Work Text:
Desde pequeño, siempre ha sido consciente de que él no era un niño normal.
Cuando su madre se iba y le dejaba solo en casa, a menudo solía escuchar ruidos extraños, algunos de ellos provenían del ático. Y aunque tenía curiosidad por saber de qué se trataba, siempre tuvo miedo de explorar por su cuenta. Es como ese sentimiento de terror que te llena cuando ves la puerta del ático abrirse y que todo esté completamente oscuro.
Creía que solo eran paranoias suyas, que el estar tanto tiempo solo había hecho que su mente comenzara a imaginar estos sonidos. Hasta que un día, sucedió una rareza extraña en su calle. Uno de sus vecinos había muerto. El rumor de que pudo haber sido un asesinato se extendió entre los cercanos, pero no le tomó importancia.
Al menos así era, hasta que una noche, caminaba por esa calle luego de comprar algunos materiales para la escuela. Creyó que sus ojos veían mal. Que el extraño señor que miraba frente a la puerta de esa casa no era el mismo que había muerto hace tan solo unos días atrás. Sin embargo, sus ropas eran las mismas con las que fue enterrado, y lo recuerda porque tanto sus vecinos como él asistieron al funeral.
Parece que el viejo notó su mirada, viendo con sorpresa al niño parado en la acera.
—¿Puedes verme? —oyó la voz del hombre. Fueron esas simples palabras lo que hicieron que todo su cuerpo se erizara y terminara huyendo a casa.
Es consciente de que nadie le creería si llegara de repente con alguien y dijera que vio al señor completamente vivo con sus propios ojos. Quizá lo llamen un loco o le digan que fue su imaginación. Así que lo dejó pasar.
Esa noche, los ruidos del ático se hicieron más presentes. Por una vez deseaba que su mamá estuviera en casa para poder dormir con ella. Su cuerpo temblando por el miedo le hacía sentir inquieto.
No podía dejar de pensar en la extraña habilidad que le permitía ver fantasmas. Esto siguió durante varios días, en las calles donde caminaba, sus ojos visualizaban espíritus de la gente muerta que deambulaba. Y lo único que él hacía era fingir que no los veía en lo absoluto.
Finalmente, una noche, decidió armarse de valor y enfrentarse al monstruo del ático. Agarró una lámpara en la mano y también su pequeño oso de peluche. Abrió la puerta superior que se encontraba en el techo y vio las escaleras descender. El interior era tan oscuro como recordaba, ni siquiera al prender la linterna se podía ver un vistazo de lo que había dentro.
Su madre estaba fuera de casa como siempre, la soledad no ayudaba a calmar su interior asustado. Pero aun así decidió subir escaleras arriba.
La lámpara apenas iluminaba un poco. Todo lo que veía eran cajas polvorientas y algunas telarañas. Nuevamente escuchó el ruido y casi deja caer su peluche. El sonido parecía provenir de un espejo grande, viejo y cubierto de polvo. Se acercó hasta ahí mientras buscaba algún trapo para limpiar la suciedad. Lo único que encontró fue una vieja playera rota, pero supuso que serviría.
Limpió la suciedad cubriendo su nariz para que el polvo no le molestara. Tosió un par de veces hasta que por fin pudo ver su reflejo en él. Aunque en el momento en que se vio así mismo en el espejo, todo su cuerpo se congeló y casi pega un grito.
—¡Espera! —oyó una voz gritar y tuvo que parpadear un par de veces para asegurarse de que lo que veía era real. En su reflejo no solo estaba él, sino que había también alguien detrás suyo. Pero cuando volteó hacia atrás solo se miraba el ático vacío.
—¿Qué eres? —lo más correcto sería preguntar "¿Quién eres?", pero no sabía siquiera si a quien veía era una persona o solo otra de sus imaginaciones paranormales.
Se veía como un niño, quizá unos años mayor a su propia edad. De cabellos oscuros y piel morena. Pero su reflejo parecía casi traslúcido, como si su cuerpo no fuese sólido. Era igual a los fantasmas que solía ver.
—Mi nombre es Guido Mista —se presentó el joven. —Hace años quedé atrapado aquí por culpa de una maldición, y ahora soy un espíritu que cumple deseos —explicó de forma rápida y sin esperar a que el otro pudiera decir una palabra.
—Tú... ¿Eres un fantasma de los deseos? —preguntó el niño casi sin creer muy bien lo que había escuchado. Incluso él puede estar seguro de que esto no es normal.
—Algo así. Te concederé seis deseos siempre y cuando omitas el número cuatro —el pequeño le miró con una ceja arqueada.
—¿Qué problema hay con el cuatro? —pregunta con curiosidad, pero el chico del espejo le calla de inmediato.
—Es el número que me maldijo. Por favor no lo menciones nunca —la mirada del fantasma era seria, así que supo que no estaba bromeando. —Y también, hay ciertas reglas que debes entender. No puedo revivir a los muertos ni forzar a alguien a que se enamore de ti. Tampoco me pidas gobernar al mundo o algo que involucre a una cantidad masiva de personas.
—¿Puedo hacer un deseo ahora? —preguntó. Si esto no es un sueño o una broma, entonces quiere intentarlo... Solo por curiosidad. ¿Qué puede salir mal? El fantasma asiente y el niño piensa con cuidado. —Deseo un papá —es lo que pide. Guido le mira con extrañeza, pero no hace un comentario al respecto. Solo chasquea los dedos y el menor ve cómo un pequeño fantasmita, con un número 1 grabado en su figura, sale del espejo para luego meterse en su cuerpo. Tocándose el pecho con duda. No sintió nada.
—Tu deseo se cumplirá. Mañana tu madre traerá un hombre a casa y se casará con él —es lo que dice, antes de que su figura comience a desvanecerse en el espejo.
El niño toca el vidrio, pero no hay nada, parece un simple espejo ordinario. Soltando un suspiro decide salir del ático y volver a su habitación. Seguro todo esto no es más que una de sus muchas alucinaciones y mañana despertará y volverá a su rutina diaria.
—Entonces Haruno, nos casaremos este próximo sábado —le comenta su madre mientras abraza con felicidad a un hombre a su lado. El niño ve al hombre sin expresión alguna, quizá deseando que en realidad esto de los deseos fuese solo una simple coincidencia. No podía ser que el fantasma del espejo de verdad tuviera magia o algo así, ¿Cierto?
Sin embargo, se cumple. Su madre se casa con este hombre extraño, que, según ella, conoció en el trabajo. Pero las semanas pasan y esta vida no es como la hubiese deseado. Este supuesto nuevo padre no es el típico amoroso, sino que es uno de esos abusivos que no tienen reparo en golpear a un niño. Se arrepiente porque quizás debió haber sido más específico con aquel deseo.
Desde que lo pidió, no ha vuelto a escuchar ruidos en el ático, por lo que no se había atrevido a explorar, pero hoy quiere tentar su suerte de nuevo.
Se asegura de que sus padres estén durmiendo antes de volver a dirigirse al ático. Todo sigue igual de polvoriento y sucio. Y el espejo también está ahí, siendo notable la parte donde limpió la última vez. Aunque vuelve a limpiar un poco solo por si acaso.
—¿Guido... Mista? —pregunta en voz baja, algo inquieto por el temor de hacer mucho ruido y que sus papás le escuchen.
—Pensé que no volverías, te tardaste mucho —le dijo el chico del espejo, volviendo a aparecer junto a él en el reflejo.
—Este no es el padre que quería —reprocha haciendo un puchero infantil. La verdad es que ni siquiera esperaba que el deseo funcionara realmente.
—Ese es el problema, los deseos no siempre tienen los resultados deseados, no está bajo mi control —le explica el chico del espejo. Haruno piensa en esas palabras, si es así entonces tiene que tener más cuidado.
—¿Por qué es que puedo verte? A ti y a otros —es una pregunta que ha estado en su cabeza mucho tiempo. No debería ser normal ver a la gente muerta.
—Hay personas que nacen con ciertos dones. Yo creí que jamás encontraría a alguien que pudiese verme. He estado encerrado aquí más tiempo del que crees —el comentario le pareció extraño. ¿Alguien que pudiese verlo? ¿A qué se refiere exactamente? Haruno siente duda.
—¿Buscabas a un amigo o algo similar? —pregunta. Mista le ve un momento como si quisiera reír por la ternura que le dio la pregunta del niño.
—Bueno, no es que sea divertido pasar toda tu vida encerrado en un lugar oscuro, solo y sin tener contacto con el mundo exterior —le dice. Haruno piensa un momento en ello. Tiene bastante sentido.
—No me gusta ver fantasmas —confiesa el pequeño. —Pero supongo que es bueno mientras tenga a alguien con quién hablar cuando no hay nadie en casa —Mista le ve con curiosidad. Sin duda este niño es raro. —Por cierto, ¿Qué pasará una vez que termine de pedir mis deseos? —en el caso de que haya consecuencias es mejor prevenirlas desde antes.
—¿Estás haciendo muchas preguntas, sabes? No puedo contestar todas ellas en una sola noche o mi tiempo para charlar se reducirá. Tendrás que pedir un deseo y volver otro día —a pesar de hablar con tal seriedad, los ojos de Mista mostraban también cierta preocupación.
—Entonces, deseo al menos saber quién fue mi verdadero padre. Si los espíritus fantasmales realmente existen, quiero que papá se manifieste en mi sueño —el castaño abrió los ojos con sorpresa. De entre tantas cosas, nunca creyó que le pedirían un deseo como ese. Pero tal parece que el niño estaba convencido, así que solo chasqueó los dedos y luego soltó un suspiro. Igual que la vez anterior, un pequeño fantasmita, esta vez con el número 2, salió del espejo y se introdujo en el cuerpo del menor.
—Tal como lo pides, verás a tus padres en un sueño. Está por amanecer pronto, así que seré gentil contigo y haré que los veas mañana al ir a dormir. Tendrás más tiempo para charlar con ellos —y tal como la última vez, Mista desapareció del espejo una vez que el deseo se realizó.
Haruno suspiró cansado mientras tomaba su linterna para volver a su habitación. ¿A qué se refería Mista con "padres"?
Su sueño es extraño. El lugar en el que se encuentra es como un castillo. Aunque parece algo viejo y polvoriento. Se asoma a donde parece haber algo de luz. Es de noche y puede mirar cómo las estrellas brillan desde el balcón en el que se encuentra parado.
—Así que tú eres Haruno Shiobana —escuchó una voz detrás suya seguido de una risa estruendosa. —Cuando me dijeron que vendrías realmente no lo esperaba. Yo, DIO, parece que he dejado un sucesor para que tome mi lugar en el mundo mortal.
El niño giró en su lugar para encontrarse con la figura de un hombre que parecía medir casi dos metros de altura. Rubio, de ojos carmesíes, vestido de negro y con una capa roja. Retrocedió un par de pasos sintiendo algo de temor por la imponente aura que emanaba este hombre.
—¿Usted es mi padre? —el hombre frente a él le dirigió una sonrisa mostrando en ella dos curiosos colmillos que se asemejaban a los de un vampiro.
—Uno de ellos, es así. ¿No quieres conocer al otro? —preguntó con un tono de diversión en su voz. Haruno estaba confundido. ¿A qué se refiere con otro? ¿Cómo puede tener dos padres muertos?
El hombre le hizo una señal para que le siguiera. Caminando entre esos pasillos que apenas y estaban iluminados por tenues luces. Todo en este lugar se sentía denso. Más como si se encontrara en una pesadilla que realmente en un sueño.
—¡Jojo~! ¿No saludas ni a tu propio hijo? —volvió a sonreír el rubio. Haruno se fijó en quien estaba ahí. Con una cadena grande en el cuello y atado a un pilar. El hombre era igual de alto y corpulento, pero todo lo opuesto al otro individuo. Sus ojos eran azules como el océano y su rostro no parecía arrogante como el del rubio.
—¡Dio! ¡No tenías que encadenarme! —gritó el hombre en el pilar. Suspirando derrotado para luego dirigir su mirada hacia el pequeño. —Lo siento, hubiera decidido recibirte de una mejor manera. Mi nombre es Jonathan Joestar, uno de tus antecesores por sangre —Haruno le miró sin expresión alguna, aunque por dentro estaba muy confundido.
—¿Quién de ustedes dos es mi verdadero padre? —preguntó. Solo le había pedido a Mista conocer a su padre, no esperaba nada de esto en lo absoluto.
—Aunque suene extraño, ambos lo somos —le dijo el hombre que se presentó como Jonathan. —¿No preferirías que charlemos con una taza de té? —el hombre rubio a su lado solo suspiró para luego rodar los ojos con fastidio.
Si bien no esperaba nada de esto. La vaga explicación que le dieron, fue que su padre, el tal DIO, usó el cuerpo de su otro padre, Jonathan, mientras tenía relaciones con su madre. Explicación que probablemente le haya despertado un trauma que prefiere olvidar.
—¿Por qué puedo ver a gente muerta? —preguntó con curiosidad. Esa era la pregunta que más necesitaba respuesta en este momento. Ambos adultos compartieron miradas entre sí.
—Puede que se deba a mi Stand; The Passion. Su principal habilidad era la clarividencia. Puede que al ser hijo de ambos genes hayas heredado una parte —explicó Jonathan para luego darle otro ligero sorbo a su té. Haruno solo agachó la cabeza.
—¿Qué hay de Mista? —preguntó. Quería saber si, de alguna manera, ellos sabían algo sobre lo que pasó verdaderamente con él.
—Es solo un mocoso idiota que terminó atrapado en un tonto espejo. Eso no importa —respondió el hombre rubio. Y este comentario solo disgustó a los otros dos presentes.
—Dio, sé más respetuoso —suspiró Jonathan de nuevo. —No nos incumbe esa historia ya que no provenimos del mismo mundo. Ese niño no está del todo muerto. Solo está maldito —Haruno se sintió sorprendido al escuchar esto. ¿Entonces Mista no está realmente muerto?
—El tiempo se está acabando, tendrás que irte —dijo el rubio mientras miraba hacia la pequeña luz de la ventana que mostraba el comienzo del amanecer.
Sin darle tantos rodeos al asunto, Haruno les dio un fuerte abrazo a sus padres.
—Espero volver a verlos de nuevo —dijo el niño antes de que una luz le cegara sus ojos y se diera cuenta de que está en su habitación otra vez.
Ya ha amanecido.
Estos días ha estado pensando detalladamente. Le quedan tres deseos si omite el cuarto. Entonces solo son cinco, no seis como le dijo él. Se le hace extraña esa ironía.
Se pregunta qué sucede con el cuarto deseo, si cada uno de los fantasmitas que han entrado en su cuerpo tienen un número, entonces el fantasma del número 4 debe ser peligroso. Es como si Mista hubiera querido protegerlo de algo. Dijo que el cuatro fue lo que lo maldijo. Si es así... Entonces quiere ayudarlo.
—Ya sé cuáles serán mis siguientes tres deseos —le dijo a Mista cuando volvió al ático esa noche. Al chico del espejo le pareció extraño, el niño se mostraba decidido esta vez, preguntándose qué más podría desear considerando lo que ha visto de los primeros dos.
—Recuerda que solo puedo conceder un deseo a la vez, tendrás que escoger uno y esperar los otros dos —le dijo. Haruno solo asintió sin refutar. No parecía importarle en lo absoluto.
—Antes de pedir el primero, tengo más preguntas que quisiera hacerte —Guido solo ladeó la cabeza con curiosidad. —¿Qué te encerró en el espejo? —fue directo en preguntar. El moreno solo suspiró, sabiendo que esa pregunta llegaría en algún momento.
—Fue obra de una habilidad —respondió en seco, poniendo un rostro algo triste al recordar. El cómo llegó aquí no es nada agradable, ni siquiera sabe cuántos años han pasado desde que desapareció.
—Mi padre me habló un poco sobre ello —habló el pequeño rubio mientras miraba sus propias manos, recordando cómo en la de su padre salían unas pequeñas espinas. Él no las tenía, de eso estaba seguro. —Quien te encerró tenía una habilidad, y esa habilidad se te pasó a ti cuando te encerraron —estaba analizando, creando suposiciones de lo que pudo haberle pasado a Mista.
—Es así. Esta es una habilidad que puede cambiar de portador. Te vuelves un espíritu que no está muerto ni tampoco vivo. No soy más que un fantasma hechizado ahora —el rostro del moreno se torció en una mueca desagradable, apretando los puños con impotencia. Haruno notó esto.
—¿Cómo? ¿Cómo fue que te encerró? —temía un poco la respuesta, preguntándose tal vez, si una vez que termine de pedir sus deseos él también correrá con la misma suerte y quedará encerrado. Mista soltó un suspiro, mirándole ahora con un deje de amargura en su rostro.
—Cuando me dijeron que podía pedir seis deseos, gasté los primeros tres en cosas inútiles, cosas como videojuegos, dulces y dinero —comenzó a explicar, haciendo una pequeña pausa mientras parecía pensar en cómo contar sus siguientes palabras. —En el cuarto deseo, pedí algo egoísta, quise que papá muriera para que él dejara de golpear a mi madre —confesó para luego agachar la mirada. —El fantasma de los deseos nunca me dijo que estaba prohibido desear la muerte, y que al romper una regla yo me quedaría encerrado aquí y él sería libre. Desde entonces he odiado el número cuatro.
Esta historia sorprendió al menor, mirando al moreno casi con incredulidad. Nunca le dijo...
—Tú tampoco me lo dijiste —retrocedió un paso hacia atrás. Mista le detuvo para que no se fuera con un gesto alarmado.
—¡Espera! No es que haya querido encerrarte. Es solo que... —suspiró. Realmente no había una excusa para ello, debía decir la verdad, no quería que este niño tuviera su mismo destino. —Llevo tanto tiempo atrapado aquí que pensé... Pensé que tal vez podría escapar cuando llegara alguien que me encontrara. Pero, de entre todas las personas que miraban el espejo, tú fuiste el único que pudo verme —le dijo, soltando un suspiro mientras se daba la vuelta dándole la espalda al niño. —Eres un niño incluso menor que yo. Luego de conocerte descubrí que no quería que pasaras el mismo destino que yo. Iba a decírtelo en algún momento —Haruno puso un rostro triste, pero lo entendió. Si él hubiera estado en esa situación, probablemente hubiera hecho lo mismo.
—Mis siguientes tres deseos son para el futuro, así que no tienes que cumplirlos al mismo tiempo —Mista se sorprendió al escuchar aquello, volviendo a girar en su lugar. Esto era raro. Algo inesperado considerando la forma abrupta en que cambió la conversación. —Primero, quiero cambiar mi habilidad. Mis dos padres me hablaron de ello. No recuerdo cómo le llamaban, pero dijeron que cuando estaban vivos lo tenían. Mi habilidad es ver a los seres que están en el otro mundo, pero yo no quiero eso. Quiero una habilidad que me haga fuerte para poder derrotar a cualquier enemigo, una habilidad que sea lo que realmente me representa, quizá algo que incluso se relacione con la vida y no con la muerte —Haruno le miró con determinación. Había cosas que había estado pensando, planes para el futuro. Luego de ver cómo se maneja el bajo mundo en Italia, quiere cambiar el país para un bien.
Guido estaba sin palabras. Para ser este un niño tenía las ideas de una persona mayor. Nada parecido a lo que fue él a su edad. No pudo evitar que una pequeña risa se le escapara.
—Está bien. Te guardaré ese deseo. Eres muy pequeño ahora, pero tu poder se desarrollará en algún momento. Crecerá conforme aprendas a utilizarlo y lo descubrirás por ti mismo —Mista le sonrió, y Haruno le devolvió la sonrisa. Guido chasqueó los dedos y un fantasmita con el número 3 apareció, se introdujo en el cuerpo del pequeño como las anteriores veces.
—Volveré mañana, y entonces, te diré mis otros dos deseos —Haruno le sonrió. Pese a todo lo que confesó, el niño le sonrió. No recuerda si tenía un corazón latiente, pero en ese momento sintió una pequeña calidez asentarse en su pecho.
—Estaré esperando —es lo último que dice antes de desaparecer como siempre lo hace. Todo lo que queda en el espejo es el reflejo de Haruno. Y el niño no puede evitar pensar en lo mucho que extrañará a Mista una vez que pida su último deseo.
Esta vez no hubo ningún cambio. No sabía aún cuáles podrían ser las consecuencias de pedir una habilidad, ni siquiera sabe si ha de funcionar. Tendrá que esperar hasta verlo por sí mismo. Por lo mientras, sube al ático dispuesto a pedir su siguiente deseo. Lo ha estado pensando, no sabe si Mista podrá cumplirlos, pero igual quiere preguntar. Ahí en el espejo, el moreno vuelve a mostrarse. Haruno toma un respiro y luego habla con seguridad.
—El siguiente deseo es para ti —declara, mirando fijamente a los ojos marrones frente a él que se abrían en una expresión de sorpresa e incredulidad. —Quiero que seas libre del espejo —dijo. Ese era su deseo, quiere darle la libertad. Mista no pudo contener el jadeo que salió de su garganta.
—Pero va contra las reglas, no puedo revivir muertos, ya te lo había dicho —en su rostro se reflejaba la inquietud. Esto no debería ser así. —No quiero que te quedes encerrado al igual que yo —preferiría seguir atrapado a dejar que Haruno arriesgue su libertad.
—Es verdad, no se puede traer de regreso a alguien muerto —suspiró el pequeño. —Pero tú no estás muerto —Mista le miró con asombro, nunca pensó en ello. —¿Hay alguna regla que lo impida? —de hecho... No... No hay ninguna. ¿Realmente podría funcionar?
—Podría intentarlo, pero si fallo, tú quedarás encerrado en el espejo —advierte. La idea asusta un poco a Haruno, pero intenta negar esos sentimientos de miedo, ya lo había decidido.
—Estoy dispuesto a correr el riesgo —después de todo, su vida no ha sido la mejor, con un padre violento, una madre ausente y niños que suelen molestarle. Quizá vivir en un espejo no sea malo. En cambio, seguro Mista tiene a personas que todavía han de esperarle en algún lugar. —Quiero tu libertad, pero antes, déjame decir el otro deseo —Mista asiente en silencio. Todavía no puede creer que esto esté pasando realmente. —Una vez que seas libre, solo deseo que podamos encontrarnos de nuevo en el futuro. Tal vez podamos ser amigos.
Haruno sonríe, mostrando en sus ojos un brillo de esperanza. Nunca ha tenido un solo amigo, pero este chico del espejo le ha agradado bastante. Quizá en el futuro puedan serlo, o al menos eso quiere pensar.
Mista en su lugar quisiera llorar, si tan solo tuviera las lágrimas para hacerlo. Su corazón duele al pensar en que por fin podrá ser libre, y todo es gracias a la amabilidad de un pequeño niño.
—Está bien. ¿Esos son tus deseos? —pregunta por el protocolo, y el pequeño asiente con seguridad. —Entonces se cumplirán —Mista chasquea los dedos dedicándole una enorme sonrisa al niño. Esta vez no sale ningún solo fantasmita, pero está seguro de que el deseo se cumplirá. —Espero volver a verte, nunca olvidaré tu nombre, Haruno Shiobana —y con estas últimas palabras su cuerpo vuelve a esfumarse como siempre lo ha hecho.
Haruno se da cuenta de que los deseos han funcionado cuando días después regresa al ático y en el espejo ya no queda ningún rastro de Mista. Eso le hizo sentir un poco triste, estaba solo de nuevo. Pero pensar en que ahora Mista era libre le trajo una sensación de calma en el corazón.
Tal como el moreno dijo, su habilidad se fue desarrollando con el tiempo. Su habilidad era fascinante, y la nombró así misma Gold Experience. Encontró a un hombre gánster que le ayudó y gracias a ello se trazó una meta.
Años más adelante, su cabello se hizo rubio, esto es quizá por los genes de uno de sus padres. Se cambió el nombre a Giorno Giovanna, y tiempo después conocería a Bucciarati.
Sabe que fue el destino cuando ese día, en el pequeño restaurante a donde llegaron, le vio sentado en esa mesa, gritando sobre las cuatro rebanadas de pastel y con la misma actitud graciosa de siempre. Se presentó como Guido Mista. Y aunque quería ir y decirle todo sobre lo mucho que le había estado esperando, prefirió callarse. Ni siquiera sabe si Mista realmente ha de recordarle. En especial cuando cambió tanto su nombre como su apariencia física.
Pero después, en un momento en el que ambos estaban solos, Mista se acercó a él. Había pasado el incidente del bote y ahora se encontraban juntos después de que Guido derrotara a Sale con los Sex Pistols.
—¿Y qué? ¿Realmente no dirás nada luego de vernos después de todos estos años? —la pregunta llegó repentinamente y de la nada. De hecho, no se lo esperaba en lo absoluto.
—Creí que-
—¿Pensaste que no te reconocería incluso cambiándote el nombre? —el rubio se quedó sin palabras. Observó como los Sex Pistols salieron de él y uno de ellos se acercó hasta posarse en su hombro. Era el que tenía el número siete.
—Parece que cometiste un error al pedir los deseos. Mista puede cumplir seis. ¿Sabes que todavía te queda uno? ¡Ese soy yo! —habló con emoción el pequeño de amarillo que tenía en su hombro. Se quedó boquiabierto, no esperaba que los Sex Pistols tuvieran alguna relación con... Esto.
—¿Estás hablando enserio? —preguntó incrédulo. Ni siquiera sabía si se lo decía a No. 7 o a Mista. Pero el pelinegro asintió con una gran sonrisa.
—¡Así es! ¿Cuál es tu último deseo? —y en ese momento en el que vio los ojos de Mista con tanta alegría, sintió que su corazón comenzó a latir con fuerza.
—En esta travesía, pienso derrotar al jefe —dijo con seguridad, alzando la mirada y diciendo decidido. —Por favor no mueras y quédate conmigo, te quiero a mi lado —fue casi como una confesión, pero esos eran sus verdaderos sentimientos, signifiquen algo más o no.
Mista volvió a sentirse sorprendido, no entiende cómo es que este chico puede seguir impresionándole siempre. El moreno chasqueó los dedos. No. 7 sonrió y una luz pareció salir en su diminuta mano para luego ponerse en su mejilla.
—Así será —dijo con una sonrisa, pero a diferencia de todas las veces anteriores, esta vez Mista no desapareció. Seguía aquí, porque estaba vivo y era real.
Giorno sonrió, acercándose al moreno y dándole un abrazo rápido antes de observar que el resto de los chicos se estaban acercando. Solo entonces se separó, esperando que sus sentimientos hayan sido entendidos.
