas de fuego valyrio justo debajo de nosotros?
—¿En serio?
—Dicen que aún sigue ahí, escondidas
Lucerys no prestó más atención a las voces de la gente, concentrando su atención en todos los detalles arquitectónicos del lugar, sabía que el castillo databa de hace poco más de mil años, pero el castillo se mantenía en excelentes condiciones, era como viajar en el tiempo.
Y de pronto… no hubo más gente, no hubo más ruido, se encontraba solo, el silencio era ensordecedor, ni siquiera el canto de las aves se escuchaba.
—Hola? — Se aventuró a hablar, pero lo único que contesto fue su propio eco, el pánico comenzaba a invadirlo y el silencio a asustarlo, dio unos pasos intentando chocar con lo que sea que le ayudase a despertar de esa ilusión, porque tenía que serlo, aquello no podía ser real.
—No deberías estar aquí—. Lucerys giró asustado, lo que vio le quitó las palabras, frente a él, una mujer de cabellos plateados se mostró, ella lucía afligida pero sería. —Si sabes que estás aquí, no te dejará ir
—Quien, ¿Quién no me dejara ir?
—Él te ha esperado.
El ruido y el barullo vuelve, la gente choca con el y se disculpan, pero Lucerys no les pone atención, aún está aturdido por lo que le acaba de pasar, no comprende que ha sido aquello. ¿Un sueño o una ilusión? Pero todo se veia tan real y la mujer… estaba seguro de que él la conocía de algo.
—La reina Helaena Targaryen fue la octava reina de Poniente, fue la hermana-esposa de Aegon II Targaryen y también fue una víctima mortal de la guerra civil conocida como Danza de Dragones.
Lucerys perdió el aliento ante el enorme retrato que se alzaba en uno de los muros del palacio,Ahora pensaba que todo debía ser, si o si, un sueño.
Era imposible que hiciera tan solo minutos estuviera hablando con la antigua reina.
Estaba comenzando a hiperventilar, su respiración estaba agitada, su cabeza zumbaba y al fondo solo podía escuchar una palabra.
Una que lo hacía temblar y curar la sangre.
—Taoba
Ahora el lugar estaba a oscuras, la estancia vuelve a estar abandonada, el salón apenas está iluminado por la luz de los relámpagos y el estruendo lo hace estremecer.
Un nuevo rayo cae y el lugar se ilumina, Lucerys puede ver algo al fondo del lugar, es una estructura.
Está rodeado por lo que piensa el, son espadas, apiladas y forjadas para formar el inconfundible Trono de Hierro.
Lucerys se acerca, porque no solo es el Trono lo que ve, hay algo más.
Un destello de plata llama su atención y al estar casi al pie de los escalones lo ve claramente, su cuerpo tiembla y su respiración se agita.
Es un hombre, su rostro desfigurado cubierto por un parche sobre su ojo izquierdo, Lucerys quiere correr, pero algo lo mantiene paralizado en el lugar.
—Lykiri—. Es un eco de su propia voz en una lengua ahora muerta en Poniente. —Ryptēs, rībās—. No sabe porque, pero ese hombre frente a él le despierta un miedo incomparable, su cuerpo sigue temblando, pero no puede hacer que se mueva para huir.
—He estado esperando por mucho tiempo, sobrino—. No es un idioma común, pero lo entiende y por alguna razón se le hace conocido, la voz es amenazante, lo que añade más al terror que siente Lucerys por quien yace sentado en ese trono. —Y ahora, no te irás—.
Lucerys le siente acercarse, pero nuevamente el ruido invade sus oídos, la gente se amontona a su lado ya el le cuesta mucho regular su respiración.
—Aemond Targaryen fue el segundo hijo varón del rey Viserys I Targaryen y un participante activo durante la Danza de los Dragones, de hecho fue por su mano que el conflicto pasó de la diplomacia a la guerra. Al ser el causante de la muerte de su segundo sobrino Lucerys Velaryon, hijo de su hermana mayor, la princesa Rhaenyra Targaryen.
Y como si fuese una avalancha, millas de recuerdos pasaron ante sus ojos.
Las bromas, las peleas, los susurros, las acusaciones, los dragones, el fuego, la guerra, el trono.
Toda una vida, una vida que había sido suya hace siglos, pasó por sus ojos y su respiración se agitaba a medida que comprendía que ir ahí había sido un error.
Debió mantenerse alejado, debió escuchar a Jace cuando le dijo que no fuera a King 's Landing a buscar respuestas a sus preguntas. Tal vez su hermano sabía más de lo que decía y ahora estaba ahí.
—Debiste marcharte cuando viste a Helaena—. Otra presencia, un hombre, parecido a las dos personas que había visto, Lucerys soltó un respiro tembloroso.
—Tío Aegon—. El hombre detuvo su bebida a medio camino y miró a su sobrino con sorpresa, una sorpresa que fue cambiada por lástima.
—Ay, sobrino, no deberías recordar nada—. Y entonces Aegon señaló algo a su espalda, Lucerys no comprendia que era asi que giro en la misma dirección y sus ojos se abrieron con sorpresa. Definitivamente jamas debio ir ahi.
—¡Llamen a emergencias! ¡No está respirando! —. Lucerys no cabía de la impresión al verso a sí mismo, tendido en el piso de ese lugar, rodeado de chismosos y de gente que intentaba ayudarle.
Pudo ver como alguien le hacía compresiones en el pecho para después intentar darle respiración de boca a boca.
No había palabras en la boca de Lucerys, solo el horror dibujado en sus facciones al comprender lo que estaba pasando.
Él estaba muriendo.
Quiso gritar, pero su boca estaba cubierta por una mano, era grande, delgada y fría.
Su cuerpo se estremeció cuando quien sea quien lo aprisionaba se acerco aun mas a él, para susurrarle al oído.
—Es hora de pagar tu deuda—. Su boca se abrió, pero de ella no salió ningún sonido, aun y cuando esa mano aún lo mantenía sujeto. —Bienvenido a casa, Taoba—.
Eso fue lo último que escuchó antes de ser arrastrado a la oscuridad de un abismo, rodeado solo del frío, del agua y de cadenas que lo mantenían sujeto a una montura y a Aemond Targaryen guardando por él.
