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Al límite

Summary:

SPOILERS DEL FINAL DEL MANGA:

Katsuki está empeñado con devolverle el sueño a Izuku, pero con tal de lograrlo, alcanzó el límite.

Soy visionaria, y este fic puede tomarse como spoilers del volume 42

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Inhala, exhala.

 

Inhala.

 

Exhala.

 

Llegó tambaleándose con sus propios pasos a la puerta de su departamento. Rebuscó las llaves en el pantalón de camuflaje negro, manchado de polvo y sangre del villano al que derrotó. Intentó una, dos, tres veces meter las llaves en el cerrojo, porque la cabeza le daba vueltas, encima tenía la vista nublada, y los brazos le pesaban por patrullar veinticuatro horas.

 

Suspiró aliviado al escuchar el click del cerrojo, y empujó la puerta de un caderazo. Entró, y lo primero que hizo fue dejarse caer sobre el escalón que tenía en la entrada del hall. 

 

Se sentó para quitarse las botas. Su respiración seguía pesada, inhalaba, exhalaba, una y otra vez. Las botas de combate pesaban como cinco kilos cada una, mínimo. Las apoyó a un costado y luego bajó el cierre de su traje. Se lo quitó para quedarse en musculosa y en pantalón. El hedor que inundó sus fosas nasales le hizo fruncir el ceño de una forma que hasta le dio vergüenza por si mismo.

 

Frenó por un segundo. Apoyó los codos en las rodillas, hundió la frente entre sus manos. Inhaló.

 

Llegaba a las tres de la mañana al departamento que tanto le costaba mantener. Entre que comía algo y luego se duchaba, terminaba durmiendo cuatro horas. Se levantaba a las ocho. Arrancaba la rutina a las nueve. Se clavaba otro patrullaje de ocho horas mínimo para la agencia de Jeanist. Si tenía energía, (mejor dicho, disciplina), metía horas extra. Mínimo cuatro. Así llegaba a las doce horas, fácil. ¿Y a las veinticuatro? Aceptaba una misión de alguna agencia pequeña o clandestina, motivado por el objetivo que lo mantenía de pie:

 

Izuku se merecía el futuro que soñó toda su vida, y él fue uno de los mayores obstáculos en su camino. Ahora, se aseguraría de jamás entrometerse, y enmendar los errores del pasado.

 

Exhaló.

 

—Vamos. — Murmuró para afuera, se levantó del piso con la ayuda de un empujón.

 

Tenía que cenar. Luego ducharse. Dormir.

 

—Dynamight. — El llamado de Jeanist cortó el aire. Katsuki apuró el paso para salir de la oficina de su jefe, antes que…: —¡Bakugo!

 

Los vellos de la nuca se le erizaron. 

 

—Qué.

 

La manija de la puerta estaba fría al tacto.

 

—Mírame cuando te hablo.

 

Respiró profundo. Su mente maquinaba a mil por minuto: el próximo patrullaje, tenía que mantenerse despierto, todo por los yenes extra; el traje de Izuku. 

 

Giró la cabeza, pero no el cuerpo. Los ojos helados de Jeanist penetraron hasta congelar su alma. Le recorrió un escalofrío.

 

—Si vuelves a aceptar una jornada por fuera de tu horario de trabajo, te despido.

 

Ahí sí que se dio vuelta.

 

—¡¿Qué?!

 

—No te lo voy a repetir.

 

Tic. Tac. Tic. Tac, tiqueaban las manecillas del reloj. Un barullo de conversaciones, palabras sueltas y gritos se alcanzaban a oír desde el pasillo.

 

—Puedes retirarte.





Las piernas le fallaron en el camino de la sala de estar a la cocina. Logró caer sobre el sillón, el insulto por su debilidad atorado en su garganta.




—Bakugo, ¡¿dónde estas?! Yaoyorozu está por perder la cabeza, si no traes los regalos…

 

—¡E–Stoy! e… Camino! — La estática interrumpía el mensaje. 

 

—¿Recién vas por Kamino? ¡¿No habías terminado tu jornada hace tres horas?!

 

—Est… y…ndo, im…ecil! 

 

—¿¡Tomaste horas extra!?

 

Le colgó al instante. Katsuki salió del tunel a todo lo que le daban las piernas, el traje se le pegaba al sudor de su cuerpo. El cansancio agitaba su respiración. Sacó el celular otra vez y se alivió al ver que tenía señal, después de estar desconectado por horas en esa misión subterránea de mierda.

 

Los mensajes le entraron como una catarata: casi veinte de Kirishima, tres llamadas perdidas de Yaoyorozu, Uraraka y Mina. De Izuku tenía ochenta mensajes. Seguramente, todos eran por la organización de la fiesta: Jiro y Kaminari abrieron sus agencias y esa noche lo celebrarían en un salón que alquilaron entre todos, durante la noche que tenían libre.

 

Menos él, que a último momento aceptó una misión clandestina en donde le ofrecían una suma millonaria de yenes. Con esa cifra, no solo le alcanzaría para pagar el alquiler, las expensas, y por encima de todo: llegaría a cubrir un tercio de los gastos para el traje de Izuku.

 

Abrió los dos últimos chats en su torrente de notificaciones: a David Shield le avisó que la transferencia se la haría mañana, y a Hatsume le hizo algunas correcciones sobre su interpretación del funcionamiento de Gearshift.

 

Guardó el celular y con sus explosiones se dirigió a su departamento, donde entró por la ventana, dejó su ropa tirada, desnudo entró al baño, se duchó. Agarró el traje con menos arrugas, se vistió, corrió a la sala para recoger los regalos que le compró a cada uno, y salió.

 

—Yaoyorozu te va a matar. — Kirishima lo recibió con la cara pálida de la preocupación. 

 

Aunque estuvieran en el hall de entrada, se escuchaba el bam, bam, bam, de la música que seguramente Sero manipulaba detrás de una mesa de DJ. Los chillidos de Kaminari y Jiro interrumpían el son de la canción, las risas de Mineta, Aoyama, Mina y Uraraka, victimarios de la situación.

 

—Ya, ya…

 

—Era a las ocho. — Kirishima golpeó su reloj de muñeca que marcaba las 22:03.

 

—Para trabajar turno noche, llegué temprano. — Levantó los hombros con indiferencia y lo pasó por el costado. —¿Dónde dejo esto? — Levantó las bolsas mientras caminaba hacia atrás.

 

No podía negar que, en el fondo, la chispa de la vergüenza le provocaba acidez.

 

—Dáselos. Ya.  Pero… ¡Espera! — Kirishima se acercó en tres zancadas, pero Katsuki apuró el paso hacia la puerta que daría con la fiesta:—Sé que no me quieras escuchar, pero ¿te das cuenta que ya no tienes el control sobre el proyecto?

 

La bronca que reemplazó la acidez fue como la de un volcán preparándose para la erupción. Frenó en seco y gruñó:

 

—Qué mierda dices.

 

—Hoy es la noche de ellos. —Señaló Kirishima al origen de la música, chillidos y canturreos. — Y llegaste dos horas tarde. Tu proyecto puede tardar unos días más, no hay fecha límite, ¿cierto?

 

—¡No puedo tardar meses en pagarle a los que trabajan para mí!

 

—Pero puedes flexibilizar el tiempo que le dedicas…

 

La puerta por detrás de ellos se abrió y la música de cachengue cortó su discusión:

 

—¡Qué esperan! — Izuku respiraba con fuerza, entornaba las cejas en un profundo enojo que pocas veces había visto: —¡Yaoyorozu te va a matar!

 

Katsuki gruñó y pasó por el costado de Izuku, llevándose puesto su hombro, sin querer. Pero él lo frenó agarrándolo de la muñeca.

 

—Kacchan. Qué pasó. —Entre la furia, la preocupación brilló en sus ojos.  Relajó los hombros, pero afianzó el agarre. No tenía intenciones de dejarlo ir sin una respuesta.

 

Katsuki respiró breve.

 

—Trabajo.

 

El brillo de preocupación se transformó en una sutil decepción, agria a la digestión.

 

A todo eso, su estómago rugía del hambre. Pero no se podía mover: el peso de su vida era tan grande que sus musculos se inmobilizaron. Los párpados le cayeron naturalmente sobre los ojos, la oscuridad dándole la bienvenida al sueño…

 

A la distancia escuchó el crujido que hacía la puerta de su departamento al abrirse. La adrenalina corrió por sus venas. Saltó del sillón con los puños en alto: no por algo a sus veintitrés años era reconocido en el top diez.

 

Respiraba pesado. Luchaba contra la gravedad que lo empujaba al piso. Cuando la puerta se cerró y escuchó unos pasos apurados que se sabía de memoria, su esfuerzo se esfumó y volvió a caer sobre los acolchonados y benditos almohadones del sillón.

 

Izuku, con el cabello enrulado para todos lados, la camisa desabotonada en el cuello y por fuera del pantalón, con sus zapatillas rojas , (que solo usaba en su departamento, porque su madre, Uraraka, y él le prohibieron que fuera así a dar clase), apareció por el hall de entrada. Se frizó cuando lo vio sentado. 

 

—Kacchan.

 

De solo escucharlo, su corazón latió.

 

—Qué mierda haces aquí.

 

No había veneno en su voz. Solo sorpresa.

 

—¿Qué hacías trabajando para los Escarabajos? —La voz de Izuku era frágil, un débil susurro. Sus pupilas vibraban mientras miraba en derredor: estaba descolocado por la ropa tirada por el suelo. Fruncía la nariz de la fina capa de polvo de la que era alérgico, que cubría la mayoría de sus muebles que una vez por semana se ocupaba de limpiar.

 

Fue como si le hundiera una navaja en el centro de su pecho, de forma lenta y dolorosa. Porque Izuku no debería saber que después de derrotar al villano de la semana para la agencia de Jeanist, Katsuki se reunía con los Escarabajos. Una agencia que actuaba en las sombras, desmantelaba los vinculos de políticos corruptos con las yakuzas más subterráneas e importantes del país: su principal fuente de ingreso. ¿Cómo carajo lo había descubierto?

 

—Kacchan. ¿Qué… Está pasando contigo?— Caminó paso a paso, acercándose al sillón donde él aguardaba, inmóvil. Sólo escuchaba su voz, que de forma muy contradictoria, teñida por enojo, sentía como una caricia que no recibía hacía años.

 

—Vete. —Habló su razón por encima de sus sentimientos. Tenía que cubrir el aceleramiento de su corazón. No podía quebrar ante la mínima muestra de afecto.

 

”No intentes ganar esto por tu cuenta ”, ¿te suena?



Más que un recuerdo formal, fragmentos de perforaciones en el estómago y el hombro le sacudieron el cuerpo con un escalofrío. El rostro de Shigaraki cubierto de sangre, zarcillos negros y rojos que desprendía de su cuerpo: la primera guerra. 

 

No reaccionó de otra forma más que mordiéndose la lengua. Tampoco que tuviera fuerza para ladrarle. Con naturalidad se apoyó contra el respaldo del sillón.

 

—Kacchan…—Se pasó una mano por el cabello, por fín, ordenándolo. Izuku, además de rendido, parecía agitado. Ansioso. Con su mirada recorría todo: a él, a su departamento minimalista. Por aquí o haya habían pilas de papeleo que debía para el trabajo. Una fina capa de polvo sobre la mesa donde nunca cenaba, porque prefería hacerlo desde el sofá y la mesa ratona, donde miraba la TV. —Dúchate. Yo… Voy a cocinar algo para cenar.

 

—Puedo hacerlo solo, vete. —Mintió. Se dormiría ahí mismo, en esa posición. Despertaría con un calambre, pero qué importaba. Desayunar fuerte compensaría la falta de la cena, y luego, a trabajar.

 

—No, no… — Y literalmente dio la vuelta al sillón. Le puso las manos encima para ayudarlo a levantarse. Él se resistió, le quitó las manos, pero estaba tan débil que Izuku le ganó en seguida. 

 

—Hoy trabajas. —Musitó Katsuki mientras Izuku lo abrazaba de la cintura y pasaba su otro brazo por sobre su hombro. Lo invadió su aroma, la colonia barata que compraba siempre en el supermercado, desde que tenía dieciseis. La que él siempre lo burlaba por usar. Ahora, era más que bienvenida, y se dejó sumergir con ella. Se dejó conducir por Izuku a través del pasillo de su apartamento.

 

—Ochako me reemplaza. Le pedí que de una clase de rescate; es su especialidad.

 

Me estas rescatando ahora mismo.

 

—Mhm. — Respondió. Podría interpretarse como cualquier cosa, pero desacuerdo era lo correcto.

 

Izuku lo dejó en el baño y marchó a la cocina. Katsuki se desvistió. Tomó asiento en las cerámicas frías de la ducha. El agua le caía por sobre los hombros, bajaba por su espalda, le quitaba toda la mugre. Su estómago gruñía y su corazón latía fuerte. 

 

El aroma de Izuku no lo abandonó. Podía recordarlo como si estuviera impregnado en su piel. Y le dio asco, quería que el agua se lo quitara. Se refregó con el jabón, shampóo, con todo lo que tenía. Pero el recuerdo seguía vivo y fogoso en la piel de gallina.

 

Escuchaba las sartenes colocarse sobre hornallas, alacenas que se abrían, platos o vasos que tintineaban. Cubiertos. Tabla de cortar, donde chop, chop, chop, vegetales eran cortados en tiras o cubitos. No sabía que era lo que preparaba, pero mientras el agua le recorría el cuerpo, largaba vapor, se mezclaba con el aroma de comida que venía desde la cocina.

 

Salió del baño envuelto en una toalla y, con toda la ropa sucia, caminó hacia su habitación. Acomodó lo mugriento en el canasto de la ropa sucia. Se vistió con unos joggings y la camisa más ancha en su armario. Estaba cansadísimo, tanto así, que estuvo minutos sentado sobre la cama, dormitaba.

 

Le tocaron la puerta. 

 

—¿Kacchan? ¿Estás bien?

 

—Sí.

 

—¿Puedo pasar?

 

—Mhm.

 

De un caderazo, Izuku abrió la puerta: en sus manos llevaba una bandeja con dos platos abundantes de aroma a curry, vasos llenos de agua, cubiertos, y el frasquito de salsa de tabasco que Sero le trajo de México.

 

El corazón se le cayó al piso. Le bajó la presión. Jamás, además de su madre, tuvo a alguien que lo tratara así.

 

—¿Te molesta que comamos aquí?

 

—No. —volvió a mentir, porque en una situación normal, jamás lo habría permitido. Una cosa era comer sobre el sofá viendo la tele. Otra, en la cama. Donde uno DORMÍA.

 

Se recostó sobre el umbral de su cama king size, (el único esfuerzo que había hecho fue comprarse la mejor cama del mercado, la más grande y cómoda para alguien tan solitario como él.) Izuku tomó asiento al lado izquierdo, y ambos se lanzaron sobre la comida como si sus vidas pendieran de ello. Literal.

 

Katsuki era muy crítico con la comida, pero para lo hambriento que estaba, no le molestó que los cubitos de papa y zanahoria fueran pequeños, o que el arroz no estuviera más al dente como prefería. De todas formas, el tabasco le subía una barbaridad de puntos a la comida. Y a medida que se llenaba, el estrés y la ansiedad que punzaban su frente desaparecía. El calor de la comida en su estómago, el peso que lo inclinaba para la izquierda de la cama, lo confortaban. Ver a Izuku por el rabillo del ojo disfrutar de su comida, le provocaba un cosquilleo en el vientre.

 

Al terminar, no pudo evitar raspar el plato con los palillos. Los lamió. Jamás hubiera hecho eso en una situación normal. 

 

—¿Cómo estás?—El susurro que le llegó fue como un mimo al alma, tan resquebrajada y cubierta de polvo por años de haberse alejado de sus amigos. Obsesionado con un objetivo que aún tenía que cumplir.

 

Katsuki respiró. El nudo que lo ahogaba seguía ahí, pero el aire pasaba como si fuera por un espacio finito. Se limitó a asentir.

 

—Mhm. — Escuchó la satisfacción de Izuku.

 

Katsuki dejó su plato en la bandeja que Izuku había traido: —¿Cómo me descubriste?

 

Izuku tragó la comida que masticaba.

 

—Te comportabas raro y no dabas pistas. Pero investigué, me contacté con Tsukauchi… Habían casos donde mafiosos de la yakuza tenían restos de un líquido blanquecino imposible de identificar en sus ropas… Pero era asociable con la nitroglicerina. —Se hincó de hombros.

 

Ah, mierda . Se había vendido.

 

—Fue fácil.

 

—Cuando dí con eso, sí. Descubrí todo. Los casos en los que estuviste involucrado y tu relación con los Escarabajos. 

 

—Hijo de puta.

 

Izuku esbozó una media sonrisa, agridulce.

 

—¿Y por qué te metiste con ellos?— Izuku lo miró de reojo. Comió el último bocado de su plato.

 

El aire de su habitación se puso tan helado como cuando estás en un acantilado, caminando sobre una cuerda floja. Un paso en falso, y la muerte te espera al fondo del abismo.

 

La verdad era que necesitaba el dinero para terminar su proyecto: el traje que le devolvería su sueño. Pero tenía que ser una sorpresa. Estuvo años planeándola como para cagarlo todo ahora.

 

Se relamió los labios. Ansioso. ¿Qué diría?

 

—Por la experiencia.

 

Izuku soltó el tenedor. Repiqueteó sobre el plato.

 

—¿Por la experiencia ? —Le alzó una ceja. 

 

No le creía ni medio.

 

En el intento de parecer tranquilo, se recostó contra los almohadones que tenía por detrás: —La yakuza es más peligrosa que cualquier villano. Son más inteligentes. Estratégicos…

 

Izuku no contestó, y su silencio lo inquietó un poco. Lo miraba desde arriba, mientras él estaba recostado. Katsuki bostezó: sus músculos se hundían sobre el colchón, el sueño volvía a nublarle un poco la vista.

 

Izuku suspiró, y su expresión seria se relajó. Mismo la sensación angustiante que reinaba en su habitación se disipó. Izuku quebró el contacto visual, y empezó a levantar los platos. Katsuki estiró el brazo para impedírselo, pero él se paró, bandeja en mano.

 

—Yo me encargo.

 

—¡Ni se te ocurra!

 

—No te puedes ni levantar de la cama.

 

Kastuki dejó caer su brazo a su lado, inamovible. Gruñó.

 

—Déjamelo a mí.— Izuku también estaba cansado: sus ojeras por debajo de los ojos eran predominantes. Aún así, le sonreía.

 

—Mañana lo lavo. —Insistió.

 

Kacchan. —Le dijo en camino a la puerta que conducía al pasillo. Le echó una mirada por encima del hombro, recriminante. —No puedes hacer todo por tu cuenta. Ahora, confía en mí. 

 

Tragó la vergüenza que le escocía la garganta. Respiró. 

 

Izuku apretó los labios, suspiró por la nariz. —Duerme bien. — Y salió.

 

—Gracias. —El grito se escapó de su garganta. 

 

El corazón retumbó en su pecho. Los pasos de Izuku se detuvieron por el pasillo.

 

—No hay de qué. — Escuchó. 

 

Katsuki inspiró profundo.

 

Al rato, se abrió la canilla y un repiqueteo de platos y cubiertos se perfiló hasta llegar a sus oídos.

 

Cerró los ojos sobre la almohada, ni llegó a cambiarse de posición. El sueño le venció en seguida, el único rival contra el que había perdido en los últimos meses.



***

 

Despertó con un fino halo de luz sobre los párpados. Katsuki gruñó, se removió entre las sábanas, con sus músculos todavía… Espera … Podía mover las piernas sin que le dolieran. Sentía que se hundía sobre el colchón, producto del cansancio, pero no era un dolor calamitoso como de costumbre.

 

Le cayó la realidad de golpe. Abrió los ojos y saltó de la cama, buscó su celular sobre la mesita de luz… ¡No estaba! ¡Se había olvidado de ponerlo a cargar porque Izuku había venido!

 

Como no tenía un reloj de escritorio, (hoy en día, ¿quién tenía?, los celulares eran la salvación), lo primero que se le ocurrió fue abrir la persiana…

 

…La luz brillante del día lo recibió con un cielo azul y despejado. Encontró al sol sobre los edificios en la zona oeste de la región de Tokyo.

 

—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

 

¡Era pasado el mediodía !

 

No solo llegaba tarde a su trabajo en lo de Jeanist, ¡sino que su jornada terminaría en unas horas! ¡Dos o tres como mucho!

 

Buscó en el armario el traje de héroe que tenía siempre de repuesto: todos los héroes almacenaban un arsenal de trajes porque se rompían o quedaban sucios de las misiones.

 

—¡Kacchan! — Apareció Izuku por la puerta, con la cara desfigurada por el susto, mientras Katsuki estaba en calzoncillos, intentando meterse en el pantalón de su traje.  

 

—¡QUÉ CARAJO HACES AQUÍ!

 

—¡PERDÓN! — Cerró de un portazo. 

 

Katsuki sintió las mejillas calientes. Pero la furia mezclada con la vergüenza le escoció en el estómago, aún lleno de que había comido la noche anterior. 

 

—¡Qué carajo haces aquí, Izuku!

 

—¡Te dije que Ochako me reemplazaba…! —Respondió distante, por la puerta que los separaba.

 

—¡Y eso qué tiene que ver!

 

—¡Que me tomé el día para estar contigo! ¡Lo necesitas!

 

—¿De qué estás hablando? —La incredulidad le raspó la garganta, y reanudó el tema de empezar a vestirse. Se abrochó el cinturón. — ¡Yo tengo que ir a trabajar!

 

—¡NO!

 

—¡No qué! — Dijo mientras subía el cierre del traje hasta llegar a su cuello.

 

—¡Por que tenemos de hablar!

 

—¡No hay nada de qué hablar! — Lo último que le faltaban eran las botas de combate que había dejado en el hall de entrada. 

 

Entonces, abrió la puerta de su habitación una patada, que se estampó contra la pared en un estallido. Izuku dio una salto para atrás justo a tiempo: tenía los reflejos intactos a pesar de no ejercer el heroísmo hacía años.

 

Katsuki no se dejó conmover por el susto en su mirada y el shock que le quitó la respiración. Caminó determinado en búsqueda de lo que le faltaba para salir al trabajo.

 

—¿Puedes parar ? ¡Estamos hablando ahora mismo!

 

—Izuku, la puta madre que lo parió, ¡por qué mierda no te callas!

 

—¡PORQUE HABLÉ CON JEANIST, Y LE DIJE QUE NO IRÍAS HOY…!

 

—¡¿QUÉ CARAJO TE—?!

 

—...¡Y PORQUE QUIERO QUE ME EXPLIQUES QUÉ MIERDA SON ESTOS RECIBOS!

 

Para ese momento, Katsuki ya estaba a una nariz de Izuku. Él le estampó en el pecho un montón de papeles que Katsuki atajó antes de que se le pudieran caer, el grito de Izuku revertebrando aún en sus tímpanos.

Con solo ver los números anotados en cada recibo a su nombre, alcanzando una cifra millonaria de yenes en total,  y con el destinatario de la agencia de David y Melissa Shield en los Estados Unidos, el alma se le cayó al suelo. Sintió como si se estuviera resbalando en la cima de un acantilado.

 

—¡Qué me estás ocultando!— Nunca había visto a Izuku tan furioso, gestualizando de forma extravagante con los brazos. La amargura, frustración y decepción que exponía mientras se desnudaba sentimentalmente: —Cuando encontré tu relación con los Escarabajos no fue difícil darme cuenta que no trabajabas con ellos por la experiencia . —Puntualizó, y se quedó callado, penetrándolo con sus ojos esmeraldas, tan filosos como la gema que exponían su media-mentira como si fuera el peor pecado capital del planeta. —Te conozco, ¡jamás te meterías con una pandilla así! ¡Los Escarabajos son corruptos entre ellos, te asesinan si no cumples con sus tareas; una vez que te metes con ellos, no sales! Era obvio que necesitabas el dinero. ¡Pero para qué !

 

—¡Y a tí qué te importa en qué uso mi dinero!

 

—¡Porque vives en una pocilga, Kacchan! La vacha de la cocina se tapa fácil, (no creas que no me di cuenta) —Lo acusó con el dedo. — Polvo en todos lados, cuando eres la persona más pulcra que conozco, ropa en el piso… ¡Una alacena llena de sopas instantáneas! ¡Jamás comerías eso a no ser que estés en problemas! Es obvio que estás armando un proyecto grande, además te escuché hablando de eso con Kirishima durante la fiesta de Jiro y Kaminari…

 

…Mierda

 

—...Y a todos a los que le pregunto por ese proyecto y por qué es tan secreto, ¡no saben qué decir! ¡Sus mentiras son tan obvias! Ni Ochako me lo quiere contar, ¡y es mi novia !

 

Sus palabras se clavaban bien profundo en su pecho, más porque venían de la persona que más había aprendido a querer.

 

Creyó que el tema de Uraraka lo tenía superado, pero el vacío que le oprimía el pecho la simple mención de la palabra novia , era inconmensurable. Si fingía demencia e ignoraba el tema, vivía bien. Solo cuando los veía juntos, y recordaba lo que eran, que quería huir para escapar de las ganas de la realidad que no quería ver. Siempre regresaba a la soledad que lo acompañaba día a día. Al estar lejos, podía olvidarse de ellos y seguir adelante.

 

Izuku respiraba más tranquilo. Se reincorporó después del silencio:

 

—Está bien si no me lo quieres contar…— En sus ojos brillaba la mentira. Katsuki sintió como una decepción a sí mismo le arrancaba el alma de su cuerpo y le daba frío.—...Pero esto me preocupa. Hace meses que no salimos a cenar, o a beber un trago en un bar, o no sé! ¡Entrenabamos juntos, armabamos estrategias! Cuando fui a la universidad, me acompañabas a estudiar mientras hacías otra cosa… — Izuku tragó saliva, apretó los labios y negó con la cabeza, completamente rendido, crudo ante él. —Te extraño. Y quiero saber qué te pasa. Eres mi mejor amigo.

 

Katsuki cerró los ojos por un momento breve. Inhaló y exhaló por la nariz. La mente se le puso en blanco, solo podía sentir un vacío opresor en su pecho, no había forma de describirlo.

 

No puedo hacerlo, no puedo hacerlo, no puedo…

 

Izuku tenía los ojos a penas rojos. Era obvio que se guardaba las ganas de llorar.

 

Entonces, sus piernas lo dirigieron a uno de los muebles de su pequeño departamento. Izuku lo seguía con la mirada, confundido, pero atento. Katsuki abrió el primer cajón. Sacó dos carpetas tituladas: “Trabajo”, que apoyó a un costado. 

 

Sacó una madera que simulaba ser un piso. Allí vio los cuadernos de apuntes que había escrito durante el último año en la U.A con las primeras ideas del proyecto, y una carpeta que almacenaba todo el financiamiento. Porque lo que Izuku había encontrado, eran recibos que no contenían información, sino constancias de pago sin explicitaciones.

 

Con el corazón retumbándole en los tímpanos, se acercó a Izuku y le entregó el cuaderno y la carpeta: literalmente su alma y vida en forma tangible. Como si se estuviera sacando un peso enorme de encima de los hombros, pero al mismo tiempo, el peor sentimiento de insatisfacción y derrota le cayó como si una cascada. 

 

Izuku empalideció cuando empezó a hojear el cuaderno, el mismo que él utilizaba para escribir apuntes sobre los héroes que veía a diario durante la escuela. El mismo en donde Katsuki anotó todo lo que sabía sobre el One For All, su funcionamiento, y la versión zero del traje que estaba armándose, gran parte en los Estados Unidos y un poco en Japón, bajo tutela de Hatsume.

 

A Izuku le fallaron las rodillas y Katsuki lo atrapó antes de que se cayera. Ambos se sentaron enfrentados. Izuku no dejó de hojear el cuaderno. Murmuraba con incredulidad lo que leía, palabras que para él no tenían sentido porque no las podía escuchar: lo envolvía una estática abrumadora. Un silencio blanco, un constante pitido que podría volverlo loco si no se detenía.

 

Izuku sollozó, se cubrió la boca con la mano, pero al instante rompió en un llanto de alegría, confusión, extrañeza, todo lo podía descifrar con solo verlo reír, pero al mismo tiempo putearlo de arriba a abajo: lo leía en sus labios, lo veía en el brillo insolente de sus ojos, en cómo Izuku se le tiró encima y lo abrazó como nunca antes lo hizo en su vida.

 

Katsuki devolvió el gesto con delicadeza. Permaneció en silencio mientras el otro lloraba. Y cuando pasó lo suficiente, Izuku se separó y enjugó los mocos con el antebrazo.

 

—¿Por qué? —Respondió con un hilo de voz.

 

—Porque mereces recuperar tu sueño… Y porque te amo. — Se le escapó, de forma tan natural que el abombamiento que sentía fue liberado como una onda expansiva.

 

Izuku curvó un oh con sus labios, la palabra murió en su garganta. La felicidad y emoción se esfumaron y fueron reemplazados por una sorpresa que destacó el silencio en la habitación.

 

Tan solo eran Izuku, el amor de Katsuki escrito en palabras dentro de cuadernos y plata gastada en forma de recibos, y obviamente, él, de carne y hueso. Helado hasta los pies. El corazón roto en mil pedazos. Por la sorpresa que dejó de serla, porque al fin se sinceró con su mejor amigo, y los meses de incomodidad que le aguardaban.

 

—Por favor, no digas nada. —Ni le sorprendió que su voz saliera trémula, débil. —No busco nada, no quiero nada. Hice esto porque te amo, y ya. Tienes novia y me alegro por tí. Sólo… Ugh. —Tuvo que mirar al techo, no podía ser que sintiera un escozor avergonzante en los ojos.

 

—...¿Puedo preguntar… Desde cuando?

 

Cerró los ojos: —No sé. Tenía sentimientos fuertes hacia tí, hasta que lo descubrí. Simplemente, pasó. — Le ardía la garganta: jamás le confesaría que lo descubrió porque se puso celoso de Uraraka, o que durante el secundario tuvo sueños explícitos que siempre quiso olvidar, pero no podía. Quería pegarse a Izuku de mil formas diferentes, pero no era correspondido. Por lo que se vio obligado a superar.

 

Pero nunca pudo dejarlo atrás, seguramente, por los años en los que estuvo fijado con devolverle su sueño. 

 

Además… Tampoco es que quería desapegarse por completo de esos sentimientos. Porque estar enamorado lo ayudaba a completar su objetivo, le daba otra razón más para seguir luchando, aunque muy en el fondo… No quería aceptar que no fuera correspondido.

 

La verdad ya había salido a la luz. Ahora, no había vuelta atrás. Y la realidad tampoco cambiaría. Izuku y Uraraka seguirían juntos. Él, por otro lado, intentaría reconstruir su vida.

 

—Gracias… Por confiar en mí. —Izuku le dijo en voz baja, rompiendo por completo su hilo de pensamiento.

 

—Quería que fuera una sorpresa. —Cambió de tema y tragó saliva, pero ni eso sirvió para que pudiera impedir el temblor en sus labios, la humedad en sus ojos… 

 

—Se te fue de las manos…. Y lo agradezco, pero si esto implica que vivas así, yo no lo quiero. Además, estoy bien con ser profesor, y…

 

—No seas un puto imbécil porque no estuve años planeando esto para que no lo quieras. —Le importó una mierda que estuviera llorando en silencio. Las primeras lágrimas rodaron por sus mejillas cuando se encontró con su mirada esmeralda, preocupada por la forma en la que sus cejas se inclinaban. —Voy a seguir luchando por esto. Porque no tolero más luchar solo.

 

—Está Todoroki, Kirishima…

 

—...¡No es lo mismo! Vivía entrenando contigo, eras mi rival, ¡maldita sea! Ibamos a para ser el héroe número uno, ¡pero no con ellos! Y tu también lo extrañas, porque cuando se trata de salvar a alguien, siempre estás ahí. Tu novia puede dar una clase práctica de rescate porque es a eso lo que se dedica, pero tú me estás salvando ahora mismo.

 

—Kacchan…—Izuku quebró el contacto visual, negó con la cabeza…

 

—Ni se te ocurra regañarme. Porque yo voy a seguir con esto hasta que puedas ponerte el traje. —Afirmó, y empezó a juntar las cosas que Izuku había desperdigado por el piso.

 

—No, Kacchan, escúchame. —Lo detuvo con un agarre firme en su muñeca. Enlazaron sus ojos en una mirada que se sotenía con fuego: —No puedo permitir que lo hagas, viviendo así. Menos trabajando para los Escarabajos.

 

—¡Son la mejor fuente de ingreso que tengo!

 

—¡Nunca pensé que caerías tan bajo! ¡Lo que haces es ilegal y lo sabes!

 

—¡No es ilegal si estoy juntando información sobre ellos para luego desmantelarlos por completo!

 

—¡Ah! —Izuku se echó hacia atrás y aplaudió. —Así que por ahí va.

 

Katsuki sonrió, por primera vez en el día. —No soy tan idiota como crees.

 

—Está bien, pero la rutina que tienes es insostenible. Si no venía para ayudarte, no sé como hubieras resistido otra semana más. 

 

Suspiró, porque tenía razón.

 

—Bien. ¿Entonces podrías proponer cómo mierda juntar los fondos?

 

—Eso me va a llevar tiempo, pero encontraré la manera. —Apretó los labios. —¿Me prometes que bajarás un cambio? Yo te ayudo con lo que falte.

 

Katsuki lo miró. Él estaba tan sereno, con los ojos hinchados por el llanto, la respiración un poco entrecortada, las ojeras aún predominantes. El cabello despeinado. El mismo corazón bondadoso de siempre, al plato para todos.

 

—Ayudarás con los fondos, yo me encargo del resto. Quiero conservar algunos detalles en secreto.

 

Izuku asintió. —Está bien, después de todo, la versión zero cambió mucho desde que iniciaste el proyecto, imagino.

 

—Mhm.

 

Se quedaron en silencio unos instantes. En su pecho, latía armonioso su corazón, no abrumante, pero constante. Se sentía emocionalmente desnudo frente a Izuku, pero más que frío, lo envolvía calor.

 

Izuku se paró, y le extendió la mano. Juntos se levantaron y callados se dirigieron a la cocina: no habían comido nada desde que despertaron. 

 

Mientras Izuku batía unos huevos y Katsuki calentaba agua para el té, le dijo lo último que le generaba cierta desazón, molesta como la nota desafinada en una armonía.

 

—Izuku. —Él se volteó, aún batiendo con los palillos. —Sobre lo que te dije… —Se rascó la nuca, y tomó aire profundo. Descubrió que Izuku frenó por un milisegundo antes de seguir con el tac-tac-tac-tac- del batido: —Estuve tan enfrascado en el proyecto que… Creo que por eso nunca pude superarte del todo. —Mientras lo decía, le ardía el corazón, si eso tenía algún sentido: —Ahora que lo sabes y estarás involucrado en los fondos, estarás más cerca que antes…

 

—Necesitas distancia. Está bien, lo entiendo. —Terminó de batir, y colocó la preparación sobre la sartén caliente, que empezó a chiflar con el aceite. Revolvió con los palillos para crear un huevo revuelto cremoso: —Me mantedré al márgen, me comunicaré contigo solo cuando…

 

—No. —Negó, al tiempo que el agua hirvió en la pava. —No quiero contacto directo. Habla con All Might, yo lo pondré al tanto. Dile que te encargarás de lo financiero, pero que él se contacte conmigo, o cualquier no sé, lo que organicen ustedes. Díganme a quién le tengo que transferir el dinero, y yo lo hago.

 

—...Okay. —Sonó un poco desconcertado, hasta dolido, se atrevería a interpretar. —Está bien… Pero… Solo para saber…

 

—¿Mhm? —Preguntó mientras servía el té en las tazas con los saquitos.

 

—¿Me dirás cuando estarás listo?

 

Katsuki frenó en seco, y se volteó: —Claro. No me pienso distanciar para siempre. 

 

Izuku apretó los labios en una sonrisa, mientras servía el desayuno en cada plato.

 

Luego, pasaron un trapo por la mesa que siempre estaba sucia, en la que Katsuki nunca comía, porque tenía cuatro sillas, y él siempre estaba solo.

 

Tomaron asiento y comieron tranquilos, después de tanto revuelo.

 

—Qué mierda le dijiste a Jeanist. —Le preguntó después de tragar una porción de huevo revuelto; no se hablaba con la boca llena.

 

—Que estabas deplorable y necesitabas descansar. 

 

Katsuki echó la cabeza hacia atrás, soltó un lamento: —Me lo va a descontar.

 

—Sep. Lo siento. —Esbozó una mueca.

 

Katsuki cerró los ojos. Pero no estaba molesto. Al contrario, sentía paz: sentado en la mesa que nunca usaba, rodeado de comida deliciosamente picante. En frente, su mejor amigo, la persona que amaba pero aprendería a desamar (románticamente hablando, claro). Porque estar enamorado le servía como motivación, pero no le aportaba nada a su realidad. Tenía que seguir adelante, quizás así, dejaría de enroscarse con su objetivo. Que si bien era noble, la exigencia que se había puesto lo hizo caer tan bajo como nunca se imaginó.

 

—Al menos… Ahora sé que cuento contigo. — Murmuró.

 

Izuku lo escuchó, porque suspiró satisfecho.





Notes:

A nivel personal, siento que este es uno de mis mejores fics. En cuanto a narrativa y temática, la forma en la que fui cerrando cada cabo que fue apareciendo. Estoy muy conforme. Ojalá a ustedes también les guste.