Chapter Text
El agua estaba tranquila, demasiado. Empujaba el barco con suavidad. El barco donde solo se veía ella apoyada en el borde, con los ojos fijos en el agua, buscando, esperando, aquel movimiento que evidenciara aquella presencia que la estaba esperando.
Estaba lista.
Sabía lo que tenía que hacer.
Se tocó la oreja, una vez más, por si acaso. Y luego tarareo con los ojos cerrados. Se permitió sentir las gotas de agua en su piel, el olor a sal, y el viento desarreglando sus cabellos. Solo una heroína viajando en bote para disfrutar.
Nada más.
Y en cualquier momento…
—¿Ochako-chan?
Contuvo el aire.
Se obligó a clavar los dedos en la madera del barco.
—Himiko…
Se veía casi igual que siempre, solo que un poco mayor. Con aquellos dos moños que dejaban sueltos unos mechones desordenados, y el pelo que le caía por la frente. Los ojos más amarillos que existían, y su sonrisa que mostraba sus colmillos. La única diferencia era que no traía su uniforme de estudiante o su traje de villana, sino un bikini rosa que dejaba a la vista sus hombros, la curvatura de su clavícula y su estómago.
Tragó saliva.
De todas las posibilidades que había esperado, esta no era una de ellas.
—¿Qué haces en el barco? ¡Ven! —Himiko tiró un poco de agua hacia el barco—. ¡Es un día maravilloso para nadar!
Ochako negó con la cabeza suavemente. Himiko ladeó la cabeza hacia un lado, con un puchero, como si no comprendiera por qué se negaba. Eran amigas ¿verdad? Se suponía que las amigas nadaban juntas, y se salpicaban agua las unas a las otras, y reían, y reían, y reían.
—¿No me extrañas? —preguntó todavía con ese puchero. Se veía tan tierna, y hermosa. Esa parecía ser la única cualidad que nunca se borraba de ella.
—Más de lo que crees.
Mucho más de lo que cualquiera creía, o sabía.
Himiko extendió los brazos hacia ella.
—Entonces ven al agua y abrázame.
Ochako se inclinó hacia adelante, y extendió un brazo hacia el mar, como si pudiera tocar el agua. Sus dedos se rozaron brevemente con los de Himiko, pero antes de que ella pudiera sujetarla, retrocedió su brazo a toda velocidad. La contraria frunció el ceño, sin dejar de mirarla fijamente.
—Himiko ya te lo dije antes, —Retrocedió un paso con una mueca—, sabes que me aterra el agua.
—Me aseguraré de que estes segura y a salvo. —Su expresión se suavizó—. Ven a jugar conmigo y nuestros amigos, recuperemos el tiempo perdido.
Todos estos años que habían estado separadas, desde la guerra, se sentían… borrosos, con metas a corto plazo. Graduarse de la UA. Comenzar a trabajar como heroína. Abrir su fundación. Intentar cambiar las cosas de la manera que sea. Atrapar a los responsables de esto. Para seguir. Para conseguir sus sueños, antiguos y nuevos. Para no parar, porque si paraba un segundo, entonces la culpa y el remordimiento se desataba y no había lugar para eso. En su lugar, era preferible sentir que estaba haciendo algo.
Si tomaba su mano ¿los días volverían a ser claros? ¿Se quedarían los momentos grabados en su mente? ¿El tiempo dejaría de pasar como si ella no estuviera ahí? Probablemente sí, porque estarían juntas otra vez. Podrían charlar, bromear entre ellas. Intercambiaran historias, y se tomarían el pelo. Todo se sentiría correcto, como siempre debió ser. Solo las dos sin que nada más importara. Sin dejar de sonreír nunca más.
Se imaginó tomando esa mano, nadando con ella, en un espiral de felicidad que la hundiría hasta lo más profundo.
Entonces, quizás, finalmente sentiría que todo había valido la pena.
Y los pensamientos que no la dejaban dormir en la noche finalmente se detendrían.
Sacudió la cabeza y se alejó otro paso.
—Lo haría, pero estaría sufriendo, tratando de flotar todo el tiempo.
Sus manos habían estado a punto de tocarse nuevamente. Himiko frunció el ceño, cuando sus dedos volvieron a rozar el aire. Inspiró profundo, y sonrió otra vez. Ya no era una de sus sonrisas brillantes. Lo sabía. La tenía memorizada como nadie. Y esta sonrisa estaba tensa en las comisuras y apretaba un poco los dientes.
Se estaba frustrando.
Y eso, desgraciadamente, era bueno para ella.
—Yo podría llevarme todo tu dolor.
Solo con un toque. Sería todo lo que necesitaba. Para acabar con las pesadillas, y el arrepentimiento y la carga de los errores. Un roce de ella, y todo el dolor se iría flotando para nunca regresar. Todo volvería a ser como de la sangre, de la guerra, de la destrucción.
—Por lindo que suene, —Pasó sus manos por el borde del barco, y se permitió sentir su aspereza, las astillas clavándose en su piel que la ataban a la realidad—, desde aquí estoy bien.
—Yo puedo llevarme todo tu dolor.
Con su cabello más radiante que el sol, y la manera en la que amaba tan fervientemente. Su calidez, y como solo su presencia parecía hacer que el mundo fuera más brillante. Todo aquello que la hacía única, y que se había dado cuenta de su existencia muy tarde en vez de apreciarlo y atesorarlo por siempre. Si, podía llevarse todo su dolor.
Ella podía llevarse el dolor de quién sea.
—Sabes que prefiero mis pies en el suelo. —Dio un salto y se sentó el borde del barco, con las piernas hacia afuera y las plantas de sus pies apoyándose en el acero.
Himiko extendió las manos hacia sus tobillos. No dejaba de mirarla. Con intensidad, y una adoración que casi la hacía derretirse. Que casi la impulsaba a saltar.
De no ser porque su sonrisa con cada palabra era menos luminosa.
—Yo me llevaré todo tu dolor.
Antes de que la sujetara, Ochako atrajo sus pies hacia su pecho. Lo notó, el pequeño tic en su ojo izquierdo. Un pequeño segundo que se habría perdido si no fuera lo que estaba buscando.
Era momento.
—Bien, —Apoyó su mano en el mentón mientras la miraba con una pequeña sonrisa—, pero sólo si respondes una pregunta o dos.
Esperaba que esto fuera suficiente, si no, tendría que seguir presionando. El problema era que Himiko también presionaría, y no estaba segura de cuánto iba a resistir antes de ceder.
—Claro.
Contuvo un suspiro de alivio y cerró los ojos, bien, esta era la parte fácil. O al menos, eso era lo que esperaba.
—Okay, entonces finjamos que estoy buscando… —hizo una pausa, como si estuviera pensando— no sé, al líder de un grupo criminal, y digamos que él es un experto en camuflarse.
Había tratado con numerosos villanos que eran excelentes para esconderse, pero este había probado ser el doble de escurridizo, o el triple. Cada pista llevaba a un callejón sin salida, y hacía que perdiera tiempo, y recursos. Había tratado de comprenderlo durante estos últimos años, pero se mantenía igual de impredecible. Nunca repetía la misma táctica, ni la misma ruta, ni él ni su grupo y francamente ya quería ponerlo entre rejas. Era lo mínimo que se merecía.
Así que había recurrido a métodos menos correctos.
Clavó su mirada en Himiko, su sonrisa era un poco más afilada. Casi como si se estuviera burlando de ella, como si supiera exactamente a quién se refería. Y supiera lo que necesitaba. Probablemente era así.
Si alguien sabía cómo encontrarlo, sabía que era la persona frente a ella.
El problema era si se lo diría.
—¿Cómo lo engaño? —Comenzó a preguntar. Su cuerpo se balanceó hacia adelante, como si estuviera a punto de dejarse caer del barco hacia los brazos de ella—. ¿Cómo lo encuentro? ¿Con quién debería hablar? ¿A dónde debería ir?
La contraria se llevó una mano al mentón, pretendiendo pensar. No dejaba de mirar de reojo hacia Uraraka, por si se dejaba caer, hacia ella, y el espiral de promesas que prometía.
Se aseguró que sus uñas estuvieran clavadas en la madera tanto como podían.
—Él se ocultará por tierra y mar, entonces atráelo con algo que desea —dijo Himiko finalmente y dejó caer sus brazos. Nadó más cerca del barco, por lo que quedó debajo de Uraraka—. La única manera en la que lo encontrarás es ofreciéndole lo que nadie más, algo que quiera desesperadamente.
Maldita sea.
No había esperado que le diera la dirección de donde se ocultaba, cómo infiltrarse allí o su identidad. Pero tampoco había esperado que le dijera eso.
Se habría conformado con una zona, o que lo dirigiera hacia alguien que pudiera ayudarle a localizarlo, quizás hasta la manera en la que conseguía ocultarse.
En cambio, le había dado el método, probablemente sabiendo lo arriesgado que era y lo complicado que sería ejecutarlo.
Y qué era lo último que quería hacer.
—Es la única manera de encontrarlo, ofrécele lo que desea.
Se tensó ante la repetición de sus palabras. Como si no le hubiera quedado claro lo que pretendía. Como si quisiera hacer que pensara más en ello y en las potenciales consecuencias de hacerlo.
Y al mismo tiempo, como si quisiera presionarla a que tomara la decisión.
Por el bien mayor ¿no?
Eso era lo único que debería importarle, como heroína.
—Pero eso sería peligroso —murmuró.
—Bueno, tú preguntaste y ahora lo sabes. —Himiko sumergió sus brazos en el agua y le salpicó directo a la ropa—. ¡Ahora salta al agua!
El agua la empapó por todo el cuerpo e hizo que se levantara de un golpe. Se sujetó de la cuerda más cercana, asegurándose de mantener el equilibrio por el borde del barco.
Debía mantenerse estabilizada.
Un paso en falso la haría caer.
Y eso no era bueno.
Sin importar que una parte de su corazón latiera frenéticamente diciéndole todo lo contrario.
—Himiko, dime, ¿por qué? —Se hizo un mechón de cabello hacia atrás y le sonrió—. Sabes que soy tímida, y que me aterra.
El rostro de ella se iluminó. Dio una vuelta en el agua, salpicándole un poco más. Luego extendió su mano hacia ella, como invitándola a bailar en medio de las olas.
Girar y girar y girar.
Y dejar todo atrás.
—Yo podría llevarme todo tu dolor.
Decía esa frase con más fuerza que la otra vez. Y tuvo efecto. Aquella parte de su corazón que creía que saltar lo arreglaría todo latió con más fuerza, y la obligó a mirar cada parte del rostro de Himiko.
Sus mejillas redondeadas.
La manera en la que sus colmillos eran más afilados.
La intensidad de su mirada.
¿Cómo alguien podría mirar un rostro como ese y no sentir la más absoluta admiración? ¿Saber al instante que era una de las mujeres más bellas del mundo, por no decir la más bella?
Un solo toque de ella, y todos estos años desde la guerra se borrarían.
Era tentador.
Más de lo que le gustaría admitir.
Distorsionó la gravedad a su alrededor, para que le permitiera flotar. Usando la cuerda, saltó hacia ese espacio que había creado, caminando en el aire.
Ella le había hecho una pregunta, y Himiko había respondido. Un trato era un trato ¿no?
—Por ti moriría, —Alteró un poco más la gravedad, para poder acercarse más hacia ella. No lo suficiente para que pudiera atraparla— pero ¿no puedes dejar que me quede seca?
Sus ojos se iluminaron más. Y el brillo de su sonrisa regresó, solo que de una manera diferente a la que ella recordaba.
Salió un poco más del agua, estirando su cuerpo. Solo había centímetros que las separaban. Si se concentraba, podía sentir su calidez, su aroma. Llamándola. Jalándola. Indicándole donde debía estar.
—Yo puedo llevarme todo tu dolor.
Cada vez que decía esa frase, estaba más segura de que era así.
O quizás se debía a que con cada paso que Uraraka daba hacia abajo, la sentía más cerca de ella y ese sentimiento se reforzaba.
Llevarse su dolor.
¿Qué lindo sonaba, no?
Finalmente rendirse, y volver a sonreír como antes.
No más villanos.
No más causas que demasiadas veces se sentían perdidas.
No más pesadillas.
—Deberías venir al barco, —Señaló hacia la estructura, y se arrodilló. Ahora, su rostro estaba a centímetros del de Himiko—, saltaremos a la vez.
Sin dejar de sonreír, Himiko le colocó las manos en las mejillas, acortando más la distancia entre ambas. Sentía su aliento, y cómo su cuerpo temblaba. Deseando ir más allá. Deseando terminar con esta distancia insufrible que ella se esforzaba por mantener.
Deseando abrazarla.
Hundir su cabeza en el cuello de ella.
Y decirle cuánto había esperado por este momento de volver a verla.
—Yo me llevaré todo tu dolor.
Esta vez lo dijo como un susurro, y una promesa.
Solo tenía que chasquear los dedos, hacer que la gravedad regresara a la normalidad, y entonces caería al agua en sus brazos y ese sería al final.
Se llevaría todo el sufrimiento.
Todo volvería a estar bien.
Inclinó su cabeza hacia adelante, casi juntando sus frentes. Y luego colocó sus manos encima de los de Himiko, acariciando sus nudillos y sonriéndole con suavidad. Se permitió ese breve momento egoísta.
Estaba bien.
Estaba lista.
—Las cosas que hago por ti —susurró contra su piel.
Lista para acabar con esta fantasía.
Ignorando las lágrimas en sus ojos, dejó que el poder fluyera hacia sus venas y se expandiera hacia Himiko.
O debería decir, la copia de ella.
Porque Toga Himiko había muerto hace ochos años.
Porque, sin importar cuánto deseara jugar con ella, introducirle al resto de sus compañeros para que tuvieran amigos en común, eliminar todos esos años que habían estado separadas y nadar y bromear y sonreír con ella, los muertos no regresaban a la vida.
Ella sí se llevaría todo su dolor, pero ya no estaba aquí para hacerlo.
La villana abrió los ojos cuando comenzó a flotar y a alejarse del agua. Abrió la boca, pero antes de que otro sucio sonido saliera de allí, flotó hasta quedar donde estaba y la pateó directo hacia el barco.
Luego, cuando estuvo cerca, chasqueó los dedos y la villana cayó de espaldas en la cubierta. Uravity se limpió los ojos, antes de caminar por el aire y pararse encima del borde del barco.
Toda dulzura que pudo mostrar antes fue reemplazada por frialdad en cuanto el cuerpo de Himiko comenzó a desaparecer, dejando a una suplantaidentidad con piel pálida, cabello negro y ojos blancos.
La villana regresó a verla. La calidez de ella también había desaparecido, y solo había dejado un rostro furioso y unos dientes demasiados afilados que buscaban hundirse en su piel. Ya no había rastro de la Himiko en la que se había disfrazado.
Eso era lo mejor.
—Cortemos con el acto, —Se cruzó de brazos—, tú no eres mi amiga.
