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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-10-18
Words:
3,655
Chapters:
1/1
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1
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333

Resarcimiento

Summary:

Un segundo encuentro tendría lugar entre Afrodita y Shun en el templo de Piscis. Uno que esta vez se daría bajo las condiciones del Santo de Oro.

Notes:

Esta historia es un regalo para nuestra querida amiga, admirada artista y fiel compañera de rare ships. ¡Feliz cumpleaños, Abyss! Muchas gracias por inspirarnos con tus dibujos y tus geniales ideas, por compartir con nosotras lo que amas y por simplemente ser vos 💖

Work Text:

Afrodita nunca dejaría de lamentar la forma en que se había dado su enfrentamiento con Andrómeda. Tan apresurada, tan física, tan innecesariamente violenta.

Cuando supo que los Santos de Bronce se acercaban, creía saber qué esperar. Podía figurarse a un grupo de niños impetuosos, no muy distintos a los más jóvenes de su generación, quienes apenas recibieron sus armaduras se consideraron listos para matar dioses y titanes con las manos desnudas. Pegaso parecía encajar con ese perfil a la perfección, asegurando que para cuando ellos dos terminaran él seguramente ya habría derrotado al Patriarca. En cambio Shun lo tomó por sorpresa con la suavidad de su voz, la gracia de sus movimientos. Sí, tenía que admitir que cuando aferró la cadena con la que lo sujetaba por la muñeca sintió la urgencia de verlo más de cerca. ¡Qué fácil habría sido permitirle seguir a su compañero al camino de rosas y compartir su mismo destino!

Supo aprovechar su batalla para analizarlo con detenimiento, encontrándose con las marcadas diferencias entre los dos: mientras que él se enorgullecía de poder acabar con sus enemigos con el simple toque de sus rosas (e incluso se consideraba benevolente por atacarlos de manera tan letal como indolora), Andrómeda estaba abrumado por el deseo de detenerlo infligiéndole el menor daño posible; tampoco parecía ser consciente de la rareza que era, de la fuerza extraordinaria que habitaba en su interior. En cambio, estaba resuelto a demostrarle a ese hermano suyo “que pelearía como todo un hombre”. ¿Por qué pensaría este muchacho que debía rendirle cuentas a nadie? Evidentemente, seguía siendo un pimpollo verde, sin una guía que le indicara hacia donde debía crecer.

Su decisión también condujo a los desafortunados sucesos que se dieron después. ¡Una verdadera pena! Con todo, no podía negar que estaba agradecido por la magnífica experiencia de ver de primera mano todo lo que Shun de Andrómeda podía ofrecer. Además, ahora mismo tenía la oportunidad de organizar un nuevo encuentro en su templo, uno digno de ellos. Un encuentro que él se aseguraría que esta vez culminara como era debido.

La luna le otorgaba a las paredes de la doceava casa un tono espectral, mientras que los rosales del jardín, en plena floración, llenaban el aire con un perfume denso. Afrodita había pasado las horas previas preparando el ambiente perfecto para aquella importante ocasión.

Para él, su entorno no era más que una extensión de sí mismo.

No había sido casualidad que eligiera invitar a Shun de noche, la luz del día habría sido demasiado reveladora. Todos los detalles eran igual de importantes. Había dispuesto cojines de terciopelo, velas de cera perfumada en candelabros dorados y algunas de sus rosas favoritas flotando en cuencos de agua cristalina. Sí, la atmósfera, sin duda, haría gran parte del trabajo. Pero no todo.

Sabía que no bastaba solo con preparar el exterior, también había que pulir lo propio. Se detuvo un momento frente a uno de los espejos dorados de su templo, observando su reflejo con detenimiento antes de ajustar el ángulo de las velas para que la luz acentuara sus rasgos con suavidad.

Aquella tarde había lavado su largo cabello con una infusión especial de flores y aceites esenciales. Decidió no atarlo, permitiendo que sus mechones cayeran libremente, enmarcando su rostro con rizos perfectos que rebotaban con cada uno de sus movimientos. Como toque final, coronó su cabeza con una delicada guirnalda de flores frescas.

Ansioso, se ajustó la túnica de terciopelo azul profundo, casi negro, para que los bordados dorados cayeran sobre su cuerpo como el agua, su elemento. El silencio era pesado, pero pronto fue interrumpido por una voz cálida y llena de asombro.

—Tu templo es tan... hermoso —comentó Shun, sus ojos recorrían cada rincón y detalle.

Se volvió con calma, sorprendido de no haber percibido la llegada de Andrómeda. ¿Habría estado allí todo este tiempo, observándolo? Una suave sonrisa se dibujó en sus labios al verlo de pie en medio de su templo, tan fuera de lugar y, a la vez, tan en armonía con su entorno.

—Lo siento —continuó Shun rápidamente—. Me he distraído tanto con la belleza del lugar que he olvidado anunciarme. No quería interrumpir, pero no pude evitar admirarlo...

Afrodita no sintió la necesidad de responderle. Después de todo, no podría estar más encantado de que el chico apreciara sus horas de preparación. En lugar de eso, se dedicó a observar con detenimiento a Shun, porque claramente él también había dedicado tiempo a acicalarse para visitarlo. Vestía un adorable jardinero blanco y una camiseta de manga corta de color rosa claro, luciendo unos delicados destellos en la blanca piel de sus brazos. ¿Se había rociado acaso con bruma perfumada con brillos? Eso explicaría el tierno aroma a fresias que percibió al acercarse. A diferencia de él, había decidido atar su cabello en una pequeña coleta y unos cuantos mechones sueltos flotaban sobre su núbil rostro con una asimetría que resultaba encantadora. Shun era poseedor de ese encanto que solo saben tener aquellos que no se lo proponen y, por supuesto, no era consciente de ello. No buscaba embellecerse, tampoco resaltar cualquier atributo que le favoreciera. Quizás por eso Afrodita no pudo evitar distraerse por unos segundos, analizando minuciosamente la apariencia del muchacho, imaginando algún que otro detalle con el que él complementaría su atuendo. Detalles tan sencillos como el propio Shun. Cuando se percató de lo que estaba haciendo se sintió molesto consigo mismo, no era momento de pensar en ese tipo de cosas. Shun estaba allí y por fin había volteado a verlo, dedicándole una tímida sonrisa. Aun con la tenue luz de las velas, Afrodita pudo ver cómo el rosa comenzaba a colorear sus mejillas.

—Y tú… tú te ves muy bien.

—Me he preparado especialmente para esta ocasión, ¿realmente sólo conseguí verme bien? —preguntó simulando un tono de decepción, logrando que el rosa se tornara en un rojo intenso.

—¡Muy, muy bien! —se apresuró a remarcar Shun. Él ladeó la cabeza, mirándolo con una ceja arqueada—. ¡Lo siento! No acostumbro a… a…

—¿Sí?

—Lo siento…

—¿A qué, Shun? —lo animó a continuar.

—A… A decirle esta clase de cosas a la gente.

Afrodita sonrió complacido y se acercó un poco más para cubrir una de sus mejillas con la mano. La acarició suavemente con su pulgar esperando tranquilizarlo, aunque también disfrutando de tocar una piel casi tan tersa como la suya. Debió haber imaginado que su gesto provocaría justo el efecto contrario, ahora casi creía ser capaz de oír el latido acelerado de su corazón. No es que fuera un secreto para él lo que causaba en las personas, pero era grato ver cómo podía afectar también a alguien de mirada tan pura e inocente. 

Ya con la certeza de que el rubor acompañaría a Shun el resto de la noche, decidió que le daría un respiro y rodeó su cintura con un brazo para guiarlo al espacio que había preparado para ellos. Lo invitó a ponerse cómodo mientras se ausentaba un momento para traer la bandeja de plata con su cena, carpaccio di salmone con una botella de vino Dry Rosé helado. Ni siquiera la elección de comida se la había tomado a la ligera, y esperaba que el mensaje fuera claro para Shun.

Estás aquí para recibir lo que realmente mereces. 

—Esto… Esto es demasiado para mí —murmuró Shun, como si hubiera leído sus pensamientos. Bajó la mirada, luciendo como si se sintiera indigno de tanto esmero—. No debiste molestarte tanto. Yo… —su voz se volvió aún más baja— no he traído nada para agradecerte. Es lo que se acostumbra, ¿verdad? ¿Debí haber traído algo?

El Santo de Piscis lo observó en silencio, notando cómo Shun se frotaba con nerviosismo las manos. La culpa en su voz le recordaba que, a fin de cuentas, el joven había crecido en un orfanato, donde las etiquetas sociales no tenían cabida. Y aunque Shun era educadísimo por naturaleza, este tipo de protocolo no formaba parte de su mundo.

—No te preocupes por eso —respondió Afrodita con suavidad—. Tu presencia aquí es más que suficiente. De hecho, lo es todo. —dijo mientras servía el vino en ambas copas con la destreza de quien ha realizado un acto incontables veces—. Estoy seguro de que esta noche podrás resarcirme.

—¿Resarcirte? —murmuró Shun, tomando la copa entre sus manos, la cual tembló levemente con su ligera risa nerviosa. Su inexperiencia era evidente pero, a pesar de aquello, intentaba seguirle el ritmo. Probablemente, en su imaginario, se le escapaba algún gesto de cortesía por desconocer las costumbres de los Santos de Oro.

—Por supuesto —continuó Afrodita, inclinando ligeramente la cabeza y perfumando el espacio entre ambos—. Pero todo tiene su tiempo de maduración, ¿no crees? —hizo una pausa deliberada antes de levantar la copa hacia él y que sus miradas se cruzaran—. Por esta noche, y por lo que ella nos depare.

Shun sonrió con timidez, imitando el gesto de su anfitrión.

—Por esta noche.

Tras decir eso intentó chocar su copa con la suya, pero él la apartó con tanta rapidez como delicadeza. Afrodita pudo ver la confusión en sus ojos, pero no era momento de ponerse a explicarle las convenciones de un brindis, así que se limitó a beber y, acto seguido, Shun hizo lo propio. Tampoco se le escapó cómo el joven apenas permitió que el líquido tocase sus labios, ni cómo su ceño se frunció ligeramente al sentir el sabor, para después intentar disimularlo sonriéndole de nuevo.

Al terminar, se inclinó para dejar su copa sobre la mesilla delante de ellos y tomar el plato de salmón, preguntándose cuándo habrá sido la última vez que tuvo una velada tan interesante.


Shun jugueteó nerviosamente con la esquina de uno de los cojines. ¡Lo notó, Afrodita definitivamente notó la cara que puso! No pudo evitarlo, no iba a rechazar nada que él le ofreciera y, aunque nunca había probado una gota de alcohol, el aroma fresco y dulce de esa bebida de color tan bonito lo hizo confiarse, así que el sabor lo tomó por sorpresa. Se sintió afortunado de que el mayor decidiera fingir que no había pasado nada y dejara su copa de lado, dándole la oportunidad de hacer lo mismo. El alivio no duró mucho, porque inmediatamente después se encontró con Afrodita sosteniendo delante de su rostro una pieza de pescado con un elegante tenedor plateado que no se parecía a ninguno que él hubiera visto antes. ¿Estaba ofreciéndole…? ¡Oh, dios! Era claro lo que estaba pasando, pero aun así no pudo evitar mirarlo a los ojos, buscando una confirmación de que realmente pretendía lo que él se estaba imaginando.

Grave error, porque la intensa mirada de los ojos azules del Santo de Piscis siempre lo ponía nervioso. Desde el primer momento. Y ahora esa mirada era complementada por su cercanía, su voz profunda y el efecto de esa bebida que, a pesar de estar tan fría, llenó su pecho con un calor desconocido para él.

—Abre la boca, por favor.

Quizás eso era lo mejor, permitir que Afrodita lo alimentara antes de que encontrara una nueva forma de ponerse en vergüenza. Su boca reaccionó antes de que su mente pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, y al hacerlo, sintió el frío metálico del tenedor rozar levemente sus dientes. Afrodita lo observaba con una concentración tal que Shun no pudo evitar pensar que estaba evaluando cada uno de sus poco refinados modales, por lo que cerró los ojos para distraerse con el sabor del pescado que lentamente se deshacía sobre su lengua.

Tras abrir nuevamente los ojos, el bocado que intentaba tragar se volvió difícil de pasar, al observar cómo Afrodita se llevaba el mismo tenedor, ahora vacío, a sus propios labios. La forma en que el Santo de Piscis cerraba la boca alrededor del metal, con los párpados entrecerrados, era como si estuviera degustando un manjar que solo él podía percibir.

—Delicioso —comentó Afrodita, mientras dejaba el utensilio sobre el plato.

En respuesta, el joven desvió la mirada, incapaz de soportar por más tiempo aquella intensidad, distinta a la del vino que apenas comenzaba a hacerle zumbar la cabeza. Sus manos inquietas volvieron a jugar con uno de los pliegues de los cojines mientras le daba vueltas a una sola pregunta: ¿Por qué estaba tan nervioso?

—¿Te ha gustado, Shun? —preguntó Afrodita.

¿Que si le había gustado? ¿Se refería al vino o al bocado? ¿O a lo que acababa de hacer con aquel tenedor? Se imaginó esos turgentes labios rosados envolviéndolo, a sí mismo deshaciéndose por él… ¿¡Desde cuando él imaginaba ese tipo de cosas!?

Sabía que era una mala idea, pero necesitaba algo fresco para su boca repentinamente seca, así que se excusó y volvió a tomar su copa, dándole esta vez un buen trago. El alivio llegó de inmediato, casi tanto como la confirmación de que, en efecto, fue una muy mala idea. El sabor que le quedaría en la boca sería el menor de sus problemas.


La fascinación que Afrodita había estado sintiendo se hizo de lado para dejar espacio para la preocupación cuando notó que el vino no parecía ser del agrado de Shun. Se había asegurado de no elegir ninguno especialmente fuerte, pero ahora se reprochaba no haber considerado opciones más dulces. Se sintió aliviado cuando Shun decidió darle otra oportunidad a la bebida, pero aun así decidió quitarle la copa de las manos antes de que pudiera vaciarla por completo, claro que sin perder la calma y el porte. No quería que las cosas se dieran demasiado rápido, no de nuevo.

—Tranquilo, intentemos que nos dure el resto de la noche.

Notó cómo Shun se sobresaltó cuando sus dedos se rozaron y no pudo evitar volver a sentirse encantado, especialmente cuando Shun le dedicó una sonrisa, parecía que aquel comentario le había hecho gracia. ¡Ja! ¡Y Deathmask decía que no era capaz de decir ni hacer nada divertido! Levantó la copa de Shun en el aire y, con una sensualidad calculada, llevó su borde, el mismo que segundos antes habían tocado los labios del joven, a sus propios labios.

—Ahora tiene un sabor más interesante… —murmuró ni bien terminó la bebida.

Shun, probablemente desinhibido por el alcohol, soltó una risa suave y a la vez bastante atrevida. Acto seguido llevó una mano a la boca, luciendo sorprendido de sí mismo, pero no hizo ningún intento por ocultar la sonrisa que se formaba en sus labios.

El simple hecho de que aquel joven se divirtiera tanto con la situación le dio al Santo de Piscis más confianza para seguir adelante. Con un gesto fluido, se acercó más a él, lo suficiente como para que el perfume que llevaba, mezclado con el aroma de las rosas que los rodeaban, lo envolviera por completo. 

¿Qué pensarían los demás si lo vieran ahora, llevando a cabo una batalla que no se libraba de frente, sino por la espalda?

Lo de siempre, dirían, que esa era su forma de actuar.

Le devolvió la copa, no sin antes inclinarse lo suficiente como para que sus labios rozaran suavemente la oreja de Shun. —Creo que ya sé de qué forma puedes resarcirme.


Shun se mordisqueó el labio inferior, preguntándose si siempre había sido tan sensible, pues pudo sentir ese ínfimo toque sobre su piel en cada centímetro de su cuerpo. Se sentía adormecido, pero también inquieto, ansioso, en un estado tan desconocido para él que solo pudo compararlo con el estado de alerta. ¿Cómo podría resarcir a Afrodita? Se moría por descubrirlo. Por que él se lo enseñara. Al final lo único que pudo hacer fue asentir suavemente con la cabeza y, afortunadamente, para el caballero de Piscis eso resultó ser suficiente.

—Asegúrate de sujetar bien la copa —le oyó susurrar—. Es parte de un juego de doce al que le tengo muchísimo aprecio.

Casi podría haberse sentido ofendido, aunque era cierto que no se encontraba precisamente en sus siete sentidos, no creía estar tan mal como para ser incapaz de mantener las cosas en sus manos. Pero pronto entendió el verdadero motivo de su indicación, cuando los labios de Afrodita se posaron de lleno sobre el lóbulo de su oreja, provocándole un escalofrío que lo recorrió de la cabeza hasta los pies y lo obligó a aferrar con fuerza el tallo de la copa. Su boca comenzó a descender, una caricia tan sutil que le arrancó a Shun un sonido que jamás habría imaginado que era capaz de hacer, un grito ahogado que terminó volviéndose un largo suspiro. Aquello ni siquiera podía ser considerado un beso, y aun así lo tenía completamente derretido.


Afrodita no dudó en sacar provecho de lo expuesto que estaba el cuello de Shun, recorriéndolo lentamente con los labios entreabiertos, sintiendo debajo de ellos el pulso desbocado del muchacho, su respiración agitada, su temperatura en aumento… Eso último le dio una idea. Sin que éste se diera cuenta, deslizó dos de sus largos dedos por el cáliz de la copa, atrapando las gotas de agua que ahora empañaban el cristal, para acariciarle el cuello con ellos. Tal como esperaba, la piel de Shun se erizó apenas sintió la humedad y a él le tocó refrenar el deseo de saborearla directamente con su lengua. No debía apresurarse, había encontrado el ritmo perfecto y debía mantenerlo un poco más. Volvió a concentrarse en los latidos de su corazón, éstos le recordaban dónde residía su verdadero poder.

Poder.

Después de todo, había sido el poder lo que lo había llevado a seguir a Saga hasta el final.

Afrodita se estremeció al pensar que lo que sucedería a continuación sería mucho más placentero que cualquier contacto físico. Nuevamente, deslizó sus dedos sobre el borde de la copa de Shun, esta vez recogiendo una gota que caía lentamente por el cristal. Ese líquido rojizo que había preparado con tanto esmero, asegurándose de que la consistencia fuera lo suficientemente líquida y el sabor lo suficientemente dulce para que las toxinas de las rosas no interfirieran con el cuerpo natural de la bebida.

—Bebe un poco más —quiso sugerir, aunque sonó más bien como una orden, mientras apartaba la copa vacía y le ofrecía aquella de la que él mismo había estado bebiendo—. Me encanta verte disfrutar del vino.

Shun lo miró con los ojos entrecerrados, vulnerable de una forma que el Santo de Piscis no había anticipado, y obedeció. Luego la dejó sobre la mesilla, y Afrodita aprovechó la oportunidad para sujetar su mano. Los dedos del joven, aunque marcados por el uso constante de las cadenas, eran hermosos y delicados. Afrodita los recorrió lentamente, deteniéndose en cada línea, en cada relieve, como si estuviera leyendo su propio pasado a través del tacto.

No podía dejar de recordar esa cadena. La misma cadena que había destrozado todo lo que Afrodita era. Su cuerpo, sus ideales, sus rosas, su perfección. Su poder.

Volvió a inclinarse sobre Shun y rozó suavemente su cuello por segunda vez, tratando de sentir su pulso, su respiración. Todo estaba acelerado, el ritmo frenético de un corazón que luchaba. Afrodita lo conocía bien.

—Shun, ¿cómo te sientes? —preguntó con una dulzura que lo sorprendió incluso a él.

Pero cuando el joven intentó responder, solo dejó escapar un suave quejido. Parecía querer disimular su malestar, probablemente atribuyéndolo a su inexperiencia con el alcohol. Aún sujetaba la mano de Afrodita, como buscando algo a lo que aferrarse.

—¿Te sientes mal?

—Muy mal... —murmuró Shun.

Fue entonces cuando el Santo de Piscis notó los primeros signos de intoxicación. El sudor perlaba la frente de Shun y su pulso, cuyo ritmo intenso había sentido bajo sus labios, se volvía cada vez más irregular. Sin embargo, cada jadeo, cada escalofrío que sacudía a ese pequeño cuerpo, lo hacía parecer todavía más etéreo.

Shun era frágil, a punto de romperse... y esa misma vulnerabilidad deslumbró a Afrodita como nada que hubiera visto antes. 

—Porque te ves más hermoso que nunca. —respondió.

Complaciente hasta el final, Shun forzó una sonrisa, pero su rostro comenzaba a palidecer. Con precisión quirúrgica, la mano del sueco se deslizó hacia aquella nuca húmeda, la sujetó con firmeza e inclinó su cabeza hacia atrás para poder verlo mejor. Quería verlo de verdad. No se trataba solo de su físico, sino de lo que representaba. 

—Tú... —susurró mientras sus labios rozaban la frente febril—. Tú y yo somos iguales.

El acto de destruir algo tan estético como aquel joven, algo tan similar a él, se sintió por primera vez contradictorio. Antinatural. Antiético.

Tal vez, para Afrodita, su estética siempre había sido su ética.

Se quedó inmóvil, observando, intentando capturar lo efímero. El cuerpo de Shun, tan vulnerable y tan expuesto, se debatía entre la vida y las toxinas que fluían por sus venas. La piel blanquecina, los labios temblorosos y los ojos brumosos... Era hermoso y se degradaba frente a él.

Entonces, una revelación inevitable lo alcanzó: si seguía adelante, el resultado sería tan lamentable como lo fue enfrentarse a Andrómeda en primer lugar… y todos los desafortunados sucesos que se dieron después. ¡Una verdadera pena!

Con calma, alzó una mano hacia su corona de flores, cada movimiento parecía alejarlo más del resarcimiento. Sus dedos buscaron entre los pétalos hasta encontrar lo que necesitaba: un pequeño pimpollo del que tiró suavemente hasta arrancarlo, tal como había hecho con Shun esa noche.

Lo dejó descansar en la palma de su mano, admirando su fragilidad, antes de llevarlo a su boca e inclinarse una última vez, rozando sus labios con los del joven en un gesto de reconocimiento de lo que ambos eran.

Belleza y poder.

Dejó que el pimpollo se deslizara hasta la boca de Shun quien, apenas consciente, no opuso resistencia. La flor se acomodó en su lengua tan suave como un suspiro. Con ternura, Afrodita acarició su cuello hasta asegurarse de que la hubiese tragado, sintiendo como el pulso acelerado todavía se aferraba a ese cuerpo.

Ahora solo quedaba esperar.