Actions

Work Header

Colors.

Summary:

Suguru perdió todo camino y sentido de si mismo, no era aquel hombre amable que alguna vez había conocido Ayame y eso le dolía.

No podía dejarlo solo, no mientras él siguiera hundido en su pozo y si era necesario, ella caería con él.

Sin embargo, ¿Qué tan sano era eso?

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Olor a perfume y cigarro. Ese era el aroma de Suguru cualquier día normal y Ayame podía reconocerlo en cualquier lugar no solo por la silueta de su novio; cada parte que lo conformaba con esa inconfundible figura trabajada, esas facciones tan gentiles de su rostro y ni hablar de su voz cada que pronunciaba su nombre para erizar su piel.

Él estaba ahí, sentando en el sofá mientras fumaba un cigarro, únicamente vestido en sus boxers negros y sus ojos centrados en mirar por la ventana hasta que pudo notar a la peliazul moverse bajo las mantas, mostrandole una suave sonrisa en sus labios.

──Buenos días, princesa. ──Saludó con esa voz que a ella la enloquecía en cualquier momento, mirando esa encantadora expresión en su rostro.

Ayame se levantó de la cama de Suguru, exponiendo su cuerpo pero eso era lo menos importante a decir verdad. Incontables eran las veces en las cuales habían visto el cuerpo desnudo del otro, por lo cual el pudor pasó a ser un segundo plano.
La mujer de cabello azul oscuro se sentó en su regazo, siendo recibida por los fornidos brazos del mayor quién la acunó contra su pecho mientras su mano libre se encargaba de acariciar uno de sus muslos, por supuesto sin dejar ir su cigarrillo.

──Buenos días, mi amor. ──Sus palabras fueron en un suave suspiro de gusto al sentirlo mimar sus piernas llenas de marcas, así como cada rincón de su cuerpo gracias a las manos y boca de Suguru.

Pero pudo percibirlo, no se trataba exactamente de un cigarro normal. Pronto, ese peculiar olor a "pasto quemado", como ella podía categorizarlo, invadió mejor sus fosas nasales mientras hacía una ligera expresión de disgusto, jugando con el cabello de su novio para distraerse un momento.

──¿Es marihuana? ──Cuestionó con curiosidad genuina, en un pequeño hilo de voz mientras se sentía algo nerviosa pero eso explicaba porqué el saludo tan gentil y dulce de su parte aquella mañana.

──Solo será este, preciosa, lo prometo. ──Le dedicó una sonrisa con la intención de tranquilizarla, pero por supuesto que ella no le creyó. Conocía a su novio y su manera de consumir drogas de forma desmedida──. Solo era para relajarme, lo sabes.

──Sí, lo sé, Sugu...

Cada respuesta venía más suavemente mientras él se mantenía mimando su muslo aún, gozando en su totalidad del calor de Ayame. Era pequeña, quizá no diminuta pero sí lo suficiente para encajar en total perfección contra su cuerpo cuando se sentaba de esa manera en su regazo.
Por otro lado, la mujer de ojos grises se acomodaba contra su pecho, escuchando los latidos de su corazón que iban a un ritmo irregular; a veces rápido, a veces suave.

Pero lo amaba de esa manera por alguna extraña razón. Impredecible e inestable.

Aunque estaba mal. Más que mal.

[. . .]

Mimiko y Nanako cubrían sus oídos, escondidas dentro de su armario mientras los gritos eran insaciables proviniendo desde la sala de su hogar. Nanako se acurrucaba contra su hermana, llorando mientras la castaña intentaba ayudarle a calmarse, pero era casi imposible.

Su hermano mayor, Suguru y Ayame, su novia, discutían sin cesar.

──¡Te di una puta indicación, estúpida de mierda! ──Exclamó totalmente irritado Geto, acercándose peligrosamente a la menor quien no paraba de llorar── ¡Mil veces te he dicho cuánto odio tu amistad con Nanami, Ayame! ¡Mil malditas veces!

──¡Y mil veces te he dicho que solo es mi mejor amigo de la infancia, Suguru! ──Su respuesta salió con valentía, sin embargo, repentinamente sintió su rostro arder fuertemente y como este se movía de forma repentina hacia la derecha.

Suguru la había vuelto a abofetear.

Sí, no era la primera vez. Pero ella estaba convencida que era por los arranques que le provocaba el consumo de drogas que se había vuelto más habitual en los últimos meses después de la pérdida de su madre.

Y no podía dejarlo hundirse solo, ¿No?

──¡Eres una puta, Ayame!

Esas palabras dolieron en su pecho profundamente, pero se repitió una y otra vez en su mente que no lo decía en serio, que Suguru solamente estaba enojado por aquel momento en el cual la encontró dándose un amistoso abrazo con Kento. Se conocían desde la pubertad, considerándose como hermanos y aunque tiempo atrás el azabache parecía no tener problema con aquello, desde que su consumo de drogas fue en aumento a algo más allá del cannabis, dieron inicio también sus arranques de celos tan extremos; dentro o fuera del efecto de las drogas, aunque si era sincera, era alguien más tranquilo cuando se hallaba drogado que sobrio.

──Suguru, por favor... ──Se intentó acercar a él, sosteniendo su mejilla adolorida por esa desmedida bofetada pero él de inmediato la empujó, mostrándole una mueca de asco y disgusto total.

──¡No te atrevas a tocarme o te mato aquí mismo! ──Su grito resonó fuertemente en la sala, haciendo llorar con más fuerza a la mujer que aunque no sollozaba, las lágrimas caían sin parar una tras otra.

El azabache empujó una de las mesas, tirando la lámpara y un par de marcos de fotos al patearla, causando que la menor de cabellera azulada se cubriera los oídos por un segundo y cerrara sus ojos, asustada.

──¡Te he dado todo, absolutamente todo, Ayame! ¡Y me pagas haciendo estas idioteces! ¡Debí saber desde el inicio lo zorra que eras!

Él continuaba enojado, exasperado e irritado. Sus pasos de inmediato lo guiaron hasta uno de los cajones de un estante en el comedor donde anteriormente solía ser el cajón para las cosas de primeros auxilios.
Ahora era su cajón para los opiáceos que consumía Suguru.

──¡Suguru! Mierda, ¡No consumas eso ahora! ──Le llamó la atención Ayame, dirigiéndose a él de inmediato para intentar arrebatarle el bote de drogas de su mano, pero este de inmediato la empujó de golpe y con toda su fuerza, tirándola al piso y causando que se diese un fuerte golpe contra uno de los muebles, lastimándose el brazo──. Agh...

──¡No te metas en lo qué consumo y lo qué no, Ayame! ¡Así como te importan una mierda mis sentimientos, debería importarte una mierda lo que ayuda!

El impacto fue fuerte, cortando ligeramente la piel de su brazo y la sangre gotea ligeramente. No era algo profundo, pero sí una de esas heridas que ardían por lo mismo.
La oji gris lo observó tomar quizá cuatro o cinco pastillas y tragarlas fácilmente de forma repentina. En su campo de visión pudo apreciar su manzana de Adán moverse a la par que los opiáceos bajaban por su garganta hasta hacerse parte de su sistema.

Era una mierda.

[. . .]

Una semana había pasado desde aquella discusión. Sabía lo inestable que era Suguru desde el primer momento que iniciaron una relación, sin embargo en un principio pareció dar lo mejor de sí mismo para mejorar y ser "La versión que Ayame merecía".
Pero al poco tiempo se rindió, cuando pensó que él estaba perfecto finalmente, dándose de alta a sí mismo de sus terapias psicológicas.

Aunque los primeros ocho meses después de aquello todo había marchado bien, poco a poco la salud de la madre de Suguru empeoró así como su estado mental. Comenzó a refugiarse primero en el consumo de marihuana y aunque ella no estaba a favor ni en contra de dicha hierba, fue escalando gradualmente gracias a que, a palabras del azabache, ya no se sentía igual con el cannabis y necesitaba algo más.

Y así fue como comenzó a consumir cocaína inicialmente, por malas influencias de las personas que lo rodeaban en su ambiente universitario. Las fiestas fueron más constantes y era imposible negar que Ayame también llegaba a pasarla bien a su lado, no obstante, el comportamiento de su novio poco a poco era diferente.
Sobrio era alguien arisco, brusco al hablarle y nada amable. Bajo el efecto de las drogas se volvía a veces más dócil, más gentil... A veces.

«Estoy afuera, ¿Puedes salir?»

La notificación la reconoció al instante gracias al tono personalizado, sabiendo que era Suguru.

Desde el segundo piso de su casa se asomó ligeramente por la ventana, observando su silueta y ese cabello negro suelto, luciendo una camisa negra simple junto a esos jeans cargo de mezclilla. Se relamía los labios, pareciendo nervioso y quizá hasta asustado, sosteniendo en sus manos un pequeño pero lindo ramo de lirios rosas, sus favoritos y por supuesto que él lo sabía perfectamente.

Ayame soltó un suspiro, mirando una vez más aquel mensaje por la barra de tareas de su celular, mordiéndose la uña del pulgar un instante.

«Ya voy, amor».

Fue su respuesta rápida. No podía dejarlo así, por supuesto; Suguru la amaba y de eso estaba más que segura, pues por supuesto que por algo había decidido ir a buscarla y a ella no le importaba que haya pasado una semana sin hablarse, ella lo amaba el triple de lo que él a ella.

Bajó las escaleras, brincandose los últimos tres escalones con agilidad para abrirle la puerta de inmediato. Su padre no estaba, pues estaba trabajando como siempre y tenían total privacidad. Ella odiaba cuando su progenitor le cuestionaba últimamente sobre su relación con Suguru, asegurando que estaban perfectamente y solo era una mala racha.

Bastó abrir la puerta para encontrarse con unos ojos de cachorro triste, sonriendo ligeramente apenas cruzaron miradas y el azabache de inmediato se lanzó a abrazarla, estrujandola con suavidad entre sus brazos y ella poca importancia le dio al fugaz dolor que sintió en su herida de aquel día.

──Te extrañe, princesa. Lo siento, te hablé horrible, pero me sentía tan mal, tan dolido por lo que ví. ──Explicó, apretando ligeramente entre sus brazos a la menor mientras ella colocaba sus manos sobre la amplia espalda de su novio para crear un cálido abrazo.

──Está bien... No te preocupes por eso ya, Sugu... ──Porque así era ella, ingenua y enamorada; tonta, porque pensaba que el amor era suficiente y bastaba con saber lo arrepentido que estaba──. También me equivoqué, hemos hablado infinidad de veces sobre Nanami y... Bueno, sí, debí respetar nuestros límites.

Él sonrió ligeramente, dejando un beso gentil en su frente con un toque amoroso que derritió a Ayame por completo. Amaba esos pequeños gestos de amor que podía tener Suguru, recordando de esa manera por qué se había enamorado de él desde hace casi dos años.

Estaba convencida que Suguru Geto era el amor de su vida.

──Te amo, Aya... ──Habló con suavidad, aún con esa amable expresión en su rostro.

──Te amo aún más, Sugu... Me hiciste mucha falta estos días.

──Y tú a mí, mi preciosa flor. ──Ese apodo fue suficiente para pegar en lo más profundo de su corazón, derritiéndose por él── ¿Puedo pasar? Ponemos estas flores en agua y pasamos la tarde juntos, Aya.

No fue necesario repetirlo dos veces, pues de repente ella jaló su brazo con una risita para meterlo en su casa, haciendo reír también al azabache que se dejó llevar por ella.

La amaba, por supuesto, pero no sabía cómo amar a lo que era brillante.

[. . .]

──¿Estás bien en tu relación con Geto, Ayame? ──Cuestionó Nanami, mirando fijamente a su amiga mientras bebía su café.

De un tiempo para acá las salidas con su mejor amiga comenzaron a volverse escasas e incluso más secretas, solo viéndose en sus horarios de la universidad, pues estudiaban lo mismo, pero ya no salían como antes y aquello lo preocupaba. El rubio era consciente de que la relación de su mejor amiga ya no tenía exactamente el mejor rumbo como al inicio, pues incluso llegaba a ver un par de los moretones o marcas de los dedos que dejaba Suguru y no parecían ser marcas causadas por algún encuentro sexual, él sabía que se trataban de marcas por maltrato porque Ayame parecía esforzarse en ocultarlas con vergüenza.

Pero no podía hacer nada más que permanecer a su lado como un apoyo para cuando Ayame decidiera salir de esa relación finalmente, porque ya lo había intentado antes y por supuesto que no terminó nada bien.

──Sí, Kento. ──Sonrió, mostrando esa dulce expresión que a ella la caracterizaba cuando la felicidad desbordaba de su ser──. Hablamos las cosas el otro día y estamos bien ahora, creo que ha consumido un poco menos de... Bueno, tú sabes. Entonces todo fluye bien por ahora.

──Ya veo... ──Su tono fue bajo, bastante suave mientras daba un sorbo a su taza de café── ¿Crees que es normal que digas con tanta simpleza que Geto se ha drogado menos estos días, Ayame?

Era su única arma para intentar ayudarle a ver el panorama completo; no solo él estaba preocupado por Ayame, también Satoru y Shoko, quiénes le presentaron a Suguru en aquella fiesta hace un par de tiempo, pero eventualmente notaron cómo su amigo fue perdiéndose a si mismo y aunque intentaban ayudarlo, por la salud mental de ellos tomaron distancia del azabache.

Pero Ayame aún no podía salir de ahí al ser el único "lugar seguro" con el cual contaba Suguru, aferrándose aún más a ella y arrastrandola con él a ese infierno lleno de sufrimiento donde eventualmente los días felices se volvieron contados.

──No digo que sea normal... Pero Sugu está pasando un mal momento, Kento. ──Explicó, picando con el tenedor la rebanada de aquella tarta de mora azul que había pedido──. Sabes que su mamá falleció y está en el asunto legal con la custodia de Mimiko y Nanako con su padre aunque se hayan separado.

──¿Y no crees que es mejor que las gemelas estén con su padre? Entiendo que por algo se separaron, pero Suguru no puede hacerse más cargo de ellas.

──Suguru las ama y se quedaría solo en su casa, no quiero eso porque lo haría hundirse más en ese hoyo del cual tengo que sacarlo.

──No tienes porqué hacerlo, Ayame Moarai. ──El tono de voz del oji verde se volvió más firme, bajando la taza a su plato mientras la peliazul se mordía el labio inferior con nervios.

Sabía que no tenía porqué, pero ella quería hacerlo. Estaba totalmente segura que si lo conseguía, ella volvería a disfrutar de ese maravilloso Suguru que conoció al inicio, pero sabía que cuando Nanami pronunciaba su apellido junto a su nombre es porque estaba molesto.

La mencionada suspiró con tristeza, mordiendo un pedazo de esa tarta y llevándola a sus labios para masticarla. Esos ojos grises que siempre brillaban con alegría poco a poco iban viéndose más apagados, las ojeras iban creciendo en sus ojos y su mejor amigo sabía a la perfección porqué; Suguru no sabía estar más de una semana sin pelear con ella, manipulandola y amenazando incluso con terminarla y aunque nunca fue la intención de Ayame, con el tiempo desarrolló una dependencia emocional a Suguru que siempre la ponía mal cuando se trataba de un problema con su novio.

──Pero yo lo amo, Kento... ──Esa respuesta era la que ya esperaba él de ella, porque la conocía tanto y habían tenido más de diez veces la misma conversación respecto a Suguru.

──Lo sé, pero el amor no puede curarlo todo, Ayame.

El silencio incómodo los acompañó por unos momentos, haciendo suspirar a la mencionada con decepción. Sabía que Kento tenía algo de razón, pero ella no podía ni quería permitirse dejar a Geto cuando más parecía necesitarla, sin importar las peleas, los insultos, los maltratos y las humillaciones que podía hacerle pasar; estaba tan cegada gracias a las manipulaciones de él que no podía ver el panorama completo y con claridad, convencida de que ella era el problema y aunque era consciente de que el problema de Suguru con las drogas no lo inició ni incitó ella, sabe que tampoco hizo demasiado por ayudar a frenarlo desde el principio, antes de que pasara de ser una dependencia a una adicción gracias al consumo de las drogas químicas como los opiáceos, opioides o la cocaína.

──No por ello pienses que te dejaré sola. ──Agregó el rubio al notar esa mirada perdida de su amiga sobre su latte helado el cual sostenía pero no tomaba ni un sorbo──. Pero soy consciente que no podemos convivir demasiado porque volvió a tener sus ataques de celos y discutieron "por mi culpa".

Al mencionar lo último sus dedos crearon las comillas, sabiendo en si que el problema no era él ni Ayame, era Suguru quien ya no podía entender por completo la realidad y se dejaba llevar por sus delirios y la decadencia mental que estaba sufriendo los últimos meses.

Tan solo escuchar sus palabras devolvió un poco de brillo a sus ojos por aquella afirmación. No quería perder a Kento, pero tampoco a Suguru y aunque el nivel de prioridad podía ser diferente, agradecía que a pesar de todo su mejor amigo no se apartara de su lado aún con todas las estupideces que le pedía por los caprichos de su novio.

[. . .]

«¡Ayame, ven rápido por favor! Mi hermano, él... ¡Está mal!»

Fue el mensaje que recibió repentinamente por parte de Nanako, junto a tres llamadas perdidas con anterioridad y en cuanto las observó, escapó de su última clase para dirigirse hacia el hogar de su novio. Sabía lo que estaba pasando, estaba casi segura de lo que le ocurría a Geto pues hace dos días nuevamente habían discutido por causa de Satoru esta vez, incluso ahora celandola con aquel que fue su mejor amigo antes de que decidiera apartarse por la forma tan cerrada que tenía Suguru de recibir ayuda respecto a sus adicciones.

Apresuraba al taxista, implorándole que acelerase más porque era una emergencia y de algún modo sabía que llamar a urgencias aún no era una opción por el proceso legal que estaba viviendo Suguru respecto a sus hermanas menores.

Afortunadamente el trayecto no fue demasiado largo, dándole indicaciones a las gemelas sobre cómo ayudarlo mientras ella llegaba, ninguna de las tres quería que a Suguru le ocurriese algo fatídico si eran brutalmente sinceras.Y por más triste que sonará, desde el primer incidente que vivió con Suguru de aquel tipo, Ayame decidió tomar un curso de primeros auxilios que pudiera serle útil para cada vez que su novio sufriera una sobredosis.

Se adentró en la casa de los Geto con urgencia, lanzando su mochila por mero instinto y observando a las gemelas totalmente paranoicas mientras Suguru se convulsionaba en el piso de la sala. Había más marcos de fotos rotas así como pinturas que solía tener su madre colgadas, seguramente siendo algún brote psicótico que le había dado por alguna razón que ella aún desconocía.
De aquel cajón sacó una inyección de naloxona, preparándola de inmediato y sabía que no hacía falta analizarlo demasiado, con el simple hecho de verlo convulsionar rodeado de su vómito era más que obvio.

──¡Hermana mayor, por favor salva a nuestro hermano! ──Pidió Nanako entre lágrimas.

Ayame sintió las lágrimas acumularse en sus ojos grisáceos que delataban su cansancio mental y emocional, no dormía suficiente por quedarse hablando con Suguru o incluso escaparse de su casa a la de él por las noches debido a los escasos permisos que le otorgaba su padre últimamente, sumando los proyectos que debía de la universidad y el enorme esfuerzo que daba de sí misma para no bajar sus notas abruptamente.

Por un segundo todo estuvo en silencio mientras le administraba la inyección al azabache en su brazo, sintiendo como su propia respiración se aceleraba mientras la de él poco a poco volvía a la normalidad luego de un par de minutos.

──Niñas, por favor... ¿Podrían ir a la tienda a comprar algunos snacks? Llévense mi monedero... Está bien. ──Habló con un hilo de voz mientras sostenía una de las manos de Suguru y las gemelas solo asentían, limpiando sus lágrimas con preocupación.

Mimiko y Nanako tomaron el monedero de su cuñada, saliendo de la casa para dirigirse a la tienda de conveniencia más cercana o quizá más lejana para tomarse su tiempo, siendo conscientes de que ella necesitaba ese momento a solas con Suguru.
Poco a poco el azabache pareció recuperar la conciencia de sí mismo y el entorno, sus pupilas volvían a dilatarse y el ritmo cardíaco volvía a la normalidad.

──Esto está comenzando a ser jodido, Sugu... ──Pronunció en llanto mientras las gotas saladas caían por sus ojos mientras estaba hincada a un lado del cuerpo de él, quien comenzaba a reaccionar de nuevo── ¿Qué más debe ocurrir para que decidas dejar las drogas, amor? Ya te encontraron tus hermanas ahora, ¿Qué habría pasado si estabas solo?

Y él solo pareció gruñir en disgusto al escucharla, sosteniéndose la cabeza mientras se incorporaba en el piso, observando su vómito de antes y levantándose con ayuda de la peliazul para sentarse en el sofá.

──¿Podrías simplemente no regañarme, idiota? ──Se quejó de inmediato entre quejidos por los siguientes efectos secundarios que le daría aquel medicamento──. Ahora es el momento menos indicado, Ayame.

Separó sus piernas, apoyando los codos en las rodillas y su cabeza entre sus manos mientras cubría su rostro pálido con estas y Ayame se detuvo a analizarlo más. Su cuerpo que antes solía estar sumamente trabajado poco a poco se iba viendo más delgado y desgastado, su piel de por sí ya era pálida pero ahora parecía un fantasma y su cabello negro incluso lucía más opaco, casi como un gris muy profundo y no ese potente azabache de siempre.

¿En qué se seguía metiendo?

──¿Entonces cuándo será el momento para ti, Suguru? ──Cuestionó con su voz quebrada, ganándose finalmente que esos ojos que la habían enamorado se dirigieran a mirarla con el ceño fruncido──. Si lo hago en el supuesto momento correcto, tampoco me escuchas, Suguru. Si quieres no lo hagas por mí, pero hazlo por tus hermanas, ellas están preocupadas también y no es justo que pasen este infierno.

Pese a su malestar físico pudo levantarse de golpe del sofá, apretando sus puños con furia total y aunque estaba mareado, con la cabeza doliendole y sudando, le propinó una bofetada a la mujer de ojos grises quién aún así no paró de llorar y solo se sostuvo la mejilla por el ardor que, desafortunadamente, ya conocía.

──¡Se supone que eres mi novia y debes apoyarme, Ayame! ──Exclamó con enojo, acercándose otra vez a ella pero la peli azul se levantó de golpe, sosteniendo sus muñecas que, aunque Suguru seguía teniendo más fuerza que ella pese a su físico más delgado, dio todo de sí misma para mantenerlo al margen sin conseguir abofetearla otra vez.

──¡Por ser tu novia es que quiero salvarte de esta mierda, Geto! ¡Entiendelo! ──Alzó su voz de nuevo pese a lo quebrada que estaba por el llanto, sintiendo como él ejercía más fuerza y conseguía empujarla de golpe, haciéndola caer y pegarse contra uno de los burós de la sala── ¡Pero estas tan cegado que ni siquiera puedes notar el daño que nos haces con esto!

──¡¿Y acaso ustedes notan el daño que estoy viviendo?! ¡Dime, maldita idiota! ──Ante aquel nuevo arranque de ira, Geto tomó un cojín que le arrojó a su novia pese a que esta aún estaba en el suelo sin intenciones de levantarse.

──¡Calmate, Suguru! ¡Cálmate de una puta vez! ──Sus gritos eran claramente llenos de dolor y no por el dolor físico, porque eso era ahora lo último que le importaba, si no por el dolor emocional que estaba sintiendo de verlo así, totalmente irreconocible.

──¡¿Que me calme?! ¡Si la que está jodiendo mi paciencia eres tú, Ayame!

Y el golpe sonó en seco.

Suguru le había arrojado el bote de alcohol en la cara, hiriendola en el labio, el cual se le partió ligeramente mientras su cabello ocultaba su rostro y se sostenía la boca con ese sabor a hierro en ella.

──¡Hermano, basta! ──Exclamó Nanako mientras lloraba y ambas gemelas se dirigían hacia Ayame, observando su herida. No era grave, pero esta vez sí era la primera que Suguru la lastimaba a sangrar.

Él se congeló un instante al observar los ojos de sus hermanas mirándolo fijamente, sintiendo sus brazos temblar y notando esas expresiones de miedo.

¿Qué había hecho?

──No, yo... ──Se quedó mudo, ni siquiera sabía qué decir o cómo "explicarlo".

Era una mierda.

¿Por qué actuaba así?

No lo sabía.

──¿Estás bien, hermana mayor? ──Preguntó Mimiko y la mujer solo asintió, no obstante, por supuesto que no había dejado de llorar aún en silencio.

──Es suficiente, Suguru. ──Fueron sus palabras mientras se levantaba del piso y las dos niñas le ayudaban pese a que no era directamente necesario──. No podemos... No puedo seguir así.

Su corazón se había roto cada vez que él le decía algo hiriente, pero siempre volvía a pegarse en el instante que él pedía perdón con esos maravillosos detalles que sabía tener con ella. Las palabras tan acertadas que podía dedicarle y los besos suaves que le daba después de hacerla llorar.

Pero nunca hubiera imaginado que sería él quien la haría sentir su propia sangre en su boca por primera vez de esa manera, porque ni siquiera había hecho algo malo, al contrario, le había salvado la vida por el simple hecho de que lo amaba.

──Ayame, espera─... ──Quiso hablar y excusarse una vez más mientras ella tomaba su mochila, dejando un beso en la frente de cada gemela quienes se mantenían a su lado.

──Me voy. No me mantendré a tu lado porque no sé qué más hacer para salvarte cuando ni siquiera es mi responsabilidad... Entiendo que la estás pasando mal por lo de tu madre, pero también tus hermanas y ellas necesitaban a su hermano mayor.

Cada palabra salía tajante, las niñas solo agacharon la mirada con vergüenza, pues la única persona que había estado para ellas el último tiempo era Ayame. Ellas la amaban precisamente como una hermana mayor, no querían perderla, pero también sabían que ella no podía permanecer junto a Suguru, perdiéndose a sí misma en las adicciones de su hermano mayor.

──Y no me importa... Hablaré con tu padre. Mimiko y Nanako no pueden quedarse aquí contigo, no así... ──Su corazón y su amor hacia él gritaban que se detuviera, que se replanteara dos veces su decisión nueva, pero su cerebro y lógica gritaban que había sido sucifiente.

Lo amaba, porque cuando lo conoció fue un intenso y rojo vivo que llegó a su vida para mezclarse con los azules de su vida, pero ya no era así y quizá jamás volvería a serlo. Ahora Suguru era gris, un gris monótono y sin vida.

──Ayame. ──Le llamó otra vez, llorando y delatando su voz rota en esa palabra. Ella sintió un pinchazo en su pecho mientras se acercaba a la puerta, suspirando con pesar──. Te amo... Por favor...

──Adiós, Suguru.

Ella no respondió más a su confesión, abriendo la puerta y despidiéndose nuevamente de las niñas quiénes le decían adiós a su hermana mayor, quizá para siempre, quizá temporalmente; no lo sabían.

[. . .]

Un mes y medio había pasado. Ayame extrañaba de sobremanera a Suguru, a quien veía como el amor de su vida y aunque anhelaba salir a buscarlo, correr a sus brazos y no separarse de él otra vez, no lo hizo, ni siquiera cuando recibió los noventa y siete mensajes de él rogándole que le diera una última oportunidad, ni con las veintidós llamadas perdidas que tuvo durante la primer semana porque aún no se atrevió a bloquearlo definitivamente. No respondió a la puerta las tres veces que fue a buscarla, escondiéndose para que no pudiera verla y controlarse a sí misma de sus impulsos por querer besarlo de nuevo, sentir su calor y el aroma a perfume y cigarro.

Pero ya nada sería igual a como lo fue hace dos años. Suguru Geto no volvería a ser el mismo si no recibía una ayuda especializada y principalmente, aceptaba que tenía un severo problema de drogadicción.

Su celular sonó, siendo una llamada de Satoru, lo cual de entrada le pareció peculiar, pues aunque eran buenos amigos, el albino no solía llamarla primero a tales horas de la noche.
Dejó su lapicero para posponer un momento su tarea pendiente, contestando la llamada y la tomó por sorpresa escuchar la voz sobresaltada de el contrario al otro lado de la línea.

──Ayame... ──Pronunció por fin luego de unos segundos donde solo pudo escuchar su respiración, notando su voz temblorosa y ahí supo que algo no estaba bien──. Suguru... Él... Él...

El albino no podía siquiera pronunciar las palabras al otro lado de la línea, pero ella supo de inmediato qué quería e intentaba decirle aún con esa voz rota pero desesperada. Su móvil cayó al piso repentinamente y aún así se pudo escuchar la voz de Gojo de nuevo.

──Suguru tuvo una sobredosis...

Y ella no pudo hacer nada más que tirarse al piso, abrazar sus piernas y sostener su cabeza mientras soltó un grito desgarrador. Sintió su corazón volver a romperse e incluso con más intensidad que aquel día que decidió dejarlo, pero no significaba que había dejado de amarlo, en ningún momento murió su amor por el azabache, pero supo que había hecho más allá de lo posible para salvarlo y aún así nunca iba a ser suficiente.

«¿Por qué?», se preguntó en su cabeza, aferrándose a sí misma y sintiendo sus uñas encajarse en su nuca mientras hacía lo posible por tranquilizarse, pero no podía. Su cuerpo automáticamente comenzó a temblar, hiperventilando y sintiendo su respiración acelerarse sin más, así como sus latidos del corazón.

Le dolía el cuerpo, le dolía el corazón.

Le dolía el alma.

Todos menos él.

Notes:

Es la primera vez que publico aquí, no sé usar mucho la página pero espero que, si alguien lee esto, le haya gustado. Es de un solo capítulo, por eso la historia parece avanzar rápido; un one-shot, vaya.

Gracias.<3