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El departamento se encontraba tranquilo, se oía de fondo el sonido de la televisión en un canal cualquiera de deporte, junto a las pisadas del pequeño perrito, dirigiéndose a la cocina, en busca de uno de sus dueños.
Dentro de esa cocina pintada completamente de blanco e iluminada con el sol que entraba por la ventana, se encontraba Lisandro. El joven de mechitas rubias leía con atención en su teléfono, aquella receta de budín de limón que encontró en internet hace unos días, mientras revolvía con cuidado la mezcla.
– Polito, no – Exclamó, cuando su pequeña mascota le lloriqueo para que le convide algo de lo que estaba preparando – No te puedo dar nada de esto, te va a hacer mal, además, es para la merienda de tu papá, gordo.
Tratando de ignorar los reclamos de su hijo de cuatro patas, terminó de revolver y pasó la mezcla al molde, para llevarlo directamente al horno precalentado.
Mientras terminaba de limpiar, tarareando cualquier canción que se le vino a la mente, escucha la puerta principal y unos pasos cansados adentrándose al interior de la casa. Se limpia bien las manos y sale de la cocina para ir directo al living.
La imagen que se encontró cerca de la puerta le deja un mal sabor de boca. Cristian, su Cristian, se encontraba con la carita cansada y la mirada perdida en algún lugar del suelo, mientras se sacaba la campera y la mochila para colgarlas en el perchero que estaba junto a la entrada.
– Cielo…– Susurra Lisandro con una voz suave.
Cristian solo lo mira y eso es todo lo que Licha necesita para acercarse a él.
Con cuidado y suavemente, lo sostiene para llevarlo al sillón situado en el centro del living. Se deja caer entre las almohadas del mueble, llevando consigo al morocho y lo envuelve con fuerza entre sus brazos, el contrario suspira y se acurruca todavía más en el cálido abrazo que le ofrece su novio.
– ¿Querés hablar, amor? – Pregunta con tranquilidad el de mechitas, mientras le hace mimos en el pelo a su pareja.
– Fue un día muy pesado y estoy cansado – Dice bajito y sube su mirada para encontrarse con esos ojitos que le hacen sentir tantas cosas – No tengo muchas ganas de hablar, Li – Susurra.
– No hay problema, entonces nos quedamos toda la tarde así, juntitos, mi cuti – Dice besando despacio la frente de su pareja.
– Gracias amor – Dice Cristian mirándolo.
– No me tenés que agradecer nada, Cris, yo estoy para apoyarte y sostenerte, cielo.
– Te amo Li, muchísimo – Dice acercándose para besarlo despacio.
– Yo te amo mucho más, mi cielo – Susurra Lisandro con una sonrisa sobre sus labios.
Se abrazan más fuerte y se acurrucan en el calor del otro, sintiéndose con una paz inexplicable.
Así pasan el resto del día, abrazados en el sillón mientras ven un partido, con mates y comiendo el budín de limón que hizo Licha, intercambiando besos y palabras dulces.
Para el final del día, con Cuti mirando a Lisandro dormir aferrado a su pecho, este se da cuenta de que es todo lo que necesitaba.
Un abrazo.
