Chapter Text
-Yo puedo ir con vos al casamiento.
Nunca en la vida pensé escuchar esas palabras en ese tono firme y grave.
Bajé la mirada hacia el mate y entrecerré los ojos intentando detectar indicios de alguna sustancia alucinógena en el aire. Por lo menos, eso hubiera explicado lo que estaba pasando. Pero no.
No había nada. Solo el mate a medio tomar.
–Si posta estás tan desesperado por ir con alguien, yo te acompaño. –De nuevo esa voz.
Levanté la cabeza, con los ojos abiertos como platos. Abrí la boca y volví a cerrarla de golpe.
–Licha... –logré decir. Las palabras salieron como un susurro–: ¿está acá posta? ¿Vos lo ves? ¿O ’toy flasheando?
Licha (mi mejor amigo y compañero de trabajo en InTech, la consultora en ingeniería en la que nos conocimos y donde trabajábamos) asintió despacio con la cabeza. Vi cómo el flequillo se acomodaba con el movimiento y una expresión de desconcierto se apoderaba de sus facciones, que en general estaban bastante relajadas.
–No, no. Está acá –confirmó en voz baja mientras estiraba el cuello para poder espiar a mis espaldas–. Hola. ¡Buen día! –saludó, simpático, y volvió a mirarme–. ’Tá justo atrás tuyo..
Boquiabierto, miré fijamente a mi amigo. Estábamos al final del pasillo del undécimo piso de las oficinas de InTech. Nuestros escritorios estaban bastante cerca, por lo que, en cuanto entré al edificio (ubicado en la Av. Corrientes, a solo 3 cuadras del Obelisco), fui directamente a sentarme con él.
En la recepción habían puesto unos sillones de madera para que los clientes se sentaran a esperar sus reuniones. Como siempre estaban vacíos a la mañana, mi plan era echarnos un rato ahí, pero solté la bomba antes de que pudiéramos sentarnos. Necesitaba sus consejos con urgencia. Y entonces..., él se materializó de la nada.
–¿Necesitás que te lo repita por tercera vez? –Su pregunta me provocó una nueva ola de desconfianza y me congeló la sangre.
No podía creer lo que estaba pasando. Lo que estaba diciendo no tenía ningún sentido. No en nuestro mundo en el que…
–Bueno, te lo repito. –Suspiró–. Te puedo acompañar. –Hizo una pausa y la aprensión volvió a dejarme helado–. Al casamiento de tu hermano.
Me quedé duro, con los hombros rígidos..
¿Se está autoinvitando al casamiento de mi hermano? ¿Como mi acompañante? ¿Por qué?
Pestañeé. Sus palabras me retumbaban en la cabeza.
Entonces, algo se destrabó adentro mío. Lo absurdo de la situación y la joda que me estaba haciendo este flaco en el que sabía que no podía confiar hicieron que un sonido me trepara por la nariz y saliera fuerte y claro, como si no pudiera esperar ni un segundo más.
Sentí un gruñido detrás de mí.
–¿Qué te da tanta gracia? –Su voz parecía más fría–. Te estoy diciendo en serio.
Volví a reprimir la carcajada. No le creí. Ni por un segundo.
–Las chances de que me esté hablando en serio –le dije a Licha– son las mismas que tengo de que el chino Darín venga y me diga que me quiere cojer. –Hice una mueca mirando a ambos lados–. Ninguna. Así que, Licha, me estabas contando algo de... el señor Tito, ¿no?
El señor Tito no existía.
–Juli –Licha esbozó una sonrisa falsa, mostrando todos los dientes, la que sabía que usaba cuando no quería ser maleducado–, para mí que si te dice en serio. –
Sin relajar la sonrisa de loco, inspeccionó al hombre a mi espalda.
–Naa. No puede ser. –Negué con la cabeza. Me resistía a darme la vuelta y ver que existía una remota posibilidad de que mi amigo tuviera razón.
No podía ser. Era imposible que Enzo Fernández la persona con la que peor me llevaba en la oficina, me propusiera algo así. Nunca en la vida.
Un suspiro impaciente me llegó desde atrás.
–Siempre caemos en lo mismo, Julián. –Una pausa larga. Otro suspiro ruidoso de su boca, mucho más largo. No me giré. Me quedé firme en mi lugar–. Por más que me ignorés, no voy a desaparecer. Y lo sabes muy bien.
Lo sabía.
–Igual voy a seguir intentando–murmuré.
Sin relajar la sonrisa, Licha me fulminó con la mirada y volvió a espiar por encima de mi hombro:
–Che, perdón Enzo. No te estamos ignorando. –Su sonrisa seguía tensa–. ’Tamos... debatiendo.
–Sí lo estamos ignorando. No hace falta que le cuidés los sentimientos. No tiene.
–Gracias, Licha. –Enzo se dirigió a mi amigo con un tono menos frío. ¿Estaba siendo amable? Pensé que no conocía la amabilidad. Ni siquiera creía que pudiera ser amistoso. Aunque si lo pienso, siempre había sido menos...serio con Licha. Obviamente conmigo no–. ¿Le podés decir a Julián que se de vuelta? Quiero hablarle a la cara y no a la nuca. –Su tono descendió a temperaturas bajo cero–. Obviamente, si es que no me está haciendo uno de esos chistes que nunca entiendo y que tampoco me causan gracia.
El calor me subió por el cuerpo hasta el rostro.
–Dale –respondió Licha–. Ahí le digo. –Desde ese punto a mi espalda, dirigió la mirada hacia mi cara y levantó las cejas–. Juli, esteee..., Enzo quiere que te des vuelta si es que no estás haciendo uno de tus chistes…
–Gracias, Licha. Ya lo escuché –dije con los dientes apretados. Sentía un fuego en los cachetes y me resistía a enfrentarlo porque eso significaba dejarle ganar esta partida, sea cual sea el juego que estábamos jugando. Además, acababa de decir que no era gracioso. Él–. Si no te molesta, decile que no creo que sea capaz de reírse y mucho menos de entender un chiste, si no tiene sentido del humor. Gracias.
Licha se rascó el costado de la cabeza y me miró pidiendo clemencia. Parecía que me gritaba con los ojos: No me hagas esto.
Abrí grandes los míos para ignorar su petición y rogarle que me siguiera la corriente.
Resopló y volvió a mirarlo, una vez más.
–Juli dice que…
–Gracias, Licha. Lo escuché.
Estaba tan en sintonía con él, con esto, que percibí el ligero cambio en su tono: iba a usar la voz que solo usaba conmigo. Esa tan seca y fría, pero ahora sumaba una capa de desdén y distancia. Esa que pronto se convertiría en un ceño fruncido. No necesitaba ni mirarlo para saberlo. Siempre estaba presente cuando se trataba de mí y de esta...cosa que había entre nosotros.
–Por más que ya se que si me puede escuchar desde ahí abajo, te agradezco que le digas que tengo que trabajar y que no la haga tan larga.
¿Ahí abajo? Este flaco es un imbécil.
Mido casi un metro setenta.
Licha volvió a fijar sus ojos en mí.
–Enzo tiene que trabajar y te agradecería…
–Si... –Me detuve al escuchar que la voz me salió entrecortada, me aclaré la garganta y volví a intentarlo–. Si está tan ocupado, decile que es libre de desaparecer. Puede volver a su oficina y seguir con su obsesión por el trabajo que, sorprendentemente, interrumpió para meterse en donde no le incumbe.
Mi amigo abrió la boca, y antes de que pudiera pronunciar una palabra, el hombre a mis espaldas habló primero:
–Bueno, ya me escuchaste lo que te dije. Mi propuesta. Así que... –Una pausa. Lo puteé por dentro–. ¿Qué me vas a responder?
El rostro de Licha volvió a transformarse por la sorpresa. Seguí mirándolo y me imaginé cómo mis ojos color café debían estar volviéndose rojos por la furia.
¿Mi respuesta? ¿Qué mierda está buscando? ¿Es una forma nueva que tiene de joderme y colmarme la paciencia?
–No se ni de qué me está hablando. No escuché nada –mentí–. Decile eso.
Licha se rascó la cabeza, alternando la mirada entre Enzo y yo.
–Creo que dice de cuando se ofreció a acompañarte al casamiento de tu hermano –explicó con dulzura–. Viste, después de que me contaste que las cosas cambiaron y que tenías que encontrar a alguien (a cualquiera, creo que dijiste) para que te acompañe a Córdoba y vaya con vos al casamiento porque, si no, te ibas a morir…
–Si ya entendí. –Me apresuré a interrumpirlo y sentí que me volvía a arder el rostro al darme cuenta de que Enzo lo había escuchado todo–. Gracias, Licha, no hace falta que sigas con el resumen. –O me iba a morir de una forma lenta y dolorosa en ese preciso instante.
–Creo que dijiste la palabra “desesperado” –aportó él.
Me ardieron hasta las orejas cuando lo escuché. Era probable que tuvieran cinco tonos de rojo radiactivo.
–No. –Exhalé–. No dije eso.
–Sí amigo…si dijiste eso–confirmó mi mejor amigo (bueno, mi ex mejor amigo a partir de ese momento).
–¿Qué haces, traidor? –murmuré con los ojos entrecerrados mientras le hacía montoncito con la mano.
Pero ambos tenían razón.
–Bueno. Sí. Dije eso. Pero eso no quiere decir que esté así de desesperado posta.
–Justamente es lo que dice alguien que si está desesperado. Pero bueno, si dormís más tranquilo pensando que no, Julián
–No es tu asunto, Enzo, y no estoy desesperado, ¿sabés? –Lo insulté por dentro y perdí la cuenta de cuántas veces lo había hecho esa mañana. Entrecerré los ojos–. Y puedo dormir bien. Es más, nunca dormí mejor.
¿Qué le hacía una mentira más a todas las que ya había dicho?
La realidad era que en verdad estaba desesperado por encontrar a alguien que me acompañase al casamiento, pero eso no quería decir que...
–Bueno como vos quieras.
Es irónico que, de todas las palabras que le había dicho a mi nuca esa mañana, esas hayan sido las que quebraran mi falsa postura de indiferencia.
Ese “Bueno como vos quieras” condescendiente, presumido, despectivo, tan de Enzo.
“Bueno como vos quieras”.
Me hervía la sangre.
Era una reacción tan impulsiva y desproporcionada para una frase de cuatro palabras (que dicha por cualquier otra persona hubiese sido insignificante) que no me di cuenta de que mi cuerpo estaba girándose, hasta que fue demasiado tarde.
Por su altura, me recibió un gran pecho cubierto por una camisa blanca y ajustada que me hizo desear apretar la tela en un puño y arrugarla porque, ¿quién va por la vida tan pulcro y planchado todo el tiempo? La respuesta es Enzo Fernández.
Deslicé la mirada por los hombros definidos y el cuello fuerte en el que se le veían un par de tatuajes hasta que llegué a su recta mandíbula. Los labios apretados formaban una línea, tal como lo había imaginado. Mis ojos siguieron subiendo y llegaron a los suyos (de un negro que me recordaba a un abismo cósmico, donde el tiempo se detiene y el universo parece indiferente) y me di cuenta de que me estaba mirando. Levantó una ceja.
–¿Bueno como vos quieras? –siseé.
–Sí. –Con esa cabeza, cubierta de pelo negro, asintió solo una vez sin dejar de mirarme–. No quiero perder más tiempo discutiendo algo que no vas a admitir nunca porque sos muy porfiado. Así que, sí: como vos quieras.
Este pesado que debe pasar más tiempo planchando la ropa que relacionándose con otra gente no me va a hacer perder la paciencia tan temprano en la mañana.
Mientras luchaba por mantener mi cuerpo bajo control, inhalé profundamente y me rasqué el pelo.
–Si estás perdiendo el tiempo, la verdad que no se que seguís haciendo acá. Así que si te podés ir, mejor…
Para no verse involucrado en mi decisión, Licha lanzó un ruidito distraído.
–Lo haría –dijo Enzo en un tono más conciliador–, pero seguís sin responderme la pregunta.
–Eso no era una pregunta –negué. Las palabras me supieron amargas–. Lo que sea que hayas dicho, no era una pregunta. Igual no importa porque no te necesito, gracias igual.
–Bueno como vos quieras –repitió y mi enojo subió otro escalón–. Aunque creo que sí me necesitás.
–Crees mal.
–Pero, si parece como que me necesitás –Alzó la ceja aún más.
–Debes estar sordo entonces porque, como ya te dije, escuchaste mal. No te necesito, Enzo Fernández. –Tragué con fuerza para intentar quitarme la sequedad de la boca–. Si querés te lo escribo por carta o te mando un mail si tanto insistís. Decime qué preferís.
Lo pensó durante un segundo, sin ningún interés. Sabía que no iba a dejarlo pasar con tanta facilidad. Lo confirmó cuando volvió a abrir la boca:
–¿No dijiste que el casamiento es dentro de un mes y que no tenés con quién ir?
–Puede ser. No me acuerdo muy bien que dije. –Presioné los labios en una línea recta. Era justo lo que había dicho. Palabra por palabra.
–¿Y Licha no te dijo que si te sentabas en el fondo e intentabas no llamar la atención había chance de que nadie se de cuenta de que fuiste solo?
La cabeza de mi amigo apareció de golpe en mi campo visual.
–Sí, le dije eso.
–Licha –lo interrumpí–, no me estarías ayudando amigo.
–¿No le dijiste a Licha que eras el padrino y que por ende “absolutamente todos los boludos esos” (tus palabras) te iban a ver?
–Sí –confirmó la Licha. Giré la cabeza en su dirección–. ¿Qué? –Se encogió de hombros y firmó su sentencia de muerte–: Dijiste eso, Juli.
Necesito amigos nuevos. Lo antes posible.
–Lo dijo –corroboró Enzo y volvió a atraer mi atención y mi mirada–. ¿Y no dijiste que tu exnovio es el padrino de la novia y que querías arrancarte la piel de solo pensar que vas a tener que estar cerca de él como un “pobre soltero” (de nuevo tus palabras)?
Sí. Lo dije. No pensé que estuviera escuchándome. De lo contrario, nunca lo hubiera admitido en voz alta.
Pero parece que estuvo ahí durante toda la conversación y recién ahora me doy cuenta. Me escuchó admitir todo eso y acababa de echármelo en cara. Y por mucho que quisiera convencerme de que no me importaba (de que no debería importarme) el dolor seguía ahí. Me hacía sentir más solo, tonto y boludo.
Tragué el nudo que tenía en la garganta y me concentré en su nuez de Adán.
No quería ver qué expresaba su cara. Burla. Lástima. No me importaba. No era el primero que tenía ese concepto de mí.
Su garganta se movió. Lo supe porque era lo único que me permitía mirar.
–Estás desesperado.
Exhalé, dejando pasar el aire entre mis labios, que mantenía presionados.
Asentí con la cabeza: eso fue todo lo que le concedí. Y no entendí por qué lo había hecho. Yo no era así. Siempre peleaba hasta que mi contrincante sangrara. Los dos lo hacíamos. No nos preocupaban los sentimientos del otro. Eso no era una novedad.
–Entonces llevame. Voy con vos al casamiento, Julián.
Alcé la mirada poco a poco y me invadió una extraña combinación de cautela y vergüenza. Que hubiera presenciado todo ya era bastante malo, ¿y encima intentaba usarlo a favor suyo?
A no ser que no fuera eso lo que buscaba. A no ser que hubiera otra respuesta, un motivo que explicara por qué estaba ofreciéndose para ser mi cita.
Le estudié el rostro y, a pesar de que analicé todas las opciones y posibles motivaciones, no logré llegar a ninguna conclusión razonable. No encontré ninguna respuesta que me ayudara a entender por qué estaba tan pesado con querer acompañarme.
Solo la verdad, la realidad: no éramos amigos. Enzo Fernández y yo por poco nos bancabamos. Éramos malditos con el otro, nos señalábamos los errores, criticábamos nuestras formas de trabajar, pensar y vivir. Acentuábamos las diferencias. Hace un tiempo hubiese sido capaz de tirarle cuchillos a su foto. Y estaba casi seguro de que él hubiera hecho lo mismo, porque yo no era el único que iba manejando por la Ruta del Odio. Era una ruta de doble sentido. Aparte, fue él quien provocó la grieta entre nosotros. Yo no era el culpable de la distancia.
Entonces, ¿por qué fingía querer ayudarme y por qué debería darle el gusto de considerarlo?
–Puede ser que esté desesperado por encontrar a alguien, pero no tan desesperado –repetí–. Como te dije recién.
–Pensálo dos segundos. Sabes que no tenés otra opción. –Suspiró cansado. Impaciente. Enfurecido.
–No hay nada que pensar. –Sacudí la mano para cortar el aire entre nosotros.
Después esbocé mi versión de la sonrisa falsa con dientes de Licha–. Prefiero llevar a un mono con traje antes que a vos.
Levantó las cejas. Pude ver en sus ojos que mi comentario le pareció ocurrente.
–Daaa, sabés muy bien que no. Aunque algún mono pueda llegar a prestarse para eso, va a estar tu ex. Tu familia. Dijiste que querías impresionarlos y yo puedo hacer eso. –Inclinó la cabeza–. Soy tu mejor opción.
–No sos mi mejor nada, Enzo. –Lancé un bufido y aplaudí una vez. Era peor que un grano en el culo–. Y tengo muchas más opciones –contraataqué encogiéndome de hombros–. Puedo buscar a alguien en Tinder y hasta publicar en los clasificados de diario no sé. Seguramente encuentro a alguien.
–¿Con tan poco tiempo? Lo veo casi imposible.
–Licha tiene amigos. Seguro alguno me puede acompañar.
Ese siempre había sido mi plan. Esa era la razón por la que había ido a hablarle a primera hora. Y ahora me daba cuenta de que había cometido un error de principiante. Debería haber esperado a salir del trabajo y llevarlo a un lugar seguro, lejos de Enzo, para contárselo. Pero después de la llamada de mi vieja...bueno, digamos que las cosas habían cambiado, o al menos mi situación. Necesitaba a alguien y no podía ser más sincero cuando decía que me conformaría con cualquiera. Con cualquiera menos con Enzo, obviamente. Licha había crecido en esta ciudad, tenía que conocer a alguien.
–¿O no, Licha? Alguno de tus amigos seguro está disponible.
–¿Qué te parece Ota? –propuso y su cabeza volvió a aparecer–. Le encanta la joda.
–¿Ota no fue el que se puso en pedo en el casamiento de tu primo y se puso a hacer karaoke de Amar Azul hasta que tu hermano lo bajó del escenario a patadas? –Lo fulminé con la mirada.
–Siii ese, que culiadazo. –Hizo una mueca.
–Mejor no. –No puedo llevar a un flaco así al casamiento. Mi hermano es capaz de asesinarme a mí y a él–. ¿Y Gero?
–Casadísimo está.
–No me sorprende. Es alto varón. –Se me escapó un suspiro.
–Ya sé. Por eso le quise hacer la onda con vos tantas veces, pero vos...
Me aclaré la garganta para interrumpirlo.
–No estamos hablando de eso. –Le eché un vistazo a Enzo, que seguía mirándome con los ojos entrecerrados–. ¿Y... Alexis?
–Se mudó a Inglaterra.
–La puta madre. –Negué con la cabeza y cerré los ojos por un instante. Esto no estaba yendo hacia ningún lado–. Entonces contrato a un actor. Le pago para que se haga pasar por mi novio.
–Te va a salir un poco caro me parece –intervino Enzo, sin expresión–. Y los actores no andan por ahí, esperando a que alguien los contrate para hacerse pasar por sus novios.
–Entonces contrato un acompañante profesional. –Lo fulminé con una mirada exasperada.
–¿Preferís llevar a un prostituto al casamiento de tu hermano antes que ir conmigo? –Frunció los labios como suele hacer cuando está extremadamente enojado.
–Dije un acompañante, Enzo, por Dios –murmuré mientras veía cómo se le movían las cejas hasta formar un ceño fruncido–. No estoy buscando esa clase de servicio. Nada más necesito a alguien que me acompañe. Y eso hacen. Te acompañan a lugares.
–No hacen eso, Julián. –Su voz era profunda y helada. Me juzgaba.
–¿Nunca viste una comedia romántica? –Como respuesta, frunció el entrecejo aún más–. ¿Ni siquiera The Wedding Date? –Silencio de nuevo; solo sostuvo su mirada polar–. ¿Ves películas? ¿O solamente... trabajás? –Existía la posibilidad de que ni siquiera tuviera televisión. Su expresión no cambió. Dios, no tengo tiempo para esto. No tengo tiempo para él–. ¿Sabes qué? No importa, ni te hagas drama. –Levanté las manos y las entrelacé–. Gracias por... esto. Lo que sea que haya sido. Fue tremendo aporte, che. Pero no te necesito.
–Creo que sí.
–Creo que sos un pesado. –Pestañeé.
–Julián –me miró fijamente y la forma en que dijo mi nombre aumentó mi irritación–, estás loco si te pensás que vas a encontrar a alguien en tan poco tiempo.
Una vez más, Enzo tenía razón.
Puede que estuviera un poco loco. Y él ni siquiera sabía de la mentira. Mi mentira. Aunque nunca fuera a enterarse, no cambiaba los hechos: necesitaba a alguien, a cualquiera, (pero no a él, no a Enzo) que viajara a Córdoba y fuera conmigo al casamiento de Rafael. Porque (A), era el hermano del novio y el padrino. (B), mi ex, Paulo, era el hermano y padrino de la novia y me había enterado de que estaba felizmente comprometido, algo que mi familia me había estado ocultando. (C), sin contar algunas pocas y bastante fracasadas citas, llevaba casi seis años soltero. El mismo tiempo que pasó desde que dejé Córdoba y me mudé a Buenos Aires, poco después de que la única relación que había tenido me explotara en la cara. Todos los invitados estaban al tanto de eso (porque no hay secretos en familias como la mía, y mucho menos en los pueblitos como el que me había visto nacer) y les daba pena. Y (D), estaba mi mentira.
La mentira.
La que le di de comer a mi vieja y por extensión a todo el clan Alvarez (porque, en lo que a nosotros respecta, no existen los límites ni la privacidad). Seguro que a estas alturas mi mentira ya había aparecido en el diario de Calchín.
Julián Alvarez ya no está soltero. Su familia está feliz de anunciar que va a traer a su novio al casamiento. Están todos invitados a venir y presenciar el milagro de la década.
Porque eso era lo que había hecho. Justo después de que la noticia del compromiso de Paulo se escapara por los labios de mi mamá y me llegara a los oídos, a través del auricular del teléfono, dije que yo también iría con alguien. No, no con alguien nada más. Dije (mentí, engañé, declaré en falso) que iba a llevar a mi novio.
El que, técnicamente, no existía. Todavía.
Bueno, puede que nunca exista. Porque Enzo tenía razón: era imposible que encontrara a alguien en tan poco tiempo. Creer que cualquier hombre aceptaría fingir ser mi novio era casi una locura. Pero ¿admitir que Enzo era mi única opción y aceptar su oferta? Eso era sin duda un completo delirio.
–Parece que te está empezando a caer la ficha. –Sus palabras me trajeron de vuelta al presente y vi que me observaba con esos ojos negros–. Te dejo para que termines de entrar en razón. Avísame cuando estés.
Apreté los labios y volví a sentir calor en las mejillas. ¿Tanta pena le daba que se había ofrecido a acompañarme? Me crucé de brazos e intenté evitar su mirada implacablemente negra.
–Ah, y, ¿Julián?
–¿Sí? –dije con suavidad. Que boludo que soy.
–Intenta no llegar tarde a la reunión de las diez. No da gracia.
Lo fulminé con la mirada, un bufido se me atascó en la garganta.
Imbécil.
Juré, en ese momento y en ese lugar, que algún día le iba a tirar algo en medio de la cara de insoportable que tiene.
Un año y ocho meses. Ese era el tiempo que llevaba aguantándolo. Llevaba la cuenta de mi condena.
Entonces, con un simple movimiento de cabeza, se dio la vuelta. Vi cómo se alejaba hasta próximo aviso.
–Buenooo, eso fue…. –Escuché la voz de Licha, pero no terminó la oración.
–¿Nada que ver? ¿Una cargada? ¿Bizarro? –arriesgué con las manos en la cara.
–Nada que ver. Y bastante interesante, che.
Lo miré entre los dedos. Se le curvaban los labios en una sonrisa.
–Bueno me parece que vos y yo no vamos a ser más amigos, Lisandro Martinez.
–Deja de inventar –dijo entre risas.
Tenía razón. Nunca iba deshacerse de mí.
–Así que... –enroscó su brazo con el mío y me arrastró por el pasillo–, ¿qué vas a hacer?
–No... No tengo ni la más mínima idea –admití con la voz temblorosa, usando la poca energía que me quedaba.
Pero sí estaba seguro de algo: ni en pedo acepto la oferta de Enzo. No era mi única opción y tampoco la mejor. Es más, no era nada. Y menos que menos iba a hacerse pasar por mi pareja en el casamiento de mi hermano.
