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Fuimos niños. Pero la guerra nos quitó la inocencia. Sin darme cuenta caí de rodillas, todo el mundo estaba en shock a mi alrededor. Ron intentó levantarme, pero yo no podía moverme. Harry estaba en los brazos de Hagrid y simplemente no podía. Todos a nuestro alrededor estaban con el corazón destrozado. Tanto se había perdido, tantos de nosotros habíamos peleado y para qué. Voldemort, ese monstruo despreciable estaba riendo y gritando que lo siguiéramos. Aún nadie podía moverse. Yo no podía moverme.
Estábamos solos en el Bosque de Dean. Llorando por el cansancio, la ausencia de Ron, la angustia por la muerte que nos respiraba en la nuca. Llorábamos por los niños que habíamos sido y porque estábamos perdidos.
“Perdóname Hermione” - me dijo entre sollozos - “Nunca quise ponerte en riesgo, que perdieras a Ron, que perdieras a tus padres, Perdóname por favor”.-
“Fue mi decisión” - le respondí acunandolo en mis brazos - “Nunca te dejaré solo, estamos juntos en el pequeño tren de la vida”.- Era la verdad, desde que me salvó de un Troll nuestros destinos estaban sellados.
Veía a Neville arrastrarse, desafiando a Voldemort. Todos en posición de defensa, se venía un ataque y yo aún estaba de rodillas. “Hermione por favor levántate”, escuche de repente. Ron seguía intentando levantarme, tenía razón, no podía perder el control cuando la batalla aún seguía. Mientras Neville sacaba la espada de Gryffindor, yo me levantaba y para mi todo fue en cámara lenta. Comenzó la batalla nuevamente y de repente escuché “Agarrala Potter”, Harry estaba vivo. Seguíamos teniendo una oportunidad.
Harry estaba enojado. Aún no sabíamos qué pista seguir y según lo que creíamos se nos agotaba el tiempo.
“Ven a la cama Harry, mañana podremos resolverlo” - le dije. Me siguió y se sacó la ropa mientras se metía a la cama ya calentita. Había tanto que se escapaba de nuestras manos, menos esto. Así que solo nos dejamos fluir, las noches se habían vuelto una tregua en medio de la guerra.
Las paredes de Hogwarts retumbaban con las explosiones, no podíamos parar. Ron me guiaba por el corredor, Stupefy, Confringo, Expulso. Cada hechizo desgarraba el aire a nuestro alrededor. Las sombras de los mortifagos se deslizaban entre las columnas, y apenas teníamos tiempo de pensar que hechizos estábamos utilizando. En ese momento, las maldiciones innombrables eran las más fáciles de usar. Mis manos temblaban, pero no me detuve. Ron me miraba suplicante, sabía que no podíamos permitirnos el lujo de dudar.
Estábamos en el Valle de Gringotts, parados frente a las tumbas de Lily y James Potter. Ninguno de los dos parecía capaz de decir algo.
“Te amo Hermione” - me susurró
“Te amo Harry” - le dije besándolo.
No necesitábamos nada más para ganar.
Ron seguía avanzando sin mirar atrás, confiando en que yo lo seguía, mientras utilizaba su varita con una ferocidad que nunca le había visto antes. Su sed de justicia y de terminar esta maldita guerra era más grande que cualquier otro sentimiento. Él los iba a hacer pagar. De repente, una explosión cerca de nosotros nos hizo tambalear. Ambos seguimos determinados, sin perder de vista el camino hacia el Gran Comedor. Harry estaba ahí, podíamos sentirlo y teníamos que ayudarlo.
El lugar estaba hecho un cementerio, todos los cuerpos estaban tirados, siendo alumbrados por hechizos que iban y venían sin piedad. El caos vibraba y resonaba en todas partes, pero todo se desvaneció cuando lo ví. Harry estaba parado a la mitad del Gran Comedor, determinado a enfrentarse a Voldemort quien tenía el rostro distorsionado por una furia que parecía casi humana. La verdadera batalla estaba por comenzar y los demás sabíamos que teníamos que hacernos a un lado. Los aliados cobardes del Señor Tenebroso, se dispersaron en el aire, algunos asesinados y otros yéndose del lugar al entender que su Lord iba a perder.
“Iré contigo” - le dije abrazándolo. Las lágrimas corrían por mis mejillas, simplemente no podía perderlo, no después de todo lo que habíamos pasado - “Estamos juntos en esto” - le insistí.
“No, él solo me quiere a mi” - me dijo - “No puedes morir, tienes que salvar a todos los Elfos Domésticos y ser la mujer más feliz de este mundo” -
“Harry” - pero antes de seguir él me beso.
Un beso urgente, malicioso - “Te amaré incluso en la muerte”-
Estábamos presenciando una batalla épica, la profecía se estaba cumpliendo. Con un rápido movimiento, Voldemort lanzó el primer hechizo, un Avada Kedavra que Harry bloqueó en el último segundo con un Protego tan potente que la luz verde se dispersó en todas direcciones. Los hechizos se disparaban de un lado a otro, llenando el Gran Comedor de chispas y destellos cegadores. Cada golpe, cada rayo, era una muestra de pura habilidad y una voluntad inquebrantable. La batalla era feroz; Harry esquivaba los ataques mortales con una velocidad increíble, sus hechizos desbordaban determinación y poder. A su alrededor, los cuerpos de quienes habían caído en batalla permanecían inmóviles, como testigos silenciosos de este último enfrentamiento.
Harry y Voldemort alzaron sus varitas al mismo tiempo, sus miradas fijas en el otro, como si ambos entendieran que este sería el último intercambio. El hechizo de Voldemort se encontró con el de Harry en el aire, y, por un instante, pareció que el tiempo se detenía. Una ola de magia explotó en el centro de la sala, una luz cegadora que hizo temblar el suelo y que arrojó una ráfaga de energía que derribó a quienes estábamos observando. Ron me sujetó, mientras ambos nos alzamos para ver caer al maldito. Cuando el resplandor se disipó, Voldemort cayó, derrotado. La varita de saúco se partió en dos en la mano de Harry y él cayó de rodillas al suelo. Todo había terminado. Grité el nombre de Harry tan fuerte que el asombro de todos los presentes se disipó. Corrí hacia él, tirándome a sus brazos, él había ganado. Le tomé la cara muy fuerte y le dije “Lo lograste”.
Harry me miró con una mezcla de cansancio y alivio, su rostro cubierto de polvo y heridas, pero sus ojos brillaban con una paz que nunca le había visto antes. Nos quedamos así, mirándonos, sin palabras para describir la magnitud de lo que habíamos vivido. A mi alrededor, escuché los primeros susurros de júbilo, de sorpresa y alivio, mientras la realidad de la victoria comenzaba a deslumbrar en todos.
