Chapter Text
— ¡Respira por favor! —. Le rogaba temblando a la hermosa joven que perdía la conciencia a mis pies.
Era la noche del 23 de septiembre, el frío primer día de otoño, y bajando de mi caballo me acerqué aterrada sin tener idea de qué hacer, noté las lágrimas bajar por sus mejillas y sus delgados largos dedos tratando de alcanzar algo en su cuello mientras se retorcía en el piso. Rápidamente tomé mi cuchillo y le corté la gargantilla morada de piedras preciosas que parecía estar iluminando el pasto en el que cayó.
"Melodita", susurré sorprendida antes de voltear hacia ella quién, con demasiada dificultad, estaba tratando de ingresar aire en sus pulmones.
— ¡Señorita!¡¿Estás bien?!¡¿Puedes hablar?!
No hubo más respuesta que un agitado sonido proveniente de su faringe y una última lágrima que cayó antes de perder la fuerza necesaria para abrir los párpados.
"Sálvala" gritaba el recuerdo de la mujer de silueta blanca de mi sueño antes de salir de mi cama esa tarde.
Traté de recordar todas las clases de primeros auxilios de la academia y con las manos temblorosas rompí el delicado y elegante cuello de su vestido con todas mis fuerzas para orar por haber aprendido correctamente aquella charla sobre resucitación cardiopulmonar.
Después de varios intentos y no obtener resultados positivos, un sudor frío recorrió mi espalda y bajo la desesperación sujeté su nariz y pegué mis labios a los suyos, soplando mientras le rogaba abrir los ojos con la mente.
Finalmente, su pecho pareció inflarse con esto, comenzó a toser y levantó la cabeza para escupir algo al lado suyo con los ojos tan enormes y oscuros como las nubes que se movían sobre nosotras.
— ¡Gracias a la Diosa! ¡¿Estás bien?!¡¿Puedes hablar!?— inconscientemente tomé sus sonrojadas mejillas y me sorprendí al sentir que estaban ardiendo en fiebre.
Por supuesto, sabía que la causa de esto era la Melodita.
— Sí—. Me respondió en un tono monótono y serio pero débil, como si en vez de estar al borde de la muerte hubiera despertado de un sueño pesado.
— ¿Cómo te llamas?
Me miró confundida y frunció el ceño por unos instantes, como si ni siquiera ella misma lo recordara.
— Yu… ki… ?
Por costumbre, supongo, esperé que también me preguntara lo mismo, así que preparé una incómoda presentación personal, pero creo que no le importaba mucho en un momento como este, puesto a que no agregó ni una sola palabra después. Entendí que después de haberse salvado de la muerte, algo como el nombre o la procedencia de una desconocida no eran cruciales en su mente, por lo que continué:
— ¿Dónde vives?
-—No te importa—. Dijo seria y directamente, no me pareció grosero en esa situación.
Cuando pareció despertar un poco más, trató de levantarse pero cayó sobre mí, no pude con el peso de ambas y caímos al piso. Sentí mis mejillas igualar o incluso superar el calor de las suyas, llena de vergüenza me apresuré a levantarme.
— Perdón no quisiera ser entrometida pero… —. Le ofrecí mi mano para levantarse cuando noté que ya ni siquiera podía ver nuestras sombras, una oscura nube había cubierto el sol casi por completo. — Si no te molesta que sea yo la que lo haga, podría llevarte a casa antes de que caiga la tormen...
Como por invocación de mi boca un trueno cayó estrepitosamente haciendo huir a mi caballo y a mi, soltar un chillido agudo sujetando su mano tan fuerte que debí haberla lastimado.
— Ah lo siento—. Murmuré antes de ver a mi medio de transporte alejarse de nosotras aterrado. Solté un ansioso suspiro, tratando de pensar una forma de llegar a un lugar seguro.
— Yo conozco un lugar—. Se levantó y trató de dar un paso apuntando hacia el camino contrario pero cayó de nuevo.
Esta vez no fallé en sujetarla, pasé su brazo sobre mi cabeza y sujeté su cintura con la otra mano. En ese momento algo en mi pecho se agitó, supuse que se trataba del alivio y la emoción por la oportunidad de estar a salvo.
— Bendita sea la Diosa ¿Podrías guiarme, Yuki?
Ella asintió y caminamos juntas.
Su cálida e inexpresiva cara al lado de la mía se sentía extrañamente cómoda, después de vivir como ermitaña rodeada de fríos papeles y herramientas por años, esperaba que estar tan cerca de otra persona sería mucho más nuevo e incómodo que esto, pero la realidad me sorprendió gratamente.
Probablemente sea solo por estar en una situación de emergencia, pero tal vez podría acostumbrarme y sentirme bien con este tipo de situaciones. Sí, incluso podía sostener tan cerca a una joven que acababa de conocer, incluso le había dado respiración de boca a boca sin sentir el asco que me habría imaginado. Siendo positiva, la señorita Mochizuki, mi prometida, era igual de desconocida que esta señorita, así que mis preocupaciones podrían ser vanas y yo tendría más capacidad de afectación física de la que había imaginado, podría hacer esto. Eso esperaba. Eso debía.
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Llegamos a una cabaña simple y espaciosa "Donde no hay nada" se leía en un cartel sobre la puerta con letra oscura. Parecía ser una cafetería humilde de estilo minimalista, completamente hecha de cemento gris y de forma cuadrada. Ella abrió la puerta y empujó mi cuerpo para que la ayudara a entrar, pensé que probablemente sería la dueña del lugar.
— ¿Mafuyu?— dijo una desordenada chica saliendo de una puerta al fondo.
No podía creer lo que veía, era la misma silueta blanca que había visto en mi sueño aquella tarde, esos grandes y oscuros ojos heterocromáticos mirándonos con desentendimiento a través de ese desordenado cabello blanco que parecía haber sido verde en algún momento, atado en dos coletas desiguales extremadamente largas que caían sobre su vestido, también blanco, dejando ver sus pequeños pies descalzos tocar el frío y húmedo piso como si nada.
Corrió hacia la débil chica y me ayudó amablemente a cargarla hasta la habitación de la que había salido y la dejó caer en una pequeña cama de hierro con sábanas grises sin cabecera, con una sola almohada blanca. Ella cayó graciosa y elegantemente en el duro colchón, no pude evitar pensar que, aún en ese estado, temblorosa y frágil, cada acción que realizaba tenía la armonía y suavidad de un cisne.
— ¿M-Miku?— susurró débilmente con los ojos aún cerrados. Supuse que ese era el nombre de la chica descalza.
Puso una mano sobre la frente de la enferma y la retiró rápidamente como si se hubiese quemado con su piel.
— Está... ¿Ardiendo?—. Parecía hablar lentamente, pensando seriamente en el significado de cada palabra, tal vez era extranjera y todavía estaba aprendiendo nuestro idioma.
— Tenía un collar de melodita.
Las cejas de Miku se cerraron levemente, no parecía conocer el significado de lo que dije.
— No te preocupes, va a estar bien para la mañana, por suerte se lo quité antes de que los daños sean irreversibles y... —. Sentí mis mejillas enrojecer al recordar nuestros labios juntos—. Ehm.. no te preocupes estará bien.
Debido al susto, no había procesado mi primer beso hasta ahora. Esa tarde salí de la academia confiando que iba a entregárselo a mi prometida que estaba esperándome en casa. Por alguna razón, me sentí algo culpable.
— Mafuyu...—a pesar de lo monótono de su voz podía sentir su preocupación.— ¿Va a estar bien?
Por alguna razón sentí que quería tranquilizarla, le sonreí con los ojos y tomé sus manos en las mías.
— Sin duda estará perfecta en la mañana, solo necesita un poco de descanso.
Me devolvió la sonrisa débilmente, apretando mis manos con firmeza e hizo una inclinación.
— Disculpa ¿Puedo saber tu nombre?
— Ah si, disculpa. Soy Yoisaki Kanade, estoy volviendo de la academia para mi ceremonia de mayoría de edad.
— Ya veo —. pareció algo desilusionada pero levantó la cabeza —. Muchas gracias por salvar a Mafuyu, Kanade.
"Sálvala" volvió el recuerdo de esa misma mujer en mi sueño, esa mujer exactamente igual a ella. Esos ojos grandes y vacíos me recordaron a los de Yuki ¿”Mafuyu”?. Como se llame, ya estaba fuera de peligro y respiraba con normalidad en lo que parecía un profundo sueño.
— Perdona mi intromisión pero ¿Sabes si esta chica tiene algún enemigo o persona que desee hacerle daño?.
Se mantuvo en silencio por un rato, no sabía si estaba pensando en la respuesta que daría o si estaba pensando en lo absoluto, después de unos segundos articuló.
— Lo siento, no lo sé.
Asentí comprendiendo que era una pregunta muy personal de mi parte para ser una desconocida, a pesar de eso mi mente seguía vagando en preocupación; la melodita era un elemento tan discreto como mortal, desde el descubrimiento de las piedras mágicas, su uso estaba estrictamente regulado en todos los reinos en los que se había encontrado y estando en Asahina era extremadamente difícil de encontrar, difícilmente alguien le dió ese collar por accidente y, lo peor de todo, la persona que se lo hubiera dado, definitivamente tenía el poder necesario para desafiar a la corona de esa forma.
Un estruendoso trueno interrumpió mis pensamientos, ví como Yuki hacía una mueca de molestia y dolor con los ojos cerrados.
— Está sudando, eso es una buena señal.— comenté tratando de tranquilizar tanto a Miku, que la miraba con preocupación, como a mí misma.
Asintió mirando a la chica recostada en la pequeña camita al lado del sofá en el que me invitó a recostar y me pasó una manta suave con un cojín, ambos del mismo tono gris que el sofá.
— ¿Te gustaría una taza de té?— preguntó suavemente mientras se dirigía a la puerta.
— Estoy bien, no te preocupes por mí. Muchas gracias.— antes de que pudiera terminar, la muchacha de pelo desteñido desapareció.
Sabía que no era buena idea dormir en un lugar que no conocía rodeada de extraños pero llevaba viajando todo el día, había perdido mi caballo, había soportado el susto de presenciar un asesinato perpetrado con la piedra más asquerosa conocida por la alquimia y había entregado mi primer beso a una desconocida que con suerte no volvería a ver en la mañana, todo en el día de mi compromiso, al cual no había llegado.
Estaba tan exhausta.
No pude evitar dejarme llevar por el sonido de la lluvia cayendo estrepitosamente en el tejado, la enorme vela quemándose en la mesita de luz y la profunda respiración de la envenenada chica frente a mí. Caí en un sueño profundo.
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Estaba en la tranquilidad oscura de mi habitación en la academia rodeada del suave eco de una tormenta a lo lejos. Cuando al fin terminé la limpieza de una piedra, me quité los lentes protectores para admirar el típico brillo que producen después de ésta, era un celeste azulado con tonos lila lanzando una luz tranquila pero constante y relajante, sentí como el sueño y el cansancio volvían a mi cuerpo después de días de trabajo.
La luz, por su lado, a pesar de que acababa de nacer, iba en un aumento atípico. Después de unos segundos aumentó tanto que iluminaba toda la habitación.
Esto ya no era normal.
"Sálvala" dijo la inexpresiva chica de coletas blancas y vacía mirada heterocromática desde dentro de la luz.
— ¿Miku?
Salté de mi asiento y sentí un sudor frío recorrer mi cara mientras mis dedos temblaban a mis costados y mi boca no podía producir ni un sonido.
Ella solo me miraba con los grandes ojos vacíos de brillo, repitiendo con una voz suplicante pero a la vez monótona "sálvala".
Desperté gracias a el estrepitoso ruido de un trueno pero sentí como el sudor frío de mi sueño seguía en mi cara, miré a mi alrededor y recordé mi situación actual; la mujer durmiendo a mi lado había estado al borde de la muerte en mis brazos hace apenas unas horas y ahora se encontraba reposando pacíficamente conmigo.
A pesar de la estrepitosa tormenta molestando mis oídos, mis ojos estaban siendo bendecidos por una preciosa escena; el solo hecho de poder mirar la relajada expresión de su rostro dormido me tranquilizaba profundamente.
Sus largas pestañas descansando en esos enormes ojos delicadamente cerrados, con cada trueno fruncía el ceño y se acurrucaba más en la delgada y pequeña manta que apenas la cubría, me dí cuenta de lo alta que era, demasiado alta para la pequeña cama en la que yacía incómodamente, a pesar de todo, elegante y encantadora como jamás había visto.
No pude evitar acercarme e, inconscientemente, colocar un objeto alquímico en el que estuve trabajando todos estos meses entre sus dedos. Se trataba de un relicario plateado con una joya color celeste en su interior, lo había creado reflejado en mi propia angustia, pero creí que alguien sufriendo efectos de la melodita lo necesitaría más.
Alcé la mirada a sus tiernos y rosados labios que, levemente abiertos, respiraban suavemente, cada vez que los veía me recordaban a mi apresurado primer beso que le había regalado en desesperación por regresarla a la vida. Perdida en estos pensamientos no pude notar que esos labios se estaban moviendo.
—¿Tengo la cara sucia?
Me sobresaltó tanto que casi caí, me alejé inmediatamente y sentí mis mejillas ruborizarse mientras negaba con la cabeza.
—S-s-solo… yo… cof cof… quería darte eso—. Apuntando al relicario—. Es un elemento alquímico-curativo tal vez te ayude a sentirte mejor mientras te recuperas—. Miré hacia un costado avergonzada.
—¿No puedes dormir?
Asentí tratando de cambiar de tema y alejar mis vergonzosos pensamientos anteriores.
—La tormenta hace más ruido de lo que estoy acostumbrada.
—Es solo una lluvia otoñal, las tormentas empezarán en unas semanas. Pero supongo que en la academia de investigación los muros son gruesos. —dijo inexpresivamente como si me hubiera leído por completo y se levantó.
—¿Cómo supiste que yo…
—Tu caballo tenía libros en la montura, no creí que vinieras de una familia minera.
Por primera vez noté lo perspicaz que era, su habilidad para notar los detalles más pequeños en cualquier situación que no coincidía para nada con la mirada vacía y desinteresada que sostenía constantemente.
— Gracias.
— ¿Eh?
— Por el collar. Gracias—. Inclinó la cabeza en agradecimiento pero por alguna razón pareció una reverencia de disculpas.
— No te preocupes, por favor quédatelo. Lo hice para ayudar a alguien que lo necesite, si ese alguien eres tú y te sientes perdida en tus sentimientos sólo oprime la piedra del centro como un botón. ¿Okay?
— ¿En mis sentimientos eh?—. Soltó una oscura mezcla entre un suave suspiro y una silenciosa risa burlesca.
— ¿Te duelen los brazos?
Negó con la cabeza.
— Tal vez tengas efectos de dolor muscular pero siempre y cuando tus uñas no se pongan moradas vas a estar bien—. Le ofrecí la expresión más tranquilizadora que pude—. Aún así creo que consultar a un médico no sería malo.
— Gracias.
Dejé de hablar abruptamente, creí que su molesta y seria expresión era resultado de mi preocupada charlatanería. En ese entonces jamás me habría imaginado todo lo que pasaba por su cabeza.
Se dirigió pesadamente a la puerta.
—¿A dónde…
— El té de tilo es lo mejor para el insomnio.
Entonces recordé que cuando desperté me preguntó si no podía dormir.
— Por favor no te preocupes por mí, definitivamente podré dormir ahora.
Ignorándome salió de la habitación lenta y cansinamente, en silencio. La seguí inconscientemente, los pasos de nuestros pies descalzos se perdían en el ruido de la tormenta. Miraba su fina y recta espalda desde atrás y me sentí consciente de como la mía estaba constantemente en una ligera curva.
Cualquiera diría que Yuki y yo éramos el tipo de personas menos indicadas para sostener conversaciones, en algún punto dudaba de si estaba en otro sueño que parecía demasiado real.
— Así que estabas en camino a tu ceremonia de mayoría de edad, es curioso. Yo estaba huyendo de la mía.
— ¡¿Eh?!
— Para ser sincera de no ser por ese anillo juraría que tendrías unos quince años.
— ¿Eh? — Exclamé esta vez con un tono más herido desilusionado.
La ví contener la risa y soltar un inaudible “pfft” lo cual me irritó aún más.
— Ugh eso no tiene importancia—. Tomé un sorbo de mi taza de té tratando de enfatizar mi molestia.
Se encogió de hombros.
— Qué tierna—. Oí que murmuró por lo bajo antes de, ella también, tomar un largo sorbo.
Sentí que me ruborizaba hasta las orejas, había sido llamada muchas cosas en la vida pero “tierna” no era una de ellas, al menos no desde que tenía memoria. No tenía idea de qué hacer con este inusual y nuevo sentimiento.
Descubrí su basto conocimiento en todos los tipos de alquimia, a excepción de la alquimia curativa, puesto a que no se encontraba en su rutina de estudio. Me extrañó tanto que una persona así haya caído en un envenenamiento por melodita, pero decidí no preguntarle más sobre aquel oscuro evento.
No lo mencioné pero el hecho de conocer a una chica de mi misma edad que vivía en el mismo pueblo y conocía sobre alquimia me pareció una suerte tan increíble que me sentí bendecida por primera vez en años.
En ningún momento pensé en preguntarle su verdadero nombre, profesión o familia, pero aún así siento que verdaderamente la conocí aquella noche, más de lo que conozco a nadie.
