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Eran las 2:33 hrs. La luz de la lámpara creaba una danza de sombras en los papeles que firmaba. Spreen estaba cansado, estresado y añorante de caer rendido en su cama.
Suspiró, alborotando su cabello y deshaciendo sus rizos. Tenía mil cosas por pensar, planificar y hacer realidad. Las renovaciones diseñadas para “El Pollo Feliz” estaban casi finalizadas. Tenía muestras de colores, materiales, nuevos diseños de menú, adornos, muebles y uniformes. Las decisiones se arremolinaban a su alrededor. Se forzaba a estar concentrado, ubicado únicamente en el trabajo.
Sin embargo, estaba con un espiral de enojo silencioso. Esa tarde tuvo una de las peores peleas que ha tenido con Roier, su novio. Se gritaron, él mostró sus colmillos de oso y Roier lo amenazó -una vez más- con matarse.
Se fue. Luego de empujarlo contra la pared, Roier lo pateó y salió de la casa. No volvió.
Han pasado más de doce horas. Spreen trató de distraerse pero estaba enojado, preocupado y rogando porque volviera.
Definitivamente lo castigaría.
Tras firmar el último juego de papeles, tomó su teléfono. Rindiéndose ante sus pensamientos, estaba marcando el número de memoria para exigir -rogar- para que volviera, pero la pantalla se iluminó con una llamada entrante de su novio. Contestó de inmediato.
—¿Dónde estás? —demandó saber tan pronto la línea se estableció.
Escuchó su voz agitada. Spreen se levantó de su asiento totalmente alerta. Estaba listo para atacar aunque no entendía cuál era el peligro— ¿Dónde estás? —repitió.
—Perdóname.
Fue suficiente para saber que la cagó.
—¿Qué es lo que hiciste? —sus dientes se apretaron. Su novio soltó un lloriqueo cuál cachorro regañado por su amo.
—Me encontré con Reborn, el idiota que te ha hecho la vida imposible. Estaba borracho y solo, fue muy fácil. Spreen, perdóname. No pude evitarlo. Lo volví hacer.
Escuchó cada palabra con cuidado. Notó el viento y su respiración agitada.
—Ven a casa ahora.
Colgó. No quería ni necesitaba más explicaciones.
Apretó los puños mientras veía su escritorio. Le tomó autocontrol no lanzar y arruinar todo su trabajo de horas por el dolor de cabeza que su novio le provocaba tan estúpidamente.
Spreen gritó ante el repentino estrés. Estaba claro que tenía que idear algo rápido.
No sabía si alguien vió a Roier. No sabía si lo seguían.
¿Cómo lo hizo? ¿Dejó sus huellas? ¿Reborn sigue vivo? ¿Dónde lo hirió?
Todo daba vueltas mientras intentaba pensar en una solución.
Necesitaba sacar Roier de esta situación, una vez más. No es la primera vez que comete una tontería. Roier es un idiota impulsivo, celoso y loco.
Spreen salió de su oficina, sin preocuparse de dejar la luz de la lámpara encendida y su silla fuera de lugar.
—¡Idiota! ¡Pendejo!
Apretó sus antebrazos con fuerza, marcando sus dedos. Estaba a punto de llorar, lleno de enojo.
Sabía que algo así pasaría, pero no esperaba que fuese tan pronto. Cuando el chantaje de Reborn comenzó, Roier juró por su propia carne y sangre que no duraría mucho.
En ese momento, Spreen agitó condescendiente una mano frente a él, como quien ahuyenta una mosca.
No le prestó atención.
Aunque la idea se instaló en el fondo de su mente, le quitó importancia. Estaba tan ocupado en sus propios quehaceres del restaurante, que olvidó calmarlo. Olvidó prepararse. Pensar. Esperar por este momento.
Después de todo, Roier ha demostrado que haría todo por Spreen.
Estaba tan enojado con ese idiota por protegerlo. Sabía hasta qué punto podía llegar Roier por amor, pero no era lo que Spreen quería. Él debía ser quien se manchara de sangre, quien se deshiciera de los tarados que persiguen a su novio.
Se aflojó la corbata mientras baja de dos en dos los escalones en dirección de la puerta principal. No se molestó en encender las luces. Esperó, recargado sobre la madera mientras sus uñas rasgaban la propia piel con suavidad, en un intento de mantener la cordura. Apenas pasaron dos minutos cuando sus orejas captaron el sonido apresurado de pies corriendo en su jardín y el olor a sangre penetrando su nariz.
Abrió de golpe, tomando a Roier de su camiseta y lo jaló dentro.
—Amor…—comenzó.
—¿Alguien te vio? —Spreen lo recargó contra la puerta. Sus manos firmes lo palmearon entero. Buscó heridas; su propia nariz se encargaba de distinguir el olor dulce de la sangre de su novio. Todo era hierro, tierra y quemor; Reborn.
La respiración de Roier era irregular y tenía las palabras atascadas en su garganta. Habló, como lo hace quien se ahoga en su miseria— U-uno de sus amigos salió a buscarlo. Gritaron por ayuda.
Sus colmillos se mostraron, enojado— ¿Te reconoció?
Rápidamente negó— Estaba todo oscuro, y me escondí detrás de unos árboles. Salí corriendo de inmediato —Las fosas nasales de Spreen estaban dilatadas, totalmente enfrascadas en el olor a sangre de un extraño y la esencia de Roier— Osito—
—Cállate —el contrario se quejó, dejando caer la cabeza sobre el hombro de su novio. Spreen no se inmuto, hablando profundo y conteniendo su respiración— Harás lo que diga.
Roier asintió vigoroso como si ese fuese su plan desde un principio.
Spreen salió al frente de la casa, como si se asegurara que nadie los veía desde la valla del jardín. Se estiró y encendió los aspersores que de inmediato llovieron sobre el césped.
Al entrar, sostuvo a Roier de su sudadera y lo llevó hasta el baño principal a rastras, dejando un camino de tierra y pequeñas manchas de sangre que goteaba de su ropa. En ningún momento se opuso. Desde ser empujado sin delicadeza a la ducha, hasta quejarse por el agua helada.
Comenzó a llorar. Se sentía como una total mierda pues defraudó a su novio, de nuevo. Spreen es tan paciente y adorable ante sus ojos. Se enoja cuando Roier se hiere. Arruga sus cejas y sus ojos se entrecierran.
No lo puede culpar si quisiera alejarse de él.
—Por favor —murmuró. No sabía por lo que suplicaba. ¿Más palabras de Spreen? ¿Algún golpe? ¿Una reacción más allá de su enojo contenido?
Spreen esperaba fuera de la ducha, mirándolo con una expresión estoica.
Roier cerró los ojos e ignoró el agua escarlata que caía, no quería ver los remolinos rojos de sangre diluida a sus pies. No estaba orgulloso de que Spreen tuviese que salvarlo.
Pegó su espalda a la pared de azulejos, echando la cabeza para que el agua limpiara sus mejillas. Agua y lágrimas bajando por su cuello. La ropa se adhería como una segunda piel. Era incómodo, humillante. Estaba avergonzado.
Podía escuchar la voz rasposa de Reborn en su cabeza, sus quejidos y el horrible olor del whiskey. Quería morir del asco; no porque verlo ensangrentado, vulnerable y a su merced en el suelo le causara malestar, sino lo sucio que su repudiable sangre hizo en él.
Roier sabía que Spreen es un desquiciado de los olores. Tenía planeado tomar una ducha, deshacerse de la ropa y volver a casa en cuanto terminara. Sin embargo, todo se jodió.
—No preguntaré porqué lo hiciste —comenzó Spreen, desabotonando su camiseta amarilla del trabajo— ni te lo agradeceré.
Roier no lo esperaba. Él era devoto a Spreen. Su novio es el epicentro de su vida, su razón para despertar, y su ansiedad al despertar.
No quería un gracias.
Lo hizo porque lo ama, lo hizo con desinterés.
Roier rajó el cuello del borracho porque ama a Spreen.
La sangre que derramó, el rojo en su daga, las manchas que dejó en el camino; es amor.
Su rostro fue elevado, las manos callosas sostuvieron sus mejillas. Las uñas rasparon su sien.
—¿Está muerto?
Respondió con una asentimiento, acurrucado en su toque cual hombre inocente libre de pecados. Como si realmente Roier fuera el sujeto adecuado para mostrarse suave.
Reborn. De solo pensar en ese despreciable hombre, la sangre de Roier hervía. Spreen y Reborn tenían una disputa desde hace semanas, el hombre comenzó a causar daños a su restaurante, cosa de la que Spreen se vengó. Sin embargo, en la actualidad la situación escaló más de lo planeado.
Reborn sabía del laboratorio de drogas secreto de Spreen, e intentó chantajearlo.
Le trajo absoluta felicidad deshacerse de ese imbécil, aunque nunca pensó que estaría en la actual posición.
A Roier no le dolió matarlo; le dolió la mirada de ferocidad, enojo y desesperanza con la que Spreen lo recibió. Odia la idea de cansarlo. Roier moriría si Spreen se lo pidiera; pero que Spreen lo dejara, le quitaría la vida.
Comenzó a ser desnudado. Cada prenda retirada revelaba porciones de piel con cicatrices que no fueron besadas; muy diferente a todas esas veces en las que Spreen lo marcó con amor. Se sintió ignorado, desatendido.
Era su culpa. Roier lo insultó, golpeó y abandonó durante horas. Luego, asesinó a un idiota que aunque su maldita vida no tiene valor, resultó ser un problema para la atrejeada vida de su novio.
No lo merece. No debió volver a casa. Es su culpa. Él lo causó.
Estaba sumido en su miseria cuando los labios ajenos acariciaron su boca. Apenas una suave caricia que le hizo derretirse. Cuando intentó perseguirlos, Spreen se echó para atrás y apretó su agarre, rozando el dolor— Mi buen chico.
Suyo.
Gimió, llorando entre sus manos— S-Spreen.
Fue callado con una mano firme— Lo eres —afirmó. A través de sus pestañas, Roier contempló la mezquina sonrisa que casi contradecía sus palabras— pero la cagaste y ahora yo tengo que limpiar tu desastre.
Spreen quiere castigar a Roier por su error. Quiere encerrarlo, gritar, insultar. Si Spreen le aplicara la ley del hielo está seguro que Roier perdería la cabeza. Sin embargo, no es suficiente para la locura que cometió al salir de casa sin comunicarse en todo el día y volver empapado de sangre. Spreen tiene una coartada que crear y una narrativa por contar.
Roier gritó contra su mano cuando sus dientes se encajaron en la piel endurecida de su hombro. Lamió para amenguar un poco el dolor— Hay pocas formas de hacer que alguien crea que realmente estuviste en un sitio —murmuró mientras succionaba la piel de alrededor. Las manos de Roier encontraron su lugar en su cadera. Intentó acercar su pelvis, pero Spreen lo obligó a pegar la mejilla contra la pared— y haré lo necesario para salvar tu culo. Así sea, que un puto policía me vea recién follado.
Estaba dispuesto a mostrarse con una lamentable y sexy apariencia. Su plan era simple y sabe que será suficiente para que Roier sea corregido. No habría fallas.
Volvió a morder, ahora en la parte suave de su cuello y oreja— Límpiate bien. Hueles asqueroso.
Spreen se alejó de su cuerpo, tomando un shampoo, lavando su cuerpo como si fuera un día cualquiera.
En silencio, Roier obedeció. Mantuvo sus manos para sí mismo y con mucha fuerza, restregó jabón y espuma por su cuerpo.
No puede deshacerse de Roier porque Spreen también lo considera de su propiedad.
Ese desquiciado que se lanzaría a un acantilado si se lo pidiera, es suyo. Cada gota de sangre, sudor y lágrimas, desde la punta de los pies hasta los vellos de su nuca. Su cabello castaño, sus preciosos ojos café, sus dientes, su piel. Absolutamente todo de Roier es de su propiedad.
Se encargó de prestar atención a pequeños detalles. Debían oler a lo mismo, mostrarse húmedos, agitados. Con marcas recientes y rasguños frescos.
Tras varios minutos, aprovechó que Roier le dió la espalda para marcarla con sus uñas. No recibió quejas, sino una constante presión del cuerpo que quería más— Por favor —murmuró Roier apenas por encima del sonido del agua.
Spreen bajó su mano, lo encerró contra la pared— No podemos tardar mucho, no sabemos cuando llegará la policía.
Estaba seguro que era cuestión de pocas horas. Alguien haría un rondín, sería obligado a investigar.
Sus cuerpos se alinean. Spreen no estaba excitado pero sabía que Roier era accesible: siempre a la palma de su mano. Listo para él. Hambriento. Ansioso de su piel.
Besó sus hombros mientras dos dedos bajaron a su propio orificio. No había tiempo de muchos juegos previos.
—Déjame hacerlo por ti —suplicó Roier. Spreen tarareó una negativa, volvió a intentar— déjame verte.
Volvió a negarse.
Recargó su frente en su hombro y comenzó con el movimiento. Fue incómodo, demasiado seco. Se quejó contra su oído. Ahh, Roier. Cada estocada lo empuja a friccionar contra el cuerpo encerrado en la pared. Aquí empezaba el castigo; se prepararía para él pero no lo dejaría siquiera verlo. Le privará de estar frente a frente.
—Se obediente para mí —gimió contra su oído. Roier se estremeció. Apretó los ojos, Spreen comenzaba a sentir la excitación de tener el control— Ahh, llevo meses sin follarte.
—Puedes hacerlo —Roier tragó saliva mientras ofrecía su trasero. Lo abrió— hazlo, hazlo, por favor. Tómame. No me prepares. Merezco que duela. Rómpeme.
Chasqueó la lengua— ¿Merecer? —volvió a morder sobre su hombro. Los pulgares presionaron sobre el aro de músculo durante unos segundos antes de alejarse por completo— Lo que yo te dé es un premio. Y eso es exactamente lo que no mereces.
Roier gimoteó. Las lágrimas se escapaban por las esquinas de sus ojos. Su semierección pedía por más contacto o algo de roce contra la fría pared. Sin embargo, él es el buen chico de Spreen, no lo hará a menos que se lo ordene.
Está a su merced.
Ante su notable decaída, Spreen lo obligó a devolver el rostro para asaltar su boca— Quédate conmigo —dijo, refiriéndose a sus espirales de pensamiento. Conoce a Roier y su hábito sobrepensar las cosas; cuando se trata de Spreen, la velocidad de sus pensamientos se duplica— concéntrate en mí y deja que me encargue de todo.
Es un hombre débil. Podrá enojarse con Roier cada mañana pero nunca lo amará menos. Su enfermiza dependencia, su sucia forma de querer poseerlo en cada sentido y la necesidad de tenerlo por siempre a su lado…
Spreen lo ama. Dejarlo ir o permitir que huya, es más doloroso que cortar una de sus extremidades.
Lo siguiente sucedió en la cama. Extendido en el colchón, llorando por él y accesible a sus deseos.
—Te ves bonito debajo de mí —Spreen besó el piercing de su labio. Roier aflojó la mandíbula, permitiendo que su lengua entrara sin problemas. Gimió cuando la bolita de su otra perforación tocó el calor de su boca—. Eres mi bonito Roier.
Las lágrimas de tristeza cambiaron a placer. Lo sostuvo, estrujó y acarició por todos lados.
Mordió el interior de su muslo— Mío —lamió la piel mientras su mano subía y bajaba en su erección. Apretó la base, acariciando sus testículos con su pulgar. Quería que ese momento nunca acabara— Totalmente mío.
Roier mordía su puño, pues cualquier sonido sería castigado con detener el acto. Su lengua se arremolinaba entre su propia sangre. Llevó su mano sobre la de Spreen, tocó la sensible punta y esparció su semilla entre sus dedos.
Ofreció sus nudillos a Spreen, mientras cambiaba a mordisquear el interior de sus mejillas.
En su torpe movimiento, manchó su barbilla. Spreen lo miró, interesante en lo que trataba de hacer. Cuando los nudillos tocaron sus labios, el sabor a la sangre y semen de Roier le hizo gruñir. Limpió por completo el banquete que le regalaba. Una de sus manos continuó masturbandolo mientras sostenía la muñeca pegada a su boca. Mordisqueó, succionó y gimió con cada lametón que propinaba a la piel.
El olor era adictivo, el sabor intensificó diez veces su calor. Cuando Roier se derramó en su mano, bajó para obtener todo de él.
Sin perder más tiempo y sin pensar en lo sensible de su sexo, se empaló en su regazo.
Se llenó por completo. Sus manos se sostuvieron de su pecho, rozando sus pezones con cada salto que daba— Tan bueno para mi —gimoteo al verlo llorar. El trato de detenerse ante cualquier sonido se quedó en el olvido cuando Roier sollozaba por más.
Era intenso, pasional y muy posesivo. Era dueño de su dolor y amor.
—No pares. —dijo entrecortado. No era necesario que lo dijera, pues no estaba dentro de sus planes— Te amo, Spreen. Te amo.
No contestó. Siguió moviéndose, buscando su propia liberación. El conocido calor se asentó en su vientre, Spreen se retorció sobre Roier, tomando su cuello para que se levantara. Lo besó invasivamente; saboreó cada gota de sangre y tomó de su saliva como si de agua se tratara.
—Repítelo —exigió. Encajó sus uñas en sus hombros. Roier estaba creciendo en su interior, caliente una vez más; su muy sano e insaciable novio.
—Te amo.
—Una vez más. —sus colmillos rasparon sus labios. Delineó el cuello de Roier con su lengua mientras preparaba la piel para morderlo. Marcarlo como suyo, una vez más.
—Te amo con mi vida, osito.
Toc Toc.
Toc.
Toc Toc.
Spreen echó un vistazo a la ventana; aún de noche, pero no tardaría en amanecer. Apenas hace unos minutos logró calmar un poco el llanto de Roier. De forma idiota, creyó que los policías no irían a su zona. Ahora, alguien tocaba insistentemente la puerta de casa.
—No vayas —gruñó Roier con voz quebrada. Su nariz estaba roja y sus ojos irritados. Se acurrucó en el pecho de Spreen mientras dejaba más besitos en su pecho. Deslizó sus dedos sobre su espalda desnuda, haciéndolo temblar.
—Terminaré esto de una vez por todas —intentó separarse, pero los brazos de Roier lo rodeaban por completo. Lo sujetó aún más firme— Roier —dijo con advertencia.
—No.
Spreen llevó su mano al cabello de su nuca y jaló, apretando uno de sus dedos en su pulso. Lo hizo jadear— Suelta.
Al final, cedió. Spreen se levantó de forma apresurada, apenas deteniéndose en el espejo para ver su apariencia; labios hinchados, ojos brillosos, mejillas rojas. Se echó sobre los hombros la bata negra de Roier y la acomodó de tal manera que mostrara sus sensuales clavículas. Intentó aplacar su cabello, para no ser tan descarado. Miró a Roier en el reflejo— Quédate aquí.
Su novio se mantuvo serio, tenso en la solitaria cama. Roier quiere ser el chico bueno de Spreen pero no soporta que interrumpa el aftercare. Su vida es dedicada a Spreen; ahora más que nunca, lo quiere con él.
Spreen parpadeó e intentó mostrarse severo— Es en serio, Roier. Quédate aquí porque voy a salvar tu trasero.
La falta de respuesta le dió mala espina.
—Buenas noches, disculpe la hora, caballero…Spreen —el policía levantó la mirada, cayendo en la trampa de sus clavículas expuestas, de inmediato comenzó a tartamudear— u-uhm, t-tuvimos una aviso por aquí cerca y-y le investigo-¡estoy investigando! si algún vecino vio algo inusual —se aclaró la garganta, bajando la mirada a los papeles que sostenía. Seguramente algún tipo de información de esa zona.
Fingió avergonzarse— ¡Ah! Con que era eso —llevó una de sus manos a su mejilla roja, trató de cerrar mejor su bata, cubriendo sus hombros pero mostrando algo de piel de su pecho marcada de besos y mordidas— Y-yo p-pensé que los vecinos que quejaban del ruido —soltó una ridícula risa—, realmente no escuché nada.
—¿Se encuentra solo, caballero?
Spreen abrió sus ojos como quien es atrapado. Estaba a punto de inventar que Roier estaba dormido, cuando un par de manos posesivas le echaron hacia atrás, se cruzaron por su pecho y cerraron la prenda.
—¿Hay algún problema, oficial? —Roier murmuró, colocando su barbilla sobre su hombro. Por el rabillo del ojo, notó que vestía únicamente un pantalón de pijama que colgaba peligrosamente en su cadera. Murmuró a su oído— me preocupé porque no volviste, mi amor .
Estúpido desquiciado celoso.
El oficial los miró a ambos con perplejidad. Por las notables marcas y su aspecto, no era difícil adivinar qué era lo que estaban haciendo.
—Lamento molestarlos. Es una inspección rutinaria debido a un altercado aquí alrededor —se rascó la nariz, cubriendo su boca mientras preguntaba— ¿salieron durante la noche? ¿Notaron algo fuera de lugar por los alrededores de su hogar? ¿Algún ruido extraño?
Roier soltó una risa mientras estrujaba a Spreen— Hemos estado descansando desde muy temprano. Salir de casa no estuvo en nuestros planes y en cuanto el ruido…—sus ojos barrieron al pobre hombre que quería desaparecer— mi novio se queja mucho cuando duerme, no escuché nada más.
—E-Entiendo, señor.
A sus espaldas, el jardín de su casa estaba fresco y regado. Los aspersores de apagado automático lavaron cualquier evidencia de la sangre y pisadas apresuradas de Roier. La ropa sucia y apestosa estaba amontonada en la esquina de su ducha, bañada en el shampoo menos favorito de Spreen. Las escaleras fueron limpiadas despreocupadamente por el calcetín de Roier, guardando promesas de ser apropiadamente desinfectadas por la mañana.
—¿Fue grave? —Spreen se levantó de puntillas, como si quisiera ver más allá del hombro del oficial. Roier no separó sus ojos del extraño, inspeccionando cuidadosamente qué era lo que veía en su novio— No es común ver polis por este lado del pueblo.
Se aclaró la garganta una vez más antes de echar su cuerpo a un lado, sus mejillas rojas y constante raspar en su nariz dejaban en evidencia su vergüenza— Les recomiendo mantener sus actividades más importantes para el día. No salgan de casa durante la noche si no es estrictamente necesario.
—No se preocupe —Roier se adelantó a Spreen— si fuera mi decisión, me quedaría en casa el resto de mi vida —aunque estaba actuando como un autentico imbécil, le dedicó la más enamorada de las miradas a Spreen— con mi osito.
Finalmente, compartiendo unas incómodas despedidas, el oficial tachó su hogar de la lista de sujetos a investigación y cooperadores de información. Cuando le preguntaron las razones, se sonrojó profundamente y tartamudeó durante horas.
