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Le sueña ahí en lo alto, libre en la lluvia de estrellas que le roban el aliento.
Caen meteoritos encendidos en llamas desde el cosmos que les envuelve – que les aprisiona – y él sólo puede soñarle en el polvo de las estrellas, aferrado a las cometas incendiarias que parecen escribir su nombre en lo más alto, para que jamás se olvide de aquel que gobierna su corazón. ¿No es una noción ridícula?, ¡olvidarse de él! Se le atora el ánima en la garganta, despreocupada del oxígeno perdido por los pulmones, cuando le alzan del cuello, uno u otro alienígena - ¡qué importan sus identidades! – porque en el firmamento sobrevuela la verdadera belleza del universo e ilumina una parte de la vorágine que reconoce como suya.
Y lo ve sin falta, cada noche.
Las rodillas raspadas por las caídas, la sangre dispersa en su rostro, los nudillos rotos y las uñas sucias; cada parte desaliñada, sucia, herida, le da un vuelco al corazón, porque es él, solo él, quien le enferma hasta las entrañas y quien puede ser la cura. Porque el pequeño rookie tiene fuego en la mirada y sangre en la boca y cuando pasa a la carrera a su costado, sólo sabe seguirlo, sin preguntarse a dónde deparará ese camino turbulento; porque a él le piensa seguir hasta que se acaben los corredores y seguirá buscándolo incluso cuando la música se apague.
Es una mancha a la pulcritud de los niños criados – prisioneros – en Anakt Garden, un error en el sistema a punto de desequilibrar el orden establecido, cuyas miradas furibundas se ablandan cuando la ven a ella – quien es brillante y bonita y es una flor más de ese jardín maldito, igual de condenada que el resto -, jamás para nadie más. Nunca le ve; no realmente.
Y no importa.
Porque él sí le ve. Ah, ¡cuánto le ve!
Ve cada una de sus caídas, de sus tropiezos, de los empujones que le propinan para pisotear su rebeldía. Ve cómo se alza cada vez, apartando la tierra del rostro, preparado para otra ronda. Se apoya de su hombro en medio de los descansos para indagar en la música que compone a solas, creyendo ver atisbos de su alma escrita entre cada arpegio y acorde, seguro de que si tocara el papel podría acariciarle dentro. Le sigue hasta donde no debería ir, siendo testigo único del dolor al que es sometido, y se escurre a su costado para… ¿para qué? Una parte suya cree que sólo es curiosidad por entender de qué materia estaba hecho y qué le hacía mostrar los dientes a sus dueños, sin temor a las represalias. El resto de sí se estremecía al presenciarlo tan herido, tan solo.
Till no pertenecía a esas celdas, ni a esos dispositivos de retención, y ese collar al cuello era indigno de él. Suyo era el lugar entre las estrellas, radiante y lejano, iluminando la negrura de su penuria.
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Se convierte en el “favorito de los fans” y sus libertades crecen con ello.
Jamás alza la voz, ni los puños, contra sus captores, dejando que su indiferencia consumiera sus pensamientos en sus reuniones. Aceptó gratamente la bestialidad de sus dueños, entregado a sus caprichos sin una sola mueca de repudio, porque si algo podía reconocer en sí mismo, era su propia inteligencia, y saber sobrevivir era una cuestión de intelecto, más que de talento puro. En sus ojos es un perfecto ejemplar, la mascota altamente cotizada de los medios, robándose los suspiros de sus seguidores y la aprobación del público, tanto así que pronto empieza a moverse un poco a sus anchas.
¿Y qué más hacer con su símil de libertad si no es buscarlo?
Descubre dónde le dejan después de sus castigos, sólo para retirarle cabellos pegados a la frente y esperar a que se le vuelva a acompasar la respiración. Visita sus cautiverios en secreto y le observa a él en vez de a los cielos; la única estrella que importa está ahí, al alcance de sus manos, pero tan, tan lejos de su corazón que dolía velar sus descansos. Aún sabiéndose nadie a los ojos de Till, continúa buscándolo a través de los años. Cuida desde las sombras de no saberse correspondido, le vigila desde el frente de los focos.
Y cuando Mizi desaparece, le busca en el bar.
Disfrazado de oficial – de un uniforme que robó hacía tiempo sin saber cuándo podría serle útil -, le retiró el bozal y pensó, como solía hacer desde pequeño, que tan luminosa belleza no podía ser terrenal. Till estaba hecho de otro material, estaba seguro. Hecho del polvo de las estrellas, de la materia de los dioses perdidos con la libertad de la humanidad, de la incendiaria rebeldía que traía esperanza incluso en la negrura de la desolación.
- Consúmeme.
♥️
El silencio le pone en alerta.
La harmonía de la canción muere en el instante en que Till deja de cantar, petrificado por una pena que le tenía robada la rabia, ¿y no sería ese un final indigno? Bajo la mira de los espectadores, hechizados por la tragedia de su lírica y la arrebatadora desgana de sus voces, reconoce la vorágine como suya, instalada en mitad del pecho, y comete su único acto de rebeldía: el micrófono cae al suelo.
El primer beso es agresivo y sabe al metal de sus celdas. No hay éxtasis, ni felicidad en ese primer encuentro de sus bocas. El segundo es forzoso, pero tiene la estupenda cualidad de ganarse la atención de Till, quien escapa de la perturbación de su luto para verle, e Ivan siente su mano sobre sí. Que alivio saberse tocado, aunque fuera en este agridulce adiós.
¿Qué es eso que se extiende por sus extremidades?
Es similar al negro pesar que habita en sí pero tiene un matiz distinto que lo hace alienígena. ¿Es ese calor que se esparce desde su pecho hasta la punta de los dedos su amor por Till? ¿Es esto lo que realmente se siente amar? Es… aterrador.
Los números enloquecen en el tablero que anunciará su condena. Ivan vuelve a besarlo, aferrado a la congoja de su sentir, sabiendo que este es el único final que cuenta. Porque si bien Till puede vivir sin él, ¿podría él hacer lo mismo? No, sin Till ya no existía vida. La suerte estaba echada; las reglas del juego eran claras.
El perdedor ha de morir.
Iván sólo desea que Till viva.
Si alguien ha de sobrevivir ese macabro destino, que sea él.
Por favor, si existe un dios ahí en lo alto, oculto en las estrellas, que le escuche.
Sus manos se cierran alrededor del cuello. De haber tenido otras vidas, ¿podría haber gozado de besarlo ahí y dejar la huella de su pasión o estaría igualmente condenado a anhelar un imposible? Una chispa de su fuego se enciende en Till, unos, dos, tres segundos antes de entender lo que sucedía; y con un suspiro, se entrega a la violencia de su rival, dulcemente manso por primera vez desde que abrió los ojos en ese cruel mundo. ¿Cómo no amarlo, dios? ¡Cómo no quererlo hasta la perdición cuando verlo es lo más cercano que ha vivido a completa devoción! Agh, que horrendo destino, probar la fe de sus labios al final de sus caminos.
Quiere preguntarle tantas cosas, para las cuales no tiene ni palabras.
Till, Till, Till.
El primer disparo le atraviesa justo como fue esperado y él aprieta los dedos contra la aorta de Till. Si puede lograrlo, los liberará a los dos. Si tan sólo puede resistir los embistes, Till estará libre de esa condena. Porque ese escenario no es digno de la luz que emite; porque ese inhumano juego ha apagado el fuego de Till e Iván no lo perdonará jamás.
Que se mantengan ahí, en la punta de la lengua, esas frías palabras, que no paren de venir. Que la rebeldía que le mueve no perezca, que sea libre, que sea pleno. Incluso si esa batalla se volvía en su contra, deseaba que Till continuara adelante porque él creía más que nadie en su pelea.
Quería ahogarse en él, hasta perderse a sí mismo. Porque estaba dispuesto a hacerlo, entregado hasta el último átomo a esa causa perdida, convencido de que si existía luz era por Till. Le estremecía pensar en las noches por venir, sin saberlo vivo; sus dedos hicieron más fuerza, cada músculo de sí puesto en la acción, rehusándose a fallar antes de saber sus últimos alientos contados.
Hasta que todas esas estrellas fugaces se emborronen en el tiempo y solo quede la vaga memoria de haber estado ahí, disuelta en el polvo y el fuego. Sería lo correcto, morir así. Con esos disparos que se sentían como cometas atravesándole la piel, los músculos, los órganos, sin compasión por los estallidos de dolor que le engullían. Quizás si seguían así, revelarían la negrura que portaba siempre dentro. ¿Le querrían igual sus fans? ¿O apartarían las miradas de las pantallas, como suelen hacer, y buscarían otro ídolo más que enaltecer y sentenciar con sus deseos? ¿Qué más daba si el mundo se acababa en ese instante o si caían las estrellas sobre el escenario?
Till, de abrir los ojos, vería la lluvia de estrellas lejanas por sobre su cabeza. O vería la luz finalmente retornar a la mirada de Iván, en ese último segundo de lucidez, antes de que su cuerpo renunciara a la batalla.
Que mejor que morir sabiéndose reconocido por su amado.
La música se había acabado hacía rato pero él seguía escuchándola, cada arpegio y cada acorde, al ritmo exacto de todas esas partituras emborronadas. Podía leer la música de antaño en la nada que le envolvía; la forma en que Till dibujaba cada nota sobre las rectas líneas o cómo sus dedos imitaban sostener una guitarra. Escuchaba cada cuerda resonar en el aire a pesar de no haber un instrumento y creía – imaginaba – que así sonaría para siempre la muerte.
